Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana

Part 6

Chapter 63,508 wordsPublic domain

Alivia sus fatigas El labrador cansado Cuando su yerta barba escarcha cubre, Pensando en las espigas Del agosto abrasado Y en los lagares ricos del octubre; La hoz se le descubre Cuando el arado apaña, Y con dulces memorias le acompaña. Carga de hierro duro Sus miembros, y se obliga El joven al trabajo de la guerra. Huye el ocio seguro, Trueca por la enemiga Su dulce, natural y amiga tierra; Mas cuando se destierra O al asalto acomete, Mil triunfos y mil glorias se promete. La vida al mar confía, Y a dos tablas delgadas, El otro, que del oro está sediento. Escóndesele el día, Y las olas hinchadas Suben a combatir el firmamento; Él quita el pensamiento De la muerte vecina, Y en el oro le pone y en la mina. Deja el lecho caliente Con la esposa dormida El cazador solícito y robusto. Sufre el cierzo inclemente, La nieve endurecida, Y tiene de su afán por premio justo Interrumpir el gusto Y la paz de las fieras En vano cautas, fuertes y ligeras. Premio y cierto fin tiene Cualquier trabajo humano, Y el uno llama al otro sin mudanza; El invierno entretiene La opinión del verano, Y un tiempo sirve al otro de templanza. El bien de la esperanza Solo quedó en el suelo, Cuando todos huyeron para el cielo. Si la esperanza quitas, ¿Qué le dejas al mundo? Su máquina disuelves y destruyes; Todo lo precipitas En olvido profundo, Y ¿del fin natural, Flérida, huyes? Si la cerviz rehuyes De los brazos amados, ¿Qué premio piensas dar a los cuidados? Amor, en diferentes Géneros dividido, Él publica su fin, y quien le admite. Todos los accidentes De un amante atrevido (Niéguelo o disimúlelo) permite. Limite pues, limite La vana resistencia; Que, dada la ocasión, todo es licencia.

_37._

Imagen espantosa de la muerte, Sueño cruel, no turbes más mi pecho, Mostrándome cortado el nudo estrecho, Consuelo solo de mi adversa suerte. Busca de algún tirano el muro fuerte, De jaspe las paredes, de oro el techo, O el rico avaro en el angosto lecho Haz que temblando con sudor despierte. El uno vea el popular tumulto Romper con furia las herradas puertas, O al sobornado siervo el hierro oculto. El otro sus riquezas, descubiertas Con llave falsa o con violento insulto, Y déjale al amor sus glorias ciertas.

_38._

Llevó tras sí los pámpanos octubre, Y con las grandes lluvias insolente, No sufre Ibero márgenes ni puente, Mas antes los vecinos campos cubre. Moncayo, como suele, ya descubre Coronada de nieve la alta frente; Y el sol apenas vemos en oriente, Cuando la opaca tierra nos lo encubre. Sienten el mar y selvas ya la saña Del Aquilón, y encierra su bramido Gente en el puerto y gente en la cabaña. Y Fabio, en el umbral de Tais tendido Con vergonzosas lágrimas lo baña, Debiéndolas al tiempo que ha perdido.

BARTOLOMÉ LEONARDO DE ARGENSOLA

_39._

«Dime, Padre común, pues eres justo, ¿Por qué ha de permitir tu providencia Que, arrastrando prisiones la inocencia, Suba la fraude a tribunal augusto? »¿Quién da fuerzas al brazo que robusto Hace a tus leyes firme resistencia, Y que el celo, que más la reverencia, Gima a los pies del vencedor injusto? »Vemos que vibran victoriosas palmas Manos inicuas, la virtud gimiendo Del triunfo en el injusto regocijo.» Esto decía yo, cuando riendo Celestial ninfa apareció, y me dijo: «¡Ciego! ¿es la tierra el centro de las almas?»

