Part 13
--Antes merendarán ustedes--dijo el amo de la casa.
--Se va a hacer tarde.
--¡No, no; ca!
Pasaron al comedor y se sentaron a la mesa, muy elegantemente puesta, con mantel antiguo, bordado, y vajilla de Sevres.
De pronto notaron que andaba revoloteando algo por los rincones.
--¿Qué es? ¿Un murciélago?--preguntó Manón.
--No, es una mariposa--contestó el dueño de la casa, y con un pañuelo logró cogerla.
La mariposa era grande y hacía un chirrido como si se quejara. Alvarito se estremeció; el aleteo de la mariposa y sus quejidos le produjeron una sensación desagradable.
--Es el _Sphinx atropos_, la mariposa de la calavera--dijo el amo de la casa.
--¡Qué horror!--dijo Rosa--. Suéltela usted. Eso debe ser de mal agüero.
--Sí, estas mariposas asustan a la gente, pero son inofensivas para las personas; no así para el campo, donde hacen muchos destrozos.
La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela.
--No, no--dijo Manón--; hay que soltarla, que viva.
--Poco vivirá--dijo el dueño abriendo la ventana y soltándola--. Algunas no duran más que una noche; el tiempo necesario para poner sus huevos.
Madama Lissagaray insistió en que era hora de volver.
Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa se sentó al lado de Alvarito y estuvo hablando con él.
--Ya ves tú--decía la muchacha--qué mala suerte tengo yo.
--¿Mala suerte? ¿Por qué?
--Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos sido educadas de la misma manera. Ella siempre tiene éxito y yo nunca.
--Tú también lo tienes.
--No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita que yo, más inteligente, más brillante. Todas las ventajas para ella y para mí nada.
--Eres muy modesta.
--No. La suerte ha sido muy generosa con ella y muy mezquina conmigo. Ella es música, es guapa, es graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin talento.
--Eres muy severa contigo misma.
--No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto.
--¡Oh! No digas eso.
Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos, pero eran fríos y sin efusión.
Un par de horas después llegaron a San Juan de Luz, pararon un momento en un café y volvieron a tomar el coche, y vieron el mar cerca de Guethary, azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado y amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián y el del cabo Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna había salido, grande, amarilla como una cara de mujer enferma.
Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse a su cuarto. Al tenderse en la cama, el coche, el mar, la acequia con el agua rojiza, la estampa del sábado brujeril del libro de Lancre le comenzaron a bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al sueño.
Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro que tenía en la punta un castillo, marchando por entre riscos afilados que parecían de cristal. Después de subir por una escalera laberíntica, llegaba a un desván, con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja y se tendía en él.
De pronto notaba que estaba al lado de una ventana abierta, al borde del abismo. Delante tenía un paisaje sombrío, con montes ceñudos y valles estrechos, llenos de árboles, y al contemplarlos se le encogía el corazón. Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo. Desesperado, elevaba la vista y quedaba absorto. El cielo estaba lleno de brillantes meteoros desconocidos; la luna, las estrellas y los cometas, con largas colas, saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba aquello a cada instante con mayor horror, hasta que, de pronto, comenzó a salir el sol. Entonces una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar, rizado con olas blancas; de los bosques se exhalaba un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se respiraba el aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes!
Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo, un crepúsculo al principio admirable. Brillaban las flores rojas y blancas, las campanillas azules en los campos verdes; luego todo se tornaba ceniciento; había entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad de llorar y se despertó. Pasó muchas horas despierto, dando vueltas en la cama, pensando en su sueño y en Manón y suspirando sin querer. Al último consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron por la mañana.
II
FRECHÓN O EL CHATARRERO MISÁNTROPO
Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy, era hombre de treinta y cuatro a treinta y cinco años, alto, flaco, moreno, de frente estrecha, labios finos, nariz roja, bigote delgado y patillas largas.
El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de banquero o de hombre de negocios, que él consideraba muy importante y muy apropiado para su persona.
Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente no es una fantasía folletinesca el asegurar que hay hombres que sólo por su aspecto producen desconfianza y hasta una marcada repulsión moral. Parece que por instinto se puede comprender rápidamente que ciertos rasgos fisionómicos representan y son consecuencia de una larga vida de intrigas, de hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida.
A veces no son las bajezas hechas las que adivinamos y nos dan impresión de alarma y de desconfianza, sino las por hacer, las que están aún latiendo en el espíritu del que es capaz de cometerlas. Así, por intuición, comprendemos que cierta clase de rostros no pueden pertenecer más que a almas dispuestas a toda clase de villanías.
Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría y antipática.
Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No miraba nunca de frente más que cuando se irritaba. Se parecía un tanto al Robespierre de las figuras de cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo, en su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro se leía casi siempre una expresión de superioridad.
Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que no lo fuera, consistía en que era un canalla. De tontos y canallas, según él, se hallaba formado el mundo.
Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a veces son claras una a una, pero en conjunto son un puro disparate".
Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización de los conceptos la que hace al loco y al insensato.
Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba un escenario digno de sus méritos. El orgullo, la vanidad, la tristeza de no ser nada le ahogaban.
--Se oirá hablar de mí--solía decir con jactancia.
Frechón hacía profesión de fe de su misantropía. Este chatarrero filósofo, pequeño Timón de Bayona, había estudiado en su juventud para cura y sabía latín, lo que le servía para citar con mucha frecuencia frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado. Leía causas célebres, folletos anticlericales y el _Citador_, Pigault-Lebru; decía también que había leído a Fourier.
Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando cuanto decía. Había adquirido la costumbre de repetir la pregunta que se le hiciera para darse tiempo de pensar bien la respuesta.
Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era obstáculo para que hubiese estado durante algún tiempo al servicio de los carlistas españoles por intermedio de Roquet, el agente de Aviraneta, y de Cazalet, bohemio crapuloso que sabía muchos secretos de todo el mundo.
Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión de alguna persona, decía con frecuencia:
--¡Bah! ¡Qué tontería!
Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para ganar dinero.
--¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!--decía con orgullo.
El misántropo era al mismo tiempo fantástico y petulante, escéptico y de cándida credulidad. Es muy difícil en el escepticismo llegar a no creer ni en lo bueno ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se contentan con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero estaría en no creer ni en lo bueno ni en lo malo.
Frechón vivía pensando fantasías; había en él una tendencia marcada por lo secreto, por lo misterioso, tendencia que se aumentaba con la bebida; el misántropo tenía mucha afición al vino y a los licores.
Su mundo era un mundo extraño, diferente al de los demás. El se consideraba viejo, y una de sus manías era hablar de su vejez.
--A un hombre viejo como yo no se le engaña--decía con frecuencia--. Los viejos como yo saben lo que se hacen.
Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón grandemente. Sentía el misántropo gran desprecio por su juventud; le parecía que los hombres jóvenes no servían para nada.
Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había nacido con una inclinación nativa para espiar. El descubrir un misterio constituía para él una delicia. En un pueblo como Bayona, en donde se urdían muchas intrigas políticas y se hacían negocios de suministros militares y de contrabando, Frechón vivía como el pez en el agua. Espiaba a los franceses y a los españoles, a los carlistas y a los liberales, a los aduaneros y a los contrabandistas.
--¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese.
--¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer.
Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso y de superioridad. El viejo Frechón, como se llamaba a sí mismo, había pasado muchas noches en la esquina de una calle aguantando el frío de la noche o tendido en el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna cosa que, después de todo, no le importaba nada.
Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba en una habitación inmediata, aunque no ocurriera en ella nada de particular, le parecía una maravilla de interés.
La guerra civil de España le daba muchos motivos de espionaje y de intrigas.
Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices agradables, era el escribir anónimos. Se procuraba así una de sus mayores satisfacciones. Dominaba la técnica del anónimo, la tenía muy bien estudiada; sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba papeles traídos de fuera y sacados de varias partes.
Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad; pensar que no había manera de descubrirle y que podía, además, sugerir la idea de que era otro el autor del anónimo.
Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera sido quitar el dinero a ciertas gentes y, al dejarles en la miseria, hacerles una mueca de burla.
Frechón vivía con su hermana, solterona de muy mal carácter y muy rencorosa.
Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre con ojos de ogro, pero ella le despreciaba profundamente.
La jugada de Chipiteguy con las custodias y las cruces de Pamplona colmó la medida de rabia de Frechón.
Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba furioso contra Chipiteguy.
El misántropo disimuló, se mostró amable con el viejo, sonsacó lo que pudo a Alvarito y a Claquemain y fué a visitar por segunda vez a Gamboa.
El cónsul de España estaba indignado contra Chipiteguy, pero no quería confesar lo ocurrido y repetía siempre que él no había hecho encargo alguno al chatarrero.
Frechón se pasaba horas y horas pensando en preparar una celada al viejo, paseando por la tienda como un lobo en la jaula y haciendo crujir sus falanges. Se le ocurrió también que Alvarito le estorbaba y le escribió dos anónimos amenazándole.
Otra vez hizo que Claquemain se disfrazara con el traje del _Asesino_ y apareciera por la ventana de la reja que daba al patio donde trabajaba Alvarito. Este tuvo un momento de serenidad; comprendió la farsa, fué a la cueva y cerró la puerta con llave. Al poco tiempo Claquemain tuvo que llamar.
Dos días después Alvarito recibió una carta que decía:
"Si no te vas inmediatamente de esta casa, morirás.--_El Asesino._"
Alvarito tuvo la suficiente presencia de espíritu para no decir nada a nadie. Ya comprendió de dónde venía la amenaza. Alvaro veía con asombro que a él le producían más terror los peligros imaginarios que los reales. Ante éstos conservaba la sangre fría y no se le iba la cabeza.
III
LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY
La madre de Rosa, la señora de Lissagaray, simpatizó mucho con Alvarito y le invitó a que fuera todos los domingos a pasar la tarde a la tertulia que celebraba en su casa. Podía llevar, si quería, a su hermana Dolores.
La reunión de Lissagaray tenía fama en Bayona de ser casi una agencia de matrimonios; iba a ella mucha gente joven.
La señora de Lissagaray, viuda y dueña del bazar de los Arcos, el Paraíso Terrenal, esperaba casar a su hija; necesitaba a un hombre al frente de su negocio. Para que la muchacha conociese algunos jóvenes y fuese conocida, recibía a sus amigos los domingos por la tarde.
A esta tertulia acudía casi siempre Manón y comenzó también a ir Alvarito y su hermana Dolores. En la reunión se jugaba a varios juegos, sobre todo al _wisth_, y se conversaba.
Se hablaba entre las personas serias de lo que ocurría en Bayona, de la política del gobierno de Luis Felipe, de la guerra carlista y de la protección que dispensaba a los liberales españoles el general Harispe, cosa que a la mayoría no parecía bien. Madama Lissagaray tenía que estar siempre atenta para no dejar languidecer la charla y para impedir también que algún jovencito o alguna muchachita hicieran una inconveniencia. Las señoras llevaban a la tertulia labores de ganchillo o de aguja. Los jóvenes tocaban el piano, cantaban, bailaban y se discutían los libros de Walter Scott, Chateubriand y del vizconde de Arlincourt. Los que estaban más a la moda hablaban de Balzac, de Dumas y de Jorge Sand.
Algunos días señalados del año había baile. Se bailaba la contradanza o "quadrille", los lanceros y el vals. Todavía no había comenzado el furor de la polca.
Varios tipos curiosos asistían a la tertulia, españoles y franceses.
De los españoles, Aviraneta iba con frecuencia a enterarse de lo que se decía en Bayona por los carlistas acerca de la guerra. Había corrido la voz de que era masón y todo el mundo lo repetía, pero como era hombre amable se le perdonaba.
