Part 4
Atera, atera, trapua saltzera eta burni zarra chaponian.
Chipiteguy, riendo, saludó a todo el mundo y salió a la calle.
--¡Adiós, tío!--le volvió a decir Patrich.
Patrich solía bromear muchas veces llamando tío a Chipiteguy. La razón de este supuesto parentesco era la siguiente. Hacía ya muchos años, en los primeros tiempos del Imperio, vivían dos hermanas, muy guapas, las dos casadas, en la calle Pontriques. Ambas, con unanimidad extraña, engañaban a sus maridos. De una de ellas se decía que estaba enredada con Chipiteguy, y de la otra, que era la querida de un tal Lafón, vendedor de hierro.
El marido de la de Lafón, a quien llamaban Puteche, era un cínico, que se dedicaba a vivir de lo que traía su mujer.
--Buena boquilla--le decían los amigos.
--De Lafón--contestaba él sonriente.
--Hermosa cadena de reloj--le decía el otro.
--De Lafón--replicaba él.
--¡Qué bonito sombrero lleva usted!
--De Lafón.
Las dos hermanas, guapas y alegres, tuvieron por entonces dos chicos: Máximo Castegnaux, que se atribuyó a Chipiteguy, y Patricio Larroque (Patrich), que se atribuyó a Lafón.
Dado el estribillo de Puteche, naturalmente, se hizo este chiste fácil. Un amigo le había dicho, señalando al niño de la mujer de Puteche:
--¡Qué chico más guapo!
Y él había contestado:
--De Lafón.
La anécdota era falsa, porque ni el chico era guapo ni Puteche había dicho estas palabras.
No se sabe por qué, si es que Lafón daba poco dinero a su querida, o si es que ésta pretendía hacer economías; el caso fué que Puteche comenzó a notar que la comida en su casa se reducía hasta unos extremos inverosímiles. A pesar de su tranquilidad filosófica, un día Puteche ya saltó, y, cogiendo indignado un plato de acelgas y tirándolo por la ventana, dijo a su mujer:
--No tienes vergüenza. ¿Esta es una comida regular para un marido complaciente?
Como la irregularidad de la vida de las dos hermanas la conocían todas las comadres del barrio, los chicos Máximo y Patricio no lo ignoraban; y cuando los dos primeros reñían, el uno decía al otro: "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy!", y el otro le contestaba: "¡Lafón! ¡Lafón!" Los padres, por lo menos padres legales, se quedaban tan tranquilos al oirlo; no así las madres; a veces, a éstas les entraba una cólera furiosa al oír "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy! ¡Lafón! ¡Lafón!", y andaban con los muchachos a zapatazos. Cuando murió Lafón decía Puteche:
--Veinte años ha sido mi mujer la querida de Lafón y ese cochino no le ha dejado nada en su testamento.
Todo el mundo le tenía a Puteche por un cínico y por un sinvergüenza. Indudablemente, al hombre le producía risa la idea de ser un marido engañado y que lo que para otros es un motivo de tristeza y de vergüenza, para él fuera un motivo de chunga. Sin embargo, algún resquemor debía quedar en él, porque se dijo que, cuando se murió, se le acercó la mujer a la cabecera de la cama y él la dijo:
--Fuera p...
Max Castegnaux y Patricio Larroque, los dos primos que de chicos se echaban en cara su atribuída paternidad, llegaron a ser amigos.
Max Castegnaux fué gran calavera. Una de sus gracias consistía en decirle a Chipiteguy, cuando pasaba a su lado: "¡Adiós, padre!"
Max, después de varias locuras, sentó plaza y estuvo en Argelia, donde llegó a ser sargento.
Patrich, el jorobado, se hizo sepulturero y consideraba a Chipiteguy de la familia y le llamaba siempre tío.
Al marcharse de la taberna de Ochandabaratz, Patrich llamó a un violinista callejero y le hizo tocar; pero aburrió pronto a los reunidos.
--A ver tú, Patrich--dijo Ibarneche--; dinos algunos epitafios del cementerio.
--No, ahora no--replico el sepulturero.
--Sí, sí--gritaron todos.
