Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana

Part 16

Chapter 163,726 wordsPublic domain

Mayo recoge el virginal tesoro; Desciñe Flora su gentil guirnalda; La sombra busca el manantial sonoro Del alto monte en la risueña falda; Campos son ya de púrpura y de oro Los que fueron de rosa y esmeralda; Y apenas riza su corriente el río A los primeros soplos del Estío. El soto ameno y la enramada umbrosa, El valle alegre y la feraz ribera, Con voz desalentada y cariñosa Despiden a la dulce Primavera; Muere en su tallo la inocente rosa; Desfallece la altiva enredadera; Y en desigual y tenue movimiento Gime en el bosque fatigado el viento. Por la alta cumbre del collado asoma La blanca aurora su rosada frente, Reparte perlas y recoge aroma; Se abre la flor que su mirada siente; Repite sus arrullos la paloma Bajo las ramas del laurel naciente; Y allá por los tendidos olivares Se escuchan melancólicos cantares. Del aura dócil al impulso blando La rubia mies en la llanura ondea; Del dulce nido alrededor volando La alondra gira y de placer gorjea; Las ondas de la fuente suspirando Quiebran el rayo de la luz febea, Y en delicados mágicos colores El fruto asoma al expirar las flores. Sobre los montes que cercando toca La niebla tiende su bordado encaje; Desde el peñón de la desierta roca Lánzase audaz el águila salvaje; El seco vientecillo que sofoca Cubre de polvo el pálido follaje; Y por el monte y por la vega umbría Crece el calor y se derrama el día. Y en el árido ambiente se dilata La esencia de la flor de los tomillos, Y lento el río su raudal desata Entre mimbres y juncos amarillos; Y si al cubrir sus círculos de plata Con sus plumeros blandos y sencillos La caña dócil la corriente roza, Trémula el agua de placer solloza. Del valle en tanto en la pendiente orilla Manso cordero del calor sosiega; Se oyen los cantos de la alegre trilla; Suenan los ecos de la tarda siega; Ardiente el sol en el espacio brilla; El cielo azul su majestad despliega, Y duermen a la sombra los pastores, Y se abrasan de sed los segadores. Presta sombra a la rústica majada La noble encina que a la edad resiste; En su copa de fruto coronada La vid de verde majestad se viste; A su pie la doncella enamorada Canta de amor, pero su canto es triste, Que, en el profundo afán que la devora, Amores canta porque celos llora. Y el eco de su voz, dulce al oído Más que el tierno arrullar de la paloma, Por el monte y el valle repetido, Tristes, confusas vibraciones toma; Y en las ondas del aire suspendido Se escapa al fin por la quebrada loma, Y sin que el aura devolverlo pueda Todo en reposo y en silencio queda. Mudas están las fuentes y las aves; No circula ni un átomo de viento; Cortadas por el sol lentas y graves Caen las hojas del árbol macilento; Tenue vapor en ráfagas suaves Se levanta con fácil movimiento, Y mezclando en la luz su sombra extraña, Va formando la nube en la montaña. Hinchada, al fin, soberbia, se desprende Del horizonte azul la nube densa, Y el fuego del relámpago la enciende, Y gira por la atmósfera suspensa. Y ya sus flancos inflamados tiende, Ya el vapor de su seno se condensa, Y soltando el granizo en lluvia escasa La rompe el trueno, y se divide y pasa. Y el sol que se reclina en Occidente De su encendido manto se despoja, Y en los blancos celajes del Oriente Se pierde el rayo de su lumbre roja. Brilla la gota de agua trasparente Detenida en el polvo de la hoja, Y tendiendo el crepúsculo su planta Del fondo de los valles se levanta. Como el ensueño dulce y regalado Que en la fiebre de amor templa el desvelo, Vertiendo en nuestro espíritu agitado La misteriosa esencia del consuelo; Así por el ambiente reposado De estrellas y vapor bordando el cielo, Breves y llenas de feraz rocío Cruzan las noches del ardiente Estío. Y en tristes ecos el silencio crece, Y en tibio resplandor la sombra vaga; La luz de las estrellas se estremece Y en el limpio raudal brilla y se apaga; Naturaleza entera se adormece En el hondo placer que la embriaga, Y lleva al aura en vacilantes giros Besos, sombras, perfumes y suspiros. Más puro que la tímida esperanza Que sueña el alma en el amor primero, Su rayo débil desde Oriente lanza, Sol de la noche, virginal lucero; Triste y sereno por el cielo avanza De la cándida luna mensajero, Por ella viene, y suspirando ella, Síguele en pos enamorada y bella. Cuantos guardáis la tímida inocencia Que a la esperanza y al amor convida; Los que en el alma la impalpable esencia De su primer amor lloráis perdida; Cuantos con dolorosa indiferencia Vais apurando el cáliz de la vida; Todos llegad, y bajo el bosque umbrío Sentid las noches del ardiente Estío. Las del tirano amor, desengañadas, Pálidas y dulcísimas doncellas, Vosotras que lloráis desconsoladas Solo el delito de nacer tan bellas; Mirad entre las nubes sosegadas Cómo cruzan el cielo las estrellas; Que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo Que no se calme contemplando el cielo. Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura, Fuente de virginal melancolía, Más hermosa a mis ojos y más pura Que el rayo azul con que despunta el día; Corazón abrasado de ternura, Espíritu de amor y de armonía, Ven y derrama en el tranquilo viento El ámbar delicado de tu aliento. La dulce vaguedad que me enajena Aumenta la inquietud de mi deseo; Tu voz perdida en el ambiente suena; Donde mis ojos van tu sombra veo; De amor y afán mi corazón se llena, Porque en tu amor y en mi esperanza creo; Y así suspende el sentimiento mío La tibia noche del ardiente Estío. Noche serena y misteriosa, en donde Dormido vaga el pensamiento humano, Todo a los ecos de tu voz responde, La mar, el monte, la espesura, el llano; Acaso Dios entre tu sombra esconde La impenetrable luz de algún arcano; Tal vez cubierta de tu inmenso velo Se confunde la tierra con el cielo.

