Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana
Part 17
A medida que marcha y que investiga es mayor su fatiga, es su noche más honda y más oscura, y pasma, al ver lo que padece y sabe, cómo en su seno cabe tanta grandeza y tanta desventura.
Como la nave sin timón y rota que el ronco mar azota, incendia el rayo y la borrasca mece en piélago ignorado y proceloso, nuestro siglo --coloso-- con la luz que le abrasa, resplandece.
¡Y está la playa mística tan lejos!... a los tristes reflejos del sol poniente se colora y brilla. El huracán arrecia, el bajel arde, y es tarde, es ¡ay! muy tarde para alcanzar la sosegada orilla.
¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno, a todo yugo ajeno, que al impulso del vértigo se entrega, y a través de intrincadas espesuras, desbocado y a oscuras avanza sin cesar y nunca llega.
¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano en vano lucha, en vano su ley oculta y misteriosa infringe. En la lumbre del sol sus alas quema, y no aclara el problema, ni penetra el enigma de la Esfinge.
¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto que tu poder no ha muerto! Salva a esta sociedad desventurada, que bajo el peso de su orgullo mismo rueda al profundo abismo acaso más enferma que culpada.
La ciencia audaz, cuando de ti se aleja, en nuestras almas deja el germen de recónditos dolores, como al tender el vuelo hacia la altura, deja su larva impura el insecto en el cáliz de las flores.
Si en esta confusión honda y sombría es, Señor, todavía raudal de vida tu palabra santa, di a nuestra fe desalentada y yerta: --¡Anímate y despierta! Como dijiste a Lázaro: --¡Levanta!
DON GUSTAVO A. BÉCQUER
_95. Rimas_
Del salón en el ángulo oscuro, De su dueño tal vez olvidada, Silenciosa y cubierta de polvo Veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, Como el pájaro duerme en las ramas, Esperando la mano de nieve Que sabe arrancarla!
¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio Así duerme en el fondo del alma, Y una voz, como Lázaro, espera Que le diga: «¡Levántate y anda!»
_96._
Cerraron sus ojos Que aún tenía abiertos; Taparon su cara Con un blanco lienzo; Y unos sollozando, Otros en silencio, De la triste alcoba Todos se salieron.
La luz, que en un vaso Ardía en el suelo, Al muro arrojaba La sombra del lecho; Y entre aquella sombra Veíase a intérvalos Dibujarse rígida La forma del cuerpo.
Despertaba el día Y a su albor primero Con sus mil ruïdos Despertaba el pueblo. Ante aquel contraste De vida y misterios, De luz y tinieblas, Medité un momento: «_¡Dios mío, qué solos_ _Se quedan los muertos!_»
De la casa en hombros Lleváronla al templo Y en una capilla Dejaron el féretro. Allí rodearon Sus pálidos restos De amarillas velas Y de paños negros.
Al dar de las ánimas El toque postrero, Acabó una vieja Sus últimos rezos; Cruzó la ancha nave, Las puertas gimieron, Y el santo recinto Quedose desierto.
De un reloj se oía Compasado el péndulo, Y de algunos cirios El chisporroteo. Tan medroso y triste, Tan oscuro y yerto Todo se encontraba... Que pensé un momento: «_¡Dios mío, qué solos _Se quedan los muertos!_»
De la alta campana La lengua de hierro, Le dio, volteando, Su adiós lastimero. El luto en las ropas, Amigos y deudos Cruzaron en fila, Formando el cortejo.
Del último asilo, Oscuro y estrecho, Abrió la piqueta El nicho a un extremo. Allí la acostaron, Tapiáronle luego, Y con un saludo Despidiose el duelo.
La piqueta al hombro, El sepulturero Cantando entre dientes Se perdió a lo lejos. La noche se entraba, Reinaba el silencio; Perdido en las sombras, Medité un momento: «_¡Dios mío, qué solos_ _Se quedan los muertos!_»
En las largas noches Del helado invierno, Cuando las maderas Crujir hace el viento Y azota los vidrios El fuerte aguacero, De la pobre niña A solas me acuerdo.
Allí cae la lluvia Con un son eterno; Allí la combate El soplo del cierzo. Del húmedo muro Tendida en el hueco, ¡Acaso de frío Se hielan sus huesos!...
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¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es vil materia, Podredumbre y cieno? ¡No sé; pero hay algo Que explicar no puedo, Que al par nos infunde Repugnancia y miedo, Al dejar tan tristes, Tan solos los muertos!
