Las figuras de cera: novela

Part 8

Chapter 83,990 wordsPublic domain

Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias que podía tener el descubrimiento de las planchas masónicas, los apostólicos, en grupos, volvieron a Bayona.

Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron con el tiempo en una junta carlista y apostólica, dirigida por el obispo de León, Echevarría, fray Antonio de Casares y Labandero, y en la que hacía de secretario Sanz, el hermano del general navarro fusilado en Estella.

Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito que publicó, decía:

"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes conductos indican una próxima revolución en el ejército y las provincias, la que parece es fomentada más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino pagado que servía de capellán en el 5.º batallón de Navarra; por el reverendo obispo de León y por el oficial que fué de secretaría de la Guerra don Florencio Sanz, secretario actualmente de una junta formada en Bayona, compuesta de los expulsados, y con acuerdo del cónsul en dicha plaza, por el Gobierno usurpador y revolucionario, en la cual hace también su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados en sus mismas doctrinas."

Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el abate no estaba inficionado en ninguna doctrina; más bien había conseguido desinficionarse de todas.

Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron una larga conferencia en casa de Iturri; se pusieron de acuerdo en los más pequeños detalles, y poco después salía Roquet camino de España. El obispo de León le indicó al agente que si le veía a don Carlos le dijera que él, Abarca, garantizaba la verdad de la existencia de las cartas masónicas de Maroto.

Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; veía a don Miguel Enciso, le entregaba la carta del obispo de León, y después juntos Enciso y Roquet encargaban al coronel Soroa que se presentara al pretendiente con las cartas masónicas y con el recado del obispo de León.

Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué presentado al intendente general, don Juan José Marcó del Pont, que unos días más tarde dejó su cargo de intendente para ser ministro de Hacienda.

Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y enemigo desenmascarado.

Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto un periódico de Madrid, que contenía copia de las cartas interceptadas, enviadas por Arias Teijeiro desde el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba y ponía como un trapo a Maroto.

Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó del Pont y a fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le acrecentó con el miedo.

Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas masónicas y llevó a Soroa y a Roquet a presencia de don Carlos.

El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; las leyó, reflexionó y dijo, disimulando la gran impresión que le producían (su único talento era éste: disimular):

--Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya sabía yo que entre mis generales había algunos masones.

--Señor--replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación, con una violencia de vasco fanático--: Los generales que estén en el ejército carlista y pertenezcan a la masonería, no pueden ser más que traidores.

--Si yo también lo creo así--dijo don Carlos.

Roquet calló.

--¿Y los otros papeles?--preguntó el Pretendiente.

--Los otros papeles los tiene ese señor legitimista de Bayona--contestó Roquet.

--¿Usted los ha visto?

--Sí.

--¿Qué son?

--Hay un pliego grande de papel que tiene este título: Cuadro sinóptico del triángulo del Norte de España; en él hay muchos óvalos a manera de lentes, pintados de verde y rojo.

--¿Hay nombres?

--No; en el centro de cada óvalo hay un número. En el lado de los verdes hay un letrero que dice: "Civiles". Y en el de los rojos se lee: "Militares". Encima del pliego, a la cabeza, hay muchos números y jeroglíficos que no hemos sabido descifrar. Hay, además, una cajita de cartón con una esfera, con el nombre: "Esfera de luz" llena de signos parecidos a los de estas cartas.

--¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?--preguntó don Carlos.

--Este legitimista que quiere presentar estos papeles es un hombre que se encuentra en mala situación y suele alquilar un gabinete con su alcoba. A ese gabinete vino un español con su equipaje y estuvo unos cuantos días; pero parece que alguien le perseguía, o que le mandaron algún recado urgente, porque el caso fué que tuvo que escaparse y recomendó al señor legitimista dueño de la casa que tuviera cuidado con su baúl. En esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con el pliego pintado y con la esfera de luz, y creyendo que eran juguetes, se los enseña a su padre.

--Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir él mismo aquí con sus documentos?--preguntó el Pretendiente.

