Las figuras de cera: novela

Part 3

Chapter 34,037 wordsPublic domain

Muchas de las opiniones violentas que profesaba Chipiteguy se las atribuía a un amigo suyo, el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de Aschaffenburg; pero algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era una invención suya y que no había existido jamás.

El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia volteriana; por eso en los países latinos el impío es más impío que en los países protestantes.

Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera se ponían a rezar el rosario en voz alta en la cocina, después de cenar, muchas veces Chipiteguy exclamaba:

--¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas. No quiero que nos traigáis alguna desgracia con tantos rezos. Id a la catedral. Allí tenéis bastante sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo el tiempo que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que no hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis una nube de pulgas.

La sobrina y la criada le replicaban furiosamente y le amenazaban con el infierno, lo que a él le hacía reír a carcajadas y decir mayores irreverencias.

Otra vez que hablaban de los sermones de los curas, que recomendaban a las mujeres que no fueran escotadas, Chipiteguy les dijo a las de su casa, echándoselas de ingenuo:

--Lo que podíais hacer vosotras es ir adonde el obispo, desnudas, y allí él, con ese jaboncillo que emplean los sastres, os marcaría con exactitud en el cuerpo hasta dónde podíais enseñar.

Estas frases escandalosas indignaban a las que las oían.

La andre Mari, viuda sin hijos, mujer flaca, agria, con cara afilada y pálida, tenía una figura que parecía que se la veía sólo de perfil. Solía estar haciendo media constantemente con un gato en la falda.

La criada, la Tomascha, se parecía a la andre Mari en el carácter, aunque no en el tipo; tenía aspecto monjil, la cara redonda y abotargada, un poco como de albuminúrica; el color muy blanco, la mirada inexpresiva y el aire indigesto. Reñía a todas horas con la muchacha joven.

La Tomascha, indudablemente, sentía cariño por Chipiteguy y por la casa; pero a veces parecía que se recreaba con las desgracias.

La Tomascha era, principalmente, una mujer fatídica y daba las malas noticias con fruición, cosa que a Chipiteguy indignaba. Varias veces el chatarrero dijo a la andre Mari que se fuera la Tomascha a su pueblo y que él le seguiría pasando el salario; pero la Tomascha, al saberlo, derramó un mar de lágrimas.

La Baschili, la cocinera, era muy enamoradiza, y siempre tenía algún novio o amante, con quien paseaba los domingos.

Se decía que había tenido un chico en el pueblo, y la Tomascha se lo había contado a la andre Mari y la andre Mari a Chipiteguy.

--Aunque hubiese tenido un regimiento no la despacharía--replicó el trapero del Reducto--; yo no le exijo a ella voto de castidad, sino que guise bien.

La asistenta de la casa de Chipiteguy, que barría y fregaba los almacenes y la tienda, era gascona, juanetuda, robusta y locuaz. Se la conocía por su apellido la Mazou.

La Mazou era turbulenta y estaba atormentada por el deseo de la acción; cuando había que hacer un trabajo extraordinario gozaba.

La Mazou, recia y cuadrada, tenía tanta fuerza como un hombre.

--Esta ha nacido para tener una docena de hijos--decía Chipiteguy--; pero como es inteligente como una mula y áspera como un cardo, se ha quedado soltera.

--¡Bah! ¡Si hubiera querido!--replicaba ella.

La Mazou bebía a veces un trago, al emprender algún trabajo de fuerza, en compañía de Quintín o de Claquemain.

A pesar de que ella andaba cerca ya de los cincuenta años, Quintín la había pretendido; pero la Mazou despreciaba al mozo porque era chiquito y de poco cuerpo.

Chipiteguy se burlaba de la gente de su casa, menos de Manón. También se burlaba mucho de los judíos que iban a su tienda; había asistido repetidas veces a los oficios en la Sinagoga y satirizaba los cantos y los lamentos de los hijos de Israel.

Les recordaba la época anterior a la Revolución, que él había llegado a conocer, en la cual los judíos de Saint Esprit, a quienes también se llamaban los portugueses y los nuevos cristianos, no podían habitar el casco de Bayona.

