Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana
Part 9
Desde el oculto y venerable asilo Do la virtud austera y penitente Vive ignorada y, del liviano mundo Huida, en santa soledad se esconde, El triste Fabio al venturoso Anfriso Salud en versos flébiles envía. Salud le envía a Anfriso, al que inspirado De las mantuanas musas, tal vez suele Al grave son de su celeste canto Precipitar del viejo Manzanares El curso perezoso: tal süave Suele ablandar con amorosa lira La altiva condición de sus zagalas. ¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado A quien no dio la suerte tal ventura Pudiese huir del mundo y sus peligros! ¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla Logró arribar a puerto tan seguro, Que esconderla supiera en este abrigo, A tanta luz y ejemplos enseñado! Huyera así la furia tempestuosa De los contrarios vientos, los escollos, Y las fieras borrascas tantas veces Entre sustos y lágrimas corridas. Así también del mundanal tumulto Lejos, y en estos montes guarecido, Alguna vez gozara del reposo, Que hoy desterrado de su pecho vive. Mas ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo De la virtud arrastra la cadena, La pesada cadena con que el mundo Oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste En cuyo oído suena con espanto, Por esta oculta soledad rompiendo, De su señor el imperioso grito! Busco en estas moradas silenciosas El reposo y la paz que aquí se esconden, Y solo encuentro la inquietud funesta Que mis sentidos y razón conturba. Busco paz y reposo, pero en vano Los busco ¡oh caro Anfriso! que estos dones, Herencia santa que al partir del mundo Dejó Bruno en sus hijos vinculada, Nunca en profano corazón entraron Ni a los parciales del placer se dieron. Conozco bien que, fuera de este asilo, Solo me guarda el mundo sinrazones, Vanos deseos, duros desengaños, Susto y dolor; empero todavía A entrar en él no puedo resolverme. No puedo resolverme, y despechado Sigo el impulso del fatal destino Que a muy más dura esclavitud me guía. Sigo su fiero impulso, y llevo siempre Por todas partes los pesados grillos Que de la ansiada libertad me privan. De afán y angustia el pecho traspasado, Pido a la muda soledad consuelo Y con dolientes quejas la importuno. Salgo al ameno valle, subo al monte, Sigo del claro río las corrientes, Busco la fresca y deleitosa sombra, Corro por todas partes, y no encuentro En parte alguna la quietud perdida. ¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos, Cansados de llorar, presenta el cielo! Rodeado de frondosos y altos montes Se extiende un valle, que de mil delicias Con sabia mano ornó naturaleza. Pártele en dos mitades, despeñado De las vecinas rocas, el Lozoya, Por su pesca famoso y dulces aguas. Del claro río sobre el verde margen Crecen frondosos álamos, que al cielo Ya erguidos alzan las plateadas copas, O ya, sobre las aguas encorvados, En mil figuras miran con asombro Su forma en los cristales retratada. De la siniestra orilla un bosque umbrío Hasta la falda del vecino monte Se extiende: tan ameno y delicioso Que le hubiera juzgado el gentilismo Morada de algún dios, o a los misterios De las silvanas Dríadas guardado. Aquí encamino mis inciertos pasos, Y en su recinto umbrío y silencioso, Mansión la más conforme para un triste, Entro a pensar en mi cruel destino. La grata soledad, la dulce sombra, El aire blando y el silencio mudo, Mi desventura y mi dolor adulan. No alcanza aquí del padre de las luces El rayo acechador, ni su reflejo Viene a cubrir de confusión el rostro De un infeliz en su dolor sumido. El canto de las aves no interrumpe Aquí tampoco la quietud de un triste, Pues solo de la viuda tortolilla Se oye tal vez el lastimero arrullo, Tal vez el melancólico trinado De la angustiada y dulce Filomena. Con blando impulso el céfiro süave, Las copas de los árboles moviendo, Recrea el alma con el manso ruido, Mientras al dulce soplo desprendidas Las agostadas hojas, revolando, Bajan en lentos