DON VENTURA RUIZ AGUILERA

_92. Epístola_

(_A Don Damián Menéndez Rayón y Don Francisco Giner de los Ríos_)

No arrojará cobarde el limpio acero mientras oiga el clarín de la pelea, soldado que su honor conserve entero; ni del piloto el ánimo flaquea porque rayos alumbren su camino y el golfo inmenso alborotarse vea. ¡Siempre luchar!... del hombre es el destino; y al que impávido lucha, con fe ardiente, le da la gloria su laurel divino. Por sosiego suspira eternamente; pero ¿dónde se oculta, dónde mana de esta sed inmortal la ansiada fuente?... En el profundo valle, que se afana cuando del año la estación florida lo viste de verdura y luz temprana; en las cumbres salvajes, donde anida el águila que pone junto al cielo su mansión de huracanes combatida, el límite no encuentra de su anhelo; ni porque esclava suya haga la suerte, tras íntima inquietud y estéril duelo. Aquel solo el varón dichoso y fuerte será, que viva en paz con su conciencia hasta el sueño apacible de la muerte. ¿Qué sirve el esplendor, qué la opulencia, la oscuridad, ni holgada medianía, si a sufrir el delito nos sentencia? Choza del campesino, humilde y fría, alcázar de los reyes, corpulento, cuya altitud al monte desafía, bien sé yo que, invisible como el viento, huésped que el alma hiela, se ha sentado de vuestro hogar al pie el remordimiento. ¿Qué fue del corso altivo, no domado hasta asomar de España en las fronteras cual cometa del cielo desgajado? El poder que le dieron sus banderas con asombro y terror de las naciones ¿colmó sus esperanzas lisonjeras?... Cayó; y entre los bárbaros peñones de su destierro, en las nocturnas horas le acosaron fatídicas visiones; y diéronle tristeza las auroras, y en el manso murmullo de la brisa voces oyó gemir acusadoras. Más conforme recibe y más sumisa la voluntad de Dios, el alma bella que abrojos siempre lacerada pisa. Francisco, así pasar vimos aquella que te arrulló en sus brazos maternales, y hoy, vestida de luz, los astros huella: que al tocar del sepulcro los umbrales, bañó su dulce faz con dulce rayo la alborada de goces inmortales. Y así, Damián, en el risueño mayo de una vida sin mancha, como arbusto que el aquilón derriba en el Moncayo, pasó también tu hermano, y la del justo severa majestad brilló en su frente, de un alma religiosa templo augusto. Huya de las ciudades el que intente esquivar la batalla de la vida y en el ocio perderla muellemente: que a la virtud el riesgo no intimida; cuando náufragos hay, los ojos cierra y se lanza a la mar embravecida. Avaro miserable es el que encierra la fecunda semilla en el granero, cuando larga escasez llora la tierra. Compadecer la desventura quiero del que, por no mirar la abierta llaga, de su limosna priva al pordiosero. Ebrio, y alegre, y victorioso vaga el vicio por el mundo cortesano: su canto de sirena ¿a quién no embriaga? Los que dones reciben de su mano himnos alzan de júbilo, y de flores rinden tributo en el altar profano. En tanto, de la fiesta a los rumores, criaturas sin fin, herido el seno, responden con el ¡ay! de sus dolores. Mas el hombre de espíritu sereno y de conciencia inquebrantable (roca donde se estrella, sin mancharla, el cieno) la horrible sien del ídolo destoca, y con acento de anatema inflama tal vez en noble ardor la turba loca. Jinete de experiencia y limpia