Las figuras de cera: novela

Part 16

Chapter 164,094 wordsPublic domain

Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante los tribunales, nunca les llegaron a probar nada. Los tres socios escogían las noches más negras para sus hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de noche como de día, y esta casualidad le servía para orientarse y poder escapar en medio del campo en la mayor obscuridad. Se sospechaba que era algo brujo y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios.

Malhombre tenía un perro muy inteligente y también ladrón, Erbi.

Se decía que Erbi, con mejor corazón que su amo, una noche que entre Martín Trampa, su criado y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo aullando de una manera lastimera largo tiempo cerca del cadáver.

Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas, hecho por él, que consistía en un vergajo de un palmo con una bola de plomo sujeta a la punta. Era ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba con gran habilidad.

Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte, pesado, muy poco inteligente, contrabandista desde la infancia. Le llamaban Perico Beltza, Perico el Negro, por su color moreno.

De los tres hombres emboscados, Martín era como un tigre, hombre de una gran fuerza, de una gran energía y de una gran crueldad; para él los obstáculos no existían, y si había que pasar por charcos de sangre, pasaba decidido y sin miedo.

Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío, amigo de la obscuridad, de las aventuras nocturnas, a quien estorbaba la luz del sol; Malhombre amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado mejor que la cara, el deslizarse entre las sombras.

Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe como un perro de ganado...

Llevaban los tres siniestros personajes más de una hora agazapados tras de una roca que había al comienzo del barranco de Inzola, cuando se vió a lo lejos a un hombre, montado en una mula, precedido por otro que iba delante con el ramal en la mano, y seguido por un tercero.

El hombre montado en la mula iba con una capa y el delantero, que llevaba la bestia del ronzal, marchaba esquivando los charcos; el zaguero, que sin duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto.

El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy; el que llevaba la mula del ronzal, Claquemain, y el que iba detrás con el paraguas abierto, Frechón.

Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín Trampa, sacó la cabeza fuera del escondrijo e hizo un gesto de inteligencia a Frechón.

--Mirad por aquí cerca si hay alguien--dijo Martín a Malhombre y a Perico Beltza.

Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado y a otro para vigilar. Martín se acercó a Frechón.

--¡Hola, amigo!

--¡Hola!

--¿Este es el viejo?--preguntó.

--Este es.

--¿Qué piensa usted hacer con él?

--¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle por ahora?

--Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío llamado Churinborda. Allí se le podía llevar, siempre que el viejo no proteste, porque si no, el hombre se alarmará.

--Oiga usted, Chipiteguy--dijo Frechón.

--¿Qué hay?--murmuró el viejo.

--Le vamos a llevar a un caserío próximo para arreglar nuestros asuntos. No creo que se nos vendrá usted con gritos.

--Yo no tengo la costumbre de gritar--contestó Chipiteguy con serenidad.

--No le conviene a usted tampoco--replicó Frechón--. Si estos fanáticos saben que usted se llevó un tesoro de cruces y de custodias de las iglesias de Navarra, no le digo a usted lo que le va a pasar.

Chipiteguy murmuró:

--Usted me acompañó en la faena; pero eso no importa; vamos cuanto antes al caserío.

El viejo montado en la mula siguió camino adelante, dirigido por Claquemain. Los otros hombres fueron detrás.

--¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó barricas llenas de oro y de plata?--preguntó Martín.

--Sí.

--¡Qué templado!

--Y a mí me prometió una parte y no me la dió.

--Yo hubiera hecho lo mismo--dijo Martín.

Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia.

--Ahora me pagará la trastada--murmuró el francés--. A mí no me importa nada que se haya quedado con las cruces. Yo me río de los sacrilegios. Lo que no le perdono es que me haya engañado.

--¿Qué piensa usted hacer?--preguntó Martín.

--Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá una carta a su familia de Bayona para que nos entregue una buena cantidad de dinero.

--¿Quién irá con la carta?--dijo Martín.

--Ya veremos.

Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, montado en la mula, hasta el caserío Churinborda. Al llegar a la puerta, Frechón ayudó a apearse a Chipiteguy.

--No le aconsejo a usted que proteste--le dijo el francés--, porque entonces le entregarían a usted a los carlistas como ladrón de cruces de iglesias y le fusilarían sobre la marcha.

--¿Y qué adelantaría usted con eso?--preguntó Chipiteguy con calma.

--Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a usted; lo que yo deseo es cobrar un buen rescate como indemnización y nada más.

