Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana
Part 7
Entre los sueltos caballos De los vencidos Zenetes, Que por el campo buscaban Entre lo rojo lo verde, Aquel español de Orán Un suelto caballo prende, Por sus relinchos lozano Y por sus cernejas fuerte, Para que lo lleve a él, Y a un moro cautivo lleve, Que es uno que ha cautivado, Capitán de cien Zenetes. En el ligero caballo Suben ambos, y él parece, De cuatro espuelas herido, Que cuatro vientos lo mueven. Triste camina el alarbe, Y lo más bajo que puede Ardientes suspiros lanza Y amargas lágrimas vierte. Admirado el español De ver cada vez que vuelve Que tan tiernamente llore Quien tan duramente hiere, Con razones le pregunta Comedidas y corteses De sus suspiros la causa, Si la causa lo consiente. El cautivo, como tal, Sin excusarlo, obedece, Y a su piadosa demanda Satisface desta suerte: «Valiente eres, capitán, Y cortés como valiente; Por tu espada y por tu trato Me has cautivado dos veces. »Preguntado me has la causa De mis suspiros ardientes, Y débote la respuesta Por quien soy y por quien eres. »Yo nací en Gelves el año Que os perdísteis en los Gelves, De una berberisca noble Y de un turco mata-siete. »En Tremecén me crié Con mi madre y mis parientes Después que murió mi padre, Corsario de tres bajeles. »Junto a mi casa vivía, Porque más cerca muriese, Una dama del linaje De los nobles Melioneses: »Extremo de las hermosas, Cuando no de las crueles, Hija al fin destas arenas Engendradoras de sierpes. »Era tal su hermosura, Que se hallaran claveles Más ciertos en sus dos labios Que en los dos floridos meses. »Cada vez que la miraba Salía el sol por su frente, De tantos rayos vestido Cuantos cabellos contiene. »Juntos así nos criamos, Y Amor en nuestras niñeces Hirió nuestros corazones Con arpones diferentes. »Labró el oro en mis entrañas Dulces lazos, tiernas redes, Mientras el plomo en las suyas Libertades y desdenes. »Mas, ya la razón sujeta, Con palabras me requiere Que su crueldad le perdone Y de su beldad me acuerde; »Y apenas vide trocada La dureza desta sierpe, Cuando tú me cautivaste; Mira si es bien que lamente. »Esta, español, es la causa Que a llanto pudo moverme; Mira si es razón que llore Tantos males juntamente.» Conmovido el capitán De las lágrimas que vierte, Parando el veloz caballo, Que paren sus males quiere. «Gallardo moro, le dice, Si adoras como refieres, Y si como dices amas, Dichosamente padeces »¿Quién pudiera imaginar, Viendo tus golpes crueles, Que cupiera alma tan tierna En pecho tan duro y fuerte? »Si eres del Amor cautivo, Desde aquí puedes volverte; Que me pedirán por robo Lo que entendí que era suerte. »Y no quiero por rescate Que tu dama me presente Ni las alfombras más finas Ni las granas más alegres. »Anda con Dios, sufre y ama, Y vivirás si lo hicieres, Con tal que cuando la veas Pido que de mí te acuerdes.» Apeose del caballo, Y el moro tras él desciende, Y por el suelo postrado, La boca a sus pies ofrece. «Vivas mil años, le dice, Noble capitán valiente, Que ganas más con librarme Que ganaste con prenderme. »Alá se quede contigo Y te dé vitoria siempre Para que extiendas tu fama Con hechos tan excelentes.»
_51._
_Ande yo caliente,_ _Y ríase la gente._
Traten otros del gobierno Del mundo y sus monarquías, Mientras gobiernan mis días Mantequillas y pan tierno, Y las mañanas de invierno Naranjada y aguardiente, _Y ríase la gente_.
Coma en dorada vajilla El príncipe mil cuidados Como píldoras dorados; Que yo en mi pobre mesilla Quiero más una morcilla Que en el asador reviente, _Y ríase la gente_.
Cuando cubra las montañas De plata y nieve el enero Tenga yo lleno el brasero De bellotas y castañas, Y quien las dulces patrañas Del rey que rabió me cuente, _Y ríase la gente_.
Busque muy en hora buena El mercader nuevos soles; Yo conchas y caracoles Entre la menuda arena, Escuchando a Filomena Sobre el chopo de la fuente, _Y ríase la gente_.
Pase a media noche el mar, Y arda en amorosa llama Leandro por ver su dama; Que yo más quiero pasar De Yepes a Madrigar La regalada corriente, _Y ríase la gente_.