fama, armado va de freno y dura espuela donde una voz en abandono clama; de heroica pasión en alas vuela, y en ella clava el acicate agudo por acudir al mal que le desvela. Si un instante el error cegarle pudo, los engañosos ímpetus reprime, y es su propia razón freno y escudo. Sin tregua combatir por el que gime; defender la justicia y verdad santa, llena la mente de ideal sublime; caminar hacia el bien con firme planta, a la edad consolando que agoniza, apóstol de otra edad que se adelanta, es empresa que al vulgo escandaliza; por loco siempre o necio fue tenido quien lanzas en su pro rompe en la liza. Si a tierna compasión alguien movido vio al generoso hidalgo de Cervantes, ¡cuántos, con risa, viéronle caído! Acomete a quiméricos gigantes, de sus delirios prodigiosa hechura, y es de niños escarnio y de ignorantes. Mas él, dándoles cuerpo, se figura limpiar de monstruos la afligida tierra, y llanto arranca al bueno su locura. Así debe sufrir, en cruda guerra, (sin vergonzoso pacto ni sosiego) contra el mal, que a los débiles aterra, el que abrasado en el celeste fuego de inagotable caridad, no atiende solo de su interés el torpe ruego. Árbol de seco erial, las ramas tiende al que rendido llega de fatiga, y del sol, cariñoso, le defiende. Él sabe que sus frutos no prodiga heredad que se deja sin cultivo; sabe que del sudor brota la espiga, como de agua sonoro raudal vivo, si del trabajo el útil instrumento hiende la roca en que durmió cautivo. ¡Oh del bosque anhelado apartamiento, cuyos olmos son arpas melodiosas cuando sacude su follaje el viento! ¡Oh fresco valle, donde crecen rosas de perfumado cáliz, y azucenas, que liban las abejas codiciosas! ¡Oh soledades de armonías llenas! en vano me brindáis ocio y amores, mientras haya un esclavo entre cadenas. Que aún pide con sacrílegos rumores ver libre a Barrabás la muchedumbre y alzados en la Cruz los redentores. Que del sombrío Gólgota en la cumbre, regada con la sangre del Cordero sublime en humildad y mansedumbre, mártires ¡ay! aún suben al madero que ha de ser, convertido en árbol santo, patria y hogar del universo entero. Padecer es vivir; riego es el llanto a quien la flor del alma, con su esencia debe perpetuo y virginal encanto. Amigos, bendecid la Providencia si mandare a la vuestra ese rocío, y nieguen los malvados su clemencia. ¡Qué alegre y qué gentil llega el navío al puerto salvador, cuando aún le azota con fiera saña el huracán bravío! Así el justo halla al fin de su derrota por el mar de la vida proceloso, del claro cielo en la extensión remota puerto seguro y eternal reposo.

DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE

_93. Estrofas_

I

La generosa musa de Quevedo desbordose una vez como un torrente y exclamó llena de viril denuedo: «No he de callar, por más que con el dedo, ya tocando los labios, ya la frente, silencio avises o amenaces miedo.»

II

Y al estampar sobre la herida abierta el hierro de su cólera encendido, tembló la concusión que siempre alerta, incansable y voraz, labra su nido, como gusano ruin en carne muerta, en todo Estado exánime y podrido.

III

Arranque de dolor, de ese profundo dolor que se concentra en el misterio y huye amargado del rumor del mundo, fue su sangrienta sátira, cauterio que aplicó sollozando al patrio imperio, mísero, gangrenado y moribundo.

