Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana
Part 5
Voz de dolor y canto de gemido Y espíritu de miedo, envuelto en ira, Hagan principio acerbo a la memoria De aquel día fatal, aborrecido, Que Lusitania mísera suspira, Desnuda de valor, falta de gloria; Y la llorosa historia Asombre con horror funesto y triste Desde el áfrico Atlante y seno ardiente Hasta do el mar de otro color se viste, Y do el límite rojo de oriente Y todas sus vencidas gentes fieras Ven tremolar de Cristo las banderas. ¡Ay de los que pasaron, confiados En sus caballos y en la muchedumbre De sus carros, en ti, Libia desierta, Y en su vigor y fuerzas engañados, No alzaron su esperanza a aquella cumbre De eterna luz, mas con soberbia cierta Se ofrecieron la incierta Vitoria, y sin volver a Dios sus ojos, Con yerto cuello y corazón ufano Solo atendieron siempre a los despojos! Y el Santo de Israel abrió su mano, Y los dejó, y cayó en despeñadero El carro, y el caballo y caballero. Vino el día crüel, el día lleno De indignación, de ira y furor, que puso En soledad y en un profundo llanto, De gente y de placer el reino ajeno. El cielo no alumbró, quedó confuso El nuevo sol, presagio de mal tanto, Y con terrible espanto El Señor visitó sobre sus males, Para humillar los fuertes arrogantes, Y levantó los bárbaros no iguales, Que con osados pechos y constantes No busquen oro, mas con hierro airado La ofensa venguen y el error culpado. Los impíos y robustos, indinados, Las ardientes espadas desnudaron Sobre la claridad y hermosura De tu gloria y valor, y no cansados En tu muerte, tu honor todo afearon, Mezquina Lusitania sin ventura; Y con frente segura Rompieron sin temor con fiero estrago Tus armadas escuadras y braveza. La arena se tornó sangriento lago, La llanura con muertos aspereza; Cayó en unos vigor, cayó denuedo; Mas en otros desmayo y torpe miedo. ¿Son estos por ventura los famosos, Los fuertes, los belígeros varones Que conturbaron con furor la tierra, Que sacudieron reinos poderosos, Que domaron las hórridas naciones, Que pusieron desierto en cruda guerra Cuanto el mar Indo encierra, Y soberbias ciudades destruyeron? ¿Dó el corazón seguro y la osadía? ¿Cómo así se acabaron, y perdieron Tanto heroico valor en solo un día; Y lejos de su patria derribados, No fueron justamente sepultados? Tales ya fueron estos, cual hermoso Cedro del alto Líbano, vestido De ramos, hojas, con excelsa alteza; Las aguas lo criaron poderoso Sobre empinados árboles crecido, Y se multiplicaron en grandeza Sus ramos con belleza; Y extendiendo su sombra, se anidaron Las aves que sustenta el grande cielo, Y en sus hojas las fieras engendraron, Y hizo a mucha gente umbroso velo; No igualó en celsitud y en hermosura Jamás árbol alguno a su figura. Pero elevose con su verde cima, Y sublimó la presunción su pecho, Desvanecido todo y confiado, Haciendo de su alteza solo estima. Por eso Dios lo derribó deshecho, A los impíos y ajenos entregado, Por la raíz cortado; Que opreso de los montes arrojados, Sin ramos y sin hojas y desnudo, Huyeron dél los hombres, espantados, Que su sombra tuvieron por escudo; En su ruina y ramos cuantas fueron Las aves y las fieras se pusieron. Tú, infanda Libia, en cuya seca arena Murió el vencido reino lusitano, Y se acabó su generosa gloria, No estés alegre y de ufanía llena; Porque tu temerosa y flaca mano Hubo sin esperanza tal vitoria, Indina de memoria; Que si el justo dolor mueve a venganza Alguna vez el español coraje, Despedazada con aguda lanza, Compensarás muriendo el hecho ultraje; Y Luco amedrentado, al mar inmenso Pagará de africana sangre el censo.
DON JUAN DE ARGUIJO
_28. Al Guadalquivir, en una avenida_
Tú, a quien ofrece el apartado polo, Hasta donde tu nombre se dilata, Preciosos dones de luciente plata, Que envidia el rico Tajo y el Pactolo; Para cuya corona, como a solo Rey de los ríos, entreteje y ata Palas su oliva con la rama ingrata Que contempla en tus márgenes Apolo; Claro Guadalquivir, si impetuoso Con crespas ondas y mayor corriente Cubrieres nuestros campos mal seguros, De la mejor ciudad, por quien famoso Alzas igual al mar la altiva frente, Respeta humilde los antiguos muros.