círculos al suelo, Cúbrenle en torno, y la frondosa pompa Que al árbol adornara en primavera, Yace marchita y muestra los rigores Del abrasado estío y seco otoño. ¡Así también de juventud lozana Pasan, oh Anfriso, las livianas dichas! Un soplo de inconstancia, de fastidio, O de capricho femenil las tala Y lleva por el aire, cual las hojas De los frondosos árboles caídas. Ciegos empero, y tras su vana sombra De contino exhalados, en pos de ellas Corremos hasta hallar el precipicio Do nuestro error y su ilusión nos guían. Volamos en pos de ellas como suele Volar a la dulzura del reclamo Incauto el pajarillo: entre las hojas El preparado visco le detiene: Lucha cautivo por huir, y en vano, Porque un traidor, que en asechanza atisba, Con mano infiel la libertad le roba Y a muerte le condena o cárcel dura. ¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos Un pronto desengaño corrió el velo De la ciega ilusión! ¡Una y mil veces Dichoso el solitario penitente Que, triunfando del mundo y de sí mismo, Vive en la soledad libre y contento! Unido a Dios por medio de la santa Contemplación, le goza ya en la tierra, Y retirado en su tranquilo albergue Observa reflexivo los milagros De la naturaleza, sin que nunca Turben el susto ni el dolor su pecho. Regálanle las aves con su canto, Mientras la aurora sale refulgente A cubrir de alegría y luz el mundo. Nácele siempre el sol claro y brillante, Y nunca a él levanta conturbados Sus ojos, ora en el oriente raye, Ora, del cielo a la mitad subiendo, En pompa guíe el reluciente carro; Ora con tibia luz, más perezoso, Su faz esconda en los vecinos montes. Cuando en las claras noches cuidadoso Vuelve desde los santos ejercicios, La plateada luna en lo más alto Del cielo mueve la luciente rueda Con augusto silencio, y recreando Con blando resplandor su humilde vista, Eleva su razón, y la dispone A contemplar la alteza y la inefable Gloria del Padre y Criador del mundo. Libre de los cuidados enojosos Que en los palacios y dorados techos Nos turban de contino, y entregado A la inefable y justa Providencia, Si al breve sueño alguna pausa pide De sus santas tareas, obediente Viene a cerrar sus párpados el sueño Con mano amiga, y de su lado ahuyenta El susto y las fantasmas de la noche. ¡Oh suerte venturosa, a los amigos De la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca De los tristes mundanos conocida! ¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque umbrío! ¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria, Taciturna mansión! ¡Oh, quién, del alto Y proceloso mar del mundo huyendo A vuestra santa calma, aquí seguro Vivir pudiera siempre, y escondido! Tales cosas revuelvo en mi memoria En esta triste soledad sumido. Llega en tanto la noche, y con su manto Cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces A los medrosos claustros. De una escasa Luz el distante y pálido reflejo Guía por ellos mis inciertos pasos; Y en medio del horror y del silencio, ¡Oh fuerza del ejemplo portentosa! Mi corazón palpita, en mi cabeza Se erizan los cabellos, se estremecen Mis carnes, y discurre por mis nervios Un súbito rigor que los embarga. Parece que oigo que del centro oscuro Sale una voz tremenda que, rompiendo El eterno silencio, así me dice: «Huye de aquí, profano; tú, que llevas »De ideas mundanales lleno el pecho, »Huye de esta morada, do se albergan »Con la virtud humilde y silenciosa »Sus escogidos: huye, y no profanes »Con tu planta sacrílega este asilo.» De aviso tal al golpe confundido, Con paso vacilante voy cruzando Los pavorosos tránsitos, y llego Por fin a mi morada, donde ni hallo El ansiado reposo, ni recobran La suspirada calma mis sentidos. Lleno de congojosos pensamientos Paso la triste y perezosa noche En molesta vigilia, sin que llegue A mis ojos el sueño, ni interrumpan Sus regalados bálsamos mi pena. Vuelve por fin con la rosada aurora La luz aborrecida, y en pos de ella El claro día a publicar mi llanto Y dar nueva materia al dolor mío.
