Las figuras de cera: novela

Part 11

Chapter 114,119 wordsPublic domain

Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar al físico del pueblo francés con curiosidad; pero míster Clarck, celoso del éxito de su rival, se lo comunicó al marido. Montdidier se indignó al conocer la simpatía de su esposa por aquel farsante, que pretendía hacer los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al físico del pueblo francés agriamente.

El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó a Cazenave para que arreglara el asunto.

Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico y el marido se dieran unas buenas morradas en la Vuelta del Castillo; pero, para pegarse, Montdidier tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por otro lado, no se le podía indicar que se los cortara, porque era cortarle la alimentación.

En vista de estas consideraciones, se dió por terminado el asunto y el físico no se volvió a acercar al matrimonio Montdidier.

Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando estampas, Chipiteguy intentaba realizar sus proyectos.

Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén de trigo de la calle Nueva y vió las barricas. Eran cinco, bastante grandes. El encargado del almacén dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí. Podían llevarlas cuando quisieran. La cosa no era fácil. Chipiteguy hizo una prueba con un barril para ver si podía llevarle a la feria sin dificultad.

Llenó el barril de agua y, al anochecer, lo puso en un carrito y salió a la calle. Al poco tiempo se le acercó un guardia y le preguntó qué llevaba. Le dijo Chipiteguy que era agua con un poco de lejía para limpiar sus figuras de cera.

El guardia le dijo que mostrara el agua del barril, o si no, que tenía que ir a la Alhóndiga.

Chipiteguy vió claramente que no era posible sacar las barricas enteras sin que lo notara nadie, y se decidió a desfondarlas en el almacén y sacar el contenido en sacos. Para esto tuvo que alquilar una parte del almacén y ésta cerrarla herméticamente con unas tablas para que no pudieran espiarle.

Luego fueron Chipiteguy, Claquemain y Frechón con sacos al hombro, generalmente al anochecer. Unas veces salían por la calle Nueva y otras por la de San Antón, porque el almacén tenía entrada por estas dos calles paralelas.

Durante aquel tiempo Chipiteguy hizo su combinación. La barraca de las figuras de cera se había cerrado. Todos los días, Frechón, Claquemain o Chipiteguy iban con sacos del almacén de la Calle Nueva a la barraca.

A Alvarito le dijeron que se dedicaban a la compra de hierro viejo, cosa que le chocó bastante, porque este negocio tenía que ser poco fructífero teniendo que llevar la chatarra a Francia. Indudablemente las figuras de cera, por nada que dieran, tenían que dar más. Cuando la mayoría de las estampas estuvieron preparadas por Alvaro, limpias y retocadas, Chipiteguy salió con que ya no había público, porque la feria se iba acabando, y que era mejor marcharse.

Pasados unos días, Alvarito vió con cierto asombro que llenaban el carro con las figuras de cera y que Chipiteguy alquilaba otro carro para la chatarra de hierro comprada, que en parte estaba muy roñosa y en parte pintada de negro.

Chipiteguy dispuso que Claquemain y Alvarito fueran con los dos carros y que Frechón les esperaría antes de la frontera, en Valcarlos. El iría poco después. Chipiteguy convidó a almorzar a sus tres empleados en una casa de comidas de la calle de las Mañuetas, y al día siguiente se pusieron todos en marcha.

Chipiteguy despidió a Frechón, y después de haberlo despachado, cambió sin duda de parecer, y dijo a Claquemain y a Alvarito que debían dirigirse a San Sebastián con los carros. El se les reuniría más tarde.

El viaje de Claquemain y Alvarito fué largo. Lo hicieron por Irurzun. El camino estaba malo, desfondado, deshecho por el paso de los cañones y de los carros de tropa.

A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían y les pedían los documentos.

Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho dinero, que le había dado Chipiteguy, y la marcha no ofrecía dificultades. A veces sucedía que Claquemain estaba borracho y había que esperar a que se le pasara su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado, y hacía todo lo posible para amargar la vida a Alvarito.

VI

LA VUELTA

A los cuatro días de salir de Pamplona llegaron Claquemain y Alvaro a San Sebastián; fueron a parar a una posada de la Brecha, y poco después apareció Chipiteguy en su cochecito.

Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su chatarra a Francia y decidió embarcarla en un pailebot con las figuras de cera y enviar a Claquemain por Irún con la galera vacía.

Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito no se había embarcado nunca y tenía gran curiosidad por el mar.

Al salir de San Sebastián fué contemplando con gran atención las rocas de detrás del Castillo de la Mota, festoneadas por la espuma; luego la abertura de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas como hojas de un libro del Jaizquibel.

--No mires demasiado. No vayas a marearte--le dijo Chipiteguy.

Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo que tumbarse.

Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales se movieron y se lanzaron hacia adelante como si fueran al asalto o a ganar un entorchado, y una de las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura en la cabeza.

Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo del barco, a Alvarito se le quitó el mareo.

Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho vió a Chipiteguy que con aire de triunfo cantaba a voz en grito su canción de bravura:

Atera atera trapua salzera eta burni zarra champonian.

Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición. Atracaron en Bayona, en el muelle de las Avenidas Marinas y fueron el viejo y el muchacho a la casa del Reducto.

Unos días después se volvió a abrir la barraca en la plaza de la Puerta de España con las figuras de cera. La chatarra fué la que no apareció, al menos públicamente. El tesoro de la calle Nueva se había evaporado. Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este viaje; todo había tenido en él un aire un poco absurdo...

Una noche, en su cuarto de la plaza del Reducto, Alvaro soñó que iba por la cornisa de un puente, sobre la acequia de un molino, sitio que recordó haber pasado en la infancia. Apenas si existía espacio para poner los pies en aquella cornisa.

Pasaba varias veces por ella, sin miedo y con curiosidad; pero al salir se encontraba con una vieja que le sonreía... y se echaba a temblar. Siempre sentía lo mismo; la vieja vestía de negro, que le sonreía insinuante, le hacía estremecerse de terror.

¿Quién era esta mujer? ¿Qué significaba? Probablemente sería la Muerte. No lo sabía, porque no le revelaba su secreto; pero, ¿quién podía ser más que la Muerte?

De pronto, el lugar adonde había salido recorriendo la cornisa se transformaba en una barraca de muñecos del pim pam pum, y aparecía la señorita Atala, con su pelo rubio. La Atala daba los billetes y él tomaba doce bolas para lanzarlas a los muñecos.

Cada una de ellas pesaba como si fuera de plomo. De pronto notaba que los muñecos eran todos los tipos que había conocido en la feria de Pamplona: el físico, Montdidier, Clarck, etc. Alvarito tiraba la pesada bola sobre la primera figura, ésta se torcía al golpe y volvía a aparecer de nuevo erguida. Entonces Alvaro hizo un nuevo esfuerzo y se despertó.

VII

EXPLICACIONES DE CHIPITEGUY

Frechón, con su costumbre de espiar a todo el mundo y de escuchar detrás de las puertas, se había enterado del diálogo de Manasés con Chipiteguy y de la visita de éste a Gamboa.

Al llegar Frechón a Pamplona encontró medio de verse solo con Chipiteguy y le planteó la cuestión.

--Ya sé que en este viaje--le dijo mirando al suelo--se trata de algo más que de exhibir figuras de cera.

--Usted, ¿qué es lo que sabe?--le preguntó el viejo, escamado.

--Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés y sé también que ha ido usted a visitar al cónsul de España.

--¿Es usted brujo, Frechón?

--Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí puede usted tener un amigo o un enemigo. Si lo quiere usted todo para usted, seré enemigo...; si no, ya nos entenderemos.

Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente iba a Pamplona a recoger las custodias y las cruces de oro y de plata metidas en barricas y ver la manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el negocio salía bien le daría parte en las ganancias.

--¿Cuánto piensa usted darme?--preguntó Frechón, mirándole de través.

--Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí me dan el veinte.

--Es una estupidez--murmuró Frechón.

--¿Qué es una estupidez?--preguntó Chipiteguy.

--Es una estupidez que se contente usted con el veinte por ciento, porque si el negocio sale bien podemos quedarnos con todo.

Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no dijo nada en contra. Lo único que hizo fué elogiarle por su perspicacia.

Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a Claquemain lo que proyectaba hacer. A Alvarito no le dijo nada, porque pensaba que el joven aristócrata español, que iba a misa todos los domingos, se escandalizaría si supieran que querían llevarse los cachivaches y las alhajas de las iglesias para venderlos en Francia.

A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea ninguna mella.

Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva y fueron llevando los objetos del culto en sacos a la barraca de las figuras de cera. Eran cálices, lámparas, candelabros, incensarios, cruces, relicarios.

Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se amontonó el tesoro de la calle Nueva; se arrancaron las piedras preciosas de los cálices y de las cruces procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo en las cabezas de las figuras de cera.

Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las barras de plata, las retorcieron y las pintaron de negro y de rojo.

--Creo que no encontraremos ningún químico que analice esta chatarra--dijo Chipiteguy, riendo.

--Me parece que no--replicó Frechón--. Y ahora, ¿qué proyecto tiene usted?

--Ahora--contestó Chipiteguy--, yo me voy a Arneguy y a San Pie de Puerto para que en la aduana no nos pongan dificultades; usted se va a Valcarlos y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana sale la galera con Claquemain y con Alvarito.

--Bueno--dijo Frechón--, déjeme usted dinero.

Chipiteguy le dió cien duros.

--Prepare usted de manera aquello que a nadie se le ocurra mirar lo que va en los carros--encargó el viejo.

--Lo haré.

--¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos; yo también pienso llevar algunas. Por si acaso nos quitan el carro, que no lo perdamos todo.

Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas y topacios, que Frechón guardó ávidamente.

Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al día siguiente apareció Chipiteguy en la ciudad y dió nueva orden. La galera tenía que ir a San Sebastián.

Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió el camino de Pamplona hasta que se convenció de que el viejo le había engañado.

Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por tierra o por mar.

En aquella época las fuerzas del general Jáuregui iban con frecuencia de San Sebastián a Irún.

Chipiteguy se presentó al general, pretendiendo llevar su cargamento y pasar la frontera.

Jáuregui le preguntó que llevaba a Francia que tanto le preocupaba; pregunta que hizo desconfiar al viejo. Entonces decidió ir por mar.

Aquella chatarra, que era magnífica plata y oro, en unión de las figuras de cera, estuvo varios días en el muelle de San Sebastián, hasta que fué entrando en la bodega de un pailebot.

Al llegar a Bayona, Chipiteguy llevó sus figuras de cera de nuevo a la barraca y la plata y el oro y las piedras preciosas de las cruces y custodias debió de guardarlas en el sótano de su casa.

VIII

CHIPITEGUY, GAMBOA Y FRECHÓN

Frechón había vuelto a Bayona, cansado de esperar en la frontera. Durante una semana se asomó con impaciencia por el camino de Pamplona, y, al fin, volvió profundamente indignado contra su patrón. En Bayona llevó las esmeraldas a casa de un joyero. Eran falsas.

Al llegar a la casa, y al ver a Chipiteguy, éste le contó que no pudieron ir a Valcarlos porque se había corrido hacia aquella parte una fuerza carlista y que por eso decidió ir hacia San Sebastián. Añadió el viejo que en el camino de San Sebastián habían reconocido todas sus figuras de cera y encontrado el oro y la plata y las piedras preciosas, aunque éstas, la mayoría eran falsas.

--Ha sido un mal negocio al final--dijo Chipiteguy hipócritamente--; ya veremos qué nos queda a cada uno.

--Me la ha jugado este cochino viejo--murmuró Frechón--. El se va a quedar con todo.

El caso era que el tesoro de la calle Nueva había desaparecido. Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado.

Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en casa del trapero.

Unos días después escribió una carta al cónsul de España y le pidió audiencia.

Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y tanto como por el dinero lo sentía por su amor propio de hombre listo, de quien se habían burlado.

--El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo le eche el alto. Ya caerá. Frechón no es tonto.

Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después a Aviraneta, a quien contó con detalles el asunto de las cruces y custodias de Pamplona. Aviraneta conocía parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón con gran interés.

Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando en el chasco que le habían dado. En casa de Chipiteguy seguía a todo el mundo con una mirada furiosa.

Unos días después recibió contestación del cónsul, fijándole hora para recibirle.

El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente; escuchó con indiferencia su relato y dijo después:

--Yo no he encargado nada a ese señor Chipiteguy. Si ha ido a Pamplona habrá sido por su cuenta.

Al oír lo que decía el cónsul, Frechón quedó desconcertado.

--Chipiteguy me dijo a mí que iba a Pamplona, encargado por usted, para recoger unas barricas, cargadas de oro y plata.

