Part 4
Abu-Djezzar gobernaba la ciudadela. La fortaleza se levantaba, dominando el mar, entre un bosquecillo de nopales y de granados. Mil musulmanes defendíanse allí esperando auxilios de Cesárea ó de Solima. Los fosos estaban llenos de agua y levantados los rastrillos, que apenas dejaban paso á las partidas de merodeadores.
Wilfrido de Ilohenstein, despojado de sus armas, fué traído ante el señor de la ciudadela. Era éste un musulmán de ojos aguileños y perfil enérgico como un hachazo.
--Perro, le dijo apenas le tuvo á su alcance; ya sabemos la situación de vuestros soldados que mueren de sed bajo los muros de Solima. Dime, pues lo sabes, si los cristianos abrigan todavía esperanzas.
Una sonrisa heroica iluminó la juventud del caballero.
--Sarraceno, replicó; los condes de Flandes y de Normandía acampan al norte, allá mismo donde fué apedreado san Esteban; Godofredo y Tancredo están al Occidente; el conde de Saint-Gilles al sur, sobre el monte Sión. Ya sabes dónde se hallan nuestras tropas, y también que los soldados de Cristo no retroceden. Pues bien, óyelo Sarraceno: Antes de un mes, los soldados de Cristo entrarán en Jerusalén por el norte, por el occidente y por el mediodía.
Abu-Djezzar rugió de rabia.
--Cortad maderos, gritó á sus soldados; haced una cruz y clavad en ella á este perro. ¡Que muera como su Dios!
Tres horas después, los soldados venían en grupos á contemplar el mártir. Wilfrido de Hohenstein, clavado en una cruz muy baja, parecía estar muerto en pie. Desnudo enteramente, cruzado su cuerpo de rayas rojas, la cabeza doblada, los cabellos rubios cubriéndole los ojos, las manos y los pies como envueltos en púrpura, semejaba una efigie de altar. La muerte no conseguía ajar su juventud, realzándola más bien como una escarcha fina sobre un mármol artístico. El patíbulo daba al mar, sobre la ciudad ruinosa, desamparado bajo el cielo. Y los soldados admiraban en voz baja, con palabras bárbaramente desgarradas en vómitos guturales, aquella juventud enemiga, tan viril bajo los cabellos rubios ceñidos ya por una gloria de apogeos.
El cuerpo de Wilfrido de Hohenstein no era ya sino un despojo. Estaba muy blanco, casi transparente, como un vaso de alabastro que ha dejado correr todo su vino; y bajo sus párpados entreabiertos, se vislumbraba una minúscula estrella azul.
Un buitre sirio, á inmensa altura, mecíase entre los cenitales esplendores. Los soldados lo vieron y entonces recordaron. Aunque la agonía del caballero fué larga, era indudable que ya estaba muerto. El agá se aproximó y levantó uno de los párpados. La estrellita azul se había apagado en el fondo de la órbita. De la comisura labial, desprendíase un hilo de sangre.
Nadie se atrevió á abofetearle, á pesar de que era la costumbre, porque su sueño apaciguaba con su inmensa blancura. Tendieron simplemente la cruz y empezaron á desclavarle. Pero la mano derecha resistía tanto, que el agá la cortó con su gumía dejándola clavada en el poste. Y como la cruz aquella podía servir para ajusticiar otros perros, resolvieron conservarla en la armería.
La mano permaneció así durante un mes. Nadie se acordaba ya de aquello, cuando el 12 de julio de 1099, un emisario sarraceno vino en su caballo moribundo á decir á Abu-Djezzar que los cristianos arrojando escalas sobre los muros de Solima, al rayar la aurora, y encerrados en fuertes ingenios de madera, hacían llover sobre los fieles del Profeta un aguacero de aceite y pez hirviendo.
Abu-Djezzar mandó afilar los alfanjes y descendió á la armería para inspeccionar los arneses de peones y caballeros.
Lucían los hierros en la penumbra de la sala. Había allí lorigas de Egipto, yataganes de Damasco; lanzas españolas, largas de diez palmos; adargas de cuero de hipopótamo, tomadas á los nubios; estribos tajantes al uso berberisco y puñales bizantinos que parecían de agua.
