Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana
Part 2
»El vivir que es perdurable No se gana con estados Mundanales, Ni con vida deleitable En que moran los pecados Infernales; Mas los buenos religiosos Gánanlo con oraciones Y con lloros; Los caballeros famosos Con trabajos y aflicciones Contra moros.
»Y pues vos, claro varón, Tanta sangre derramastes De paganos, Esperad el galardón Que en este mundo ganastes Por las manos; Y con esta confianza Y con la fe tan entera Que tenéis, Partid con buena esperança Que esta otra vida tercera Ganaréis.»
(RESPONDE EL MAESTRE)
«No gastemos tiempo ya En esta vida mezquina Por tal modo, Que mi voluntad está Conforme con la divina Para todo; Y consiento en mi morir Con voluntad placentera, Clara, pura, Que querer hombre vivir Cuando Dios quiere que muera Es locura.»
ORACIÓN
Tú que por nuestra maldad Tomaste forma civil Y bajo nombre; Tú que en tu divinidad Juntaste cosa tan vil Como el hombre; Tú que tan grandes tormentos Sufriste sin resistencia En tu persona, No por mis merecimientos, Mas por tu sola clemencia Me perdona.
CABO
Así con tal entender Todos sentidos humanos Conservados, Cercado de su mujer, De hijos y de hermanos Y criados, Dio el alma a quien se la dio, (El cual la ponga en el cielo Y en su gloria), Y aunque la vida murió, Nos dexó harto consuelo Su memoria.
ROMANCES VIEJOS
_3. Romance de Abenámar_
--¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había! Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida: moro que en tal signo nace, no debe decir mentira.-- Allí respondiera el moro, bien oiréis lo que decía: --Yo te la diré, señor, aunque me cueste la vida, porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva; siendo yo niño y muchacho mi madre me lo decía: que mentira no dijese, que era grande villanía: por tanto pregunta, rey, que la verdad te diría. --Yo te agradezco, Abenámar aquesa tu cortesía. ¿Qué castillos son aquellos? ¡Altos son y relucían! --El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita; los otros los Alixares, labrados a maravilla. El moro que los labraba cien doblas ganaba al día, y el día que no los labra otras tantas se perdía. El otro es Generalife, huerta que par no tenía; el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía.-- Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía: --Si tú quisieses, Granada, contigo me casaría; darete en arras y dote a Córdoba y a Sevilla. --Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda; el moro que a mí me tiene muy grande bien me quería.
_4. Romance del rey moro que perdió Alhama_
Paseábase el rey moro por la ciudad de Granada, desde la puerta de Elvira hasta la de Vivarrambla. «¡Ay de mi Alhama!» Cartas le fueron venidas que Alhama era ganada: las cartas echó en el fuego, y al mensajero matara. «¡Ay de mi Alhama!» Descabalga de una mula, y en un caballo cabalga; por el Zacatín arriba subido se había al Alhambra. «¡Ay de mi Alhama!» Como en el Alhambra estuvo, al mismo punto mandaba que se toquen sus trompetas, sus añafiles de plata. «¡Ay de mi Alhama!» Y que las cajas de guerra apriesa toquen al arma, porque lo oigan sus moros, los de la Vega y Granada. «¡Ay de mi Alhama!» Los moros que el son oyeron que al sangriento Marte llama, uno a uno y dos a dos juntado se ha gran batalla. «¡Ay de mi Alhama!» Allí habló un moro viejo, de esta manera hablara: --¿Para qué nos llamas, rey, para qué es esta llamada?-- «¡Ay de mi Alhama!» --Habéis de saber, amigos, una nueva desdichada: que cristianos de braveza ya nos han ganado Alhama.-- «¡Ay de mi Alhama!» Allí habló un alfaquí de barba crecida y cana: --¡Bien se te emplea, buen rey, buen rey, bien se te empleara! «¡Ay de mi Alhama!» Mataste los Bencerrajes, que eran la flor de Granada; cogiste los tornadizos de Córdoba la nombrada. «¡Ay de mi Alhama!» Por eso mereces, rey, una pena muy doblada: que te pierdas tú y el reino, y aquí se pierda Granada.-- «¡Ay de mi Alhama!»
_5. Romance de Rosa fresca_
--Rosa fresca, rosa fresca, tan garrida y con amor, cuando vos tuve en mis brazos, no vos supe servir, no; y agora que os serviría no vos puedo haber, no. --Vuestra fue la culpa, amigo, vuestra fue, que mía no; enviástesme una carta con un vuestro servidor, y en lugar de recaudar él dijera otra razón: que érades casado, amigo, allá en tierras de León; que tenéis mujer hermosa y hijos como una flor. --Quien os lo dijo, señora, no vos dijo verdad, no; que yo nunca entré en Castilla ni allá en tierras de León, sino cuando era pequeño, que no sabía de amor.