Les decía que se contaba entonces que los judíos del barrio de Saint Esprit, cuando tomaban nodrizas cristianas, los días de comunión les vaciaban el pecho, para que en su cuerpo no hubiese ni rastro del cuerpo divino de Jesucristo.

Les hablaba, como si fuera verdad, de que celebraban la Pascua con sangre de cristianos y de los asesinatos rituales.

El fingía creer, para sacar de sus casillas a los judíos, que éstos hacían manjares con sangre de niño cristiano, y recordaba que en Metz había sido quemado un judío, Rafael Levi, acusado de haber matado a un niño de tres años con ese objeto culinario.

--En mi país--solía decir--se les tiene mucho odio.

Y solía contar esta anécdota:

"Al entrar en Metz el mariscal de la Ferté, los judíos de la ciudad fueron a saludarle. Cuando le dijeron que había en la antecámara una comisión de israelitas, gritó:

--No quiero ver a esos granujas que crucificaron a Nuestro Señor; que no les dejen entrar.

Se les dijo a los hebreos que el mariscal no podía recibirles. Ellos respondieron que lo sentían mucho, porque iban a llevarle un regalo de cuatro mil pistolas. Se advirtió al mariscal a lo que iban y el mariscal dijo al momento:

--Hacedles entrar en seguida. ¡Pobre gente! Se les acusa sin razón. Ellos no le conocían a Cristo cuando le crucificaron."

El trapero, al contar esto, se reía a carcajadas.

Chipiteguy, según decía, había hecho lo posible para adornar con cuernos la cabeza de algunos amigos israelitas; pero esto, como se sabe y como repetía su amigo Julius Petrus Guzenhausen de Aschaffenburg, no es más que un mal de imaginación y ningún casado podía tener la seguridad de no padecerlo.

En la juventud de Chipiteguy el barrio de Saint Esprit conservaba algo de ghetto; las casas solían estar cerradas al anochecer, los hombres andaban con balandranes, las mujeres pálidas, de ojos negros, se asomaban a las ventanas, y se oía una jerga medio española, medio hebrea.

Chipiteguy contaba sus aventuras amorosas de joven con las muchachas judías del barrio, lo que escandalizaba mucho.

A las bromas del viejo trapero, los israelitas contestaban hablando y accionando violentamente, y contaban con un estilo florido las persecuciones sufridas por la raza. El tema que manejaba siempre Chipiteguy era el de la avaricia. Los judíos le achacaban a él idéntico defecto.

Los más habituales en casa de Chipiteguy eran Manasés León, el prendero; Haim Gómez, del gremio de mercería, e Isaac Castro, vendedor de fruta.

A fuerza de echarse en cara Chipiteguy y sus amigos su roñosidad y su sordidez, habían llegado a considerar este vicio como condición divertida y pintoresca.

Al ir y venir de Saint Esprit a Bayona, por el puente de barcas, se formaba gran sanhedrín de judíos en la tienda de Chipiteguy, y parecía aquello una bandada de cuervos; y entre las voces gangosas y agudas de los hebreos y sus accionados y gestos de polichinelas, resonaban las carcajadas de Chipiteguy. Este hablaba siempre con desprecio de la Biblia y los judíos defendían su libro santo con fervor; pero más que las cuestiones religiosas les apasionaba la cuestión del dinero y el reproche que se hacían unos a otros de avaricia.

Todas las anécdotas viejas y conocidas de avaros y de usureros se atribuían al contrincante.

El avaro, que retenía la respiración cuando se le tomaba medida de un traje, para parecer menos grueso y hacer que el sastre pusiera menos paño; el que fué achicando la ración de paja y cebada al caballo, y cuando éste murió de hambre, dijo: "¡Qué lástima! Ahora que se iba acostumbrando..."

Otra porción de rasgos, dignos de Harpagon, de Shylock o del licenciado Cabra, se atribuían unos a otros.

En realidad, todos aquellos judíos, Nathan, David o Salomón, ropavejeros y prestamistas a la antigua escuela, con sus gabanes raídos y sus sombreros sebosos, con sus procedimientos usurarios y sus tiendencillas negras, tenían que considerarse derrotados por usureros de nuevo estilo, más elegantes y atildados, que paseaban en coche o a caballo, vestían como dandys y se iban haciendo millonarios.