IV

¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira que con Quevedo descendió a la tumba, en medio de esta universal mentira, de este viento de escándalo que zumba, de este fétido hedor que se respira, de esta España moral que se derrumba;

V

De la viva y creciente incertidumbre que en lucha estéril nuestra fuerza agota; del huracán de sangre que alborota el mar de la revuelta muchedumbre; de la insaciable y honda podredumbre que el rostro y la conciencia nos azota;

VI

De este horror, de este ciego desvarío que cubre nuestras almas con un velo, como el sepulcro, impenetrable y frío; de este insensato pensamiento impío que destituye a Dios, despuebla el cielo y precipita el mundo en el vacío;

VII

Si en medio de esta borrascosa orgía que infunde repugnancia al par que aterra, esa lira estallara ¿qué sería? Grito de indignación, canto de guerra, que en las entrañas mismas de la tierra la muerta humanidad conmovería.

VIII

Mas ¿porque el gran satírico no aliente ha de haber quien contemple y autorice tanta degradación, indiferente? «¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»

IX

¡Cuántos sueños de gloria evaporados como las leves gotas de rocío que apenas mojan los sedientos prados! ¡Cuánta ilusión perdida en el vacío, y cuántos corazones anegados en la amarga corriente del hastío!

X

No es la revolución raudal de plata que fertiliza la extendida vega: es sorda inundación que se desata. No es viva luz que se difunde grata, sino confuso resplandor que ciega y tormentoso vértigo que mata.

XI

Al menos en el siglo desdichado que aquel ilustre y vigoroso vate con el rayo marcó de su censura, podía el corazón atribulado salir ileso del mortal combate en alas de la fe radiante y pura.

XII

Y apartando la vista de aquel cieno social, de aquellos fétidos despojos, de aquel lúbrico y torpe desenfreno, fijar llorando los ardientes ojos en ese cielo azul, limpio y sereno, de santa paz y de esperanza lleno.

XIII

Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo hiere al César y a Dios. Sorda carcoma prepara el misterioso cataclismo, y como en tiempo de la antigua Roma, todo cruje, vacila y se desploma en el cielo, en la tierra, en el abismo.

XIV

Perdida en tanta soledad la calma, de noche eterna el corazón cubierto, la gloria muda, desolada el alma, en este pavoroso desconcierto se eleva la Razón, como la palma que crece triste y sola en el desierto.

XV

¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria mayor? ¿Dónde más rudo desconsuelo? ¿De qué la sirve desgarrar el velo que envuelve y cubre la vivaz materia, y con profundo, inextinguible anhelo sondar la tierra, escudriñar el cielo;

XVI

Entregarse a merced del torbellino y en la duda incesante que la aqueja el secreto inquirir de su destino, si a cada paso que adelanta deja su fe inmortal, como el vellón la oveja, enredada en las zarzas del camino?

XVII

¿Si a su culpada humillación se adhiere con la constancia infame del beodo, que goza en su abyección, y en ella muere? ¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo, desconoce su origen, y prefiere a descender de Dios, surgir del lodo?

XVIII

¡Libertad, libertad! No eres aquella virgen, de blanca túnica ceñida, que vi en mis sueños pudibunda y bella. No eres, no, la deidad esclarecida que alumbra con su luz, como una estrella, los oscuros abismos de la vida.

XIX

No eres la fuente de perenne gloria que dignifica el corazón humano y engrandece esta vida transitoria. No el ángel vengador que con su mano imprime en las espaldas del tirano el hierro enrojecido de la historia.

XX

No eres la vaga aparición que sigo con hondo afán desde mi edad primera, sin alcanzarla nunca... Mas ¿qué digo? No eres la libertad, disfraces fuera, ¡licencia desgreñada, vil ramera del motín, te conozco y te maldigo!

XXI

¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía, los humanos instintos se desborden con el rugido del volcán que estalla, y en medio del tumulto y la anarquía, como corcel indómito el desorden no respete ni látigo ni valla.

XXII

¿Quién podrá detenerle en su carrera? ¿Quién templar los impulsos de la fiera y loca multitud enardecida, que principia a dudar y ya no espera hallar en otra luminosa esfera, bálsamo a los dolores de esta vida?

XXIII

Como Cristo en la cúspide del monte, rotas ya sus mortales ligaduras, mira doquier con ojos espantados, por toda la extensión del horizonte dilatarse a sus pies vastas llanuras, ricas ciudades, fértiles collados.

