Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana

Part 3

Chapter 33,669 wordsPublic domain

--Corrientes aguas, puras, cristalinas; Árboles que os estáis mirando en ellas, Verde prado de fresca sombra lleno, Aves que aquí sembráis vuestras querellas, Hiedra que por los árboles caminas, Torciendo el paso por su verde seno; Yo me vi tan ajeno Del grave mal que siento, Que de puro contento Con vuestra soledad me recreaba, Donde con dulce sueño reposaba, O con el pensamiento discurría Por donde no hallaba Sino memorias llenas de alegría; Y en este mismo valle, donde agora Me entristezco y me canso, en el reposo Estuve ya contento y descansado. ¡Oh bien caduco, vano y presuroso! Acuérdome durmiendo aquí algún hora, Que despertando, a Elisa vi a mi lado. ¡Oh miserable hado! ¡Oh tela delicada Antes de tiempo dada A los agudos filos de la muerte! Más convenible fuera aquesta suerte A los cansados años de mi vida, Que es más que el hierro fuerte, Pues no la ha quebrantado tu partida. ¿Dó están agora aquellos claros ojos Que llevaban tras sí como colgada Mi ánima do quier que se volvían? ¿Dó está la blanca mano delicada, Llena de vencimientos y despojos Que de mí mis sentidos le ofrecían? Los cabellos que vían Con gran desprecio al oro, Como a menor tesoro ¿Adónde están? ¿Adónde el blanco pecho? ¿Dó la columna que el dorado techo Con presunción graciosa sostenía? Aquesto todo agora ya se encierra, Por desventura mía, En la fría, desierta y dura tierra. ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía, Cuando en aqueste valle al fresco viento Andábamos cogiendo tiernas flores, Que había de ver con largo apartamiento Venir el triste y solitario día Que diese amargo fin a mis amores? El cielo en mis dolores Cargó la mano tanto, Que a sempiterno llanto Y a triste soledad me ha condenado; Y lo que siento más es verme atado A la pesada vida y enojosa, Solo, desamparado, Ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa. Después que nos dejaste, nunca pace En hartura el ganado ya, ni acude El campo al labrador con mano llena. No hay bien que en mal no se convierta y mude: La mala yerba al trigo ahoga, y nace En lugar suyo la infelice avena; La tierra, que de buena Gana nos producía Flores con que solía Quitar en solo vellas mil enojos, Produce agora en cambio estos abrojos, Ya de rigor de espinas intratable; Y yo hago con mis ojos Crecer, llorando, el fruto miserable. Como al partir del sol la sombra crece, Y en cayendo su rayo se levanta La negra escuridad que el mundo cubre, De do viene el temor que nos espanta, Y la medrosa forma en que se ofrece Aquello que la noche nos encubre, Hasta que el sol descubre Su luz pura y hermosa; Tal es la tenebrosa Noche de tu partir, en que he quedado De sombra y de temor atormentado, Hasta que muerte el tiempo determine Que a ver el deseado Sol de tu clara vista me encamine. Cual suele el ruiseñor con triste canto Quejarse, entre las hojas escondido, Del duro labrador, que cautamente Le despojó su caro y dulce nido De los tiernos hijuelos entre tanto Que del amado ramo estaba ausente, Y aquel dolor que siente Con diferencia tanta Por la dulce garganta Despide, y a su canto el aire suena, Y la callada noche no refrena Su lamentable oficio y sus querellas, Trayendo de su pena Al cielo por testigo y las estrellas; Desta manera suelto yo la rienda A mi dolor, y así me quejo en vano De la dureza de la muerte airada. Ella en mi corazón metió la mano, Y de allí me llevó mi dulce prenda; Que aquel era su nido y su morada. ¡Ay muerte arrebatada! Por ti me estoy quejando Al cielo y enojando Con importuno llanto al mundo todo: Tan desigual dolor no sufre modo. No me podrán quitar el dolorido Sentir, si ya del todo Primero no me quitan el sentido. Una parte guardé de tus cabellos, Elisa, envueltos en un blanco paño, Que nunca de mi seno se me apartan; Descójolos, y de un dolor tamaño Enternecerme siento, que sobre ellos Nunca mis ojos de llorar se hartan. Sin que de allí se partan, Con suspiros calientes, Más que la llama ardientes, Los enjugo del llanto, y de consuno Casi los paso y cuento uno a uno; Juntándolos, con un cordón los ato. Tras esto el importuno Dolor me deja descansar un rato. Mas luego a la memoria se me ofrece Aquella noche tenebrosa, escura, Que siempre aflige esta ánima mezquina Con la memoria de mi desventura. Verte presente agora me parece En aquel duro trance de Lucina, Y aquella voz divina, Con cuyo son y acentos A los airados vientos Pudieras amansar, que agora es muda, Me parece que oigo que a la cruda, Inexorable diosa demandabas En aquel paso ayuda; Y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas? ¿Íbate tanto en perseguir las fieras? ¿Íbate tanto en un pastor dormido? ¿Cosa pudo bastar a tal crüeza, Que, conmovida a compasión, oído A los votos y lágrimas no dieras Por no ver hecha tierra tal belleza, O no ver la tristeza En que tu Nemoroso Queda, que su reposo Era seguir tu oficio, persiguiendo Las fieras por los montes, y ofreciendo A tus sagradas aras los despojos? ¿Y tú, ingrata, riendo Dejas morir mi bien ante mis ojos? Divina Elisa, pues agora el cielo Con inmortales pies pisas y mides, Y su mudanza ves, estando queda, ¿Por qué de mí te olvidas, y no pides Que se apresure el tiempo en que este velo Rompa del cuerpo, y verme libre pueda, Y en la tercera rueda Contigo mano a mano Busquemos otro llano, Busquemos otros montes y otros ríos, Otros valles floridos y sombríos, Donde descanse y siempre pueda verte Ante los ojos míos, Sin miedo y sobresalto de perderte?-- Nunca pusieran fin al triste lloro Los pastores, ni fueran acabadas Las canciones que solo el monte oía, Si mirando las nubes coloradas, Al trasmontar del sol bordadas de oro, No vieran que era ya pasado el día. La sombra se veía Venir corriendo apriesa Ya por la falda espesa Del altísimo monte, y recordando Ambos como de sueño, y acabando El fugitivo sol, de luz escaso, Su ganado llevando, Se fueron recogiendo paso a paso.

