Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana

Part 15

Chapter 152,675 wordsPublic domain

¡Hijo de otra región, trémulo y mudo Con la mirada que por ti paseo, Nieve septentrional, yo te saludo! Una tarde de Mayo (casi creo Que salta a mi memoria su hermosura De este cuadro invernal, como un deseo), Una tarde de flores y verdura, Rica de cielo azul, sin un celaje, Y empapada en aromas y frescura; En que, al son de las auras, el ramaje Trémulo de los tilos repetía De otros lejanos bosques el mensaje; Yo, con mi propio afán por compañía, Del recinto salí que nombró el mundo Corte del rey filósofo algún día. A su verdor del Norte sin segundo, De un frondoso jardín los laberintos Atrajeron mi paso vagabundo... En armoniosa confusión distintos, Cándidos nardos y claveles rojos, Tulipanes, violas y jacintos, De admirar el vergel diéronme antojos; Y perdime en sus vueltas, rebuscando, Ya que no al corazón, pasto a los ojos. Y una viola, que al favonio blando Columpiaba su tímida corola, Quise arrancar... Mas súbito, clavando Mis ojos en el césped, donde sola Daba al favonio sus esencias puras, Respeté por el césped la viola... ¡Guirnalda funeral, de desventuras Y lágrimas nacida, eran las flores De aquel vasto jardín de sepulturas! Pero jardín. Allí, cuando los llores, Aún te hablarán la amante o el amigo Con aromas y jugos y colores... ¡Y de tu santo afán mudo testigo, Algo en aquellas flores sepulcrales, Algo del muerto bien será contigo! Dentro de nuestros muros funerales Jamás brota una flor... Mal brotaría De ese alcázar de cal y mechinales, Índice de la nada en simetría, Que a la madre común roba los muertos Para henchir su profana estantería; ¡Ruin estación de huéspedes inciertos Que ofreciera a los vivos su morada Por alquilar los túmulos abiertos! De tierra sobre tierra fabricadas, Más solemnes quizá, por más sencillas, Las del santo jardín tumbas aisladas, Con su césped de flores amarillas Se elevan... no muy altas... a la altura Del que llore, al besarlas, de rodillas. ¡Mas sola allí, sin flores, sin verdura, Bajo su cruz de hierro se levanta De un hispano cantor la sepultura!...[3] Delante de su cruz tuve mi planta... Y soñé que en su rótulo leía: «¡Nunca duerme entre flores quien las canta!» ¡Pobre césped marchito! ¡Quién diría Que el cantor de las flores en tu seno Durmiera tan sin flores algún día! Mas ¡ay del ruiseñor que, en aire ajeno, Por atmósfera extraña sofocado, Sobre extraña región cayó en el cieno! ¡Ay del vate infeliz que, amortajado Con su negro ropón de peregrino, Yace en su propia tumba desterrado! Yo, al encontrar su cruz en mi camino, Como engendra el dolor supersticiones, Llamé tres veces al cantor divino. Y de su lira desperté los sones, Y turbé los sepulcros murmurando La más triste canción de sus canciones... Y a la viola, que al favonio blando Columpiaba allí cerca su corola, Volví turbios los ojos... Y clavando La rodilla en el césped (donde sola Era airón sepulcral de una doncella) Desprendí de su césped la viola. Y al lado del cantor volví con ella; Y así lloré, sobre su cruz mi mano, La del pobre cantor mísera estrella: --Bien te dice mi voz que soy tu hermano; ¿Quién saludara tus despojos fríos Sin el ¡ay! de mi acento castellano? Diéronte ajena tumba hados impíos... ¡Si ojos extraños la contemplan secos, Hoy la riegan de lágrimas los míos! Solo suena mi voz entre sus huecos, Para que en ella, si la escuchas, halles Los de tu propria voz póstumos ecos... _¡Por las desiertas y sombrías calles_ _Donde duerme tu féretro escondido,_ _No pasa_, no, la virgen de los valles! Una vez que ha pasado no ha venido... Trajéronla con rosas... A tu lado La virgen, desde entonces, ha dormido... Si su pálida sombra, al compasado Son de la media noche, inoportuna, Flores entre tu césped ha buscado, Bien habrá visto a la menguante luna Que en el santo jardín, rico de flores, Solo yace tu césped sin ninguna. ¡No tienes una flor!... Ni ¿a qué dolores Una flor de tu césped respondiera Con aromas y jugos y colores? Solo al riego de lágrimas naciera, Y de tu fosa en el terrón ajeno ¿Quién derrama una lágrima siquiera? ¡Ay, sí, del ruiseñor, de vida lleno, Que, en atmósfera extraña sofocado, Sobre extraña región cayó en el cieno! Cantor en el sepulcro desterrado, Descansa en paz. ¡Adiós!... Y si a deshora Un viajero del Sur pasa a tu lado, Si al contemplar tu cruz, como yo ahora, Con su idioma español el vïajero Te llama aquí tres veces y aquí llora, Dígale el son del aura lastimero Cuál en los brazos de tu cruz escueta Peregrino del Sur lloré primero... ¡Recibe con mi adiós _tu vïoleta_! La tumba de la virgen te la envía...--