--Pues el tal Chipiteguy le ha engañado a usted.

--¿Y cómo le han dado esas barricas sin orden de nadie?--preguntó Frechón.

--Yo no sé nada, señor mío--replicó el cónsul--. ¿Y usted, cómo lo sabe?

--¿Cómo lo sé? Porque he ido con él a Pamplona.

--¿Y usted ha visto esas barricas?

--Sí, señor.

--¿Y había de verdad cruces y custodias?

--Sí las había. ¡Ya lo creo!

--¿Con piedras preciosas?

--Con piedras preciosas de todas clases.

Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su fuero interno.

--¿Y qué han hecho ustedes con ellas?

--Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas a donde estaban las figuras de cera. Allí desarmamos las cruces y las custodias, les quitamos las piedras; éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas de las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces de plata las pintamos de negro para hacerlas pasar como si fueran de hierro. Después Chipiteguy me dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la salida de España y la entrada en Francia, y, mientras yo le esperaba, él mandó llevar el cargamento a San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona.

--¿Y aquí lo tiene?

--Sí, señor.

--¿En dónde lo guarda?

--Probablemente en la cueva de su casa.

--Es decir, que se la ha jugado a usted.

--Y a usted también--replicó Frechón, a quien molestaba profundamente estar ante alguien en situación de inferioridad.

--A mí, no--contestó Gamboa--. Este es un asunto que no me interesa.

--¡Bah!--replicó Frechón con impertinencia.

--Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me choca que sea usted tan cándido para pensar que yo he intervenido en ese asunto de melodrama.

Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no quedó muy contento.

Unos días después el cónsul de España mandó llamar a Chipiteguy y le interrogó acerca de las cruces y custodias traídas de Pamplona.

Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de Navarra y éste le había dado orden de que guardara aquellas joyas en su casa, y que mandaría un delegado del Gobierno español para incautarse de ellas y luego venderlas.

Gamboa se incomodó y dijo con furia:

--Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza.

--Es lo que me parece que ha pretendido usted siempre--replicó el trapero del Reducto.

Aviraneta supo por los escribientes del Consulado que los gritos de Gamboa se habían oído en la Plaza de Armas.

En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul y el chatarrero llegó a verse claramente que, tanto el uno como el otro, lo que ansiaban era quedarse con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces y de las custodias.

Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la Policía; pero ¿cómo legitimar su intervención? Pensando fríamente decidió no hacer nada y olvidar aquel mal negocio.

IX

DESPUÉS DE LA AVENTURA

Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de Plauto, iba camino de ser desgraciado, a causa del tesoro de la calle Nueva.

¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas, traídas de Pamplona? Indudablemente, la plata, el oro y las piedras preciosas los había escondido en la cueva.

A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo tiempo de alegría, con una mirada triunfante, bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres horas, probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le veía a Frechón sonreía con malicia; sonrisa que a su dependiente le hacía temblar de furia y sólo a Manón y a Alvarito les acogía con gusto.

--El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas cosas--repetía con jactancia--. Ya lo decía mi viejo amigo Julius Petrus Guzenhausen de Aschaffenburg: Dollfus es un marrajo de mucho cuidado.

El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión a Pamplona, había cambiado mucho, vivía con más preocupaciones. Desde el viaje tenía gran desconfianza; miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni que los albañiles de las obras próximas se asomaran al tejado. Comprobaba él mismo, al anochecer, si estaban bien cerradas las puertas y ventanas y recorría la casa de arriba abajo.

La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas eran manías del viejo.

Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un abandono exagerado y sin vigilancia alguna, sobre todo de noche, y trajo un mastín para guardar la casa.

A lo último se le ocurrió hacer todas las noches una ronda, medio en serio, medio en broma. Manón tomaba un farol grande; Chipiteguy, Quintín y Alvarito se armaban cada uno con una pistola y registraban la casa, desde las guardillas hasta la cueva.

--No le digáis lo que hacemos a Frechón--recomendaba el viejo a Quintín y a Alvarito.

--No, no tenga usted cuidado.

--Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros, porque sois fieles. Estad seguros.

Estos registros, el andar de noche en los cuartos, influía en Alvarito, excitando su imaginación.

Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar en la cueva y ver el grupo de asesinos en pie, envueltos en sus telas de sacos, con un aire de fantasmas astrosos.

Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó con él a Alvarito.

