Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana

Part 14

Chapter 143,610 wordsPublic domain

Es una tarde serena, Cuya luz tornasolada Del purpurino horizonte Blandamente se derrama. Plácido aroma las flores Sus hojas plegando exhalan, Y el céfiro entre perfumes Mece las trémulas alas. Brillan abajo en el valle Con suave rumor las aguas, Y las aves en la orilla Despidiendo al día cantan. Allá por el _Miradero_ Por el Cambrón y Visagra Confuso tropel de gente Del Tajo a la vega baja. Vienen delante Don Pedro De Alarcón, Iván de Vargas, Su hija Inés, los escribanos, Los corchetes y los guardias; Y detrás monjes, hidalgos, Mozas, chicos y canalla. Otra turba de curiosos En la vega les aguarda, Cada cual comentariando El caso según le cuadra. Entre ellos está Martínez En apostura bizarra, Calzadas espuelas de oro, Valona de encaje blanca, Bigote a la borgoñesa, Melena desmelenada, El sombrero guarnecido Con cuatro lazos de plata, Un pie delante del otro, Y el puño en el de la espada. Los plebeyos de reojo Le miran de entre las capas, Los chicos al uniforme Y las mozas a la cara. Llegado el gobernador Y gente que le acompaña, Entraron todos al claustro Que iglesia y patio separa. Encendieron ante el CRISTO Cuatro cirios y una lámpara, Y de hinojos un momento Le rezaron en voz baja. Está el CRISTO de la Vega La cruz en tierra posada, Los pies alzados del suelo Poco menos de una vara; Hacia la severa imagen Un notario se adelanta, De modo que con el rostro Al pecho santo llegaba. A un lado tiene a Martínez, A otro lado a Inés de Vargas, Detrás al gobernador Con sus jueces y sus guardias. Después de leer dos veces La acusación entablada, El notario a Jesucristo Así demandó en voz alta: _--Jesús, Hijo de María,_ _Ante nos esta mañana_ _Citado como testigo_ _Por boca de Inés de Vargas,_ _¿Juráis ser cierto que un día_ _A vuestras divinas plantas_ _Juró a Inés Diego Martínez_ _Por su mujer desposarla?--_ Asida a un _brazo_ desnudo Una _mano_ atarazada Vino a posar en los autos La seca y hendida palma, Y allá en los aires «¡Sí, JURO!» Clamó una voz más que humana. Alzó la turba medrosa La vista a la imagen santa... Los labios tenía abiertos, Y una mano desclavada.

CONCLUSIÓN

Las vanidades del mundo Renunció allí mismo Inés, Y espantado de sí propio Diego Martínez también. Los escribanos temblando Dieron de esta escena fe, Firmando como testigos Cuantos hubieron poder. Fundose un aniversario Y una capilla con él, Y Don Pedro de Alarcón El altar ordenó hacer, Donde hasta el tiempo que corre, Y en cada año una vez, Con la mano desclavada El crucifijo se ve.

DON NICOMEDES PASTOR DÍAZ

_81. A la luna_

Desde el primer latido de mi pecho, Condenado al amor y a la tristeza, Ni un eco a mi gemir, ni a la belleza Un suspiro alcancé: Halló por fin mi fúnebre despecho Inmenso objeto a mi ilusión amante; Y de la luna el célico semblante, Y el triste mar amé.

El mar quedose allá por su ribera; Sus olas no treparon las montañas; Nunca llega a estas márgenes extrañas Su solemne mugir. Tú empero que mi amor sigues do quiera, Cándida luna, en tu amoroso vuelo, Tú eres la misma que miré en el cielo De mi patria lucir.

Tú sola mi beldad, sola mi amante, Única antorcha que mis pasos guía, Tú sola enciendes en el alma fría Una sombra de amor. Solo el blando lucir de tu semblante Mis ya cansados párpados resisten; Solo tus formas inconstantes visten Bello, grato color.

