Part 12
Si la radioactividad de la materia en forma de luz, calor, electricidad, olor, sonido, es un trabajo de regreso hacia la energía absoluta, percibir esas manifestaciones por medio de los sentidos es incorporarlas á dicha energía, es decir al pensamiento. Esto explica á la vez la percepción y la naturaleza etérea (radioactividad absoluta) del pensamiento. De aquí que el mejor aparato para apoderarse de la energía etérea, sea el hombre, que al llevarla en sí está en ella y es ella, como entidad espiritual naturalmente.
Así, pues, toda luz, todo sonido, todo calor, todo fenómeno olfatorio ó gustativo, son trabajos de desintegración de la materia, y toda percepción inteligente de estos fenómenos es reintegración de materia á la energía absoluta.
Esto acarrea una consecuencia racional inesperada, y que resuelve uno de los más obscuros problemas filosóficos.
Sábese, en efecto, que el espacio como extensión infinita é incorpórea, vale decir el movimiento absoluto, puesto que es el movimiento lo que engendra al espacio--es á un tiempo inconcebible é imprescindible para nuestra mente. Si el pensamiento es la energía absoluta, nuestro pensamiento y el espacio son una misma cosa, ó sea éter infinito é incondicionado donde no hay magnitud ni tiempo; resultando así inconcebible como sensación, bien que imprescindible porque constituye nuestro propio ser. Los términos al parecer antagónicos, se hallan así conciliados.
He aquí el espiritualismo y la inmortalidad del alma como soluciones racionales de una concepción cosmogónica, es decir aceptables sin conflicto con la ciencia ó con la razón. Posición intermedia, bien que sólo por razones de distancia, entre el materialismo y el super-naturalismo, la nuestra considera todos los fenómenos como naturales, pero no los deriva totalmente de la materia; y lejos de someterlos á la arbitrariedad del azar ó de un dios _ex nihilo_, los considera determinados por una existencia anterior. Todas las consecuencias que se derivan del espiritualismo así concebido: solidaridad humana, inmortalidad, causalidad del destino humano, son consecuencias racionales.
NOTAS:
[32] Las diastasas, las toxinas, presentan también analogías sorprendentes con los metales en estado coloidal. Éstos obran sobre ciertos cuerpos (formiatos, alcoholes) como las bacterias específicas de ciertas transformaciones, y son neutralizadas por los mismos cuerpos. El átomo, resumen de las fuerzas primordiales, lleva en sí resumida la potencia de todos los fenómenos, y le basta cambiar de estado para producirlos á todos.
[33] Basta ese contacto, como es sabido, para producir electricidad; y es claro que aquí nos referimos solamente al amor físico en su más simple expresión.
[34] Haremos notar, sin embargo, que el símbolo físico del agua en todas las filosofías antiguas, es la cruz, pero ello viene de que cuando se parte del espacio de tres dimensiones, ó sea de la materia tal como podemos percibirla, el agua ocupa el cuarto lugar; siendo la cruz el símbolo cuaternario. Los dos líneas horizontal y vertical que la componen, simbolizan también el equilibrio material que es la forma líquida, y ésta era otra razón.
[35] He aquí por qué llamamos _ideación_ al ternario superior de nuestro esquema.
[36] Conviene no olvidar que si el pensamiento es la energía primordial, todas las fuerzas (energía manifestada) son pensamiento, es decir seres inteligentes.
[37] El calor, como se recordará, es una forma de la electricidad, que en estado puramente dinámico, es pensamiento.
[38] Si de la nada, nada sale, crear es sólo transformar.
[39] El calor mata ó vivifica según el poder y las circunstancias de su acción. Por otra parte, no hay evolución posible sin errores; es decir progreso, causalidad, fenómenos. La absoluta perfección, ó sea el Dios de las religiones, implica la absoluta esterilidad.
[40] El capítulo siguiente dilucidará esta cuestión.
