Las figuras de cera: novela

Part 6

Chapter 64,005 wordsPublic domain

Aquel río, casi desierto, con pocos barcos, se extendía tranquilo, con un color de perla. En el fondo, hacia su desembocadura, se veía una línea de colinas bajas con árboles, algunas gentes en los bancos y algunos pescadores, inmóviles, con la caña en la mano.

A veces, en los anocheceres espléndidos, con el cielo de color de rosa y lleno de nubes incendiadas, el río ancho tomaba reflejos de escarlata y de nácar. En el otoño, en los días de bruma, todos los objetos adquirían un aire espectral, principalmente los barcos amarrados al muelle.

Alvarito se veía muchas veces invadido por la tristeza de aquellos crepúsculos; pero luchaba con ella como podía. En ocasiones, al llegar delante de la casa algún día de lluvia, oía que Manón tocaba el piano. En vez de subir, se detenía en la plaza del Reducto, mojándose y soñando.

¡Qué de cosas no hubiera hecho él para conquistarla! En un momento inventaba mil intrigas de novelas de aventuras, tan imposibles las unas como las otras. Luego pensaba con tristeza que no tenía medios de atraer a Manón.

De noche, después de cenar, se asomaba a la ventana de su guardilla, fumaba y fantaseaba, veía enfrente el Reducto con sus tejados, sus murallas y sus garitas, y el río de aguas obscuras, verdaderamente siniestro. Era un espectáculo sombrío y amenazador el contemplar de noche cómo las aguas negras del Nive iban entrando, de una manera silenciosa y con un murmullo confuso, en el ancho cauce, igualmente negro, del Adour.

Los días de temporal, en la casa del Reducto, azotaba mucho el viento, sobre todo del Noroeste. De noche se le oía zumbar y silbar, y a veces lamentarse con sus quejidos tristes. En la guardilla donde dormía Alvarito resonaban las gotas de lluvia en el tejado, haciendo un ruido metálico, agradable para oirlo desde la cama.

Al cabo de una temporada, Alvarito tenía partidarios en la casa del Reducto; Chipiteguy le consideraba mucho; la andre Mari y la Tomascha estaban de su parte, porque era obediente y no faltaba nunca a la misa del domingo; Manón le trataba con cierto desdén amistoso, como si creyera que no valía la pena de perder el tiempo hablando con un jovencito insignificante. Ella se colocaba en la actitud de una muchacha al lado de un niño.

Manón le prestó a Alvarito varios libros. El tenía paciencia y ganas de ilustrarse, y leyó _Los Mártires_, de Chateaubriand; el _Viaje del joven Anacharsis_, el _Telémaco_ y otros libros enfáticos, capaces de hacer dormir de pie al más predispuesto al insomnio.

Después de esta lectura desabrida, el _Robinsón Crusoé_ le gustó muchísimo.

Frechón le dijo que debía leer unos tomos que tenía Chipiteguy en su despacho, _Los crímenes de los Reyes de Francia, desde Clodoveo hasta Luis XVI_, y _Los crímenes de los Papas, desde San Pedro hasta Pío VI_, obras las dos de La Vicomterie de Saint-Samson, escritas con mucho fuego, y que produjeron, al ser publicadas, gran escándalo. También leyó, por consejo de Frechón, los folletos de Pablo Luis Courier, y más tarde el _Quijote_, que le hizo mucho efecto y le infundió el deseo de leer romances y libros de caballería. ¿Pero dónde se encontraban estas novelas de caballeros andantes? No lo sabía.

Muchas veces Alvaro recitaba, con voz dolorida, el romance del marqués de Mantua, que aparece en el _Quijote_:

¿Dónde estás, señora mía, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal.

Y al recitar este romance pensaba en Manón.

SEGUNDA PARTE

EL SIMANCAS

I

MANIOBRAS DE AVIRANETA

Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo perdón a los manes de Aristóteles, porque va a dejar a un lado, en su novela, las tres célebres unidades: tiempo, lugar y acción, respetables como tres abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas y sus colchas correspondientes. El autor va a seguir su relato y a marchar a campo traviesa, haciendo una trenza, más o menos hábil, con un ramal histórico y otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en las encrucijadas de una larga novela histórica y tiene uno que llevar del ramal a su narración hasta el fin.

Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando en los matorrales de la fantasía, y otras, hundiéndonos en el pantano de la historia.

Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron la vida cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a organizar su acción contra el carlismo y a hacer propaganda en favor de la paz, sobre todo en Guipúzcoa.

Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de Hernani y de Andoain.

La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba produciendo en el carlismo le vino de la Corte. Se enteró de que en Madrid, frente a las Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones, vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un coronel carlista, llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, y que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en Bayona.