A Chipiteguy y a los judíos amigos no les interesaban tanto las grandes hipotecas como las pequeñas raterías.

Entre éstos era un gran mérito el engañar a un compañero, el hacerse convidar o el conseguir algo de balde.

Se vanagloriaban todos de las jugarretas que se hacían para engañarse.

Un comerciante, algo letrado, había llamado a la casa de Chipiteguy la Escuela de los Avaros.

Cuando sus amigos judíos no estaban delante, Chipiteguy no era roñoso, y todo lo que le pedía su nieta lo concedía al momento.

En lo que no quería gastar era en su indumentaria.

--Un trapero elegante sería ridículo--decía él.

Cuando Chipiteguy se quitaba su hopalanda mugrienta se le veía vestido con un chaquetón desteñido, que era difícil suponer cuál sería su color primero; unos pantalones zurcidos y remendados y un chaleco viejo de nankin. Chipiteguy no quería elegantizarse; le gustaba aparecer tal como había sido siempre.

A pesar de su roñosidad para sí mismo, era espléndido en otras cosas.

En la mesa gastaba mucho. La cristalería era siempre fina y nueva. Chipiteguy no podía soportar una mancha en el mantel; así que había que renovarlo para cada comida. En casa de Chipiteguy se comía bien y se bebía a pasto vino de Burdeos y de Borgoña. Le gustaban también al viejo los licores, y tomar, después de comer, unas copas de coñac antiguo.

Con este trato, su nariz y sus mejillas habían adquirido, en algunos puntos, tonos de carmesí, que se convertían en violáceos. Con aquel régimen de vida, Chipiteguy tenía tendencia a la gota, y a veces padecía cálculos. En estas épocas pasaba días tristes, alicaído y pensativo; pero cuando se curaba, volvía a la jovialidad. Decía que a él le tendrían que poner el mismo epitafio que hizo Desaugiers, un autor de canciones, enfermo de mal de piedra, de sí mismo:

Ci-git helas, sous cette pierre un bon vivant mort de la pierre passant, que tu sois Paul ou Pierre ne va pas lui jeter la pierre.

A pesar de sus burlas, Chipiteguy tenía un fondo de misticismo. Había en él algo del sentido contemplativo del alemán, unido a la impiedad ligera del francés; pero quizá la tendencia mística y vaga era en él lo más profundo. Se pasaba muchas horas mirando el agua del río, pensando vagamente en las fuerzas de la Naturaleza. También se abstraía fumando en su pipa y viendo las volutas de humo en el aire o contemplando las llamas de la lumbre.

--¿Duermes, abuelo? le preguntaba su nieta.

--No; estoy pensando.

--¿Pensando en qué?--le preguntaba Manón.

Indudablemente, el viejo pensaba con vaguedad en muchas cosas, también vagas, porque en él había esta tendencia por la meditación.

A veces no pensaba en nada y estaba inmóvil, con la mirada perdida, como aletargado.

IV

LA TABERNA DE OCHANDABARATZ

La calle de los Vascos, en Bayona, calle estrecha, húmeda y negra, paralela a la corriente del Nive y a la calle de España, era y es una de las más obscuras del pueblo. En ella olía siempre a humedad y a pescado, lo que hacía que el ambiente no fuese muy agradable de respirar. Había entonces en esta calle almacenes de salazón y se instalaban pescaderías ambulantes en el arroyo.

En tiempo de la primera guerra civil española, las tiendas de la calle de los Vascos eran pocas: algunos almacenes de pescado, barricas, botellas y trapos viejos, dos posadas, la fonda de Iturri y la Guetaldia, donde se refugiaban los campesinos vascos de las aldeas próximas y los carlistas de poco dinero; varias tabernas, traperías y alguna cacharrería que lucía en el escaparate jarras, huchas de barro y cometas de papel de colores.

En la calle, la casa más cuidada y limpia era la posada de Iturri, que en la planta baja tenía una tienda de mercería, en la que se mostraban pañuelos de seda de vivos colores. La posada de Iturri gozaba de fama de sitio respetable y en donde se comía bien.