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¡Y al unirse la flor con su poeta, Ya en el ocaso agonizaba el día!

DON ADELARDO LÓPEZ DE AYALA

_88. Epístola a Emilio Arrieta_

De nuestra gran virtud y fortaleza Al mundo hacemos con placer testigo: Las ruindades del alma y su flaqueza Solo se cuentan al secreto amigo. De mi ardiente ansiedad y mi tristeza A solas quiero razonar contigo: Rasgue a su alma sin pudor el velo Quien busque admiración y no consuelo. No quiera Dios que en rimas insolentes De mi pesar al mundo le dé indicios, Imitando a esos genios impudentes Que alzan la voz para cantar sus vicios. Yo busco, retirado de las gentes, De la amistad los dulces beneficios: No hay causa ni razón que me convenza De que es genio la falta de vergüenza. En esta humilde y escondida estancia, Donde aún resuenan con medroso acento Los primeros sollozos de mi infancia Y de mi padre el postrimer lamento: Esclarecido el mundo a la distancia A que de aquí le mira el pensamiento, Se eleva la verdad que amaba tanto; Y, antes que afecto, me produce espanto. Aquí, aumentando mi congoja fiera, Mi edad pasada y la presente miro. La limpia voz de mi virtud entera, Hoy convertida en áspero suspiro, Y el noble aliento de mi edad primera Trocado en la ansiedad con que respiro, Claro publican dentro de mi pecho Lo que hizo Dios y lo que el mundo ha hecho. Me dotaron los cielos de profundo Amor al bien y de valor bastante Para exponer al embriagado mundo Del vicio vil el sórdido semblante; Y al ver que imbécil en el cieno hundo De mi existencia la misión brillante, Me parece que el hombre en voz confusa Me pide el robo y de ladrón me acusa. Y estos salvajes montes corpulentos, Fieles amigos de la infancia mía, Que con la voz de los airados vientos Me hablaban de virtud y de energía, Hoy con duros semblantes macilentos Contemplan mi abandono y cobardía, Y gimen de dolor, y cuando braman, Ingrato y débil y traidor me llaman. Tal vez a la batalla me apercibo; Dudo de mi constancia y de esta duda Toma ocasión el vicio ejecutivo Para moverme guerra más sañuda; Y, cuando débil el combate esquivo, «Mañana, digo, llegará en mi ayuda;» ¡Y _mañana_ es la muerte, y mi ansia vana Deja mi redención para mañana! Perdido tengo el crédito conmigo, Y avanza cual gangrena el desaliento: Conozco y aborrezco a mi enemigo, Y en sus brazos me arrojo soñoliento. La conciencia el deleite que consigo Perturba siempre: sofocar su acento Quiere el placer, y, lleno de impaciencia, Ni gozo el mal ni aplaco la conciencia. Inquieto, vacilante, confundido Con la múltiple forma del deseo, Impávido una vez, otra corrido Del vergonzoso estado en que me veo, Al mismo Dios contemplo arrepentido De darme un alma que tan mal empleo: La hacienda que he perdido no era mía, Y el deshonor los tuétanos me enfría. Aquí, revuelto en la fatal madeja Del torpe amor, disipador cansado Del tiempo, que al pasar solo me deja El disgusto de haberlo malgastado; Si el hondo afán con que de mí se queja Todo mi ser, me tiene desvelado, ¿Por qué no es antes noble impedimento Lo que es después atroz remordimiento? ¡Valor! y que resulte de mi daño Fecundo el bien: que de la edad perdida Brote la clara luz del desengaño Iluminando mi razón dormida: Para vivir me basta con un año, Que envejecer no es alargar la vida: ¡Joven murió tal vez que eterno ha sido, Y viejos mueren sin haber vivido! Que tu voz, queridísimo Emiliano, Me mantenga seguro en mi porfía; Y así el Creador, que con tan larga mano Te regaló fecunda fantasía, Te enriquezca, mostrándote el arcano De su eterna y espléndida armonía; Tanto, que el hombre, en su placer o duelo Tu canto elija para hablar al cielo. Los ecos de la cándida alborada, Que al mundo anima en blando movimiento, Te demuestren del alma enamorada El dulce anhelo y el primer acento; El rumor de la noche sosegada, La noble gravedad del pensamiento; Y las quejas del ábrego sombrío La ronca voz del corazón impío. Y el gran torrente que, con pena tanta, Por las quiebras del hondo precipicio, Rugiendo de amargura, se quebranta, Deje en tu alma verdadero indicio De la virtud, que gime y se abrillanta En las quiebras del rudo sacrificio, Y en tu canto resuenen juntamente El bien futuro y el dolor presente. Y en las férvidas olas impelidas Del huracán, que asalta las estrellas, Y rebraman, mostrando embravecidas Que el aliento de Dios se encierra en ellas, Aprendas las canciones dirigidas Al que para en su curso las centellas, Y resuene tu voz de polo a polo, De su grandeza intérprete tú solo.

