Part 9
--En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro--insistió Ochoa--; la cera tiene algo de carne, pero de carne muerta; los ojos vidriosos de cristal son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona, es de las cosas que más recuerdan al muerto. Las ropas, sobre todo usadas, hablan de un difunto: son como testigos de todo el bien y el mal que ha hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es muy probable que el sastre las hiciera para muñecos. Todo lo que se reúne en las figuras de cera es funerario y sepulcral.
--Como tú, querido Ochoa--saltó el pintor--, que también estás funerario y sepulcral.
--El tamaño quizá influye también--añadió Aviraneta--. Si las figuras fueran mayores o menores que el natural, probablemente no darían tanto la impresión de cosas muertas; pero esos gabanes usados, esas gorras, esos sombreros, que los han llevado, seguramente, gentes vivas, nos sugiere un poco la idea del difunto.
--¡Qué macabros están ustedes!--exclamó el pintor.
--No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar--replicó Ochoa--. Indudablemente tiene usted razón, don Eugenio. El tamaño influye mucho. Es el del natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo o achicándolo bastaría probablemente para quitar esa impresión. Un muñeco no da nunca esa sensación desagradable, porque no hay la posibilidad de confundirle con una persona. ¿Por qué la posibilidad de la confusión es tan desagradable?
--Es la posibilidad del fantasma, del espectro--dijo Aviraneta--. Un fantasma como una mosca o como un monte no podría ser fantasma asustador.
--Luego hay el otro punto--insistió Ochoa--. ¿Por qué una figura tan realista como una figura de cera no produce efecto artístico? Indudablemente, todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de repulsión de que hemos hablado estorban para producir una sensación de suavidad y de dulzura. ¿Por qué el asesino con un puñal en la mano y la víctima con una herida de la que brota sangre nos son odiosas en figuras de cera y no en un cuadro?
--Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del arte--dijo Aviraneta--, sería saber dónde están sus límites.
--Es cierto--añadió Ochoa--. No sabemos cuál es el límite del arte. ¿Por qué el pelo rubio o negro pintado en la tela está bien y, en cambio, la peluca rubia o morena sobre una figura de cera es repugnante? ¿Por qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en figura de cera sería aún más desagradable que en realidad?
--Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella, es como un monstruo lleno de tentáculos--observó Aviraneta--, y unos de éstos viven de aire y de luz, y otros, de sangre y de cieno; el arte los aprovecha, pero no puede aprovecharlos todos.
--Y las figuras de cera toman de la realidad esos tentáculos cenagosos, los más hundidos en el barro humano--añadió Ochoa.
--Es indudable--dijo Aviraneta.
--A mí lo que me asombra--añadió Ochoa--por qué este arte de las figuras de cera, cuando llega a la suma perfección, no llega a la belleza. Ustedes habrán visto en el castillo de Potsdam la figura del gran Federico en cera.
--Yo, no--dijo Aviraneta.
--Yo, tampoco--repuso el pintor.
--Todos afirman que es de un parecido absoluto. Las facciones del rey de Prusia están vaciadas en la cara del muerto; el que pintó la cara conocía al gran Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos rodeados de un círculo morado son de una verdad completa. El traje y los accesorios son los mismos que usaba el rey; la peluca de estopa, el uniforme azul, desteñido y raído; las botas, el sombrero, la espada, la flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad... sin el espíritu.
--¿Y qué efecto hace?--preguntó Aviraneta.
--Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y miedo--contestó Ochoa.
Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito oía muy interesado, cuando se presentó Chipiteguy, que saludó afectuosamente a Aviraneta.
--¿Quién es este tipo?--preguntó el pintor a Ochoa.
--¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera.
--No; el otro.
Ochoa le explicó quién era el conspirador, y el artista estuvo contemplando a Aviraneta.
--Es un tipo curioso--murmuró--; tiene una bonita cabeza.
--Sí, es un poco águila o buitre.
