Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana
Part 4
Agora con la aurora se levanta mi luz, agora coge en rico ñudo el hermoso cabello, agora el crudo pecho ciñe con oro, y la garganta. Agora vuelta al cielo pura y santa las manos y ojos bellos alza, y pudo dolerse agora de mi mal agudo; agora incomparable tañe y canta. Ansí digo, y del dulce error llevado, presente ante mis ojos la imagino, y lleno de humildad y amor la adoro. Mas luego vuelve en sí el engañado ánimo, y conociendo el desatino, la rienda suelta largamente al lloro.
SAN JUAN DE LA CRUZ
_22. Cántico espiritual entre el alma y Cristo su Esposo_
ESPOSA
¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, Habiéndome herido; Salí tras ti clamando, y ya eras ido. Pastores, los que fuerdes Allá por las majadas al otero, Si por ventura vierdes Aquel que yo más quiero Decidle que adolezco, peno y muero. Buscando mis amores, Iré por esos montes y riberas, Ni cogeré las flores, Ni temeré las fieras, Y pasaré los fuertes y fronteras. ¡Oh bosques y espesuras, Plantadas por la mano del Amado, Oh prado de verduras, De flores esmaltado, Decid si por vosotros ha pasado!
RESPUESTA DE LAS CRIATURAS
Mil gracias derramando Pasó por estos sotos con presura, Y, yéndolos mirando, Con sola su figura Vestidos los dejó de su hermosura.
ESPOSA
¡Ay, quién podrá sanarme! Acaba de entregarte ya de vero, No quieras enviarme De hoy ya más mensajero, Que no saben decirme lo que quiero. Y todos cuantos vagan, De ti me van mil gracias refiriendo, Y todos más me llagan, Y déjame muriendo Un no sé qué que quedan balbuciendo. Mas ¿cómo perseveras, Oh vida, no viviendo donde vives, Y haciendo porque mueras Las flechas que recibes, De lo que del Amado en ti concibes? ¿Por qué, pues has llagado A aqueste corazón, no le sanaste? Y pues me le has robado, ¿Por qué así lo dejaste, Y no tomas el robo que robaste? Apaga mis enojos, Pues que ninguno basta a deshacellos, Y véante mis ojos, Pues eres lumbre de ellos Y solo para ti quiero tenellos. Descubre tu presencia, Y máteme tu vista y hermosura: Mira que la dolencia De amor, que no se cura Sino con la presencia y la figura. ¡Oh cristalina fuente, Si en esos tus semblantes plateados Formases de repente Los ojos deseados Que tengo en mis entrañas dibujados! Apártalos, Amado, Que voy de vuelo.
ESPOSO
Vuélvete, paloma, Que el ciervo vulnerado Por el otero asoma, Al aire de tu vuelo, y fresco toma.
ESPOSA
Mi amado, las montañas, Los valles solitarios nemorosos, Las ínsulas extrañas, Los ríos sonorosos, El silbo de los aires amorosos. La noche sosegada, En par de los levantes de la aurora, La música callada, La soledad sonora, La cena, que recrea y enamora. Cazadnos las raposas, Que está ya florecida nuestra viña, En tanto que de rosas Hacemos una piña, Y no parezca nadie en la montiña. Detente, Cierzo muerto: Ven, Austro, que recuerdas los amores, Aspira por mi huerto, Y corran tus olores, Y pacerá el Amado entre las flores. Oh ninfas de Judea, En tanto que en las flores y rosales El ámbar perfumea, Morá en los arrabales, Y no queráis tocar nuestros umbrales. Escóndete, Carillo, Y mira con tu haz a las montañas, Y no quieras decillo; Mas mira las compañas De la que va por ínsulas extrañas.
ESPOSO
A las aves ligeras, Leones, ciervos, gamos saltadores, Montes, valles, riberas, Aguas, aires, ardores, Y miedos de las noches veladores, Por las amenas liras Y cantos de sirenas os conjuro Que cesen vuestras iras, Y no toquéis al muro, Porque la Esposa duerma más seguro. Entrádose ha la Esposa En el ameno huerto deseado, Y a su sabor reposa, El cuello reclinado Sobre los dulces brazos del Amado. Debajo del manzano Allí conmigo fuiste desposada, Allí te di la mano, Y fuiste reparada Donde tu madre fuera violada.
