Las figuras de cera: novela

Part 5

Chapter 54,093 wordsPublic domain

El joven Sánchez de Mendoza quería sentir con el mismo fervor el entusiasmo monárquico de su padre; pero no le era tan fácil, y por más esfuerzos que hacía por exaltarse, la cuestión de la legitimidad no le llegaba a preocupar.

Había oído en Bayona y en Burdeos discutir el pro y el contra de esta cuestión.

Alvarito quería pensar que la guerra era la santa cruzada de los buenos contra los malos, de los religiosos contra los impíos. Alvarito quería creer que los carlistas eran todos honrados y caballerosos, incapaces de villanías; que don Carlos era un santo, y que el honor, la lealtad, la Patria y el Rey tenían un altar en el pecho de cada carlista. No sabía si en el tópico admitido el altar estaba en el pecho o en el corazón. Seguramente no estaba en el bazo ni en el hígado.

A pesar del altar pectoral o cardíaco, Alvaro estaba oyendo hablar a cada paso de trastadas, de chanchullos y de traiciones en el campo carlista.

Al pensar en entrar en el ejército de don Carlos, lo que le preocupaba principalmente a Alvarito era el temor de quedar mal. ¿Tendría suficiente valor? La muerte no le arredraba; pero suponía que no debía ser siempre fácil dominar los nervios.

Su miedo era que le vieran en un momento de depresión. Temía no poder estar a la altura de los demás, sobre todo a la altura del modelo imaginado por él.

Pensaba, a veces, que quizá su falta de energía dimanaba de sentirse decaído por la mala alimentación.

Alvarito sabía poco; había aprendido a leer, a escribir y a hacer cuentas y a pintar a la acuarela escudos nobiliarios, que vendía su padre a los españoles emigrados, aristócratas y ricos.

Alvarito mantenía la ilusión de pensar que quizá poseyera algún talento de pintor. Le gustaban las estampas que reproducían cuadros de la época de David, Ingres y el barón de Gros, y se imaginaba, a veces, que le gustaría más ser pintor que militar.

Había visto también grabados que reproducían cuadros de Ribera, de Zurbarán y de Velázquez, que le sorprendieron, y le parecieron muy malos. ¿Cómo gustará eso?--se preguntaba él, y no lo comprendía.

Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto, que tenía de noche grandes terrores.

La preocupación por los sueños, que le había inculcado su madre, le tenía amedrentado. Muchas noches se despertaba temblando y creía oír la respiración de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la cama.

Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le aterrorizaban. Había una vieja enlutada, a quien se había encontrado en la escalera varias veces, al anochecer, y le había mirado con una sonrisa insinuante, y pensar en ella le ponía la carne de gallina.

Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al anochecer, las orillas del río, todo esto le impresionaba.

Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación de misterio y de pavor. Había una que había visto en un escaparate que le perturbaba. Representaba una dama elegante con un talle esbelto, al lado de un joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el frac. La escena ocurría en el salón de un palacio, delante de un piano. La dama tenía un aire lánguido; en cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco.

Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella escena le daba impresión de vértigo. Como predispuesto a ver cosas raras, en ocasiones las veía o las creía ver. Una de las veces que salió de noche en Bayona a dar un recado a un personaje carlista, su padre estaba enfermo, iba por una calle casi obscura, con tapias a un lado y a otro, que no tenía más que algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un jorobado pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y perilla cana; al cabo de poco tiempo, otro jorobado, y poco después, otro. Estos tres jorobados le produjeron tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados serían reales o imaginarios, y si eran imaginarios, qué podían representar.

Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, la inquietud, nacían en él antes que el motivo y que después encontraba el motivo para legitimar su alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando lo comprendió, se sintió más miserable y más desvalido que nunca.

VII

PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD

Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse a Alvarito, éste miró la expresión de sus padres, y al ver que los dos aceptaban, fué a su cuarto, se vistió con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y a su hermana y salió de casa con el viejo trapero. Marcharon los dos por el muelle de los Vascos, cruzaron el puente Panecau y entraron en la plaza del Reducto.

