Las Fuerzas Extrañas

Part 10

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Nuestra electricidad reproduce ahora este fenómeno; pues es sabido que en el fluido eléctrico acumulado sobre la superficie de un cuerpo, se provoca la formación de polígonos regulares por la proximidad de varios mecheros que ionizan[10] la electricidad. Esta propiedad de engendrar en su seno formas geométricas por acciones análogas, es común á todos los fluidos, así sean líquidos dispuestos en capas delgadas, ó metales en fusión bruscamente enfriados; y es ella la que, constituyendo una ley primordial como acaba de verse, engendra la tendencia hacia la cristalización, que todos los sólidos manifiestan. Pero ya veremos esto mejor en la parte relativa al origen de la vida orgánica.

Dichos polígonos son las primeras diferenciaciones individuales de la energía absoluta, consistiendo su tarea vital en marchar armónica y proporcionalmente con la rotación y la traslación de la mancha luminosa donde toman origen, y en el mismo sentido que ella. No existe, pues, para ellos, _adelante_ ni _atrás_, conservando desde este punto de vista la tendencia del rayo primordial hacia el movimiento en un solo sentido. Disminuidas ó aceleradas sus velocidades, la línea que los forma se rompe y el ser perece: reingresa en el no ser, que es para él el ser absoluto, el infinito. Éste es el concepto superior de la muerte.

Semejantes seres, son lo que en nuestro lenguaje se llama “espíritus”, es decir existencias incorpóreas, bien que limitadas y dinámicas; y así es cómo procediendo la materia, de la energía pura localizada en movimiento, en forma, en extensión, el espiritualismo resulta una consecuencia lógica de la organización universal, y la inmortalidad del alma un fenómeno natural en el universo. Más adelante veremos que esas fuerzas primordiales tienen que ser inteligencias y voluntades en acción, si la ciencia positiva no quiere caer en el mismo contrasentido que las religiones, asignando al hombre un papel extranatural.

La vida que para esos seres rectilíneos es moverse en una sola dirección, dinamiza á su paso la luz amorfa incorporándola á cada uno de ellos, pero sin conservarla en él. En realidad lo único que permanece _es la idea de la figura_, una existencia puramente espiritual[11], como que es una idea solamente, y á la vez inmaterial, sin emociones y sin desgaste. Rotos los polígonos, se desvanecen en un ángulo infinito, pues son organismos unitarios en su esencia, bien que ya poseen forma, magnitud y movimiento. Su tarea es preparar la luz amorfa para la futura atomización, pues estas formas geométricas superficiales son los esbozos de los átomos.

Las ruedas luminosas han seguido, entre tanto, su curso por el infinito; pero como proceden de muchos puntos á la vez, y como su traslación se verifica en sentido rectilíneo bajo el impulso del rayo primordial, hay entre ellas acercamientos y conflictos. Éstos no son otra cosa que la absorción de unas ruedas por otras de mayor magnitud ó velocidad, es decir, nuevos cambios de estado equivalentes á nuevas formas de vida.

Pero las fuerzas tangenciales que estos choques engendran[12], unidas á una menor actividad central de las ruedas, por efecto de su propia forma, inicia en éstas un principio de expansión que las convierte en lentejas, originando la tercera dimensión y por consiguiente nuestro espacio. Esta fuerza obra de dentro hacia afuera, hasta convertir las lentejas en esferas huecas, existiendo en nuestro mundo una analogía sencillísima para objetivar el procedimiento. Nos referimos á las pompas de jabón, que la fuerza del soplo originario agranda, engendrando á la vez un rapidísimo movimiento rotatorio de sus partículas, perceptible claramente á simple vista[13].