--Bueno, pues allá va uno. Auténtico: el del niño Pedro Verrue: "Aquí yace el niño Pedro Verrue, de tres años y dos meses. Fué abnegado, discreto y justo. Su vida fué una larga cadena de sufrimientos, que soportó con entereza y resignación cristiana".
Todo el mundo se echó a reír.
--¡Otro, otro!--dijeron.
--El epitafio de la viuda de Routier, a quien conocimos todos por su genio agrio; también auténtico: "Aquí yace María Francisca Bachelin, viuda de Routier, muerta a la edad temprana de 79 años. Era un ángel. Sus hijos, hijos políticos y nietos depositan sobre su tumba esta corona por su virginal pureza".
--¡Otro, otro!
--"Aquí yace Juan Bautista Colardeau, muerto a los siete años y medio, de la escarlatina. Fué buen hijo, buen ciudadano y amante de su patria. Rogad por él".
Siguieron las risas en el público.
--¡Más, más!
--No, basta por hoy--dijo Patrich con su aire rotundo--. Uno para terminar, también auténtico: "Yace aquí Luis Bernardo Chevrau, fabricante de jabón y de vulneraria de los Alpes. Fué padre de familia modelo, sargento de la Guardia nacional y buen ciudadano. La humanidad doliente le debe la mejor vulneraria suiza, que la viuda sigue fabricando en Bayona, en la calle del Oeste, núm. 4".
Rieron de este último epitafio y Patrich no quiso continuar.
V
LOS INQUILINOS DE CHIPITEGUY
La casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos, era alta, negra, con ventanas que se abrían en la obscura pared.
Vivían en ella muchos inquilinos, la mayoría gente pobre, empleados de tiendas y de oficinas, retirados y obreros. En los bajos había un almacén de botellas y otro de carbón.
La escalera de la casa, lóbrega y sombría, daba a un patio pequeño y negro; el portal, húmedo, con una caseta cubierta de cinc, se hallaba siempre a obscuras. La casa tenía cinco pisos y en cada piso tres puertas; al lado de cada una colgaba la cadena de la campanilla con un anillo de metal, y estos anillos, lo mismo que el pasamanos de la escalera, estaban como lubrificados por una grasa viscosa y fría.
De trecho en trecho, en la escalera siniestra, se abrían ventanas que daban al patio, por las que se veía la parte de atrás de otras casas, sombrías y leprosas.
Por aquella escalera subían y bajaban viejas con aire de suspicacia que parecían montones de ropa sucia, tocadas con calotas, cofias y sombreros marchitos; con trajes que olían a trapo raído y a paraguas mojados; y viejos de sombrero de copa antiguos y redingotes de otra época que les llegaban hasta las pantorrillas.
Al entrar en su casa, Chipiteguy se dirigió primeramente al almacén de botellas del piso bajo. Cuidaba este almacén una vieja arrugada que interrumpía a ratos la tarea de hacer media para comer pan y queso. La vieja, al ver a Chipiteguy, se levantó y sacó de un armario el dinero del alquiler; luego se puso a contar, medio en francés, medio en vascuence, una historia aburrida de su juventud, riéndose de cuando en cuando para mostrar sus encías, desprovistas de dientes.
Del almacén de botellas pasó Chipiteguy al del carbón; luego subió a los cuartos. Aquí vivía con su mujer un retirado, que mataba el tiempo paseando por las calles o por el corredor de su casa. El retirado pagó su alquiler en seguida.
Otro inquilino era un español, siempre embozado en su capa, con una venda que le tapaba la nariz y la boca. Este español se hacía pasar por inválido de la guerra, cosa falsa, pues sus llagas procedían de un lupus que le iba carcomiendo la cara.
A pesar de ello, el hombre parecía contento, comía y fumaba y no se preocupaba de su mal, lo que a Chipiteguy le producía gran extrañeza. Este hombre se ponía de guardia a la puerta de las casas de los carlistas de buena posición y no pedía limosna; tomaba lo que le daban. El pseudo-inválido pagó su alquiler.
Otra inquilina era una vieja ex-mercera. Esta vieja rica parecía un montón de harapos. Llevaba botas muy grandes y destrozadas, un bastón en la mano y pañuelo rojo en la cabeza. Al encontrarse con Chipiteguy se lamentó de su falta de recursos. Al parecer, se quejaba constantemente de su miseria, aunque todo el mundo sabía que guardaba mucho dinero.