DÉCIMA LECCIÓN
EL HOMBRE
Cuando vuelve á la vida un universo, los seres que lo poblaron vuelven también á la acción por orden de importancia; es decir que las fuerzas superiores, las más poderosas y activas, son las primeras en reaparecer. Esto explica la formación de los mundos como entidades primordiales, y todo el proceso de conversión de la energía en materia, hasta que ésta alcanza su máximum de estabilidad en el estado sólido. Á partir de este punto, se inicia el proceso inverso, ó de desintegración, y los seres van tendiendo á convertirse en focos de eterización cada vez más activa. Siendo éstos los seres vivos, según se expresó, y figurando entre ellos el hombre como el más activo de todos, alcanzar el estado humano viene á ser para los seres de la Tierra la suprema perfección en este mundo. Conociendo este proceso, la Kábala había dicho muchos siglos antes que los darwinistas: “La piedra se convierte en árbol, el árbol en animal, el animal en hombre y el hombre en espíritu puro”--dando á las cosas un alcance bien superior como se ve.
Sabido esto, es claro que al aparecer en la Tierra la vida animal, su primer representante ha tenido que ser el hombre; y ya hemos visto que vida animal, tanto como vegetal y mineral, hubo en la Tierra desde que ésta entró al estado líquido, bajo formas fluídicas, pero no menos reales por ello.
Antes del proceso cristalino y del vegetativo, en el cual la ciencia va encontrando ya las células poliédricas primordiales, así como los rudimentos de un sistema nervioso[41], el espíritu del hombre existía ya, pero no dividido todavía en seres humanos, sino como una entidad sintética que dirigía la evolución todavía poco diferenciada de su planeta. Era un habitante de la nebulosa ígnea que constituía la Tierra entonces, y engendraba por acción mental, es decir pensaba su descendencia.
Cuando el planeta entró al estado líquido, aparecieron en su seno los cristales blandos, los rudimentos de existencias filamentosas que constituirían la vegetación, y las primeras células animales. El ser planetario se había dividido en existencias. De éstas, las destinadas á formar el reino animal, eran inteligencias, es decir hombres, según correspondía, dado que el hombre era la fuerza superior en la animalidad, y debía, por lo tanto, aparecer primero. Todas las formas animales son derivados de aquellas células, ideaciones suyas, y la escala darwiniana se encuentra así totalmente invertida[42]. El hombre es, pues, el progenitor del reino animal, explicando esto por qué repite las características de la serie zoológica durante su vida intrauterina; argumento el más poderoso del darwinismo para demostrar que es la síntesis inversa de toda esa serie.
Pero Darwin, urgido por imperativos teológicos, habló del hombre como del “coronamiento de la escala animal”. La lógica anuló bien pronto esa capitulación con la Biblia; pues si el hombre no era más que un peldaño, no había razón para que fuese el superior y el último, sino uno de tantos. Así, pues, el mono antecesor se ha convertido en un primo, lo cual ya es algo.
Sin embargo, hay un hecho bastante significativo; y es que el esqueleto ó los rastros del hombre, coexisten con todas las formas de vertebrados extinguidos y en todas las épocas geológicas, sin mostrar alteraciones muy sensibles en su estructura y en su tamaño, lo cual revela, cuando menos, una estabilidad superior como especie; y teniendo en cuenta que semejante estabilidad no puede provenir sino de una organización superior á la de los coetáneos ya desaparecidos, así como que se requiere una antigüedad muy grande para fijar los caracteres de una especie cuanto más complejos son[43], parece que la misma ciencia va demostrando la situación _anterior_ del hombre en el reino animal.
La división que hemos debido establecer entre el hombre como espíritu de la tierra y como ser material, requiere también una explicación.
En efecto, como espíritu de la tierra, ó sea en su carácter de fuerza sintética animadora, el hombre es el progenitor de todos los reinos; pero como ser material, es decir dividido en mónadas[44] activas, se circunscribe al reino animal. Eso sí, como la ley de vida es una sola, al constituir el hombre la fuerza superior de la animalidad, aparece primero.
Teniendo en cuenta, sin embargo, que la vida de los planetas concluye dentro del ciclo de todo el universo, del propio modo que la del hombre dentro de la vida del planeta, muchas de esas mónadas quedan detenidas en su evolución hacia la espiritualidad, cuando el planeta sucumbe. ¿Qué sucede entonces?