--Estoy dispuesto. ¿Cuánto?

--Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo que saber qué quieren sacar estos ayudantes.

--Está bien.

--Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida.

--Sí, ya lo veo.

--Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez no pretenda usted engañar a Frechón. El viejo Frechón tiene siempre la última palabra.

Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso al lado de la lumbre a secarse, vigilado por Claquemain, mientras Frechón, Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer.

El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron en treinta mil francos: quince mil para Frechón y Claquemain y quince mil para Martín Trampa y los suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse.

Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. ¿Quién la llevaría? ¿Cómo se depositaría el dinero y quién lo recogería?

Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que vió en la cocina del caserío que Chipiteguy hablaba mucho con Claquemain, dijo a Frechón que no le parecía prudente dejar al viejo en una casa tan próxima a la frontera, porque podía encontrar cualquier ocasión para escapar y meterse fácilmente en Francia.

--¿Qué cree usted que se debía hacer?--preguntó Frechón.

--Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz un amigo sacristán, que es pariente y compinche suyo. El sacristán vive en una casa con una torre. Allí se podía meter al viejo.

--¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz?

--Unas cinco leguas.

--Bueno; pues vamos a llevarle allí.

Malhombre se encargó de conducirle en la mula, de noche, por los vericuetos que él sabía.

Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. Chipiteguy estaba dispuesto a no protestar.

Martín Trampa y sus hombres no sabían francés, y Frechón pensaba engañarlos hábilmente y quedarse con todo el rescate a poco que la cosa se presentase bien.

Sin embargo, cuando Frechón llegó a Almandoz y vió que Martín Trampa era allí un reyezuelo, y que todo el mundo le obedecía por el terror, pensó que su asunto no marchaba tan bien y que quizá había hecho una imprudencia.

Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último piso de un caserón y allí lo tenían vigilado.

II

MANIOBRAS DE FRECHÓN

Cuando Matías Frechón comprobó que el viejo Chipiteguy se la había jugado en el asunto de Pamplona, pensó, tarde o temprano, en tomar venganza. La ocasión se había de presentar a la larga o a la corta, y, efectivamente, se presentó. Frechón urdió pronto un proyecto que le pareció soberbio.

Para realizarlo necesitaba cómplices, decididos y valientes; Roquet, por entonces, estaba ya a las órdenes de Aviraneta, dedicado a maniobras políticas; Cazalet, el bohemio, no era hombre más que para intrigas de ciudad; perezoso y borracho, no podía actuar más que en el rincón del café o de la taberna.

Frechón, que espiaba a todos los españoles que venían a Bayona, supo que Gabriela la Roncalesa visitaba la posada de Iturri y conferenciaba con Aviraneta.

Frechón se presentó a la muchacha y la dijo que tenía algunos asuntos comerciales con los carlistas, y que, para resolverlos, necesitaba una persona de inteligencia que tuviera conocimientos entre los partidarios de don Carlos.

Gabriela habló de su novio, Luis Arreche; dijo que éste era subteniente del 5.º batallón de Navarra y que conocía algunos personajes importantes del partido. Frechón preguntó a Gabriela si él no podría hablar en algún lado con el subteniente Arreche, y ella contestó que una semana después su novio estaría en Vera y que allí podría entenderse con él.

Frechón entró en España y habló con Luis Arreche, a quien llamaban Bertache por el nombre de su casa.

Frechón contó a Luis la jugada que le había hecho Chipiteguy en Pamplona y le confesó que él pensaba preparar una emboscada para sacarle parte o todo el dinero que el viejo se había agenciado con el negocio de las cruces.

Luis Arreche le advirtió que él no podía estar mucho tiempo en la frontera, y que, para preparar la emboscada contra Chipiteguy, lo mejor que podía hacer era dirigirse a su hermano Martín. Frechón mandó un aviso a Martín Arreche, alias Bertache, alias Martín Trampa; hablaron los dos, se entendieron y se pusieron de acuerdo en la manera de apoderarse del viejo trapero, de secuestrarle y de sacarle los cuartos.

Frechón volvió a Bayona y sondeó a Claquemain. Claquemain era un borracho que no tenía afecto a nadie. Con la promesa de dinero se decidió a hacer traición a su amo.

Entre los dos hombres engañaron a Chipiteguy, hablándole de una compra de armas en la venta de Inzola.

Fueron Claquemain y el viejo a San Juan de Luz, en coche; alquiló allá Chipiteguy una mula para subir a la venta de Inzola, y en la venta de Inzola aparecieron Frechón y Claquemain, que le obligaron a seguir adelante y le llevaron al final del robledal, donde esperaban Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza.