DON VICENTE W. QUEROL
_97. Carta_ _al Sr. D. Pedro A. de Alarcón, acerca de la Poesía_
Amigo, cedo al fin. Los que dispersos Entregué al aire vano En mi edad juvenil fútiles versos, Hoy con piadosa mano Recojo y cierro en el modesto libro, Que al triste olvido de la edad entrego, O al duro fallo de los tiempos libro. Lo engendré en la nocturna Fiebre de mis pasiones primerizas, Y hoy guardo en él, como en sagrada urna, Del corazón las cálidas cenizas. En él están mis infantiles sueños, El laurel disputado en arduas lizas, De la osada ambición locos empeños, La fe jurada, la esperanza muerta, La aspiración incierta, Los horizontes del amor risueños: Cuanto amé y esperé. Huecas y frías En el oído extraño, Ajeno a mi placer, sordo a mi daño, Sonarán siempre las canciones mías; Pero, al volver sus páginas, yo encuentro Mi gozo entre ellas o mi antigua angustia, Cual suele hallarse dentro De un olvidado libro una flor mustia.
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Yo cobarde no oculto Mi fe en ti, desdeñada Poesía, Ni el ciego amor y el fervoroso culto Con que en tus aras me postré algún día: No reniego de ti cuando la mofa, Cuando el villano insulto Responden solo a tu vibrante estrofa: No aparto de mi labio De tu cáliz de hiel las negras heces, Ni te abandono al miserable agravio, O a las burlas soeces Del vulgo, indigno de tu noble estro; Y cuando ante el siniestro Tribunal vas de tus inicuos jueces, Yo, discípulo tuyo, por tres veces No negaré al Maestro.
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¡Santa palabra de Jehová! --Con ella Moisés cantó el enojo Con que borró de Faraón la huella En sus líquidos antros el Mar-Rojo: Con ella sobre Nínive, sujeta Al yugo del pecado, y sobre Tiro, Y en la ancha plaza de Sidón inquieta, Quejumbroso suspiro O eterna maldición lanzó el Profeta: Con ella junto al cauce Del extranjero río, su salterio Colgando al tronco del umbroso sauce, Lloró Judá su amargo cautiverio: Con ella dijo su doliente cuita Job a la inmunda fiera del desierto; Y con ella la hermosa Sulamita Cantó al amor en su cercado huerto.
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¡Numen severo de la historia! --¡Vive Todo lo que el poeta Con sabio ritmo sonoroso escribe; Muere lo que desdeña!-- Allá, en la vaga Muda extensión del páramo infinito, La soberbia pirámide naufraga: La esfinge de granito Se hunde en la arena movediza: el verde Musgo los templos de Ática sepulta: La corva reja del arado muerde Las feraces colinas Donde su oprobio Babilonia oculta: El rebaño del árabe se pierde Entre las vastas ruinas Que cubren tus llanuras, oh Cartago; Mientras que en las vecinas Costas de Italia, con el propio estrago, Tu egregia vencedora, La Reina de las águilas latinas, Sola, entre tumbas profanadas llora.
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Envuelta en el sudario De un vergonzoso olvido, Fuera la Tierra el miserable osario De las humanas razas, si el gemido O el cántico de gloria De los antiguos vates, Eco veraz de la solemne historia, No nos trajera en clamoroso ruido Sus fragorosas ruinas y combates, Ayes de muerte y gritos de victoria. De un siglo al otro siglo el viento lleva En las vibrantes cuerdas de la lira, La predicción de la esperanza nueva O el triste llanto de la edad que expira, Y como en la callada Soledad de las noches de astro en astro Vuela el pálido rastro De la luz increada, Así el vate, en la oscura Noche del tiempo que el pasado esconde, Habla a los bardos de la edad futura, Y Osián los cantos de Ilión murmura Y Dante al salmo de David responde.
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¡Hija de la Belleza! --A la alborada De blanca luz ceñida, A la aurora de púrpura bañada, Y en la tarde apagada De húmeda niebla y de vapor vestida. Son sus joyas las perlas del rocío, Las flores son sus galas, Su claro espejo el trasparente río, Los céfiros sus alas. Las rojas nubes sus movibles tiendas, Su blanda cuna las inciertas olas, Y el ancho espacio las etéreas sendas Por donde marcha a solas. Gime en la selva que estremece el viento, Triste en la fuente solitaria llora, Canta del ave en el alegre acento, Ríe en la luz de la naciente aurora; Y cuando cruza con callado vuelo La tierra, el mar o el cielo, Todo en ritmo sonoro Vibra al compás del cadencioso metro, Y en luminoso coro Van las estrellas de oro Rodando en torno a su extendido cetro.
