Part 3
Sabido es que nuestra Isla fué considerada hasta principios de este siglo simplemente como un presidio y de consiguiente ni nunca se le permitió comunicacion de ningun género con los paises estrangeros, ni aun la misma Madre patria hacia con nuestra provincia otros negocios que el simple aprovisionamiento de que regularmente estaba encargada alguna de las compañías marítimas que, por un error económico, pretendieron ejercer un monopolio con la América, desde los tiempos de su descubrimiento. En tal estado, no teniendo comercio ni pudiendo nacer en el interior industria alguna, por carecer de estímulo para la produccion, la Isla languidecia constantemente, sin ofrecer recursos de ninguna clase á la poblacion que acrecia sin embargo cada dia, merced á la abundancia de la tierra; y las atenciones públicas se veian relegadas al olvido por la falta de medios con que cubrirlas, pues el país no daba ni podia dar rentas ni aun para las cargas personales mas perentorias.
De nada valió que allá por los años de 1768 y con motivo de los daños ocasionados por los terremotos sufridos en 1766, el Gobierno Supremo concediera franquicias á la importacion de provisiones; ni habia comerciantes que se hallaran en aptitud de hacer competencia á las compañías que tenian la esclusiva mercantil de América, ni el consumo de la Isla ofrecia sumas de suficiente consideracion para estimarse el beneficio. Penetrado de que no lo habia el Gobierno Supremo y no queriendo dejar abandonada á la Isla, dispuso que sus atenciones se cubrieran por las cajas de Méjico, las que hacian al efecto cada tres ó cuatro meses una remesa de numerario en cantidad suficiente para cubrir el presupuesto de esta antilla.
Estas remesas, que el pueblo conocia con el nombre de situados, sufrian casi siempre los retardos propios de las dificultades con que en aquella época luchaba la navegacion; y como que de ellas dependia el bienestar de muchas familias, especialmente en esta ciudad, centro de la administracion general de la provincia, no es extraño que fueran esperadas con toda la ansiedad propia de quien confia mejorar su situacion. Desde que se acercaba el tiempo en que se suponia que debia llegar el buque portador de la moneda, todo el mundo concurria con excesiva, pero justificada frecuencia, á las alturas de la poblacion, y se excudriñaba minuciosamente el horizonte, queriendo las miradas traspasar esa línea imaginaria que nos oculta un mas allá que nada sin embargo encubre. Y no solamente concurrian todos ó la mayor parte de los vecinos á interrogar con el deseo al impasible Océano, sino que á medida que se calculaba mas próximo el dia de la llegada de la nave, se establecian guardias que pasaban los dias y las noches en constante vigilancia, hasta que al fin eran coronados los deseos con el feliz éxito de ver aparecer en el horizonte un punto blanco que á proporcion que crecia ensanchaba los corazones de los espectadores. Cuando el buque era reconocido, la ansiedad se convertia en regocijo y grandes y pequeños, hombres y mugeres, niños y ancianos de todas clases y condiciones, porque para todos era una verdadera alegría, recorrian las calles, acompañados de una música y desahogando su entusiasmo con estrepitosos vivas y bulliciosa algazara. Y como esta escena se producia casi siempre en las primeras horas de la mañana, cuando la luz del alba dejaba distinguir la embarcacion, de aquí el orígen y el nombre de la _alborada_, que se conservó despues, segun he dicho, como un recuerdo, cuando ya las cajas de la provincia no necesitaron de auxilio extraño, merced al celo y amor patrio de un hijo ilustre de este suelo, el Sr. don Ramon Power, Vice-presidente que fué de las Córtes constituyentes de la Nacion en 1812, y al genio del Intendente D. Alejandro Ramirez que organizó económicamente la Isla, con un acierto digno de que nunca deje de tenerse por ejemplo.
