Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana

Part 8

Chapter 82,405 wordsPublic domain

Ufano, alegre, altivo, enamorado, Rompiendo el aire el pardo jilguerillo, Se sentó en los pimpollos de una haya, Y con su pico de marfil nevado De su pechuelo blanco y amarillo La pluma concertó pajiza y baya; Y celoso se ensaya A discantar en alto contrapunto Sus celos y amor junto, Y al ramillo, y al prado y a las flores Libre y ufano cuenta sus amores. Mas ¡ay! que en este estado El cazador cruel, de astucia armado, Escondido le acecha, Y al tierno corazón aguda flecha Tira con mano esquiva Y envuelto en sangre en tierra lo derriba. ¡Ay, vida mal lograda, Retrato de mi suerte desdichada! De la custodia del amor materno El corderillo juguetón se aleja, Enamorado de la yerba y flores, Y por la libertad del pasto tierno El cándido licor olvida y deja Por quien hizo a su madre mil amores: Sin conocer temores, De la florida primavera bella El vario manto huella Con retozos y brincos licenciosos, Y pace tallos tiernos y sabrosos. Mas ¡ay! que en un otero Dio en la boca de un lobo carnicero, Que en partes diferentes Lo dividió con sus voraces dientes, Y a convertirse vino En purpúreo el dorado vellocino. ¡Oh inocencia ofendida, Breve bien, caro pasto, corta vida! Rica con sus penachos y copetes, Ufana y loca, con ligero vuelo Se remonta la garza a las estrellas, Y, puliendo sus negros martinetes, Procura ser allá cerca del cielo La reina sola de las aves bellas: Y por ser ella de ellas La que más altanera se remonta, Ya se encubre y trasmonta A los ojos del lince más atentos Y se contempla reina de los vientos. Mas ¡ay! que en la alta nube El águila la vio y al cielo sube, Donde con pico y garra El pecho candidísimo desgarra Del bello airón que quiso Volar tan alto con tan corto aviso. ¡Ay, pájaro altanero, Retrato de mi suerte verdadero! Al son de las belísonas trompetas Y al retumbar del sonoroso parche, Formó escuadrón el capitán gallardo; Con relinchos, bufidos y corvetas Pidió el caballo que la gente marche Trocando en paso presuroso el tardo: Sonó el clarín bastardo La esperada señal de arremetida, Y en batalla rompida, Teniendo cierta de vencer la gloria, Oyó a su gente que cantó victoria. Mas ¡ay! que el desconcierto Del capitán bisoño y poco experto, Por no observar el orden Causó en su gente general desorden, Y, la ocasión perdida, El vencedor perdió victoria y vida. ¡Ay, fortuna voltaria, En mis prósperos fines siempre varia! Al cristalino y mudo lisonjero La bella dama en su beldad se goza, Contemplándose Venus en la tierra, Y al más rebelde corazón de acero Con su vista enternece y alboroza, Y es de las libertades dulce guerra: El desamor destierra De donde pone sus divinos ojos, Y de ellos son despojos Los purísimos castos de Diana, Y en su belleza se contempla ufana. Mas ¡ay! que un accidente, Apenas puso el pulso intercadente, Cuando cubrió de manchas, Cárdenas ronchas y viruelas anchas El bello rostro hermoso Y lo trocó en horrible y asqueroso. ¡Ay, beldad malograda, Muerta luz, turbio sol y flor pisada! Sobre frágiles leños, que con alas De lienzo débil de la mar son carros, El mercader surcó sus claras olas: Llegó a la India, y, rico de bengalas, Perlas, aromas, nácares bizarros, Volvió a ver las riberas españolas. Tremoló banderolas, Flámulas, estandartes, gallardetes: Dio premio a los grumetes Por haber descubierto De la querida patria el dulce puerto. Mas ¡ay! que estaba ignoto A la experiencia y ciencia del piloto En la barra un peñasco, Donde, tocando de la nave el casco, Dio a fondo, hechos mil piezas, Mercader, esperanzas y riquezas. ¡Pobre bajel, figura Del que anegó mi próspera ventura! Mi pensamiento con ligero vuelo Ufano, alegre, altivo, enamorado, Sin conocer temores la memoria, Se remontó, señora, hasta tu cielo, Y contrastando tu desdén airado, Triunfó mi amor, captó mi fe victoria; Y en la sublime gloria De esa beldad se contempló mi alma, Y el mar de amor sin calma Mi navecilla con su viento en popa Llevaba navegando a toda ropa. Mas ¡ay! que mi contento Fue el pajarillo y corderillo exento, Fue la garza altanera, Fue el capitán que la victoria espera, Fue la Venus del mundo, Fue la nave del piélago profundo; Pues por diversos modos Todos los males padecí de todos. Canción, ve a la coluna Que sustentó mi próspera fortuna, Y verás que si entonces Te pareció de mármoles y bronces, Hoy es mujer; y en suma Breve bien, fácil viento, leve espuma.