XXIV

Y excitando su afán calenturiento tanta grandeza y tanto poderío, de la codicia el persuasivo acento grítale audaz: --¡El cielo está vacío! ¿A quién temer?-- Y ronca y sin aliento la muchedumbre grita: --¡Todo es mío!--

XXV

Y en el tumulto su puñal afila, y la enconada cólera que encierra enturbia y enardece su pupila, y ensordeciendo el aire en son de guerra hace temblar bajo sus pies la tierra, como las hordas bárbaras de Atila.

XXVI

No esperéis que esa turba alborotada infunda nueva sangre generosa en las venas de Europa desmayada; ni que termine su fatal jornada, sobre el ara desierta y polvorosa otro Dios levantando con su espada.

XXVII

No esperéis, no, que la confusa plebe, como santo depósito en su pecho nobles instintos y virtudes lleve. Hallará el mundo a su codicia estrecho, que es la fuerza, es el número, es el hecho brutal ¡es la materia que se mueve!

XXVIII

Y buscará la libertad en vano; que no arraiga en los crímenes la idea, ni entre las olas fructifica el grano. Su castigo en sus iras centellea pronto a estallar; que el rayo y el tirano hermanos son. ¡La tempestad los crea!

_94. Tristezas_

Cuando recuerdo la piedad sincera con que en mi edad primera entraba en nuestras viejas catedrales, donde postrado ante la cruz de hinojos alzaba a Dios mis ojos, soñando en las venturas celestiales;

Hoy que mi frente atónito golpeo, y con febril deseo busco los restos de mi fe perdida, por hallarla otra vez, radiante y bella como en la edad aquella, ¡desgraciado de mí! diera la vida.

¡Con qué profundo amor, niño inocente, prosternaba mi frente en las losas del templo sacrosanto! Llenábase mi joven fantasía de luz, de poesía, de mudo asombro, de terrible espanto.

Aquellas altas bóvedas que al cielo levantaban mi anhelo; aquella majestad solemne y grave; aquel pausado canto, parecido a un doliente gemido, que retumbaba en la espaciosa nave;

Las marmóreas y austeras esculturas de antiguas sepulturas, aspiración del arte a lo infinito; la luz que por los vidrios de colores sus tibios resplandores quebraba en los pilares de granito;

Haces de donde en curva fugitiva, para formar la ojiva, cada ramal subiendo se separa, cual del rumor de multitud que ruega, cuando a los cielos llega, surge cada oración distinta y clara;

En el gótico altar inmoble y fijo el santo crucifijo, que extiende sin vigor sus brazos yertos, siempre en la sorda lucha de la vida, tan áspera y reñida, para el dolor y la humildad abiertos;

El místico clamor de la campana que sobre el alma humana de las caladas torres se despeña, y anuncia y lleva en sus aladas notas mil promesas ignotas al triste corazón que sufre o sueña;

Todo elevaba mi ánimo intranquilo a más sereno asilo: religión, arte, soledad, misterio... todo en el templo secular hacía vibrar el alma mía, como vibran las cuerdas de un salterio.

Y a esta voz interior que solo entiende quien crédulo se enciende en fervoroso y celestial cariño, envuelta en sus flotantes vestiduras volaba a las alturas, virgen sin mancha, mi oración de niño.

Su rauda, viva y luminosa huella como fugaz centella traspasaba el espacio, y ante el puro resplandor de sus alas de querube, rasgábase la nube que me ocultaba el inmortal seguro.

¡Oh anhelo de esta vida transitoria! ¡Oh perdurable gloria! ¡Oh sed inextinguible del deseo! ¡Oh cielo, que antes para mí tenías fulgores y armonías, y hoy tan oscuro y desolado veo!

Ya no templas mis íntimos pesares, ya al pie de tus altares como en mis años de candor no acudo. Para llegar a ti perdí el camino, y errante peregrino entre tinieblas desespero y dudo.

Voy espantado sin saber por dónde; grito, y nadie responde a mi angustiada voz; alzo los ojos y a penetrar la lobreguez no alcanzo; medrosamente avanzo, y me hieren el alma los abrojos.

Hijo del siglo, en vano me resisto a su impiedad, ¡oh Cristo! Su grandeza satánica me oprime. Siglo de maravillas y de asombros, levanta sobre escombros un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena faz, de consuelos llena, alumbra y guía nuestro incierto paso. Es otro Dios incógnito y sombrío: su cielo es el vacío, Sacerdote el error, ley el Acaso.

¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso un siglo más inmenso, más rebelde a tu voz, más atrevido; entre nubes de fuego alza su frente, como Luzbel, potente; pero también, como Luzbel, caído.