ESPOSA
Nuestro lecho florido, De cuevas de leones enlazado, En púrpura teñido, De paz edificado, De mil escudos de oro coronado. A zaga de tu huella Los jóvenes discurren el camino, Al toque de centella, Al adobado vino, Emisiones de bálsamo divino. En la interior bodega De mi amado bebí, y cuando salía Por toda aquesta vega, Ya cosa no sabía Y el ganado perdí que antes seguía. Allí me dio su pecho, Allí me enseñó ciencia muy sabrosa, Y yo le di de hecho A mí, sin dejar cosa, Allí le prometí de ser su esposa. Mi alma se ha empleado Y todo mi caudal en su servicio. Ya no guardo ganado, Ni ya tengo otro oficio: Que ya solo en amar es mi ejercicio. Pues ya si en el ejido De hoy más no fuere vista ni hallada, Diréis que me he perdido, Que andando enamorada Me hice perdidiza, y fui ganada. De flores y esmeraldas En las frescas mañanas escogidas, Haremos las guirnaldas, En tu amor florecidas, Y en un cabello mío entretejidas. En solo aquel cabello Que en mi cuello volar consideraste, Mirástele en mi cuello, Y en él preso quedaste, Y en uno de mis ojos te llagaste. Cuando tú me mirabas, Su gracia en mí tus ojos imprimían; Por eso me adamabas, Y en eso merecían Los míos adorar lo que en ti vían. No quieras despreciarme, Que si color moreno en mí hallaste Ya bien puedes mirarme, Después que me miraste, Que gracia y hermosura en mí dejaste.
ESPOSO
La blanca palomica Al arca con el ramo se ha tornado, Y ya la tortolica Al socio deseado En las riberas verdes ha hallado. En soledad vivía, Y en soledad ha puesto ya su nido, Y en soledad la guía A solas su querido, También en soledad de amor herido.
ESPOSA
Gocémonos, Amado, Y vámonos a ver en tu hermosura Al monte y al collado, Do mana el agua pura; Entremos más adentro en la espesura. Y luego a las subidas Cavernas de las piedras nos iremos, Que están bien escondidas, Y allí nos entraremos, Y el mosto de granadas gustaremos. Allí me mostrarías Aquello que mi alma pretendía, Y luego me darías Allí tú, vida mía, Aquello que me diste el otro día. El aspirar del aire, El canto de la dulce Filomena, El soto y su donaire, En la noche serena Con llama que consume y no da pena. Que nadie lo miraba, Aminadab tampoco parecía, Y el cerco sosegaba, Y la caballería A vista de las aguas descendía.
ANÓNIMO
_23._
No me mueve, mi Dios, para quererte El cielo que me tienes prometido, Ni me mueve el infierno tan temido Para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor; muéveme el verte Clavado en una cruz y escarnecido; Muéveme ver tu cuerpo tan herido; Muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera, Que aunque no hubiera cielo, yo te amara. Y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera; Pues aunque lo que espero no esperara, Lo mismo que te quiero te quisiera.
FRANCISCO DE LA TORRE
_24. La cierva_
Doliente cierva, que el herido lado De ponzoñosa y cruda yerba lleno, Buscas el agua de la fuente pura, Con el cansado aliento y con el seno Bello de la corriente sangre hinchado, Débil y decaída tu hermosura: ¡Ay! que la mano dura Que tu nevado pecho Ha puesto en tal estrecho, Gozosa va con tu desdicha, cuando Cierva mortal, viviendo, estás penando Tu desangrado y dulce compañero, El regalado y blando Pecho pasado del veloz montero: Vuelve cuitada, vuelve al valle, donde Queda muerto tu amor, en vano dando Términos desdichados a tu suerte. Morirás en su seno, reclinando La beldad, que la cruda mano esconde Delante de la nube de la muerte. Que el paso duro y fuerte, Ya forzoso y terrible, No puede ser posible Que le escusen los cielos, permitiendo Crudos astros que muera padeciendo Las asechanzas de un montero crudo, Que te vino siguiendo Por los desiertos de este campo mudo. Mas ¡ay! que no dilatas la inclemente Muerte, que en tu sangriento pecho llevas, Del crudo amor vencido y maltratado: Tú con el fatigado aliento pruebas A rendir el espíritu doliente En la corriente de este valle amado. Que el ciervo desangrado, Que contigo la vida Tuvo por bien perdida, No fue tan poco de tu amor querido, Que habiendo tan cruelmente padecido, Quieras vivir sin él, cuando pudieras Librar el pecho herido De crudas llagas y memorias fieras. Cuando por la espesura deste prado Como tórtolas solas y queridas, Solos y acompañados anduvistes: Cuando de verde mirto y de floridas Violetas, tierno acanto y lauro amado, Vuestras frentes bellísimas ceñistes: Cuando las horas tristes, Ausentes y queridos, Con mil mustios bramidos Ensordecistes la ribera umbrosa Del claro Tajo, rica y venturosa Con vuestro bien, con vuestro mal sentida; Cuya muerte penosa No deja rastro de contenta vida. Agora el uno, cuerpo muerto lleno De desdén y de espanto, quien solía Ser ornamento de la selva umbrosa: Tú, quebrantada y mustia, al agonía De la muerte rendida, el bello seno Agonizando, el alma congojosa: Cuya muerte gloriosa, En los ojos de aquellos Cuyos despojos bellos Son victorias del crudo amor furioso, Martirio fue de amor, triunfo glorioso Con que corona y premia dos amantes Que del siempre rabioso Trance mortal salieron muy triunfantes. Canción, fábula un tiempo, y caso agora De una cierva doliente, que la dura Flecha del cazador dejó sin vida, Errad por la espesura Del monte, que de gloria tan perdida No hay sino lamentar su desventura.