--No quiere, porque no le conviene que se sepa su nombre--contestó Roquet--. Está haciendo gestiones para conseguir un destino con el Gobierno francés, y si se supiera que había violado un secreto, tendría por ello muy mala nota.

--Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara esos papeles--dijo el Pretendiente.

--El no está en situación para desear distinciones. El no quiere más sino hacer este servicio a la causa de Su Majestad para que vea quienes son los que le rodean. El dejaría los papeles durante quince días para que los examinaran detenidamente, bajo palabra de honor de que se los habían de devolver, y pediría por esto tres mil francos.

--Bueno, pues se le darán--dijo el Pretendiente.

Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como Marcó del Pont estaban inquietos y recelosos y al mismo tiempo muy satisfechos con la perspectiva de dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente con él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados a un lado de la habitación. Don Carlos pensó en escribir una orden al gobernador de Vera para que facilitase y diese escolta a la persona portadora de los documentos cuando se presentara en la frontera; pero, al ir a escribir la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo acompañaría a Roquet hasta Vera y diría al comandante de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta hasta el Real.

El francés se comprometió a llevar los documentos, y Marcó del Pont le aseguró que, después de comprobar su autenticidad y su importancia, le entregaría tres mil francos para el legitimista y otros tres mil como garantía de que se le devolverían todos los papeles.

VI

EL DINERO

Mientras Aviraneta esperaba con ansiedad los resultados de la gestión de Roquet corrieron por Bayona muchas noticias. Se dijo que los antimarotistas de la Junta Apostólica iban a tener dinero para hacer más intensa la guerra.

El secretario de la Junta, don Florencio Sanz, se agitó y lanzó circulares, afirmando la vuelta al poder de los _puros_. Se añadió que el padre Larraga había ido a Turín y el general Uranga a Viena; que los dos traerían disposiciones y dinero en abundancia, y que en seguida la Junta Apostólica iría a ponerse de acuerdo con Cabrera y Arias Teijeiro.

Pocos días después el _Faro de Bayona_ confirmó la noticia y añadió que Tarragual había pedido el pase al subprefecto para ir a Toulouse y luego a la frontera catalana.

Todo esto Aviraneta sabía que no tenía importancia; en cambio, por aquellos días supo por el Club antimarotista de Azpeitia una noticia importante.

Se trataba de hacer un empréstito de quinientos millones de reales a don Carlos por las casas Tastet y Francessin. Tastet había pasado al Real de don Carlos con una carta de los principales banqueros de Inglaterra ofreciendo al Pretendiente auxilios si se avenía a firmar el contrato en las condiciones que se le proponían.

El negocio era una combinación de comerciantes ingleses y franceses, dirigida a arruinar la poca industria española.

Tastet fué al Cuartel Real, y primero se vió con el padre Cirilo de la Alameda y éste quiso sacar tajada sin exponerse; pero Tastet era tan cuco como podía serlo el padre Cirilo y estaba dispuesto a no dar un cuarto sin garantías.

Aviraneta temía que, a pesar de que las condiciones eran duras, don Carlos, impulsado por la necesidad, firmase el empréstito para poder tener armas, caballos, efectos de guerra y dinero para pagar a las tropas.

Sabida es la frase del mariscal Trivulzi, que se ha repetido muchas veces:

"Tres cosas son necesarias para llevar bien una guerra: la primera, dinero; la segunda, dinero, y la tercera, dinero."

A esto se puede añadir la frase de Vespasiano, que el dinero no tiene olor; es decir, que lo mismo da que venga de arriba que de abajo; de las flores o del cieno.

Aviraneta, que veía un gran peligro en este empréstito, comenzó a trabajar en contra de él. Dió informes a los antimarotistas de Fermín Tastet, banquero bilbaíno, que había sido liberal y masón; hizo decir a los Clubs de Tolosa, de Azpeitia y de Bayona que el empréstito era una trama pérfida de Maroto para exterminar a los carlistas puros y al Pretendiente, pues dueño el general de este modo de las tropas, pagándolas espléndidamente haría lo que quisiera, transigiría con Espartero, sacrificando la causa de la legitimidad y del catolicismo. Esta era la explicación de que fueran liberales y masones los que ofrecían el dinero.