_29. La tempestad y la calma_
Yo vi del rojo sol la luz serena Turbarse, y que en un punto desparece Su alegre faz, y en torno se oscurece El cielo con tiniebla de horror llena. El austro proceloso airado suena, Crece su furia, y la tormenta crece, Y en los hombros de Atlante se estremece El alto olimpo y con espanto truena; Mas luego vi romperse el negro velo Deshecho en agua, y a su luz primera Restituirse alegre el claro día, Y de nuevo esplendor ornado el cielo Miré, y dije: ¿Quién sabe si le espera Igual mudanza a la fortuna mía?
_30. La avaricia_
Castiga el cielo a Tántalo inhumano, Que en impía mesa su rigor provoca, Medir queriendo en competencia loca Saber divino con engaño humano. Agua en las aguas busca, y con la mano El árbol fugitivo casi toca; Huye el copioso Erídano a su boca, Y en vez de fruta toca el aire vano. Tú, que espantado de su pena, admiras Que el cercano manjar en largo ayuno Al gusto falte y a la vida sobre, ¿Cómo de muchos Tántalos no miras Ejemplo igual? Y si codicias uno, Mira el avaro, en sus riquezas pobre.
_31._
En segura pobreza vive Eumelo Con dulce libertad, y le mantienen Las simples aves, que engañadas vienen A los lazos y liga sin recelo. Por mejor suerte no importuna al cielo, Ni se muestra envidioso a la que tienen Los que con ansia de subir sostienen En flacas alas el incierto vuelo. Muerte tras luengos años no le espanta, Ni la recibe con indigna queja, Mas con sosiego grato y faz amiga. Al fin, muriendo con pobreza tanta, Ricos juzga sus hijos, pues les deja La libertad, las aves y la liga.
BALTASAR DEL ALCÁZAR
_32. Una cena_
En Jaén, donde resido, Vive don Lope de Sosa, Y direte, Inés, la cosa Más brava de él que has oído. Tenía este caballero Un criado portugués... Pero cenemos, Inés, Si te parece, primero. La mesa tenemos puesta, Lo que se ha de cenar junto, Las tazas del vino a punto, Falta comenzar la fiesta. Comience el vinillo nuevo, Y échole la bendición; Yo tengo por devoción De santiguar lo que bebo. Franco fue, Inés, este toque; Pero arrójame la bota: Vale un florín cada gota De aqueste vinillo aloque. ¿De qué taberna se trajo? Mas ya... de la del Castillo; Diez y seis vale el cuartillo, No tiene vino más bajo. Por nuestro Señor, que es mina La taberna de Alcocer; Grande consuelo es tener La taberna por vecina. Si es o no invención moderna, Vive Dios que no lo sé, Pero delicada fue La invención de la taberna. Porque allí llego sediento, Pido vino de lo nuevo, Mídenlo, dánmelo, bebo, Págolo y voyme contento. Esto, Inés, ello se alaba, No es menester alaballo; Solo una falta le hallo, Que con la priesa se acaba. La ensalada y salpicón Hizo fin: ¿qué viene ahora? La morcilla, ¡oh gran señora, Digna de veneración! ¡Qué oronda viene y qué bella! ¡Qué través y enjundia tiene! Paréceme, Inés, que viene Para que demos en ella. Pues sus, encójase y entre, Que es algo estrecho el camino. No eches agua, Inés, al vino; No se escandalice el vientre. Echa de lo tras añejo, Porque con más gusto comas; Dios te guarde, que así tomas, Como sabia, mi consejo. Mas di, ¿no adoras y precias La morcilla ilustre y rica? ¡Cómo la traidora pica! Tal debe tener especias. ¡Qué llena está de piñones! Morcilla de cortesanos, Y asada por esas manos, Hechas a cebar lechones. El corazón me revienta De placer; no sé de ti. ¿Cómo te va? Yo por mí Sospecho que estás contenta. Alegre estoy, vive Dios; Mas oye un punto sutil: ¿No pusiste allí un candil? ¿Cómo me parecen dos? Pero son preguntas viles; Ya sé lo que puede ser: Con este negro beber Se acrecientan los candiles. Probemos lo del pichel, Alto licor celestial; No es el aloquillo tal, Ni tiene que ver con él. ¡Qué suavidad! ¡qué clareza! ¡Qué rancio gusto y olor! ¡Qué paladar! ¡qué color! ¡Todo con tanta fineza! Mas el queso sale a plaza, La moradilla va entrando, Y ambos vienen preguntando Por el pichel y la taza. Prueba el queso, que es extremo, El de Pinto no le iguala; Pues la aceituna no es mala, Bien puede bogar su remo. Haz pues, Inés, lo que sueles, Daca de la bota llena Seis tragos; hecha es la cena, Levántense los manteles. Ya que, Inés, hemos cenado Tan bien y con tanto gusto, Parece que será justo Volver al cuento pasado. Pues sabrás, Inés hermana, Que el portugués cayó enfermo... Las once dan, yo me duermo; Quédese para mañana.