LOPE DE VEGA

_40. Canción_

¡Oh libertad preciosa, No comparada al oro, Ni al bien mayor de la espaciosa tierra! Más rica y más gozosa Que el precioso tesoro Que el mar del sur entre su nácar cierra; Con armas, sangre y guerra, Con las vidas y famas, Conquistado en el mundo; Paz dulce, amor profundo, Que el mal apartas y a tu bien nos llamas: En ti sola se anida Oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida. Cuando de las humanas Tinieblas vi del cielo La luz, principio de mis dulces días, Aquellas tres hermanas Que nuestro humano velo Tejiendo, llevan por inciertas vías, Las duras penas mías Trocaron en la gloria Que en libertad poseo, Con siempre igual deseo, Donde verá por mi dichosa historia, Quien más leyere en ella, Que es dulce libertad lo menos della. Yo pues, señor exento Desta montaña y prado, Gozo la gloria y libertad que tengo. Soberbio pensamiento Jamás ha derribado La vida humilde y pobre que sostengo. Cuando a las manos vengo Con el muchacho ciego, Haciendo rostro embisto, Venzo, triunfo y resisto La flecha, el arco, la ponzoña, el fuego, Y con libre albedrío Lloro el ajeno mal y canto el mío. Cuando el aurora baña Con helado rocío De aljófar celestial el monte y prado, Salgo de mi cabaña, Riberas deste río, A dar el nuevo pasto a mi ganado, Y cuando el sol dorado Muestra sus fuerzas graves, Al sueño el pecho inclino Debajo un sauce o pino, Oyendo el son de las parleras aves, O ya gozando el aura, Donde el perdido aliento se restaura. Cuando la noche oscura Con su estrellado manto El claro día en su tiniebla encierra, Y suena en la espesura El tenebroso canto De los nocturnos hijos de la tierra, Al pie de aquesta sierra Con rústicas palabras Mi ganadillo cuento Y el corazón contento Del gobierno de ovejas y de cabras, La temerosa cuenta Del cuidadoso rey me representa. Aquí la verde pera Con la manzana hermosa, De gualda y roja sangre matizada, Y de color de rosa La cermeña olorosa Tengo, y la endrina de color morada; Aquí de la enramada Parra que al olmo enlaza, Melosas uvas cojo; Y en cantidad recojo, Al tiempo que las ramas desenlaza El caluroso estío, Membrillos que coronan este río. No me da descontento El hábito costoso Que de lascivo el pecho noble infama; Es mi dulce sustento Del campo generoso Estas silvestres frutas que derrama; Mi regalada cama De blandas pieles y hojas, Que algún rey la envidiara, Y de ti, fuente clara, Que bullendo, el arena y agua arrojas, Estos cristales puros, Sustentos pobres, pero bien seguros. Estese el cortesano Procurando a su gusto La blanda cama y el mejor sustento; Bese la ingrata mano Del poderoso injusto, Formando torres de esperanza al viento; Viva y muera sediento Por el honroso oficio, Y goce yo del suelo, Al aire, al sol y al hielo, Ocupado en mi rústico ejercicio; Que más vale pobreza En paz, que en guerra mísera riqueza. Ni temo al poderoso Ni al rico lisonjeo, Ni soy camaleón del que gobierna, Ni me tiene envidioso La ambición y deseo De ajena gloria ni de fama eterna; Carne sabrosa y tierna, Vino aromatizado, Pan blanco de aquel día, En prado, en fuente fría, Halla un pastor con hambre fatigado; Que el grande y el pequeño Somos iguales lo que dura el sueño.