_12. A la flor de Gnido_

Si de mi baja lira Tanto pudiese el son, que en un momento Aplacase la ira Del animoso viento, Y la furia del mar y el movimiento; Y en ásperas montañas Con el suave canto enterneciese Las fieras alimañas, Los árboles moviese, Y al son confusamente los trajese; No pienses que cantado Sería de mí, hermosa flor de Gnido, El fiero Marte airado, A muerte convertido, De polvo y sangre y de sudor teñido; Ni aquellos capitanes En las sublimes ruedas colocados, Por quien los alemanes El fiero cuello atados, Y los franceses van domesticados. Mas solamente aquella Fuerza de tu beldad sería cantada, Y alguna vez con ella También sería notada El aspereza de que estás armada; Y cómo por ti sola, Y por tu gran valor y hermosura, Convertido en viola, Llora su desventura El miserable amante en tu figura. Hablo de aquel cativo, De quien tener se debe más cuidado, Que está muriendo vivo, Al remo condenado, En la concha de Venus amarrado. Por ti, como solía, Del áspero caballo no corrige La furia y gallardía, Ni con freno le rige, Ni con vivas espuelas ya le aflige. Por ti, con diestra mano No revuelve la espada presurosa, Y en el dudoso llano Huye la polvorosa Palestra como sierpe ponzoñosa. Por ti, su blanda musa, En lugar de la cítara sonante, Tristes querellas usa, Que con llanto abundante Hacen bañar el rostro del amante. Por ti, el mayor amigo Le es importuno, grave y enojoso; Yo puedo ser testigo Que ya del peligroso Naufragio fui su puerto y su reposo. Y agora en tal manera Vence el dolor a la razón perdida, Que ponzoñosa fiera Nunca fue aborrecida Tanto como yo dél, ni tan temida. No fuiste tú engendrada Ni producida de la dura tierra; No debe ser notada Que ingratamente yerra Quien todo el otro error de sí destierra. Hágate temerosa El caso de Anaxárete, y cobarde, Que de ser desdeñosa Se arrepintió muy tarde; Y así, su alma con su mármol arde. Estábase alegrando Del mal ajeno el pecho empedernido, Cuando abajo mirando El cuerpo muerto vido Del miserable amante, allí tendido. Y al cuello el lazo atado, Con que desenlazó de la cadena El corazón cuitado, Que con su breve pena Compró la eterna punición ajena. Sintió allí convertirse En piedad amorosa el aspereza. ¡Oh tarde arrepentirse! ¡Oh última terneza! ¿Cómo te sucedió mayor dureza? Los ojos se enclavaron En el tendido cuerpo que allí vieron, Los huesos se tornaron Más duros y crecieron, Y en sí toda la carne convirtieron; Las entrañas heladas Tornaron poco a poco en piedra dura; Por las venas cuitadas La sangre su figura Iba desconociendo y su natura; Hasta que finalmente En duro mármol vuelta y trasformada, Hizo de sí la gente No tan maravillada Cuanto de aquella ingratitud vengada. No quieras tú, señora, De Némesis airada las saetas Probar, por Dios, agora; Baste que tus perfetas Obras y hermosura a los poetas Den inmortal materia, Sin que también en verso lamentable Celebren la miseria De algún caso notable Que por ti pase triste y miserable.