Alvarito escuchó con atención aquellas teorías acerca de la ceroplastia que expusieron los tres señores y pensó sobre ellas. En muchas cosas estaba conforme.
II
LOS SUEÑOS DE ALVARITO
Mientras las figuras de cera estuvieron encerradas en el almacén constituyeron una obsesión para Alvarito. Le daban miedo, horror y repugnancia, y no quería acercarse a ellas. De noche, sobre todo, el pensar en el sótano le hacía estremecer. Era un antro de la locura, lleno de monstruos gesticulantes, de espectros horrorosos, que se amenazaban en un terrible silencio. Alvarito tenía el temor de que toda su vida la pasaría así, con la perspectiva de un sótano negro con figuras de cera.
Cuando comenzaron a llevarlas a la barraca pensó que ya se sentiría tranquilo; pero quedaba en la cueva el grupo de los asesinos, que era el que más le repugnaba y le inquietaba.
Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre excitado con las fantasías políticas de su padre y las ideas supersticiosas y fatídicas de la madre. Al principio, en casa de Chipiteguy, con la buena alimentación, había logrado robustecerse física y moralmente; pero aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban y le quitaban toda tranquilidad. Constantemente se le aparecían en sus sueños.
Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba encantada por un maleficio misterioso y extraño. En los subterráneos había monstruos gesticulantes, sombras hórridas que se agitaban en el silencio; en el piso alto había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente de locuras y de extravagancias.
Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal punto, que en pocos minutos se quedaba uno anémico y exangüe y al último convertido en figura de cera.
De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía, aunque en el momento no sabía quién era, le revelaba susurrando el importante secreto. Para no quedar encantado en aquella casa era necesario no tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo se perdían las fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría la idea de llevar una grúa de las que se levantaban en la orilla del río y colocarla cerca del Reducto, y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy.
Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad; bajaba por la cuerda y, balanceándose en ella, recorría la casa, sin pisar el suelo, y a todo lo que tocaba con una varita lo desencantaba al momento. De pronto comprendía que había sitios a los que no podía llegar, y entonces abandonaba la grúa y construía en un instante unos zapatos altos, de suela hueca, y comenzaba a andar por toda la casa, deslizándose con una gran facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y ésta era su desesperación, porque no podía desencantar a una persona oculta, por quien tenía gran interés, y, a pesar del gran interés, no sabía quién era. Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la puerta cerrada e intentar abrirla perdía sus fuerzas. No sabía por qué, hasta que miraba por un ventanillo y veía una muchedumbre de figuras de cera que sujetaban la puerta por dentro.
Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En el segundo sueño entraba por un ancho portal, subía por una escalera y pasaba a un campanario de una iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en el techo, de las que colgaban un gran número de arañas, que subían y bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados hilos. La gente era extraña y absurda; había un hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido de mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con gran petulancia; un tipo rechoncho, con la cara tiznada de carbón, que se parecía a Claquemain, y una mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el pelo rubio y vestida de militar.
Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos y blancos como pelotas de goma, parecidos a los del cuadro de la "Matanza de los Inocentes", del salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara, una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con fijeza y le hacía estremecer.
De repente se entablaba una discusión entre dos curas delgados, pequeños y picados de viruelas, que decían algo terrible al moreno de bigote y vestido de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión, aparecía un hombre con anteojos, peluca y gabán gris, abría la boca y parecía gritar, pero Alvarito no le oía. Era el voceador el personaje de las figuras de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se desesperaba al verle y en su desesperación se despertaba.
Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el recuerdo de aquellas malditas figuras de cera.
Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió surgir entre el boscaje al Asesino, que se le presentaba con el brazo levantado blandiendo su puñal.
Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros y en aparecidos.
Sin embargo, se decía:
--Una figura de cera no puede tener alma. Soy un visionario.
Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque no siempre. También pensaba que los maniquíes, los autómatas, los peleles y los muñecos tienen como un reflejo de la personalidad del que los ha hecho, y a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín, que con una botella rota y una cuerda suenan y chirrían y asustan a los gorriones.