_6. Romance de Fontefrida_
Fonte-frida, fonte-frida, fonte-frida y con amor, do todas las avecicas van tomar consolación, si no es la tortolica que está viuda y con dolor. Por allí fuera a pasar el traidor del ruiseñor: las palabras que le dice llenas son de traïción: --Si tú quisieses, señora, yo sería tu servidor. --Vete de ahí, enemigo, malo, falso, engañador, que ni poso en ramo verde, ni en prado que tenga flor; que si el agua hallo clara, turbia la bebía yo; que no quiero haber marido, porque hijos no haya, no: no quiero placer con ellos, ni menos consolación. ¡Déjame, triste enemigo, malo, falso, mal traidor, que no quiero ser tu amiga, ni casar contigo, no!
_7. Romance de Blanca-niña_
Blanca sois, señora mía, más que no el rayo del sol: ¿si la dormiré esta noche desarmado y sin pavor? que siete años había, siete, que no me desarmo, no. Más negras tengo mis carnes que un tiznado carbón. --Dormilda, señor, dormilda, desarmado sin temor, que el conde es ido a la caza a los montes de León. --Rabia le mate los perros, y águilas el su halcón, y del monte hasta casa a él arrastre el morón.-- Ellos en aquesto estando su marido que llegó: --¿Qué hacéis, la Blanca-niña, hija de padre traidor? --Señor, peino mis cabellos, péinolos con gran dolor, que me dejéis a mi sola y a los montes os vais vos. --Esa palabra, la niña, no era sino traición: ¿cúyo es aquel caballo que allá bajo relinchó? --Señor, era de mi padre, y envióoslo para vos. --¿Cúyas son aquellas armas que están en el corredor? --Señor, eran de mi hermano, y hoy os las envió. --¿Cúya es aquella lanza, desde aquí la veo yo? --Tomalda, conde, tomalda, matadme con ella vos, que aquesta muerte, buen conde bien os la merezco yo.
_8. Romance del conde Arnaldos_
¡Quién hubiese tal ventura sobre las aguas del mar, como hubo el conde Arnaldos la mañana de San Juan! Con un falcón en la mano la caza iba a cazar, vio venir una galera que a tierra quiere llegar. Las velas traía de seda, la jarcia de un cendal, marinero que la manda diciendo viene un cantar que la mar facía en calma, los vientos hace amainar, los peces que andan nel hondo arriba los hace andar, las aves que andan volando nel mástel las faz posar. Allí fabló el conde Arnaldos, bien oiréis lo que dirá: --Por Dios te ruego, marinero, dígasme ora ese cantar.-- Respondiole el marinero, tal respuesta le fue a dar: --Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va.
_9. Romance de la hija del rey de Francia_
De Francia partió la niña, de Francia la bien guarnida: íbase para París, do padre y madre tenía. Errado lleva el camino, errado lleva la guía: arrimárase a un roble por esperar compañía. Vio venir un caballero que a París lleva la guía. La niña desque lo vido de esta suerte le decía: --Si te place, caballero, llévesme en tu compañía. --Pláceme, dijo, señora, pláceme, dijo, mi vida.-- Apeose del caballo por hacelle cortesía; puso la niña en las ancas y él subiérase en la silla. En el medio del camino de amores la requería. La niña desque lo oyera díjole con osadía: --Tate, tate, caballero, no hagáis tal villanía: hija soy de un malato y de una malatía; el hombre que a mí llegase malato se tornaría.-- El caballero con temor palabra no respondía. A la entrada de París la niña se sonreía. --¿De qué vos reís, señora? ¿de qué vos reís, mi vida? --Ríome del caballero, y de su gran cobardía, ¡tener la niña en el campo y catarle cortesía!-- Caballero con vergüenza estas palabras decía: --Vuelta, vuelta, mi señora, que una cosa se me olvida.-- La niña como discreta dijo: --Yo no volvería, ni persona, aunque volviese, en mi cuerpo tocaría: hija soy del rey de Francia y de la reina Constantina, el hombre que a mí llegase, muy caro le costaría.