El musulmán recorría con ojo satisfecho aquel arsenal provisto por el califa, de tantas y tan hermosas armas. Sus babuchas sonaban en las lozas de la galería, y soberbiamente envuelto en su albornoz, examinábalo todo.
Habíase quitado el turbante, y su cabeza afeitada ostentaba en el occipucio el penacho de cabellos por donde el ángel Gabriel le conduciría al Paraíso el día del juicio. Nadaban en sus ojos dos chispas, y bajo su labio crispado, la dentadura fijaba un brillo siniestro.
Desde su sitio percibía la cruz disimulada en la sombra donde amarilleaba la mano del mártir. Y andando, andando, se encontró debajo de ella con la mirada fija en una de las perchas de la armería.
En ese momento eran las tres de la tarde. El caballero de l’Estoile acababa de saltar sobre las murallas de Jerusalén.
Y como el agá apareciera en la puerta, Abu-Djezzar le increpó:
--¡Alá los extermine! ¡Malditos perros!...
No pudo concluir. La mano, espantosamente viva, se había abierto como una garra, retorciéndose en su clavo y enredando entre sus dedos los cabellos del infiel.
El agá, loco de horror, huyó á lo alto de la ciudadela. Los soldados acudieron, mas nadie se atrevió á tocar aquella formidable reliquia que mantenía invenciblemente agarrada la presa enemiga.
Abu-Djezzar yacía muerto al pie de la cruz, con la lengua apretada entre los dientes y tendidos los brazos que descuartizaba una convulsión.
Esa misma tarde el agá hizo arrojar por sobre las murallas el siniestro crucifijo, sin que la mano volviera á abrirse desde entonces. Y los cristianos de Jafa, sabederos del hecho por un prisionero de la ciudadela tomado pocos días después, condujeron en procesión aquel trofeo erigiendo un altar al caballero del blanco yelmo, que padeció muerte de cruz entre los infieles el 16 de junio del año 1099 de Cristo.
* * * * *
Ahora, en el convento de los franciscanos de Jafa, puede verse bajo una urna de cristal, clavada en su trozo de madera y asiendo un puñado de cabellos, todavía fresca como para consolar la décima séptima agonía de Jerusalén, la mano blanca de san Wilfrido de Hohenstein.
EL ESCUERZO
EL ESCUERZO
Un día de tantos, jugando en la quinta de la casa donde habitaba la familia, me di con un pequeño sapo que, en vez de huir como sus congéneres más corpulentos, se hinchó extraordinariamente bajo mis pedradas. Tenía horror á los sapos y era mi diversión aplastar cuantos podía. Así es que el pequeño y entonado batracio no tardó en sucumbir á los golpes de mis piedras. Como todos los muchachos criados en la vida semi-campestre de nuestras ciudades de provincia, yo era un sabio en lagartos y sapos. Además, la casa está situada cerca de un arroyo que cruza por la ciudad, lo cual contribuía á aumentar la frecuencia de mis relaciones con tales reptiles. Entro en estos detalles, para que se comprenda bien cómo me sorprendí al notar que el atrabiliario sapito me era enteramente desconocido. Circunstancia de consulta, pues. Y tomando mi víctima con toda la precaución del caso, fuí á preguntar por ella á la vieja criada, confidente mía en las primeras empresas de cazador. Tenía yo ocho años y ella sesenta. El asunto había, pues, de interesarnos á ambos. La buena mujer estaba, como de costumbre, sentada á la puerta de la cocina, y yo esperaba ver acogido mi relato con la acostumbrada benevolencia, cuando apenas hube empezado, la vi levantarse apresuradamente y arrebatarme de las manos el despanzurrado animalito.
--¡Gracias á Dios que no lo hayas dejado! exclamó con muestras de la mayor alegría. En este mismo instante vamos á quemarlo.
--¿Quemarlo? dije yo; ¿pero qué va á hacer, si ya está muerto?
--No sabes que es un escuerzo--replicó en tono misterioso mi interlocutora--¿y que este animalito resucita sino se quema? ¿Quién te mandó matarlo? ¡Eso habías de sacar al fin con tus pedradas! Ahora voy á contarte lo que le pasó al hijo de mi amiga la finada Antonia, que en paz descanse.