Otro español, tertuliano asiduo, era un tal don Ramón, emigrado carlista, hombre de alguna fortuna, que mataba sus ocios poniendo letra española a las canciones francesas y regalándolas a los amigos. Su mujer las solía cantar, acompañándose de la guitarra.
Con las adaptaciones suyas las canciones tomaban en castellano un aire falso y romántico muy curioso.
Entre las damas de la tertulia llamaba la atención la señorita María de Taboada, española carlista, de aire decidido, de quien se decía estaba para casarse con el general de don Carlos, don Bruno Villareal.
María Luisa, en esta época, servía de institutriz en casa de una familia francesa en una finca de los alrededores de Bayona. María Luisa había venido varias veces a la tertulia de madama Lissagaray en compañía de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con don Pedro Leguía.
Frecuentaba también la tertulia una señora española carlista, doña Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña Tecla llevaba una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia y una pedantería. Era una definidora de lo que se podía hacer y de lo que no se podía hacer. Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía la clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota verdadera, el _lá_ del diapasón. Era el árbitro de las buenas costumbres y de las buenas formas.
Una señorita de la reunión muy distinguida era Paquerette Recur, damisela de unos treinta años, delgada, sonriente, vestida siempre con trajes vaporosos.
La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía una cara un poco vaga, que a veces parecía bonita y a veces no. Había estado dos a tres veces a punto de casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y tenía miedo al matrimonio.
A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual Chipiteguy y él llamaban la Bella Inglesa.
Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental y un tanto novelera, y había huido siempre de los matrimonios de conveniencia, porque tenía la ilusión de casarse enamorada.
Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette y recibieron sus confidencias.
Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran amistad sentimental con Marcelo, el sobrino de Chipiteguy y tío de Manón.
Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta y cinco a cuarenta años, viudo y sin hijos. Había estado casado con una mujer de carácter un tanto agrio, según se decía.
Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas ideas, algunas muy luminosas, pero no ganaba dinero. Se le veía constantemente con el traje arrugado y las manos manchadas, con las uñas quemadas por los ácidos.
Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo no aspiraba a su herencia; Manón bromeaba mucho con él por motivo de la señorita Recur.
Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba sus ideas y sus proyectos.
El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en aprovechar los saltos de agua, la fuerza del mar y hasta la del sol.
Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar la tierra llegaría en veinte o treinta años.
Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él no podía darle el alto. En su casa se le veía a Marcelo haciendo planos sobre una mesa de cocina, fumando, con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando algo en un tubo de ensayo.
La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él; pero si alguien hablaba mal de su hijo, le defendía con energía y decía que la gente no podía entenderle por ser él demasiado inteligente para tratar con individuos torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no comprendía más que el comercio con sus socaliñas, como los judíos, y Marcelo era un sabio, un inventor.
El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía sonreír a los tertulianos de Madama Lissagaray, pero había algunos y algunas que no lo miraban con simpatía.
Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía con su tipo, duro y agrio, un gran contraste con la gracia aniñada y vaporosa de Paquerette.
La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a cincuenta años, que daba miedo por su gesto siniestro y su personalidad agresiva.
La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa que pertenecía a Madama Lissagaray, era alta, desgarbada, cetrina, con cara de hombre, nariz fuertemente pronunciada y ojos claros, opacos y burlones. Cubría su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía unos lunares con cerdas en el labio.
La Bizot era mujer de perversa intención, que decía frases incisivas siempre que podía y ponía motes sangrientos. La recibían en las casas por miedo a su lengua mordaz. La señora de Lissagaray era de las que más le temían.
La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al erotismo. Vivía en una casucha de la calle de la Carnicería Vieja, desde donde se veían los grandes olmos de la muralla.
La Bizot contaba que por la parte de atrás de su casa había una ventana que caía a otra calle, enfrente de una casa de prostitución que daba al Rempart Lachepaillet, y se pasaba horas y horas desde su observatorio para ver lo que ocurría en el burdel.