DON NICOLÁS F. DE MORATÍN

_62. Fiesta de toros en Madrid_

Madrid, castillo famoso Que al rey moro alivia el miedo, Arde en fiestas en su coso Por ser el natal dichoso De Alimenón de Toledo. Su bravo alcaide Aliatar, De la hermosa Zaida amante, Las ordena celebrar Por si la puede ablandar El corazón de diamante. Pasó, vencida a sus ruegos, Desde Aravaca a Madrid; Hubo pandorgas y fuegos, Con otros nocturnos juegos Que dispuso el adalid. Y en adargas y colores, En las cifras y libreas, Mostraron los amadores, Y en pendones y preseas, La dicha de sus amores. Vinieron las moras bellas De toda la cercanía, Y de lejos muchas de ellas: Las más apuestas doncellas Que España entonces tenía. Aja de Getafe vino, Y Zahara la de Alcorcón, En cuyo obsequio muy fino Corrió de un vuelo el camino El moraicel de Alcabón. Jarifa de Almonacid, Que de la Alcarria en que habita Llevó a asombrar a Madrid Su amante Audalla, adalid Del castillo de Zorita. De Adamud y la famosa Meco llegaron allí Dos, cada cual más hermosa, Y Fátima la preciosa, Hija de Alí el alcadí. El ancho circo se llena De multitud clamorosa, Que atiende a ver en la arena La sangrienta lid dudosa, Y todo en torno resuena. La bella Zaida ocupó Sus dorados miradores Que el arte afiligranó, Y con espejos y flores Y damascos adornó. Añafiles y atabales, Con militar armonía, Hicieron salva, y señales De mostrar su valentía Los moros más principales. No en las vegas de Jarama Pacieron la verde grama Nunca animales tan fieros, Junto al puente que se llama, Por sus peces, de Viveros, Como los que el vulgo vio Ser lidiados aquel día; Y en la fiesta que gozó, La popular alegría Muchas heridas costó. Salió un toro del toril Y a Tarfe tiró por tierra, Y luego a Benalguacil; Después con Hamete cierra El temerón de Conil. Traía un ancho listón Con uno y otro matiz Hecho un lazo por airón, Sobre la inhiesta cerviz Clavado con un arpón. Todo galán pretendía Ofrecerle vencedor A la dama que servía: Por eso perdió Almanzor El potro que más quería. El alcaide muy zambrero De Guadalajara, huyó Mal herido al golpe fiero, Y desde un caballo overo El moro de Horche cayó. Todos miran a Aliatar, Que, aunque tres toros ha muerto, No se quiere aventurar, Porque en lance tan incierto El caudillo no ha de entrar. Mas viendo se culparía, Va a ponérsele delante: La fiera le acometía, Y sin que el rejón la plante Le mató una yegua pía. Otra monta acelerado: Le embiste el toro de un vuelo Cogiéndole entablerado; Rodó el bonete encarnado Con las plumas por el suelo. Dio vuelta hiriendo y matando A los de a pie que encontrara, El circo desocupando, Y emplazándose, se para, Con la vista amenazando. Nadie se atreve a salir: La plebe grita indignada, Las damas se quieren ir, Porque la fiesta empezada No puede ya proseguir. Ninguno al riesgo se entrega Y está en medio el toro fijo, Cuando un portero que llega De la puerta de la Vega, Hincó la rodilla, y dijo: Sobre un caballo alazano, Cubierto de galas y oro, Demanda licencia urbano Para alancear a un toro Un caballero cristiano. Mucho le pesa