Esta fuerza expansiva transforma los polígonos absolutamente superficiales, en poliedros; es decir, divide la luz dentro de la cual eran formas lineales, en partículas poliédricas. Ahora bien, si las ruedas de luz conservaban la velocidad del rayo primordial, y los polígonos formados en ellas marchaban con la misma velocidad según hemos visto; como en cada punto donde se hallaban dichas figuras dinamizaban la luz amorfa, geometrizándola[14] á la vez en otros tantos polígonos, y como aquella velocidad era prácticamente infinita, resulta que no había punto de la rueda que no estuviera contenido en una de dichas formas. Al convertirse éstas en poliédricas por electo de la expansión de toda la masa, que adquirió así la tercera dimensión, dicha masa quedó formada por poliedros innumerables, que constituyeron los átomos. Las masas fueron lo que conocemos astronómicamente por nebulosas.

Ahora, una explicación más detallada del fenómeno:

Cualquiera entiende que el número de puntos en que puede dividirse una superficie (las ruedas de luz) es infinito; y si es infinita también la velocidad de la fuerza divisora, quiere decir que la masa, en cualquier momento, se encuentra dividida en infinito número de puntos. No pudiendo éstos ser materiales por causa de su divisibilidad infinita, deben ser simples centros de fuerza, y la expansión de ésta tiene que resultar poliédrica para que todos sus planos de desarrollo puedan coincidir y no queden huecos en la masa.

Esto fué lo que sucedió, según hemos visto[15].

Así, pues, tenemos que la primera manifestación de la energía absoluta en que se resolvió, al concluir su ciclo de existencia, el universo predecesor del nuestro, fué un movimiento de desarrollo absolutamente longitudinal, un rayo _γ_; y que este movimiento engendró el espacio. El rayo en cuestión llevaba en su propio curso la segunda dimensión, puesto que serpenteaba; y sus ondulaciones al acentuarse, concluyeron por dividirlo en arcos cuyos extremos, faltos de toda solicitud hacia una ú otra parte, por no haber en el infinito más existencias, se unieron formando ruedas y engendrando el espacio de segunda dimensión.

En el ámbito de estas ruedas formáronse (ya vimos cómo) polígonos que fueron los primeros seres, con una existencia análoga á la de los que conocemos, y que constituyeron los prototipos lineales de los átomos.

Las ruedas luminosas se atrajeron, y al chocar ó absorberse según sus magnitudes, se desarrolló en ellas el volumen á que tendían, transformándolas en lentejas, en ovoides y en esferoides, y engendrando por consecuencia el espacio de tercera dimensión, nuestro espacio, al par que la rotación planetaria. Los polígonos se convirtieron en poliedros y nacieron los átomos, que son centros de fuerza individualizada.

Naturalmente, esto no es más que un desarrollo esquemático del proceso cósmico.

QUINTA LECCIÓN

NUESTRA TEORÍA ANTE LA CIENCIA

Fácilmente se echa de ver que estas ideas nada tienen de semejante con el sistema de Laplace, hoy en vigencia; pero intentemos demostrar que no son anticientíficas.

El sistema de Laplace, empieza suponiendo una nebulosa ígnea surgida del espacio _ex nihilo_, ó al impulso del azar que es la misma cosa[16]. Cualquiera nota la inferioridad de este comienzo, así como la consiguiente embrolla en la organización de los movimientos que impulsan á la nebulosa en cuestión, haciéndola girar, aplastarse, desprender anillos, dividirlos y reunirlos en esferoides; si bien existe con nuestra teoría un punto común: los arcos procedentes de la división de los anillos en que se descompone la nebulosa, tienden á unirse por sus extremos engendrando los esferoides, así como los provenientes de la división de nuestro rayo primordial, lo hacen para formar las ruedas luminosas. La diferencia está en que el sistema de Laplace, supone la existencia previa del espacio y de la materia tal como los conocemos, para describir la vida de su nebulosa; mientras el nuestro acomete radicalmente el problema de los orígenes El positivismo nada quiere saber de esto, y le daríamos razón, si no empezara por faltar á su propio método construyendo á su vez hipótesis como ésta de Laplace; pero cuando él lo hace, el mismo derecho nos asiste y usaremos ampliamente de él.