Alvarito se encontró poco contento en el almacén y en la tienda de Chipiteguy; le pareció todo aquello desordenado y sucio; pero cuando le avisaron para comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la mesa abundantemente servida y se sentó entre Manón y la andre Mari, se dijo que, si no le echaban por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de la mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena voluntad todo lo que le mandaron; cenó también opíparamente y, después de cenar, la Tomascha llevó al pequeño español, como le llamaron a Alvarito en la casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno de trastos viejos, y le mostró su cama.

En aquella guardilla había una estantería con algunos libros, un reloj de cuco, parado, y sobre unas arcas antiguas gran cantidad de manzanas, peras y membrillos, que echaban un olor excelente.

En las vigas de aquel camarachón había muchas arañas y Alvarito podía contemplar sus ejercicios gimnásticos en sus hilos.

Por la ventana se veía el río y los tejados del muelle de los Vascos. Desde los primeros momentos que estuvo Alvarito en casa de Chipiteguy se pudo comprender que tenía actividad y deseo de trabajar; lo malo era que a estas condiciones y a su buena intención se unía gran timidez.

Alvarito no tenía costumbre de trabajar. Tampoco tenía soltura ni confianza en sí mismo. Desconfiaba y pensaba que no sería simpático ni oportuno. Esta idea y la de verse precisado a ganarse la vida de cualquier manera le daba una actitud encogida y torpe.

Chipiteguy se reía de él.

--El pequeño aristócrata, el pequeño español con blasones parece que no da pie con bola--decía a su nieta.

--Déjale, abuelo; ya lo hará mejor. El pobre pone toda su buena intención.

--Sí, es verdad; por eso yo no le digo nada. Es un chico que está bien, muy delicado, no se quedará con un céntimo. Tiene un amor propio un poco cómico.

--Eso no es un defecto.

--No, no. ¡Pero qué torpes son estos aristócratas! Cuando le faltan sus rentas y tienen que emigrar, ya no sirven para nada.

A las dos o tres semanas de estar en el almacén, Chipiteguy dedicó a Alvarito a llevar cuentas.

El sitio donde tenía que trabajar el joven Sánchez de Mendoza, no muy alegre, entristecía al muchacho. Era un cuarto casi obscuro, con un ventanal que daba al patio, con los cristales rotos, compuestos con papeles pegados, ya sucios y polvorientos. Había en este cuarto una estantería negra con fajas de facturas, una caja de caudales, una mesa y dos bancos. Desde el ventanal se veían los montones de chatarra roñosa y los fardos de trapos. Había en toda la casa muchas ratas, algunas tan atrevidas que le miraban descaradamente a Alvarito, lo que a éste le hacía gracia. De noche se les oía roer la madera.

Frechón, el dependiente de Chipiteguy, tipo atrabiliario y malhumorado, declaró la guerra a Alvarito desde que le vió e hizo lo posible para que le resultara todo al revés. Frechón le ponía siempre mala cara, le daba bufidos por cualquier cosa, y cuando no, comenzaba a silbar y a descoyuntarse las falanges de los dedos y a hacer un ruido desagradable, como de huesos de esqueleto, que inquietaba a Alvaro. Unas veces se tiraba de los dedos para producir el sonido, y otras se apretaba los nudillos, que resonaban como una carraca.

Frechón, que era republicano y patriota francés, mortificaba al muchacho como español carlista.

--Don Carlos es un imbécil--le solía decir con frecuencia, como quien lanza un esputo--; los españoles son unos asnos.

Frechón le dirigía extrañas preguntas a Alvarito.

--¿Sabes tú lo que harán, al fin, los liberales con vuestro Rey, con ese papanatas de don Carlos?--le preguntó un día.

--¿Qué?

--Llevarlo a la guillotina y crac.

Otro día le preguntaba:

--¿Tú sabes quién era Marat?

--Un monstruo.

--Eso creéis vosotros los realistas. Era un hombre admirable, que pidió la cabeza de trescientos mil aristócratas.

Otro día le decía:

--¿Tú no has oído hablar de la papisa Juana?

