Part 2
En medio de la algaraza y gresca generales habia algunas horas de intérvalo en la mañana del dia de San Juan, en las que la fiesta tomaba un carácter sério y hasta magestuoso, en tanto que el pendon Real paseaba las calles de la Ciudad, que con esa demostracion rendia un tributo de homenage al Soberano, segun la antigua usanza de los tiempos feudales que todavia se conservaba en todas las provincias de la nacion.
Hallábase el pendon depositado en las Salas Capitulares y el dia indicado, reunido el Ayuntamiento en el mismo local pasaba en cuerpo á buscar al Regidor Alférez Real, que era el que levantaba aquella insignia y despues al Gobernador Superior, Presidente de la Corporacion, volviendo en seguida á la casa consistorial. Frente á esta, y de antemano, esperaban en la plaza los principales funcionarios, la oficialidad de la guarnicion, los escribanos y las personas mas notables de la poblacion, caballeros en los mas briosos corceles que podian encontrar, pues era lujo lucir los de mejor paso y gallardía.
Tomado el pendon por el Alférez Real, á presencia de toda la Corporacion que le escoltaba, á manera de guardia de honor, montaban todos los individuos que la componian y se ponia en marcha el cortejo, seguido de una compañia de milicias de caballería, recorriendo en forma procesional las principales calles de la Ciudad. Terminado el paseo, se situaban el Gobernador y Ayuntamiento en un palco ó tribuna que al efecto se levantaba, lujosamente engalanado, al extremo de una de dichas calles, que en el siglo pasado era la de la Fortaleza y posteriormente fué la de San Sebastian; y daban principio las carreras de caballos, en parejas de á dos, comenzando por los miembros del Ayuntamiento y concluyendo por los últimos soldados de la escolta.
Escusado es que yo diga que la poblacion entera concurria á presenciar esta fiesta, agolpándose en las avenidas de las calles que confluian á la en que aquella se celebraba, y llenando las puertas y balcones de las casas que ostentaban vistosas colgaduras. Aun recuerdo, tal vez confusamente si bien con todo el grato placer que producen en el alma las memorias de los alegres dias de la infancia, que mi casa, situada en la calle de la fiesta, se llenaba, como todas las del vecindario, de amigos invitados que compartian aquel dia nuestro almuerzo, y nos exijian, como de rigor, el tradicional _manjar-blanco_. Y eso que yo solo alcancé el último de los años en que se celebró la fiesta del pendon.
Terminadas las carreras, volvia el cortejo á ponerse en marcha y se dirijia á la Catedral; allí el Alférez Real tomaba su puesto al lado izquierdo del Preste durante la procesion y despues del Presidente del Ayuntamiento mientras la misa: en tanto que esta duraba, el pendon permanecia en el presbiterio, al lado del Evangelio; y concluido, era tomado de nuevo por el Alférez Real y conducido con la misma pompa á la casa de Ciudad, en cuyos balcones ondeaba despues por el resto del dia.
Los Alféreces reales y los Regidores que los suplian en vacantes, ausencias ó enfermedades, competian en dar cada cual mas esplendor á esta fiesta; y no se reducian á lo oficial, por decirlo así, sino que, terminado el acto, obsequiaban á los concurrentes con un espléndido refresco; y en la noche del mismo dia, ó en la del siguiente generalmente, daban baile en su casa.[9] Este baile era por lo comun el anuncio de los que despues seguian hasta el 30 de Agosto, en que se celebraba la fiesta de Santa Rosa, como patrona de las Indias; aunque aquella diversion no era tan frecuente como lo es en nuestros tiempos, sin duda porque las gentes de aquella época, aunque aficionadas á Terpsícore, estaban mas bien que por el _dulce merengue_, como hoy se dice, por el movimiento del caballo; puesto que si los bailes no eran frecuentes, las carreras se repetian bien amenudo, como lo dicen los escritores que he citado.
[9] Estos detalles están tomados del acta del Ayuntamiento, de 14 de Mayo de 1804, que los describe minuciosamente á consecuencia de una cuestion de ceremonia promovida por el Alférez Real, que lo era entonces D. José Power.
Además de estas fiestas, se efectuó indudablemente desde principios ó mediados del siglo pasado la que se conoce con el nombre de _alborada de la leche_, que á tan malos términos la hemos visto llegar en la década anterior á la presente. A juzgar por las medidas de policía que se tomaron por los años de 1780 y 81, esta fiesta nació de que los forasteros que concurrian á las carreras llegaban generalmente á la ciudad en la madrugada de la víspera de San Juan y sus amigos salian á recibirlos al campo de Puerta de tierra, cosa por cierto bien natural en tiempo de tanta franqueza y en que era costumbre general dejar el lecho antes que la aurora derramara sus rosados resplandores.
