Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana

Part 13

Chapter 133,350 wordsPublic domain

¿Qué se hicieron las auras deliciosas Que henchidas de perfume se perdían Entre los lirios y las frescas rosas Que el huerto ameno en derredor ceñían? Las brisas del otoño revoltosas En rápido tropel las impelían, Y ahogaron la estación de los amores Entre las hojas de sus yertas flores. Hoy al fuego de un tronco nos sentamos En torno de la antigua chimenea, Y acaso la ancha sombra recordamos De aquel tizón que a nuestros pies humea. Y hora tras hora tristes esperamos Que pase la estación adusta y fea, En pereza febril adormecidos Y en las propias memorias embebidos. En vano a los placeres avarientos Nos lanzamos do quier, y orgías sonoras Estremecen los ricos aposentos Y fantásticas danzas tentadoras; Porque antes y después caminan lentos Los turbios días y las lentas horas, Sin que alguna ilusión de breve instante Del alma el sueño fugitiva encante. Pero yo, que he pasado entre ilusiones, Sueños de oro y de luz, mi dulce vida, No os dejaré dormir en los salones Donde al placer la soledad convida; Ni esperar, revolviendo los tizones, Al yerto amigo o la falaz querida, Sin que más esperanza os alimente Que ir contando las horas tristemente. Los que vivís de alcázares señores, Venid, yo halagaré vuestra pereza; Niñas hermosas que morís de amores, Venid, yo encantaré vuestra belleza; Viejos que idolatráis vuestros mayores, Venid, yo os contaré vuestra grandeza; Venid a oír en dulces armonías Las sabrosas historias de otros días. Yo soy el Trovador que vaga errante: Si son de vuestro parque estos linderos, No me dejéis pasar, mandad que cante; Que yo sé de los bravos caballeros La dama ingrata y la cautiva amante, La cita oculta y los combates fieros Con que a cabo llevaron sus empresas Por hermosas esclavas y princesas. Venid a mí, yo canto los amores; Yo soy el trovador de los festines; Yo ciño el arpa con vistosas flores, Guirnalda que recojo en mil jardines; Yo tengo el tulipán de cien colores Que adoran de Estambul en los confines, Y el lirio azul incógnito y campestre Que nace y muere en el peñón silvestre. ¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora! ¡Baja a mi mente, inspiración cristiana, Y enciende en mí la llama creadora Que del aliento del Querub emana! ¡Lejos de mí la historia tentadora De ajena tierra y religión profana! Mi voz, mi corazón, mi fantasía La gloria cantan de la patria mía. Venid, yo no hollaré con mis cantares Del pueblo en que he nacido la creencia, Respetaré su ley y sus altares; En su desgracia a par que en su opulencia Celebraré su fuerza o sus azares, Y, fiel ministro de la gaya ciencia, Levantaré mi voz consoladora Sobre las ruinas en que España llora. ¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias, Grande, opulenta y vencedora un día, Sembrada de recuerdos y de historias, Y hollada asaz por la fortuna impía! Yo cantaré tus olvidadas glorias; Que en alas de la ardiente poesía No aspiro a más laurel ni a más hazaña Que a una sonrisa de mi dulce España.