Ora cubra cargada, rubicunda Nube de fuego tu ardorosa frente; Ora cándida, pura, refulgente, Deslumbre tu mirar. Ora sumida en soledad profunda Te mire el cielo desmayada y yerta, Como el semblante de una virgen muerta ¡Ah!... que yo vi expirar.

La he visto ¡ay, Dios!... Al sueño en que reposa Yo le cerré los anublados ojos; Yo tendí sus angélicos despojos Sobre el negro ataúd. Yo solo oré sobre la yerta losa Donde no corre ya lágrima alguna... ¡Báñala al menos tú, pálida luna... Báñala con tu luz!

Tú lo harás... que a los tristes acompañas, Y al pensador y al infeliz visitas; Con la inocencia o con la muerte habitas: El mundo huye de ti. Antorcha de alegría en las cabañas, Lámpara solitaria en las ruïnas, El salón del magnate no iluminas, Pero su tumba... sí.

Cargado a veces de aplomadas nubes Amaga el cielo con tormenta oscura; Mas ríe al horizonte tu hermosura, Y huyó la tempestad. Y allá del trono do esplendente subes Riges el curso al férvido Oceáno, Cual pecho amante, que al mirar lejano Hierve, de su beldad.

Mas ¡ay! que en vano en tu esplendor encantas: Ese hechizo falaz no es de alegría; Y huyen tu luz y triste compañía Los astros con temor. Sola por el vacío te adelantas, Y en vano en derredor tus rayos tiendes; Que solo al mundo en tu dolor desciendes, Cual sube a ti mi amor.

Y en esta tierra, de aflicción guarida, ¿Quién goza en tu fulgor blandos placeres? Del nocturno reposo de los seres No turbas la quietud. No cantarán las aves tu venida; Ni abren su cáliz las dormidas flores: ¡Solo un ser... de desvelos y dolores, Ama tu yerta luz!...

¡Sí, tú mi amor, mi admiración, mi encanto! La noche anhelo por vivir contigo, Y hacia el ocaso lentamente sigo Tu curso al fin veloz. Páraste a veces a escuchar mi llanto, Y desciende en tus rayos amoroso Un espíritu vago, misterioso, Que responde a mi voz...

¡Ay! calló ya... Mi celestial querida Sufrió también mi inexorable suerte... Era un sueño de amor... Desvanecerte Pudo una realidad. Es cieno ya la esqueletada vida; No hay ilusión, ni encantos, ni hermosura; La muerte reina ya sobre natura, Y la llaman... ¡VERDAD!

¡Qué feliz, qué encantado, si ignorante, El hombre de otros tiempos viviría, Cuando en el mundo, de los dioses vía Do quiera la mansión! Cada eco fuera un suspirar amante, Una inmortal belleza cada fuente; Cada pastor ¡oh luna! en sueño ardiente Ser pudo un Endimión.

Ora trocada en un planeta oscuro, Girando en los abismos del vacío, Do fuerza oculta y ciega, en su extravío, Cual piedra te arrojó, Es luz de ajena luz tu brillo puro; Es ilusión tu mágica influencia, Y mi celeste amor... ciega demencia, ¡Ay!... que se disipó.

Astro de paz, belleza de consuelo, Antorcha celestial de los amores, Lámpara sepulcral de los dolores, Tierna y casta deidad, ¿Qué eres, de hoy más, sobre ese helado cielo? Un peñasco que rueda en el olvido, O el cadáver de un sol que, endurecido, ¡Yace en la eternidad!