Mientras hablaba, había recogido y encendido algunas astillas sobre las cuales puso el cadáver del escuerzo.
¡Un escuerzo! decía yo, aterrado bajo mi piel de muchacho travieso; ¡un escuerzo! Y sacudía los dedos como si el frío del sapo se me hubiera pegado á ellos. ¡Un sapo resucitado! Era para enfriarle la médula á un hombre de barba entera.
--¿Pero usted piensa contarnos una nueva batracomiomaquia? interrumpió aquí Julia con el amable desenfado de su coquetería de treinta años.
--De ningún modo, señorita. Es una historia _que ha pasado_.
Julia sonrió.
--No puede usted figurarse cuánto deseo conocerla...
--Será usted complacida, tanto más cuanto que tengo la pretensión de vengarme con ella de su sonrisa. Así, pues, proseguí; mientras se asaba mi fatídica pieza de caza, la vieja criada hilvanó su narración que es como sigue:
Antonia, su amiga, viuda de un soldado, vivía con el hijo único que había tenido de él, en una casita muy pobre, distante de toda población. El muchacho trabajaba para ambos, cortando madera en el vecino bosque, y así pasaban año tras año, haciendo á pie la jornada de la vida. Un día volvió, como de costumbre, por la tarde, para tomar su mate, alegre, sano, vigoroso, con su hacha al hombro. Y mientras lo hacían, refirió á su madre que en la raíz de cierto árbol muy viejo había encontrado un escuerzo, al cual no le valieron hinchazones para quedar hecho una tortilla bajo el ojo de su hacha.
La pobre vieja se llenó de aflicción al escucharle, pidiéndole que por favor la acompañara al sitio para quemar el cadáver del animal.
--Has de saber, le dijo, que el escuerzo no perdona jamás al que lo ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no descansa hasta que puede hacer con él otro tanto.
El buen muchacho rió grandemente del cuento, intentando convencer á la pobre vieja de que aquello era una paparrucha buena para asustar chicos molestos, pero indigna de preocupar á una persona de cierta reflexión. Ella insistió, sin embargo, en que la acompañara á quemar los restos del animal.
Inútil fué toda broma, toda indicación sobre lo distante del sitio, sobre el daño que podía causarle, siendo ya tan vieja, el sereno de aquella tarde de noviembre. Á toda costa quiso ir y él tuvo que decidirse á acompañarla.
No era tan distante; unas seis cuadras á lo más. Fácilmente dieron con el árbol recién cortado, pero por más que hurgaron entre las astillas y las ramas desprendidas, el cadáver del escuerzo no apareció.
--¿No te dije? exclamó ella echándose á llorar; ya se ha ido; ahora ya no tiene remedio esto. ¡Mi padre San Antonio te ampare!
--Pero qué tontera, afligirse así. Se lo habrán llevado las hormigas ó lo comería algún zorro hambriento. ¡Habráse visto extravagancia, llorar por un sapo! Lo mejor es volver, que ya viene anocheciendo y la humedad de los pastos es dañosa.
Regresaron, pues, á la casita, ella siempre llorosa, él procurando distraerla con detalles sobre el maizal que prometía buena cosecha si seguía lloviendo; hasta volver de nuevo á las bromas y risas en presencia de su obstinada tristeza. Era casi de noche cuando llegaron. Después de un registro minucioso por todos los rincones, que excitó de nuevo la risa del muchacho, comieron en el patio, silenciosamente, á la luz de la luna, y ya se disponía él á tenderse sobre su apero para dormir, cuando Antonia le suplicó que por aquella noche siquiera, consintiese en encerrarse dentro de una caja de madera que poseía y dormir allí.
La protesta contra semejante petición fué viva. Estaba chocha, la pobre, no había duda. ¡Á quién se le ocurría pensar en hacerle dormir con aquel calor, dentro de una caja que seguramente estaría llena de sabandijas!
Pero tales fueron las súplicas de la anciana, que como el muchacho la quería tanto, decidió acceder á semejante capricho. La caja era grande, y aunque un poco encogido, no estaría del todo mal. Con gran solicitud fué arreglada en el fondo la cama, metióse él adentro, y la triste viuda tomó asiento al lado del mueble, decidida á pasar la noche en vela para cerrarlo apenas hubiera la menor señal de peligro.