FRANCISCO DE RIOJA
_33. A la rosa_
Pura, encendida rosa, Émula de la llama Que sale con el día, ¿Cómo naces tan llena de alegría Si sabes que la edad que te da el cielo Es apenas un breve y veloz vuelo? Y no valdrán las puntas de tu rama Ni tu púrpura hermosa A detener un punto La ejecución del hado presurosa. El mismo cerco alado, Que estoy viendo riente, Ya temo amortiguado, Presto despojo de la llama ardiente. Para las hojas de tu crespo seno Te dio Amor de sus alas blandas plumas, Y oro de su cabello dio a tu frente. ¡Oh fiel imagen suya peregrina! Bañote en su color sangre divina De la deidad que dieron las espumas; Y esto, purpúrea flor, y esto ¿no pudo Hacer menos violento el rayo agudo? Róbate en una hora, Róbate licencioso su ardimiento El color y el aliento; Tiendes aun no las alas abrasadas, Y ya vuelan al suelo desmayadas. Tan cerca, tan unida Está al morir tu vida, Que dudo si en sus lágrimas la aurora Mustia tu nacimiento o muerte llora.
RODRIGO CARO
_34. A las ruinas de Itálica_
Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora Campos de soledad, mustio collado, Fueron un tiempo Itálica famosa; Aquí de Cipión la vencedora Colonia fue; por tierra derribado Yace el temido honor de la espantosa Muralla, y lastimosa Reliquia es solamente De su invencible gente. Solo quedan memorias funerales Donde erraron ya sombras de alto ejemplo; Este llano fue plaza, allí fue templo; De todo apenas quedan las señales. Del gimnasio y las termas regaladas Leves vuelan cenizas desdichadas; Las torres que desprecio al aire fueron A su gran pesadumbre se rindieron. Este despedazado anfiteatro, Impío honor de los dioses, cuya afrenta Publica el amarillo jaramago, Ya reducido a trágico teatro, ¡Oh fábula del tiempo! representa Cuánta fue su grandeza y es su estrago. ¿Cómo en el cerco vago De su desierta arena El gran pueblo no suena? ¿Dónde, pues fieras hay, está el desnudo Luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte? Todo despareció, cambió la suerte Voces alegres en silencio mudo; Mas aun el tiempo da en estos despojos Espectáculos fieros a los ojos, Y miran tan confuso lo presente Que voces de dolor el alma siente. Aquí nació aquel rayo de la guerra, Gran padre de la patria, honor de España, Pío, felice, triunfador Trajano, Ante quien muda se postró la tierra Que ve del sol la cuna y la que baña El mar, también vencido, gaditano. Aquí de Elio Adriano, De Teodosio divino, De Silio peregrino Rodaron de marfil y oro las cunas. Aquí ya de laurel, ya de jazmines Coronados los vieron los jardines, Que ahora son zarzales y lagunas. La casa para el César fabricada ¡Ay! yace de lagartos vil morada; Casas, jardines, césares murieron, Y aun las piedras que de ellos se escribieron. Fabio, si tú no lloras, pon atenta La vista en luengas calles destruïdas; Mira mármoles y arcos destrozados, Mira estatuas soberbias que violenta Némesis derribó, yacer tendidas, Y ya en alto silencio sepultados Sus dueños celebrados. Así a Troya figuro, Así a su antiguo muro, Y a ti, Roma, a quien queda el nombre apenas, ¡Oh patria de los dioses y los reyes! Y a ti, a quien no valieron justas leyes, Fábrica de Minerva, sabia Atenas, Emulación ayer de las edades, Hoy cenizas, hoy vastas soledades, Que no os respetó el hado, no la muerte, ¡Ay! ni por sabia a ti, ni a ti por fuerte. Mas ¿para qué la mente se derrama En buscar al dolor nuevo argumento? Basta ejemplo menor, basta el presente, Que aun se ve el humo aquí, se ve la llama, Aun se oyen llantos hoy, hoy ronco acento; Tal genio o religión fuerza la mente De la vecina gente, Que refiere admirada Que en la noche callada Una voz triste se oye, que, llorando _Cayó Itálica_ dice, y lastimosa, Eco reclama _Itálica_ en la hojosa Selva que se le opone, resonando _Itálica_, y el claro nombre oído De _Itálica_, renuevan el gemido Mil sombras nobles de su gran ruina; ¡Tanto aun la plebe a sentimiento inclina! Esta corta piedad que, agradecido Huésped, a tus sagrados manes debo, Les do y consagro, _Itálica_ famosa. Tú, si lloroso don han admitido Las ingratas cenizas, de que llevo Dulce noticia asaz, si lastimosa, Permíteme, piadosa Usura a tierno llanto, Que vea el cuerpo santo De Geroncio, tu mártir y prelado. Muestra de su sepulcro algunas señas, Y cavaré con lágrimas las peñas Que ocultan su sarcófago sagrado; Pero mal pido el único consuelo De todo el bien que airado quitó el cielo. Goza en las tuyas sus reliquias bellas Para envidia del mundo y sus estrellas.