Hemos dicho que los astros de un sistema conservan relaciones magnéticas y luminosas, pudiendo agregar ahora que dichas relaciones son influencias evidentes, pues la ciencia dice que basta la incidencia de un rayo de luz sobre un punto para provocar múltiples fenómenos.
Siendo ello así, la energía de esas mónadas pasa á otros astros que se encuentran en evolución correlativa, para seguir su ciclo en ellos, y de aquí que el pretendido absurdo de la astrología sea sostenido por talentos superiores.
Callaremos, no obstante, lo que pasa, para limitarnos á decir lo que pasó, continuando así nuestras descripciones.
Al entrar la Tierra en el estado líquido, la vida orgánica de la luna había concluido su ciclo de manifestación, y las mónadas de sus seres inteligentes debieron pasar á incorporarse en las nuestras. No lo hicieron como puras energías, sino también como agregados de materia sutil que se infiltró en la masa de la gigantesca célula humana á modo de influencia magnética, comunicándole nuevas propiedades, de la manera que el imán al acero. De aquí las relaciones magnéticas que el estado líquido conserva con la luna bajo la forma de mareas.
El vehículo de que esos espíritus lunares se valieron para venir á la Tierra, fué el cono de sombra que ésta proyecta sobre la luna, y que durante los eclipses nos trae exhalaciones maléficas de aquel astro; pues siendo él un cadáver, no ha de exhalar vida naturalmente. Esto explica la tradición en cuya virtud los chinos y muchas otras gentes, alborotan durante los eclipses “para ahuyentar á los malos espíritus”.
El cono de sombra es tan objetivo para esas formas sutiles, como un chorro de agua ó una columna de humo; pues siendo la luz el más poderoso agente de eterización de la materia, donde ella falta, es decir donde hay sombra, la materia es más densa y puede servir de vehículo. Cuando se dice que la luz ahuyenta á los espectros, se expresa una verdad más grande de lo que parece; y cuando los “bárbaros” hacen ruido para producir un efecto igual, por estar la luna oculta, echan mano de un agente (el sonido) que según se ha visto es una fuerza primordial, pues es la que ordena los átomos en series armónicas. La luz y la música, son enemigas de la muerte.
Muchos errores había cometido el hombre, espíritu puro sin conciencia, en sus engendros de la animalidad, así como en los tanteos para adoptar su propia forma; y de este modo, sobre el glutinoso mar primitivo, iban formándose los monstruos (fracasos) cuya descendencia estudia nuestra paleontología.
Sobre un coágulo de temblorosa albúmina, aparecía de pronto un inmenso ojo azul; una pulida mano, que al carecer de huesos[45] era más tierna aún, surgía de la antena de un molusco monstruoso; peces con cara humana, copos de nácar fluido en cuyo centro latían con intermitente fosforescencia glándulas pineales; serpientes engendradas por el simple movimiento de las olas coloidales, y aniquiladas de pronto en una multitud de cabecitas de pájaro; membranas de colores esbozando en su tornasol complicaciones intestinales y vesículas natatorias...
Los espíritus de la luna trajeron al hombre su experiencia, es decir le dieron la percepción mental que puso orden en aquella confusión; pero esto no bastaba; requeríase aún la conciencia y la memoria para que aquel espíritu tuviera responsabilidad, ó sea para que se individualizara del todo, aprendiendo á causar su propio destino.
Entonces los espíritus solares se esparcieron por el planeta.
Iban á ayudar al hermano inferior en su obra, que la simple ley evolucionaría habría llevado á término; pero que por este acto, se adelantaba hacia la perfección, economizando edades[46]. Éste era un deber (como lo es todo acto caritativo) un deber de los espíritus solares; pero muchos de ellos no quisieron llenarlo, por no descender de su rango superior. Llegó un momento, sin embargo, en que la ley evolucionaría los impelió á cumplir como fatalidad lo que habían rehusado como deber[47]; y entonces debieron encarnarse en las mónadas que les tocaba animar; pero éstas, mientras tanto, habían seguido cometiendo errores, que refluyeron sobre los que habrían debido impedirlos animándolas, y es así cómo esas mónadas se encontraron retrasadas en su evolución.