Pues Amor es tan cruel Que de Píramo y su amada Hace tálamo una espada, Do se junten ella y él, Sea mi Tisbe un pastel, Y la espada sea mi diente, _Y ríase la gente_.
_52._
La más bella niña De nuestro lugar, Hoy viuda y sola Y ayer por casar, Viendo que sus ojos A la guerra van, A su madre dice Que escucha su mal: _Dejadme llorar_ _Orillas del mar._ Pues me disteis, madre, En tan tierna edad Tan corto el placer, Tan largo el penar, Y me cautivasteis De quien hoy se va Y lleva las llaves De mi libertad, _Dejadme llorar_ _Orillas del mar._ En llorar conviertan Mis ojos de hoy más El sabroso oficio Del dulce mirar, Pues que no se pueden Mejor ocupar Yéndose a la guerra Quien era mi paz. _Dejadme llorar_ _Orillas del mar._ No me pongáis freno Ni queráis culpar; Que lo uno es justo, Lo otro por demás. Si me queréis bien No me hagáis mal; Harto peor fue Morir y callar. _Dejadme llorar_ _Orillas del mar._ Dulce madre mía, ¿Quién no llorará, Aunque tenga el pecho Como un pedernal, Y no dará voces Viendo marchitar Los más verdes años De mi mocedad? _Dejadme llorar_ _Orillas del mar._ Váyanse las noches, Pues ido se han Los ojos que hacían Los míos velar; Váyanse, y no vean Tanta soledad Después que en mi lecho Sobra la mitad. _Dejadme llorar_ _Orillas del mar._
DON FRANCISCO DE QUEVEDO
_53. El Sueño_
¿Con qué culpa tan grave, Sueño blando y suave, Pude en largo destierro merecerte Que se aparte de mí tu olvido manso? Pues no te busco yo por ser descanso, Sino por muda imagen de la muerte. Cuidados veladores Hacen inobedientes mis dos ojos A la ley de las horas: No han podido vencer a mis dolores Las noches, ni dar paz a mis enojos. Madrugan más en mí que en las auroras Lágrimas a este llano; Que amanece a mi mal siempre temprano; Y tanto, que persuade la tristeza A mis dos ojos, que nacieron antes Para llorar que para ver. Tú, sueño, De sosiego los tienes ignorantes, De tal manera, que al morir el día Con luz enferma vi que permitía El sol que le mirasen en Poniente. Con pies torpes al punto, ciega y fría, Cayó de las estrellas blandamente La noche, tras las pardas sombras mudas, Que el sueño persuadieron a la gente. Escondieron las galas a los prados Y quedaron desnudas Estas laderas y sus peñas solas: Duermen ya entre sus montes recostados Los mares y las olas. Si con algún acento Ofenden las orejas, Es que entre sueños dan al cielo quejas Del yerto lecho y duro acogimiento, Que blandos hallan en los cerros duros. Los arroyuelos puros Se adormecen al son del llanto mío, Y a su modo también se duerme el río. Con sosiego agradable Se dejan poseer de ti las flores; Mudos están los males, No hay cuidado que hable, Faltan lenguas y voz a los dolores, Y en todos los mortales Yace la vida envuelta en alto olvido. Tan solo mi gemido Pierde el respeto a tu silencio santo: Yo tu quietud molesto con mi llanto, Y te desacredito El nombre de callado, con mi grito. Dame, cortés mancebo, algún reposo: No seas digno del nombre de avariento En el más desdichado y firme amante Que lo merece ser por dueño hermoso. Débate alguna pausa mi tormento. Gózante en las cabañas Y debajo del cielo Los ásperos villanos; Hállate en el rigor de los pantanos Y encuéntrate en las nieves y en el hielo El soldado valiente, Y yo no puedo hallarte, aunque lo intente, Entre mi pensamiento y mi deseo. Ya, pues, con dolor creo Que eres más riguroso que la tierra, Más duro que la roca, Pues te alcanza el soldado envuelto en guerra, Y en ella mi alma por jamás te toca. Mira que es gran rigor: dame siquiera Lo que de ti desprecia tanto avaro, Por el oro en que alegre considera, Hasta que da la vuelta el tiempo claro; Lo que había de dormir en blando lecho Y da el enamorado a su señora, Y a ti se te debía de derecho. Dame lo que desprecia de ti agora Por robar el ladrón; lo que desecha El que invidiosos celos tuvo y llora. Quede en parte mi queja satisfecha, Tócame con el cuento de tu vara: Oirán siquiera el ruido de tus plumas Mis desventuras sumas; Que yo no quiero verte cara a cara, Ni que hagas más caso De mí, que hasta pasar por mí de paso; O que a tu sombra negra por lo menos, Si fueres a otra parte peregrino, Se le haga camino Por estos ojos de sosiego ajenos. Quítame, blando sueño, este desvelo, O de él alguna parte, Y te prometo, mientras viere el cielo, De desvelarme solo en celebrarte.