DON JUAN MELÉNDEZ VALDÉS
_64. Rosana en los fuegos_
Del sol llevaba la lumbre, Y la alegría del alba, En sus celestiales ojos La hermosísima Rosana, Una noche que a los fuegos Salió la fiesta de Pascua Para abrasar todo el valle En mil amorosas ansias. Por do quiera que camina Lleva tras sí la mañana, Y donde se vuelve rinde La libertad de mil almas. El céfiro la acaricia Y mansamente la halaga, Los Amores la rodean Y las Gracias la acompañan. Y ella, así como en el valle Descuella la altiva palma Cuando sus verdes pimpollos Hasta las nubes levanta; O cual vid de fruto llena Que con el olmo se abraza, Y sus vástagos extiende Al arbitrio de las ramas; Así entre sus compañeras El nevado cuello alza, Sobresaliendo entre todas Cual fresca rosa entre zarzas. Todos los ojos se lleva Tras sí, todo lo avasalla; De amor mata a los pastores Y de envidia a las zagalas. Ni las músicas se atienden, Ni se gozan las lumbradas; Que todos corren por verla Y al verla todos se abrasan. ¡Qué de suspiros se escuchan! ¡Qué de vivas y de salvas! No hay zagal que no la admire Y no se esmere en loarla. Cuál absorto la contempla Y a la aurora la compara Cuando más alegre sale Y el cielo de su albor baña; Cuál al fresco y verde aliso Que crece al margen del agua, Cuando más pomposo en hojas En su cristal se retrata; Cuál a la luna, si muestra Llena su esfera de plata, Y asoma por los collados De luceros coronada. Otros pasmados la miran Y mudamente la alaban, Y cuanto más la contemplan Muy más hermosa la hallan. Que es como el cielo su rostro Cuando en la noche callada Brilla con todas sus luces Y los ojos embaraza. ¡Ay, qué de envidias se encienden! ¡Ay, qué de celos que causa En las serranas del Tormes Su perfección sobrehumana! Las más hermosas la temen, Mas sin osar murmurarla; Que como el oro más puro No sufre una leve mancha. Bien haya tu gentileza, Una y mil veces bien haya, Y abrase la envidia al pueblo, Hermosísima aldeana. Toda, toda eres perfecta, Toda eres donaire y gracia, El amor vive en tus ojos Y la gloria está en tu cara. La libertad me has robado, Yo la doy por bien robada, Mas recibe el don benigna Que mi humildad te consagra. Esto un zagal la decía Con razones mal formadas, Que salió libre a los fuegos Y volvió cautivo a casa. Y desde entonces perdido El día a sus puertas le halla; Ayer le cantó esta letra Echándole la alborada: Linda zagaleja De cuerpo gentil, _Muérome de amores_ _Desde que te vi._ Tu talle, tu aseo, Tu gala y donaire, No tienen, serrana, Igual en el valle. Del cielo son ellos Y tú un serafín: _Muérome de amores_ _Desde que te vi._ De amores me muero, Sin que nada baste A darme la vida Que allá te llevaste, Si ya no te dueles Benigna de mí; _Que muero de amores_ _Desde que te vi_.
