Las figuras de cera: novela

Part 17

Chapter 172,449 wordsPublic domain

Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy discreto, muy sensato, que tenía buenas palabras para todos, pero que no inspiraba confianza.

Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa con la esperanza de heredarle.

A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero mixtificador, y una vez que Doyambere, al postre, sacaba la corteza al queso, sin duda muy gruesa, Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre, sin poderse contener:

--Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el dinero. Es una... falta... de... consideración desperdiciar así... el queso.

Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba.

Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau era odiar a los gatos, sin duda por lo que robaban.

--Es un animal... antipático--decía--, que no respeta la propiedad ajena.

Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía, los ahorcaba.

Había uno en su vecindad de una vieja solterona, negro y atrevido, que entraba en casa del herbolario por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió, lo ahorcó y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la ventana, para que lo viera la vecina.

Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender que aquella señorita estaba enamorada de Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella sentía un verdadero horror por el herbolario.

Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no decía las cosas como todo el mundo; era un incoherente, a quien a veces no se le entendía. Hacía alusiones a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle, se preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de gran talento? ¿Si será un imbécil? La mayoría se decidía por creerle imbécil.

Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades: suficiencia, fanfarronería e impertinencia, unida a cierta fidelidad por algunas personas. Quizá ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda; pero también se podía asegurar que había poco estimable en el abigarramiento de su alma.

Joliveau, desde el principio de la desaparición de Chipiteguy, había acusado a Frechón. Joliveau tenía resquemores con éste. Había querido hacer un negocio un tanto usurario con él y Frechón le había engañado.

--A ese... cochino... de Frechón--decía--le voy a enviar yo... a gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí le alimentarán con... berzas, con agua y con... otros ingredientes parecidos.

La hospitalidad económica gubernamental era para Joliveau la cárcel.

Una vez le dijo alguien:

--Ese Frechón vendería su alma al diablo.

--Saldría... ganando--contestó Joliveau con presteza--; vendería una porquería... por unas buenas... monedas.

Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar los nombres de las personas que le eran antipáticas o que le habían engañado.

Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato o Frechonazo.

A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón con mayor acritud.

Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau eran venenosas y mortales de necesidad.

No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas, si es que se orinaba, o escupía, o algo peor; pero su efecto era terrible. Tomar el malvavisco, la manzanilla o las flores cordiales de casa de Joliveau y empezar a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte, era inmediato. Frechón hacía juegos de palabras con el apellido de Joliveau (Bello Becerro) y preguntaba a los conocidos:

--¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero o está hidrópico por las malas hierbas que come en su casa? ¿Le ha visto ya el veterinario?

Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que una meningitis padecida en la infancia le había trastornado. Decía también que de niño un cerdo le había castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe y tenía tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por eso tenía también aficiones a guisar y a fregar los platos.

Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joliveau, que tan pronto se indignaba como se quedaba tan tranquilo.

--Aquí, en Bayona... ya se sabe...--decía, frotándose sus grandes manos--. El periódico... de cinco céntimos... sin papel... circula mucho por la ciudad.

Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del herbolario, que había mucha chismografía en el pueblo.

Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada, siempre haciendo alusiones a cosas desconocidas, no se le entendía. Con frecuencia Pascual Joliveau proyectaba casarse; pero no tenía éxito.

--No sé... si casarme... o comprar una... partida de hierbas.

Al último, siempre tenía que comprar las hierbas. Frechón decía en todas partes que Joliveau quería casarse porque tenía gran afición a ser cornudo.

Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas en la tertulia de Lissagaray, pero no le hacían caso; Manón le trataba con un profundo desprecio, Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente de él.

El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal--hubiera dicho Frechón--; únicamente Alvarito escuchaba al herbolario; éste solía decirle:

--Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo, dele usted... la zancadilla... a Frechonazo.

Otro de los consultados varias veces fué el padre Aranalde, un cura amigo de Madama Lissagaray. Aranalde era un viejo de cara sonrosada, pelo blanco, mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado caído; los labios burlones y la nariz larga, con frecuencia llena de rapé.

Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía tan afectadamente y tan bien que, más que cura, parecía un cómico que hiciera de una manera maravillosa el papel de eclesiástico.

Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía ser, y las varias versiones que se daban de la desaparición de Chipiteguy le parecían muy posibles.

Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray era el señor Silhouette, comerciante retirado de las pompas fúnebres y vecino de Chipiteguy.

Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía una expresión de frialdad, de indiferencia, de esfinge. Sin duda se la había dado su oficio.

Durante toda su vida no había hecho más que ir a las casas donde ocurría una muerte, de día o de noche, y mostrar atenta y fríamente sus catálogos y etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda, siempre con una severidad y una indiferencia helada.

Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado por la mujer. El señor Silhouette llevó a su mujer a una casita de campo del camino de Bayona y la encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver en sus catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres necesitaba su cara esposa para hacer el gran viaje a las profundidades de la madre tierra.

El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la boca apretada, con los labios pálidos y delgados, mejillas hundidas, ojos fijos y duros, la corbata que le agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada fría. Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral, panteónico.

En todo se manifestaba metódico y meticuloso, muy partidario de la etiqueta, y no transigía con ningún olvido de ella.

Se decía que el señor Silhouette era el padre de Joliveau; pero no se parecía nada a él y debía ser una broma de la gente mal intencionada.

El señor Silhouette era legitimista, pero no quería confesarlo. Alvarito le encontraba muy parecido al Fouché de las figuras de cera; un Fouché más viejo y menos emperifollado.

El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la desaparición de Chipiteguy; se contentó con oír todos los detalles y nada más.

Había otros viejos señores en la tertulia; el señor Castera, que había sido procurador, que andaba del brazo de su mujer, arrastrando los pies, y que jugaba su partida de cartas. El señor Castera tenía las piernas torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin pelo en las sienes y la frente deprimida. Había en él algo de reptil. Vestía a la antigua. El señor Castera tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y tenía una voz de falsete desagradable.

Pero no se podía considerar como lo más desagradable de su personalidad su voz.

El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que no le impedía decir a cada persona lo más desagradable, lo más que le podía molestar o herir, con exquisita finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso, ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa esmaltada, sonriendo con amabilidad. El hablar mal de la gente, el tomar rapé y comer dulces eran sus principales vicios.

Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud, había sido un hombre guapo. En cambio, en su vejez, era casi repugnante.

Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía, sobre todo en los comerciantes, industriales, notarios, hombres de ley y en todos los que viven casi exclusivamente por el dinero.

No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad de la miseria, de la embriaguez, de la brutalidad, de las pasiones bajas, sino una fealdad sórdida, fría, la expresión de la avidez y de la especialidad comercial.

Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a veces, el hombre del campo, el marino, y, sobre todo, el hombre de pensamiento.

El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta y los tenía a los dos por personas honorables; pero inmediatamente después de hablar de ellos y de dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta anécdota:

"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio de Valencay tenía un amigo tan viejo como él, el conde de Montrond.

Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval:

--Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur de Montrond. Porque tiene pocos prejuicios.

A esto, Montrond replicó inmediatamente:

--¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur Talleyrand? Porque no tiene ninguno."

Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que tanto Chipiteguy como Aviraneta eran capaces de cualquier cosa.

Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride, tendero de la vecindad, viejo, de cara inyectada y roja, con la nariz abultada, el bigote largo y caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de grana.

Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre listo y había sabido hacerse su fortuna en el comercio de paños. Era también de una fealdad comercial y transcendía a paño a la legua. Probablemente, las emanaciones del paño que había respirado toda su vida habían matizado su alma, dándole un espíritu de pañero indeleble.

A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el crimen en el grupo de las figuras de cera, que llamaban, en la casa del Reducto, los Asesinos.

El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de pena que le amargaba la vida. Su hija única, Lucía, estaba enferma de la medula. Lucía Bedarride tenía una cara asimétrica desagradable, llena de granos, y una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de maldad.

El médico había dicho al padre que quizá, si la muchacha se casara, podría desarrollarse y cambiar, y el señor Bedarride buscaba marido para su hija, pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna.

Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de nervios; pegaba a las criadas y, al ver que los jóvenes no se le acercaban, le daban arrechuchos de cólera.