_10. Romance de doña Alda_
En París está doña Alda la esposa de don Roldán, trescientas damas con ella para la acompañar: todas visten un vestido, todas calzan un calzar, todas comen a una mesa, todas comían de un pan, sino era doña Alda, que era la mayoral. Las ciento hilaban oro, las ciento tejen cendal, las ciento tañen instrumentos para doña Alda holgar. Al son de los instrumentos doña Alda adormido se ha: ensoñado había un sueño, un sueño de gran pesar. Recordó despavorida y con un pavor muy grand, los gritos daba tan grandes que se oían en la ciudad. Allí hablaron sus doncellas, bien oiréis lo que dirán: --¿Qué es aquesto, mi señora? ¿quién es el que os hizo mal? --Un sueño soñé, doncellas, que me ha dado gran pesar; que me veía en un monte en un desierto lugar: de so los montes muy altos un azor vide volar, tras dél viene una aguililla que lo ahinca muy mal. El azor con grande cuita metiose so mi brial; el aguililla con grande ira de allí lo iba a sacar; con las uñas lo despluma, con el pico lo deshaz.-- Allí habló su camarera, bien oiréis lo que dirá: --Aquese sueño, señora, bien os lo entiendo soltar; el azor es vuestro esposo, que viene de allén la mar; el águila sedes vos, con la cual ha de casar, y aquel monte es la iglesia donde os han de velar. --Si así es, mi camarera, bien te lo entiendo pagar.-- Otro día de mañana cartas de fuera le traen; tintas venían de dentro, de fuera escritas con sangre, que su Roldán era muerto en la caza de Roncesvalles.
GARCILASO DE LA VEGA
_11. Égloga primera_
_A Don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, virrey de Nápoles_
SALICIO, NEMOROSO
El dulce lamentar de dos pastores, Salicio juntamente y Nemoroso, He de cantar, sus quejas imitando; Cuyas ovejas al cantar sabroso Estaban muy atentas, los amores, De pacer olvidadas, escuchando. Tú, que ganaste obrando Un nombre en todo el mundo, Y un grado sin segundo, Agora estés atento, solo y dado Al ínclito gobierno del estado Albano; agora vuelto a la otra parte, Resplandeciente, armado, Representando en tierra el fiero Marte; Agora de cuidados enojosos Y de negocios libre, por ventura Andes a caza, el monte fatigando En ardiente jinete, que apresura El curso tras los ciervos temerosos, Que en vano su morir van dilatando; Espera, que en tornando A ser restituido Al ocio ya perdido, Luego verás ejercitar mi pluma Por la infinita innumerable suma De tus virtudes y famosas obras; Antes que me consuma, Faltando a ti, que a todo el mundo sobras. En tanto que este tiempo que adivino Viene a sacarme de la deuda un día, Que se debe a tu fama y a tu gloria; Que es deuda general, no solo mía, Mas de cualquier ingenio peregrino Que celebra lo digno de memoria; El árbol de vitoria Que ciñe estrechamente Tu gloriosa frente Dé lugar a la hiedra que se planta Debajo de tu sombra, y se levanta Poco a poco, arrimada a tus loores; Y en cuanto esto se canta, Escucha tú el cantar de mis pastores. Saliendo de las ondas encendido, Rayaba de los montes el altura El sol, cuando Salicio, recostado Al pie de una alta haya, en la verdura, Por donde una agua clara con sonido Atravesaba el fresco y verde prado; Él, con canto acordado Al rumor que sonaba Del agua que pasaba, Se quejaba tan dulce y blandamente Como si no estuviera de allí ausente La que de su dolor culpa tenía; Y así, como presente, Razonando con ella, le decía.
SALICIO
--¡Oh más dura que mármol a mis quejas, Y al encendido fuego en que me quemo Más helada que nieve, Galatea! Estoy muriendo, y aun la vida temo; Témola con razón, pues tú me dejas; Que no hay, sin ti, el vivir para qué sea. Vergüenza he que me vea Ninguno en tal estado, De ti desamparado, Y de mí mismo yo me corro agora. ¿De un alma te desdeñas ser señora, Donde siempre moraste, no pudiendo Della salir un hora? Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. El sol tiende los rayos de su lumbre Por montes y por valles, despertando Las aves y animales y la gente; Cuál por el aire claro va volando, Cuál por el verde valle o alta cumbre Paciendo va segura y libremente, Cuál con el sol presente Va de nuevo al oficio, Y al usado ejercicio Do su natura o menester le inclina. Siempre está en llanto esta ánima mezquina Cuando la sombra el mundo va cubriendo O la luz se avecina. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. ¿Y tú, desta mi vida ya olvidada, Sin mostrar un pequeño sentimiento De que por ti Salicio triste muera, Dejas llevar, desconocida, al viento El amor y la fe que ser guardada Eternamente solo a mí debiera? ¡Oh Dios! ¿Por qué siquiera, Pues ves desde tu altura Esta falsa perjura Causar la muerte de un estrecho amigo, No recibe del cielo algún castigo? Si en pago del amor yo estoy muriendo, ¿Qué hará el enemigo? Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Por ti el silencio de la selva umbrosa, Por ti la esquividad y apartamiento Del solitario monte me agradaba; Por ti la verde yerba, el fresco viento, El blanco lirio y colorada rosa Y dulce primavera deseaba. ¡Ay, cuánto me engañaba! ¡Ay, cuán diferente era Y cuán de otra manera Lo que en tu falso pecho se escondía! Bien claro con su voz me lo decía La siniestra corneja, repitiendo La desventura mía. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. ¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta, Reputándolo yo por desvarío, Vi mi mal entre sueños, desdichado! Soñaba que en el tiempo del estío Llevaba, por pasar allí la siesta, A beber en el Tajo mi ganado; Y después de llegado, Sin saber de cuál arte, Por desusada parte Y por nuevo camino el agua se iba; Ardiendo yo con la calor estiva, El curso enajenado iba siguiendo Del agua fugitiva. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena? Tus claros ojos ¿a quién los volviste? ¿Por quién tan sin respeto me trocaste? Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste? ¿Cuál es el cuello que como en cadena De tus hermosos brazos anudaste? No hay corazón que baste, Aunque fuese de piedra, Viendo mi amada hiedra, De mí arrancada, en otro muro asida, Y mi parra en otro olmo entretejida, Que no se esté con llanto deshaciendo Hasta acabar la vida. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. ¿Qué no se esperará de aquí adelante, Por difícil que sea y por incierto? O ¿qué discordia no será juntada? Y juntamente ¿qué tendrá por cierto, O qué de hoy más no temerá el amante, Siendo a todo materia por ti dada? Cuando tú enajenada De mí, cuitado, fuiste, Notable causa diste Y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo, Que el más seguro tema con recelo Perder lo que estuviere poseyendo. Salid fuera sin duelo, Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Materia diste al mundo de esperanza De alcanzar lo imposible y no pensado, Y de hacer juntar lo diferente, Dando a quien diste el corazón malvado, Quitándolo de mí con tal mudanza Que siempre sonará de gente en gente. La cordera paciente Con el lobo hambriento Hará su ayuntamiento, Y con las simples aves sin ruido Harán las bravas sierpes ya su nido; Que mayor diferencia comprehendo De ti al que has escogido. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Siempre de nueva leche en el verano Y en el invierno abundo; en mi majada La manteca y el queso está sobrado; De mi cantar pues yo te vi agradada, Tanto, que no pudiera el mantuano Títiro ser de ti más alabado, No soy pues, bien mirado, Tan disforme ni feo; Que aun agora me veo En esta agua que corre clara y pura, Y cierto no trocara mi figura Con ese que de mí se está riendo; Trocara mi ventura. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. ¿Cómo te vine en tanto menosprecio? ¿Cómo te fui tan presto aborrecible? ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento? Si no tuvieras condición terrible, Siempre fuera tenido de ti en precio, Y no viera de ti este apartamiento. ¿No sabes que sin cuento Buscan en el estío Mis ovejas el frío De la sierra de Cuenca, y el gobierno Del abrigado Extremo en el invierno? Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo Me estoy en llanto eterno! Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Con mi llorar las piedras enternecen Su natural dureza y la quebrantan, Los árboles parece que se inclinan, Las aves que me escuchan, cuando cantan, Con diferente voz se condolecen, Y mi morir cantando me adivinan. Las fieras que reclinan Su cuerpo fatigado, Dejan el sosegado Sueño por escuchar mi llanto triste. Tú sola contra mí te endureciste, Los ojos aun siquiera no volviendo A lo que tú hiciste. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. Mas ya que a socorrerme aquí no vienes, No dejes el lugar que tanto amaste; Que bien podrás venir de mí segura; Y dejaré el lugar do me dejaste; Ven, si por solo esto te detienes. Ves aquí un prado lleno de verdura, Ves aquí una espesura, Ves aquí una agua clara, En otro tiempo cara, A quien de ti con lágrimas me quejo. Quizá aquí hallarás, pues yo me alejo, Al que todo mi bien quitarme puede; Que pues el bien le dejo, No es mucho que lugar también le quede.-- Aquí dio fin a su cantar Salicio, Y suspirando en el postrero acento, Soltó de llanto una profunda vena. Queriendo el monte al grave sentimiento De aquel dolor en algo ser propicio, Con la pasada voz retumba y suena. La blanda Filomena, Casi como dolida Y a compasión movida, Dulcemente responde al son lloroso. Lo que cantó tras esto Nemoroso Decidlo vos, Pïérides; que tanto No puedo yo ni oso, Que siento enflaquecer mi débil canto.
NEMOROSO