_54. Epístola satírica y censoria_
_contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita al Conde-Duque de Olivares._
No he de callar, por más que con el dedo, Ya tocando la boca, o ya la frente, Silencio avises o amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente? Hoy sin miedo que libre escandalice Puede hablar el ingenio, asegurado De que mayor poder le atemorice. En otros siglos pudo ser pecado Severo estudio y la verdad desnuda, Y romper el silencio el bien hablado. Pues sepa quien lo niega y quien lo duda Que es lengua la verdad de Dios severo Y la lengua de Dios nunca fue muda. Son la verdad y Dios, Dios verdadero: Ni eternidad divina los separa, Ni de los dos alguno fue primero. Si Dios a la verdad se adelantara, Siendo verdad, implicación hubiera En ser y en que verdad de ser dejara. La justicia de Dios es verdadera, Y la misericordia, y todo cuanto Es Dios todo ha de ser verdad entera. Señor Excelentísimo, mi llanto Ya no consiente márgenes ni orillas: Inundación será la de mi canto. Ya sumergirse miro mis mejillas, La vista por dos urnas derramada Sobre las aras de las dos Castillas. Yace aquella virtud desaliñada Que fue, si rica menos, más temida, En vanidad y en sueño sepultada. Y aquella libertad esclarecida Que en donde supo hallar honrada muerte Nunca quiso tener más larga vida. Y pródiga del alma, nación fuerte Contaba por afrentas de los años Envejecer en brazos de la suerte. Del tiempo el ocio torpe, y los engaños Del paso de las horas y del día Reputaban los nuestros por extraños. Nadie contaba cuánta edad vivía, Sino de qué manera: ni aun un hora Lograba sin afán su valentía. La robusta virtud era señora, Y sola dominaba al pueblo rudo; Edad, si mal hablada, vencedora. El temor de la mano daba escudo Al corazón, que, en ella confiado, Todas las armas despreció desnudo. Multiplicó en escuadras un soldado Su honor precioso, su ánimo valiente, De sola honesta obligación armado. Y debajo del cielo aquella gente, Si no a más descansado, a más honroso Sueño entregó los ojos, no la mente. Hilaba la mujer para su esposo La mortaja primero que el vestido; Menos le vio galán que peligroso. Acompañaba el lado del marido Más veces en la hueste que en la cama; Sano le aventuró, vengole herido. Todas matronas y ninguna dama, Que nombres del halago cortesano No admitió lo severo de su fama. Derramado y sonoro el Oceáno Era divorcio de las rubias minas Que usurparon la paz del pecho humano. Ni los trujo costumbres peregrinas El áspero dinero, ni el Oriente Compró la honestidad con piedras finas. Joya fue la virtud pura y ardiente; Gala el merecimiento y alabanza; Solo se codiciaba lo decente. No de la pluma dependió la lanza, Ni el cántabro con cajas y tinteros Hizo el campo heredad, sino matanza. Y España con legítimos dineros, No mendigando el crédito a Liguria, Más quiso los turbantes que los ceros. Menos fuera la pérdida y la injuria Si se volvieran Muzas los asientos, Que esta usura es peor que aquella furia. Caducaban las aves en los vientos, Y espiraba decrépito el venado: Grande vejez duró en los elementos. Que el vientre entonces, bien disciplinado, Buscó satisfacción y no hartura, Y estaba la garganta sin pecado. Del mayor infanzón de aquella pura República de grandes hombres, era Una vaca sustento y armadura. No había venido al gusto lisonjera La pimienta arrugada, ni del clavo La adulación fragante forastera. Carnero y vaca fue principio y cabo, Y con rojos pimientos y ajos duros Tan bien como el señor comió el esclavo. Bebió la sed los arroyuelos puros: Después mostraron del carquesio a Baco El camino los brindis mal seguros. El rostro macilento, el cuerpo flaco, Eran recuerdo del trabajo honroso, Y honra y provecho andaban en un saco. Pudo sin miedo un español velloso Llamar a los tudescos bacanales, Y al holandés hereje y alevoso. Pudo acusar los celos desiguales A la Italia; pero hoy de muchos modos Somos copias, si son