La idea lisonjeó a los fanáticos, se la apropiaron, y fué tal la enemistad que se produjo contra este empréstito, que Tastet tuvo que escaparse del Real y marchar corriendo a Francia. Los dos banqueros, el español y el francés, se manifestaron asombrados de la enemiga que había producido su proyecto.

Hablaron en Bayona con el marqués de Lalande y uno de los banqueros dijo:

--Sin dinero la guerra se acabará pronto.

El marqués de Lalande parece que añadió:

--Ya no tenemos guerra más que para unos meses.

TERCERA PARTE

LAS FIGURAS DE CERA

I

PERSONAJES HISTÓRICOS

Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía de adquirirlo todo.

--La cuestión es almacenar, meter cosas en la tienda--decía él--. Siempre hay gente que quiera comprar.

El sistema no debía ser del todo malo, porque al parecer, y gracias a él, el chatarrero se enriqueció.

Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza entrase en casa de Chipiteguy, el trapero había comprado varias figuras de cera de desecho que vendía un señor David, Curtius para el respetable público, dueño de un gabinete de figuras ceroplásticas que pasó por Bayona.

Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las vendió, la mayoría, desnudas, como si fueran odaliscas, para un harén, y otras en piezas separadas, cabezas, piernas, brazos, como si se tratara de un género de carnicería. La mayor parte de las figuras ceroplásticas no tenían más que el tronco, algo del pecho, las manos y los pies. Chipiteguy se decidió a dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero en restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo a unas un palo por la pierna, para que hiciera de tibia, rellenando brazos y muslos con paja de maíz. Después, con cera derretida fué tapando los huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración, pintó las mejillas con albayalde y bermellón.

Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén muchos trajes de mujer y uniformes de todas clases, pensó que unos y otros podían servir muy bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes chupas, casacas, calzones, fraques azules, enaguas, pañoletas, peinetas y demás.

La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar muchas medias y puntillas por aquellos días. El señor David se había desprendido de sus muñecos, porque, además de estar un poco estropeados, eran muy conocidos de su numerosa clientela, y el buen Curtius, celoso del interés de su espectáculo, quería sustituír sus personajes antiguos por otros nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores de más prestigio y fama.

Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy estaban identificadas; pero otras no. Probablemente el señor David, Curtius en la vida pública, había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces por Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma o por el general Poniatowski, y había dama en cera que había sido, alternativamente, María Cristina de personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra y la querida de Fieschi, el de la máquina infernal; sin contar otros antiguos avatares, desacreditadores de la ceroplastia y de la iconografía.

Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos perdidos mirase los periódicos ilustrados y las estampas de la trastienda para ver de identificar los personajes ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo, y no consiguió gran cosa. Entre las láminas que guardaba Chipiteguy había estampas raras, grabados antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones de los cuadros del Bosco, de Holbein y de Cranach. Estas láminas se hallaban mezcladas con otras arrancadas de libros y con estampas populares de las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los cuatro jorobados de Valladolid y con retratos y escenas de personajes de la Revolución francesa y el Imperio.

Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos de un sobrino suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero y profesor de una academia, aunque éste se ocupaba principalmente de cuestiones de química y mecánica.

--A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto--le dijo Chipiteguy.

--¿Qué hay que hacer?

--Quisiera identificar todas estas figuras de cera--indicó el viejo, señalando la fila de siniestros personajes, que estaban unos casi enteros, sostenidos en la pared, y otros a trozos en el suelo, como en un Spoliarium.

--Querido tío--dijo Marcelo--: esto es más difícil de lo que parece a primera vista, porque hay tipos, claro está, a quienes se puede identificar sólo por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se les conoce por los accesorios, por el peinado, por el uniforme o por la indumentaria.

Tan cierto es que los hombres, en general, tienen tan poco carácter que, si a los más ilustres y mejor dibujados se les quitan los accesorios históricos, los bigotes y las patillas, los galones y los penachos, un par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería ni su padre.