DON RAMÓN DE CAMPOAMOR

_89. ¡Quién supiera escribir!_

I

--Escribidme una carta, señor Cura. --Ya sé para quién es. --¿Sabéis quién es, porque una noche oscura Nos visteis juntos? --Pues.

--Perdonad; mas... --No extraño ese tropiezo. La noche... la ocasión... Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo: _Mi querido Ramón_:

--¿Querido?... Pero, en fin, ya lo habéis puesto... --Si no queréis... --¡Sí, sí! --_¡Qué triste estoy!_ ¿No es eso? --Por supuesto. --_¡Qué triste estoy sin ti!_

_Una congoja, al empezar, me viene..._ --¿Cómo sabéis mi mal? --Para un viejo, una niña siempre tiene El pecho de cristal.

_¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura._ _¿Y contigo? Un edén._ --Haced la letra clara, señor Cura; Que lo entienda eso bien.

--_El beso aquel que de marchar a punto_ _Te di..._ --¿Cómo sabéis?... --Cuando se va y se viene y se está junto Siempre... no os afrentéis.

_Y si volver tu afecto no procura,_ _Tanto me harás sufrir..._ --¿Sufrir y nada más? No, señor Cura, ¡Que me voy a morir!

--¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?... --Pues, sí, señor, ¡morir! --Yo no pongo _morir_. --¡Qué hombre de hielo! ¡Quién supiera escribir!

II

¡Señor Rector, señor Rector! en vano Me queréis complacer, Si no encarnan los signos de la mano Todo el ser de mi ser.

Escribidle, por Dios, que el alma mía Ya en mí no quiere estar; Que la pena no me ahoga cada día... Porque puedo llorar.

Que mis labios, las rosas de su aliento, No se saben abrir; Que olvidan de la risa el movimiento A fuerza de sentir.

Que mis ojos, que él tiene por tan bellos, Cargados con mi afán, Como no tienen quien se mire en ellos, Cerrados siempre están.

Que es, de cuantos tormentos he sufrido, La ausencia el más atroz; Que es un perpetuo sueño de mi oído El eco de su voz...

Que siendo por su causa, el alma mía ¡Goza tanto en sufrir!.. Dios mío ¡cuántas cosas le diría Si supiera escribir!...

III

EPÍLOGO

--Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo: _A don Ramón_... En fin, Que es inútil saber para esto arguyo Ni el griego ni el latín.

_90. Lo que hace el tiempo_

_A Blanca Rosa de Osma_

Con mis coplas, Blanca Rosa, Tal vez te cause cuidados Por cantar Con la voz ya temblorosa, Y los ojos ya cansados De llorar.

Hoy para ti solo hay glorias, Y danzas y flores bellas; Mas después, Se alzarán tristes memorias, Hasta de las mismas huellas De tus pies.

En tus fiestas seductoras ¿No oyes del alma en lo interno Un rumor, Que lúgubre a todas horas, Nos dice que no es eterno Nuestro amor?

