Las figuras de cera: novela

Part 15

Chapter 154,060 wordsPublic domain

Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba ya lleno. Las tres amigas hicieron mucho efecto. Solamente podía competir con ellas Sonia Volkonsky, vestida de zíngara, con un traje de seda de colores, la falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares en la garganta, pulseras en los brazos y una pandereta en la mano.

Entre los hombres había algunos disfraces curiosos: Pedro D'Arthez iba con un muscadín del Directorio, con un traje elegantísimo; Montgaillard, de bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de Arlequín; había también un chino y un negro, y el que daba la nota cómica era un herbolario de la vecindad de madama Lissagaray, Pascual Joliveau, que iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un traje hecho de hojas de árbol, un sombrero y una sombrilla de lo mismo y un loro de verdad en el hombro.

Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario; pero éste estaba satisfecho al ver que llamaba la atención.

Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general, estuvo muy contento.

A los amigos les chocó que mientras Montgaillard se alejaba de Manón, el vizconde de Saint Paul se acercase a la muchacha y se pusiera a cortejarla.

El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco. Había tomado el hábito de mostrarse frío e indiferente y ligeramente burlón.

El vizconde era hombre serio, guapo, un poco taciturno para su edad y nada amigo de charlar a tontas y a locas, como Montgaillard. Saint Paul tenía aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no se mortificaba ni se ofendía su amor propio con verse al lado de una mujer sin decir palabra. Quizá en un caso así creía que la culpa era de la que se hallaba a su lado y no la suya.

--El vizconde está muy bien--dijo Morguy a Manón--; pero será un amo para su mujer.

--¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar con él.

--¿Quién sabe?

Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera, se miraron como rivales, con gran desprecio, y se manifestaron cada vez más hostiles. Manón bailó con varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo, Montgaillard dijo una de las veces en voz alta:

--Estas mujeres que son capaces de estar tres o cuatro horas bailando no se diferencian mucho de las cocineras.

Ella le oyó y contestó:

--Los hombres que insultan a las mujeres no se diferencian mucho de los lacayos.

El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había oído la frase de Manón y se levantó.

--¿Te han insultado?--dijo--. No lo permitiré yo.

--Gracias, don Eugenio--contestó ella, riendo--. Es una frase que hemos leído hoy en una novela y la repito.

Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta y éste se engalló, como en sus buenos tiempos, y contempló desdeñosamente al joven.

En uno de los descansos del baile, Montgaillard quiso obtener una explicación de Manón y la detuvo en el pasillo; pero ella le empujó violentamente con desprecio.

Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un poco sorprendido de la impertinencia del muchacho. Vió que Manón era cortejada por Saint Paul y que Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el caballero de Montgaillard.

Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla, madama Lissagaray avisó a sus invitados para que pasaran al comedor a tomar algo. En este momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio.

--Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta--le dijo.

--¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa zíngara?

--Sí, el mejor día le van a dar a usted un disgusto. Quizá lo mejor que puede usted hacer es marcharse de aquí.

--¿Es eso serio?--preguntó él, asombrado--. ¿Qué quiere usted decir con eso, señora?

--Todos sus proyectos están conocidos.

--¿Es que usted se dedica a la política?

--No; es verdad que soy carlista, pero tengo otros motivos para tener odio contra usted.

--¡Odio! ¡Contra mí! Yo no la conozco a usted.

--Pues yo sí le conozco a usted.

--¿A mí?

--Sí.

--¿Es una broma?

--No.

--Entonces, eso merece una explicación.

--No aquí.

--En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca.

--Dentro de una hora estaré allí.

--Muy bien.

--Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré.

-¿Qué podía ser esto?--pensó Aviraneta--. ¿Qué podía haber de común entre aquella mujer y él?

Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón, contempló como se bailaba y, cuando vió que la condesa de Hervilly se despedía, se levantó él al poco rato y se fué rápidamente a la fonda.

Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola cargada en el bolsillo; luego se arrepintió y la dejó en el cajón de la mesa; bajó al primer piso, llamó en el cuarto de la condesa y, al oír que decían adelante, pasó adentro.

Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con su traje de zíngara. Llevaba unas joyas magníficas, unos brillantes en los dedos que lanzaban destellos de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa.

--Siéntese usted, don Eugenio--dijo ella.

Aviraneta se sentó.

Ante aquella belleza espléndida, el conspirador, viejo, flaco, pequeño, vestido de negro, parecía un cuervo.

--Estoy segura de que se encuentra usted intrigado con esta cita--exclamó ella.

--Es cierto.

--Y quizá asustado.

--No me conoce usted, condesa--replicó sonriendo, Aviraneta.

--¿No ha traído usted armas?

--¿Para qué? No creo que quiera usted batirse conmigo.

--Podía prepararle una emboscada.

--¡Bah, en un hotel! Ahora, si quiere usted decirme por qué me llama...

--Necesito oír una explicación de usted.

--Yo también necesito explicaciones.

--Usted conoció a mi padre en Méjico.

--¡Yo, a su padre!

--Sí.

--¿Cómo se llamaba?

--Ladislao Volkonsky.

--¿Es posible? ¿Usted es hija de Volkonsky?

--Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda. De Coral Miranda, a quien usted calumnió.

--Es falso--gritó Aviraneta.

--Usted estorbó la boda.

--Es falso también.

En este momento entraron en el cuarto el conde de Hervilly y el caballero de Montgaillard.

Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo.

--¿Qué gritos son esos?--preguntó el conde.

--No pasa nada, señores--dijo la condesa--. El señor Aviraneta se está explicando conmigo.

Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y éste les miró de arriba a abajo con desdén.

--Váyanse ustedes--repitió la condesa.

Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos marchar siguió hablando.

--Sí--dijo--, Volkonsky fué amigo mío y yo le quería. Volkonsky no sabía que usted existiera. Además, Volkonsky quiso casarse con su madre. Ella fué la que no quiso, porque él era pobre.

--Miente usted--exclamó ella.

--No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en mentir?

--Legitimar su conducta.

--¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué ella la que no se quiso casar con él. Ella era rica, de una familia orgullosa e influyente; él, aunque de una estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un pobre aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso unir su vida a la del polaco, y cuando su padre de usted se casó con una muchacha sencilla y modesta, su madre de usted le preparó una celada e hizo que le mataran y mandó cortarle la mano.

--Invenciones.

--No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo he visto el cadáver de su padre en la finca de los Mirandas.

--Mi madre era una mujer angelical.

--Era una mujer diabólica y perversa.

--El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se toda la verdad. Mi madre me contó toda la verdad.

--Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla.

--Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky de niña y que la había seducido. Estando embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo socio de varios españoles para explotar unas minas, y entonces un español, que le pretendía a mi madre, y a quien ella despreciaba, le habló a Volkonsky, le engañó, le dijo que ella había tenido amantes y, no contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de las minas. Ese español, ¿sabe usted quién era? Era usted, señor Aviraneta.

--Todo eso es un tejido de embustes, digno de la que los inventó--gritó Aviraneta--. Nada de eso es verdad. Mentira, todo mentira y mil veces mentira. Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que recordarán aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos a ellos. Pero no hay necesidad. En Burdeos hay un comerciante español que vivió en Méjico en aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a ver, le interrogaremos. El sabe la historia de Volkonsky y la mía... Pero ni aun eso es preciso, porque yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después de la muerte de Volkonsky.

--¿Usted conserva cartas de mi madre?

--Sí, y de su padre también--contestó Aviraneta excitado--. Ahora dígame usted cuándo, en dónde, ante qué testigos quiere que le enseñe esas cartas. ¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es cierto?

--Sí.

-Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul, le mostraré esas cartas; que vaya su esposo, el conde; yo llevaré otro testigo: ¿Usted tiene alguna carta de su madre?--preguntó don Eugenio.

--Sí.

--Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces, tregua.

La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró:

--Muy bien. Hasta dentro de tres días.

Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente y salió del cuarto.

Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió de su archivo un paquete de cartas.