_41._

A mis soledades voy, De mis soledades vengo, Porque para andar conmigo Me bastan mis pensamientos. ¡No sé qué tiene la aldea Donde vivo y donde muero, Que con venir de mí mismo No puedo venir más lejos! Ni estoy bien ni mal conmigo; Mas dice mi entendimiento Que un hombre que todo es alma Está cautivo en su cuerpo. Entiendo lo que me basta, Y solamente no entiendo Cómo se sufre a sí mismo Un ignorante soberbio. De cuantas cosas me cansan, Fácilmente me defiendo; Pero no puedo guardarme De los peligros de un necio. Él dirá que yo lo soy, Pero con falso argumento; Que humildad y necedad No caben en un sujeto. La diferencia conozco, Porque en él y en mí contemplo, Su locura en su arrogancia, Mi humildad en su desprecio. O sabe naturaleza Más que supo en otro tiempo, O tantos que nacen sabios Es porque lo dicen ellos. Solo sé que no sé nada, Dijo un filósofo, haciendo La cuenta con su humildad, Adonde lo más es menos. No me precio de entendido, De desdichado me precio; Que los que no son dichosos, ¿Cómo pueden ser discretos? No puede durar el mundo, Porque dicen, y lo creo, Que suena a vidrio quebrado Y que ha de romperse presto. Señales son del juïcio Ver que todos le perdemos, Unos por carta de más, Otros por carta de menos. Dijeron que antiguamente Se fue la verdad al cielo: Tal la pusieron los hombres Que desde entonces no ha vuelto. En dos edades vivimos Los propios y los ajenos, La de plata los extraños, Y la de cobre los nuestros. ¿A quién no dará cuidado, Si es español verdadero, Ver los hombres a lo antiguo Y el valor a lo moderno? Dijo Dios que comería Su pan el hombre primero Con el sudor de su cara, Por quebrar su mandamiento; Y algunos inobedientes A la vergüenza y al miedo, Con las prendas de su honor Han trocado los efectos. Virtud y filosofía Peregrinan como ciegos: El uno se lleva al otro, Llorando van y pidiendo. Dos polos tiene la tierra, Universal movimiento, La mejor vida el favor, La mejor sangre el dinero. Oigo tañer las campanas, Y no me espanto, aunque puedo, Que en lugar de tantas cruces Haya tantos hombres muertos. Mirando estoy los sepulcros Cuyos mármoles eternos Están diciendo sin lengua Que no lo fueron sus dueños. ¡Oh, bien haya quien los hizo, Porque solamente en ellos De los poderosos grandes Se vengaron los pequeños! Fea pintan a la envidia: Yo confieso que la tengo De unos hombres que no saben Quien vive pared en medio. Sin libros y sin papeles, Sin tratos, cuentas ni cuentos, Cuando quieren escribir Piden prestado el tintero. Sin ser pobres ni ser ricos, Tienen chimenea y huerto; No los despiertan cuidados, Ni pretensiones, ni pleitos. Ni murmuraron del grande, Ni ofendieron al pequeño; Nunca, como yo, firmaron Parabién, ni pascua dieron. Con esta envidia que digo, Y lo que paso en silencio, A mis soledades voy, De mis soledades vengo.

_42._

¡Pobre barquilla mía, Entre peñascos rota, Sin velas desvelada, Y entre las olas sola! ¿Adónde vas perdida? ¿Adónde, di, te engolfas? Que no hay deseos cuerdos Con esperanzas locas. Como las altas naves, Te apartas animosa De la vecina tierra, Y al fiero mar te arrojas. Igual en las fortunas, Mayor en las congojas, Pequeña en las defensas, Incitas a las ondas. Advierte que te llevan A dar entre las rocas De la soberbia envidia, Naufragio de las honras. Cuando por las riberas Andabas costa a costa, Nunca del mar temiste Las iras procelosas. Segura navegabas; Que por la tierra propia Nunca el peligro es mucho Adonde el agua es poca. Verdad es que en la patria No es la virtud dichosa, Ni se estima la perla Hasta dejar la concha. Dirás que muchas barcas Con el favor en popa, Saliendo desdichadas, Volvieron venturosas. No mires los ejemplos De las que van y tornan, Que a muchas ha perdido La dicha de las otras. Para los altos mares No llevas cautelosa, Ni velas de mentiras, Ni remos de lisonjas. ¿Quién te engañó, barquilla? Vuelve, vuelve la proa; Que presumir de nave Fortunas ocasiona. ¿Qué jarcias te entretejen? ¿Qué ricas banderolas Azote son del viento Y de las aguas sombra? ¿En qué gavia descubres Del árbol alta copa, La tierra en perspectiva, Del mar incultas orlas? ¿En qué celajes fundas Que es bien echar la sonda, Cuando, perdido el rumbo, Erraste la derrota? Si te sepulta arena, ¿Qué sirve fama heroica? Que nunca desdichados Sus pensamientos logran. ¿Qué importa que te ciñan Ramas verdes o rojas, Que en selvas de corales Salado césped brota? Laureles de la orilla Solamente coronan Navíos de alto bordo Que jarcias de oro adornan. No quieras que yo sea, Por tu soberbia pompa, Faetonte de barqueros Que los laureles lloran. Pasaron ya los tiempos Cuando lamiendo rosas El céfiro bullía Y suspiraba aromas. Ya fieros huracanes Tan arrogantes soplan Que, salpicando estrellas, Del sol la frente mojan; Ya los valientes rayos De la vulcana forja, En vez de torres altas, Abrasan pobres chozas. Contenta con tus redes, A la playa arenosa Mojado me sacabas; Pero vivo, ¿qué importa? Cuando de rojo nácar Se afeitaba la aurora, Más peces te llenaban Que ella lloraba aljófar. Al bello sol que adoro, Enjuta ya la ropa, Nos daba una cabaña La cama de sus hojas. Esposa me llamaba, Yo la llamaba esposa, Parándose de envidia La celestial antorcha. Sin pleito, sin disgusto, La muerte nos divorcia: ¡Ay de la pobre barca Que en lágrimas se ahoga! Quedad sobre la arena, Inútiles escotas; Que no ha menester velas Quien a su bien no torna. Si con eternas plantas Las fijas luces doras, ¡Oh dueño de mi barca! Y en dulce paz reposas, Merezca que le pidas Al bien que eterno gozas, Que adonde estás, me lleve, Más pura y más hermosa. Mi honesto amor te obligue; Que no es digna victoria Para quejas humanas Ser las deidades sordas. Mas ¡ay que no me escuchas! Pero la vida es corta: Viviendo, todo falta; Muriendo, todo sobra.

