Las figuras de cera: novela

Part 14

Chapter 144,073 wordsPublic domain

A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la malevolencia de las gentes. Se extrañaba de que no hubiera afecto entre aquellas personas. Casi todo el mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la vida?

A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por los otros, y que su amor y su simpatía le hubieran sido devueltos por los demás; pero, al parecer, tal amor recíproco era imposible. La gente, la mayoría que le rodeaba, era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el gran afecto que iba tomando a Chipiteguy, que se mostraba con él amable y efusivo...

Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué un plantel de mujeres guapas. Estaban la condesa de Hervilly, una belleza rubia, con la señora de Vargas, morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con su aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como una figurita de porcelana; Rosa con su tipo de mujer meridional, y Manón, rubia, alegre y alocada.

Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes, algunos dandys, el vizconde Saint-Paul y el caballero de Montgaillard, que era de los que tenían más éxito.

Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente de que el caballero de Montgaillard hiciese la corte a Manón; todo lo hacía pensar así; pero de pronto entre el joven y la muchacha se manifestó una gran hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la condesa de Hervilly.

--Es un imbécil--dijo Manón con una rotundidad muy suya--; cree que todo el mundo, empezando por las mujeres, deben tener las condiciones que a él le faltan de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya al diablo!

A su vez el caballero parece que dijo repetidas veces:

--¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan malas?

El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly.

Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en Bayona, se había hecho conocido de todos. Se le veía con frecuencia con el marqués de Lalande y con el príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una misión secreta dentro del carlismo.

Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard en seguida. Era una mujer tan inteligente que no se le podía escapar nada.

La superioridad de Manón se manifestaba en todos los órdenes de la vida, según el joven Sánchez de Mendoza. El se reconocía muy inferior a su lado; Manón aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio, Alvarito carecía por completo de él y tardaba en coger una canción cualquiera y no sabía tararear bien el _Himno de Riego_ o la _Marsellesa_.

Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía con rapidez extraordinaria; las tocaba en seguida al piano y las tarareaba, dándolas mucho aire, pero no quería estudiar.

--Yo únicamente estudiaría--solía decir desdeñosamente--si me oyesen y me aplaudiesen; pero, para que me oigan mi tía María y la Tomascha, no vale la pena.

Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo conquistar aquella muchacha caprichosa, independiente y llena de seducciones? ¿Cómo convertir la mujer de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su fuero interno que no podía competir con ella en nada.

Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard, Manón escuchaba a Alvarito con más atención y le manifestaba mayor amistad.

Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía en una colección encuadernada y con láminas. Alvarito encontraba a Manón en las heroínas de todas las novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de _Rob Roy_; Mina y Brenda, del _Pirata_; Julia, de _Guy Mannering_; Edith, de _Los Puritanos de Escocia_; Lady Rowena, de _Ivanhoe_, y Amy Robsart, de _Kenilworth_.

Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a Manón y era muy feliz. Tenía la andre Mari, una señora pariente que vivía en la calle de la Torre de Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la casa de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy le enviaba a Alvaro a acompañarla.

Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de España, donde se amontonaban coches de alquiler de todas clases y salían al campo. Otras veces marchaban por la muralla viendo los glacis verdes, con sus cañones y sus morteros, y las viejas torres del antiguo muro galo romano.

De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras y desiertas, iluminadas por algún lejano farol colgado de una cuerda y luchaban contra las ráfagas de aire encajonado que silbaba en las esquinas.

Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así iban, riendo de la fuerza del viento, hasta llegar a la plaza del Reducto.

Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia, de los recuerdos de la infancia.

Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo había vivido antes.

No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su casa, para que no viera aquellos pobres muebles ridículos que ellos tenían; pero a Manón la pobreza no le importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no, pero que no tenía nada que ver con la dignidad.

Manón y Alvaro no estaban conformes en nada. Cuando Alvarito decía que él era monárquico y católico, ella afirmaba con petulancia que era jacobina y librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota, ella replicaba que no se sentía francesa, sino vasca, y que tenía sangre de brujos.

Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y de una espontaneidad grandes, no podía acordarse con un temperamento más calmado, más inquieto, como el de Alvarito.

Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella.

Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas. Le hablaba mucho a Alvarito, le consultaba, y algunas veces condescendía a tocar el piano sólo para él.

A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía a su tía María con dulzura:

--No quiero estar en casa. Me aburro con vosotras.

En general, él la encontraba en un plano más alto. Alvarito reconocía que esto no dependía de sus medios de fortuna; que la superioridad de la nieta de Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino en la personalidad.

Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio, era más perseverante, más fiel.

Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad. Era como una planta lozana, llena de savia; en cambio, él no: era una organización más pobre.

Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel; quizá a veces se sentía superior. Rosa no tenía condiciones para las artes; ni la música, ni la literatura le entusiasmaban.

Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía porque no se atrevía a ser sincera. Le faltaba principalmente intuición. Los juicios suyos dependían de lo que oía alrededor.

Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su madre se le veía muchas veces ruborizarse por cualquier cosa y balbucear algo en confusión. Entonces era cuando estaba más guapa. La señora de Lissagaray sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante como Manón; pero esta inferioridad de su hija, para ella era una ventaja y no un inconveniente. Era indudable que para ser una burguesita casada con un comerciante no se necesitaba para nada ser original. Es más: esto casi era un inconveniente.

Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes en sus ideas y discutían sus respectivas opiniones; Manón, con imperio, y Rosa, con su manera tímida y apocada, aunque tenaz. Manón consideraba que el amor debía ser una cosa alegre y divertida y siempre nueva.

--No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y coquetear.

En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter. Era la abnegación, el sacrificio, la fidelidad al ser amado.

--Hablas como un libro--decía Manón--; pero todo eso debe ser muy fastidioso.

Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía, el respeto a la mujer, el no engañar, el sostener la palabra a toda costa eran sus dogmas.

Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por su abolengo aristocrático, tan exaltado por su padre, por la sangre de los Sánchez de Mendoza y de los Montemayor.

Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas elevadas de la vida, era para él una religión, una especie de misticismo que le alentaba y le sostenía y le hubiera impedido cometer una vileza e impulsado a intentar una heroicidad.

Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente, al volver, de noche, de la casa de la pariente de la andre Mari, a donde iba Manón.

Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro, de los amigos y de las amigas. Manón no tenía entusiasmo por el matrimonio.

--Anularse ante un hombre--decía ella--, no me parece un ideal.

--Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones--dijo Alvarito, que era profundamente conservador.

--¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más que para ella?--le preguntó Manón.

--A mí, sí.

--¿Todas las horas, todos los días?

--Sí.

--¿Todos los minutos?

--Sí.

--¿No tener más pensamientos que para ella?

--Sí.

--¿No tener nada oculto?

--Nada.

--Pues, chico, a mí, no. Yo siempre quisiera tener libertad.

--¿Libertad? ¿De qué? ¿De ir y venir?

--No sólo de eso, sino libertad también de querer.

--¿De querer y de no querer?

--No; libertad de querer una vez más, otra vez menos; libertad de olvidar por momentos...

--Pero eso lo da la misma vida, creo yo; la edad, las ocupaciones...

Manón se echó a reír.

--¿Por qué te ríes?--preguntó Alvaro.

--Porque pareces un viejo; discurres demasiado bien.

--No tengo tu exuberancia; tú tienes más vida que yo y más talento.

--¡Bah!

--Sí. Todos lo notan. Pedro, el hermano de Morguy, dice que tú tienes una turbulencia insaciable y una versatilidad tal, que eres capaz de volver loco a cualquiera.

--¡Qué majadero!

--No; es verdad. Todos los demás somos más tranquilos que tú.

--Sí, mosquitas muertas, como dice mi abuelo. No hay que fiarse del agua mansa.

--¿No te fiarías de mí?

--Sí, sí. ¿Por qué no?

--Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero no una mujer confortable.

--Y él, ¿qué es? Un imbécil.

Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de Morguy el no haber caído, como los demás, rendido a sus pies.

IV

LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO SÁNCHEZ DE MENDOZA

Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían la casa y trabajaban, el uno llevando cuentas en el despacho mugriento y triste de Chipiteguy, la otra encorvada sobre el bastidor bordando para la Falcón, el padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza y Montemayor se dedicaba a las labores propias de su condición de noble hidalgo, que consistían, principalmente, en no hacer nada y en divagar por los amenos campos de la política, de la genealogía y del blasón de los Sánchez de Mendoza.

La política le preocupaba a don Francisco Xavier. ¿Qué iba hacer él? Era un hombre importante. ¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que coloca a unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles.

El hidalgo estaba convencido de que le perseguían los agentes del cónsul de España, los marotistas y los masones. Había una guerra a muerte entre la masonería y él.

El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la calle; comprendía que se hacían signos masónicos en los cafés y que había señales en los balcones de las casas, con pañuelos de color, y de noche con luces. Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba.

Otra cosa que le preocupaba hondamente era el cargo de Alvarito en casa de Chipiteguy.

¿Después de haber sido su hijo empleado en una trapería, se podía cruzar caballero? ¿Podría pertenecer a las órdenes militares? Temía que no. Era algo terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy, en la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón por más señas; algo casi tan terrible como la barra de bastardía que aparecía ¡estaba probado! en la rama de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué diría su amigo el duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría la noticia hasta don Carlos?