Entre las dos o tres tabernas de la calle de los Vascos, las más frecuentadas, las que estaban casi siempre llenas, eran la taberna del Español y la de Ochandabaratz. Esta última se llamaba también la taberna del Gallo Rojo, porque su enseña representaba un gallo, pintado de rojo, cantando sobre una bola.

La taberna de Ochandabaratz, obscura y siniestra, se hallaba en un sótano grande, y el invierno estaba siempre iluminada con quinqués, porque si no, en su fondo, no se veía con la luz del sol.

La taberna no tenía portada alguna, y únicamente las paredes de la casa, en el piso bajo, aparecían embadurnadas de pintura de color parduzco, que saltaba de las piedras, y que dejaba a éstas como recubiertas por escamas.

Se entraba por el zaguán, y a mano izquierda estaba la taberna, a la que se bajaba por unos escalones; había en este sótano un ventanal de cristales pequeños y emplomados a la calle y una ventana enfrente a un patio; pero ni el ventanal ni la ventana daban luz bastante para que se viera con claridad en el interior.

Era la taberna grande y espaciosa, con un mostrador enorme, recubierto de cinc, con frascos, botellas de licores y damajuanas negras. Las paredes tenían un zócalo de madera y había varias mesas y bancos.

La taberna se continuaba por un corredor, al que iluminaba la ventana del patio. En este corredor había dos grandes filas de barricas.

Ochandabaratz, el amo de la taberna, era hombre de unos cincuenta años, grueso, un poco asmático, muy sentencioso, con aire reservado. Gastaba siempre camisa blanca, de gran cuello; blusa negra y boina grande. Su mujer era guapa y vistosa; sus dos hijas, muy bonitas; el criado Shanchín, vivo como un mono, y la muchacha Leonie, guapetona, rubia y apetitosa.

En la taberna había siempre gente, de día como de noche; al parecer, los géneros de Ochandabaratz tenían fama de exquisitos, y el vino y los licores de la taberna podían competir con los de los mejores hoteles de Bayona.

Una tarde lluviosa y de invierno estaban en la taberna de Ochandabaratz una porción de tipos, bastante extraños, formando animado grupo. Eran éstos el cochero de una funeraria, llamado Tapín; Benedicto, el campanero de la Catedral; un sepulturero jorobado, conocido por Patrich; el piloto Ibarneche, Bidagorry, el carbonero de la calle del Pont Traversant, que tenía una pierna de palo; el maestro de baile Cuyala, de la calle del Oeste, y tres chatarreros; Michú el de la Vieja Encina de la calle de Bourg Neuf; Larroque el de las Armas de Francia, del muelle de la Galuperie, y Portefaix, el de la Linda Fragata de la calle de Pontriques.

Los más señalados de estos tipos eran Patrich, por su joroba, y Bidagorry, por su pierna de palo; pero los otros tenían también carácter. Ibarneche, el piloto era alto, colorado, la cara ancha, con anteojos, la pipa en la boca; Cuyala, el maestro de baile, elegante, flaco, melenudo, pálido, con un levitín azul, con botones dorados, corbata roja y pantalón corto, lucía las pantorrillas; Michú gastaba sombrero de copa y gabán hasta los pies, y tenía cara de loro, picada de viruelas; Portefaix poseía unos ojos saltones, desvaídos, como dos huevos, y una cara de rana, entre sonriente y triste, y Larroque, que vestía con un abrigo harapiento y un casquete, tenía la cara llena de cicatrices, un ojo nublado, el otro, malicioso, verde gris, rojizo, lleno de inteligencia, de picardía y de desvergüenza.

Estos tres chatarreros, Michú, Larroque y Portefaix, solían ir a España con frecuencia a comprar hierro viejo, granadas y armas, y negociaban y cambalacheaban con Chipiteguy.

El sepulturero jorobado Patrich celebraba, según decía, a todo el que se le acercaba, dos acontecimientos transcendentales de su vida: uno, que le había tocado la lotería; el otro, que se le había muerto la mujer en San Juan Pie de Puerto.

Con tal motivo, Patrich se dedicaba a las más extrañas locuras y cantaba y bailaba alegremente. Patrich mostraba una gran alegría por la muerte de su mujer, y, sin embargo, había quien aseguraba que días antes le había visto llorando por el mismo motivo. En un bufón como él cualquier cosa era posible.