GIL POLO
_25. Canción_
En el campo venturoso, Donde con clara corriente Guadalaviar hermoso Dejando el suelo abundoso Da tributo al mar potente; Galatea, desdeñosa Del dolor que a Licio daña, Iba alegre y bulliciosa Por la ribera arenosa Que el mar con sus ondas baña, Entre la arena cogiendo Conchas y piedras pintadas, Muchos cantares diciendo Con el son del ronco estruendo De las ondas alteradas: Junto el agua se ponía, Y las ondas aguardaba, Y en verlas llegar huía; Pero a veces no podía Y el blanco pie se mojaba. Licio, al cual en sufrimiento Amador ninguno iguala, Suspendió allí su tormento Mientras miraba el contento De su pulida zagala. Mas cotejando su mal Con el gozo que ella había El fatigado zagal Con voz amarga y mortal De esta manera decía: Ninfa hermosa, no te vea Jugar con el mar horrendo; Y aunque más placer te sea, Huye del mar, Galatea, Como estás de Licio huyendo. Deja ahora de jugar, Que me es dolor importuno: No me hagas más penar, Que en verte cerca del mar Tengo celos de Neptuno. Causa mi triste cuidado Que a mi pensamiento crea: Porque ya está averiguado Que si no es tu enamorado Lo será cuando te vea. Y está cierto, porque amor Sabe desde que me hirió, Que para pena mayor Me falta un competidor Más poderoso que yo. Deja la seca ribera, Do está el alga infructuosa: Guarda que no salga afuera Alguna marina fiera Enroscada y escamosa. Huye ya, y mira que siento Por ti dolores sobrados; Porque con doble tormento Celos me da tu contento Y tu peligro cuidados. En verte regocijada Celos me hacen acordar De Europa, ninfa preciada, Del toro blanco engañada En la ribera del mar. Y el ordinario cuidado Hace que piense contino De aquel desdeñoso alnado, Orilla el mar arrastrado, Visto aquel monstruo marino. Mas no veo en ti temor De congoja y pena tanta; Que bien sé por mi dolor Que a quien no teme al amor Ningún peligro le espanta. Guarte pues de un gran cuidado: Que el vengativo Cupido Viéndose menospreciado, Lo que no hace de grado, Suele hacerlo de ofendido. Ven conmigo al bosque ameno, Y al apacible sombrío De olorosas flores lleno, Do en el día más sereno No es enojoso el Estío. Si el agua te es placentera, Hay allí fuente tan bella, Que para ser la primera Entre todas, solo espera Que tú te laves en ella. En aqueste raso suelo A guardar tu hermosa cara No basta sombrero o velo; Que estando al abierto cielo El sol morena te para. No escuchas dulces concentos, Sino el espantoso estruendo Con que los bravosos vientos Con soberbios movimientos Van las aguas revolviendo. Y tras la fortuna fiera Son las vistas más suaves Ver llegar a la ribera La destrozada madera De las anegadas naves. Ven a la dulce floresta, Do natura no fue escasa: Donde haciendo alegre fiesta La más calorosa siesta Con más deleite se pasa. Huye los soberbios mares; Ven, verás cómo cantamos Tan deleitosos cantares Que los más duros pesares Suspendemos y engañamos; Y aunque quien pasa dolores, Amor le fuerza a cantarlos, Yo haré que los pastores No digan cantos de amores, Porque huelgues de escucharlos. Allí, por bosques y prados, Podrás leer todas horas, En mil robles señalados Los nombres más celebrados De las ninfas y pastoras. Mas serate cosa triste Ver tu nombre allí pintado, En saber que escrita fuiste Por el que siempre tuviste De tu memoria borrado. Y aunque mucho estés airada, No creo yo que te asombre Tanto el verte allí pintada, Como el ver que eres amada Del que allí escribió tu nombre. No ser querida y amar Fuera triste desplacer; Mas ¿qué tormento o pesar Te puede, Ninfa, causar Ser querida y no querer? Mas desprecia cuanto quieras A tu pastor, Galatea; Solo que en estas riberas Cerca de las ondas fieras Con mis ojos no te vea. ¿Qué pasatiempo mejor Orilla el mar puede hallarse Que escuchar el ruiseñor, Coger la olorosa flor Y en clara fuente lavarse? Pluguiera a Dios que gozaras De nuestro campo y ribera, Y porque más lo preciaras, Ojalá tú lo probaras, Antes que yo lo dijera. Porque cuanto alabo aquí De su crédito lo quito; Pues el contentarme a mí Bastará para que a ti No te venga en apetito. Licio mucho más le hablara, Y tenía más que hablalle, Si ella no se lo estorbara, Que con desdeñosa cara Al triste dice que calle. Volvió a sus juegos la fiera Y a sus llantos el pastor, Y de la misma manera Ella queda en la ribera, Y él en su mismo dolor.