a Aliatar; Pero Zaida dio respuesta Diciendo que puede entrar, Porque en tan solemne fiesta Nada se debe negar. Suspenso el concurso entero Entre dudas se embaraza, Cuando en un potro ligero Vieron entrar en la plaza Un bizarro caballero. Sonrosado, albo color, Belfo labio, juveniles Alientos, inquieto ardor, En el florido verdor De sus lozanos abriles. Cuelga la rubia guedeja Por donde el almete sube, Cual mirarse tal vez deja Del sol la ardiente madeja Entre cenicienta nube. Gorguera de anchos follajes, De una cristiana primores; En el yelmo los plumajes Por los visos y celajes Vergel de diversas flores. En la cuja gruesa lanza, Con recamado pendón, Y una cifra a ver se alcanza, Que es de desesperación, O a lo menos de venganza. En el arzón de la silla Ancho escudo reverbera Con blasones de Castilla, Y el mote dice a la orilla: _Nunca mi espada venciera_. Era el caballo galán, El bruto más generoso, De más gallardo ademán: Cabos negros, y brioso, Muy tostado, y alazán. Larga cola recogida En las piernas descarnadas, Cabeza pequeña, erguida, Las narices dilatadas, Vista feroz y encendida. Nunca en el ancho rodeo Que da Betis con tal fruto Pudo fingir el deseo Más bella estampa de bruto, Ni más hermoso paseo. Dio la vuelta al rededor; Los ojos que le veían Lleva prendados de amor: ¡Alah te salve! decían, ¡Dete el Profeta favor! Causaba lástima y grima Su tierna edad floreciente: Todos quieren que se exima Del riesgo, y él solamente Ni recela ni se estima. Las doncellas, al pasar, Hacen de ámbar y alcanfor Pebeteros exhalar, Vertiendo pomos de olor, De jazmines y azahar. Mas cuando en medio se para, Y de más cerca le mira La cristiana esclava Aldara, Con su señora se encara, Y así la dice, y suspira: Señora, sueños no son; Así los cielos, vencidos De mi ruego y aflicción, Acerquen a mis oídos Las campanas de León, Como ese doncel, que ufano Tanto asombro viene a dar A todo el pueblo africano, Es Rodrigo de Vivar, El soberbio castellano. Sin descubrirle quién es, La Zaida desde una almena Le habló una noche cortés, Por donde se abrió después El cubo de la Almudena. Y supo que, fugitivo De la corte de Fernando, El cristiano, apenas vivo, Está a Jimena adorando Y en su memoria cautivo. Tal vez a Madrid se acerca Con frecuentes correrías Y todo en torno la cerca; Observa sus saetías, Arroyadas y ancha alberca. Por eso le ha conocido: Que en medio de aclamaciones, El caballo ha detenido Delante de sus balcones, Y la saluda rendido. La mora se puso en pie Y sus doncellas detrás: El alcaide que lo ve, Enfurecido además, Muestra cuán celoso esté. Suena un rumor placentero Entre el vulgo de Madrid: No habrá mejor caballero, Dicen, en el mundo entero, Y algunos le llaman Cid. Crece la algazara, y él, Torciendo las riendas de oro, Marcha al combate crüel: Alza el galope, y al toro Busca en sonoro tropel. El bruto se le ha encarado Desde que le vio llegar, De tanta gala asombrado, Y al rededor le ha observado Sin moverse de un lugar. Cual flecha se disparó Despedida de la cuerda, De tal suerte le embistió; Detrás de