--Yo, no.

--Pues era una mujer que fué papa y que parió cuando iba en una procesión.

Alvarito iba tomando gran antipatía por Frechón y pensaba que algún día tendría que desafiarle.

Muchas veces Alvarito reflexionaba sobre su situación. Creía que depender de un trapero y vivir en su casa era una heroicidad para un aristócrata como él. Más que nada, la verdadera heroicidad pensaba que consistía en vencer el ridículo. Encontrarse bien de dependiente en una tienda de trapos y de hierro viejo tenía su mérito. Esto era ya socialmente tan bajo, que por ello mismo impedía que fuese ridículo. Prefería la trapería a una camisería, o a una bisutería, o a una tienda de guantes, donde hubiese tenido que tratar a clientes distinguidos que le hubieran mirado de arriba abajo.

Además, Alvarito tenía el bello pretexto de encontrarse prendado de la nieta del patrón y pensaba que con el amor ya no podía haber ridiculez posible.

Alvarito sentía gran temor por ponerse en ridículo. La idea sola le hacía palidecer y su amor propio le pintaba ocasiones de quedar humillado en todas partes.

Muchas gentes de la vecindad, como si hubieran adivinado su flaco, parecían empeñadas en burlarse de él. El chico de una tienda próxima de la calle de Bourg Neuf, una tienda de objetos de pesca, que se titulaba "Al Pescador", le llamaba siempre trapero. Sin duda había notado que le molestaba, y por eso mismo repetía con más frecuencia la palabra.

Varias veces el chiquillo salía a la calle con un saco, se lo echaba al hombro y gritaba:

--¡Galonero! ¡Compro trapos viejos!--y miraba a los balcones.

Alvarito, mortificado, hacía como que no se enteraba.

También Claquemain, el mozo carretero, manifestaba antipatía por el joven Sánchez de Mendoza. Con su bigote grande, la barba sin afeitar y los ojos rojos, solía tomar un aire amenazador. A veces se ennegrecía la cara con carbón y se ponía a hacer gestos y a sacar la lengua y a ponerse bizco para asustar al muchacho. Alvarito se estremecía de miedo.

Cerca de la casa de Chipiteguy vivía un loco que se paseaba arriba y abajo con un sombrero metido hasta las orejas y un gabán raído. A veces tenía ataques y entonces daba unos gritos espantosos.

Los chicos se burlaban de él y le llamaban Abadejo y Tripa seca, y él mascullaba una serie de frases violentas contra ellos. Este loco tenía las orejas grandes, los ojos torcidos y la cara cómica.

Cuando el loco veía a Alvarito se le acercaba y solía decirle a voz en grito:

--Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!

Y un loro de un balcón que se había aprendido la retahíla repetía también:

--Vamos, vamos... a España... a matar... a matar... ¡Viva el Rey!

Alvarito experimentaba, sobre todo al principio, una gran tristeza al verse en la tienda del trapero. Allí, en casa de Chipiteguy, nadie le conocía; comprendía que pensar en su pobre situación era mortificarse por capricho, que nadie se fijaba en él; pero no podía evitar el sentimiento de vergüenza de estar empleado en una trapería.

Poco a poco se le fué pasando esta vergüenza y pensó que podría darse por muy contento si la suerte le hiciera sustituír a Chipiteguy casándose con Manón.

En casa del trapero, Alvarito conoció a don Eugenio de Aviraneta y le oyó hablar. Don Eugenio solía ir a comer con frecuencia en compañía de Chipiteguy, y en estos días la comida era todavía más cuidada que de costumbre.

Aviraneta bromeaba mucho con Manón y la galanteaba; también solía hablar con Alvarito y le hacía preguntas acerca de su vida y de su familia y se reía al oír las contestaciones del muchacho.

Un día éste oyó decir que las relaciones entre Chipiteguy y Aviraneta procedían de ser los dos masones. Esta suposición aguzó la curiosidad del joven Sánchez de Mendoza. ¿Serían aquellos dos hombres masones? ¿Pertenecerían a la tenebrosa secta? Aviraneta y Chipiteguy solían hablar mucho a solas de sobremesa, con su copa de licor delante, el uno fumando su pipa, y el otro, su cigarro habano.