DON ENRIQUE GIL

_82. La violeta_

Flor deliciosa en la memoria mía, Ven mi triste laúd a coronar, Y volverán las trovas de alegría En sus ecos tal vez a resonar. Mezcla tu aroma a sus cansadas cuerdas; Yo sobre ti no inclinaré mi sien, De miedo, pura flor, que entonces pierdas Tu tesoro de olores y tu bien. Yo, sin embargo, coroné mi frente Con tu gala en las tardes del Abril, Yo te buscaba orillas de la fuente, Yo te adoraba tímida y gentil. Porque eras melancólica y perdida, Y era perdido y lúgubre mi amor, Y en ti miré el emblema de mi vida Y mi destino, solitaria flor. Tú allí crecías olorosa y pura Con tus moradas hojas de pesar; Pasaba entre la yerba tu frescura De la fuente al confuso murmurar. Y pasaba mi amor desconocido, De un arpa oscura al apagado son, Con frívolos cantares confundido El himno de mi amante corazón. Yo busqué la hermandad de la desdicha En tu cáliz de aroma y soledad, Y a tu ventura asemejé mi dicha, Y a tu prisión mi antigua libertad. ¡Cuántas meditaciones han pasado Por mi frente mirando tu arrebol! ¡Cuántas veces mis ojos te han dejado Para volverse al moribundo sol! ¡Qué de consuelos a mi pena diste Con tu calma y tu dulce lobreguez, Cuando la mente imaginaba triste El negro porvenir de la vejez! Yo me decía: «Buscaré en las flores Seres que escuchen mi infeliz cantar, Que mitiguen con bálsamo de olores Las ocultas heridas del pesar.» Y me apartaba, al alumbrar la luna, De ti, bañada en moribunda luz, Adormecida en tu vistosa cuna, Velada en tu aromático capuz. Y una esperanza el corazón llevaba Pensando en tu sereno amanecer, Y otra vez en tu cáliz divisaba Perdidas ilusiones de placer.

Heme hoy aquí: ¡cuán otros mis cantares! ¡Cuán otro mi pensar, mi porvenir! Ya no hay flores que escuchen mis pesares, Ni soledad donde poder gemir. Lo secó todo el soplo de mi aliento, Y naufragué con mi doliente amor: Lejos ya de la paz y del contento, Mírame aquí en el valle del dolor. Era dulce mi pena y mi tristeza; Tal vez moraba una ilusión detrás: Mas la ilusión voló con su pureza, Mis ojos ¡ay! no la verán jamás. Hoy vuelvo a ti, cual pobre viajero Vuelve al hogar que niño le acogió; Pero mis glorias recobrar no espero, Solo a buscar la huesa vengo yo. Vengo a buscar mi huesa solitaria Para dormir tranquilo junto a ti, Ya que escuchaste un día mi plegaria, Y un ser humano en tu corola vi. Ven mi tumba a adornar, triste viola, Y embalsama mi oscura soledad; Sé de su pobre césped la aureola Con tu vaga y poética beldad. Quizá al pasar la virgen de los valles, Enamorada y rica en juventud, Por las umbrosas y desiertas calles Do yacerá escondido mi ataúd, Irá a cortar la humilde vïoleta Y la pondrá en su seno con dolor, Y llorando dirá: «¡Pobre poeta! ¡Ya está callada el arpa del amor!»

PADRE JUAN AROLAS

_83. Sé más feliz que yo_

Sobre pupila azul, con sueño leve, Tu párpado cayendo amortecido, Se parece a la pura y blanca nieve Que sobre las violetas reposó: Yo el sueño del placer nunca he dormido: Sé más feliz que yo. Se asemeja tu voz en la plegaria Al canto del zorzal de indiano suelo Que sobre la pagoda solitaria Los himnos de la tarde suspiró: Yo solo esta oración dirijo al cielo: Sé más feliz que yo. Es tu aliento la esencia más fragante De los lirios del Arno caudaloso Que brotan sobre un junco vacilante Cuando el céfiro blando los meció: Yo no gozo su aroma delicioso: Sé más feliz que yo. El amor, que es espíritu de fuego, Que de callada noche se aconseja Y se nutre con lágrimas y ruego, En tus purpúreos labios se escondió: Él te guarde el placer y a mí la queja: Sé más feliz que yo. Bella es tu juventud en sus albores Como un campo de rosas del Oriente; Al ángel del recuerdo pedí flores Para adornar tu sien, y me las dio; Yo decía al ponerlas en tu frente: Sé más feliz que yo. Tu mirada vivaz es de paloma; Como la adormidera del desierto Causas dulce embriaguez, hurí de aroma Que el cielo de topacio abandonó: Mi suerte es dura, mi destino incierto: Sé más feliz que yo.