En el último piso de la casa, en habitaciones medio aguardilladas, vivían un maestro de música, apellidado Chibitua; un zapatero sansimoniano, Palasou; un tornero y un español, el señor Sánchez de Mendoza.
Chibitua componía romanzas sentimentales y al mismo tiempo tocaba un oboe en una banda. Tenía muchos hijos. Al pobre hombre, no se sabe si de tocar el oboe o de escribir romanzas lacrimosas, se le había puesto una cara tan triste, que se hubiera dicho que estaba siempre llorando.
Viéndole de lejos con su instrumento, se llegaba a pensar si estaría unido a él, pues el pico del oboe más parecía que pertenecía por naturaleza al hombre que al aparato musical.
El sansimoniano Palasou era un desdichado que tenía una zapatería de portal cerca de la Puerta de España. Su mujer le había arruinado, gastándose todo el dinero de la casa en caprichos absurdos. Madama Palasou era una mujer pródiga que robaba al marido y gastaba el dinero en cosas que no servían para nada. Hubo días que el zapatero no pudo comer porque su señora había comprado un sonajero a un niño de la vecindad, o un portamonedas a una conocida, o un alfiler de corbata a un jovencito hijo de una amiga.
Entonces Palasou, en protesta, había tomado tres graves determinaciones: primero, dejarse el pelo largo; luego, enredarse con una criada de la vecindad, y por último, declararse ante el mundo partidario de las doctrinas socialistas de Saint Simon.
El tornero se pasaba la vida dentro de su guardilla, en el torno, haciendo unos ruidos que daban dentera a todos los vecinos. Era un hombre que tenía el mismo color que los objetos de boj que torneaba en su aparato y muchos chiquillos que correteaban por la escalera. En la última guardilla hacía tres meses vivía un español emigrado carlista, don Francisco Sánchez de Mendoza. El señor Sánchez de Mendoza era hombre grueso, de bigote negro y patillas cortas, con aire pesado, ictérico y triste.
Chipiteguy llamó en su casa tirando de la campanilla, esperó a que le abrieran y pasó.
Abrió la puerta la mujer del emigrado, una mujer triste, con una toquilla atada por las puntas a la espalda, y preguntó a Chipiteguy en castellano qué es lo que quería.
Explicó Chipiteguy que era el amo de la casa, que venía a cobrar el alquiler del mes, y la mujer, un tanto azorada, fué a avisar a su marido. El señor Sánchez de Mendoza se presentó vestido con una chaquetilla de lienzo blanco llena de manchas y con un aire inquieto y tímido.
--Este ciudadano no paga--se dijo Chipiteguy en su fuero interno.
El señor Sánchez de Mendoza invitó a Chipiteguy a pasar al comedor. Este comedor, con su papel amarillento y una alcoba en el fondo, era de una pobreza un tanto cómica. Tenía un armario embutido en la pared, con unos papeles recortados y calados en los estantes; una ventana al patio, la mesa de pino, unas cuantas sillas rotas y cada una de distinta forma, un canapé lleno de jorobas, unas litografías iluminadas, clavadas con chinches, del periódico _La Moda_, y dos grandes escudos nobiliarios, pintados a la acuarela. En las puertas de la alcoba había unas cortinillas zurcidas. En la ventana, tiestos con unos geranios raquíticos. Asomándose se veía el patio, como un antro negro, cruzado con cuerdas con ropas puestas a secar. Todo en la casa translucía miseria, abandono, con cierta nota de petulancia cómica.
--El mobiliario entero no vale cincuenta francos--se dijo Chipiteguy, que tenía buen ojo de tasador.
El señor Sánchez de Mendoza se puso a hablar, turbado, como quien busca una salida a una situación penosa. Dijo a Chipiteguy que había sido durante algún tiempo empleado en la Real de don Carlos y que por las intrigas de los enemigos se había visto forzado a marcharse.
El emigrado parecía un pobre hombre lleno de pánico al encontrarse solo y sin dinero en un país extraño y daba la impresión de que no tenía ningún recurso, ni se le ocurría hacer nada para encontrarlo.
