Las figuras de cera: novela

Part 7

Chapter 74,017 wordsPublic domain

Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal. Se contaba que en un pueblo de Cataluña, donde mandaba como general las tropas catalanas, alojó en un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse las cañerías y los cacharros de plomo que encontró allí para fundir balas.

El delegado castrense por don Carlos en el Principado, que era el obispo de Mondoñedo, negó el permiso para ambas cosas, considerando la tentativa una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con gran desdén, contestó: "Que únicamente así se podía hacer la guerra; que si hubiera objetos de plomo en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque se ofendiera el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él, hasta las zapatillas del Papa, si eran de plomo".

Estas palabras produjeron en el partido carlista un asombro y una indignación, que fueron, en parte, causa de que Urbiztondo estuviera mucho tiempo de cuartel, hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le llevó de nuevo al servicio activo.

Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. Era un militar inteligente, hombre de mucho nervio. Fué de los buenos generales del carlismo. Pasado al ejército de la Reina, después del Convenio de Vergara, fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando estuvo muy acertado; después, ministro de la Guerra con Narváez, en 1856, y al año siguiente murió en un duelo en un salón del Palacio Real, por una cuestión de etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido la entrada. Al menos esta fué la voz popular.

--Probablemente--dijo Urbiztondo a los desterrados, al llegar a la frontera--, pronto tendré yo también que venirme a Francia.

--Es muy posible--le contestó doña Jacinta de Soñanes, "la Obispa", con retintín--; pero no será por la misma causa que nosotros ni por el mismo camino.

--Si es posible, que salga por Behovia--replicó el general, sin dar ninguna importancia a la alusión.

Esto ocurría a principios de marzo.

Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona los expulsados por Maroto, cuando un día el cónsul Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta y le dijo:

--Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo pensaba llamarle.

--¿Qué pasa?

--El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, sin saber qué partido tomar con los personajes carlistas expulsados por Maroto.

--Pues, ¿por qué?

--El subprefecto es de opinión que se interne a esos carlistas a cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. Yo no sé qué hacer. He preguntado al Gobierno, que no contesta. ¿A usted, qué le parece?

--Hay que dejarles vivir en la frontera--contestó don Eugenio--. ¿Para qué internarlos? El vigilar a un político, no teniéndole encerrado en la cárcel, es imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras, nos han de ser útiles a nosotros.

--¿Cree usted...?

--Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer daño alguno.

--¿Supone usted que conspirarán?

--Están conspirando ya.

--¿Contra quién?

--¡Contra quién ha de ser: contra Maroto!

--¿Usted supone que eso nos conviene?

--Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza respetable del carlismo. Alejar de la frontera ese foco de discordia para los enemigos sería una verdadera tontería.

--Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa gente tiene algún plan determinado?

--Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros contra Maroto.

--¿Quién los dirige?

--El principal caudillo es el cura Echevarría.

--¿Y usted cree que alcanzarán su objeto?

--Creo que se sublevarán más pronto o más tarde.

--Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían de nuevo la guerra cruel.

--¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse.

Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta era muy lógico y decidió indicar al subprefecto que no se molestara a los desterrados.

Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas dejaron en Guethary al obispo de León; en Bayona y sus alrededores, al cura Echevarría, a don Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel Aguirre, en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas que los periódicos de Madrid comentaron con la petulancia y la tontería habitual en ellos.

Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de aquellos carlistas trabajaban secretamente para él, y que el coronel Aguirre, comandante del quinto batallón de Navarra, fanático apostólico e intransigente, en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, Luis Arreche (Bertache), y otros muchos, estaba subvencionado por el Gobierno de la Reina para sublevar las tropas contra Maroto.

IV

LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO

Por entonces, uno de los centros de los expulsados por Maroto comenzó a ser la casa de campo que tenía en los alrededores de Bayona don Sebastián Miñano.

Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, el antiguo secretario del mariscal Soult, era un escéptico, un volteriano, que no creía en nada; pero como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez al despotismo, por considerar que era un sistema de vida más tranquilo, más reposado y menos turbulento que el régimen liberal.

Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de los dos bandos, del carlista y del cristino; para los dos era casi un oráculo.

El abate protegía a su hijo natural don Eugenio de Ochoa, que llevaba una vida de joven rico en Francia.

La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos carlistas, la mayoría bárbaros y cerriles, que venían del campo; allí hablaban con legitimistas franceses elegantes, perfumados y con los bigotes llenos de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros y hasta con damas distinguidas.

Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el de los gatos, que en política era también del género epiceno; Salvador, el traidor a la Isabelina y enemigo acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el libelista, agricultor y gramático; don Vicente González Arnao y su secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa y todos los españoles influyentes que se encontraban en Bayona.

Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa de Miñano, el obispo Abarca, el cura Echevarría, Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos, doña Jacinta Soñanes, alias "la Obispa", y otros.

Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, y al último, el abate era el que decidía casi siempre las cuestiones. No se acordaban los expulsados de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito Holgazán, que tanto contribuyeron en España a desacreditar al clero, y sobre todo a los frailes, ni de que había sido afrancesado y liberal.

El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía su residencia de emigrado en Guethary, era un señor grueso, aragonés, pedante y sabihondo, que se creía una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de violeta; tenía por secretario a un intrigante que se llamaba Ramón Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria a doña Jacinta de Soñanes, alias "la Obispa", que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le faltase el chocolate o el caldo a su hora.

El obispo de León estaba muy preocupado con la marcha de los acontecimientos; pensaba que había disminuído su prestigio personal en el campo carlista y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien odiaba evangélicamente.

Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pecondón y algunas cuestiones reservadas las trataba sólo cuando Pecondón no estaba delante.

El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era hombre de ojos hundidos, cejas espesas, mirada oblicua y sonrisa fina y sarcástica.

García era hombre de sangre y de cieno que no había pensado nunca más que en reunir oro, fuese como fuese. Había sido agente confidencial de Fernando VII durante mucho tiempo en sus intrigas tenebrosas con Regato, Salvador y otros tipos de reptiles de la misma índole. García fué el que le engañó a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel, que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los liberales y les entregó al general González Moreno. García era entonces de la sociedad teocrática el Angel Exterminador.

Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, que no tenía agresividad ninguna, y que se lamentaba constantemente de sus enfermedades y de sus desgracias.

El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, era un bárbaro; fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, de formas atléticas. Se le veía pasar con frecuencia por las calles de Bayona con un redingote negro y un sombrero de copa como un tubo. El cura Echevarría parecía rebosar salud; sus mejillas, infladas, tenían el color de las manzanas y sus ojos eran negros y brillantes.

El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza simulada, que se da mucho entre aragoneses y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta franqueza consiste en hablar en un tono rudo; pero no pasa de ahí, porque debajo del tono rudo las gentes saben emplear la maquinación y la perfidia como los hombres de las demás regiones y de los demás países.

El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores y adulador de los más rastreros y serviles de don Carlos; había vivido durante toda la guerra civil como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes y ceremonias. Era el agente de los navarros y tuteaba a todos los oficiales y trataba a la gente con un despotismo bárbaro.

El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, visitaron varias veces a don Sebastián Miñano y le pidieron consejo. A todo trance querían los dos eclesiásticos sublevar los batallones navarros contra Maroto y establecer en el Real un Gobierno teocrático; pero querían hacerlo con las mayores garantías posibles.

Para estos católicos absolutistas la cuestión principal en su partido era la lealtad al Rey; se consideraban como criados del Monarca y pensaban que ser leales a su persona era el mejor homenaje a la causa. El ser inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos eclesiásticos.

Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, no se diferenciaría gran cosa del Espartero, y que no valía la pena de hacer la guerra para un resultado parecido.

Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una buena ocasión de intervenir. El abate, con su diplomacia y su labia, se había convertido en un oráculo para los carlistas intransigentes, como lo era también para los cristinos moderados.

Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de Sevilla, ex secretario de Soult, ex constitucional, ex anticlerical, ex periodista de _El Censor_, ex geógrafo, se había hecho protestante; era lector de Víctor Hugo, Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la _Historia de la Revolución Francesa_, de Thiers, para el impresor Baroja, de San Sebastián.

De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, una veces, y otras en contra, funcionaba la tertulia del marqués de la Lalande. Era una tertulia de aristócratas, de legitimistas y de extranjeros. A ella pertenecían el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard y el intendente Arizaga. Había entre ellos personas inteligentes y su jefe en el campo carlista era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. Se quiso que lord John Hay diera su anuencia al plan; pero al último, y después de vacilar mucho, el lord marino no la dió.

V

PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS

En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad que el núcleo fuerte del carlismo se encontraba en Maroto y su gente. Si se quería deshacer el carlismo había que atacar a Maroto por todos los medios posibles.

Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto de documentos falsos fabricados por Aviraneta en el Real de don Carlos.

La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas pasara a manos del Pretendiente, como si llegara del campo carlista; sin producir desconfianza alguna acerca de su autenticidad, legitimando su procedencia. ¿Quién podía llevar los documentos? Un partidario de la Reina sería sospechoso para la gente del Real; un carlista, ganado por dinero, muy expuesto. Sólo un legitimista francés que hubiese estado a sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta misión peligrosa, para la cual indudablemente se necesitaba valor y perspicacia.

Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente de Chipiteguy, en la casa del Reducto y había hablado con él en la posada de Iturri. Pensó que quizá él le podría servir.

Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó con atención, y le dijo que volviera, quizá entre los dos podrían hacer un buen negocio.

--¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?--le preguntó Aviraneta.

--No; ahora no puedo ir.

--¿No tiene usted algún conocido de confianza para darle un encargo difícil para España?

--¿Un francés?

--Sí

--Tengo un amigo que quizá sirviera.

--¿Ha estado en España?

--Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para los carlistas.

--¡Ah!

--Pero lo mismo le da trabajar por los liberales.

--¿Y habla español?

--Tan bien como usted.

--¿Quiere usted avisarle?

--Sí; pero, ¿qué gano yo con eso?

--Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por la noticia.

--Nada; yo traeré a ese amigo mañana.

Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de Francia con su amigo, Pablo Roquet.

Roquet era un comerciante que había tenido una casa de comisión en Behovia; tipo de hombre de vida misteriosa, que hablaba tan bien el español como el francés.

Roquet se presentó como un señor amable, de unos cuarenta años, moreno, delgado, con el pelo que comenzaba a blanquear en las sienes, vestido de negro. A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más de cincuenta años.

Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó y vió que era hombre muy hábil y muy insinuante. Tomó informes suyos y supo que había quebrado varias veces, que era viudo y que vivía con una modista. Doña Paca Falcón conocía a esta pareja.

Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; buscaba el enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a nadie. Si se perjudicaba alguien, ¿qué se iba a hacer? El torpe que se fastidiara.

Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado de introducir en el Real de don Carlos el conjunto de documentos falsos, bautizado con el nombre de Simancas.

Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para comisión semejante y comprendió en seguida su importancia.

Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó un poco insidiosamente con descubrir el hecho a los carlistas. Aviraneta pensó que había dado un paso en falso y se alarmó. Por una inspiración momentánea, fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores de Bayona y le pidió datos sobre Roquet. Masson se los dió y le mostró una ficha que guardaba de él.

Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", alias "la Dulzura", había vivido en Burdeos con el nombre de García y era conocido en Bayona por Roquet. Era un hombre hábil, metido en negocios difíciles. Había vivido bordeando el Código Penal hasta caer en su red. Había estado procesado varias veces por estafa y pasado mucho tiempo en la cárcel. Con estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie firme y se entendieron.

Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, se amansó. Aviraneta le dió lo que pudo y le prometió varias cosas, unas factibles y otras imaginarias. Se pusieron de acuerdo Roquet y don Eugenio en lo que se había de decir al llevar el Simancas al Real de don Carlos. Aviraneta había inventado una historia. Era así:

Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba en Bayona y que alquilaba un gabinete con su alcoba, había tenido como huésped a un español que llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este español, después de pasar un mes en la casa, tuvo que salir precipitadamente y sin equipaje de Bayona; sin duda, alguien le perseguía. El español recomendó al francés legitimista que le alquilaba el cuarto que tuviera cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, el hijo del legitimista, un muchacho de diez a doce años, jugando, encontró una llave en un rincón, ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo abrió y halló dentro unos documentos y una caja de cartón. El chico los miró y se los enseñó a su padre, que se enteró de lo que eran. El legitimista, por un lado, quería que lo que había descubierto por casualidad sirviera a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer como un hombre capaz de un abuso de confianza...

--Está bien--dijo Roquet al oír la explicación.

Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió una nota para que Roquet se la entregara a los jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano habían estado en relaciones con él y que eran de los afiliados al partido apostólico.

Les decía en la nota lo siguiente:

"Existe una trama infernal contra don Carlos, de la cual es jefe Maroto. Maroto proyecta inutilizar para siempre a Carlos V. Esta conjuración se rige por una Sociedad secreta, establecida entre los generales marotistas del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros, depende de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española de Jovellanos, que es en principio masónica. La Sociedad de Jovellanos y la marotista del Real se comunican por un comisario que habita en Bayona. Gran parte de los documentos que prueban la conjuración están en poder de una familia francesa legitimista, que vive en los alrededores de Bayona. El dador podría conseguir algunos de esos papeles."

Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes la existencia de una Sociedad secreta así no era cosa muy difícil de creer, porque ellos mismos tenían Sociedades secretas, verdaderos Clubs, en que se conspiraba contra Maroto.

Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días después, al volver, se entrevistó con Aviraneta. Había hablado con Soroa, con Aldave, que era jefe de la frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó otra explicación y unió a ella tres cartas, que en el argot de la masonería se llaman planchas, en las cuales aparecía Maroto nada menos que como Gran Oriente, y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, S. E. B. J., firmada por el Directorio General Jovellanos, en la que se aludía a Maroto claramente y al proyecto de transacción entre moderados cristinos y carlistas. El comunicado terminaba con estas palabras: "Salud, Moderación y Esperanza".

Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa y otros militares del bando exaltado y les mostró las cartas en las cuales Maroto figuraba como gran jefe de la masonería.

El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los militares carlistas tuvieron una junta magna y nombraron una comisión para visitar a don Carlos en Durango; pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se la negasen.

Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron otra asamblea y en ésta algunos oficiales propusieron matar a Maroto; pero uno de los comandantes jóvenes, un alavés, se opuso; dijo que no, que era indispensable primeramente apoderarse de todos los documentos que había en Francia acusadores de Maroto, y teniéndolos, prender al general, llevarlo ante un Consejo de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte legalmente.

La junta se conformó con esta opinión, y como todos estaban ansiando tener los documentos acusadores contra Maroto, le indicaron a Roquet que volviera a Francia y que los llevara.

Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una contraseña para el cura de Sara. El cura de Sara, agente carlista, al saber la comisión de Roquet, le acogió con gran entusiasmo y le dió una carta para que visitara en Guethary al obispo de León.

Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio al obispo; le contó a solas, sin que estuviera delante su secretario, lo que había pasado en Tolosa con los militares y le mostró las tres cartas masónicas en las que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería.

El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas se atrevió a tocar aquellos papeles infernales; pero, por otra parte, se alegró de que hubiera datos para probar la traición de Maroto y aplastarlo para siempre.

--El asunto es importantísimo--le dijo el obispo a Roquet--. Yo quisiera tener una conferencia con ese francés que posee los documentos, con esa alma pura y noble que la Divina Providencia ha dispuesto sea el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su Majestad.

Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la altura de la boca y puso los ojos en blanco.

Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet diciendo que el francés legitimista que tenía los documentos no quería dar la cara porque se hallaba en una situación económica angustiosa y pretendía un destino del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer como carlista y menos como hombre capaz de hacer un abuso de confianza. Que lo que quería este francés era algún auxilio en dinero.

--Lo tendrá. Lo tendrá--dijo el obispo.

Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les sirvieran el almuerzo a Roquet y a él, y después decidió ir con el francés a Bayona a visitar a Miñano.

En el camino el obispo no hizo más que hablar de aquellos preciosos documentos. Al llegar a Bayona fueron Roquet y él al Seminario a buscar al cura Echevarría que estaba alojado en una celda.

El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza a casa de Labandero.

Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se habían encontrado datos sobre la traición de Maroto y le convenció de que fuese a casa de Labandero, y si no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera de ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían encontrado pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía a la masonería, en la que tenía un alto cargo, y de que estaba preparando una gran traición.

Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas como fiel a la causa y hombre de buenas intenciones, aunque fantástico y muy crédulo.

Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió gran crédito a la noticia; pero, por si acaso, avisó a Echevarría por si quería ir a su casa. Estaban hablando los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo de León, que venían del Seminario.

Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría y Labandero se quedaron maravillados.

Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don Eugenio y confidencialmente le contó con detalles lo que había ocurrido.

Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet a casa de Labandero y mostraron los papeles, decidieron todos tener una junta con el abate Miñano.

Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio Sanz; Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón apareció con el conde de Hervilly, y todos, en varios grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba por los carlistas y al ver su casa lujosa, su biblioteca llena de libros raros, los cuadros y los muebles.

En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con el mayor secreto, Roquet mostró las tres planchas masónicas. Pasaron de mano en mano y las examinaron con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de una mixtificación y que aquello podía ser una falsedad.

--¿Qué hacemos?--preguntó el obispo.

--Hay que comunicar eso a don Carlos--contestó Miñano.

--Y cuanto antes--añadió Echevarría.

--¿Usted no tiene un agente en el Real?--preguntó Miñano al obispo.

--Sí: Enciso.

--Pues escríbale usted para que facilite el paso del señor Roquet a presencia de don Carlos.

El obispo de León estaba asustado y no se atrevía a escribir la carta por temor a comprometerse.

--¿Cree usted que sea necesaria?--preguntó varias veces a Miñano.

--Sí; me parece indispensable.

Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía así:

"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de hacer que el dador pueda hablar con nuestro principal en un asunto importante de comercio.--_A._"

Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo en tono solemne y melodramático:

--Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el traidor!

--¡Abajo!--contestaron todos con frialdad, pensando, sin duda, que era inoportuno dar gritos en una reunión secreta.