FERNANDO DE HERRERA
_26. Por la victoria de Lepanto_
Cantemos al Señor, que en la llanura Venció del ancho mar al Trace fiero; Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra, Salud y gloria nuestra. Tú rompiste las fuerzas y la dura Frente de Faraón, feroz guerrero; Sus escogidos príncipes cubrieron Los abismos del mar, y descendieron, Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego Los tragó, como arista seca el fuego. El soberbio tirano, confiado En el grande aparato de sus naves, Que de los nuestros la cerviz cautiva Y las manos aviva Al ministerio injusto de su estado, Derribó con los brazos suyos graves Los cedros más excelsos de la cima Y el árbol que más yerto se sublima, Bebiendo ajenas aguas y atrevido Pisando el bando nuestro y defendido. Temblaron los pequeños, confundidos Del impío furor suyo; alzó la frente Contra ti, Señor Dios, y con semblante Y con pecho arrogante, Y los armados brazos extendidos, Movió el airado cuello aquel potente; Cercó su corazón de ardiente saña Contra las dos Hesperias, que el mar baña, Porque en ti confiadas le resisten Y de armas de tu fe y amor se visten. Dijo aquel insolente y desdeñoso: «¿No conocen mis iras estas tierras, Y de mis padres los ilustres hechos, O valieron sus pechos Contra ellos con el húngaro medroso, Y de Dalmacia y Rodas en las guerras? ¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos Pudo salvar los de Austria y los germanos? ¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora Guardallos de mi diestra vencedora? »Su Roma, temerosa y humillada, Los cánticos en lágrimas convierte; Ella y sus hijos tristes mi ira esperan Cuando vencidos mueran; Francia está con discordia quebrantada, Y en España amenaza horrible muerte Quien honra de la luna las banderas; Y aquellas en la guerra gentes fieras Ocupadas están en su defensa, Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa? »Los poderosos pueblos me obedecen, Y el cuello con su daño al yugo inclinan, Y me dan por salvarse ya la mano. Y su valor es vano; Que sus luces cayendo se oscurecen, Sus fuertes a la muerte ya caminan, Sus vírgenes están en cautiverio, Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio. Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío, Cuanto el sol alto mira todo es mío.» Tú, Señor, que no sufres que tu gloria Usurpe quien su fuerza osado estima, Prevaleciendo en vanidad y en ira, Este soberbio mira, Que tus aras afea en su vitoria. No dejes que los tuyos así oprima, Y en su cuerpo, cruel, las fieras cebe, Y en su esparcida sangre el odio pruebe; Que hecho ya su oprobio, dice: «¿Dónde El Dios de estos está? ¿De quién se asconde?» Por la debida gloria de tu nombre, Por la justa venganza de tu gente, Por aquel de los míseros gemido, Vuelve el brazo tendido Contra este, que aborrece ya ser hombre; Y las honras que celas tú consiente; Y tres y cuatro veces el castigo Esfuerza con rigor a tu enemigo, Y la injuria a tu nombre cometida Sea el hierro contrario de su vida. Levantó la cabeza el poderoso Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago Juntó el consejo, y contra nos pensaron Los que en él se hallaron. «Venid, dijeron, y en el mar ondoso Hagamos de su sangre un grande lago; Deshagamos a estos de la gente, Y el nombre de su Cristo juntamente, Y dividiendo de ellos los despojos, Hártense en muerte suya nuestros ojos.» Vinieron de Asia y portentoso Egito Los árabes y leves africanos, Y los que Grecia junta mal con ellos, Con los erguidos cuellos, Con gran poder y número infinito; Y prometer osaron con sus manos Encender nuestros fines y dar muerte A nuestra juventud con hierro fuerte, Nuestros niños prender y las doncellas, Y la gloria manchar y la luz dellas. Ocuparon del piélago los senos, Puesta en silencio y en temor la tierra, Y cesaron los nuestros valerosos, Y callaron