Sánchez de Mendoza no sabía el francés y estaba azorado al encontrarse, por capricho de la suerte, en Bayona, en casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos. El señor Sánchez de Mendoza, por lo que dijo, tenía mujer y dos hijos, un varón y una hembra.
Mientras el emigrado hablaba atropellada y confusamente, Chipiteguy, convencido de que no iba a cobrar, se sentó en una silla del cuarto.
A medida que examinaba la casa, el aire de miseria le parecía mayor. En la alcoba próxima, que se veía por una rendija de la puerta, se advertían dos camas en el suelo y un baúl estropeado. La alcoba, dividida por una colcha de colores, rota y agujereada, servía, sin duda, para los dos hijos del carlista.
El señor Sánchez de Mendoza, después de muchos circunloquios, manifestó a Chipiteguy que por entonces no tenía dinero y le pidió que esperara algunos días a que pudiera pagarle.
--¿Cuántos días?--preguntó Chipiteguy.
Sánchez de Mendoza no contestó directamente a la pregunta y se puso a exponer sus lástimas, y al mismo tiempo que contaba sus desgracias, habló de sus blasones.
Era de la Mancha. Le habían embargado sus fincas; había empleado su dinero en la causa. Su familia era antigua e ilustre.
--¿Usted habrá oído hablar de los Sánchez de Mendoza?--preguntó humildemente a Chipiteguy.
--Sí, algo me suena ese nombre.
Chipiteguy, con su tendencia a la contemplación, vió que el pequeño aparador del comedor, con sus papelitos calados, estaba vacío, y notó que los geranios que se veían en la ventana nacían en unos pucheros rotos, rodeados con unas telas de color.
--Bien; está bien--dijo Chipiteguy, saliendo de su estado absorto--; pero, ¿usted que piensa hacer?
--Yo, trabajar si encuentro algo que me convenga, y que trabajen mis hijos también--contestó el emigrado.
--Pero concretamente, ¿qué va usted a hacer?
¡Concretamente! Esta palabra no figuraba en el repertorio del señor Sánchez de Mendoza.
El emigrado consultó con su mujer, que salió de la cocina mal vestida y macilenta.
Luego se presentaron un chico de diez y siete años, de cara inteligente de muchacho avispado y hambriento, y una chica algo mayor que él con el mismo aspecto.
--¿Son sus hijos?--preguntó Chipiteguy.
--Sí; éste está pintando a la acuarela unos escudos; mi chica sabe bordar. Enséñale lo que bordas a este señor.
Sánchez de Mendoza había notado ciertos síntomas de simpatía en el casero y quería aprovecharlos.
--Yo desearía que salieran ustedes pronto de esta situación--dijo Chipiteguy--; por su familia, y también para que me pagara usted.
--Muchas gracias, caballero.
--Gracias, no. Yo insistiré en cobrar.
El no era hombre sin corazón, pero quería cobrar.
El chico y la chica, los dos con su aire avispado y enfermizo, volvieron al comedor, él con unas cartulinas donde había pintado a la acuarela unos escudos de nobleza; ella, con sus bordados en colores. Chipiteguy vió lo que hacían los dos y reflexionó. El podía llevar al chico para que trabajara en su casa y recomendaría a la chica en la tienda de antigüedades de la Falcón.
--Yo tengo un almacén de hierro y he sido trapero--dijo Chipiteguy--; no aparezco, pues, en el Almanaque de Gotha. Si usted y el chico quieren, que venga él conmigo, yo haré que trabaje y ya veré lo que le puedo dar.
--¿Pero quiere usted tenerlo como criado?--preguntó tristemente el señor Sánchez de Mendoza.
--Como empleado. Hará las mismas cosas que yo hago. Yo barro a veces la tienda; él la barrerá también. Yo voy a las casas a comprar hierro viejo. El hará lo mismo.
--¿Y dónde comerá?
--Conmigo.
--No, en la cocina.
--No. Yo me encargo de mantenerle y de vestirle; luego ya veré lo que le puedo dar.
El chico escuchaba la conversación de Chipiteguy y de su padre con gran ansiedad.
VI
LOS SÁNCHEZ DE MENDOZA
La familia de los Sánchez de Mendoza llevaba ya más de seis meses rodando por distintos puntos de Francia. Había estado en Burdeos, en París y, por último, en Bayona, perseguidos implacablemente por la miseria.