Pero es el caso que á la misma hora llegaban tambien al mismo sitio los jíbaros que traian frutos para el mercado y mas especialmente los espendedores de leche; y detenidos estos unas veces por los ginetes que se les adelantaban impidiéndoles el paso; y chasqueados otras los que salian de la Ciudad al ver que no llegaban las personas que iban á recibir; se amostazaban unos y otros, prorumpiendo los mas fogosos en dichos agudos é inocentes que eran aplaudidos por toda la concurrencia y adelantándose algunos á lanzar picantes epígramas que no quedaban sin contestacion. Y como que el camino de la burla es resbaladizo de suyo, pronto de los dichos se pasó á los hechos; y se lanzaban de una á otra parte proyectiles que la decencia no debió permitir siquiera que se tomaran en las manos, como no permite tampoco el que se nombren.
Andando el tiempo esta diversion llegó á verificarse con música; pero los que salian no eran ya los amigos que iban á recibir á sus amigos, sino los chiquillos que iban á impedir, con obstáculos poco limpios, el paso de los jíbaros; y algunos curiosos que encontraban en ello una diversion que no lo era desde el momento en que ocasionaba perjuicios á un número considerable de individuos.
Por fortuna la última vez que recuerdo esta diversion de algunos años á esta parte, lejos de ofrecer el aspecto repugnante que tenia en el tiempo que acabo de indicar, fué por el contrario un obsequio hecho á muchas señoras y señoritas distinguidas que tuvieron la complacencia de ir á tomar el café en una de las glorietas del paseo de Puerta de tierra, que estaba preparada para este objeto. Reunióse una numerosa y escogida concurrencia; y la novedad de esta especie de ribota, así como el atractivo de la música, distrageron al público de su anterior costumbre.
[Ilustración]
II.
_Alternativas del San Juan._
Ya los lectores conocen lo que fueron las fiestas del Patron en sus primeros tiempos y hasta terminar el siglo pasado.
Funcion religiosa, el paseo del pendon y las carreras de caballos. ¿Quién no trasluce á traves de estas tres simples cosas todo el carácter de aquella sociedad que vivia en nuestro país, como habia vivido la de Europa en plena edad media? Dios, el Rey y la patria, tomada esta en la estrecha acepcion de la provincia, (lo que no era extraño en las prácticas feudales) eran en resúmen el significado de aquellas tres clases de fiestas que componian el conjunto de las de San Juan. Imposible era en verdad que gentes, no solo tan religiosas sino hasta tan respetuosas como las de aquella época, en todos los actos de su vida, de cualquier género que fueran, no comenzaran por volver los ojos hácia el cielo y dar gracias ó impetrar la clemencia del que todo lo rige. Los hombres que entonces dirijian, sinó los destinos, por lo menos la vida cuotidiana de este pueblo; aquellos que formaban el respetable cuerpo que se conocia bajo el significativo título de Concejo, Justicias y Regimiento de Puerto-Rico, juzgaban que su primera demostracion de homenage debia ser ofrecida al Santo bajo cuya advocacion se habia levantado la ciudad, para obtener así su favorable intercesion ante el trono del Omnipotente; por eso se apresuraban desde la víspera de San Juan á ir á presentar á este las llaves de la ciudad como el mejor testimonio de que se reconocian colocados bajo su especial proteccion. Acto sencillo pero solemne que envuelve en sí un no sé qué de ternura respetuosa que conmueve las fibras del sentimiento hasta en el alma mas descreida.
Despues venia el acto de vasallage á aquel bajo cuya proteccion vivian en la tierra; y el paseo del pendon no era mas que un tributo de homenage rendido al Soberano que regia los destinos de esta Isla.
Por último, le tocaba su vez al país. Apesar de que en mas de una ocasion y muy generalmente, aun por personas de buen criterio, he oido criticar las carreras de caballos como una diversion casi salvaje, creo que las carreras formaban la principal fiesta del pueblo porque envolvian en sí el remedio de una gran necesidad que aquel esperimentaba, sobre todo en aquellos tiempos; y la conviccion íntima de esa necesidad trabajaba quizás mas que la tradicion en conservar el medio de subvenir á ella, sin darse razon ni aun los mismos que lo hacian, como amenudo acontece con todo aquello en que interviene el público.
Mas adelante tendré ocasion de volver á presentar á mis lectores este asunto que, en mi humilde juicio, constituye la esencia ó por lo menos la razon de ser de las carreras de San Juan.
Pasemos ahora al objeto de este capítulo.