En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que tenía Chipiteguy, un antiguo tratado de supersticiones, Alvarito leyó que los sueños son de cuatro clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los sueños naturales provienen del temperamento de las personas.
Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas, disputas, combates e incendios; los sanguíneos sueñan con azafrán, jardines, festines, danzas, amores y diversiones; los melancólicos, con humo, obscuridad, tinieblas, paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y muertes; los pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones, naufragios, objetos pesados y obstáculos para la marcha.
Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente era pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco de melancólico y una miaja de sanguíneo. Después comprendió que todo esto no era más que hablar y no decir nada.
Un día soñó que iba a caballo por un gran puente que avanzaba en el mar. A un lado y a otro se agitaban las olas y hervían las espumas en un verdadero caos.
Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y se levantaban severamente para decirle algo.
--¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?--se preguntaba.
Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este sueño lo único que dedujo Alvarito al pensar en tanta agua fué que él debía ser muy pituitoso.
Otra vez soñó que estaba delante de una gradería de figuras de cera, y que en medio había un dandy, con melenas y frac azul, que reproducía los rasgos del pintor amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día de la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una canción romántica.
Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con más costumbre de comprender a las figuras de cera, sospecha que el melenudo entonaba en su lira la célebre canción de la _Ceroplastia o Balada de las figuras de cera_, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de Aschaffenburg, que dice así:
III
LA CANCION DE LA CEROPLASTIA
A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las chimeneas de las casas, y la luna se destaca como una nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando las luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa a la puerta de las barracas de las figuras de cera, que canta sollozando:
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies, como los hijos de los hombres, y trajes y sombreros y zapatos, y nadie les impide llevar calzoncillos y hasta polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de los inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en palacios ni en museos, como a los muñecos del arte griego, a pesar de hallarse éstos descalzonados y descamisados; no se les admira; se les relega a las barracas, fuera de la ciudad, como a los atacados por una peste o a los mendigos miserables. Tus engendros, madama Ceroplastia, no han estado nunca en la pomposa rotonda, ni en la logia, ni en la columnata, ni en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol se lucen en una postura amanerada y un poco incómoda; ni en la fuente, ni en el square; no han visto las caravanas de turistas con el Baedeker en la mano contemplándoles con una admiración contratada de antemano por la Agencia Cook; ni el grupo de feas solteronas inglesas en éxtasis mostrando sus amarillos dientes de caballo. Los hijos de la cera no conocen más elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez, todo plebeyez.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
No, no. Os faltan los adjetivos encomiásticos, hijos de la cera. ¿Dónde está la frase de Goethe o del vizconde de Chateaubriand, o al menos del vizconde de Arlincourt, en vuestro elogio? Nadie os ha cantado, ni en verso ni en prosa. Unicamente se dice que un santón del comunismo, Esteban Cabet, individuo al parecer poco estético, habló de probar su Icaria, su ciudad utópica y perfecta, con figurones de cera de hombres ilustres; pero se añade que el mundo se rió cínicamente de la Icaria y de los figurones de cera. Utopía, todo utopía.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Dicen tus impugnadores que eres como la charca donde se pudren las aguas vivas que vienen del monte; que la cera, cuando sale de la colmena es hermosa, se convierte en repulsiva en tus figuras y que lo mismo pasa con el cristal y con las telas; añaden que rebajas todos tus materiales, en vez de sublimarlos; que tus factores son buenos y tus productos son malos. Industrialismo, todo industrialismo.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Tus figuras de una discreción un poco repugnante, producen, a la mayoría de las gentes, inquietud y molestia; les recuerdan, según parece, las momias recubiertas de cera, las imágenes con pelo de las iglesias, los dientes postizos, las piezas de anatomía, los escaparates de los ortopédicos, las cabezas de muestra de los salones de peinar señoras, los maniquíes de los sastres y de los peluqueros, los bustos de los frenólogos... cosas todas del largo capítulo de las invenciones desagradables de las farsas y de las mentiras. Mendacidad, todo mendacidad.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Vuestra composición, hijos de la cera, no os permite vivir en plena naturaleza. La lluvia y el sol os estropearía el físico.