Hablaban de personas que habían conocido, y Aviraneta contaba un sin fin de hechos y de anécdotas de gente que había encontrado en Francia, en Egipto, en Grecia, en América y en España.

Chipiteguy le oía encantado. A veces le preguntaba:

--¿Qué fué de aquel Nantil? ¿Qué hizo aquel Cugnet de Montarlot?

Alvarito, cuando oyó por primera vez hablar de jacobinos, franciscanos, cordeleros, de gentes de Obispado, creyó que la Revolución francesa la habían hecho los frailes.

Alvarito era demasiado correcto para espiar a su amo y se decidió a hacerle preguntas, y como vió que a Chipiteguy no le molestaban, sino que, por el contrario, le agradaban, tuvo largas conversaciones con el viejo, sobre todo después de cenar.

--¿Pero eran buenos de verdad los hombres de la Revolución francesa?--le preguntó una vez Alvaro.

--Había de todo; algunos eran demasiado buenos y demasiado honrados. Yo fuí una vez con Basterreche al Ministerio de Hacienda durante el Terror, y vimos al ministro, el señor Des Tournelles, que se componía las medias con una aguja en un salón y tenía millones en las cajas. Claro que hubo muchos abusos. Aquí se contó que un convencional, unos decían que Cavaignac y otros que Pinet, prometió salvar la vida del padre de una señorita Labarrere, si ésta se entregaba al convencional, y luego parece que se guillotinó al padre. Los hombres, vistos de cerca, indudablemente valen poco--decía el viejo trapero--; no va a haber a la vuelta de la esquina un César o un Alejandro.

Chipiteguy recordaba muchas escenas del tiempo del Terror en París, en Burdeos y en Bayona, y las recordaba en todos sus detalles.

Había conocido también la ciudad de Estrasburgo bajo la tiranía del fraile revolucionario Eulogio Schneider y de su sociedad La Propaganda. Había hablado con Schneider, que era discípulo del iluminado Weisshaupt. Este Schneider era el Marat de Estrasburgo, un Marat a la alemana, predicador y místico. Chipiteguy le vió en París cuando le guillotinaron.

En la capital, durante algún tiempo, Chipiteguy conoció a Etchepare y a algunos otros vascos, amigos de Basterreche, de Pereyra, etc.

Durante algún tiempo se reunían en tertulia en casa de este Pereyra, judío de Bayona, que tuvo en la época del Terror una tienda de tabaco en París, en la calle de San Dionisio, en la que se veía como muestra un gorro frigio colorado. Cuando Pereyra fué preso, naturalmente, se deshizo la tertulia.

Después Chipiteguy se alejó de París y estuvo de soldado republicano en la Vendée y luego marchó a vivir a Bayona.

Fué Chipiteguy amigo de Gastón Etchepare, el tío de Aviraneta, de Bidart. Otro de sus conocidos, compañero a quien él debía favores, Juan Gorostarzu, había sido guillotinado en Ezpeleta por contrarrevolucionario.

Poco después, al suprimir el Gobierno el convento de Visitandinas de Hasparren, la cuñada de Gorostarzu, que estaba en este convento, fué a su casa, Arozteguia de Ezpeleta, y puso una escuela, en donde enseñaba a los chicos y chicas las primeras letras mientras ella hilaba. En esta escuela había estudiado el padre de Manón y el poeta vasco, el capitán Duvoisin, a quien Chipiteguy había conocido de niño.

Chipiteguy legitimaba el Terror. Era necesario--decía él--para implantar una sociedad nueva, con menos abusos, más justicia y más libertad. Según él, en todo el país vasco y en las Landas la población estaba en contra de los republicanos franceses y a favor de los monárquicos españoles, dispuestos a entregarse a éstos; de aquí que los convencionales Pinet y Cavainac tuvieran que extremar la violencia.