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¡Hija del sentimiento! --En la indecisa Vaguedad del espíritu: en la calma De la conciencia justa: Del débil niño en la infantil sonrisa; En los deliquios lánguidos del alma; Del corazón en la soberbia augusta: En la ira noble, en el amor materno, En la ansia no cumplida, En los hastíos de la humana vida Y en el místico amor de un bien eterno: En el lóbrego abismo, Cárcel que la pasión fiera quebranta, En el grito febril del heroísmo, Y en la oculta virtud, callada y santa, Como en el crimen mismo, Ella, la Poesía, Surge y cruza sombría, Y el puñal blande o la oración murmura: Ciñe a la virgen los nupciales velos: Solloza en la olvidada sepultura, Y, en los humanos duelos, Con la tendida diestra A toda angustia inconsolable muestra La eterna luz de los abiertos cielos.
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Tal, en la edad confusa En que a la vida el corazón despierta, Yo, la soñada Musa Vi en el dintel de la cerrada puerta, Que mi ambición ilusa Juzgó a la gloria y la esperanza abierta. No entré... pero en mi oído Sonó el grande ruïdo De los santos acordes celestiales; Y aun hoy, en este olvido Y en esta amiga sombra, Donde es la paz un díctamo a mis males, Entre el silencio escucho, y aun me asombra, El rumor de los himnos inmortales.
* * * * *
Tú, que has unido a ellos, Oh dulce amigo, tu canción sonora, Y alumbraste con vívidos destellos Esta noche del alma abrumadora: Brioso corazón que en las bastardas Horas sin fe que nos legó el destino, Inmaculado aun guardas De una alta estirpe el resplandor divino, Abre el libro y no temas, Al revolver las hojas De mis pobres poemas, Que ose en ellos cantar glorias supremas Ni supremas congojas. El débil numen que mi verso inspira Nunca osó ambicionar más noble palma Que traducir fielmente con la lira La efusión de mi alma.
_98. En Noche-Buena_
_A mis ancianos padres_
I
Un año más en el hogar paterno Celebramos la fiesta del Dios-niño, Símbolo augusto del amor eterno, Cuando cubre los montes el invierno Con su manto de armiño.
II
Como en el día de la fausta boda O en el que el santo de los padres llega, La turba alegre de los niños juega, Y en la ancha sala la familia toda De noche se congrega.
III
La roja lumbre de los troncos brilla Del pequeño dormido en la mejilla, Que con tímido afán su madre besa; Y se refleja alegre en la vajilla De la dispuesta mesa.
IV
A su sobrino, que lo escucha atento, Mi hermana dice el pavoroso cuento, Y mi otra hermana la canción modula Que, o bien surge vibrante, o bien ondula Prolongada en el viento.
V
Mi madre tiende las rugosas manos Al nieto que huye por la blanda alfombra; Hablan de pie mi padre y mis hermanos, Mientras yo, recatándome en la sombra, Pienso en hondos arcanos.
VI
Pienso que de los días de ventura Las horas van apresurando el paso, Y que empaña el oriente niebla oscura, Cuando aun el rayo trémulo fulgura Último del ocaso.
VII
¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena Las breves dichas el temor del daño! Hoy presidís nuestra modesta cena, Pero en el porvenir... yo sé que un año Vendrá sin Noche-Buena.
VIII
Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo Serán muda aflicción y hondo sollozo. No cantará mi hermana, y mi sobrina No escuchará la historia peregrina Que le da miedo y gozo.
IX
No dará nuestro hogar rojos destellos Sobre el limpio cristal de la vajilla, Y, si alguien osa hablar, será de aquellos Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla Con sus blancos cabellos.
X
Blancos cabellos cuya amada hebra Es cual corona de laurel de plata, Mejor que esas coronas que celebra La vil lisonja, la ignorancia acata, Y el infortunio quiebra.
XI
¡Padres míos, mi amor! Cuando contemplo La sublime bondad de vuestro rostro, Mi alma a los trances de la vida templo, Y ante esa imagen para orar me postro, Cual me postro en el templo.