GUTIERRE DE CETINA

_13. Madrigal_

Ojos claros, serenos, Si de un dulce mirar sois alabados, ¿Por qué, si me miráis, miráis airados? Si cuando más piadosos, Más bellos parecéis a aquel que os mira, No me miréis con ira, Porque no parezcáis menos hermosos. ¡Ay tormentos rabiosos! Ojos claros, serenos, Ya que así me miráis, miradme al menos.

FRAY LUIS DE LEÓN

_14. Vida retirada_

¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruïdo, y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido! Que no le enturbia el pecho de los soberbios grandes el estado, ni del dorado techo se admira, fabricado del sabio moro, en jaspes sustentado. No cura si la fama canta con voz su nombre pregonera, ni cura si encarama la lengua lisonjera lo que condena la verdad sincera. ¿Qué presta a mi contento si soy del vano dedo señalado, si en busca de este viento ando desalentado con ansias vivas, y mortal cuidado? ¡Oh campo, oh monte, oh río! ¡oh secreto seguro deleitoso! roto casi el navío, a vuestro almo reposo huyo de aqueste mar tempestuoso. Un no rompido sueño, un día puro, alegre, libre quiero; no quiero ver el ceño vanamente severo de quien la sangre ensalza o el dinero. Despiértenme las aves con su cantar süave no aprendido, no los cuidados graves de que es siempre seguido quien al ajeno arbitrio está atenido. Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, a solas sin testigo libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas, de recelo. Del monte en la ladera por mi mano plantado tengo un huerto que con la primavera de bella flor cubierto ya muestra en esperanza el fruto cierto. Y como codiciosa de ver y acrecentar su hermosura, desde la cumbre airosa una fontana pura hasta llegar corriendo se apresura. Y luego sosegada el paso entre los árboles torciendo, el suelo de pasada de verdura vistiendo, y con diversas flores va esparciendo. El aire el huerto orea, y ofrece mil olores al sentido, los árboles menea con un manso ruido que del oro y del cetro pone olvido. Ténganse su tesoro los que de un flaco leño se confían: no es mío ver el lloro de los que desconfían cuando el cierzo y el ábrego porfían. La combatida antena cruje, y en ciega noche el claro día se torna, al cielo suena confusa vocería, y la mar enriquecen a porfía. A mí una pobrecilla mesa de amable paz bien abastada me baste, y la vajilla de fino oro labrada sea de quien la mar no teme airada. Y mientras miserable- mente se están los otros abrasando en sed insaciable del no durable mando, tendido yo a la sombra esté cantando. A la sombra tendido de yedra y lauro eterno coronado, puesto el atento oído al son dulce acordado del plectro sabiamente meneado.

_15. A Francisco Salinas_

El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada, Salinas, cuando suena la música extremada por vuestra sabia mano gobernada. A cuyo son divino mi alma que en olvido está sumida, torna a cobrar el tino, y memoria perdida de su origen primera esclarecida. Y como se conoce, en suerte y pensamientos se mejora; el oro desconoce que el vulgo ciego adora, la belleza caduca engañadora. Traspasa el aire todo hasta llegar a la más alta esfera, y oye allí otro modo de no perecedera música, que es de todas la primera. Ve cómo el gran maestro a aquesta inmensa cítara aplicado, con movimiento diestro produce el son sagrado con que este eterno templo es sustentado. Y como está compuesta de números concordes, luego envía consonante respuesta, y entrambas a porfía mezclan una dulcísima armonía. Aquí la alma navega por un mar de dulzura, y finalmente en él así se anega, que ningún accidente extraño o peregrino oye o siente. ¡Oh desmayo dichoso! ¡oh muerte que das vida! ¡oh dulce olvido! ¡durase en tu reposo sin ser restituido jamás a aqueste bajo y vil sentido! A este bien os llamo, gloria del Apolíneo sacro coro, amigos, a quien amo sobre todo tesoro; que todo lo demás es triste lloro. ¡Oh! suene de contino, Salinas, vuestro son en mis oídos, por quien al bien divino despiertan los sentidos, quedando a lo demás amortecidos.