¡Cuánto a creer se resiste Una verdad tan odiosa Tu bondad! ¡Y esto fuera menos triste Si no fuera, Blanca Rosa, Tan verdad!

Te aseguro, como amigo, Que es muy raro, y no te extrañe, Amar bien. Siento decir lo que digo; Pero ¿quieres que te engañe Yo también?

Pasa un viento arrebatado, Viene amor, y a dos en uno Funde Dios; Sopla el desamor helado, Y vuelve a hacer, importuno, De uno, dos.

Que amor, de egoísmo lleno, A su gusto se acomoda Bien y mal; En él hasta herir es bueno, Se ama o no ama, aquí está toda Su moral.

¡Oh! ¡qué bien cumple el amante, Cuando aún tiene la inocencia, Su deber! Y ¡cómo, más adelante, Aviene con su conciencia Su placer!

¿Y es culpable el que, sediento, Buscando va en nuevos lazos Otro amor? ¡Sí! culpable como el viento Que, al pasar, hace pedazos Una flor.

¿Verdad que es abominable Que el corazón vagabundo Mude así, Sin ser por ello culpable, Porque esto pasa en el mundo Porque sí?

Se ama una vez sin medida, Y aun se vuelve a amar sin tino Más de dos. ¡Cuán versátil es la vida! ¡Cuán vano es nuestro destino, Santo Dios!

Él lleve tu labio ayuno A algún manantial querido De placer, Donde dichosa, ninguno Te enseñe nunca el olvido Del deber.

Siempre el destino inconstante Nos da cual vil usurero Su favor: Da amor primero y no amante; Después mucho amante, pero Poco amor.

Tranquila a veces reposa, Y otras se marcha volando Nuestra fe. Y esto pasa, Blanca Rosa, Sin saber cómo, ni cuándo, Ni por qué.

Nunca es estable el deseo, Ni he visto jamás terneza Siempre igual. Y ¿a qué negarlo? No creo Ni del bien en la fijeza, Ni del mal.

Este ir y venir sin tasa, Y este moverse impaciente, Pasa así, Porque así ha pasado y pasa, Porque sí, y ¡ay! solamente Porque sí.

¡Cuán inútil es que huyamos De los fáciles amores Con horror, Si cuanto más las pisamos, Más nos embriagan las flores Con su olor!

El cielo sin duda envía La lucha a la tormentosa Juventud; Pues ¿qué mérito tendría Sin esfuerzos, Blanca Rosa, La virtud?

¡Ay! un alma inteligente, Siempre en nuestra alma divisa Una flor, Que se abre infaliblemente Al soplo de alguna brisa De otro amor.

Mas dirás: --¿Y en qué consiste Que todo a mudar convida?-- ¡Ay de mí! En que la vida es muy triste... Pero aunque triste, la vida Es así.

Y si no es amor el vaso Donde el sobrante se vierte Del dolor, Pregunto yo: --¿Es digno acaso De ocuparnos vida y muerte Tal amor?--

Nunca sepas, Blanca Rosa, Que es la dicha una locura; Cual yo sé; Si quieres ser venturosa, Ten mucha fe en la ventura, Mucha fe.

Si eres feliz algún día, ¡Guay, que el recuerdo tirano De otro amor No se filtre en tu alegría, Cual se desliza un gusano Roedor!

Tú eres de las almas buenas, Cuyos honrados amores Siempre son Los que bendicen sus penas, Penas que se abren en flores De pasión.

Con tus visiones hermosas, Nunca de tu alma el abismo Llenarás, Pues la fuerza de las cosas Puede más que Hércules mismo, ¡Mucho más!...

Si huye una vez la ventura, Nadie después ve las flores Renacer Que cubren la sepultura De los recuerdos traidores Del ayer.

¿Y quién es el responsable De hacer tragar sin medida Tanta hiel? ¡La vida! ¡esa es la culpable! La vida, solo es la vida Nuestra infiel.

La vida, que desalada, De un vértigo del infierno Corre en pos: Ella corre hacia la nada; ¿Quieres ir hacia lo eterno? Ve hacia Dios.

¡Sí! corre hacia Dios, y Él haga Que tengas siempre una vieja Juventud. La tumba todo lo traga; Solo de tragarse deja La virtud.

DON JOSÉ SELGAS

_91. El Estío_