No obstante el esplendor y realce que se ha visto trataba de dar el Ayuntamiento á las fiestas de su Santo Patron, no por esto se libraron estas de sufrir las alternativas que tan propias son de todas las cosas humanas; y ya en el año de 1778 fué tan grande la desanimacion que reinó en el público, á consecuencia de la falta de asistencia de los principales funcionarios, de la oficialidad y de las personas visibles, que el Ayuntamiento creyó oportuno elevar su voz hasta el Trono y esponer á S. M. los perjuicios que irrogaria á la poblacion y á la Isla entera la falta de la fiesta; porque habian quedado "desanimados estos moradores y naturales y totalmente desmayados en la crianza de sus caballos, con el esmero que lo habian acostumbrado para lograr una ventajosa estimacion y utilidad del público, objeto que les obligaba á encarecer su peticion de que no tan solo no se dejasen decaer las fiestas de San Juan, sino que, por el contrario, se observara en este asunto el estilo de tantos años pasados."[10]
[10] Acuerdo de 30 de Junio de 1778.
El acta capitular en que consta esta peticion, tomada sin duda alguna en medio de la impresion desagradable que esperimentara la Corporacion, revela, entre otras cosas, que la desanimacion pública era tal que, aun la víspera del dia de San Pedro en que tanto se corria antes y se corrió despues, no habia habido carreras.
El Rey se sirvió declarar obligatoria[11] para todas las Corporaciones y funcionarios civiles y militares la concurrencia á las fiestas religiosa y del pendon; pero, sin embargo de esto, las diversiones decayeron mucho en los años subsecuentes y fué necesario que transcurrieran algunos y que se presentara un acontecimiento tan estraordinario como el del sitio puesto por los Ingleses á esta plaza, para que las carreras volvieran á ser lo que antiguamente fueron y tuvieran toda la animacion que vió en ellas el naturalista Mr. Ledru.
[11] No he encontrado disposicion alguna que lo diga; pero así se deduce de varias actas de años posteriores.
Al comenzar el siglo XIX las fiestas de San Juan estaban probablemente decaidas, apesar de que las carreras de caballos fueran siempre concurridísimas; pero, en cambio, esta clase de diversion iba concretándose á solo las fiestas del Patron y fué poco á poco dejando de correrse para San Mateo y aun para Santiago, cesando de hacerse definitivamente en estos dos últimos dias cuando apenas habian transcurrido diez ó doce años del presente siglo; y de tal manera se desistió de ello que no pudo conseguirse el que volviera á correrse en el dia de Santiago, no obstante los esfuerzos que para ello hicieron muchos aficionados algunos años mas tarde.
Como era consiguiente, concretadas las carreras de caballos á solo la fiesta de San Juan, ó mejor dicho á la víspera y dia de este santo y víspera y dia de San Pedro, notábase mas animacion para ellas; y las _candeladas_, ú hogueras en las esquinas de las calles, que venian de tiempo inmemorial y habian caido en desuso casi completamente, volvieron á encenderse con mas ardor en las noches de aquellos dias; no pareciendo sino que el deseo con que cada año se esperaba la fiesta avivaba la llama de aquellas.
En el segundo año de este siglo, ó sea el de 1801, un nuevo motivo, extraño del todo á las fiestas del Santo Patron, fué sin embargo causa de que tomaran estas un esplendor cual nunca se habia conocido, haciendo á la vez que su recuerdo conservara por mucho tiempo vivo el ardor de estos habitantes para celebrar el San Juan. En dicho año, y no antes, porque segun aparece de las actas capitulares, no fué posible efectuarlo, el Ayuntamiento de la Capital dispuso celebrar la victoria que este pueblo habia obtenido en 1797 sobre los Ingleses que sitiaron la Ciudad, al mismo tiempo que demostrar su gratitud por las gracias que el Soberano concedia á la Capital, á consecuencia de dicha victoria, entre las que se cuenta la del título de MUY NOBLE Y MUY LEAL con que hoy se distingue. Unióse á estas funciones la de la inauguracion de la nueva Casa Consistorial que se habia terminado por la misma fecha y que es la que hoy existe, aunque bastante reformada; y con tales motivos, designados los dias de Julio que median entre San Pedro y Santiago para la fiesta de la conmemoracion de la victoria, hubo sin duda aquel año una fiesta no interrumpida desde los primeros de Junio hasta los primeros de Agosto, ó quizás hasta los últimos de este último mes, en que se celebra á Santa Rosa.