El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado que quizá si él hubiese trabajado, su hijo no hubiera tenido necesidad de entrar en la tienda de hierro viejo; pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble, y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía la culpa?

La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito, pobre mujer flaca, triste, de color de limón, sin alegría alguna, con el convencimiento íntimo de que su vida no podía ser más que una serie de desdichas, larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido como a un oráculo.

Don Francisco Xavier la había convencido de que él era hombre importante y de que, además, la amparaba, tendiendo sobre sus hombros un manto protector. Al pensar algunas veces en esto, don Francisco Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo un manto y se figuraba, conmovido, que efectivamente amparaba a su mujer.

Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hidalgo se lavaba él mismo los pañuelos y los cuellos en la palangana, hacía que su hija los planchara, se ponía su sombrero chambergo y su capa y se marchaba a distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero; paseaba por delante de los escaparates de las calles céntricas, donde se estudiaba para ver su prestancia; miraba trabajar al relojero o al guarnicionero; saludaba a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías y lencerías de la calle de España, que eran carlistas, y compraba dos cuartos de tabaco en un cucurucho de papel de periódico, que ponía en seguida en una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de Mendoza.

Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era café y estanco. Cuando tenía dinero se sentaba en una mesa a tomar café. El Pequeño Suizo tenía en el escaparate, entre pipas y eslabones, una figura de cera, un hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul con galones dorados, pantalones blancos, botas de montar, negras, y una pipa de barro muy larga en la mano derecha.

Era uno de los grandes placeres de Sánchez de Mendoza pasarse el tiempo en el Pequeño Suizo tomando café y hablando.

Los parroquianos del café eran criados, cocheros, mozos de cuadra, horteras y algunas muchachas que trabajaban en los almacenes, público que gustaba a Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más en teoría que en la práctica.

Otro de los centros de reunión del hidalgo era la guitarrería del Sevillano.

El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre bajito, con aire de torero, que había dejado Córdoba, donde vivía últimamente por la malquerencia de los liberales, que habían creído que Juan Manuel había tenido relaciones con las tropas de Gómez.

Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse con su blusa blanca y tocar y cantar con mucho arte.

Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran ido más si la mujer del Sevillano, una soriana dura, no los hubiera espantado, diciendo que su marido necesitaba trabajar. Al anochecer, la guitarrería tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba la tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias y laudes; en unas estanterías se veían las cuerdas y en un rincón el torno. En la guitarrería se solía hablar principalmente de España y alguna que otra vez de política.

A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar más de su indumentaria para ir a visitar al obispo de León, llegado de Guethary; a su amigo el señor de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur Auguet de Saint Sylvain, y entonces la mujer dejaba un momento la cocina, o el harapo que estaba lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado y entre las dos acicalaban al hidalgo.

El señor Sánchez de Mendoza iba también a la tertulia del periodista inglés Mitchell, que escribió, después del Convenio de Vergara, el folleto titulado _El campo y la corte de don Carlos_, donde se atacaba violentamente a Maroto.

Este Mitchell estaba casado con una española y se decía que era judío.

Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don Francisco Xavier era de los que se presentaban con más apresuramiento a besarle el anillo.

Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista. El general Maroto le parecía un audaz revolucionario, enemigo del trono y del altar, de este trono y de este altar que debían ser intangibles, inmaculados para todo buen monárquico y católico. Esto de intangible e inmaculado lo decía el hidalgo con una voz un poco lacrimosa.

Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones; sus dos talentos principales consistían en escribir con una letra estilo Iturzaeta y en calcar escudos y después pintarlos a la acuarela. No los hacía muy bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas cada uno, poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero, dinero que naturalmente no entregaba en su casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo.

Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores trabajaba para la tienda de antigüedades de la Falcón; había aprendido a componer bordados antiguos, a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de aguja, y ganaba seis y siete francos al día. Trabajaba también algo para fuera y la señorita de Taboada le había recomendado a familias legitimistas francesas, que pagaban su trabajo con esplendidez.

A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente a su casa, el señor don Francisco Xavier no estaba contento con la posición de sus hijos. ¡Dolores, bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda de hierro viejo!

¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si vieran a sus descendientes ocupados en tan viles menesteres! ¡Qué dirían los Montemayor y los Porras! ¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de indignación en los viejos sarcófagos, ornamentados por los artistas de la Edad Media en los silenciosos claustros de las catedrales!

Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de bastardía de los Pérez del Olmo, esta rama de olmo poco segura, amargaban los instantes del monárquico aristócrata.

Alvarito, aunque no con la misma intensidad de su padre, pensaba también en sus antepasados. Creía que éstos, desde sus tumbas frías, le exhortaban a ser leal, valiente y caballero.

Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que él se los figuraba pálidos y con armaduras de acero, eran tan reales como si de veras existiesen. Muchas veces, mientras paseaba por las orillas del Adour, pedía consejo a los viejos manes de su familia.

Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los antepasados, comenzaba a sentir cierto desdén por su padre, que iba en aumento. No lo podía remediar. Le era imposible. Por más que intentaba convencerse de que los hijos tenían que respetar a sus padres, este respeto se le desvanecía a la carrera.

El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo de sus hijos, sobre todo de Dolores, como si fuera de una renta, le empezaba a molestar. No le importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha, débil, como era, se pasara las horas trabajando, inclinada en el bastidor; no era capaz de ahorrarle un poco de trabajo; al revés, le daba prisa, le hacía consideraciones sobre la premura de la obra.

El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases, cosa que ya a Alvarito le producía un comienzo de indignación.

El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando que su hijo le miraba con un aire interrogador, como preguntándole: "¿Y usted qué hace?", inventaba toda clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar a trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba nunca.

Hacia final de 1838 la campaña de los antimarotistas de Bayona se agudizó. El señor Sánchez de Mendoza, como antimarotista perspicuo, adquirió alguna importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer de don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido ya de que Maroto era un revolucionario, vendido a los masones y a los enemigos del sacrosanto trono, y del no menos sacrosanto altar, y que había reñido con él. El padre Cirilo de la Alameda, a quien los liberales impíos llamaban el padre Ciruelo, se decidió también a declarar la guerra a Maroto.

Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que veían la política de su partido como una cuestión de servidumbre para el Señor, creyeron que la ruptura con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la guerra; pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los puros, como se llamaban ellos, hablaban cada día con más odio de Maroto y con más entusiasmo de Cabrera, que era el héroe, el paladín por excelencia.

Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en blanco al hablar del caudillo de Tortosa.

Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el altar, los puros, le llenaban la cabeza de viento.

A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no progresaban. El capuchino Casares, enviado por el obispo de León con cartas, en las que se intentaba desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel. El padre Larraga y el general Uranga volvieron del extranjero sin un cuarto.

V

EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY

Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas, aunque con algunas intermitencias. A mediados de otoño, el día de San Martín, hubo en su casa un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha solía celebrarse una gran reunión.

Las muchachas tenían muchas esperanzas en la fiesta. Morguy vendría vestida de pastorcita, a lo Watteau; Rosa, con un traje del Directorio, muy bonito; Manón decidió vestirse de húsar y ponerse bigotes postizos. Como tenía la seguridad de su belleza no le importaba afearse. Los días anteriores al baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico y bailar con otras muchachas, haciendo de hombre.

Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación y de su graciosa petulancia. A Alvaro le cosieron en casa un traje de pierrot.

El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de húsar, con cuyo traje estaba guapísima, y Alvarito, de pierrot, cuando vinieron Morguy y Rosita, las dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber llorado.

--¿Qué os pasa?--les dijo Manón.

--Chica, que estamos hechas unos adefesios y no sabemos arreglarnos--contestó Morguy.

--¿Pues?

--¿No te parece que tengo la falda demasiado larga?

--Sí, sí; es indudable.

--Pues en casa todo el mundo empeñado en que no. Este traje mío es un mamarracho. Nuestras madres dicen que estamos bien y que ya no hay tiempo de cambiar.

Manón contempló a las dos amigas, una después de otra.

--Es verdad--dijo a Morguy--; tu falda está demasiado larga y el talle demasiado alto, y el peinado de Rosita y su capota están mal.

--¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?--preguntó Rosa.

--Sí. A ver, Alvarito--gritó Manón--. Dile a la Baschili que me traigan alfileres y una aguja.

Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la aguja. Manón se arrodilló delante de Morguy y descosió unas puntadas. Luego sujetó aquí y allá, bajó el talle del vestido y en una media hora arregló la falda admirablemente.

--Ahora date un poco de rojo en las mejillas y déjate unos rizos en la frente.

Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había ganado muchísimo.

--Ahora tú--le dijo a Rosita--. Suéltate el pelo en seguida.

--Pero si me han dicho en casa que era así el peinado de la época.

--Pero eso es una tontería; tú no debes pretender ser un maniquí que tenga mucha exactitud histórica, sino buscar el estar más guapa.

--¡Naturalmente!--exclamó Morguy--. Es que esta chica es tonta. Es tonta. No comprende nada. Se lo he dicho mil veces.

Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el sombrero arrancándole unos adornos.

Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron y se puso un poco de colorete en las mejillas.

--¿Cómo estoy?--preguntó Rosa a Alvarito.

--Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes.

--Bueno; pues vamos--exclamó Manón arreglándose rápidamente.

Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron a la calle.

--¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!--dijo Morguy a Manón, agarrándole del brazo--. Estarías irresistible.

Alvarito se rió.