Calcula ella que sería la medianoche, pues la luna muy baja empezaba á bañar con su luz el aposento, cuando de repente un bultito negro, casi imperceptible, saltó sobre el dintel de la puerta que no se había cerrado por efecto del gran calor. Antonia se estremeció de angustia.
Allí estaba, por fin, el vengativo animal, sentado sobre las patas traseras, como meditando un plan. ¡Qué mal había hecho el joven en reírse! Aquella figurita lúgubre, inmóvil en la puerta llena de luna, se agrandaba extraordinariamente, tomaba proporciones de monstruo. ¿Pero, si no era más que uno de los tantos sapos familiares que entraban cada noche á la casa en busca de insectos? Un momento respiró, sostenida por esta idea. Mas el escuerzo dió de pronto un saltito, después otro, en dirección de la caja. Su intención era manifiesta. No se apresuraba, como si estuviera seguro de su presa. Antonia miró con indecible expresión de terror á su hijo; dormía, vencido por el sueño, respirando acompasadamente.
Entonces, con mano inquieta, dejó caer sin hacer ruido la tapa del pesado mueble. El animal no se detenía. Seguía saltando. Estaba ya al pie de la caja. Rodeóla pausadamente, se detuvo en uno de los ángulos, y de súbito, con un salto increíble en su pequeña talla, se plantó sobre la tapa.
Antonia no se atrevió á hacer el menor movimiento. Toda su vida se había concentrado en sus ojos. La luna bañaba ahora enteramente la pieza. Y he aquí lo que sucedió: El sapo comenzó á hincharse por grados, aumentó, aumentó de una manera prodigiosa, hasta triplicar su volumen. Permaneció así durante un minuto, en que la pobre mujer sintió pasar por su corazón todos los ahogos de la muerte. Después fué reduciéndose, reduciéndose hasta recobrar su primitiva forma, saltó á tierra, se dirigió á la puerta y atravesando el patio acabó por perderse entre las hierbas.
Entonces se atrevió Antonia á levantarse, toda temblorosa. Con un violento ademán abrió de par en par la caja. Lo que sintió fué de tal modo horrible, que á los pocos meses murió víctima del espanto que le produjo.
Un frío mortal salía del mueble abierto, y el muchacho estaba helado y rígido bajo la triste luz en que la luna amortajaba aquel despojo sepulcral, hecho piedra ya bajo un inexplicable baño de escarcha.
LA METAMÚSICA
LA METAMÚSICA
Como hiciera varias semanas que no le veía, al encontrarle le interrogué:
--¿Estás enfermo?
--No; mejor que nunca y alegre como unas pascuas. ¡Si supieras lo que me ha tenido absorto durante estos dos meses de encierro!
Pues hacía efectivamente dos meses que se le extrañaba en su círculo literario, en los cafés familiares y hasta en el paraíso de la Ópera, su predilección.
El pobre Juan tenía una debilidad: la música. En sus buenos tiempos, cuando el padre opulento y respetado compraba palco, Juan podía entregarse á su pasión favorita con toda comodidad. Después acaeció un derrumbe--títulos bajos, hipotecas, remates... El viejo murió de disgusto y Juan se encontró solo en esa singular autonomía de la orfandad, que toca por un extremo al tugurio y por el otro á la fonda de dos platos, sin vino.
Por no ser huésped de cárcel, se hizo empleado que cuesta más y produce menos; pero hay seres timoratos en medio de su fuerza, que temen á la vida lo bastante para respetarla, acabando por acostarse con sus legítimas después de haber pensado en veinte queridas.
La existencia de Juan se volvió entonces acabadamente monótona. Su oficina, sus libros y su banqueta del paraíso, fueron para él la obligación y el regalo. Estudió mucho, convirtiéndose en un teorizador formidable. Analogías de condición y de opiniones nos acercaron, nos amistaron y concluyeron por unirnos en sincera afección. Lo único que nos separaba era la música, pues jamás entendí una palabra de sus disertaciones, ó mejor dicho nunca pude conmoverme con ellas, pareciéndome falso en la práctica lo que por raciocinio encontraba evidente; y como en arte la comprensión está íntimamente ligada á la emoción sentida, al no sentir yo nada con la música, claro está que no la entendía.