Comprendiendo, entonces, que durante la vida de este globo no pueden alcanzar la perfección de los otros, continúan entregadas á la fatalidad, que es la transgresión del deber, es decir _haciendo mal_. El bien y el mal, las diferencias de calidad, de inteligencia, etc., en los hombres, quedan así explicados en carácter de fenómenos lógicos y productos de la conciencia espiritual. Así es cómo, únicamente, el mal no viene á ser una forma del bien, según el conocido sofisma deísta; y cómo el dualismo de Dios y de Satanás, no es tampoco un imperativo categórico. Hay condenados por su culpa (por no haber animado voluntariamente las mónadas) pero su condenación no es eterna, sino respecto al ciclo de evolución de este planeta. Los que han preferido obrar como fuerza ciega, son las víctimas de la fatalidad[48].
Sólo falta por agregar ahora, que así como después de reingresar en la energía absoluta, el universo vuelve á ser materia, mundos y hombres hacen lo propio en ciclos equivalentes á la duración de sus vidas; y que de tal modo, la reencarnación humana resulta una ley racional y necesaria[49]. Necesaria sobre todo, si á los actos de su corta vida no han de corresponder, contra toda razón y toda justicia, _eternidades_ de gloria ó de tormento. Una sola es la ley de la vida, lo mismo para el insecto que para la estrella[50].
NOTAS:
[41] Porque el vegetal es un reino intermedio entre los otros dos y participa de la naturaleza de ambos.
[42] Esto explica por qué en el Génesis, Adán “da nombre” ó lo que es igual especifica á los animales que ya estaban creados por Dios; es decir que existían como meras potencialidades sin objetividad alguna, en la mente del espíritu director del planeta.
[43] Ésta es la respuesta á los que objetan que ciertos insectos viven también con su forma adquirida, desde remotas edades geológicas, por más que ninguno alcance á la antigüedad del hombre.
[44] Usamos el término como una semejanza, y advirtiendo que estas mónadas tienen la misma existencia incorpórea de los átomos, ya descripta en otro lugar, siendo substancialmente idénticas á los átomos minerales ó vegetales, pero en otro estado de vida, según los antecedentes del ser que las engendra.
[45] No se olvide que el estado sólido no existía aún, y téngase presente que aun después de existir, el fosfato de cal un producto de los moluscos primitivos fué de los últimos en aparecer.
[46] Éste es el origen del mito de Prometeo, un numen que roba fuego para los hombres. Cuando se sabe que Prometeo viene _de pro-methis_, “premeditación”, el mito resulta enteramente claro.
[47] Cumplir un deber indicado por la razón, es adelantarse á la ley fatal, activando la vida consciente, ó sea produciendo un acto meritorio; pues siendo la razón un ser superior al hombre, si bien encarnado en él--el espíritu solar mismo--ella es realmente la guía del hombre. Así se explica satisfactoriamente el bien y la superioridad en apariencia paradógica de la razón humana, que, estando en el hombre, es superior al hombre y da leyes á su existencia.
[48] Éste es el concepto del pecado cuando se lo considera individualmente. Pecado es ignorancia, es decir fuerza ciega, según la propia definición teológica.
[49] Conviene no olvidar que la razón de estos regresos á la vida, está en la ley de causalidad puesta en acción por el mismo ser que sufre sus consecuencias.
[50] Repetimos que toda esta cosmogonía es sólo un esquema. La evolución de las razas humanas, así como la explicación detallada de las relaciones interplanetarias, excederían de su objeto; pero algo me dice que he de volver á encontrar un día las huellas de mi augusto revelador.
EPÍLOGO
Y mi extraño interlocutor calló durante una hora cuyo silencio no me atreví á turbar.