DON LEANDRO F. DE MORATÍN
_65. Elegía a las Musas_
Esta corona, adorno de mi frente, Esta sonante lira y flautas de oro Y máscaras alegres, que algún día Me disteis, sacras Musas, de mis manos Trémulas recibid, y el canto acabe, Que fuera osado intento repetirle. He visto ya cómo la edad ligera, Apresurando a no volver las horas, Robó con ellas su vigor al numen. Sé que negáis vuestro favor divino A la cansada senectud, y en vano Fuera implorarle; pero en tanto, bellas Ninfas, del verde Pindo habitadoras, No me neguéis que os agradezca humilde Los bienes que os debí. Si pude un día, No indigno sucesor de nombre ilustre, Dilatarle famoso, a vos fue dado Llevar al fin mi atrevimiento. Solo Pudo bastar vuestro amoroso anhelo A prestarme constancia en los afanes Que turbaron mi paz, cuando insolente Vano saber, enconos y venganzas, Codicia y ambición, la patria mía Abandonaron a civil discordia. Yo vi del polvo levantarse audaces, A dominar y perecer, tiranos: Atropellarse efímeras las leyes, Y llamarse virtudes los delitos. Vi las fraternas armas nuestros muros Bañar en sangre nuestra, combatirse, Vencido y vencedor hijos de España, Y el trono desplomándose al vendido Ímpetu popular. De las arenas Que el mar sacude en la fenicia Gades, A las que el Tajo lusitano envuelve En oro y conchas, uno y otro imperio, Iras, desorden esparciendo y luto, Comunicarse el funeral estrago. Así cuando en Sicilia el Etna ronco Revienta incendios, su bifronte cima Cubre el Vesubio en humo denso y llamas, Turba el Averno sus calladas ondas; Y allá del Tibre en la ribera etrusca Se estremece la cúpula soberbia Que al Vicario de Cristo da sepulcro. ¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro? ¿Quién dar al verso acordes armonías, Oyendo resonar grito de muerte? Tronó la tempestad: bramó iracundo El huracán, y arrebató a los campos Sus frutos, su matiz: la rica pompa Destrozó de los árboles sombríos: Todas huyeron tímidas las aves Del blando nido, en el espanto mudas; No más trinos de amor. Así agitaron Los tardos años mi existencia, y pudo Solo en región extraña el oprimido Ánimo hallar dulce descanso y vida. Breve será; que ya la tumba aguarda Y sus mármoles abre a recibirme; Ya los voy a ocupar... Si no es eterno El rigor de los hados, y reservan A mi patria infeliz mayor ventura, Dénsela presto, y mi postrer suspiro Será por ella... Prevenid en tanto Flébiles tonos, enlazad coronas De ciprés funeral, Musas celestes; Y donde a las del mar sus aguas mezcla El Garona opulento, en silencioso Bosque de lauros y menudos mirtos, Ocultad entre flores mis cenizas.
DON MANUEL MARÍA DE ARJONA
_66. La diosa del bosque_
¡Oh, si bajo estos árboles frondosos Se mostrase la célica hermosura Que vi algún día en inmortal dulzura Este bosque bañar! Del cielo tu benéfico descenso Sin duda ha sido, lúcida belleza: Deja, pues, diosa, que mi grato incienso Arda sobre tu altar. Que no es amor mi tímido alborozo, Y me acobarda el rígido escarmiento, Que ¡oh Piritöo! condenó tu intento Y tu intento, Ixïón. Lejos de mí sacrílega osadía: Bástame que con plácido semblante Aceptes, diosa, a mis anhelos pía, Mi ardiente adoración. Mi adoración y el cántico de gloria Que de mí el Pindo atónito ya espera: Baja tú a oírme de la sacra esfera ¡Oh radiante deidad! Y tu mirar más nítido y süave, He de cantar, que fúlgido lucero; Y el limpio encanto que infundirnos sabe Tu dulce majestad. De pureza jactándose natura, Te ha formado del cándido rocío Que sobre el nardo al apuntar de estío La aurora derramó; Y excelsamente lánguida retrata El rosicler pacífico de Mayo Tu alma: Favonio su frescura grata A tu hablar trasladó. ¡Oh imagen perfectísima del orden Que liga en lazos fáciles el mundo, Solo en los brazos de la paz fecundo, Solo amable en la paz! En vano con espléndido aparato Finge el arte solícito grandezas: Natura vence con sencillo ornato Tan altivo disfraz. Monarcas, que los pérsicos tesoros Ostentáis con magnífica porfía, Copiad el brillo de un sereno día Sobre el azul del mar: O copie estudio de émula hermosura De mi deidad el mágico descuido; Antes veremos la estrellada altura Los hombres escalar. Tú, mi verso, en magnánimo ardimiento Ya las alas del céfiro recibe, Y al pecho ilustre en que tu numen vive Vuela, vuela veloz; Y en los erguidos álamos ufana Penda siempre esta cítara, aunque nueva; Que ya a sus ecos hermosura humana No ha de ensalzar mi voz.