A los dos días de la desaparición de Chipiteguy se presentó Frechón en la casa del Reducto, de Bayona. Dijo a Manón y a la andre Mari que había estado en Dax y se manifestó muy asombrado de la desaparición de Chipiteguy.

Luego en la tienda, delante de Alvarito y de algunos clientes, afirmó que a Chipiteguy lo habían engañado y llevado a España los curas carlistas al enterarse de que había sacado cruces y custodias de Pamplona.

--¿Qué custodias?--preguntó Alvarito.

--Tú eres un imbécil que no te enteras de nada--le dijo Frechón--. Cuando el viejo estuvo con nosotros en Pamplona trajo plata y piedras preciosas, que debe tener guardadas aquí.

Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón del tesoro de Pamplona y decidieron un día registrar la cueva.

Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar el paradero de Chipiteguy, y fué a ver a María Luisa de Taboada por si ésta le podía dar alguna indicación. María le preguntó si no conocía a don Eugenio de Aviraneta.

Alvaro le dijo que sí.

--Pues vaya usted a verle.

Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia.

Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición de Chipiteguy y de Claquemain.

Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía. Alvarito relató las incidencias del viaje a Pamplona: cómo habían entrado en la ciudad; cómo el patrón había dicho a su dependiente que le esperase en Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan de Pie de Puerto a Bayona, había ido a San Sebastián y embarcado aquí con sus figuras de cera.

--¿Usted no sospecha de nadie?--le preguntó Aviraneta.

--No.

--¿Ni siquiera de Frechón?

--A ese hombre le considero capaz de cualquier cosa, pero parece que estos días de la desaparición de Chipiteguy estaba en Dax.

--¡Quién sabe! Quizá esto no sea más que una coartada.

Aviraneta prometió al joven Sánchez de Mendoza que pondría todos los medios para averiguar el paradero de Chipiteguy, suponiendo que el viejo se hallara en España.

Los amigos de Chipiteguy, muy extrañados de su desaparición, hacían mil cábalas; para unos era una fantasía del viejo, que se había marchado de casa por capricho, otros creían que estaba secuestrado, y otros, que muerto.

Unos quince días después de la desaparición de Chipiteguy, Alvarito recibió una carta, que fué a leerla a Manón y a la andre Mari. La carta decía así:

"Mi querido amigo: Me han traído a España y me tienen preso. Para dejarme libre exigen que dé dos mil onzas. Vete a ver a Manasés León, con esta carta, y él te proporcionará la cantidad indicada. La tendrás dispuesta para entregársela inmediatamente al emisario que se presente ahí dentro de poco con una carta mía desde la frontera, que irá dirigida a don Alvaro Sánchez de Mendoza y estará firmada por Juan Dollfus.

No hay que avisar a la policía española, porque ella aquí, por ahora, no puede hacer nada, y la denuncia podría costarme la vida. Di a Manón que estoy bien y que pienso siempre en ella. Tu amigo, _Chipiteguy_."

Alvarito hizo lo que se le indicaba en la carta y esperó con el dinero en la caja a que apareciera el emisario, pero éste no apareció.

Una semana después, Manón recibió otra carta, en la que se le decía que su abuelo se encontraba preso, y que si quería verle libre, enviara una letra de quince mil francos, a cobrar en Elizondo, a nombre de Juan Echenique, de Almandoz; que no avisara a la justicia, porque no podría hacer nada contra los secuestradores del viejo y porque si sabían que eran denunciados podían matarle.

Manón y Alvarito consultaron con Manasés, y éste dijo que era una imprudencia enviar el dinero sin garantía, porque el Echenique podía quedarse con él y no librar a Chipiteguy.

Decidieron entre los tres escribir a Echenique, indicándole que le enviaban una carta de pago de quince mil francos a cobrar en casa de Rodríguez y Salcedo, de Bayona, y añadiendo que le pagarían desde el momento en que Chipiteguy estuviese libre en cualquier punto de la frontera de Francia.

Como ésta carta tampoco dió resultado, Alvaro fué de nuevo a visitar a Aviraneta, quien le dió una carta para Luis Arreche, alias Bertache.

Don Eugenio le decía en ella que se enterara de quiénes tenían secuestrado a Chipiteguy y en dónde; que les dijera a los secuestradores que no pidieran más de lo que habían pedido, porque el viejo no era tan rico como decían, y que, aunque lo fuera, quizá en la misma familia del viejo hubiera gente que le conviniese que Chipiteguy desapareciera.