No he podido encontrar documento alguno ni crónica que describa estas fiestas, ni la tradicion conserva, que yo sepa, (y he hecho diligencias por averiguarlo) recuerdo alguno del éxito que tuvieron; pero es de suponerse que fueran espléndidas porque la concurrencia de forasteros á la Ciudad fué tal que hubieron de levantarse viviendas provisionales en todos los barrios altos de la Capital; y hallándose muy escasos los artículos de subsistencia, hasta la misma carne, el Gobierno se vió obligado á disponer que se formara un padron de vecinos y los que no lo fueran de esta localidad volvieran á la suya en un término que excedia al de los dias de las fiestas. ¡Medida sensible por lo que afectaba al ensanche y engrandecimiento futuros de esta poblacion!
En este año tuvo orígen la _vela_, segun los datos que me suministró un honrado y alegre anciano cuya memoria recuerdo siempre con gusto; la _vela_, que no pueden menos de recordar todos aquellos que, como yo, puedan por desgracia hacer memoria de los sucesos acaecidos en las tres últimas décadas, era, segun yo la conocí, una silva, una demostracion de burla hecha á las personas que pasaban por la calle y especialmente á los forasteros que venian á las fiestas y que encontraban un recibimiento descortés en lugar de la amistosa hospitalidad que debia dispensárseles, y que se les daba sin duda pero amargándola con frecuentes y descompasados gritos que casi les impedian salir á la calle en los dias anteriores á la víspera y festividad del Patron, en los que por fortuna cesaba semejante demostracion. La _vela_, frase que en su principio debió tener el verbo en plural y decir por lo tanto _vedla_, era un espectáculo tan grotesco como original que no se concibe en un pueblo de tan buenos sentimientos y de tan honrado corazon como el de Puerto-Rico: hoy que ha pasado completamente, no se explica que por todas partes se encontraran gentes dispuestas á burlarse de todo el que veian pasar por delante de la puerta de su casa, usando para ello de instrumentos desagradables, como el cuerno, el _fotuto_, los almireces empleados como campanas, matracas y todo lo que formara ruido inarmónico y descompasado. Con dolor es necesario confesar que estábamos mal educados todavia; si bien debemos regocijarnos de lo que en este camino hemos adelantado.
¡Y cuán distinta cosa era esta grosera burla de lo que habia sido en su principio la _vela_! Acostumbrado este pueblo en aquellos tiempos á vivir casi en familia, sus actos llevaban un sello de franqueza que no puede hoy existir, pero que no por eso deja de ser lamentable que no puedan tenerlo. Aquellas buenas gentes que ya hemos visto que desde casi mediados del siglo pasado salian á Puerta de tierra á recibir á sus amigos que venian á las fiestas, conservaban todavia esta costumbre en 1801; pero como la inmigracion fué estraordinaria en este año y siendo los medios de locomocion muy escasos no todos hubieron de ponerse en marcha cuando lo pensaron, sucedia frecuentemente que los que esperaban se llevaban chasco mas de una vez no viendo llegar á los que eran esperados; y cuando al fin los descubrian bien en el sitio designado ó á la puerta de sus casas, eran sorprendidos agradablemente y prorumpian en aclamaciones de júbilo, en las que casi siempre tomaban parte los vecinos, porque los vecinos en aquella época gozaban del derecho de entrar y salir en las casas contiguas como en la suya propia, tomando parte en las alegrías y en los pesares de la familia. ¡Qué tiempos y qué costumbres! Verdad es que, echadas en una balanza las ventajas y los inconvenientes de semejantes franquezas, no sé en verdad cual de los dos platillos seria el que apareciera mas recargado, por mas que hoy tronemos contra los abusos de aquella costumbre, sin tener en cuenta que nuestros abuelos, al contrario de nosotros que nos movemos mucho, nacian, vivian y morian en una misma casa; y como de igual modo procedian el que vivia enfrente y los que vivian á los costados, los vecinos que tenian tanta franqueza no eran en resúmen mas que cuatro ó seis amigos verdaderos, como quizás no se encuentran hoy. A esas demostraciones de júbilo solia agregarse de vez en cuando una música, aunque no fuera muy armoniosa; y hé aquí lo que engendró la _vela_, que el tiempo y quizás el cambio de costumbres se encargaron de degenerar, hasta el extremo de convertir en una cosa, por lo menos inaceptable, lo que en su principio fué sin duda laudable; una muestra de afecto propia de aquellos tiempos y de aquellas gentes. Por fortuna nuestro pueblo que, sin perder su natural bondad, va adquiriendo cada dia mas cultura ha rechazado hace ya muchos años esas burlas incalificables y nada tendré por tanto que decir de ellas como cronista.