Mientras el grupo celebraba el jolgorio, se asomaron a la taberna el viejo Chipiteguy y el judío Moisés Panighettus, dueño de una trapería, próxima a la Puerta de Francia.

Patrich, el jorobado, se apresuró a saludar a Chipiteguy y a Panighettus; les contó el motivo de su fiesta y les invitó a sentarse.

Chipiteguy dijo que tenía que ir a una casa suya a cobrar las rentas.

--Sentarse, sentarse; no hay prisa--gritó el jorobado.

--¿Qué, viene usted a cobrar la casa?--preguntó Ochandabaratz a Chipiteguy.

--Sí.

--¿Ya pagan esos españoles?

--No hay más que uno o dos--contestó Chipiteguy.

--Ya pagarán--exclamó Patrich, el jorobado--. Todo el mundo paga al último; los unos con su moneda, los otros con su cuerpo. ¡Je! ¡Je! ¡Je! No hay que apurar a nadie. Vamos otra vez a cantar.

Cantaron todos a coro, en vascuence, la canción recogida por el doctor Larralde, de San Juan de Luz: "Errico festac biaramumiam" (El día siguiente de la fiesta), la copla que empieza pintando la escena de cuatro mujeres, tres solteronas y una viuda, que juegan al truque un día de fiesta en la calle de una aldea vasca, a la sombra, las cuatro un poco borrachas.

La cantaron de manera desigual, porque cada uno se marchaba por su lado y algunos no sabían vascuence.

Después, el piloto Ibarneche entonó, a media voz, algunas canciones románticas del mar:

Ichasua laño dago Bayonaco alderaño. Nic zu zaitut maitiago choriyac beren umiac baño.

(El mar está cubierto de niebla hacia el lado de Bayona. Yo te quiero más que el pájaro a su crías.)

Santa Catalin aurrera bischigutan azi dera. Ondo irteten baguera laster neria izango cera.

(Antes de Santa Catalina hemos empezado la pesca del besugo. Si salimos bien, pronto serás mía.)

Gure oroliz aita dago laño bian gaberaño. Nic zu zaitut maitiago arraichuac ura baño.

(Nuestro recuerdo está erguido hasta debajo de la niebla. Yo te quiero más que los pececillos al agua.)

Ichasua urac aundi, es tu ondoric agueri. Pasaco nisaqueni andic maitea icuzteagatic.

(En el mar de grandes olas, no se ve bien. Yo pasaría siempre por el mar para ver a mi amada.)

La especialidad de Ibarneche, además de sus canciones románticas, era el comer copiosamente. Había hecho el piloto muchas apuestas y las había ganado. Se había comido una vez un cordero con la mayor parte de los huesos. Para él, tragarse dos gallinas, dejando solo el pico, era un juego. Con el pico no podía; ante el pico se declaraba vencido. Había comido también una merluza y cuatro docenas de huevos en una comida.

En beber era más moderado; no llegó a pasar nunca de los cuarenta vasos de sidra en una tarde ni de los veinte de vino.

Mientras cantaba Ibarneche, Bidagorry, el carbonero, seguía el ritmo de la canción y ponía los ojos en blanco y la cara lánguida y triste. Esta acomodación rápida era la especialidad de Bidagorry.

Patrich, el sepulturero, poco partidario de cosas melancólicas--la melancolía no es para sepultureros, decía él--, se puso a cantar y a bailar unas coplas donostiarras de soldados con aire de fandango. Lo cómico, para los que las oían, era que Patrich no sabía vascuence y a veces decía una cosa por otra.

La canción era así:

¡Ay, Madalén, Madalén; Madalén gajoa! Bigarren batalloyan daucazu majoa. Chiquichua da baña, mutico polita, Cazadorietaco cabo primeroa.

(¡Ay, Magdalena, Magdalena; pobre Magdalena! En el segundo batallón tienes tu majo. Es pequeño, pero guapo chico, y cabo primero de Cazadores.)

Bidagorry recalcó la intención de la copla, dando a su fisonomía un aire desvergonzado y alegre.