DON PABLO PIFERRER

_84. Canción de la Primavera_

Ya vuelve la primavera: Suene la gaita,--ruede la danza: Tiende sobre la pradera El verde manto--de la esperanza.

Sopla caliente la brisa: Suene la gaita,--ruede la danza: Las nubes pasan aprisa, Y el azur muestran--de la esperanza.

La flor ríe en su capullo: Suene la gaita,--ruede la danza: Canta el agua en su murmullo El poder santo--de la esperanza.

¿La oís que en los aires trina? Suene la gaita,--ruede la danza: --«Abrid a la golondrina, Que vuelve en alas--de la esperanza.»--

Niña, la niña modesta: Suene la gaita,--ruede la danza: El Mayo trae tu fiesta Que el logro trae--de tu esperanza.

Cubre la tierra el amor: Suene la gaita,--ruede la danza: El perfume engendrador Al seno sube--de la esperanza.

Todo zumba y reverdece: Suene la gaita,--ruede la danza: Cuanto el son y el verdor crece, Tanto más crece--toda esperanza.

Sonido, aroma y color (Suene la gaita,--ruede la danza) Únense en himnos de amor, Que engendra el himno--de la esperanza.

Morirá la primavera: Suene la gaita,--ruede la danza: Mas cada año en la pradera Tornará el manto--de la esperanza.

La inocencia de la vida (Calle la gaita,--pare la danza) No torna una vez perdida: ¡Perdí la mía!--¡ay mi esperanza!

DON GABRIEL GARCÍA TASSARA

_85. Himno al Mesías_

Baja otra vez al mundo, ¡Baja otra vez, Mesías! De nuevo son los días De tu alta vocación; Y en su dolor profundo La humanidad entera El nuevo oriente espera De un sol de redención. Corrieron veinte edades Desde el supremo día Que en esa cruz te vía Morir Jerusalén; Y nuevas tempestades Surgieron y bramaron, De aquellas que asolaron El primitivo Edén. De aquellas que le ocultan Al hombre su camino Con ciego torbellino De culpa y expiación; De aquellas que sepultan En hondos cautiverios Cadáveres de imperios Que fueron y no son. Sereno está en la esfera El sol del firmamento: La tierra en su cimiento Inconmovible está: La blanca primavera Con su gentil abrazo Fecunda el gran regazo Que flor y fruto da. Mas ¡ay! que de las almas El sol yace eclipsado: Mas ¡ay! que ha vacilado El polo de la fe; Mas ¡ay! que ya tus palmas Se vuelven al desierto: No crecen, no, en el huerto Del que tu pueblo fue. Tiniebla es ya la Europa: Ella agotó la ciencia, Maldijo su creencia, Se apacentó con hiel; Y rota ya la copa En que su fe bebía, Se alzaba y te decía: ¡Señor! yo soy Luzbel. Mas ¡ay! que contra el cielo No tiene el hombre rayo, Y en súbito desmayo Cayó de ayer a hoy; Y en son de desconsuelo, en llanto de impotencia, Hoy clama en tu presencia: Señor, tu pueblo soy. No es, no, la Roma atea Que entre aras derrocadas Despide a carcajadas Los dioses que se van: Es la que, humilde rea, Baja a las catacumbas, Y palpa entre las tumbas Los tiempos que vendrán. Todo, Señor, diciendo Está los grandes días De luto y agonías, De muerte y orfandad; Que, del pecado horrendo Envuelta en el sudario, Pasa por un Calvario La ciega humanidad. Baja ¡oh Señor! no en vano Siglos y siglos vuelan; Los siglos nos revelan Con misteriosa luz El infinito arcano Y la virtud que encierra, Trono de cielo y tierra Tu sacrosanta cruz. Toda la historia humana ¡Señor! está en tu nombre; Tú fuiste Dios del hombre, Dios de la humanidad. Tu sangre soberana Es su Calvario eterno: Tu triunfo del infierno Es su inmortalidad. ¿Quién dijo, Dios clemente, Que tú no volverías, Y a horribles gemonías, Y a eterna perdición, Condena a esta doliente Raza del ser humano Que espera de tu mano Su nueva salvación? Sí, tú vendrás. Vencidos Serán con nuevo ejemplo Los que del santo templo Apartan a tu grey. Vendrás y confundidos Caerán con los ateos Los nuevos fariseos De la caduca ley. ¿Quién sabe si ahora mismo Entre alaridos tantos De tus profetas santos La voz no suena ya? Ven, saca del abismo A un pueblo moribundo; Luzbel ha vuelto al mundo Y Dios ¿no volverá? ¡Señor! En tus juicios La comprensión se abisma; Mas es siempre la misma Del Gólgota la voz. Fatídicos auspicios Resonarán en vano; No es el destino humano La humanidad sin Dios. Ya pasarán los siglos De la tremenda prueba; ¡Ya nacerás, luz nueva De la futura edad! Ya huiréis ¡negros vestiglos De los antiguos días! Ya volverás ¡Mesías! En gloria y majestad.