ANÓNIMO SEVILLANO
(Probablemente Fernández de Andrada)
_35. Epístola moral_
Fabio, las esperanzas cortesanas Prisiones son do el ambicioso muere Y donde al más astuto nacen canas. El que no las limare o las rompiere, Ni el nombre de varón ha merecido, Ni subir al honor que pretendiere. El ánimo plebeyo y abatido Elija, en sus intentos temeroso, Primero estar suspenso que caído; Que el corazón entero y generoso Al caso adverso inclinará la frente Antes que la rodilla al poderoso. Más triunfos, más coronas dio al prudente Que supo retirarse, la fortuna, Que al que esperó obstinada y locamente. Esta invasión terrible e importuna De contrarios sucesos nos espera Desde el primer sollozo de la cuna. Dejémosla pasar como a la fiera Corriente del gran Betis, cuando airado Dilata hasta los montes su ribera. Aquel entre los héroes es contado Que el premio mereció, no quien le alcanza Por vanas consecuencias del estado. Peculio propio es ya de la privanza Cuanto de Astrea fue, cuanto regía Con su temida espada y su balanza. El oro, la maldad, la tiranía Del inicuo procede y pasa al bueno. ¿Qué espera la virtud o qué confía? Ven y reposa en el materno seno De la antigua Romúlea, cuyo clima Te será más humano y más sereno. Adonde por lo menos, cuando oprima Nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno; «Blanda le sea», al derramarla encima; Donde no dejarás la mesa ayuno Cuando te falte en ella el pece raro O cuando su pavón nos niegue Juno. Busca pues el sosiego dulce y caro, Como en la obscura noche del Egeo Busca el piloto el eminente faro; Que si acortas y ciñes tu deseo Dirás: «Lo que desprecio he conseguido; Que la opinión vulgar es devaneo.» Más precia el ruiseñor su pobre nido De pluma y leves pajas, más sus quejas En el bosque repuesto y escondido, Que halagar lisonjero las orejas De algún príncipe insigne; aprisionado En el metal de las doradas rejas. Triste de aquel que vive destinado A esa antigua colonia de los vicios, Augur de los semblantes del privado. Cese el ansia y la sed de los oficios; Que acepta el don y burla del intento El ídolo a quien haces sacrificios. Iguala con la vida el pensamiento, Y no le pasarás de hoy a mañana, Ni quizá de un momento a otro momento. Casi no tienes ni una sombra vana De nuestra antigua Itálica, y ¿esperas? ¡Oh error perpetuo de la suerte humana! Las enseñas grecianas, las banderas Del senado y romana monarquía Murieron, y pasaron sus carreras. ¿Qué es nuestra vida más que un breve día Do apena sale el sol cuando se pierde En las tinieblas de la noche fría? ¿Qué más que el heno, a la mañana verde, Seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío! ¿Será que de este sueño me recuerde? ¿Será que pueda ver que me desvío De la vida viviendo, y que está unida La cauta muerte al simple vivir mío? Como los ríos, que en veloz corrida Se llevan a la mar, tal soy llevado Al último suspiro de mi vida. De la pasada edad ¿qué me ha quedado? O ¿qué tengo yo, a dicha, en la que espero, Sin ninguna noticia de mi hado? ¡Oh, si acabase, viendo cómo muero, De aprender a morir antes que llegue Aquel forzoso término postrero; Antes que aquesta mies inútil siegue De la severa muerte dura mano, Y a la común materia se la entregue! Pasáronse las flores del verano, El otoño pasó con sus racimos, Pasó el invierno con sus nieves cano; Las hojas que en las altas selvas vimos Cayeron, ¡y nosotros a porfía En nuestro engaño inmóviles vivimos! Temamos al Señor que nos envía Las espigas del año y la hartura, Y la temprana pluvia y la tardía. No imitemos la tierra siempre dura A las aguas del cielo y al arado, Ni la vid cuyo fruto no madura. ¿Piensas acaso tú que fue criado El varón para rayo de la guerra, Para surcar el piélago salado, Para medir el