Iba también a un caserío en donde había un toro padre, a ver cuando llevaban a las vacas a cubrirlas. Probablemente sentía no ser vaca. La Bizot había vivido, según se explicaba, de manera satírica, con una tía suya que debía parecerse a ella en su mala intención, a la que odiaba profundamente.
Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra a muerte. Vivían juntas, porque no tenían medios para vivir separadas.
Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en el chocolate y acíbar en el vino. Si la una tenía plantas en el balcón, la otra las regaba con agua caliente para que se murieran. Llegó la sobrina a echar pulgas en la cama de su tía.
La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas pequeñas que tenía de criadas, y a las que no les daba casi salario, las pegaba y llenaba los brazos de cardenales.
Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su inutilidad en la vida, el no haber podido ilusionar a nadie. Unicamente parece que había tenido algunos éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos. Por las demás mujeres sentía un odio felino.
La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima, de unos seiscientos francos al año, y vivía haciendo combinaciones, comiendo fuera de casa y a veces casi sin comer.
La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía que fingir amabilidad, interés por las gentes. Desde hacía algún tiempo estaba en relaciones de gran intimidad con una muchacha vecina suya, de vida un tanto alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha, a quien llamaban Nené, explotaba a unos viejos amantes. El padre de Nené se aprovechaba de la prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y tranquilo.
La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la aconsejaba. Había visto, desde hacía ya tiempo, la marcha que llevaba la muchacha, y con esa constancia de la solterona y de la gente del rincón provinciano, la esperó como el cazador a su presa. La Nené era de un impudor tranquilo, una cortesana; pero la Bizot aseguraba en todas partes que lo que se contaba de ella era falso y calumnioso.
La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era tranquila como una vaca, sin pudor; engordaba, salía poco de casa, no derrochaba y era trabajadora. Se vestía bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz, donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad.
El viejo, el padre, se entendía con una criada. La vida de Nené y de su padre daban mucho que hablar. Un vecino relojero, que tenía la tienda en la calle de los Vascos, decía que había días que se habían reunido los señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había dicho, parodiando la frase de Napoleón en Egipto: "Desde el fondo de estas butacas cuarenta siglos os contemplan".
La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero. La Bizot hubiera querido explotarla, pero ella y su padre defendían los cuartos con energía. Cuando jugaban a cartas la solterona y la muchacha entretenida, luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas.
Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la comida.
La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas sólidas y parte en la usura. Esta ciencia práctica parece que le venía de su madre, que era hija de un judío.
La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante. La hetaira bayonesa se vestía con una elegancia que seducía a sus amantes, hablaba y discutía de cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los viejos contertulios en el _whist_, porque era lista para el juego y hacía trampas.
La Nené tenía formas y maneras de hablar que los viejos viciosos y crapulosos del comercio que la visitaban encontraban muy distinguidas.
La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa, creía en las adivinadoras y echadoras de cartas y solía ir con frecuencia, en compañía de la Bizot, a casa de una cartomántica.
Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona y vivía en la calle de la Torre de Sáult, en una casa negra, cerca de un torreón de la antigua muralla.
Madama Canis era una mujer aventurera, casada dos o tres veces, celestina, comadrona y, según las malas lenguas, proveedora de angelitos para el cielo o, por lo menos, para el inseguro limbo.
Se decía que mientras fué comadrona una de las preguntas de ritual que hacía a la cliente o al que la acompañara era ésta:
--¿Debe vivir o no la criatura?
Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le impidieron continuar el oficio.
En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer casi siempre de buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba, la caricaturizaba, con una intención y un fondo de mala sangre disimulado.
Todos los contertulios de madama Lissagaray habían sido parodiados por la solterona, naturalmente, cuando no estaban ellos delante. Imitaba también con mucha exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés Panighettus, que vivían en su misma calle; a Chipiteguy y a sus dos criados, Quintín y Claquemain.