Las _alboradas_ quedaron pues reducidas á una especie de aniversarios festivos; que sin duda debian serlo en mayor grado para aquellas personas que habian tenido ocasion de apreciar lo que valia una de aquellas fiestas; y que lo fueron despues aun para aquellos que solo por tradicion alcanzaron la diversion. Andando el tiempo las _alboradas_ fueron adelantando su hora de salida y ya no fué al romper el dia cuando dieron principio sinó que avanzaban á las horas de la noche, hasta llegar á las primas noches; y como no es posible que una diversion que solo consiste en recorrer las calles al sonido de la música y en medio de vivas y gritos de alegría se haga durar sin cansancio por muchas horas, sucedió y sucede que dando principio en las primeras horas de la noche no pueden prolongarse mas allá de la media noche, convirtiéndose así en una antítesis de su nombre.
Al llegar el nuevo período constitucional de los años de 1820 y 21 cesó otra vez la ceremonia del pendon, en solo los años que aquel duró; y volvió á reproducirse y conservarse desde 1823 hasta 1836 en que concluyó definitivamente, como se verá mas adelante. En este intérvalo de trece años, las fiestas populares de San Juan presentaron una progresiva animacion, que deja entrever sin duda la prosperidad material que tomaba la Isla; y la aficion creciente por las carreras de caballos, el deseo general de lucir los mejores animales de esta especie y la facilidad estraordinaria con que por consecuencia de las fiestas se hacian negocios de caballos, demuestran que cada vez se hacia sentir mas y mas la necesidad de esos animales para el movimiento interior de la provincia, que aumentaba rápidamente con el crecimiento de la poblacion. Esos trece años y algunos pocos mas, posteriores al de 1836, pueden considerarse como el período culminante de las antiguas fiestas del Patron; la vela, la alborada; los bailes, muchas veces realizados en algunas calles, bajo el ligero techo de lienzo de las enramadas que al intento se levantaban; y las carreras de caballos en las vísperas y dias de San Juan y de San Pedro, estas últimas de máscaras, formaban el conjunto de diversiones que constituian la fiesta del Patron, en la que solo intervenia el Ayuntamiento sosteniendo las funciones religiosas y conservando la ceremonia oficial del pendon que cada año se celebraba con mas pompa y solemnidad. Todavia existe una generacion entera que recuerda con gusto aquellos placeres en los que reinaba la mas franca amistad; y sin duda por el encanto que comunica á todas las cosas el recuerdo de lo pasado, muchos hay que nada encuentran capaz de suplir á aquellas fiestas que el tiempo ha transformado.
Sin embargo de esta opinion y por mas que se reconozca que las carreras de caballos, tales como se efectuaban, tenian su razon de ser en la conveniencia pública, preciso es confesar que esta fiesta ofrecia detalles que se armonizan poco con las condiciones de un pueblo culto. Refiérome á las gritas que, especialmente por las noches, se daban á los que iban á caballo; y en las que se proferian palabras y frases que la decencia no consiente. Y era esto tanto menos dispensable cuanto que no se reducian á un solo lugar ni á un solo momento, sino que se reproducia tan poco decorosa escena en todas las horas que duraban las carreras de la noche y en todos los sitios de la capital; puesto que los que no montaban sentábanse en sillas á las puertas de las casas y muchos se reunian en el atrio de la Catedral que metafóricamente se llamaba _el balcon de los arrancados_, suponiéndose que los que allí asistian no tenian con qué tomar parte en la fiesta.
La verdad me obliga á consignar con dolor que en esas gritas se hacia muchas veces figurar la reputacion de familias enteras, que la envidia ó la maledicencia pretendia deslustrar valiéndose para ello de los momentos en que ciertamente habia mas expansion, pero expansion de cordial alegría que fué alterada mas de una vez por aquella causa; y ninguna persona sensata podia mirar con indiferencia tan odioso proceder. Por fortuna esos abusos, que nunca pudieron ser usos y costumbres semejantes faltas, pasaron ya del todo; y me complazco, por amor á mi país, en dejar tambien consignado que este pueblo ha variado mucho de entonces acá, merced, mas que á la educacion que se le ha dado hasta ahora, por desgracia muy escasa, á la que él mismo ha adquirido, siquiera no sea mas que por el roce frecuente de los forasteros y estrangeros que todos los dias nos visitan.