dudosos, Hasta que al fiero ardor de sarracenos El Señor eligiendo nueva guerra, Se opuso el joven de Austria generoso Con el claro español y belicoso; Que Dios no sufre ya en Babel cautiva Que su Sion querida siempre viva. Cual león a la presa apercibido, Sin recelo los impíos esperaban A los que tú, Señor, eras escudo; Que el corazón desnudo De pavor, y de amor y fe vestido, Con celestial aliento confiaban. Sus manos a la guerra compusiste, Y sus brazos fortísimos pusiste Como el arco acerado, y con la espada Vibraste en su favor la diestra armada. Turbáronse los grandes, los robustos Rindiéronse temblando y desmayaron; Y tú entregaste, Dios, como la rueda, Como la arista queda Al ímpetu del viento, a estos injustos, Que mil huyendo de uno se pasmaron. Cual fuego abrasa selvas, cuya llama En las espesas cumbres se derrama, Tal en tu ira y tempestad seguiste Y su faz de ignominia convertiste. Quebrantaste al cruel dragón, cortando Las alas de su cuerpo temerosas Y sus brazos terribles no vencidos; Que con hondos gemidos Se retira a su cueva, do silbando Tiembla con sus culebras venenosas, Lleno de miedo torpe sus entrañas, De tu león temiendo las hazañas; Que, saliendo de España, dio un rugido Que lo dejó asombrado y aturdido. Hoy se vieron los ojos humillados Del sublime varón y su grandeza, Y tú solo, Señor, fuiste exaltado; Que tu día es llegado, Señor de los ejércitos armados, Sobre la alta cerviz y su dureza, Sobre derechos cedros y extendidos, Sobre empinados montes y crecidos, Sobre torres y muros, y las naves De Tiro, que a los tuyos fueron graves. Babilonia y Egito amedrentada Temerá el fuego y la asta violenta, Y el humo subirá a la luz del cielo, Y faltos de consuelo, Con rostro oscuro y soledad turbada Tus enemigos llorarán su afrenta. Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza Egicia y gloria de su confianza, Triste que a ella pareces, no temiendo A Dios y a tu remedio no atendiendo, ¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste En adulterio infame a una impía gente, Que deseaba profanar tus frutos, Y con ojos enjutos Sus odiosos pasos imitaste, Su aborrecida vida y mal presente? Dios vengará sus iras en tu muerte; Que llega a tu cerviz con diestra fuerte La aguda espada suya; ¿quién, cuitada, Reprimirá su mano desatada? Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro, Que en tus naves estabas gloriosa, Y el término espantabas de la tierra, Y si hacías guerra, De temor la cubrías con suspiro ¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa? ¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto? Dios, para convertir tu gloria en llanto Y derribar tus ínclitos y fuertes Te hizo perecer con tantas muertes. Llorad, naves del mar; que es destruïda Vuestra vana soberbia y pensamiento. ¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna, Tú, que sigues la luna, Asia adúltera, en vicios sumergida? ¿Quien mostrará un liviano sentimiento? ¿Quién rogará por ti? Que a Dios enciende Tu ira y la arrogancia que te ofende, Y tus viejos delitos y mudanza Han vuelto contra ti a pedir venganza. Los que vieron tus brazos quebrantados Y de tus pinos ir el mar desnudo, Que sus ondas turbaron y llanura, Viendo tu muerte oscura, Dirán, de tus estragos espantados: ¿Quién contra la espantosa tanto pudo? El Señor, que mostró su fuerte mano Por la fe de su príncipe cristiano Y por el nombre santo de su gloria, A su España concede esta vitoria. Bendita, Señor, sea tu grandeza; Que después de los daños padecidos, Después de nuestras culpas y castigo, Rompiste al enemigo De la antigua soberbia la dureza. Adórente, Señor, tus escogidos, Confiese cuanto cerca el ancho cielo Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo! Y la cerviz rebelde, condenada, Perezca en bravas llamas abrasada.
_27. Por la pérdida del rey don Sebastián_