Los esfuerzos del Comité revolucionario de Labour, formado por Hiriart, Dithurbide y Daguerrezar, no habían tenido éxito, ni las proclamas llamando a los emigrados, escritas en vascuence y en francés en _Juan de Luz_ (estaban suprimidos los santos hasta en los nombres de los pueblos) y firmadas por Izoard, Meillan, Chaudron-Rousseau y Paganel.

Chipiteguy le contaba a Alvarito muchas historias de su tiempo, con grandes detalles; el desarrollo de las intrigas políticas, el cómo había conseguido su fortuna la mayoría de los ricos del pueblo y la marcha de los acontecimientos de la Revolución, del Imperio y de la Restauración.

A Alvarito le chocaba que el viejo tuviera entusiasmo por la Revolución. En cambio, de la guerra hablaba siempre mal.

--¡_La guerre_!--decía--. _C'est une saleté abominable._

--¿De verdad?

--Sí. Tú le has oído a don Eugenio hablar mal de la guerra, pues tiene razón; además de ser una porquería, es una pobre estupidez.

Solía añadir también otras veces:

--Esa salsa de la guerra hay que probarla si se encuentra ocasión. Se aprende a conocer a los hombres.

--Sí, así debe ser--afirmaba Alvarito.

--Lo que no impide para que sea una porquería abominable.

A veces Chipiteguy decía convencido:

--A aquel pobre Maximiliano le engañaron.

--¿A qué Maximiliano?

--A Robespierre.

A Alvarito le parecía como una obligación de su empleo el escuchar las opiniones del viejo sin protestar.

Hablaba también Chipiteguy de los amigos que había tenido durante el Imperio.

Recordaba con frecuencia al escritor revolucionario Bonneville, republicano entusiasta, que tenía en su vejez una librería de viejo en París, en el Barrio Latino, en el Pasaje de los Jacobinos, y a quien había visto, por última vez, hacía quince años. Este Bonneville había escrito bastantes libros, entre ellos uno muy absurdo: _Los jesuítas echados de la masonería y sus puñales rotos por los masones_, en el que trataba de demostrar, con argumentos muy fantásticos, que los jesuítas eran masones, de la secta de la Rosa Cruz.

Había conocido también Chipiteguy a Albertina Marat, la hermana de Marat, que vivía en 1838 en una guardilla de la calle de la Barillerie, en el mayor aislamiento, y trabajaba haciendo agujas de reloj para la casa Breguet y había visitado a la hermana de Robespierre, Carlota, desconocida en París, que se hacía llamar la señorita Delaroche.

A veces discutían Aviraneta y Chipiteguy. Aviraneta decía que los franceses habían arreglado tan bien la historia de la Revolución francesa, que a todo le habían dado un aire grandioso; así la toma de la Bastilla, la batalla de Valmy y la de Jemmapes, que no eran en sí grandes acontecimientos, parecían cosas épicas.

--No, no--replicaba Chipiteguy--. Esos acontecimientos se consideraron como símbolos.

Cuando no había visitas en casa del trapero se leían los periódicos. Se recibían _El Constitucional_ y _Le Journal des Debats_, de París, y los dos diarios de Bayona, _El Faro_ y _El Centinela de los Pirineos_.

La sobremesa de noche tenía otras compensaciones. A veces cantaba y tocaba el piano Manón, y con frecuencia venían su prima Rosa y otras amigas y se bailaba. Algunas noches jugaban a las damas y al ajedrez. Alvarito casi siempre perdía. No tenía ningún talento para estos juegos. Como Alvarito se hallaba pobremente vestido, Chipiteguy le envió al muchacho al sastre para que le hiciera un traje a la moda, con el cual estaba muy bien.

Los domingos, por la mañana, Alvarito se levantaba más tarde que los días de labor; se ponía elegante, con su traje nuevo, y mientras un mendigo con su organillo pasaba por delante de la casa del Reducto y tocaba casi siempre el vals de _El Carnaval de Venecia_, él bajaba las escaleras y salía a la plaza. Veía la procesión de aguadores, de muchachas y de judíos que venían por el puente de barcas de Saint Esprit. Se dirigía a la Catedral, oía misa e iba luego a ver a su familia. Llevaba todo el dinero que le daban a entregárselo a su madre, y luego ella le volvía a dar uno o dos francos para el bolsillo, como le decía.