Sobre nuestras cabezas palpitaba de astros la inmensidad transparente y obscura. Su antigüedad formada por el transcurso de todos los tiempos, era, no obstante, ligera como un aroma; su profundidad estaba serena como un sueño en paz.
En el silencio de aquella noche, ante la cordillera ahí erguida como una presencia superior, tenía realmente la elevación de una idea. Estrellas y sombra, infinito y eternidad, componían para mi mente en comunión con ellos, esa armonía del silencio que presta alas al éxtasis.
Pero semejante grandeza no me anonadaba. Era grata por el contrario á mi pequeñez, y experimentaba ante ella, como ante una madre, la dulce seguridad de un niño desnudo.
Los misterios cuya exposición había oído, eran poca cosa ante aquél mucho más grande de todos los astros del firmamento, concentrando sus rayos en mi pobre ojo humano, inconcebiblemente pequeño ante el universo, y subordinados por la mísera chispa de mi cerebro al imperio de una ley; pues á través del frágil cristal de mi ojo, el universo entero estaba en mí, y todos sus astros brillaban en mí como si yo hubiera sido el infinito.
Música de las esferas que el iniciado heleno concibió en su sistema: ¿qué necesidad tenía de oirte con mis orejas, si tu transporte comunicaba á mi ser la beatitud inefable? Espectáculo de la bóveda estrellada, siempre el mismo y nunca monótono para el humano en meditación: ¿qué mérito mayor podía atribuirte que el de consolar mis tristezas? Condición humana, dulcemente grata en tu pequeñez, puesto que á ella debes la dicha de adorar; vida del hombre, preciosa en su fugacidad de soplo, ya que ésta misma te acerca á la inmortalidad: nunca como aquella noche comprendí vuestro destino, uno con el infinito y siendo el infinito mismo, á la manera del rayo solar que tamizado por el más pequeño poro, lleva no obstante á la pupila la sensación de todo el sol.
Mi interlocutor hizo un movimiento como si despertara, y alzando su mano señaló el cielo del sur.
Las nubes magallánicas rozaban el horizonte con sus lejanos tules, evocando recuerdos de navegación y de noches antiguas.
Eso, dijo el sabio, aquellas manchas negras, sombra de la sombra, que la astronomía llama sacos de carbón, son sitios de futuros universos, abismos de pensamiento eterno donde reposa la eterna vida.
¿Qué fueron, qué son, qué serán? Un silencio más hondo que la muerte, el silencio mismo del no ser, guarda ese secreto. Los rayos de todos los astros son impotentes para penetrar esa sombra cuya existencia es tan real como la de la luz, puesto que se destaca sobre la otra sombra que es diminución de luz, siendo tinieblas existentes por sí mismas.
¿Cómo explica la ciencia la impenetrabilidad de esas sombras al rayo estelar? No lo explica. ¿Qué conjetura sobre su naturaleza? Nada conjetura. Ante esos abismos donde piensa la eternidad y no existe el tiempo; donde el sol más flamígero se apagaría como un candil en una cueva; donde el silencio mismo no existe, donde la extensión misma no es concebible--el pavor de lo absoluto paraliza aun al rayo de luz que la inmensidad no detiene.
Pero un día, cuando nuestro universo esté quizá disuelto en una nubecilla atómica, el seno de esas tinieblas se estremecerá al impulso del rayo inicial, y los abismos estelares volverán á transformarse en soles. Quizá nosotros mismos seamos los animadores de esa vida, y así como ahora pensamos ideas, pensemos entonces espíritus vivientes.
Pero nuestras ideas son también espíritus, espíritus que aspiran á realizar, como los astros en el cielo y las flores sobre la Tierra, no la sombría _struggle for life_ de la ciencia, sino la divina _struggle for light_ de los seres superiores...
Su estatura parecía haber crecido hasta sobrepasar la vecina montaña; no era ya más que una larga niebla confundiéndose con la vía láctea en el fondo del horizonte. Y fuese ilusión de mi mente sobrexcitada, ó maravillosa realidad, es lo cierto que sin darme cuenta del prodigio, estaba viendo, desde hacía un rato, emblanquecer su rostro entre las estrellas.