Ahora bien, como la ciencia quiere hechos y el método positivo afirma que teoría es “hipótesis verificada”, diremos que de todas las nebulosas conocidas, ninguna confirma la hipótesis de Laplace. Algunas se hallan en un estado de homogeneidad muy primitivo, pues su espectro sólo manifiesta la raya del hidrógeno, lo cual hace suponer que están formadas de este gas exclusivamente; pero ninguna presenta uno solo de los supuestos anillos. Adoptan las más variadas formas, bajo un aspecto común de masas profundamente atormentadas, y algunas han cambiado de forma, imposibilitando así el argumento de que si no se las ve anillarse, es debido á la gran lentitud de su evolución. Las más regulares, las que afectan precisamente una forma lenticular, han resultado no ser nebulosas sino sistemas de estrellas, vías lácteas semejantes á la nuestra[17]. Ya veremos de dónde resulta esa forma atormentada de las nebulosas.

Falta, entonces, el testimonio de los hechos; á no ser que se quiera darle por confirmación, harto lejana ciertamente, la subordinación planetaria al sol de nuestro sistema; pero como la ciencia admite que esta subordinación puede ser ejercida por los soles sobre los cometas, no queda ya mucho para la teoría.

No hemos olvidado, naturalmente, á Saturno, que con sus anillos parece presentar un testimonio, bien que ellos estén considerados sólidos lo cual es un obstáculo sobremanera grave; pero una excepción evidente entre los astros, no puede servir para verificar una hipótesis, con mayor razón cuando ella se refiere á las nebulosas donde no hay nada parecido, y cuando de conformidad á su enunciado, los astros sólidos _no debieran_ presentar esa conformación[18].

Saturno es realmente un defectuoso del espacio, y de aquí que la astrología lo considerara el planeta de las malas influencias; pero esto puede ser desdeñado por el lector, sin más trámite.

Otra cosa que la hipótesis de Laplace no explica, es el origen del movimiento rotatorio, ya muy complicado, de su supuesta nebulosa originaria, que como todas las masas esferoidales del espacio giraba sobre sí misma y se trasladaba á la vez; para no hablar de los movimientos secundarios engendrados por los dos anteriores. La nebulosa en cuestión era un organismo bastante complejo, según se ve, y por templada que sea la curiosidad positivista, ha de sentir tentaciones de buscar más simples antecedentes.

Pero cuando la hipótesis pierde todo su valor, quedando reducida á un mero juego de gabinete, es cuando se considera que una masa rotatoria debe forzosamente trasladarse en una órbita espiral, tal como se acepta actualmente. Suprimidas entonces las curvas cerradas, vale decir las elipses perfectas de la hipótesis, los supuestos anillos desprendidos de la nebulosa serían largas espirales de materia cósmica difusa, que tenderían á concretarse en cometas, no en planetas concéntricos. El experimento de Plateau falla, entonces, por su base, y los anillos de Saturno se desvanecen definitivamente esta vez[19].

Al experimento de Plateau, que empieza por suponer la nebulosa originaria parada en el espacio (la gota de aceite en el seno del agua alcoholizada) nosotros oponemos nuestra modesta pompa de jabón, que le lleva de ventaja su sencillez, siendo ésta, como es sabido, un atributo de la verdad; y consecutivamente alegamos contra la hipótesis, la falta completa de hechos confirmatorios[20].

Tampoco es admisible la nebulosa infinita que supondría esa supuesta falta de movimiento traslaticio, necesario para que el experimento de Plateau se realice; pues con sólo tener en cuenta la aparición en ella de focos que serán los futuros soles centrales, y sus diversas magnitudes, la suposición se vuelve insostenible.

Por otra parte, la astronomía se aleja cada vez más de la suposición de un universo infinito, ó siquiera de ilimitadas dimensiones; pues piensa que si ello fuera así, los rayos de las estrellas infinitas llenarían todo el espacio (dado que el rayo de luz no se pierde por razones de distancia, según enseña la física); no habría punto del espacio sin un rayo de luz, y por consiguiente no existiría la noche.