Vuestras pelucas y uniformes, vuestros pompones y penachos, vuestras chupas y casacas, vuestros calzones, sables y espadas; vuestros trabucos y pistolas viejas, vuestros abanicos y tabaqueras, vuestros pañuelos y puntillas, hablan a la gente, más que de Versalles o de Sans Souci, de tenduchos de prenderos, de traperos y ropavejeros. Guardarropía, todo guardarropía.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Los estetas y los cultos te consideran como un arte macabro y funerario. Recuerdas, según ellos, las pompas fúnebres, las damas repipiadas que se ven en las tumbas modernas esculpidas por un cantero en un mármol, que parece azúcar; los angelitos dorados y plateados de los ataúdes, los cuadros de pelo de los antepasados muertos, las reliquias amarillentas, un tanto desagradables, y los ex votos de las capillas, en donde se mezclan los brazos y las piernas de cera con los huevos de avestruz. Funerario, todo funerario.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías cuando éramos chicos! Si desde un punto de vista estético te pueden poner objeciones, no podrán hacer lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban, tus asesinos no matan, tus magistrados no dan sentencias injustas, tus generales son modestos y silenciosos. ¿Se debe pedir algo más? Los hijos de la cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos el dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta apropiada? Si no podemos representar el interior de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más enrevesado, más lleno de telarañas que esos cuartos interiores del espíritu humano, sin ventilación y sin luz?
Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal que se levanta en el aire; dejad que el magistrado o el profesor sea una bola en forma de cabeza o de calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el general no pase de ser una estaca con un hermoso tricornio, con su plumero, y saldréis ganando... ¿Para qué más? Los cultos no se convencen. Viven en plena rutina estética, duermen en compañía del lugar común. Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo de Belvedere, en el Moisés de Miguel Angel y en el condottiero de Donatello, y hasta el nombre de Ceroplastia, ¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento, todo amaneramiento. Vanidad, todo vanidad.
--¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.
* * * * *
Esta es la voz misteriosa que en la callada noche solitaria se escucha a la puerta de las barracas de las figuras de cera, cuando las luces de la feria se extinguen, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las chimeneas de las casas y la luna se destaca como una nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo.
IV
UN PROYECTO
Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit, negociante en pequeño, era un judío pintoresco; la nariz corva, el labio inferior grueso, los ojos brillantes, detrás de unas antiparras que le daban aire de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado y los pies fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés siempre un poco desastrado y hablaba de una manera suave e insinuante.
Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho con él varios negocios.
Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de Chipiteguy, en vez de salir a la calle, entró hacia el almacén y dijo:
--Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted.
--Usted dirá, Manasés.
--Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos aprovechar.
--Vamos a ver la noticia.
--Parece que unos de los capitanes generales de Navarra mandó recoger hace meses muchas cruces y custodias de plata de las iglesias de la provincia, abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona. El capitán general anterior a éste tomó la determinación de meter todos los objetos de plata en barricas y de guardarlos en un sótano de la ciudad. Se quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general actual ignora, según dicen, que haya este depósito y los únicos que saben dónde está son el cónsul de España, don Agustín Fernández de Gamboa, y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri.
--¿Y usted cómo sabe eso, Manasés?
--Porque me lo ha dicho Gamboa.
--¿Y para qué se lo ha dicho a usted?
--Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien que se encargara de traer esos objetos hasta aquí. A un cristiano quizá no se hubiera atrevido a hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo.
--¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona?
--Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las barricas, llenas de cosas de oro y de plata, es de un conocido de Gamboa, y por lo que me he enterado, las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez quiso traerlas a Francia, pero que no se atrevió.
--¿Y a usted qué se le ha ocurrido?--preguntó Chipiteguy.
--A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar alguno de nuestros chatarreros a Pamplona con un carro a ver si le entregaban las barricas y las traía aquí.