XII
Cada arruga que surca ese semblante Es del trabajo la profunda huella, O fue un dolor de vuestro pecho amante. La historia fiel de una época distante Puedo leer yo en ella.
XIII
La historia de los tiempos sin ventura En que luchasteis con la adversa suerte, Y en que, tras negras horas de amargura, Mi madre se sintió más noble y pura Y mi padre más fuerte.
XIV
Cuando la noche toda en la cansada Labor tuvísteis vuestros ojos fijos, Y, al venceros el sueño a la alborada, Fuerzas os dio posar vuestra mirada En los dormidos hijos.
XV
Las lágrimas correr una tras una Con noble orgullo por mi faz yo siento, Pensando que hayan sido por fortuna, Esas honradas manos mi sustento Y esos brazos mi cuna.
XVI
¡Padres míos, mi amor! Mi alma quisiera Pagaros hoy la que en mi edad primera Sufristeis sin gemir, lenta agonía, Y que cada dolor de entonces fuera Germen de una alegría.
XVII
Entonces vuestro mal curaba el gozo De ver al hijo convertirse en mozo, Mientras que al verme yo en vuestra presencia Siento mi dicha ahogada en el sollozo De una temida ausencia.
XVIII
Si el vigor juvenil volver de nuevo Pudiese a vuestra edad, ¿por qué estas penas? Yo os daría mi sangre de mancebo, Tornando así con ella a vuestras venas Esta vida que os debo.
XIX
Que de tal modo la aflicción me embarga Pensando en la posible despedida, Que imagino ha de ser tarea amarga Llevar la vida, como inútil carga, Después de vuestra vida.
XX
Ese plazo fatal, sordo, inflexible, Miro acercarse con profundo espanto, Y en dudas grita el corazón sensible: «Si aplacar al destino es imposible, ¿Para qué amarnos tanto?»
XXI
Para estar juntos en la vida eterna Cuando acabe esta vida transitoria: Si Dios, que el curso universal gobierna, Nos devuelve en el cielo esta unión tierna, Yo no aspiro a más gloria.
XXII
Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma Será que prolonguéis la dulce calma Que hoy nuestro hogar en su recinto encierra: Para marchar yo solo por la tierra No hay fuerzas en mi alma.
DON FEDERICO BALART
_99. Restitución_
Estas pobres canciones que te consagro, En mi mente han nacido por un milagro. Desnudas de las galas que presta el arte, Mi voluntad en ellas no tiene parte: Yo no sé resistirlas ni suscitarlas; Yo ni aun sé comprenderlas al formularlas; Y es en mí su lamento, sentido y grave, Natural como el trino que lanza el ave. Santas inspiraciones que tú me envías, Puedo decir, esposa, que no son mías: Pensamiento y palabra de ti recibo: Tú en silencio las dictas; yo las escribo.
* * * * *
Desde que abandonaste nuestra morada, De la mortal escoria purificada, Transformado está el fondo del alma mía, Y voces oigo en ella que antes no oía. Todo cuanto, en la tierra y el mar y el viento, Tiene matiz, aroma, forma o acento, De mi ánimo abatido turba la calma Y en canción se convierte dentro del alma. Y es que, en estas tinieblas donde me pierdo, Todo está confundido con tu recuerdo: ¡Sin él, todo es silencio, sombra y vacío En la tierra y el viento y el mar bravío!