Tales eran las antiguas fiestas de San Juan, en su período de mayor auge, segun las recuerdan todavia muchas personas; y aun cuando no me atreva yo á calificarlas de locura, como lo hace el respetable Fr. Iñigo, por mas que en las carreras particularmente hubiera cierto desenfreno poco compatible con las maneras de un pueblo culto; juzgo sí que la transformacion social que desde entonces ha tenido la poblacion hizo imposible que continuaran las fiestas como venian; y por eso se verán entrar en el período de decadencia que paso á describir.
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IV.
_El San Juan en los últimos treinta años._
En el año de 1836 volvió á aparecer la forma constitucional en nuestro sistema político y con ella la transformacion del antiguo Ayuntamiento; y como era de esperarse desde luego fué suprimida la ceremonia del pendon, sin que haya vuelto á figurar posteriormente, no obstante las variaciones gubernamentales que hemos tenido, porque en medio de estas, los Ayuntamientos conservaron por algunos años la organizacion constitucional y despues que la perdieron ya se habia perdido la costumbre de aquellas demostraciones.
Suprimido el paseo del pendon, no tomó parte por de pronto el Ayuntamiento mas que en lo tocante á la funcion religiosa; pero corriendo los años y sin duda para que no se perdieran del todo las costumbres anteriores, se encuentra que pocos años mas tarde, por el de 1841 y 42, la Corporacion municipal costeaba la música de la _alborada de la leche_, de que ya he dado noticia.
Apesar de esta poca participacion del Cuerpo popular y sin embargo de la falta de la ceremonia oficial, las fiestas del Patron fueron muy animadas algunos años; y las variaciones de su mayor ó menor esplendor dependian regularmente de la mejor ó peor situacion económica de la Isla. Empero, á medida que pasaban años y en medio mismo de la alegría con que se veia llegar el mes de San Juan, notóse que las carreras de caballos iban siendo menos concurridas; y que el número de animales de aquella especie que venian á alquilarse en las noches de las fiestas disminuia de un año á otro. El bando burlesco que se acostumbraba publicar la víspera de San Pedro á medio dia ya no era ni con mucho, en 1847, lo que solia ser en otros tiempos; y la mascarada que para él recorria las calles, apenas contaba una docena de ginetes, restos quizás de la gente de buen humor que á centenares se reunia en otras épocas.
De qué dependiera la decadencia que cada vez en mayor grado ofrecian las fiestas populares, es cosa que no creo que nadie pueda decir terminantemente; pues ni en toda la década de 1836 á 1846 tuvieron prohibicion alguna, ni se conoció motivo alguno ostensible que produjera el desaliento. La única razon que á ello puede atribuirse es el cambio rápido que en aquella época sufrieron las costumbres del pueblo, en proporcion del desarrollo mercantil que tenia la Isla y que, aumentando el movimiento marítimo, hacia acrecer de una manera, extraordinaria para entonces, el número de forasteros y estrangeros que se encontraban en nuestra ciudad. Tal vez contribuyó tambien algo á ello la disminucion que hubo en los negocios de caballos, sin duda porque la poblacion, que antes acudia á desparramarse por los campos, empezó ya desde 1837 á agruparse en las costas en donde la retenian los intereses mercantiles que al poco tiempo se vieron desarrollarse. La verdad es que en 1847 las fiestas de San Juan se encontraban muy decaidas; y que ni se encendian ya sino en muy corto número, en las noches de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro, las _candeladas_ ú hogueras, que en otro tiempo alumbraban todas las esquinas; ni habia en verdad motivo para hacerlo, puesto que era muy escaso el número de ginetes que recorrian las calles.