DOÑA GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA

_86. Amor y orgullo_

Un tiempo hollaba por alfombra rosas; Y nobles vates, de mentidas diosas Prodigábanme nombres; Mas yo, altanera, con orgullo vano, Cual águila real al vil gusano Contemplaba a los hombres. Mi pensamiento --en temerario vuelo-- Ardiente osaba demandar al cielo Objeto a mis amores: Y si a la tierra con desdén volvía Triste mirada, mi soberbia impía Marchitaba sus flores. Tal vez por un momento caprichosa Entre ellas revolé, cual mariposa, Sin fijarme en ninguna; Pues de místico bien siempre anhelante, Clamaba en vano, como tierno infante Quiere abrazar la luna. Hoy, despeñada de la excelsa cumbre, Do osé mirar del sol la ardiente lumbre Que fascinó mis ojos, Cual hoja seca al raudo torbellino, Cedo al poder del áspero destino... ¡Me entrego a sus antojos! Cobarde corazón, que el nudo estrecho Gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho Tu presunción altiva? ¿Qué mágico poder, en tal bajeza Trocando ya tu indómita fiereza, De libertad te priva? ¡Mísero esclavo de tirano dueño; Tu gloria fue cual mentiroso sueño, Que con las sombras huye! Di ¿qué se hicieron ilusiones tantas De necia vanidad, débiles plantas Que el aquilón destruye? En hora infausta a mi feliz reposo, ¿No dijiste, soberbio y orgulloso: --Quién domará mi brío? ¡Con mi solo poder haré, si quiero, Mudar de rumbo al céfiro ligero Y arder al mármol frío!-- ¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano! Te gritó la razón... Mas ¡cuán en vano Te advirtió tu locura! Tú misma te forjaste la cadena, Que a servidumbre eterna te condena, Y a duelo y amargura. Los lazos caprichosos que otros días --Por pasatiempo-- a tu placer tejías, Fueron de seda y oro: Los que hora rinden tu valor primero Son eslabones de pesado acero, Templados con tu lloro. ¿Qué esperaste ¡ay de ti! de un pecho helado, De inmenso orgullo y presunción hinchado, De víboras nutrido? Tú --que anhelabas tan sublime objeto-- ¿Cómo al capricho de un mortal sujeto Te arrastras abatido? ¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos, Que por flores tomé duros abrojos Y por oro la arcilla?... ¡Del torpe engaño mis rivales ríen, Y mis amantes ¡ay! tal vez se engríen Del yugo que me humilla! ¿Y tú lo sufres, corazón cobarde? ¿Y de tu servidumbre haciendo alarde, Quieres ver en mi frente El sello del amor que te devora?... ¡Ah! velo, pues, y búrlese en buen hora De mi baldón la gente. ¡Salga del pecho --requemando el labio-- El caro nombre, de mi orgullo agravio, De mi dolor sustento! ¿Escrito no le ves en las estrellas Y en la luna apacible, que con ellas Alumbra el firmamento? ¿No le oyes, de las auras al murmullo? ¿No le pronuncia --en gemidor arrullo-- La tórtola amorosa? ¿No resuena en los árboles, que el viento Halaga con pausado movimiento En esa selva hojosa? De aquella fuente entre las claras linfas, ¿No le articulan invisibles ninfas Con eco lisonjero?... ¿Por qué callar el nombre que te inflama, Si aun el silencio tiene voz, que aclama Ese nombre que quiero? Nombre que un alma lleva por despojo; Nombre que excita con placer enojo, Y con ira ternura; Nombre más dulce que el primer cariño De joven madre al inocente niño, Copia de su hermosura: Y más amargo que el adiós postrero Que al suelo damos, donde el sol primero Alumbró nuestra vida. Nombre que halaga y halagando mata; Nombre que hiere --como sierpe ingrata-- Al pecho que le anida. ¡No, no lo envíes, corazón, al labio!... ¡Guarda tu mengua con silencio sabio! ¡Guarda, guarda tu mengua! ¡Callad también vosotras, auras, fuente, Trémulas hojas, tórtola doliente, Como calla mi lengua!