* * * * *
Revueltos peñascales, áspera breña Donde salta el torrente de peña en peña; Corrientes bullidoras del claro río; Religiosos murmullos del bosque umbrío; Tórtola que en sus frondas unes tus quejas Al calmante zumbido de las abejas; Águila que levantas el corvo vuelo Por el azul espacio que cubre el cielo; Golondrina que emigras cuando el Octubre, Con sus pálidas hojas el suelo cubre, Y al amor de tu nido tornas ligera Cuando esparce sus flores la primavera; Aura mansa que llevas, en vuelo tardo, Efluvios de azucena, jazmín y nardo; Brisas que en el desierto sois mensajeras De los tiernos amores de las palmeras (¡De las pobres palmeras que, separadas, Se miran silenciosas y enamoradas!); Pardas nieblas del valle, nieves del monte, Cambiantes y vislumbres del horizonte; Tempestad que bramando con ronco acento Tus cabellos de lluvia tiendes al viento; Solitaria ensenada, restinga ignota Donde oculta su nido la gavïota; Olas embravecidas que pone a raya Con sus rubias arenas la corva playa; Grutas donde repiten con sordo acento Sus querellas y halagos la mar y el viento; Velas desconocidas que en lontananza Pasáis como los sueños de la esperanza; Nebuloso horizonte, tras cuyo velo Sus límites confunden la mar y el cielo; Rayo de sol poniente que te abres paso Por los rotos celajes del triste ocaso; Melancólico rayo de blanca luna Reflejado en la cresta de escueta duna; Negra noche que dejas de monte a monte Granizado de estrellas el horizonte; Lamento misterioso de la campana Que en la nocturna sombra suena lejana, Pidiendo por ciudades y por desiertos La oración de los vivos para los muertos; Plegaria que te elevas entre la nube Del incienso que en ondas al cielo sube Cuando al Señor dirigen himnos fervientes Santos anacoretas y penitentes: Catedrales ruinosas, mudas y muertas, Cuyas góticas naves hallo desiertas, Cuyas leves agujas, al cielo alzadas, Parecen oraciones petrificadas; Torres donde, por cima de la veleta Que a merced de los vientos se agita inquieta, Señalando regiones que nadie ha visto Tiende inmóvil sus brazos la fe de Cristo: Luces, sombras, murmullos, flores, espumas, Transparentes neblinas, espesas brumas, Valles, montes, abismos, tormentas, mares, Auras, brisas, aromas, nidos y altares, Vosotras en el fondo del alma mía Despertáis siempre un eco de poesía: Y es que siempre a vosotros encuentro unido El recuerdo doliente del bien perdido. Sin él, ¿qué es la grandeza, qué es el tesoro De la tierra y el viento y el mar sonoro?
* * * * *
Ya lo ves: las canciones que te consagro, En mi mente han nacido por un milagro. Nada en ellas es mío, todo es don tuyo: Por eso a ti, de hinojos, las restituyo. ¡Pobres hojas caídas de la arboleda, Sin su verdor el alma desnuda queda!
Pero no, que aún te deben mis desventuras Otras más delicadas, otras más puras: Canciones que, por miedo de profanarlas, En el alma conservo sin pronunciarlas; Recuerdos de las horas que, embelesado, En nuestro pobre albergue pasé a tu lado, Cuando al alma y al cuerpo daban pujanza Juventud y cariño, fe y esperanza; Cuando, lejos del mundo parlero y vano, Íbamos por la vida mano con mano; Cuando, húmedos los ojos, juntas las palmas, En una se fundían nuestras dos almas: Canciones silenciosas que el alma hieren; Canciones que en mí nacen y que en mí mueren; ¡Hechizadas canciones, con cuyo encanto A mis áridos ojos se agolpa el llanto!
Y aun a veces aplacan mis amarguras Otras más misteriosas, otras más puras: Canciones sin palabra, sin pensamiento, Vagas emanaciones del sentimiento; Silencioso gemido de amor y pena Que, en el fondo del pecho, callado suena; Aspiración confusa que, en vivo anhelo, Ya es canción, ya plegaria que sube al cielo; Inquietudes del alma, de amor herida; Vagos presentimientos de la otra vida; Éxtasis de la mente que a Dios se lanza; Luminosos destellos de la esperanza; Voces que me aseguran que podré verte Cuando al mundo mis ojos cierre la muerte: ¡Canciones que, por santas, no tienen nombres En la lengua grosera que hablan los hombres! Esas son las que endulzan mi amargo duelo; Esas son las que el alma llaman al cielo; Esas de mi esperanza fijan el polo, ¡Y esas son las que guardo para mí solo!
DON MANUEL DEL PALACIO
_100. Amor oculto_
Ya de mi amor la confesión sincera Oyeron tus calladas celosías, Y fue testigo de las ansias mías La luna, de los tristes compañera. Tu nombre dice el ave placentera A quien visito yo todos los días, Y alegran mis soñadas alegrías El valle, el monte, la comarca entera. Solo tú mi secreto no conoces, Por más que el alma con latido ardiente, Sin yo quererlo, te lo diga a voces; Y acaso has de ignorarlo eternamente, Como las ondas de la mar veloces La ofrenda ignoran que les da la fuente.
FIN
NOTAS
[1] Poeta del Siglo XVI. No constan las fechas de su nacimiento ni de su muerte.
[2] El Duque de Frías.
[3] Enrique Gil.