El San Juan de 1848, que estuvo muy animado por la circunstancia de que la poblacion quiso obsequiar al Gobernador Superior que entonces regia la Isla, hubiera sido sin duda la última llamarada de aquella luz que se apagaba por sí sola y por propia consuncion, á no haber venido posteriormente á reanimarla causas que pronto verán los lectores. En dicho año, no obstante, la misma diversion de las carreras tomó un aspecto que no era el que se le conocia; pues si bien se reunieron centenares de caballos que montaban ágiles ginetes y elegantes amazonas, no corrian aquellos desbandados por las calles, como era la costumbre, sino que formado cerrado escuadron llevaron una gran _alborada_, ó mejor dicho, una gran serenata al Gefe Superior de la Provincia; y en el mismo órden con que á su palacio concurrieron, continuaron la marcha por todas las calles, á la luz de los blandones que llevaban los lacayos. Y aun en medio mismo de la animacion que esta fiesta produjo, fué de notarse la decadencia en que ya estaban las diversiones, por el hecho de que, pasadas las noches de la víspera y dia de San Juan, en la primera de las cuales tuvo efecto la serenata, desaparecieron los caballos sin esperar las noches de San Pedro, en que muy pocos ginetes se vieron por las calles.
Las carreras de por las tardes, que en años anteriores ofrecian un bonito espectáculo por el crecido número de apuestas damas que, en ellas tomaban parte, casi no llamaban la atencion; porque ni habia aficionadas que quisieran conservar la costumbre, ni se traian ya caballos, como en otro tiempo, notables por su gallardía y escogido paso.
En tal estado se hallaban las fiestas de San Juan, al llegar el año de 1849; y pocos años mas hubieran tardado en terminarse del todo para no aparecer en adelante mas que entre los recuerdos de los que vivieron en aquella época, cuando salió un bando que prohibia las carreras de San Juan.
La índole del libro que escribo no me permite juzgar esta disposicion, que necesita además el transcurso del tiempo para serlo con la imparcialidad que deben considerarse todas las cuestiones históricas, por pequeña ó grande que sea su importancia. Basta á mi intento manifestar que todos los deseos se vieron contrariados, por mas que ya no existieran por sostener las carreras de caballos; y que si poco empeño se habia mostrado por estas en los últimos años, menos fué el que hubo en 1849 por las diversiones con que trataron de suplirse; debido todo, sin duda, á la forma en que se hizo la transicion, puesto que transicion habia y se iba realizando paulatinamente.
Ni las serenatas, ni los bailes públicos, ni ninguna de las diversiones inventadas para suplir á las carreras, tuvieron eco en el pueblo, ni aun llamaron su atencion; y la maledicencia, siempre pronta á morder, suplió desde el primer momento al dulce y poético nombre de _veladas de San Juan_, el de _velorio de San Juan_; para representar de este modo la muerte de las antiguas costumbres.
El buen sentido práctico de este pueblo y su amor al órden, hicieron que pasaran estos hechos como desapercibidos; y, en los dos años subsiguientes, bien hubiera podido asegurarse que habia muerto el San Juan completamente. Sin embargo, el recuerdo de las fiestas populares subsistia latente en todos los espíritus; tal vez mas que por el deseo de conservarlas, por la contrariedad que habian esperimentado: así fué que, apenas llegó á la Isla otro gobernador, una de las primeras peticiones que tuvo fueron las carreras de caballos; mas como la prohibicion se extendia para siempre, el Gobernador se vió obligado á recurrir á S. M. para que resolviese lo que estimase mas conveniente. Por fortuna la Augusta Reina, á quien no en valde se apellida la Buena y que tantas pruebas tiene dadas de su amor á estas apartadas provincias, cedió, como siempre, á la súplica que se le hizo; y no solo concedió las carreras, sino que, comprendiendo la razon de ser de estas, ordenó que se celebrara cada dos años una exposicion pública de los productos de la Isla y un concurso de caballos, que fuera estímulo bastante para la mejora de las razas: cuyos actos debian efectuarse en el mes de San Juan, por considerarse que en él habia mayor concurrencia de forasteros en esta ciudad.