No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar dos o tres veces de joyeros y tasadores de piedras preciosas.

Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos comerciantes y le mostró la ciudad.

--Cuando vayas a España--le decía el viejo--podrás comparar aquello con esto.

En el fondo de esta frase había malicia, porque aunque Chipiteguy no tenía mala idea de España, como Frechón, tampoco la tenía muy buena.

Fué también Alvarito, en compañía de un carlista, a visitar a la familia de Maroto, que vivía en una casa de campo de las proximidades de Burdeos. Las dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían sido educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre todo, era muy melancólica y muy bonita, y recordaba con nostalgia el huerto del colegio granadino. Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió varias veces después desde Bayona.

El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le llevó a Alvarito a una gran instalación de figuras de cera que había en Burdeos.

--Esto es una cosa distinta a nuestra barraca--dijo Chipiteguy riendo--; quizá no es tan completo como el gabinete de madama Tussaud, de Londres, pero está muy bien.

Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo, hasta que se llegaba a un salón con varias figuras de cera vestidas a la moderna. De este salón partían galerías, también obscuras, que desembocaban en salones o cuevas, con juegos de luces extraños. Los personajes eran casi los mismos que había visto Alvaro en la cueva de Chipiteguy, pero más perfilados y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso de los subterráneos.

En un salón estaban como en tertulia, alrededor de un velador, Luis XVI y María Antonieta, Madama Real, la princesa de Lamballe y el Delfín. Todos impasibles, peripuestos y amanerados.

A Alvarito le dió ganas de gritarles:

--Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados a cortaros la cabeza.

En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison, con Josefina, Talleyrand, Fouché y los generales del Imperio. Todos tan apacibles, tan peripuestos y tan amanerados como los anteriores.

Uno de los generales le miraba a Alvarito con un aire muy discreto.

--Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo para marcharnos de aquí, porque nos encontramos un poco aburridos--parecía decir aquel señor.

En la sala de una cárcel cenaban los girondinos. Uno de ellos echaba un discurso pomposo con un aire místico e iluminado. Seguramente hablaba de los derechos del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas que entonces divertían a la gente sin saber por qué, y hoy, sin saber por qué, nos aburren.

Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas del Paracleto, a los mártires cristianos antes de ir al circo, a Marat, muerto, con Carlota Corday al lado; a Danton y a Robespierre, vociferando...

--Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?--exclamó Chipiteguy riendo.

--Sí; pero aquí no hay asesinos--contestó Alvarito.

--Es verdad. Sin embargo, debe haber.

Buscaron mejor y dieron con un Lacenaire con su puñal, pero al lado de los Asesinos de Chipiteguy era un personaje ridículo.

A Alvarito le convino la visita a las figuras de cera, porque le quitó para mucho tiempo el terror que tenía por ellas.

Pensó que había estado durante su estancia en casa de Chipiteguy asustado por un peligro quimérico y se decidió a mirar en el porvenir las cosas cara a cara y frente a frente, fuesen figuras de cera o personas de carne y hueso.

CUARTA PARTE

PALOMAS Y GAVILANES

I

MANÓN Y ROSA

Alvarito iba ascendiendo de categoría en casa de Chipiteguy. El viejo le consideraba cada vez más y le iba tomando cariño. La andre Mari, que siempre le había mirado con simpatía, le mimaba; la Tomascha le tenía como uno de sus favoritos, y Manón, como un amigo.

Habiendo subido de importancia en la casa, le habían bajado de la guardilla a un cuarto del segundo piso. Alvarito estaba contento, todo lo contento que puede estar un enamorado no correspondido.

Alvarito, que tenía como confidente a su hermana, le confesó que su entusiasmo por Manón crecía por momentos. Manón era una chica única, con una gracia y un encanto extraordinarios. Además, no le daba miedo nada; subía sola a la guardilla o iba al anochecer a la cueva sin temor a aquellas malditas figuras de cera que a él tanto le habían espantado. Manón era siempre viva, activa y trabajadora; pero cuando se lo proponía, era más.

A veces le entraban las aficiones culinarias y se metía en la cocina y hacía, en colaboración de la Baschili, bizcochos y flanes, que rellenaban de crema, de huevos hilados o de dulce.

Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían estos postres, saboreándolos y relamiéndose, y Manón, a quien no le gustaba apenas el dulce, se reía.