Este Calcena era un aventurero, un bandido que había estado mucho tiempo en América de militar y de jugador de ventaja.

Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la correspondencia de Calcena y por ésta se supo los preparativos que hacían los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.

La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante bastante tiempo, hasta que estalló y se hizo pública con los fusilamientos de Estella.

Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a Maroto y a sus amigos, es decir, daban la victoria a los moderados del carlismo sobre los absolutistas, Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica que debía seguir, resumida en estos consejos: primero, intentar promover disensiones entre los marotistas que formaban el grupo moderado militar, por entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes para que atacaran a los marotistas, y tercero, impedir que los carlistas, partidarios de la transacción, se entendieran con los cristinos, de tendencias parecidas, pensamiento que era el que llevaba interiormente el padre Cirilo y la princesa de Beira.

A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista y teocrática sucumbió tan completamente a los golpes de Maroto, por la inercia de sus jefes y la cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos a sí mismos, y hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles. Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la derrota y la humillación, convencidos de que su causa estaba perdida.

Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se podía contar con ellos.

Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir una proclama falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio de Larraga, confesor de don Carlos y uno de los expulsados después de los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, Pico de Oro, según los baztaneses, era un fraile un tanto grotesco. De confesor del duque de Granada, que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos, que rezaba a todas horas, en todos los rincones, había pasado a ser confesor de don Carlos, sustituyendo a don Pedro Ratón. Se decía que Larraga, en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les había echado una plática pedantesca, en medio de la cual, de cuando en cuando, decía con voz tonante: "Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum."

En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga, se aseguraba que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era lo mismo que estar vendidos al demonio.

La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la Religión! ¡Viva Navarra y sus voluntarios!"

Por entonces también escribió Aviraneta un papel que, traducido al vascuence, corrió mucho por las provincias. Era la carta fingida que escribía un labrador vascongado a un hojalatero, en la cual se intentaba sembrar la cizaña entre vascos y castellanos.

En esta carta se hacía la historia de cómo había empezado la guerra, y se echaba la culpa de la falta del éxito a los castellanos, flojos y poltrones, que para andar unas leguas necesitaban macho o burro.

Después de otras explicaciones, maliciosas para el vulgo, se aseguraba que los vascongados ansiaban la paz, y terminaba la carta con este refrán:

Naguia bada astoa emayoc astazayari eroa, edo astoa illa danean, garagarra buztanean.

lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que darle arriero loco, y al asno muerto, la cebada al rabo."

De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron muchas en el campo carlista.

Recomendó también Aviraneta a sus comisionados de la línea de Hernani y de Andoain que mandaran poner tabernas y merenderos en los alrededores y que dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista a las chicas que quisieran ver a sus novios o a sus parientes.

De esta manera comenzaron a entablarse relaciones entre los de un campo y los de otro, y corrió por las filas carlistas esa idea, casi siempre precursora del abandono de una causa, la idea de que se estaban haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de que los jefes se preparaban a abandonarles y hacerles traición.

Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, todo el mundo comenzó a hablar de las penalidades de la guerra, de la vida miserable que se hacía, de la diferencia de trato entre los oficiales y la gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un estado de felicidad perfecta.

Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo y al soldado que el gran obstáculo para obtener la paz eran don Carlos y los hojalateros de Castilla, el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no sentían la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas en fincas del Mediodía y en Bancos extranjeros.

Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había entrado en correspondencia con un antiguo maestro de la niñez, don Mariano Arizmendi, hombre un tanto sombrío, de genio adusto, de gran influencia entre los personajes carlistas.

No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y él; pero se habló entre ellos, repetidamente, de que para terminar la guerra era indispensable un convenio, palabra que corrió por el campo carlista y por el liberal.

Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio condensaba las aspiraciones de los partidos. Los cristinos no se podían considerar triunfantes en la guerra, ni los carlistas completamente vencidos; era, pues, indispensable que unos y otros cedieran algo en sus respectivos puntos de vista.

Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación en las ideas, don Eugenio iba preparando los documentos falsos que había de utilizar en el legajo que pensaba introducir en la corte de don Carlos. A este legajo llamaba el Simancas.

A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba constantemente y le seguía los pasos, don Eugenio tenía relaciones con algunos de los carlistas más perspicuos.

Una de las personas que le dieron datos acerca de las divisiones y rencillas del campo de don Carlos fué don Manuel Mazarambros, ex relator del Consejo de Castilla. Mazarambros, persona inteligente, estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar parte activa en la política. Mazarambros se hallaba en correspondencia con el intendente Arizaga, hombre corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno de los amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba a saber Aviraneta lo que se pensaba en el Cuartel General. También se aprovechó don Eugenio de las indicaciones de su amigo Vinuesa.

Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, Aviraneta tenía confidentes en los dos campos carlistas y sabía día por día y hora por hora lo que hacían los unos y los otros.

La acción de los marotistas era más pública y había informes oficiales de ella; la de los antimarotistas, más secreta.

Don Eugenio estaba en relación con el coronel Aguirre, uno de los antimarotistas exaltados, y éste le escribía a la semana dos o tres veces. Lo mismo hacían Bertache y Orejón.

Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona contaba con María de Taboada y con don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, a quien Aviraneta había conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer algunas veces en la posada de Iturri, de la calle de los Vascos.

Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los fanáticos intransigentes, enemigos de Maroto, habían formado sociedades secretas, verdaderos clubs, en los cuales se conspiraba de continuo contra el general.

Los dos clubs principales antimarotistas estaban: uno, en Azpeitia, y el otro, en Tolosa.

En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente a un tal Odriozola, capitán del ejército carlista, hombre ya viejo, que había estado en América, donde perdió la carrera por jugador, y que atribuía su desgracia a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado Rezusta, que odiaba a Maroto por su poca religión, lo que no era obstáculo para que él mismo fuera uno de los oficiales más descreídos del ejército de don Carlos.

II

LOS ENEMIGOS

Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los carlistas desconfiaban de él, y, aunque no sabían por quién ni por qué trabajaba, claramente comprendían que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el de los gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban en todas partes. La pretensión de Aviraneta de ser un patriota y un liberal entusiasta, de convicciones, les ofendía profundamente. Ellos, granjeros sistemáticos, iban con el que más pagara. Les parecía muy natural cambiar de partido, si esto les convenía. Martínez López escribía libelos a favor o en contra. El último lo hizo adulando descaradamente al conde de San Luis, poco antes de la Revolución de 1854.

En el Consulado de España todos eran enemigos de don Eugenio, comenzando por el cónsul Gamboa.

Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo derecho, don Prudencio Nenín, antiguo comerciante de Bilbao, establecido en Bayona, hombre activo y enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había intervenido en la primera empresa de Muñagorri y vivía en la fonda de Francia.

A esta fonda se había trasladado también por entonces Aviraneta, comprendiendo que era más fácil entrar y salir en un hotel, sin ser espiado, que en una casa particular.

Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole los pasos, cosa que desagradaba profundamente a don Eugenio; este espionaje de los liberales, de los suyos, no lo podía resistir.

Por entonces apareció en la fonda un matrimonio algo misterioso: el conde y la condesa de Hervilly, a quienes Nenín comenzó a acompañar constantemente.

El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire siniestro, muy atildado, siempre con guantes. Tenía una cara pálida, fina, de hombre inteligente; una voz opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un tanto fría y desdeñosa.

Se decía que era hijo o sobrino de un general francés legitimista, del mismo título, y, según se afirmó, pensaba entrar en España y alistarse en el ejército carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante al andar.

El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros legitimistas que se consideraban con derecho a intervenir en España. A la cabeza de este grupo se hallaba el príncipe de Lichnowsky.

El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, fantástico. Creía que su título de príncipe le autorizaba a todo. Pasó en España una larga temporada en las filas carlistas. Unos años después de la guerra, estando en su país, cuando la revolución de 1848, le hicieron miembro del Parlamento de Francfort. Allí pretendió tratar con desprecio y con altivez a los republicanos, y en un motín popular le mataron en las calles.

El conde de Hervilly era un legitimista, un realista, para quien el mundo tenía dos hemisferios: uno, el de los aristócratas, con todos los derechos, y otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes.

La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana o mejicana, hablaba el castellano y el francés a la perfección.

Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. A don Eugenio le dieron los dos una impresión de misterio, de desconfianza. Le chocó que tuviera ella deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso y sabía muy bien que no estaba en el caso de hacer efecto en las mujeres. La curiosidad que manifestó la condesa de Hervilly por su vida le impulsó a enterarse de quién era aquella señora curiosa.

Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes de la dama. La pintaron como una persona extraña, de gustos exóticos, perezosa, ardiente, muy caprichosa. Le gustaban mucho las flores, los perfumes, el vivir perezoso e indolente.

Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, otros que haitiana, otros que gitana y otros que judía o rusa. Al parecer, tenía al marido dominado.

¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué esperaban? Los del hotel no lo sabían.

La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del hotel acompañada de su esposo y de Nenín y visitaba con su marido el Consulado de España.

El conde se manifestaba siempre muy amable y galante con su mujer.

Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona que supiera algo de aquellos condes misteriosos, tenía que ser Luci Belz, la empleada de la fonda del Comercio, y fué a verla.

Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de Hervilly era una aventurera, cómica o bailarina, que había tenido muchos líos. No era fácil comprender si el señor conde estaba enterado de las aventuras de su mujer; pero, al parecer, no lo estaba.

--Yo me he de enterar mejor--concluyó diciendo Luci.

Unos días después, la empleada del hotel del Comercio llamó a Aviraneta. Se había enterado de varias cosas. El conde de Hervilly, según se decía, era un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi por completo una pierna y llevaba para andar una de goma. De sus dos manos, la izquierda era como la de un pato, con una membrana entre dedo y dedo; en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si alguna vez el conde se caía, rehusaba ayuda para que no notasen que le faltaba la pierna. El explicaba su torpeza diciendo que estaba reumático. Sobre aquel cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida; pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y lo sustituía una peluca entre gris y negra. El conde se ocupaba de algunos trabajos históricos y pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba a la condesa con gran galantería y ella tenía también para él muchas atenciones.

Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga de Aviraneta y estaba enterada de la vida de toda la gente de Bayona, le contó que se decía que el conde de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en París, donde vivía con un tabaquero cubano, que pasaba por tío suyo; pero que, al parecer, era su amante. El conde quedó enamorado de ella como un loco, al verla, y a los dos días pidió su mano.

Ella parece que le contestó:

--Consúltelo usted con mi tío.

El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con marcado acento de mal humor:

--Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida.

--¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni derecho sobre ella?

--Yo, ninguno.

--Muy bien.

Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara con él y se casaron. Al poco tiempo el conde se desafió con el tabaquero y lo mató de un tiro.

La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta.

La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. Era un americano mestizo de indio, moreno, delgado, tostado por el sol, con una cara impasible e inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas; hombre que hablaba el español, el francés y el inglés con perfección, pero muy lánguidamente. Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que debía ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su país; pero Fernandito el indio no contestó. Este autómata no parecía tener vida más que ante sus señores.

La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que a Fernandito, Sonia le había encontrado una noche en una calle de París, tendido en un banco, abandonado y gravemente enfermo.

Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo salvó, y desde entonces el indio se había convertido en un perro de presa de aquella mujer, por la que tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en aquella gente.

Días después Aviraneta vió en el comedor de la fonda de Francia a la condesa de Hervilly con la señora de Vargas. El se inclinó ceremoniosamente y ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía con motivo para odiarle; pero la otra, la condesa, ¿qué motivo podía tener contra él?

III

LOS EXPULSADOS

Unos días después de los fusilamientos de Estella fueron expulsados como intrigantes, por Maroto, más de treinta personas de las principales de la corte de don Carlos, que pertenecían al partido apostólico. Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por una compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo, que llevaba como ayudantes al coronel Eguía y al teniente coronel Errazquin.

Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes discusiones y protestas. Estaban allí el obispo Abarca con su secretario Pecondón, el canónigo guerrillero don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro, los generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier Valmaseda, el padre Larraga, el médico don Teodoro Gelos, cirujano de don Carlos; el padre Domingo de San José, predicador del Real. Estaban también don Diego Miguel García, el que había sido confidente del general González Moreno, cuando se preparó la emboscada a Torrijos en Málaga, y doña Jacinta Pérez de Soñanes, alias "la Obispa".

Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados expuso su preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito herborizador, ardía por vengarse de Maroto y pensaba marchar cuanto antes a reunirse con Cabrera en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría esperaba sublevar las tropas navarras contra Maroto y apoderarse del Poder; don Diego Miguel García se preocupaba únicamente de sus maletas, llenas de dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo de León y éste hablaba de los dolores del Crucificado, considerando, sin duda, sus gruesas nalgas y su abdómen piriforme como semidivinos; Arias Teijeiro habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones, y como el coronel Aguirre quería volver al valle de Araquil, donde estaban acantonadas las tropas que mandaba él, le instó a que abandonara el proyecto y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía a que Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la causa por la muerte del brigadier Cabañas, en la que Aguirre estaba complicado.

Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de Puerto a esperar el levantamiento anunciado de los apostólicos y los demás personajes se dirigieron a San Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió a distintos puntos próximos.

Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya de la frontera, se despidió de los carlistas con gran indiferencia, lo que indignó a los desterrados, que a voz en grito le acusaron de traidor.

Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra, era poco clerical, y, a pesar de estar entre las filas carlistas, se le tenía por contagiado con el liberalismo y por francmasón.

Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián, habían sido revolucionarios y afrancesados, hasta el punto de trabajar por la separación de Guipúzcoa de España y su incorporación a la República Francesa durante la primera revolución, por lo que fueron condenados a penas graves por un Consejo de guerra español.