--No, no hay nada de eso--dijo Alvarito.

--Seguramente que no--replicó Aviraneta--; pero es un argumento para gente un tanto canalla, que desconfía de todo menos de las malas intenciones.

Alvarito se dispuso a ir a España a ver a Bertache. Antes de salir, Aviraneta le llamó. Había sabido por Gabriela la Roncalesa que Martín Trampa, el hermano de Luis Arreche, era uno de los complicados en el secuestro de Chipiteguy. Martín vivía en Almandoz y Aviraneta pensaba que se le podía escribir a él directamente. Le escribieron. Alvarito y Manón decidieron esperar una semana, por si Martín Trampa contestaba; pero no contestó...

III

EL TESORO

Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha y la andre Mari. Habían oído claramente que andaba gente en la cueva.

--¡Levántate!--le dijeron las dos mujeres.

Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió lo más rápidamente posible.

--Vamos a ver quién es--dijo, fingiendo serenidad en la voz.

--No, no--replicó la andre Mari--; lo que tenemos que hacer es encerrarnos en este piso con llave. Manón está dormida.

--Mejor sería llamar a la guardia del Reducto--murmuró la Tomascha--. Desde la ventana podemos gritar.

--No, no--dijo la andre Mari--; no vaya a resultar que sea algún gato y se burlen de nosotras y nos tengan por unas viejas locas.

Con el rumor de las voces Manón se despertó y apareció en la escalera, preguntando de qué se trataba.

--Hay gente en la casa--le dijo su tía.

--Pues vamos a ver quién es.

La muchacha se puso una bata, cogió el farol con el que solía hacer la ronda nocturna con su abuelo y comenzó a bajar decididamente la escalera.

Alvarito la siguió con un garrote en la mano; las mujeres, al ver a los dos muchachos tan decididos, fueron también bajando las escaleras tras ellos.

Manón y Alvarito recorrieron la tienda, los almacenes y el patio y no encontraron a nadie.

--Quizá en la cueva se haya encerrado el ladrón.

Entraron en la cueva. A la luz del farol vieron las figuras de cera apoyadas en la pared con un aire extraño. La arpillera que cubría el grupo de los Asesinos había caído y el Asesino joven sacaba el brazo, armado con su puñal. La presencia de aquellas repugnantes figuras de cera renovó la obsesión de Alvarito; le produjeron espanto, y en medio de la noche, y en la cueva, y a la luz vacilante del farol, casi le dieron más terror que si fueran verdaderos ladrones que hubieran entrado en la casa.

Al volver a su cama, Alvarito reconoció en su fuero interno que, aunque aparentemente había quedado bien, en el fondo había tenido mucho miedo. Se avergonzaba, al mismo tiempo, de su cobardía y se asombraba de sus momentos de valor.

Al día siguiente, cuando Alvarito fué a su despacho, pudo notar señales de pasos en el patio. La noche antes había llovido y quedaban huellas de unas botas y el barro ya seco. No era, pues, ilusión el que hubiese habido gente dentro de casa por la noche, sino un hecho cierto.

Ahora, por dónde había entrado y por dónde habían salido, era lo que no comprendía, porque en el portal no había huellas y el cerrojo de la puerta estaba por la mañana echado.

Alvaro supuso si los ladrones, o lo que fuesen, se habrían descolgado por la pared del patio, o quizá por el tejado. Todo esto le dió a Alvarito gran miedo. La andre Mari y la Tomascha se alarmaron mucho al saber que era cierta la entrada de los hombres en la casa y decidieron que fueran a dormir al almacén Quintín y un primo suyo zuavo.

Este primo de Quintín era Max Castegnaux, supuesto hijo de Chipiteguy, que había llegado a sargento en el ejército de Argelia, y que estaba retirado y tenía un destino en el Ayuntamiento.

Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y grande, tenía aire marcial y una frente abombada un poco de carnero. Max gastaba bigote y patillas. Llevaba sombrero de copa de alas muy anchas, levita de mangas largas y estrechas y un junco, colgando en el botón del chaleco.

Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda en unos catres, cada uno con la pistola cargada, al alcance de la mano. Max y Quintín pensaron en poner dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios extraños, para asustar al que pretendiera entrar en la casa.

La guardia de los hombres no era muy eficaz.

Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada uno su botella de vino a la trastienda, y después de jugar una partida y de beberse el vino, se echaban a dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo los hubiera despertado.

Unos días después de los ruidos y de la alarma y de inaugurar la guardia en la trastienda con Castegnaux y Quintín, Frechón, considerándose ofendido al ver que en la casa se daba más importancia a Alvarito que a él, se despidió.

Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer el espionaje de Frechón, tenían que ver lo que había guardado el abuelo en la cueva.

Fueron los dos con un farol y notaron que había un sitio con la tierra removida. Cavaron allí y comenzaron a aparecer barras de plata, pintadas de negro, y trozos de oro, envueltos en trapos.

En el agujero había también un cantarillo.

--¿Qué habrá aquí?--se dijo Alvaro.

--A ver, vacíalo.

Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su interior un montón de esmeraldas, de zafiros y de topacios.

A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores.

--Es un tesoro--murmuró Alvaro.

--Sí, pero no podemos tocarlo--dijo Manón.

--¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo como estaba.

Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas y la enterró de nuevo. De pronto creyó que había alguien que le estaba mirando; pero era una de las figuras de cera.

Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron que salían de la cueva de Alí Babá y de sus cuarenta ladrones.

La existencia del tesoro influyó en la imaginación de Alvarito. Supuso que, así como en los cuentos antiguos había un dragón que guardaba un tesoro y una princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes.

El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las feas figuras, el Orfeo de las bestias inmóviles, el domador de los espectros asquerosos y repugnantes, y después de vencerlos, huiría con la princesa y con el tesoro.

Unos días después soñó que se encontraba delante de una puerta disparando tiros contra alguien que quería asaltar la casa.

IV

LOS VIEJOS DE LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY

Grandes comentarios se hicieron entre los amigos acerca de la desaparición de Chipiteguy. En la tertulia de madama Lissagaray se habló mucho del caso, y, sobre todo, los viejos y las personas sesudas discutieron y expusieron sus opiniones.

Había variedad de hipótesis. La mayoría consideraba que el secuestro tenía un carácter político, y, según sus ideas, lo achacaban unos a los carlistas y otros a los masones.

Algunos no creían que se tratara de maniobras políticas, sino de motivos personales.

Uno de los que acusaba a Frechón como autor o, por lo menos, cómplice del secuestro, era Pascual Joliveau, el Robinsón Crusoé del baile del día de San Martín.

Joliveau tenía su tienda de herbolario en el piso bajo, en casa de madama Lissagaray. Joliveau era soltero, de unos treinta y tantos años, grueso, rubio, pálido, pesado e imberbe, con las orejas grandes y las manos enormes.

Era, además, tartamudo.

Joliveau ganaba dinero con su tienda. Era muy trabajador y un poco entrometido en cuestiones de medicina. Creía que sabía mucho, y también lo creía la gente de la vecindad.

Los enemigos suyos decían que como en la misma calle vivía un médico que le había denunciado una vez por intruso a Joliveau, y a quien éste tenía odio, había puesto un anuncio en la tienda, que decía así:

"Herbolario: No confundirle con el charlatán de enfrente."

La anécdota era perfectamente falsa.

Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos y por los boticarios de la época, porque comenzaban a emplear principalmente remedios químicos y olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de curar todas las enfermedades con la angélica, con la valeriana, con la pulsátila, con la genciana.

A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina, la ruda o el cornezuelo de centeno; pero había estado a punto de ser procesado por una de estas recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia.

Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía cepillos de dientes y lavativas.

Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz, había acogido en su casa a un hombre llamado Doyambere, antiguo relojero tronado, viejo mixtificador, que afirmaba poseer magníficas minas en España y tesoros en el Banco, probablemente tan reales como las minas.

Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura de cera. Le recordaba al Fualdés de la colección de Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy suspicaz y muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más que en la cocina, y poca. Para legitimarse durante el invierno, encontraba que en todas partes donde se encendía fuego había demasiado calor.

Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su casa o en la calle, las llaves viejas que no abren ninguna puerta, las pelotas, los trozos de vela, las horquillas, etc.

Joliveau no creía más que en las malas intenciones de la gente, y aun así le engañaban siempre.

Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre misterioso; el relojero tronado, que había hecho creer a todo el mundo que poseía minas y tesoros, y que, probablemente, no tenía un cuarto.

Doyambere había sido el bohemio de la relojería; durante muchos años había recorrido Francia, España e Italia a pie, arreglando relojes. Contaba cosas extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes, misterios y horrores.