Esto desesperaba á mi amigo cuya elocuencia crecía en proporción á mi incapacidad para gozar con lo que, siendo para él emoción superior, sólo me resultaba confusa algarabía.
Conservaba de su pasado bienestar un piano, magnífico instrumento cuyos acordes solían comentar sus ideas cuando mi rebelde emoción fracasaba en la prueba.
--Comprendo que la palabra no alcance á expresarlo, decía, pero escucha; abre bien las puertas de tu espíritu; es imposible que dejes de entender. Y sus dedos recorrían el teclado en una especie de mística exaltación.
Así discutíamos los sábados por la noche, alternando las disertaciones líricas con temas científicos en los que Juan era muy fuerte, y recitando versos. Las tres de la mañana siguiente era la hora habitual de despedirnos. Júzguese si nuestra conversación sería prolongada después de ocho semanas de separación.
--¿Y la música, Juan?
--Querido, he hecho descubrimientos importantes.
Su fisonomía tomó tal carácter de seriedad, que le creí acto continuo. Pero una idea me ocurrió de pronto.
--¿Compones?
Los ojos le fulguraron.
--Mejor que eso, mucho mejor que eso. Tú eres un amigo del alma y puedes saberlo. El sábado por la noche, como siempre, ya sabes; en casa; pero no lo digas á nadie, ¿eh? ¡Á nadie! añadió casi terrible.
Calló un instante; luego me pellizcó confidencialmente la punta de la oreja, mientras una sonrisa maliciosa entreabría sus febriles labios.
--Allá comprenderás por fin, allá verás. Hasta el sábado, ¿no?...
Y como le mirara interrogativo, añadió lanzándose sobre el estribo de un tranvía, pero de modo que sólo yo pudiese oirle:
--...¡Los colores de la música!...
Era un miércoles. Me era menester esperar tres días para conocer el sentido de aquella prosa. ¡Los colores de la música! me decía. ¿Será un fenómeno de audición coloreada? ¡Imposible! Juan es un muchacho muy equilibrado para caer en eso. Parece excitado, pero nada revela una alucinación en sus facultades. Después de todo, ¿por qué no ha de ser verdad su descubrimiento?... Sabe mucho, es ingenioso, perseverante, inteligente... La música no le impide cultivar á fondo las matemáticas, y éstas son la sal del espíritu. En fin, esperemos.
Pero no obstante mi resignación, una intensa curiosidad me embargaba; y el pretexto ingenuamente hipócrita de este género de situaciones, no tardó en presentarse.
Juan está enfermo, á no dudarlo. Abandonarle en tal situación, sería poco discreto. Lo mejor es verle, hablarle, hacer cuanto pueda para impedir algo peor. Iré esta noche. Y esa misma noche fuí, aunque reconociendo en mi intento más curiosidad de lo que hubiese querido.
Daban las nueve cuando llegué á la casa. La puerta estaba cerrada. Una sirvienta desconocida vino á abrirme. Pensé que sería mejor darme por amigo de confianza, y después de expresar las buenas noches con mi entonación más confidencial:
--¿Está Juan? pregunté.
--No, señor; ha salido.
--¿Volverá pronto?
--No ha dicho nada.
--Porque si volviera pronto, añadí insistiendo, le pediría permiso para esperarle en su cuarto. Soy su amigo íntimo y tengo algo urgente que comunicarle.
--Á veces no vuelve en toda la noche.
Esta evasiva me reveló que se trataba de una consigna, y decidí retirarme sin insistir. Volví el jueves, el viernes, con igual resultado. Juan no quería recibirme, y esto, francamente, me exasperaba. El sábado me tendría fuerte, vencería mi curiosidad, no iría. El sábado á las nueve de la noche había dominado aquella puerilidad. Juan en persona me abrió.
--Perdona; sé que me has buscado; no estaba; tenía que salir todas las noches.
--Sí; te has convertido en personaje misterioso.
--Veo que mi descubrimiento te interesa de veras.
--No mucho, mira; pero francamente, al oirte hablar de los colores de la música, temí lo que hay que temer, y ahí tienes la causa de mi insistencia.