_16. A Felipe Ruiz_

¿Cuándo será que pueda libre de esta prisión volar al cielo, Felipe, y en la rueda que huye más del suelo, contemplar la verdad pura sin velo? Allí a mi vida junto en luz resplandeciente convertido, veré distinto y junto lo que es y lo que ha sido, y su principio propio y escondido. Entonces veré cómo el divino poder echó el cimiento tan a nivel y plomo, do estable eterno asiento posee el pesadísimo elemento. Veré las inmortales columnas do la tierra está fundada, las lindes y señales con que a la mar airada la Providencia tiene aprisionada. Por qué tiembla la tierra, por qué las hondas mares se embravecen, dó sale a mover guerra el cierzo, y por qué crecen las aguas del Océano y descrecen. De dó manan las fuentes; quién ceba, y quién bastece de los ríos las perpetuas corrientes; de los helados fríos veré las causas, y de los estíos. Las soberanas aguas del aire en la región quién las sostiene; de los rayos las fraguas; dó los tesoros tiene de nieve Dios, y el trueno dónde viene. ¿No ves cuando acontece turbarse el aire todo en el verano? el día se ennegrece, sopla el gallego insano, y sube hasta el cielo el polvo vano; Y entre las nubes mueve su carro Dios ligero y reluciente, horrible son conmueve, relumbra fuego ardiente, treme la tierra, humíllase la gente. La lluvia baña el techo, envían largos ríos los collados; su trabajo deshecho, los campos anegados miran los labradores espantados. Y de allí levantado veré los movimientos celestiales, así el arrebatado como los naturales, las causas de los hados, las señales. Quién rige las estrellas veré, y quién las enciende con hermosas y eficaces centellas; por qué están las dos osas, de bañarse en el mar siempre medrosas. Veré este fuego eterno fuente de vida y luz dó se mantiene; y por qué en el invierno tan presuroso viene, por qué en las noches largas se detiene. Veré sin movimiento en la más alta esfera las moradas del gozo y del contento, de oro y luz labradas, de espíritus dichosos habitadas.

_17. Noche serena_

Cuando contemplo el cielo de innumerables luces adornado, y miro hacia el suelo de noche rodeado, en sueño y en olvido sepultado: El amor y la pena despiertan en mi pecho una ansia ardiente; despiden larga vena los ojos hechos fuente; la lengua dice al fin con voz doliente: Morada de grandeza, templo de claridad y hermosura, mi alma que a tu alteza nació, ¿qué desventura la tiene en esta cárcel baja, oscura? ¿Qué mortal desatino de la verdad aleja así el sentido, que de tu bien divino olvidado, perdido sigue la vana sombra, el bien fingido? El hombre está entregado al sueño, de su suerte no cuidando, y con paso callado el cielo vueltas dando las horas del vivir le va hurtando. ¡Ay! despertad, mortales; mirad con atención en vuestro daño; ¿las almas inmortales hechas a bien tamaño podrán vivir de sombra y solo engaño? ¡Ay! levantad los ojos a aquesta celestial eterna esfera, burlaréis los antojos de aquesa lisonjera vida, con cuanto teme y cuanto espera. ¿Es más que un breve punto el bajo y torpe suelo, comparado a aqueste gran trasunto, do vive mejorado lo que es, lo que será, lo que ha pasado? Quien mira el gran concierto de aquestos resplandores eternales, su movimiento cierto, sus pasos desiguales, y en proporción concorde tan iguales: La luna cómo mueve la plateada rueda, y va en pos de ella la luz do el saber llueve, y la graciosa estrella de amor le sigue reluciente y bella: Y cómo otro camino prosigue el sanguinoso Marte airado, y el Júpiter benino de bienes mil cercado serena el cielo con su rayo amado: Rodéase en la cumbre Saturno, padre de los siglos de oro, tras él la muchedumbre del reluciente coro su luz va repartiendo y su tesoro: ¿Quién es el que esto mira, y precia la bajeza de la tierra, y no gime y suspira por romper lo que encierra el alma, y de estos bienes la destierra? Aquí vive el contento, aquí reina la paz: aquí asentado en rico y alto asiento está al amor sagrado de honra y de deleites rodeado. Inmensa hermosura aquí se muestra toda; y resplandece clarísima luz pura, que jamás anochece; eterna primavera aquí florece. ¡Oh campos verdaderos! ¡oh prados con verdad frescos y amenos! ¡riquísimos mineros! ¡Oh deleitosos senos! ¡repuestos valles de mil bienes llenos!