--¡Qué ilusión!
--¿Le parece a usted?
--Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted piensa que en un país en guerra van a dejar pasar un carro con barricas sin reconocer lo que va dentro?
--Sí, es verdad.
--De intentar esta aventura habría que traer ese tesoro de otra manera; tendría que ir a Pamplona uno mismo.
--¡Ir a España!--exclamó Manasés--. No, no; de ninguna manera. A mí no me pescan los carlistas de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo, que vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo que quieran.
Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado vivo como un perro judío sería cosa inmediata.
--Pues, amigo Manasés--dijo Chipiteguy--, despídase usted del proyecto, porque si cree usted que un carretero cualquiera le va a traer a usted esas barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie las vea y las registre, cree usted una tontería; y si piensa usted que si le dice usted al carretero a lo que va, después de pasar grandes peligros él, le va a traer las barricas a usted, para que usted se quede con ellas, pues piensa usted una candidez.
--Estoy convencido, Chipiteguy--murmuró Manasés--, hasta el punto de que no quiero ocuparme más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca.
--Pues yo quizá intente ver qué hay en eso. ¿Cuántas barricas habrá?
--No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco.
--Para traer eso había que ponerse de acuerdo con el cónsul Gamboa--dijo Chipiteguy.
--Y quizá también con el posadero Iturri.
--¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia?
--Parece que sí--contestó el judío--. Son varias arrobas de plata. Gamboa supone que debe haber además oro y piedras preciosas.
--Hala, Manasés, vamos los dos--dijo Chipiteguy--; nos repartiremos el botín. Veremos lo que pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío de origen español y un ateo alsaciano.
--No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para ir allí, váyase. Yo no voy.
Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la noticia de Manasés, y, después de pensarlo despacio, habló con don Eugenio de Aviraneta.
A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a Pamplona en un carro con sus figuras de cera y volver, si la cosa era posible, trayendo algunas o todas las barricas con la plata recogida de las iglesias navarras.
--No le aconsejo a usted que lo haga--le dijo Aviraneta.
--¿Por qué?
--Porque es peligroso.
--¿Qué es lo que no es peligroso?
--Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso.
--Usted no tiene tampoco necesidad de andar por aquí intrigando.
--Amigo Chipiteguy: si usted, a su edad, se siente con deseos de aventuras, no le digo nada. Adelante.
--Pues adelante. Estoy dispuesto. Yo quisiera, amigo Aviraneta, que usted le viera al posadero Iturri, le preguntara qué sabe de esas barricas, cuántas hay, etc., etc.
--Vamos ahora mismo--dijo Aviraneta.
Fueron a la posada de Iturri; el posadero estaba en la trastienda de su mercería y fonda.
Aviraneta expuso a Iturri las pretensiones de Chipiteguy.
--Sí--dijo el posadero--; hay cuatro o cinco barricas en un almacén de trigo de la calle Nueva, de Pamplona. Yo no sé qué tienen dentro. Creo que pusieron las barricas a mi nombre.
--¿Y no sabe lo que hay dentro?--preguntó Chipiteguy.
--A punto fijo, no. No creo que haya inventario ninguno.
Como Chipiteguy insistió en ir a Pamplona, Iturri le dijo:
--Tenga usted cuidado y no sea usted loco. La cosa es muy difícil, casi imposible.
Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba la aventura. Fué al consulado de España a visitar a Gamboa; le dijo lo que le había contado Manasés y lo que quería hacer.
--¿Y usted mismo piensa ir?--le preguntó Gamboa.
--Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré traer las barricas aquí.
--Yo no sé lo que vale eso--replicó Gamboa--. Si la empresa sale bien y trae aquí esa plata, le pagaremos los gastos que usted haya hecho y el veinte por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted traer esas barricas, le abonaremos sólo los gastos. ¿Le parece a usted bien?
--Sí; no me parece mal.
--¿De manera que se decide usted?
--Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en España no es difícil; lo difícil es salir, sobre todo trayendo las cruces y las custodias.