Tres días después de la entrevista citó a la condesa en el Consulado.

La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos estuvieron el conde de Hervilly y el señor Mazarambros. La condesa se presentó a la hora señalada. Vestía un traje gris y llevaba su collar de perlas.

Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó de qué le acusaba la condesa a él, lenta y reposadamente.

--¿Es esto de lo que me acusa usted?--preguntó a la condesa, después de hacer la relación con toda clase de detalles.

--Sí.

--¿Ha traído usted alguna carta de su madre?

--Sí.

--¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas que yo tengo es igual a la de las cartas que guarda la señora condesa?

Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la letra. Era la misma.

--Ahora, léanlas ustedes en voz alta.

Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez profunda en Sonia, que le hacía más hermosa; los ojos, azules obscuros, brillaron con más resplandor, y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar la emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas tomaron su color y volvió a su aspecto normal.

Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral Miranda aseguraba a su querido Eugenio que nunca había tenido amores, ni siquiera amistad, con Volkonsky; que el polaco era un miserable que había querido abusar de ella cuando era niña; que ella no sabía lo que había sido de Volkonsky y que le esperaba a Eugenio llena de ansiedad y de amor.

La condesa oyó, llorando, estas cartas.

--Es falso, falso--exclamó con rabia varias veces.

--No, no--le dijo su marido--; es verdad, no hay duda alguna.

--Ahora, si todavía queda duda--exclamó Aviraneta--, aquí guardo cartas de él, de Volkonsky. ¿Quieren ustedes verlas?

La condesa no contestó. El conde tomó una de las cartas y la leyó despacio y se la devolvió a don Eugenio.

--Mi querida--dijo a la condesa fríamente--, este asunto está resuelto. El señor Aviraneta ha sido calumniado. El señor Aviraneta es una persona honorable y hay que reconocerlo y darle una satisfacción.

--Todos estamos de acuerdo con las palabras que ha dicho el señor conde--repuso Gamboa.

Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa:

--Yo no pretendo, señora, que me conceda usted su amistad; fuí amigo de su padre, que era un corazón noble y generoso. Como digo, no pretendo su amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme odio.

--Fué usted enemigo de mi madre--murmuró la condesa, pálida y demudada--; para mí, eso basta.

Aviraneta había ganado la partida y salió de la sala del Consulado, pálido, sonriendo con una sonrisa irónica.

Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no vió a Aviraneta. Ella y su marido cambiaron de hotel, lo que a don Eugenio alegró.

Al cabo de un par de meses la condesa volvió a aparecer en casa de madama Lissagaray. Aviraneta no la hablaba; pero ella se acercó a él.

--No crea usted que me he olvidado de lo que ha pasado entre nosotros dos.

--Lo comprendo--dijo don Eugenio.

--El que haya conocido usted a mi padre y a mi madre me atrae hacia usted. A mi padre no le he conocido; a mi madre la vi solamente tres veces en toda mi vida. ¿Era hermosa?

--Muy hermosa.

--¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera usted querido hubiera usted perdonado todo.

--Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en Méjico era joven aún, pero no un muchacho enamoradizo. Había hecho seis años de guerra de la Independencia, había rodado por el mundo y estado varias veces a punto de ser fusilado. No era un doncel.

--Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón. ¿No?

--Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más poeta, más niño.

--Más bueno que usted.

--Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego.

--Usted es implacable.

--Implacable, no.

--Sí, implacable.

--¿Y ella, no lo era? Me persiguió a mí, le persiguió a su padre con saña. Tenía ese fondo vengativo y rencoroso de los criollos. Odiaba a los españoles, como todos los Mirandas.

--Yo también los odio.

--¿Con motivo?

--Sí.

--¿Qué motivos puede usted tener?

--Las crueldades de los españoles con los indios.

--¡Bah! ¿Y quién las ha hecho? ¿Los españoles que se quedaron en España, o los españoles que fueron a América y se convirtieron en americanos? Estos últimos son los hijos de los conquistadores, de los que hicieron todo lo bueno y todo lo malo que los españoles han hecho en América. Es ridículo que ellos ahora se disfracen con la piel del indio... Perfectamente ridículo. Se avergüenzan de tener sangre de indios y quieren pasar como sus herederos.