La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito insidiosamente que para él sería un magnífico negocio el casarse con Lucía Bedarride; pero Alvarito rechazó la proposición con energía.

La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún atractivo; pero había dinero en cantidad y con dinero se podían encontrar maneras de indemnizarse. Una mujer como la Bedarride y una querida como su vecina la Nené era una combinación perfecta.

Alvarito se quedó asombrado al oír una proposición de esta naturaleza.

V

ÚLTIMAS HIPÓTESIS

Otro de los contertulios de madama Lissagaray era el señor de Viguerie, dueño del hotel de los Tres Reyes, en la calle de Maubec, de Saint Esprit. Viguerie transcendía también a fondista. Viguerie odiaba cordialmente a todos los extranjeros porque no iban a su hotel; no podía soportar a los judíos del barrio por su carácter económico, y como era del centro de Francia, tenía antipatía por los vascos, que además no iban tampoco a su fonda.

El señor Viguerie se hallaba enterado de las maniobras de los carlistas; era muy amigo del intrigante Manuel Salvador y muy enemigo de Aviraneta.

Viguerie, por informes de Salvador, afirmó que Chipiteguy era víctima de los masones y que por este camino debía enderezar las pesquisas la familia.

Según él, lo mejor que se podía hacer era dirigirse al subprefecto para que éste reclamara la libertad de Chipiteguy al jefe de la logia, o Gran Oriente, de Bayona.

Una señora que asistía a la reunión, y que hizo algunas gestiones para averiguar el paradero de Chipiteguy, fué madama Du Vergier. Esta madama se decía pariente de Du Vergier d'Hauranne, el célebre abate de Saint Cyran, uno de los jefes más influyentes en su época del jansenismo.

Madama Du Vergier, vieja, alta, hombruna, andaba por la calle casi siempre en zapatillas y apoyada en un bastón. Había sido, en tiempo del Imperio, mujer de costumbres alegres; pero ya nadie se acordaba de sus aventuras.

Madama Du Vergier tenía el vicio de la lotería y jugaba en la francesa y en la española con tanto entusiasmo que a veces no tenía para comer.

Esta vieja le recordó a Alvarito la Brinvilliers de las figuras de cera.

Madama Du Vergier, con la Bizot, había ido a ver a la adivinadora madama Canis, y ésta les había dicho con seguridad, rotundamente, que Chipiteguy estaba en España, guardado en una torre, por un crimen de Estado.

Biarritz, octubre de 1924.

FIN DE LAS FIGURAS DE CERA

ÍNDICE

Páginas

PRÓLOGO 7

PRIMERA PARTE

LOS TRAPEROS DE BAYONA

I.--Las galeras 11

II.--La casa de la plaza del Reducto 18

III.--Chipiteguy y su familia 27

IV.--La taberna de Ochandabaratz 47

V.--Los inquilinos de Chipiteguy 60

VI.--Los Sánchez de Mendoza 67

VII.--Primeros contactos con la realidad 75

SEGUNDA PARTE

EL SIMANCAS

I.--Maniobras de Aviraneta 91

II.--Los enemigos 98

III.--Los expulsados 104

IV.--La tertulia del abate Miñano 109

V.--Primeros efectos del Simancas 114

VI.--El dinero 127

TERCERA PARTE

LAS FIGURAS DE CERA

I.--Personajes históricos 131

II.--Los sueños de Alvarito 144

III.--La canción de la ceroplastia 149

IV.--Un proyecto 154

V.--En Pamplona 162

VI.--La vuelta 178

VII.--Explicaciones de Chipiteguy 181

VIII.--Chipiteguy, Gamboa y Frechón 185

IX.--Después de la aventura 189

CUARTA PARTE

PALOMAS Y GAVILANES

I.--Manón y Rosa 193

II.--Frechón o el chatarrero misántropo 213

III.--La tertulia de madama Lissagaray 219

IV.--Las preocupaciones del hidalgo Sánchez de Mendoza 234

V.--El secreto de Sonia Volkonsky 241

QUINTA PARTE

EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY

I.--En la regata de Inzola 257

II.--Maniobras de Frechón 267

III.--El tesoro 273

IV.--Los viejos de la tertulia de madama Lissagaray 277

V.--Ultimas hipótesis 287