originales. Las descendencias gastan muchos godos, Todos blasonan, nadie los imita, Y no son sucesores, sino apodos. Vino el betún precioso que vomita La ballena o la espuma de las olas, Que el vicio, no el olor, nos acredita. Y quedaron las huestes españolas Bien perfumadas, pero mal regidas, Y alhajas las que fueron pieles solas. Estaban las hazañas mal vestidas, Y aún no se hartaba de buriel y lana La vanidad de hembras presumidas. A la seda pomposa siciliana, Que manchó ardiente múrice, el romano Y el oro hicieron áspera y tirana. Nunca al duro español supo el gusano Persuadir que vistiese su mortaja, Intercediendo el Can por el verano. Hoy desprecia el honor al que trabaja, Y entonces fue el trabajo ejecutoria, Y el vicio gradüó la gente baja. Pretende el alentado joven gloria Por dejar la vacada sin marido, Y de Ceres ofende la memoria. Un animal a la labor nacido Y símbolo celoso a los mortales, Que a Jove fue disfraz y fue vestido; Que un tiempo endureció manos reales, Y detrás de él los cónsules gimieron, Y rumia luz en campos celestiales, ¿Por cuál enemistad se persuadieron A que su apocamiento fuese hazaña, Y a las mieses tan grande ofensa hicieron? ¡Qué cosa es ver un infanzón de España Abreviado en la silla a la jineta, Y gastar un caballo en una caña! Que la niñez al gallo le acometa Con semejante munición apruebo; Mas no la edad madura y la perfeta. Ejercite sus fuerzas el mancebo En frentes de escuadrones, no en la frente Del útil bruto la asta del acebo. El trompeta le llame diligente, Dando fuerza de ley el viento vano, Y al son esté el ejército obediente. ¡Con cuánta majestad llena la mano La pica, y el mosquete carga el hombro, Del que se atreve a ser buen castellano! Con asco entre las otras gentes nombro Al que de su persona, sin decoro, Más quiere nota dar que dar asombro. Gineta y cañas son contagio moro; Restitúyanse justas y torneos, Y hagan paces las capas con el toro. Pasadnos vos de juegos a trofeos; Que solo grande rey y buen privado Pueden ejecutar estos deseos. Vos, que hacéis repetir siglo pasado Con desembarazarnos las personas Y sacar a los miembros de cuidado, Vos distes libertad con las valonas, Para que sean corteses las cabezas, Desnudando el enfado a las coronas; Y, pues vos enmendastes las cortezas, Dad a la mejor parte medicina: Vuélvanse los tablados fortalezas. Que la cortés estrella que os inclina A privar sin intento y sin venganza, Milagro que a la envidia desatina, Tiene por sola bienaventuranza El reconocimiento temeroso, No presumida y ciega confianza. Y si os dio el ascendiente generoso Escudos, de armas y blasones llenos, Y por timbre el martirio glorioso, Mejores sean por vos los que eran buenos Guzmanes, y la cumbre desdeñosa Os muestre a su pesar campos serenos. Lograd, señor, edad tan venturosa; Y cuando nuestras fuerzas examina Persecución unida y belicosa, La militar valiente disciplina Tenga más platicantes que la plaza: Descansen tela falsa y tela fina. Suceda a la marlota la coraza, Y si el Corpus con danzas no los pide, Velillos y oropel no hagan baza. El que en treinta lacayos los divide, Hace suerte en el toro y con un dedo La hace en él la vara que los mide. Mandadlo así, que aseguraros puedo Que habéis de restaurar más que Pelayo, Pues valdrá por ejércitos el miedo Y os verá el cielo administrar su rayo.
_55. Memoria inmortal_
_de don Pedro Girón, Duque de Osuna, muerto en la prisión_
Faltar pudo su patria al grande Osuna, Pero no a su defensa sus hazañas; Diéronle muerte y cárcel las Españas, De quien él hizo esclava la fortuna. Lloraron sus envidias una a una Con las propias naciones las extrañas; Su tumba son de Flandes las campañas, Y su epitafio la sangrienta luna. En sus exequias encendió al Vesubio Parténope, y Trinacria el Mongibelo; El llanto militar creció en diluvio. Diole el mejor lugar Marte en su cielo; La Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio Murmuran con dolor su desconsuelo.