la oreja izquierda La aguda lanza le hirió. Brama la fiera burlada; Segunda vez acomete, De espuma y sudor bañada, Y segunda vez la mete Sutil la punta acerada. Pero ya Rodrigo espera Con heroico atrevimiento, El pueblo mudo y atento: Se engalla el toro y altera, Y finge acometimiento. La arena escarba ofendido, Sobre la espalda la arroja Con el hueso retorcido; El suelo huele y le moja En ardiente resoplido. La cola inquieto menea, La diestra oreja mosquea, Vase retirando atrás, Para que la fuerza sea Mayor, y el ímpetu más. El que en esta ocasión viera De Zaida el rostro alterado, Claramente conociera Cuanto le cuesta cuidado El que tanto riesgo espera. Mas ¡ay, que le embiste horrendo El animal espantoso! Jamás peñasco tremendo Del Cáucaso cavernoso Se desgaja estrago haciendo, Ni llama así fulminante Cruza en negra oscuridad Con relámpagos delante, Al estrépito tronante De sonora tempestad, Como el bruto se abalanza Con terrible ligereza; Mas rota con gran pujanza La alta nuca, la fiereza Y el último aliento lanza. La confusa vocería Que en tal instante se oyó Fue tanta, que parecía Que honda mina reventó, O el monte y valle se hundía. A caballo como estaba Rodrigo, el lazo alcanzó Con que el toro se adornaba: En su lanza le clavó Y a los balcones llegaba. Y alzándose en los estribos, Le alarga a Zaida, diciendo: Sultana, aunque bien entiendo Ser favores excesivos, Mi corto don admitiendo; Si no os dignáredes ser Con él benigna, advertid Que a mí me basta saber Que no le debo ofrecer A otra persona en Madrid. Ella, el rostro placentero, Dijo, y turbada: señor, Yo le admito y le venero, Por conservar el favor De tan gentil caballero. Y besando el rico don, Para agradar al doncel, Le prende con afición Al lado del corazón Por brinquiño y por joyel. Pero Aliatar el caudillo De envidia ardiendo se ve, Y, trémulo y amarillo, Sobre un tremecén rosillo Lozaneándose fue. Y en ronca voz: Castellano, Le dice: con más decoros Suelo yo dar de mi mano, Si no penachos de toros, Las cabezas del cristiano. Y si vinieras de guerra Cual vienes de fiesta y gala, Vieras que en toda la tierra, Al valor que dentro encierra Madrid, ninguno se iguala. Así, dijo el de Vivar, Respondo; y la lanza al ristre Pone, y espera a Aliatar; Mas sin que nadie administre Orden, tocaron a armar. Ya fiero bando con gritos Su muerte o prisión pedía, Cuando se oyó en los distritos Del monte de Leganitos Del Cid la trompetería. Entre la Monclova y Soto Tercio escogido emboscó, Que, viendo como tardó, Se acerca, oyó el alboroto, Y al muro se abalanzó. Y si no vieran salir Por la puerta a su señor, Y Zaida a le despedir, Iban la fuerza a embestir: Tal era ya su furor. El alcaide, recelando Que en Madrid tenga partido, Se templó disimulando, Y por el parque florido Salió con él razonando. Y es fama que, a la bajada, Juró por la cruz el Cid De su vencedora espada De no quitar la celada Hasta que gane a Madrid.

DON GASPAR M. DE JOVELLANOS

_63. Epístola de Fabio a Anfriso_

_Descripción del Paular_

_Credibile est illi numen inesse loco_ OVIDIUS