La canción, ya de por sí grotesca, cantada y bailada por Patrich, lo era más. Patrich, viejo, cojo, pequeño y jorobado, de cara audaz, barbas largas y blancas, los ojos redondos, negros y brillantes, ojos de lechuza, la nariz chata, la frente ancha y prominente y la calva hasta el cogote, tenía un aire socrático.

Patrich vestía macfarland negro y raído, sombrero de copa sucio y despeinado. Su atrevimiento y su impertinencia resultaban un tanto importunas. Era, además, un bufón antipático, porque con mucha facilidad, en medio de la broma, se molestaba o tomaba una actitud sentimental, de borracho, desagradable.

Después de los versos a Magdalena vinieron coplas dirigidas a algunos galanes, que tendrían en su tiempo gran cartel entre las criadas y costureras donostiarras:

Bata, García; eta beztea, Domingo; onezquero gauz onic ez ditec eguingo. Euscaldunac desaire, oyequin amigo. Berac deitzen ciyoten: "Venga usted conmigo".

(El uno, García; el otro, Domingo; hasta ahora, seguramente, no habrán hecho cosa buena. A los vascongados, desaires, y con esos otros, amigas. Ellas mismas les decían: "Venga usted conmigo".)

Hay que suponer que estas damas que decían a los cabos primeros y a los sargentos: "Venga usted conmigo" no serían de la alta sociedad, ni aparecerían en el Almanaque de Gotha, aunque algunos demagogos suponen, quizá con poco respeto, y sobre todo con pocos datos personales, que son principalmente las damas empingorotadas, las del Almanaque de Gotha, las que tiene una inclinación a decir a los cabos primeros y a los sargentos: "Venga usted conmigo".

Esta cuestión es, sin duda alguna, difícil de resolver experimentalmente y la abandonamos para que la estudien los especialistas.

Patrich se cansó de su baile y de su canto y se sentó a beber un gran vaso de vino.

En tanto, uno de los chatarreros, que solía entrar con frecuencia en España, salmodió esta obra maestra híbrida vasco-castellana, también donostiarra;

Un militar le dice: "Nere maite ederra, solamente tu cara ematen dit guerra". Y ella contesta al punto: "Ez bildurric izan izan bear badezu mi bravo capitán".

Damacho ederra, mozo valiente, ella jostuna, él subteniente, y ella le ha dicho milla bider que le hacen falta bi charreter.

(Un militar le dice: "Amada hermosa, solamente tu cara me da a mí la guerra". Y ella contesta al punto: "No tenga usted miedo si tiene usted que ser mi bravo capitán". Bella damita, mozo valiente, ella costurera, él subteniente, y ella le ha dicho muchísimas veces que le hacen falta dos charreteras.)

El autor comprende que es un poco abusivo el poner tantas canciones insignificantes. A él le dicen algo, aunque a la mayoría de sus lectores, claro es, no le dicen nada. El autor es un individualista y las pone.

Uno de los traperos, medio ciego, sacó un caramillo de hoja de lata y se puso a tocar monótonamente la canción de Cadet Rouselle.

Después de esto, Patrich echó los pies por alto, se balanceó como una bailarina, lanzó ronquidos desvergonzados, puso la cabeza en el suelo, dió una vuelta y quedó sentado.

Poco después apareció Patrich, montando sobre unos zancos y andando en la taberna, casi tocando el techo. El enano jorobado se sentía así alto y poderoso.

El viejo Chipiteguy, que había permanecido durante todo el tiempo bebiendo y riendo, se citó para el día siguiente con Moisés Panighettus y se levantó para salir de la taberna de Ochandabaratz.

--¡Adiós, señores!--dijo.

--¡Eh, tío!--le gritó Patrich--. No se vaya usted; hay que cantar su canción.

La gente de la taberna no hizo mucho caso, y Patrich se incomodó.

Patrich era hombre violento e imperativo; obligaba a que se cantaran ciertas canciones y ponía el veto a otras que no le gustaban.

No parecía sino que tenía algún derecho especial para mandar en todo cuanto fuera musical y filarmónico en casa de Ochandabaratz.

Patrich se quitó los zancos e increpó a unos y a otros, imponiendo silencio con siseos y manotadas.

Cuando lo consiguió inició la canción de bravura de Chipiteguy y la cantaron a coro, a voz en grito: