Las figuras de cera: novela

Part 10

Chapter 104,045 wordsPublic domain

--Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen esas barricas. Aquí está su descripción y su numeración. Se hallan puestas a nombre de Iturri, un posadero de Bayona.

--Sí; le conozco.

Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada y sin firma para el amo de la casa de la calle Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas las barricas.

Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la frontera española, desde Fuenterrabia hasta más allá de Roncesvalles, estaba ocupada por los carlistas, excepto el puente de Behovia. Los chatarreros que entraban en Navarra solían pasar por el campo carlista, en el que tenían conocimientos. Había que encontrar algunas influencias entre los partidarios de don Carlos para que no pusieran dificultades al paso de un carro con las figuras de cera, cosa que no le había de ser difícil.

Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y dos caballos normandos y dispuso llevar sus mejores figuras de cera para las ferias de San Fermín.

Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito y él en un carricoche.

Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón, aunque se enterara de lo que se trataba, no se escandalizaría, porque era anticlerical furioso, y, si exigía algo, se le taparía la boca dándole dinero.

Los preparativos se hicieron a la chita callando. Chipiteguy dijo a Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona.

--¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?--preguntó el muchacho.

--No, ferias importantes no hay; pero van algunos pocos comerciantes, sobre todo franceses, y ganan muy bien, porque no hay competencia.

--¿Y se podrá pasar?--preguntó Alvarito.

--En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con carlistas y liberales. Los carlistas dejarán pasar los carros si paga cada uno unas pesetas; luego, cuando no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca y con ella entraremos en Pamplona.

Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un día Chipiteguy dijo en su casa que a la mañana siguiente se marchaba a Pamplona a pasar unos días.

Manón, que se preparaba a ir a visitar a una familia amiga de la calle de l'Orbe, preguntó extrañada:

--¿Cómo, te vas a Pamplona, abuelo?

--Sí.

--No habías dicho nada.

--Es un proyecto que se me ha ocurrido de pronto.

--¿Y qué hay en Pamplona?

--Hay una feria.

--Pues llévame también a mí.

--No puede ser. Tú tienes que estar aquí al frente de la casa.

--¿Y Frechón?

--Viene conmigo.

--¿Y Alvarito?

--También.

--¡Qué habrás pensado, abuelo! Alguna cosa has pensado tú que no me quieres decir a mí.

--Nada, nada.

--¿No vas a hacer algo peligroso?

--No, no; no tengas cuidado.

--Porque ¿qué haría yo si me quedara sin mi abuelito?

--No, no haré nada peligroso; tranquilízate.

--Nos vas a tener inquietos en casa.

Chipiteguy besó a su nieta y le dijo que fuera a su reunión.

Al día siguiente, antes que Manón se hubiera levantado, Chipiteguy y Alvarito salieron en su carricoche por la orilla del Nive.

La galera con Frechón y Claquemain había salido anteriormente, y unidas a otras varias y a un coche de un vendedor de lápices, marchó hacia San Juan de Pie de Puerto.

Tres días después entraban los coches y las galeras en Pamplona por la puerta de Francia y se instalaban en el paseo de la Taconera.

Chipiteguy llevaba recomendaciones de Gamboa para el capitán general y para el jefe político, don Domingo Luis de Jáuregui.

V

EN PAMPLONA

El sol caía de plano sobre la llanura de Pamplona. Era un día de julio, día de San Fermín. En los alrededores de la ciudad los campos estaban segados y se preparaban para la trilla. Los montes de la cuenca pamplonesa, el Perdón y el Ezcaba, el Servil y la Higa de Monreal, San Cristóbal y la Silla de Pilatos aparecían azules en el cielo inflamado. En la vuelta del castillo amarilleaban los hierbales; sólo en los fosos de la muralla, en algunos rincones sombríos, se conservaban aún verdes y frescos; el campo se hallaba dominado por el color dorado y la ciudad aparecía caldeada dentro de sus murallas grises, en su gran llanada, rodeada de montes pelados.

Por los caminos, y a pesar de que los carlistas ocupaban los alrededores, venían los campesinos, hombres y mujeres, en los caballejos y en las mulas, a las fiestas, que se celebraban sin gran esplendor, por la guerra.

Había un campaneo vertiginoso en todas las torres de la ciudad en honor del santo patrón.

Las campanas de San Saturnino contestaban a las de la Catedral, las de San Nicolás a las de San Saturnino, las de San Lorenzo a las de San Nicolás. Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador; las otras, el tilín talán clásico de las dos campanas echadas al vuelo, que tan bien indica el carácter de los pueblos españoles levíticos con curas y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón del convento de monjas.

¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y melancólico tañer! ¡Cómo se recuerda la infancia, la tristeza de la vida! ¡El toque de oración, el del Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los funerales! ¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de la existencia! ¡Qué poético ese son de las campanas! Pero qué bien el estar en sitio bastante lejano para no poderlas oír.

En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto de las campanas parecía disolverse en el campo, agostado y desierto, inundado por el sol, y en la inmensidad del cielo azul.

Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona a fines de junio de 1838. En una semana construyeron la barraca, que quedó alineada con otras ocho o diez del paseo de la Taconera.

La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían convertido en asesinos célebres. Los generales y guerrilleros españoles habían dejado de ser Mina, Zurbano y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar.

En Pamplona había con seguridad gente que había conocido personalmente a estos guerrilleros y era peligroso darlos mixtificados, porque podía comprobarse la mixtificación.

Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros de Chipiteguy tuvo un papel. Alvarito, vestido de pierrot, daba al bombo y a los platillos; Frechón voceaba, delante de la barraca, con acento francés.

--Aquí _vegán_ ustedes, _señoges_, los hombres más _sélebres_ de todo el mundo: los asesinos más famosos y los _militages_ más notables.

En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras con un puntero y daba explicaciones: Claquemain cuidaba de los caballos y hacía la comida dentro de la galera.

Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo y los platillos, pensaba:

--¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de Mendoza, si me vieran en este oficio?

Las gentes que entraban en la barraca tenían la petulancia y la impertinencia del provinciano que desprecia al histrión callejero y trashumante y hacían observaciones que querían ser malévolas y sangrientas.

Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados a romper, a pinchar, a hacer alguna mal intencionada fechoría.

Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual no se molestaba con el desdén de la multitud, hacía observaciones misantrópicas apaciblemente:

--Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese considerar como ganado y tratarlas en tal concepto, la sociedad mejoraría mucho.

--Hay que empezar siendo Napoleón para eso--replicaba Chipiteguy.

Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios de la gente y hablaba en francés. En este contacto entre el público y los hombres de la feria, él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que le miraba a él con desprecio.

Los suyos empezaban a ser, no como para su padre los aristócratas, los señores serios, el presidente de la Audiencia, el director del Instituto, el coronel, los buenos cornudos respetables, militares y civiles de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña, llenos de distinciones y de majestad, sino los histriones y titiriteros de la feria.

Para guardar la barraca de las figuras de cera solían dormir en ella, alternando dos a dos, unas noches Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón y Claquemain. Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen, donde Chipiteguy tenía alojamiento.

A Alvarito le producía una impresión muy penosa el echarse a dormir delante de aquellas figuras de cera, que a la luz de una candileja aparecían más horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos de cera, esta guardia negra de espectros vivían, para Alvarito, una vida siniestra, si no en el período de vigilia, en el del sueño. Entonces, entre las sombras del cerebro, se animaban y tomaban una expresión repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de cristal, sus pelucas y sus barbas postizas, se erguían agresivas y gesticulaban y tenían un aire de rencor y de venganza.

Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores y asesinos no le hubieran parecido tan feroces y horribles como aquellos. Alvarito pudo notar que este efecto de repulsión de las figuras de cera no era el único que lo experimentaba, pues a veces, entre el público, se veía algún chico que empezaba a berrear y a patear de miedo y la madre tenía que sacarlo fuera.

--Sin duda, yo soy también infantil--se decía el muchacho.

Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy se hicieron amigos de sus vecinos. Después de cenar y concluir el trabajo solían venir a hacer tertulia detrás de la barraca de Chipiteguy, donde habían colocado la galera, muchos de los industriales de la feria. Era la aristocracia de las barracas. La mujer cañón, madama Lalande, con su marido Raul Culot; el vendedor de la manteca de serpiente cascabel, míster Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas; el de los frascos de vulneraria suiza para las heridas, Onofrius Müller, que era del Tirol; el físico del pueblo francés, monsieur Bazin; el vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y el marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar, para el pelo, que era bretón, y se llamaba, según él, Gontran Montdidier, Penhoel de Montbrisson.

De estos personajes, la mayoría vestían como todo el mundo, excepto monsieur Bazin, el físico del pueblo francés, que llevaba frac y melenas; Onofrius Müller que gastaba una librea roja con galones y tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier.

Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía tres retratos suyos, pintados al óleo, casi tan agradables como las figuras de cera de Chipiteguy, y que constituían un verdadero e interesante tríptico, que le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier Penhoel de Montbrisson, calvo, como una bala rasa; el segundo se llamaba: "Durante el tratamiento", y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro era: "Después del tratamiento", y entonces el pelo del señor Montdidier era una inundación capilar.

Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un coche. Se vestía con una túnica azul, con estrellas de plata; cubría su cabeza con un casco con plumas y hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las puntas a los lápices con una navaja de a dos palmos de larga y otras veces con un sable de caballería. Al parecer, este recurso tenía éxito.

Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro malhumorado, llevaba también casco y solía tocar en lo alto del coche, para llamar al público, una trompa de caza, y en los intermedios, una caja de música.

Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo, sonrosado, y peroraba en un castellano bastante correcto:

_Señoges_ y _señogas_--decía, subido en un banco--: Tengo el _honog_ de _anunciag_ la _verdadega vulnegagia_ o té suizo. Vuestro humilde _servidog_ es un químico que ha podido _estudiag_ los efectos de la _vulnegagia_. La _vulnegagia, señoges_, tiene la virtud de _pugificad_ la masa de la sangre, de _haceg transpirag_ por los _sudoges_ y por las _oginas_, de _quitag_ las _ictegicias_, las hidropesías, la gota y el _roimatismo_; de _expulsag_ la _solitagia_ y las _lombrices_, de _dag_ fuerza al pulmón y al hígado y de _evitag_ las fiebres palúdicas intermitentes y remitentes. Un frasco de _vulnegagia, señoges_, cuesta en todas las farmacias dos pesetas; yo, en obsequio de esta ciudad ilustre, los vendo por dos _geales_.

El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, tenía una barraca con un letrero que decía: "Palacio de las Maravillas, bajo la dirección de A. Bazin, físico del pueblo francés."

¿Por qué el pueblo francés necesitaba un físico especial? Lo ignoramos.

El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, era genial. Los pensamientos no le cabían en el cráneo y solía pasear con el sombrero en una mano y en la otra un bastón de junco, que tenía una hermosa bola blanca en el puño. Con este bastón hacía molinetes en el aire, daba estocadas a los árboles, se sacudía los pantalones, pegaba a los perros, acariciaba a los niños, porque el bastón constituía una parte integrante de la interesante personalidad de monsieur Bazin, físico del pueblo francés.

Los españoles de la feria eran, en su mayoría, gente pobre; uno tenía unas vistas o tuti-li-mundi en un carrito, otro un cosmorana, un tercero un aparato como un castillo, con el que predecía el sino de cada persona y los números que iban a tocar en la lotería.

Este, que era un paleto castellano, vestido de pana, con una gorrita, decía:

--Por dos cuartos se dan los números fijos de la lotería y el sino de cada persona. ¿Quién pide otro?

Había, además, un hombre con un tíovivo y otro con la rueda de la fortuna.

El tíovivo era un tíovivo a la antigua, sin espejos, ni oriflamas, ni ondinas, ni cerdos, ni elefantes; un tíovivo clásico con unos pobres y miserables caballos de cartón. El hombre del tuti-li-mundi, el señor Paco el asturiano, el del cosmorama, tocaba el tambor, y a pesar de que era un tipo pesado y tranquilo, entretenía a la gente, contándole lo que iba a ver y la historia de las personas que aparecían en las vistas ópticas.

--¡Adelante, señores, adelante!--decía--. ¡Aquí verán ustedes una vista de la bella Venecia! Tan tarán tan tarán tan. ¡Y qué vistas, señores! ¡Cuánta iglesia! ¡Cuánta torre! ¡Cuánto _palaciu_! ¡Cuánta _góndula_! Tan tarán tan tarán tan. ¡Mirad esa _góndula_ que va por el gran canal! Van en ella dos _enamoradus_. Ella era una dama de las más principales del _pueblu_. El es un joven _venecianu_, elegante y _peripuestu_. ¡Cómo se arrullan los _tortulitus_! Tan tarantán, tarantán. ¡Mirad esa vieja que los mira desde la otra _góndula_! ¡Cómo se indigna porque a ella no le hacen _casu_! Y es bigotuda. Podía retorcerse el bigote. ¡Adelante, señores, adelante! Tan tarantán tarantán.

Con los industriales pobres de la feria se reunía el hombre orquesta Remifasol, que era un saboyano, y que tocaba al mismo tiempo con manos y pies ocho o diez instrumentos, entre ellos un acordeón, unos platillos, un bombo y una flauta.

Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como la llamaba él, que era una rueda como la del barquillero, en la que se jugaba por dos cuartos, y podía tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta y hasta un conejo vivo.

Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos distinguidos. Conoció al gigante Goliath y al enano Jimmy, que se exhibían en una barraca. El gigante Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio, el enano Jimmy era alegre, impetuoso y francamente optimista. A Goliath le asustaba la soledad y la noche; en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y atrevido, no le asustaba nada.

Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro al blanco y de un pim, pam, pum. Este hombre era un francés rubio, de gran bigote, llamado Cazenave, y tenía una hija de catorce a quince años, que era la encargada de cargar las escopetas para tirar al blanco. Cazenave y la señorita Atala se hicieron amigos de Alvarito.

Cazenave había sido antes titiritero; pero había perdido facultades y estaba un poco derrengado. La chica tenía la especialidad de bailar en la cuerda floja y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala era rubia, tirando a rojo; tenía los ojos claros, la cara cuadrada, con los pómulos salientes, y el ademán decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire de _cascarota_.

Durante el día la gente no acudía mucho a la feria; si iban era más bien a los puestos de juguetes y baratijas, y algunos a la cuatropea, o feria de ganados; pero cuando obscurecía y se cerraban las puertas de la ciudad comenzaba la animación. Las luces de las barracas se encendían, sonaban las campanillas, el tambor, el bombo y el cornetín de pistón. ¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades? No había más que alegría, ruido, luces, voces, organillos, tíosvivos que iban dando vueltas y pim... pam... pum...

En la Taconera había paseo y solía tocar la música militar. Se veían muchachas elegantes, con su mantilla, muy coquetas, de ojos negros, jugando con el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que las acompañaban y de militares que arrastraban el sable y lucían el uniforme.

Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas, se hacían los interesantes y tomaban actitudes melancólicas y románticas.

Al parecer, los militares tenían buenas fortunas entre las damas de Pamplona. El peligro hacía que las lides de amor tuvieran desenlace más rápido.

Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera a contemplar la noche profunda y llena de estrellas, y veían en los pueblos hogueras y luces de los carlistas o de las compañías francas que recorrían aquellos pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque en medio de la sombra peligrosa e incierta que circundaba la ciudad se tenía la impresión de estar en tierra firme, segura y con luz.

A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy le dijo a Alvarito que creía que el público se había cansado de las figuras de cera.

--¿Cree usted?...

--Sí.

--Yo no lo creo.

--Si yo conozco al público--contestó el viejo.

--¿Y qué va usted a hacer? ¿Marcharse?

--No; voy a llevar a la barraca el cosmorama y a ponerme de acuerdo con el hombre que lo tiene.

A Alvarito le pareció aquélla una combinación bastante mala; pero no dijo nada.

Dos días después Chipiteguy le indicó que, como las estampas del hombre del cosmorama estaban bastante estropeadas, le iba a encargar a Alvaro que las compusiera y arreglara.

--Pero yo no sé dibujar ni pintar para eso--advirtió Alvaro, un tanto alarmado.

--No importa. No se necesita gran cosa.

--Yo no sé si sabré hacerlo.

--Primero compones las estampas con engrudo--repitió Chipiteguy--y luego las retocas un poco con pintura.

A Alvarito le pareció el cargo de mucha responsabilidad; pero prometió hacer la obra lo más concienzudamente que pudiera.

Como no era fácil que en la barraca ni en la galera se hiciese esto, que exigía cuidado y atención meticulosa, Chipiteguy indicó a Alvarito que se quedara en la calle del Carmen y dijo en la casa que cedieran al muchacho un cuarto.

La dueña, que era una cerera, le llevó a Alvarito a un gabinete pequeño con una mesa, una cómoda con un Niño Jesús, con una bola de plata en la mano; un antiguo sofá verde, unas sillas, también verdes, y las paredes llenas de cuadros viejos horribles de santos.

Alvarito llevó allí el montón de estampas que había que restaurar y se puso al trabajo con toda su buena fe. No se le ocurrió que lo único que se pretendía era alejarle de la barraca.

Cuando Alvaro le enseñó al viejo sus primeras restauraciones, a Chipiteguy le parecieron muy bien. Alvarito trabajaba durante todo el día. Unas veces borraba, otras limpiaba con jabón y agua caliente con mucho cuidado, restauraba lo que podía y dejaba las estampas a que se secaran en el suelo, sobre el sofá y la cómoda; una raya mal hecha, una tinta que se corriera, le preocupaba.

Por la tarde, con el chico de la casa, iba a pasear a la Taconera. El chico de la casa, hijo de la dueña, a quien llamaban Cholín, era carlista, como toda su familia. El chico le enseñaba a Alvarito las curiosidades de Pamplona y lo que a él, como carlista, le interesaba.

Fueron los dos a ver la Ciudadela y el baluarte donde fusilaron, al principio de la guerra, a don Santos Ladrón. Cholín contó lo que dijo el general carlista cuando le obligaron a ponerse de espaldas para matarle, y cómo le sacaron, después de muerto, a él y a su teniente Irribarren por la puerta del Socorro a enterrarlos en el cementerio.

Un cañonazo, disparado a media tarde, desde el mismo baluarte, anunció al pueblo de Pamplona que la sentencia estaba cumplida.

Cholín había conocido a don Santos Ladrón en Estella y le parecía un gran hombre.

También le enseñó Cholín la casa del paseo de Valencia, cerca de la Taconera, donde hacía poco los sublevados de las compañías francas habían matado al general Sarasfield, y en donde Espartero, como represalia, mandó fusilar poco después al coronel Iriarte y a sus compañeros, la mayoría masones y partidarios de la independencia del reino de Navarra.

A Cholín la idea de los masones le producía espanto. A Alvarito ya no le hacía ningún efecto.

La madre de Cholín, después de cenar, le contaba a Alvaro historias viejas de la ciudad. Ella le había visto, desde su tienda, pasar al coronel Zumalacárregui una mañana fría de un día de octubre y salir por la puerta de Francia. Poco después se supo que estaba en Huarte Araquil, al frente de todos los carlistas.

Por qué Alvarito sentía cada vez menos entusiasmo por el carlismo, a medida que vivía entre carlistas, él no sabía explicárselo; pero así le pasaba.

Alvarito no quería abandonar a sus amigos de la feria, y por la noche, harto de las historias de Cholín y del carlismo, cuando se cerraban las barracas y los dueños y sus criados iban a pasear o se quedaban de tertulia cerca de sus instalaciones y de sus carros, Alvaro se reunía a ellos. La mayoría charlaba o jugaba a las cartas. La señorita Atala, la del tiro al blanco, fué varias veces con Alvarito a sentarse al mirador de la Taconera, de noche. A ella no le parecía mal el muchacho; pero a él no le gustaba la titiritera con sus aires de cascarota.

Ella tenía sus ilusiones raras de bohemia y trotacaminos; pensaba que el mundo feo y penoso en que vivía se iba a abrir en cualquier ocasión e iba a aparecer el palacio admirable con sus esplendores orientales. Cuál sería la palabra mágica, cuál el momento, no lo sabía.

Alvarito estaba entusiasmado con Manón y no hablaba más que de ella y de Bayona. A la señorita Atala, Bayona le parecía un pueblo horrible y aburrido.

A veces la titiritera y el muchacho se sentían de acuerdo.

La decoración era inspiradora; aquellas noches templadas, con el cielo lleno de estrellas, la obscuridad de alrededor, las luces misteriosas en los pueblos lejanos, el alerta de los centinelas; todo ello hablaba a la imaginación.

En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis hubo durante la feria de Pamplona algunas pequeñas complicaciones.

El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía una mujer muy guapa y estaba celoso de ella. Madama Montdidier era una bordelesa morena, guapa, de ojos negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin inconveniente a los que la galanteaban.

El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, hombres de corazón volcánico, se enamoraron los dos de la bella madama.

El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía más recursos que el señor Clarck; tenía primeramente un frac azul con botones dorados y en su barraca, el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una máquina neumática, etc., etc. Además, hacía en su laboratorio el trueno, el rayo y el granizo. El señor Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y el sable para hacer punta a los lápices.