El año de 1854, en que, por primera vez, se cumplió este soberano mandato, fué una época de plácemes y de alegría durante todo el mes de Junio; y la afluencia de gentes extrañas, atraidas por la fiesta, la novedad de la exposicion, y el empeño que mostraron por tomar parte en el concurso todos aquellos que tenian caballos propios para ello, produjeron una animacion desconocida hacia ya muchos años y que nadie se hubiera imaginado en los cuatro anteriores: las carreras de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro estuvieron tan concurridas como en sus mejores tiempos; los obsequios que se prodigaron al digno Gobernador fueron tan multiplicados como sinceros y espontáneos; hubo ruidosas alboradas, á pié y á caballo, entre ellas alguna jibaresca, en la que en dialecto provincial lució su ingenio algun _trovador_ del país; las diversiones se sucedieron sin interrupcion durante los treinta dias de Junio; y por último, la _resurreccion del San Juan_, como se llamó vulgarmente á aquella fiesta fué tan completa que las antiguas costumbres, muertas ya por los años, volvieron á aparecer rejuvenecidas, ofreciendo vivir por mucho tiempo. Carreras, alboradas á pié y á caballo, regatas, concursos de caballos, bailes, y todo cuanto en los tiempos pasados habia tenido lugar para las fiestas del Patron, entró en el programa de aquel año, mas las nuevas diversiones que iban apareciendo poco á poco para encargarse de suplir las antiguas. Esta circunstancia y la de que la primera exposicion pública de productos del país se celebró en el mismo mes, atrajo una concurrencia extraordinaria de gentes de todas las partes de la Isla, que dieron sin duda mayor realce á aquellas fiestas, en las que tomó ya una parte mas activa el Ayuntamiento de la Capital, puesto que costeó diferentes diversiones públicas como las regatas y un baile que dió en los salones de su casa; fiesta digna de la Corporacion que la ofrecia y del pueblo al que iba dedicada y que veia ir así cambiándose sus costumbres antiguas por el camino en que debian encontrarse con las de pueblos mas cultos.
En el año de 1855 las fiestas de San Juan no ofrecieron ni tanta variedad de diversiones ni tanta animacion como en 1854; pero en cambio se introdujo la costumbre de los disparos y detonaciones de todos calibres, con una abundancia tal que no pareció sino que cada cual quiso hacer gala de poseer alguna arma de fuego y de saber manejarla. Puede decirse que las fiestas se reasumieron todas en tiros; pues apesar de que hubo alboradas y carreras, ni en unas ni en otras se notó la animacion y la concurrencia que tuvieron en el año anterior. Habia pasado el motivo que reanimó las diversiones de 1854 y las fiestas de San Juan volvieron á presentarse en un nuevo período de decadencia que nada fué capaz de interrumpir durante diez años seguidos. Cada año que transcurria iba siendo menor el número de ginetes que se presentaban en las tardes de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro; y años hubo en que ni un solo caballo se veia por las noches, las cuales pasaban indiferentes, sin mostrar indicio alguno de lo que habian sido en otro tiempo.
Y no se diga que esto acontecia porque el pueblo no se hallaba en ánimo de divertirse; ocasiones tubo de probar lo contrario con distintas causas y particularmente en las fiestas reales celebradas por el Natalicio de S. A. R. el Serenísimo Sr. Príncipe de Asturias; en las que hubo la franca y expansiva alegría que caracteriza á estos habitantes; y en las que se sucedieron sin interrupcion durante diez ó doce dias las mas variadas diversiones. La verdadera causa era que ya el pueblo no gustaba, por lo menos en el grado que antes, de las fiestas tradicionales con que se celebraba al Patron; y ó que habian de cambiarse aquellas en armonía con las variaciones que en las costumbres se notaban, ó que concluirian por terminar definitivamente sin dejar mas que su recuerdo que se estinguiria probablemente con el tiempo.