Newcomb supone, basándose sobre las paralajes de las estrellas y por medio de complicados cálculos cuyo resumen es imposible sin confusión, que nuestro universo es una esfera de _siete mil millones de millones_ de leguas de radio[21]. Sin aceptar especialmente ningún cálculo, opinamos que nuestro universo es limitado en efecto, es decir un organismo en evolución por enorme que se lo considere; si bien esto no supone que rechacemos la eterna actividad del cosmos en el infinito[22].

Nuestra teoría va apoyada en todo su desarrollo por hechos científicos, desde el rayo primordial hasta la generación de los átomos; consistiendo su diferencia con el criterio positivista, en que no hace distinción fundamental entre fuerza y materia, ó considera pues los elementos permutables y provenientes de una sola causa: la energía absoluta. Salvo esta última parte, la ciencia va aceptando la identidad substancial de fuerza y materia é inclinándose más á nuestra definición: materia es todo lo objetivo, sea ó no ponderable. La electricidad y el radium le imponen esta conclusión.

Los estados de la materia y de la conciencia, así como la generación de unos elementos por otros, puesto que la vida, como hemos dicho, es un perpetuo cambiar de estado, explican mejor la evolución total del universo que la hipótesis cosmogónica de la ciencia, sin subordinarla exclusivamente á la materia ni al azar que es lo arbitrario, antes conciliando el doble aspecto substancial de los fenómenos y dando á su producción inicial un carácter determinista; todo lo cual es, por cierto, mucho más filosófico y aceptable.

Expresaremos, para concluir este capítulo, algo que acentúa aun el carácter científico de la teoría.

Apenas la luz primordial se individualiza, comienza ya en el espacio la lucha por la vida (la absorción de unas ruedas por otras) que acarrea de consiguiente la supervivencia de los más aptos, principio progresivo de toda evolución; lo que está lejos de suceder en la demasiado perfecta maquinaria de la nebulosa de Laplace. Las leyes de la vida, ya lo hemos dicho, son las mismas para el insecto que para la nebulosa.

El lector está ya lo bastante informado para elegir entre esa hipótesis ó la nuestra; entre el proceso puramente material, ó el cambio de estado de la absoluta energía, que al volverse materia engendra simultáneamente al tiempo y al espacio, ó mejor dicho la extensión por el movimiento; la magnitud, la forma, el átomo, es decir los fundamentos del universo bajo sus múltiples aspectos de ideación, de conciencia, de número y de objetividad.

Veamos ahora cómo prosiguió la evolución de ese universo.

SEXTA LECCIÓN

LA VIDA DE LA MATERIA

Al adquirir la tercera dimensión, las lentejas se hacen perceptibles bajo la forma de copos de luz blanca, pues mientras fueron simples cambios de estado de la energía, tuvieron una existencia tan invisible como la de las “luces” α, β, γ que la ciencia conoce ahora. Entonces es cuando empieza á haber propiamente materia y fuerza, y á desarrollarse fenómenos más familiares para nosotros.

El primero de ellos (y en relación con la materia ponderable, el primordial) es el calor, ó sea la electricidad bajo este aspecto, resultante de la fricción de los átomos[23].

Átomos dotados de una velocidad casi infinita, producen al chocar entre sí una incandescencia enorme, cuyo primer efecto es consumir á muchos, ó mejor dicho refundirlos en otros, condensando así la materia al revés de lo que el calor hace ahora. Los átomos sobrevivientes de esa verdadera lucha por la existencia, representan, pues, sumas colosales de energía en equilibrio, explicándose así la proveniencia de esta energía que tiene perpleja á la ciencia. La armonía vibratoria formada por proporciones numéricas, que resulta de este acomodo tanto como de la estructura poliédrica de los átomos, es el prototipo de las vibraciones armónicas que llamamos música, y que explica á la vez la “música de las esferas” de Pitágoras y el poder constructor de la lira de Amphion; pues siendo el sonido fuerza primordial, es naturalmente fuerza creadora[24].