_56._
Ya formidable y espantoso suena Dentro del corazón el postrer día, Y la última hora, negra y fría, Se acerca, de temor y sombras llena. Si agradable descanso, paz serena, La muerte en traje de dolor envía, Señas da su desdén de cortesía: Más tiene de caricia que de pena. ¿Qué pretende el temor desacordado De la que a rescatar piadosa viene Espíritu en miserias añudado? Llegue rogada, pues mi bien previene; Hálleme agradecido, no asustado; Mi vida acabe y mi vivir ordene.
_57._
Miré los muros de la patria mía, Si un tiempo fuertes, ya desmoronados, De la carrera de la edad cansados, Por quien caduca ya su valentía. Salime al campo, vi que el sol bebía Los arroyos del hielo desatados, Y del monte quejosos los ganados, Que con sombras hurtó su luz al día. Entré en mi casa; vi que amancillada De anciana habitación era despojos; Mi báculo más corvo y menos fuerte. Vencida de la edad sentí mi espada, Y no hallé cosa en que poner los ojos Que no fuese recuerdo de la muerte.
_58. Letrilla satírica_
Poderoso caballero Es don Dinero. Madre, yo al oro me humillo: Él es mi amante y mi amado, Pues de puro enamorado, De contino anda amarillo; Que pues, doblón o sencillo, Hace todo cuanto quiero, Poderoso caballero Es don Dinero. Nace en las Indias honrado, Donde el mundo le acompaña; Viene a morir en España Y es en Génova enterrado. Y pues quien le trae al lado Es hermoso, aunque sea fiero, Poderoso caballero Es don Dinero. Es galán y es como un oro, Tiene quebrado el color, Persona de gran valor, Tan cristiano como moro; Pues que da y quita el decoro Y quebranta cualquier fuero, Poderoso caballero Es don Dinero. Son sus padres principales Y es de nobles descendiente, Porque en las venas de Oriente Todas las sangres son reales: Y pues es quien hace iguales Al duque y al ganadero, Poderoso caballero Es don Dinero. Mas ¿a quién no maravilla Ver en su gloria sin tasa Que es lo menos de su casa Doña Blanca de Castilla? Pero pues da al bajo silla Y al cobarde hace guerrero, Poderoso caballero Es don Dinero. Sus escudos de armas nobles Son siempre tan principales, Que sin sus escudos reales No hay escudos de armas dobles; Y pues a los mismos robles Da codicia su minero, Poderoso caballero Es don Dinero. Por importar en los tratos Y dar tan buenos consejos, En las casas de los viejos Gatos le guardan de gatos. Y pues él rompe recatos Y ablanda al juez más severo, Poderoso caballero Es don Dinero. Y es tanta su majestad (Aunque son sus duelos hartos) Que con haberle hecho cuartos No pierde su autoridad; Pero pues da calidad Al noble y al pordiosero, Poderoso caballero Es don Dinero. Nunca vi damas ingratas A su gusto y afición, Que a las caras de un doblón Hacen sus caras baratas. Y pues las hace bravatas Desde una bolsa de cuero, Poderoso caballero Es don Dinero. Más valen en cualquier tierra, Mirad si es harto sagaz, Sus escudos en la paz Que rodelas en la guerra. Y pues al pobre le entierra Y hace propio al forastero, Poderoso caballero Es don Dinero.
DON ESTEBAN MANUEL DE VILLEGAS
_59. Oda sáfica_
Dulce vecino de la verde selva, Huésped eterno del abril florido, Vital aliento de la madre Venus, Céfiro blando; Si de mis ansias el amor supiste, Tú, que las quejas de mi voz llevaste, Oye, no temas, y a mi ninfa dile, Dile que muero. Filis un tiempo mi dolor sabía; Filis un tiempo mi dolor lloraba; Quísome un tiempo, mas agora temo, Temo sus iras. Así los dioses con amor paterno, Así los cielos con amor benigno, Nieguen al tiempo que feliz volares Nieve a la tierra. Jamás el peso de la nube parda Cuando amanece en la elevada cumbre, Toque tus hombros ni su mal granizo Hiera tus alas.
DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA
_60._
Estas que fueron pompa y alegría Despertando al albor de la mañana, A la tarde serán lástima vana Durmiendo en brazos de la noche fría. Este matiz que al cielo desafía, Iris listado de oro, nieve y grana, Será escarmiento de la vida humana: ¡Tanto se emprende en término de un día! A florecer las rosas madrugaron, Y para envejecerse florecieron: Cuna y sepulcro en un botón hallaron. Tales los hombres sus fortunas vieron: En un día nacieron y expiraron; Que pasados los siglos, horas fueron.
DON ANTONIO MIRA DE MESCUA
_61. Canción_