El Ayuntamiento, que hacia tantos años habia dejado de tomar en las fiestas la parte activa que en otras épocas tomaba, tuvo el acierto de no ver con indiferencia la transformacion que se operaba; y sin intervenir en la voluntad pública, ni para cohartar ni para impulsar al pueblo á que se divirtiese en la forma que quisiera, ofreció constantemente en la década á que acabo de referirme bailes y alboradas que siempre fueron acogidas con gusto por el pueblo; pero el primitivo San Juan decaia y eran necesarios nuevos esfuerzos para hacerle revivir, probablemente por un corto tiempo, como ya habia acontecido diversas veces.
En el año de 1865 se realizaron esos esfuerzos, con motivo de la invitacion hecha á las señoritas de Cáguas, que estas tuvieron la amabilidad de aceptar; y su presencia en nuestra ciudad produjo una animacion de que hacia tiempo no se daba muestras; siendo de notarse que en todos los dias del mes de Junio salieron _alboradas_ de cuantos gremios comerciales é industriales contiene la poblacion. Con tales precedentes y en medio de la alegría general que reinaba, natural era esperar que revivieran las carreras de caballos y que las calles volvieran á verse, en las noches de San Juan y San Pedro, tan concurridas como lo habian estado en otras épocas. ¡Vana esperanza! Apenas hubo por las tardes algunas jóvenes que, por cortesía sin duda, acompañaron á correr á las Cagüeñas; por la noche, la misma soledad de los años anteriores, la misma falta de caballos. No parece sino que el pueblo habia adquirido ya la conviccion de que era pasada la época de la diversion favorita de nuestros antepasados; y voluntariamente abandonaba las costumbres que aquellos le legaran.
El contraste de gustos entre unas y otras generaciones se puso mas de relieve el año último, en el que el Ayuntamiento comprendiendo la variacion que el tiempo habia introducido en las costumbres, sin rechazar las que ya lo han sido por la opinion, ofreció nuevas diversiones que anteriormente nunca habian formado parte de las fiestas. Esas diversiones nuevas fueron, sin embargo, aceptadas de muy buen grado por el público que las favoreció concurriendo á ellas en número muy considerable; mientras que dejaba pasar indiferente las que en otro tiempo eran el principal atractivo del San Juan.
Y no se atribuya esta eleccion al encanto que siempre ofrece la novedad; porque en el presente año hemos vuelto á ver las citadas diversiones tan favorecidas como en el anterior, y no obstante ya no eran nuevas. La causa verdadera de la variacion estriba, pues, indudablemente en la transformacion de los gustos; en la alteracion que han sufrido las costumbres; y así es de creerse, con mas razon, cuando se reflexiona sobre las profundas variaciones que han tenido todos nuestros hábitos y hasta los mas pequeños detalles de la vida en esta antilla. Y no es extraño que tal acontezca porque lo propio pasa con la humanidad entera; y esa es la obra lenta pero indefectible del tiempo que, como he dicho antes, todo lo cambia y lo trastorna todo, sin que frecuentemente nos apercibamos de ello, ni aun sepamos darnos cuenta de lo que sucede á nuestra vista.
Ha terminado la ligera reseña que me propuse hacer de la historia de las fiestas del Patron: antes de pasar á la descripcion de las que se han efectuado en presente año preciso será que, aunque en breves palabras, dé una idea de la situacion del país en los momentos en que aquellas se aproximaban, para que pueda formarse juicio del motivo que, en mi humilde sentir, ha forzado al Ayuntamiento á verificarlas con la esplendidez con que las hemos visto efectuarse.
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V.
_Situacion del país._