Alvarito se quedaba a comer con los suyos; pero, a pesar del amor a la familia, encontraba la comida de la calle de los Vascos muy deficiente.

Alvarito nunca había comido como en casa de Chipiteguy; probablemente había supuesto, hasta antes de entrar en ella, que el estado natural de la Humanidad era el del hambre; jamás había visto, hasta entonces, aquellos platos de carne suculenta, los capones blancos y grasos, los pavos rellenos, los pescados sonrosados, las verduras de todas clases, las trufas, los espárragos, la mantequilla a discreción, los vinos de buena marca que se bebían a pasto, el café cargado y aromático y la variedad de licores.

La casa de Chipiteguy le daba al joven Sánchez de Mendoza una extraña impresión de cinismo.

¿Cómo se podía vivir así para adentro sin pensar para nada en los demás? Le parecía absurdo que se pudiera gastar lo que se gastaba allí en comer y beber.

El régimen de la familia de Chipiteguy no se parecía en nada al de la casa de sus tíos, en la Mancha. Allá, todo pompa, decoro y vida exterior, sin realidad alguna; aquí, por el contrario, todo positivo. En la familia de Chipiteguy la ostentación no tenía importancia.

Uno de los lugares que maravillaban a Alvarito en la casa era la cocina, grande, clara, espaciosa, con todos los cacharros bruñidos, en donde ardía el fuego desde la mañana hasta la noche. La cocina se consideraba como lo más trascendental de toda la casa; allí no faltaba nada. En el comedor pasaba lo mismo; los muebles no eran elegantes, pero los manteles eran magníficos; los cubiertos, de plata maciza; la cristalería, muy buena: había dos o tres vajillas de porcelana, y una, soberbia, para los días de convite, con los bordes de oro.

Alvarito, con el trato de la casa del Reducto, iba llenándose y haciéndose macizo y fuerte.

A los tres meses de vivir con la familia de Chipiteguy desapareció el aire espiritado y débil que había tenido siempre el joven.

Frechón y Claquemain le reprochaban el haber engordado y le decían a cada paso que los españoles eran unos muertos de hambre, que no comían más que garbanzos duros, y eso de tarde en tarde.

Los domingos, después de pasar el día con su familia, Alvarito andaba por el pueblo.

Le parecían muy tristes y muy aburridos aquellos domingos de Bayona en las calles; pero era peor quedarse en su casa.

En el piso, pobre y sombrío, de la obscura calle de los Vascos no se respiraba alegría. Su madre estaba siempre fregando o limpiando; su hermana Dolores, bordaba, y el padre, don Francisco Xavier, charlaba constantemente de política, del carlismo, y, sobre todo, de genealogía y de blasón.

El señor Sánchez de Mendoza andaba a vueltas con los escudos de su familia y con aquella barra de bastardía que aparecía en unos Pérez del Olmo, antecesores suyos.

Al anochecer encendían en el comedor una palmatoria de aceite, que daba luz de ánimas benditas.

De noche no se hacía fuego en la cocina de la casa del hidalgo y se comía frío. Alvarito veía cómo su madre ponía en la mesa unos platos desconchados, unas tazas desportilladas, tres vasos diferentes y los cubiertos de metal.

Alvarito veía que, si cenaba allí, su padre no se lo agradecía, porque mermaba la cantidad de la comida, ya escasa.

El chico se despedía de su familia e iba hacia la plaza del Reducto.

Le parecía muy triste el anochecer de Bayona, a orillas del Adour, en las avenidas marinas y en las de Boufflers.

El río se extendía ancho, como de plata; los embarcaderos de maderas negras de algunos almacenes del barrio de Saint Esprit, alzaban sus brazos giratorios, con sus poleas en la punta; la Ciudadela, en la orilla derecha del Adour, se levantaba, con su muralla gris, sobre una colina verde, con taludes de hierba.