--Ustedes han sido muy crueles.

--¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna y fríamente con los indios tantas barbaridades como los españoles? ¿Y los ingleses, que han exterminado razas enteras? ¿Y los franceses, que después de la revolución y de las monsergas de la libertad, igualdad y fraternidad han sido los mayores proveedores de carne negra en América? ¡Bah, yo me río de eso!

--Yo soy americana, y veo a los españoles como los enemigos de mi país.

--Es una preocupación. Toda esa epopeya americana de la Independencia es falsa.

--Es lo que les conviene decir a ustedes.

--No. Es la realidad. La independencia de América fué una guerra civil entre los españoles de las colonias y los españoles enviados por la Monarquía. Los indios, los verdaderamente americanos, eran los que no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número casi siempre mayor de indios en los ejércitos realistas que en los republicanos. En la batalla de Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor entre los españoles que entre los americanos. A los indios, ¿qué les importaba la independencia? En el fondo no cambiaban más que de amo.

--No hablemos de política.

--Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo que habrá usted quedado convencida de que mi conducta con su madre no fué traidora ni infame. Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con Coral Miranda. Ella era rica; yo, pobre.

--¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No sé si le perdonaré a usted, Aviraneta. No sé.

--Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un gran porvenir por delante. Yo ya soy viejo y no creo ni pienso estorbarle a usted.

--Ya veremos.

El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando con don Eugenio, miraba a los dos con desconfianza. ¿Qué extraño capricho podía tener ella de conversar con aquel hombre sombrío y tétrico?

--Hay quien se siente celoso de que hable usted conmigo--dijo Aviraneta sonriendo.

La condesa contempló a su interlocutor atentamente y se levantó.

Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio.

--Señor Aviraneta--le dijo.

--¿Qué ocurre?

--¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón?

--¿Qué pasa?

--Que Chipiteguy ha desaparecido.

Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a la casa del Reducto.

Hacía ya un día entero que el viejo no aparecía por parte alguna.

Manón y Alvarito habían ido de acá para allá preguntando por el viejo. La andre Mari y la Tomascha se dedicaban a lamentarse y a decir que ellas ya habían previsto aquella desgracia.

Se preguntó en las cuadras de alquilar caballos, por si el trapero había tomado alguno para hacer compras por los alrededores; se fué a ver a Automendy, un alquilador de coches de la Puerta de España, conocido de Chipiteguy; se habló a todos los amigos del viejo. Nada dió resultado.

Al día siguiente se avisó a la policía.

La desaparición de Chipiteguy de la casa del Reducto produjo gran efecto entre sus conocidos.

Se habló de la masonería, de una sociedad secreta republicana que se llamaba las Estaciones, que quizá le había dado una comisión; hubo quien sacó a relucir a los jesuítas.

Pasaron días y más días y no hubo noticia alguna. Chipiteguy definitivamente había desaparecido.

QUINTA PARTE

EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY

I

EN LA REGATA DE INZOLA

Una mañana de invierno, tres hombres agazapados detrás de una gran peña, al comienzo de un robledal próximo a Vera, en un lugar llamado la regata de Inzola, estaban espiando el paso de alguien.

Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados solitario y sombrío, un gran barranco, por en medio del cual corre el antiguo camino de Vera a San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen que es calzada romana, a pesar de que la gente le llama de Napoleón, porque supone que la mandó hacer el emperador de los franceses para pasar sus cañones al entrar en España.

Este barranco, con grandes robles y con rincones húmedos y obscuros de monte bajo, se va inclinando hacia Francia. Desde algunos de sus puntos se distingue el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el fondo corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente del monte Larrun y va a unirse al pequeño río llamado la Nivelle, que sale al mar en San Juan de Luz. El camino que une a España y Francia por esta parte va trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, con las antiguas losas de la calzada bien conservadas; en parte, roto y destrozado e invadido por las zarzas.