El señor Sánchez de Mendoza se hacía la ilusión de que la miseria le había sorprendido, como puede sorprender un catarro; pero era lo cierto que siempre había vivido pobremente y de mala manera.
El señor don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, Montemayor y Porras, era manchego, de una pequeña aldea, entre Minglanilla y Graja de Iniesta.
Sánchez de Mendoza hablaba de su casa como si fuera un palacio y elogiaba a Minglanilla como si se tratara de un emporio.
En cambio, su mujer, natural de Cañete, encontraba su pueblo el centro del universo y todo lo comparaba con él.
Alvarito, el hijo de don Francisco, había vivido los primeros años de la niñez entre Graja de Iniesta y Cañete, y, aunque no recordaba bien estos pueblos, creía, bajo la palabra de honor de sus ascendientes, que eran verdaderamente admirables.
El padre de Alvarito, don Francisco Xavier, había educado a su hijo en el respeto por la Religión, el Rey la Nobleza, como hidalgo de limpia y esclarecida prosapia.
Algunos enemigos mordaces, ¿quién no los tiene?, aseguraban que el señor Sánchez de Mendoza se llamaba, sencillamente, Francisco Sánchez, que quizá su padre o su madre tuvieran algún apellido Mendoza, y que con la facilidad de arreglar los asuntos familiares al gusto de uno en una época obscura se hacía llamar Sánchez de Mendoza.
Se decía que su padre había sido secretario del Ayuntamiento de un pueblo de la Mancha y que no había tenido nunca una peseta. Don Francisco, en cambio, aseguraba que su padre fué segundón de una casa hidalga, ilustre y rica, y que tuvo un alto cargo en Cuba.
Sánchez de Mendoza mostraba su escudo a todo el que quisiera verlo, un escudo con más cuarteles que un pueblo prusiano.
El ilustre hidalgo de la familia de los Sánchez de Mendoza no podía emplearse en quehaceres vulgares y plebeyos. Como el perro de la fábula de Samaniego, pensaba que esto se lo debía a haber nacido perro y no pollino.
En su casa de la calle de los Vascos, don Francisco Xavier se dedicaba a ver cómo trabajaban los individuos de su familia, cómo guisaba su mujer y cómo bordaba su hija. Alguna rara vez pintaba a la acuarela los escudos que dibujaba su chico.
Los Sánchez de Mendoza y los Montemayor le preocupaban demasiado para que él pudiera consagrarse a trabajos de baja estofa. Había descubierto don Francisco Xavier que uno de sus antepasados, un Pérez del Olmo, era bastardo, y el terrible descubrimiento y la necesidad de poner en su escudo una barra de bastardía le preocupaba tanto, que este pensamiento no se separaba jamás de su espíritu.
El señor Sánchez de Mendoza se consideraba literato; había escrito un artículo, "Españoles y católicos antes que nada", y una hoja impresa con este título: "Vindicación de don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, Montemayor y Porras, de los calumniosos cargos hechos contra él. Dedicada al Rey Nuestro Señor Su Majestad don Carlos V".
Los que habían leído esta "Vindicación" decían que en ella no se podían averiguar cuáles eran los calumniosos cargos que se habían hecho a don Francisco Xavier; pero en la hoja se hablaba del condigno castigo, de las venerandas tradiciones, de la hidra de la anarquía y de la defensa del trono y del altar, y esto, naturalmente, ya era algo.
Todos aquellos lugares comunes políticos, empleados principalmente por sus correligionarios, sonaban muy agradablemente en los oídos de don Francisco Xavier, y a veces le conmovían, hasta tal punto, que sentía que le brotaban las lágrimas y se le apretaba la garganta.
El artículo y la "Vindicación", las dos obras más importantes salidas de su pluma, preocupaban mucho al buen hidalgo. Pensaba si sería el momento de hacer una segunda edición de ellas; suponía que el mundo entero las había tomado en cuenta. Con estas preocupaciones era imposible que el hidalgo se acomodase a un trabajo vulgar.
La mujer de Sánchez de Mendoza, a pesar de ser más joven que don Francisco Xavier, parecía más vieja; era una pobre mujer pálida, flaca, fatídica, que había vivido siempre miserable y que siempre estaba prediciendo desgracias. Para ella todo tenía que terminar, más pronto o más tarde, perfectamente mal.