--Gracias, quiero creerte, y me apresuro á asegurarte que no estoy loco. Tu duda lastima mi amor propio de inventor, pero somos demasiado amigos para no prometerte una venganza.
Mientras, habíamos atravesado un patio lleno de plantas. Pasamos bajo un zaguán, doblamos á la derecha, y Juan abriendo una puerta dijo:
--Entra; voy á pedir el café.
Era el cuarto habitual, con su escritorio, su ropero, su armario de libros, su catre de hierro. Noté que faltaba el piano. Juan volvía en ese momento.
--¿Y el piano?
--Está en la pieza inmediata. Ahora soy rico; tengo dos “salones”.
--¡Qué opulencia!
Y esto nos endilgó en el asunto.
Juan, que paladeaba con deleite su café, empezó tranquilamente:
--Hablemos en serio. Vas á ver una cosa interesante. _'Vas á ver_, óyelo bien. No se trata de teorías. Las notas poseen cada cual su color, no arbitrario, sino real. Alucinaciones y chifladuras nada tienen que ver con esto. Los aparatos no mienten, y mi aparato hace perceptibles los colores de la música. Tres años antes de conocerte, emprendí las experiencias coronadas hoy por el éxito. Nadie lo sabía en casa, donde, por otra parte, la independencia era grande, como recordarás. Casa de viudo con hijos mayores... Dicho esto en forma de disculpa por mi reserva, que espero no atribuyas á desconfianza, quiero hacerte una descripción de mis procedimientos, antes de empezar mi pequeña fiesta científica.
Encendimos los cigarrillos y Juan continuó.
--Sabemos por la teoría de la unidad de la fuerza, que el movimiento es, según los casos, luz, calor, sonido, etc.; dependiendo estas diferencias--que esencialmente no existen, pues son únicamente modos de percepción de nuestro sistema nervioso--del mayor ó menor número de vibraciones de la onda etérea.
“Así, pues, en todo sonido hay luz, calor, electricidad latentes, como en toda luz hay á su vez electricidad, calor y sonido. El ultra violeta del espectro, señala el limite de la luz y es ya calor, que cuando llegue á cierto grado se convertirá en luz... Y la electricidad igualmente. ¿Por qué no ocurriría lo mismo con el sonido? me dije; y desde aquel momento quedó planteado mi problema.”
“La escala musical está representada por una serie de números cuya proporción, tomando al do como unidad, es bien conocida; pues la armonía se halla constituida por proporciones de número, ó en otros términos se compone de la relación de las vibraciones aéreas por un acorde de movimientos desemejantes.”
“En todas las músicas sucede lo mismo, cualquiera que sea su desarrollo. Los griegos que no conocían sino tres de las consonancias de la escala, llegaban á idénticas proporciones: 1 á 2, 3 á 2, 4 á 3. Es, como observas, matemático. Entre las ondulaciones de la luz tiene que haber una relación igual, y es ya vieja la comparación. El 1 del do, está representado por las vibraciones de 369 millonésimas de milímetro que engendran el violado, y el 2 de la octava por el duplo; es decir, por las de 738 que producen el rojo. Las demás notas, corresponden cada una á un color.”
“Ahora bien, mi raciocinio se efectuaba de este modo.”
“Cuando oímos un sonido, no miramos la luz, no palpamos el calor, no sentimos la electricidad que produce, porque las ondas caloríficas, luminosas y eléctricas son imperceptibles por su propia amplitud. Por la misma razón no oímos cantar la luz, aunque la luz canta real y verdaderamente, cuando sus vibraciones que constituyen los colores, forman proporciones armónicas. Cada percepción tiene un límite de intensidad, pasado el cual se convierte en impercepción para nosotros. Estos límites no son coincidentes en la mayoría de los casos, lo cual obedece al progresivo trabajo de diferenciación efectuado por los sentidos en los organismos superiores; de tal modo que si al producirse una vibración, no percibimos más que uno de los movimientos engendrados, es porque los otros, ó han pasado el limite máximo, ó no han alcanzado el límite mínimo de la percepción. Á veces se consigue, sin embargo, la simultaneidad. Así, vemos el color de una luz, palpamos su calor y medimos su electricidad...”