El calor se manifiesta al mismo tiempo que la luz roja, la luz más caliente como es sabido; del propio modo que la electricidad fría de los anteriores estados, había coincidido con los rayos ultravioletas excitadores de la fosforescencia y de la fluorescencia, manifestaciones á su vez de la radioactividad de la materia.

De aquí que el calor y la luz carezcan (en sentido material) de magnitud y de tiempo respectivamente. Basta con reflexionar que la más pequeña llama puede encender los fuegos de toda la Tierra sin disminuir absolutamente, y que el rayo de luz, según queda enunciado más arriba, no se pierde por razones de distancia, viajando incesantemente. No era necesario el radium, como se ve, para hacer perceptible la infinitud de la energía, pues bastaba observar la más mísera candela como fuente de luz y de calor; pero la ciencia requiere también sus maravillas. Por lo demás, sostenemos que el olor es también una forma de radioactividad, como lo prueba el ejemplo bien conocido de la partícula de almizcle que perfuma durante un siglo sin variar de peso. Ya veremos todo el alcance de estas consideraciones[25].

La materia, pues, existía ya, cada vez con mayor tendencia hacia la inercia; y para valernos de una analogía gráfica, que encierra una verdad, por otra parte, diremos que la tensión eléctrica se había transformado en gravedad, identificándose con el volumen. La materia es, si se tiene esto en cuenta, electricidad neutra cuya tensión se ha transformado en gravedad[26].

Pero, qué era esta materia? Esta materia era el hidrógeno, cuya raya figura _única_ en el espectro de las nebulosas propiamente dichas. El hidrógeno es la electricidad bajo forma de gas, y de aquí sus cualidades características. Todos los gases son formas alotrópicas del hidrógeno, provienen de su átomo; pero este átomo, que es el hexaedro primordial antes mencionado, desarrolla al girar un torbellino formado por espirales concéntricos, según resulta de su forma en rotación, y este torbellino constituye como quien dice su cuerpo. Así, cuando la ciencia vea los átomos, no ha de ser bajo la forma de menudas chispas[27], sino de torbellinos espiraloides enteramente análogos á los sistemas solares.

Los tres estados que la energía debió asumir á convertirse en materia, son inapreciables para nosotros mientras no llegan al perfecto equilibrio y se manifiestan bajo forma de hidrógeno. He aquí por qué en los ochos grupos del sistema de los elementos, los compuestos hidrogenados primordiales no tienen clasificación sino á contar desde el cuarto (MH_{4}); los tres restantes son materia radioactiva pura.

Esas masas de gas incandescente, sufren diversos percances: explosiones que las destruyen, absorciones, divisiones en regueros espirales que se convierten en cometas, y desplazamientos que las arrojan al espacio con movimiento parabólico, bajo forma de cometas igualmente[28]. Este desplazamiento eterno de las masas estelares, va dejando el sitio necesario para nuevas formaciones, y así es como vive el infinito, convirtiéndose perpetuamente; todo ello sin contar los cataclismos que semejantes movimientos suponen, y que explican la forma atormentada de las nebulosas.

La lucha por la vida es activísima entre esos errantes del espacio. Unos son devorados por los que ya se convirtieron en soles; otros se conjugan y forman seres mixtos; otros se organizan en sistemas; pero al cabo de cierto tiempo, ninguno es simple ya, sino una suma de otros, exactamente como el animal que incorpora á su organismo los de diversos seres; y su vida se vuelve singularmente compleja. Menester es que aquí dejemos al astro hipotético, para seguir la evolución de la vida en nuestro planeta.