Además, esta mujer poseía el talento de interpretar sus sueños, talento que había comunicado a su hijo Alvaro, que se preocupaba con espanto de sus pesadillas y quería encontrar una explicación racional de ellas.
La madre de Alvarito pretendía encontrar relaciones absurdas entre los sueños y los acontecimientos.
Soñar con toros era buena suerte; en cambio, soñar con habichuelas, significaba desgracia. El arroz, en sueños, era siempre cosa buena, y las patatas, mala.
Ella no comprobaba nunca tan absurdas suposiciones; pero esto, en vez de convencerle de la inanidad de sus hipótesis, las afirmaba, porque las mezclaba con otras supercherías entre mágicas y cabalísticas.
Alvarito era propenso, como su madre, a las fantasías y a las supersticiones. De chico había sido sonámbulo y su familia le había encontrado muchas veces sentado en camisa en la cocina o metido debajo de la cama. Había tenido, durante mucho tiempo, grandes miedos de noche, despertándose al poco tiempo de dormirse, estremecido, gritando, y quedando durante largo tiempo asustado y con una gran angustia.
Alvarito pensaba mucho en sus sueños; su madre le hacía fijarse en ellos. Cuando estaba fuerte soñaba con recuerdos de épocas muy remotas; en cambio, cuando estaba débil, intranquilo o inquieto, soñaba con acontecimientos más próximos.
Alvarito, en sus sueños, era siempre valiente, atrevido y cruel. ¿Seré yo así?--se preguntaba a veces él, preocupado--. Con frecuencia soñaba con el mar. Iba por un muelle que avanzaba entre olas tempestuosas, a un lado y a otro, al que no se le veía fin. Otras veces marchaba por un camino, entre sombras, y, al terminar, le aparecía un túnel de luz.
Con la existencia mísera y triste que había llevado era débil y nervioso. Su vida para él tenía una apariencia de algo trágico.
Recordaba, vagamente, el viaje que había hecho con su madre y su hermana, en condiciones malas, desde Cañete a Vergara, donde estaba empleado su padre en las oficinas del Real.
La salida de Vergara a Francia la recordaba como un episodio lastimoso. El viaje a Burdeos le parecía algo enorme; los franceses eran monstruos que se echaban sobre ellos, y su padre se le presentaba entonces como un Orfeo, dominando las fieras. Luego, al pasar el tiempo, el pobre Orfeo, don Francisco Xavier, se iba achicando en su retina.
Comenzaba para él la época en que el hijo que ha mirado a su padre como un modelo empieza a criticarle y a encontrarle defectos. ¿No sería su padre demasiado charlatán?--se preguntó Alvarito--. ¿No sería demasiado egoísta.
Entonces, poco a poco, su cariño y su admiración iban marchando a su madre y a su hermana, las dos sufridas y resignadas, que no salían a pasear, ni iban a darse tono, ni a contar mentiras a las tertulias carlistas.
Alvarito estaba poco desarrollado para sus diez y siete años. Era alto, pero estrecho de espaldas, de aire expresivo y de mal color. Espiritualmente era un muchacho despistado, sin rumbo; había pasado parte de la niñez en Cañete, en casa de unos tíos suyos, gente pobre, pero orgullosa y fantástica, en donde no se comía apenas, pero se presumía de firme. En aquella casa se vivía, principalmente por fuera, con la preocupación exclusiva de aparentar. Se hablaba de que se comía bien, de que se tenía dinero de sobra. Los tíos de Alvarito creían que todo el pueblo les espiaba y les parecía necesario darse importancia a fuerza de embustes.
Alvarito, en los seis meses que llevaba en Francia, había aprendido el francés. El muchacho conservaba las preocupaciones de su padre y de su madre y no podía zafarse de ellas. Al principio no quería salir de casa. Estaba asustado. La calle le parecía la enemiga natural de su pobre hogar y cada francés un monstruo, devorador de familias españolas.
Alvarito había pensado, siguiendo las indicaciones de su padre, entrar en el ejército carlista; pero no tenía la edad necesaria y la situación del partido iba siendo tan mala, que temía no llegar a encontrar el momento oportuno.