DON ALBERTO LISTA
_67. Al Sueño_
_El himno del desgraciado_
«_El grande y el pequeño_ _Iguales son lo que les dura el sueño._»
Desciende a mí, consolador Morfeo, Único dios que imploro, Antes que muera el esplendor febeo Sobre las playas del adusto moro. Y en tu regazo el importuno día Me encuentre aletargado, Cuando triunfante de la niebla umbría Asciende al trono del cenit dorado. Pierda en la noche y pierda en la mañana Tu calma silenciosa Aquel feliz que en lecho de oro y grana Estrecha al seno la adorada esposa. Y el que halagado con los dulces dones De Pluto y de Citeres, Las que a la tarde fueron ilusiones, A la aurora verá ciertos placeres. No halle jamás la matutina estrella En tus brazos rendido Al que bebió en los labios de su bella El suspiro de amor correspondido. ¡Ah! déjalos que gocen. Tu presencia No turbe su contento; Que es perpetua delicia su existencia Y un siglo de placer cada momento. Para ellos nace, el orbe colorando, La sonrosada aurora, Y el ave sus amores va cantando, Y la copia de Abril derrama Flora. Para ellos tiende su brillante velo La noche sosegada, Y de trémula luz esmalta el cielo, Y da al amor la sombra deseada. Si el tiempo del placer para el dichoso Huye en veloz carrera, Une con breve y plácido reposo Las dichas que ha gozado a las que espera. Mas ¡ay! a un alma del dolor guarida Desciende ya propicio; Cuanto me quites de la odiosa vida, Me quitarás de mi inmortal suplicio. ¿De qué me sirve el súbito alborozo Que a la aurora resuena, Si al despertar el mundo para el gozo, Solo despierto yo para la pena? ¿De qué el ave canora, o la verdura Del prado que florece, Si mis ojos no miran su hermosura, Y el universo para mí enmudece? El ámbar de la vega, el blando ruido, Con que el raudal se lanza, ¿Qué son ¡ay! para el triste que ha perdido, Último bien del hombre, la esperanza? Girará en vano, cuando el sol se ausente, La esfera luminosa; En vano, de almas tiernas confidente, Los campos bañará la luna hermosa. Esa blanda tristeza que derrama A un pecho enamorado, Si su tranquila amortiguada llama Resbala por las faldas del collado, No es para un corazón de quien ha huido La ilusión lisonjera, Cuando pidió, del desengaño herido, Su triste antorcha a la razón severa. Corta el hilo a mi acerba desventura, Oh tú, sueño piadoso; Que aquellas horas que tu imperio dura Se iguala el infeliz con el dichoso. Ignorada de sí yazca mi mente, Y muerto mi sentido; Empapa el ramo, para herir mi frente, En las tranquilas aguas del olvido. De la tumba me iguale tu beleño A la ceniza yerta, Solo ¡ay de mí! que del eterno sueño, Mas felice que yo, nunca despierta. Ni aviven mi existencia interrumpida Fantasmas voladores, Ni los sucesos de mi amarga vida Con tus pinceles lánguidos colores. No me acuerdes crüel de mi tormento La triste imagen fiera; Bástale su malicia al pensamiento, Sin darle tú el puñal para que hiera. Ni me halagues con pérfidos placeres, Que volarán contigo; Y el dolor de perderlos cuando huyeres De atreverme a gozar será el castigo. Deslízate callado, y encadena Mi ardiente fantasía; Que asaz libre será para la pena Cuando me entregues a la luz del día. Ven, termina la mísera querella De un pecho acongojado. ¡Imagen de la muerte! después de ella Eres el bien mayor del desgraciado.
DON MANUEL JOSÉ QUINTANA
_68. A España, después de la revolución de Marzo_