orbe de la tierra Y el cerco donde el sol siempre camina? ¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra! Esta nuestra porción, alta y divina, A mayores acciones es llamada Y en más nobles objetos se termina. Así aquella que al hombre solo es dada, Sacra razón y pura, me despierta, De esplendor y de rayos coronada; Y en la fría región dura y desierta De aqueste pecho enciende nueva llama, Y la luz vuelve a arder que estaba muerta. Quiero, Fabio, seguir a quien me llama, Y callado pasar entre la gente, Que no afecto los nombres ni la fama. El soberbio tirano del Oriente Que maciza las torres de cien codos Del cándido metal puro y luciente Apenas puede ya comprar los modos Del pecar; la virtud es más barata, Ella consigo mesma ruega a todos. ¡Pobre de aquel que corre y se dilata Por cuantos son los climas y los mares, Perseguidor del oro y de la plata! Un ángulo me basta entre mis lares, Un libro y un amigo, un sueño breve, Que no perturben deudas ni pesares. Esto tan solamente es cuanto debe Naturaleza al simple y al discreto, Y algún manjar común, honesto y leve. No, porque así te escribo, hagas conceto Que pongo la virtud en ejercicio: Que aun esto fue difícil a Epiteto. Basta al que empieza aborrecer el vicio, Y el ánimo enseñar a ser modesto; Después le será el cielo más propicio. Despreciar el deleite no es supuesto De sólida virtud; que aun el vicioso En sí propio le nota de molesto. Mas no podrás negarme cuán forzoso Este camino sea al alto asiento, Morada de la paz y del reposo. No sazona la fruta en un momento Aquella inteligencia que mensura La duración de todo a su talento. Flor la vimos primero hermosa y pura, Luego materia acerba y desabrida, Y perfecta después, dulce y madura; Tal la humana prudencia es bien que mida Y dispense y comparta las acciones Que han de ser compañeras de la vida. No quiera Dios que imite estos varones Que moran nuestras plazas macilentos, De la virtud infames histriones; Esos inmundos trágicos, atentos Al aplauso común, cuyas entrañas Son infaustos y oscuros monumentos. ¡Cuán callada que pasa las montañas El aura, respirando mansamente! ¡Qué gárrula y sonante por las cañas! ¡Qué muda la virtud por el prudente! ¡Qué redundante y llena de ruïdo Por el vano, ambicioso y aparente! Quiero imitar al pueblo en el vestido, En las costumbres solo a los mejores, Sin presumir de roto y mal ceñido. No resplandezca el oro y los colores En nuestro traje, ni tampoco sea Igual al de los dóricos cantores. Una mediana vida yo posea, Un estilo común y moderado, Que no lo note nadie que lo vea. En el plebeyo barro mal tostado Hubo ya quien bebió tan ambicioso Como en el vaso Múrino preciado; Y alguno tan ilustre y generoso Que usó, como si fuera plata neta, Del cristal transparente y luminoso. Sin la templanza ¿viste tú perfeta Alguna cosa? ¡Oh muerte! ven callada, Como sueles venir en la saeta, No en la tonante máquina preñada De fuego y de rumor; que no es mi puerta De doblados metales fabricada. Así, Fabio, me muestra descubierta Su esencia la verdad, y mi albedrío Con ella se compone y se concierta. No te burles de ver cuánto confío, Ni al arte de decir, vana y pomposa, El ardor atribuyas de este brío. ¿Es por ventura menos poderosa Que el vicio la virtud? ¿Es menos fuerte? No la arguyas de flaca y temerosa. La codicia en las manos de la suerte Se arroja al mar, la ira a las espadas, Y la ambición se ríe de la muerte. Y ¿no serán siquiera tan osadas Las opuestas acciones, si las miro De más ilustres genios ayudadas? Ya, dulce amigo, huyo y me retiro De cuanto simple amé; rompí los lazos. Ven y verás al alto fin que aspiro, Antes que el tiempo muera en nuestros brazos.
LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA
_36. A la esperanza_