En los años de 1802 y 1803, las fiestas de San Juan decayeron algun tanto, por consecuencia de que ni el Ayuntamiento ni el público concurrieron á las funciones religiosas, á causa del mal estado de la pequeña parte del templo que hacia de Catedral, por hallarse esta arruinada á consecuencia de temporales sufridos, y sabido es que el pueblo de Puerto-Rico ha antepuesto siempre á todo sus sentimientos y sus prácticas religiosas; pero rehabilitada, aunque no del todo, la Iglesia, en 1804 volvieron á continuar las fiestas de San Juan, sin otra innovacion en los años subsiguientes que la de la introduccion de las _alboradas_, de que tendré ocasion de ocuparme mas adelante; y así se conservaron con mas ó menos auge, con mas ó menos animacion, hasta estos últimos treinta años en que han sufrido las variadas peripecias que se verán en el capítulo siguiente.
[Ilustración]
III.
_El San Juan en el presente siglo._
Poco despues de los años en que quedó el relato al terminar el anterior capítulo y cuando aun no habian corrido mas que veinte del presente siglo, la poblacion de la Isla tuvo un aumento repentino y de notable consideracion, producido por las emigraciones, primero de la parte francesa de la América del Norte, y despues de los paises situados á orillas del mar Caribe en la América del Sud. Esas emigraciones trageron á la vez que capitales y conocimientos, que hicieron tomar un desarrollo inesperado al trabajo de la Isla, un grado de cultura superior sin duda al de esta sociedad, que harta tenia en medio del aislamiento en que se encontraba, y que tuvo el talento de apropiarse muy pronto los adelantos que se le entraron por las puertas cuando menos lo imaginaba.
El número de familias que llegó á la Isla, por crecido que fuera y por mucha influencia que ejerciera en la prosperidad social y material del país, no fué sin embargo bastante para reformar las costumbres; y mucho menos los actos oficiales que figuraban como una de las mas importantes partes de las fiestas populares de esta ciudad, porque precisamente esos actos representaban principios por los que los emigrantes acababan de sacrificar su porvenir, su posicion, sus familias y todo cuanto puede constituir el bienestar del hombre sobre la tierra. ¡Rasgo sublime de abnegacion en aras del amor patrio, que me complazco en recordar con admiracion y respeto, por mas que él me obligue hoy á doblar mi humilde frente para buscar en el trabajo el alimento de mis hijos y el mio propio! Así pues las costumbres de este pueblo continuaron siendo lo que eran y las fiestas populares de San Juan se vieron cada vez mas animadas, merced al mayor número de individuos que en ellas tomaban parte; y que la tomaban con tanto mayor gusto cuanto que la diversion de las carreras se amoldaba bastante á los usos de su país.
El mismo aumento de poblacion y por consecuencia la necesidad de mayor número de caballerías para facilitar el mayor movimiento que aquel producia en el interior de la Isla, desprovista de toda clase de caminos que no fueran los de herradura y aun estos mismos en mal estado casi siempre, eran un nuevo estímulo para las carreras de San Juan, que sin propósito determinado y por solo la fuerza de la necesidad llegaron á ser, sin que nadie lo dijera, una especie de féria anual que estimulaba la crianza del ganado mejorando constantemente las razas de caballos.
Así pasaron algunos años, celebrándose en todos ellos las fiestas del Patron, sin que se introdujeran mas variaciones que aquellas que sin duda producia en cada año el mejor ó peor humor de los vecinos y por consiguiente la mas ó menos predisposicion para divertirse. Llegó empero el año de 1812 y con él la nueva forma constitucional que el Gobierno Supremo dió á la nacion, inclusas estas sus apartadas provincias; y variada por completo la organizacion del Ayuntamiento de esta Ciudad, como la de todos los demás del Reino, cesaron los actos públicos oficiales que se celebraban para San Juan y las fiestas tomaron entonces un carácter enteramente popular, al que en nada contribuyó por de pronto el Municipio, como no fuera en sostener las funciones religiosas que se efectuaban en obsequio del Santo tutelar.
Pasada la época constitucional volvió el pendon á pasear las calles de la Capital y los Alféreces Reales volvieron á festejar aquel acto con refrescos y bailes, como se habia acostumbrado hacerlo en los años anteriores; y este pueblo, tan sencillo como fiel y respetuoso, vió de nuevo, con la misma consideracion con que siempre la habia visto, aquella ceremonia que no era mas que un recuerdo de lo que de hecho habia dejado de existir.
Por esta época tuvieron orígen las alboradas como parte de las fiestas de San Juan; y al incluirlas en el número de estas sin duda que fué la intencion de perpetuar la memoria de acontecimientos que habian sido de grande importancia en su tiempo.