El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo cábalas acerca de quiénes podrían ser aquellos personajes, y llegaron a identificar a María Antonieta, a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat, Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su querida, madama Roland y Robinsón Crusoé. Algunos no eran muy seguros; otros, por ejemplo, como Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para ser metido en una bañera, con una herida en el pecho y un pañuelo atado a la cabeza, eran indudables.

Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas se comprendía que eran de varones, otras de hembras; no faltaban quienes tenían aire ambiguo.

A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo les pusieron motes: el Inglés, el Diplomático, la Española. A una le llamaron la Dama Bonita.

--Esta pícara tiene aire gracioso--dijo Chipiteguy--. Es alguna dama del antiguo régimen. Con su cara sonrosada y sus ojos azules la estoy viendo riéndose de su marido y de sus galanteadores.

Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con Manón.

Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar sus figuras ambiguas y borrosas y en colaboración de Alvarito decidió quién había de ser ésta y la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan Curtius como el señor David, puso a los personajes pelucas y patillas, pegadas o sujetas con tachuelas. Les encasquetó tricornios y morriones y los transformó en generales célebres de la guerra carlista. Los ultrajes a la ceroplastia eran continuos.

En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista de los personajes era lo que podía tener más interés para el respetable público.

Además de las figuras separadas había un grupo de tres hombres, que por su actitud estaban asesinando a otro; pero el muerto faltaba. Estos tres vinieron vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven, con los ojos torcidos, la boca de labios gruesos, la nariz chata, gorra en la cabeza y pañuelo rojo al cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente y viva, tenía un cuchillo medio oculto en la mano. El tercero, un testigo, unido a los dos asesinos por la fatalidad y por unos listones de madera, era un hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría mucho la boca, enseñando los dientes y las encías. Este tipo, que debía ser una persona honrada, tenía el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos, gabán y bastón en la mano. A pesar de su presunta honradez era casi más antipático que los criminales unidos a él.

Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el Asesino, al otro el Patibulario y al viejo que gritaba el Voceador.

Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible y feo, un poco de fantasma, de las obras ceroplásticas. Era un extraño carnaval de figuras inmóviles y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar común expresivo y amanerado.

Había tipos con aire de pedantería y de discreción, que parecían decir: "¡Ah!, no crean ustedes; nosotros también guardamos nuestro secreto."

Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes a la pared del almacén.

Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas figuras de aire hipócrita y pedantesco, y exclamó:

--¡Qué asquerosos tipos!

Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos a pedradas.

--¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta. Déjalos. Después de todo, no te has de casar con ninguno de ellos--dijo Chipiteguy--, y ya verás como cada uno nos trae sus cuartitos.

La mayoría de los personajes fueron transformados en militares y en guerrilleros de la guerra carlista, menos el grupo de los asesinos.

Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil, que no podía transformárselos en guerrilleros. Tampoco se les pudo cambiar en monederos falsos. Lo más que se les hubiera podido convertir era en verdugos.

¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo sabía. Su sobrino Marcelo dijo que quizá se podría averiguar el crimen leyendo las causas y procesos célebres; pero Chipiteguy pensó que, después de todo, no valía la pena. A aquellos tres siniestros personajes, unidos por el destino y por los listones que tenían al pie, no era tampoco fácil separarlos.

Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto hasta que se agenciara un asesinado de cera que tuviese un poco de aspecto. Estos tres personajes horribles fueron a parar a la cueva, envueltos en telas de sacos.

A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por qué no le parecían unos peleles armados con palos y llenos de hojas de maíz, como eran? ¿Por qué no los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas de prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto. Sin duda no era la cosa completamente extraña, porque el loco de la vecindad, a quien llamaban Abadejo, al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque y empezó a dar gritos de melusina.

Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en la gente de imaginación débil, perturbándolos. La ceroplastia tenía una acción indudable en el sistema nervioso.

Un día Chipiteguy le dijo a Alvarito:

--Al ciudadano Marat le tenemos que hacer una herida mayor. Toma este cuchillo y caliéntalo en el fuego, en la cocina.

Alvarito hizo lo que le mandaban.

--Ahora--le dijo el viejo--, húndeselo en el pecho al ciudadano Marat.

--¿Yo?