DON EULOGIO FLORENTINO SANZ

_87. Epístola a Pedro_

Quiero que sepas, aunque bien lo sabes, Que a orillas del Spree (ya que del río Se hace mención en circunstancias graves) Mora un semi-alemán, muy señor mío, Que entre los rudos témpanos del Norte Recuerda la amistad y olvida el frío. Lejos de mi Madrid, la villa y corte, Ni de ella falto yo porque esté lejos, Ni hay una piedra allí que no me importe; Pues sueña con la patria, a los reflejos De su distante sol, el desterrado, Como con su niñez sueñan los viejos. Ver quisiera un momento, y a tu lado, Cuál por ese aire azul nuestra Cibeles En carroza triunfal rompe hacia el Prado... ¿Ríes?... Juzga el volar cuando no vueles... ¡Átomo harás del mundo que poseas Y mundo harás del átomo que anheles! Al sentir _coram vulgo_ no te creas... Al pensar _coram vulgo_, no te olvides De compulsar a solas tus ideas. Como dejes la España en que resides, Donde quiera que estés, ya echarás menos Esa patria de Dolfos y de Cides; Que obeliscos y pórticos ajenos Nunca valdrán los patrios palomares Con las memorias de la infancia llenos. Por eso, aunque dan son a mis cantares Elba, Danubio y Rin, yo los olvido Recordando a mi pobre Manzanares. ¡Allí mi juventud!... ¡ay! ¿quién no ha oído Desde cualquier región, ecos de aquella Donde niñez y juventud han sido? Hoy mi vida de ayer, pálida o bella, Múltiple se repite en mis memorias, Como en lágrimas mil única estrella... Que quedan en el alma las historias De dolor o placer, y allí se hacinan, Del fundido metal muertas escorias. Y, aunque ya no calientan ni iluminan, Si al soplo de un suspiro se estremecen, ¡Aún consuelan el alma!... ¡o la asesinan! _Cuando al partir del sol las sombras crecen_, Y, entre sombras y sol, tibios instantes En torno del horario se adormecen; El dolor y el placer, férvidos antes, Se pierden ya en el alma indefinidos, A la luz y a la sombra semejantes. Y en esta languidez de los sentidos, Crepúsculo moral en que indolente Se arrulla el corazón con sus latidos, Pláceme contemplar indiferente Cuál del dormido Spree sobre la espalda Y en lúbrico chapín sesga la gente. O recordar el toldo de esmeralda Que antes bordó el Abril en donde ahora Nieve septentrional tiende su falda: Mientras la luz del Héspero incolora Baña el campo sin fin, que el Norte rudo Salpicó de brillantes a la aurora.

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