_43. Judit_

Cuelga sangriento de la cama al suelo El hombro diestro del feroz tirano, Que opuesto al muro de Betulia en vano, Despidió contra sí rayos al cielo. Revuelto con el ansia el rojo velo Del pabellón a la siniestra mano, Descubre el espectáculo inhumano Del tronco horrible, convertido en hielo. Vertido Baco, el fuerte arnés afea Los vasos y la mesa derribada, Duermen los guardas, que tan mal emplea; Y sobre la muralla, coronada Del pueblo de Israel, la casta hebrea Con la cabeza resplandece armada.

_44._

Suelta mi manso, mayoral extraño, Pues otro tienes tú de igual decoro: Suelta la prenda que en el alma adoro, Perdida por tu bien y por mi daño. Ponle su esquila de labrado estaño, Y no le engañen tus collares de oro: Toma en albricias este blanco toro Que a las primeras yerbas cumple un año. Si pides señas, tiene el vellocino Pardo, encrespado, y los ojuelos tiene Como durmiendo en regalado sueño. Si piensas que no soy su dueño, Alcino, Suelta, y verasle si a mi choza viene; Que aun tienen sal las manos de su dueño.

_45._

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, Que a mi puerta, cubierto de rocío, Pasas las noches del invierno escuras? ¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras, Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío Si de mi ingratitud el hielo frío Secó las llagas de tus plantas puras! ¡Cuántas veces el ángel me decía: «Alma, asómate agora a la ventana; Verás con cuánto amor llamar porfía!» Y ¡cuántas, hermosura soberana, «Mañana le abriremos,» respondía, Para lo mismo responder mañana!

_46._

Pastor, que con tus silbos amorosos Me despertaste del profundo sueño; Tú, que hiciste cayado dese leño En que tiendes los brazos poderosos; Vuelve los ojos a mi fe piadosos, Pues te confieso por mi amor y dueño, Y la palabra de seguirte empeño Tus dulces silbos y tus pies hermosos. Oye, Pastor que por amores mueres, No te espante el rigor de mis pecados, Pues tan amigo de rendidos eres; Espera pues, y escucha mis cuidados; Pero ¿cómo te digo que me esperes, Si estás para esperar los pies clavados?

_47. Temores en el favor_

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro, Y la cándida víctima levanto, De mi atrevida indignidad me espanto, Y la piedad de vuestro pecho admiro. Tal vez el alma con temor retiro, Tal vez la doy al amoroso llanto; Que, arrepentido de ofenderos tanto, Con ansias temo y con dolor suspiro. Volved los ojos a mirarme humanos; Que por las sendas de mi error siniestras Me despeñaron pensamientos vanos. No sean tantas las miserias nuestras Que a quien os tuvo en sus indignas manos Vos le dejéis de las divinas vuestras.