--Sí. ¿Qué, te da miedo?

--No, no. ¿Por qué me va a dar miedo?

--Con cuidado.

Alvarito cogió el cuchillo caliente y lo clavó en el pecho del gran revolucionario. Chirrió la cera y quedó una como herida horrorosa, que luego se pintó de bermellón.

Chipiteguy no tenía idea buena. Buscaba lo impresionante, lo sensacional. A una de las figuras de mujer se le ocurrió ponerle un antifaz en la cara, con lo que la dejó más siniestra.

Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy construyó una barraca en la plaza de la puerta de España, donde solían tocar la música los soldados. Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo la gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy. La barraca no tenía luz de día, sino que estaba iluminada por unos quinqués de petróleo. Esto le daba al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro.

A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha, vestida de lentejuelas, y dentro había un francés ex carlista que explicaba la vida y las aventuras de cada personaje con gran lujo de detalles. Por entonces las siluetas y tipos de los generales españoles liberales y carlistas no se conocían con exactitud, al menos en Francia, y Paganini, Fieschi y Robespierre, pelos más, pelos menos, podían pasar indiferentemente por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui...

Una tarde, poco después de la inauguración de la barraca de Chipiteguy, instalada cerca de la puerta de España, charlaban dos jóvenes elegantes con don Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las figuras de cera.

Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como un dandy, frac azul, pantalón con trabillas y grandes melenas; el otro era Ochoa, el escritor.

--Oiga usted, don Eugenio--le dijo Ochoa a Aviraneta--, ¿qué cantidad de verdad hay en estos retratos?

Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy.

--No están mal--dijo.

--Es curioso--exclamó el pintor--; las figuras de cera son más pintorescas y más típicas cuanto más estropeadas y viejas están.

--¡Ah, claro! No es obra artística--indicó Aviraneta.

--Indudablemente--dijo el pintor con petulancia--, las figuras de cera son algo atrayente, sobre todo para los chicos y la gente del pueblo. Es un espectáculo de gran curiosidad, emocionante...

--Pero al mismo tiempo de extraña repulsión--indicó Aviraneta.

--Es cierto--añadió Ochoa--. Esta curiosidad y este atractivo son malsanos. Tiene todo esto la sugestión de la cosa prohibida y pornográfica; algo de la inquietud que produce la máscara, y al mismo tiempo, ese fondo malo, encanallado, histérico, que se revela en la curiosidad por los muertos, por las salas de disección, los gabinetes anatómicos y las operaciones.

Alvarito se puso a escuchar la conversación de los tres señores, porque le interesaba.

--¿A ustedes les produce repugnancia?--preguntó el pintor--. A mí me inspira más bien risa.

--A mí, una barraca de figuras de cera, me parece un depósito de cadáveres de broma--murmuró Aviraneta.

--Sí, sí, tiene usted razón--dijo Ochoa--; a mí me parece lo mismo, y creo que la causa principal de esto es que todo en esas figuras sabe a muerto.

--Pues a mí, principalmente, todo ello me produce risa--insistió el pintor--; aquel general con su tricornio y su sable es de lo más grotesco que se puede imaginar.

--Los generales de verdad son más grotescos--afirmó Aviraneta.

--Yo creo que en una exhibición así el recuerdo de la muerte es lo que se impone--siguió diciendo Ochoa--. El color de la cera es color de muerto, y, unido a la repugnancia que producen los ojos de cristal, los pelos postizos y los trajes acusan más esta impresión.

--Mire usted qué monja--señaló el artista--. Es siniestra. ¿Eh?

--Parece un fantasma--dijo Aviraneta.

--Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie bello?--preguntó el pintor.

--Hay gente para quien lo horrible es lo bello--replicó Ochoa.

--¡Bah!--exclamó el pintor.

--¿No lo era también para Shakespeare?

--Yo no he leído a Shakespeare--replicó el artista--; como si esto fuese una superioridad.

--Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?--exclamó Aviraneta--. Ellos lo tienen todo en casa.

--Es verdad--contestó el artista, sin notar la ironía de don Eugenio.

Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había leído, sino que no había oído hablar nunca de Shakespeare.