Antes de pasar á otro capítulo conviene tener presente, sin embargo, que las leyes primordiales de la vida son comunes á todos los astros y á todos aplicables por analogía; así como que dichos astros nunca pierden su relación substancial, continuando ésta bajo comunicaciones luminosas, magnéticas, etc. El átomo originario sigue siendo el prototipo de cada ser, tanto en el insecto como en la estrella.

SÉPTIMA LECCIÓN

LOS ELEMENTOS TERRESTRES

Á cada uno de los cambios de estado del movimiento que engendra el espacio de tres dimensiones, corresponde, como hemos visto, una clase de electricidad, una clase de formas, una clase de luz. En la Tierra corresponde también á cada uno un elemento.

En el gas, predomina la fuerza expansiva del rayo primordial; en el líquido, la expansión horizontal del segundo estado; en el sólido, el equilibrio del tercero que es la tensión eléctrica convertida en gravedad--la electricidad neutra.

Prototipo de todos los líquidos, el agua es una permutación del hidrógeno, cuyo nombre significa, como es sabido, generador del agua. El agua viene á ser así electricidad líquida, como el hidrógeno es electricidad gaseosa[29]. Á esto se debe que las leyes de distribución de la electricidad y de los líquidos, sean las mismas; aunque éstos se hallen sometidos á la gravedad y aquélla no; pero tensión y gravedad son una misma cosa como hemos visto. Lo líquido es, pues, dado nuestro punto de vista, más vivo, es decir más próximo al estado de energía pura ó éter, y por esto el agua es la fuente de la vida orgánica. Los alquimistas decían que el mercurio es el más vivo de los metales (en francés _vif argent_) y debe notarse que los vehículos esenciales de la vida orgánica,--sangre, savia, leche--son líquidos.

Tanto en el estado gaseoso como en el líquido, la forma poliédrica de los átomos continúa siendo el prototipo, y esto se encuentra asaz bien demostrado por las fórmulas químicas, para que debamos insistir; no obstante, en el estado líquido, los poliedros son ya cristales prototípicos de los futuros sólidos en que se manifestará el máximum de inercia de la materia.

La Tierra era una especie de océano esferoidal, denso y glutinoso, en el cual los átomos se agruparon bajo formas cristalinas, es decir poliédricas, según su modelo fundamental. La ciencia produce cristales semifluidos en el seno de un líquido, por medio del calor y de la electricidad, y estos cristales se portan como seres vivos, no sólo por su estructura semejante á la de las células, sino porque poseen propiedades tan notables como la de reparar sus mutilaciones. Esto bastará, según creemos, para demostrar que el estado líquido no es un estado amorfo, y que el sólido ha podido perfectamente derivar de él. De aquí la tendencia de todos los sólidos á cristalizar, es decir á modelarse bajo el patrón originario.

Cuando un planeta[30] ha organizado toda su materia en los tres costados, ó en términos más generales: cuando la materia de un planeta ha alcanzado su máximum de estabilidad, comienza el proceso de desintegración de esta materia. Ella se ha de efectuar en un tiempo equivalente al que empleó para formarse, conforme á la ley de periodicidad, y en estados semejantes, bien que inversos[31].

La función vital preponderante, que era condensar éter, es reemplazada por la de “eterizar” la materia, aunque esto no quiere decir que haya sustitución completa de un proceso por otro. El equilibrio entre ambos persiste por mucho tiempo, exactamente como ahora lo vemos en nuestro mundo, sin diferencias apreciables, pero con tendencia progresiva hacia la eterización. Á esto último responde la aparición de los seres orgánicos.

NOTAS:

[1] “Luz negra” y “tinieblas” no equivalen naturalmente á _sombra_, es decir á una diminución de luz. Son la “no-luz” en absoluto.

[2] Esta causalidad, que es la ley suprema de toda vida, tiene un símbolo admirable en el paganismo. Queremos hablar del destino (ó sea el determinismo de las causas anteriores) que era superior á todos los dioses, sin ser él mismo un dios.

[3] Conviene tener presente siempre que esta electricidad es la del rayo _γ_, y no la que conocemos habitualmente.