Aquella mañana en que los tres hombres, apostados detrás de una roca, preparaban una emboscada, el cielo aparecía obscuro, con nubes de color de tinta; caían grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, estaba lleno de barro, más abandonado y desierto que de ordinario. En algunos puntos el arroyo inundaba la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta metros.

No había nadie por los alrededores. A veces llegaban por aquellos vericuetos partidas carlistas a vigilar la frontera y también solían verse las boinas rojas de los chapelgorris.

Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal de Inzola eran un hermano de Bertache, apodado Martín Trampa; el criado de éste, a quien llamaban Malhombre, y un compañero de aventuras de ambos, Perico Beltza o Perico el Negro.

Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre de su casa, Bertache, apodo común a su hermano Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por sí bastante significativo.

Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de aire audaz, cara redonda, pómulos salientes, ojos negros y sombríos, labios delgados y expresión ladina. Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica, le denunciaba cuando quería aparecer como cándido e inocente.

Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él se contaban rasgos de valor y de energía.

El oficio de Martín, al menos el que practicaba en público, era tratante de ganado. Vivía en la casa de sus padres, llamada Bertache, en Almandoz, con su mujer, sus hijos, su hermana y su madre.

Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia por los caminos, montaba a caballo, con su blusa negra y su bastón, la _maquilla_ vasca, con la correa en el puño.

Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan Echenique, alias Malhombre, era digno de su amo por todos conceptos. Vivía también en Almandoz, donde tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, y confesaba sin rebozo que desde niño había tenido una afición decidida al robo.

--Muy pobre debe ser esta casa--decía una vez, refiriéndose a un caserío en donde había estado.

--¿Por qué?

--Porque ni por casualidad he encontrado en ella nada que robar.

Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, expresión suspicaz y maquiavélica. Tenía muy aviesa intención.

Se decía de él en el pueblo que había sido durante su juventud un muchacho apacible y humilde. Poco antes de la guerra estuvo de criado de un arriero, e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona y al contrario.

En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas en el país, robó una escopeta en casa de un labrador rico de Almandoz y se echó al monte, a unirse con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de la entrada y le preguntó con alguna sorna:

--¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje?

Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, pegó un tiro al campesino, lo dejó muerto y siguió andando.

Malhombre era un tipo de estos de revolución o de guerra, aspirantes obscuros a energúmenos y a asesinos, que viven durante muchos años una vida resignada y tranquila y un día se sienten fieras y matan o roban o degüellan, asombrando a los que les conocen, que no pueden pensar que lo normal en ellos es ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles.

Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad siniestra. Un año o dos después de echarse al campo estuvo en Francia preso, no se sabía a punto fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente criminal que le enseñó sus mañas.

Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese podido vivir un antiguo capitán de bandoleros. Alimentaba su vaca en los prados de los vecinos, cogía las habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. Malhombre merodeaba de noche y producía terror en la aldea. El chico o la chica que lo encontrara al obscurecer en el camino cortando hierba en algún campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre le amenazaba con la guadaña, porque le gustaba aterrorizar a la gente.

Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza, con otro cómplice suyo que vivía en la venta de Odolaga, cerca de Pamplona, solían apostarse en el alto de Velate, enmascarados o con las caras tiznadas para que no los conocieran, y esperaban allí a robar a los viajeros.

Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos robados, y en una noche Malhombre andaba a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los productos del robo en sitio seguro e insospechable, muy lejos del lugar de la fechoría.

Para esto, naturalmente, los tres hombres necesitaban cómplices, y los tenían, según aseguraban, entre personas de posición, que guardaban el producto de los robos.

Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. Algunos aseguraban que los tres hombres no se contentaban con robar, sino que en ocasiones también mataban.

Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad de desvalijar los coches. Se decía que para esta labor se hacían pasar por carlistas, y que a ellos y a Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, que solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable y su boina blanca. Esta chica, la Puri, era una muchacha muy esbelta, rubia y bonita. La Puri hacía su papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica trataba a su padre con respeto; para ella Juan Echenique no era Malhombre, sino un buen hombre.