DON LUIS DE GÓNGORA

_48. Angélica y Medoro_

En un pastoral albergue Que la guerra entre unos robles Lo dejó por escondido O lo perdonó por pobre, Do la paz viste pellico Y conduce entre pastores Ovejas del monte al llano Y cabras del llano al monte, Mal herido y bien curado, Se alberga un dichoso joven, Que sin clavarle Amor flecha Le coronó de favores. Las venas con poca sangre, Los ojos con mucha noche, Lo halló en el campo aquella Vida y muerte de los hombres. Del palafrén se derriba, No porque al moro conoce, Sino por ver que la yerba Tanta sangre paga en flores. Límpiale el rostro, y la mano Siente al Amor que se esconde Tras las rosas, que la muerte Va violando sus colores. Escondiose tras las rosas, Porque labren sus arpones El diamante del Catay Con aquella sangre noble. Ya le regala los ojos, Ya le entra, sin ver por dónde, Una piedad mal nacida Entre dulces escorpiones. Ya es herido el pedernal, Ya despide el primer golpe Centellas de agua, ¡oh piedad, Hija de padres traidores! Yerbas le aplica a sus llagas, Que si no sanan entonces, En virtud de tales manos Lisonjean los dolores. Amor le ofrece su venda, Mas ella sus velos rompe Para ligar sus heridas; Los rayos del sol perdonen. Los últimos nudos daba Cuando el cielo la socorre De un villano en una yegua Que iba penetrando el bosque. Enfrénanle de la bella Las tristes piadosas voces, Que los firmes troncos mueven Y las sordas piedras oyen; Y la que mejor se halla En las selvas que en la corte, Simple bondad, al pío ruego Cortésmente corresponde. Humilde se apea el villano, Y sobre la yegua pone Un cuerpo con poca sangre, Pero con dos corazones. A su cabaña los guía; Que el sol deja su horizonte Y el humo de su cabaña Le va sirviendo de norte. Llegaron temprano a ella, Do una labradora acoge Un mal vivo con dos almas, Una ciega con dos soles. Blando heno en vez de pluma Para lecho les compone, Que será tálamo luego Do el garzón sus dichas logre. Las manos, pues, cuyos dedos Desta vida fueron dioses, Restituyen a Medoro Salud nueva, fuerzas dobles, Y le entregan, cuando menos, Su beldad y un reino en dote, Segunda envidia de Marte, Primera dicha de Adonis. Corona un lascivo enjambre De cupidillos menores La choza, bien como abejas Hueco tronco de alcornoque. ¡Qué de nudos le está dando A un áspid la envidia torpe, Contando de las palomas Los arrullos gemidores! ¡Qué bien la destierra Amor, Haciendo la cuerda azote, Porque el caso no se infame Y el lugar no se inficione! Todo es gala el africano, Su vestido espira olores, El lunado arco suspende Y el corvo alfanje depone. Tórtolas enamoradas Son sus roncos atambores, Y los volantes de Venus Sus bien seguidos pendones. Desnuda el pecho anda ella, Vuela el cabello sin orden; Si lo abrocha, es con claveles, Con jazmines si lo coge. El pie calza en lazos de oro, Porque la nieve se goce, Y no se vaya por pies La hermosura del orbe. Todo sirve a los amantes, Plumas les baten veloces, Airecillos lisonjeros, Si no son murmuradores. Los campos les dan alfombras, Los árboles pabellones, La apacible fuente sueño, Música los ruiseñores. Los troncos les dan cortezas, En que se guarden sus nombres Mejor que en tablas de mármol O que en láminas de bronce. No hay verde fresno sin letra, Ni blanco chopo sin mote; Si un valle _Angélica_ suena, Otro _Angélica_ responde. Cuevas do el silencio apenas Deja que sombras las moren, Profanan con sus abrazos A pesar de sus horrores. Choza pues, tálamo y lecho, Contestes destos amores, El cielo os guarde, si puede, De las locuras del Conde.

_49._

Servía en Orán al Rey Un español con dos lanzas, Y con el alma y la vida A una gallarda africana, Tan noble como hermosa, Tan amante como amada, Con quien estaba una noche Cuando tocaron al arma. Trescientos Zenetes eran Deste rebato la causa; Que los rayos de la luna Descubrieron las adargas; Las adargas avisaron A las mudas atalayas, Las atalayas los fuegos, Los fuegos a las campanas; Y ellas al enamorado, Que en los brazos de su dama Oyó el militar estruendo De las trompas y las cajas. Espuelas de honor le pican Y freno de amor le para; No salir es cobardía, Ingratitud es dejalla. Del cuello pendiente ella, Viéndole tomar la espada, Con lágrimas y suspiros Le dice aquestas palabras: «Salid al campo, Señor, Bañen mis ojos la cama; Que ella me será también, Sin vos, campo de batalla. »Vestíos y salid apriesa, Que el general os aguarda; Yo os hago a vos mucha sobra Y vos a él mucha falta. »Bien podéis salir desnudo Pues mi llanto no os ablanda; Que tenéis de acero el pecho Y no habéis menester armas.» Viendo el español brioso Cuánto le detiene y habla, Le dice así: «Mi señora, Tan dulce como enojada, »Porque con honra y amor Yo me quede, cumpla y vaya, Vaya a los moros el cuerpo, Y quede con vos el alma. »Concededme, dueño mío, Licencia para que salga Al rebato en vuestro nombre, Y en vuestro nombre combata.»

_50._