_18. Morada del cielo_

Alma región luciente, prado de bienandanza, que ni al hielo ni con el rayo ardiente falleces, fértil suelo producidor eterno de consuelo: De púrpura y de nieve florida la cabeza coronado, a dulces pastos mueve sin honda ni cayado, el buen Pastor en ti su hato amado. Él va, y en pos dichosas le siguen sus ovejas, do las pace con inmortales rosas, con flor que siempre nace, y cuanto más se goza más renace. Ya dentro a la montaña del alto bien las guía; ya en la vena del gozo fiel las baña, y les da mesa llena, pastor y pasto él solo, y suerte buena. Y de su esfera cuando la cumbre toca altísimo subido el sol, él sesteando de su hato ceñido con dulce son deleita el santo oído. Toca el rabel sonoro, y el inmortal dulzor al alma pasa, con que envilece el oro, y ardiendo se traspasa y lanza en aquel bien libre de tasa. ¡Oh son, oh voz, siquiera pequeña parte alguna descendiese en mi sentido, y fuera de sí el alma pusiese y toda en ti, oh amor, la convirtiese! Conocería dónde sesteas, dulce Esposo, y desatada de esta prisión a donde padece, a tu manada junta, no ya andará perdida, errada.

_19. En la Ascensión_

¡Y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, escuro, con soledad y llanto, y tú rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro! ¿Los antes bienhadados, y los agora tristes y afligidos, a tus pechos criados, de Ti desposeídos, a dó convertirán ya sus sentidos? ¿Qué mirarán los ojos que vieron de tu rostro la hermosura, que no les sea enojos? quien oyó tu dulzura, ¿qué no tendrá por sordo y desventura? Aqueste mar turbado ¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto al viento fiero airado? estando tú encubierto ¿qué norte guiará la nave al puerto? ¡Ay! nube envidïosa aun de este breve gozo ¿qué te aquejas? ¿dó vuelas presurosa? ¡cuán rica tú te alejas! ¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

_20. Imitación de diversos_

Vuestra tirana exención y ese vuestro cuello erguido estoy cierto que Cupido pondrá en dura sujeción. Vivid esquiva y exenta; que a mi cuenta vos serviréis al amor cuando de vuestro dolor ninguno quiera hacer cuenta. Cuando la dorada cumbre fuere de nieve esparcida, y las dos luces de vida recogieren ya su lumbre: cuando la ruga enojosa en la hermosa frente y cara se mostrare, y el tiempo que vuela helare esa fresca y linda rosa: Cuando os viéredes perdida, os perderéis por querer, sentiréis que es padecer querer y no ser querida. Diréis con dolor, Señora, cada hora: ¡quién tuviera, ay sin ventura, o agora aquella hermosura o antes el amor de agora! A mil gentes que agraviadas tenéis con vuestra porfía, dejaréis en aquel día alegres y bien vengadas. Y por mil partes volando publicando el amor irá este cuento, para aviso y escarmiento de quien huye de su bando. ¡Ay! por Dios, Señora bella, mirad por vos, mientras dura esa flor graciosa y pura, que el no gozalla es perdella, y pues no menos discreta y perfeta sois que bella y desdeñosa, mirad que ninguna cosa hay que a amor no esté sujeta. El amor gobierna el cielo con ley dulce eternamente, ¿y pensáis vos ser valiente contra él acá en el suelo? Da movimiento y viveza a belleza el amor, y es dulce vida; y la suerte más valida sin él es triste pobreza. ¿Qué vale el beber en oro, el vestir seda y brocado, el techo rico labrado, los montones de tesoro? ¿Y qué vale si a derecho os da pecho el mundo todo y adora, si a la fin dormís, Señora, en el solo y frío lecho?

_21. Soneto_