_80. A buen juez mejor testigo_

_Tradición de Toledo_

I

Entre pardos nubarrones Pasando la blanca luna, Con resplandor fugitivo, La baja tierra no alumbra. La brisa con frescas alas Juguetona no murmura, Y las veletas no giran Entre la cruz y la cúpula. Tal vez un pálido rayo La opaca atmósfera cruza, Y unas en otras las sombras Confundidas se dibujan. Las almenas de las torres Un momento se columbran, Como lanzas de soldados Apostados en la altura. Reverberan los cristales La trémula llama turbia, Y un instante entre las rocas Riela la fuente oculta. Los álamos de la vega Parecen en la espesura De fantasmas apiñados Medrosa y gigante turba; Y alguna vez desprendida Gotea pesada lluvia, Que no despierta a quien duerme, Ni a quien medita importuna. Yace Toledo en el sueño Entre las sombras confusa, Y el Tajo a sus pies pasando Con pardas ondas lo arrulla. El monótono murmullo Sonar perdido se escucha, Cual si por las hondas calles Hirviera del mar la espuma. ¡Qué dulce es dormir en calma Cuando a lo lejos susurran Los álamos que se mecen, Las aguas que se derrumban! Se sueñan bellos fantasmas Que el sueño del triste endulzan, Y en tanto que sueña el triste, No le aqueja su amargura. Tan en calma y tan sombría Como la noche que enluta La esquina en que desemboca Una callejuela oculta, Se ve de un hombre que aguarda La vigilante figura, Y tan a la sombra vela Que entre las sombras se ofusca. Frente por frente a sus ojos Un balcón a poca altura Deja escapar por los vidrios La luz que dentro le alumbra; Mas ni en el claro aposento, Ni en la callejuela oscura El silencio de la noche Rumor sospechoso turba. Pasó así tan largo tiempo, Que pudiera haberse duda De si es hombre, o solamente Mentida ilusión nocturna; Pero es hombre, y bien se ve, Porque con planta segura Ganando el centro a la calle Resuelto y audaz pregunta: --¿Quién va? --y a corta distancia El igual compás se escucha De un caballo que sacude Las sonoras herraduras. ¿Quién va? repite, y cercana Otra voz menos robusta Responde: --Un hidalgo ¡calle!-- Y el paso el bulto apresura. --Téngase el hidalgo --el hombre Replica, y la espada empuña. --Ved más bien si me haréis calle (Repitieron con mesura) Que hasta hoy a nadie se tuvo Iván de Vargas y Acuña. --Pase el Acuña y perdone-- Dijo el mozo en faz de fuga, Pues teniéndose el embozo Sopla un silbato, y se oculta. Paró el jinete a una puerta, Y con precaución difusa Salió una niña al balcón Que llama interior alumbra. --¡Mi padre! --clamó en voz baja Y el viejo en la cerradura Metió la llave pidiendo A sus gentes que le acudan. Un negro por ambas bridas Tomó la cabalgadura, Cerrose detrás la puerta Y quedó la calle muda. En esto desde el balcón, Como quien tal acostumbra, Un mancebo por las rejas De la calle se asegura. Asió el brazo al que apostado Hizo cara a Iván de Acuña, Y huyeron, en el embozo Velando la catadura.

II

Clara, apacible y serena Pasa la siguiente tarde, Y el sol tocando su ocaso Apaga su luz gigante: Se ve la imperial Toledo Dorada por los remates, Como una ciudad de grana Coronada de cristales. El Tajo por entre rocas Sus anchos cimientos lame, Dibujando en las arenas Las ondas con que las bate. Y la ciudad se retrata En las ondas desiguales, Como en prendas de que el río Tan afanoso la bañe. A lo lejos en la vega Tiende galán por sus márgenes, De sus álamos y huertos El pintoresco ropaje, Y porque su altiva gala Más a los ojos halague, La salpica con escombros De castillos y de alcázares. Un recuerdo es cada piedra Que toda una historia vale, Cada colina un secreto De príncipes o galanes. Aquí se bañó la hermosa Por quien dejó un rey culpable Amor, fama, reino y vida En manos de musulmanes. Allí recibió Galiana A su receloso amante En esa cuesta que entonces Era un plantel de azahares. Allá por aquella torre, Que hicieron puerta los árabes, Subió el Cid sobre Babieca Con su gente y su estandarte. Más lejos se ve el castillo De San Servando, o Cervantes, Donde nada se hizo nunca Y nada al presente se hace. A este lado está la almena Por do sacó vigilante El conde Don Peranzules Al rey, que supo una tarde Fingir tan tenaz modorra, Que, político y constante, Tuvo siempre el brazo quedo Las palmas al horadarle. Allí está el circo romano, Gran cifra de un pueblo grande, Y aquí la antigua Basílica De bizantinos pilares, Que oyó en el primer concilio Las palabras de los Padres Que velaron por la Iglesia Perseguida o vacilante. La sombra en este momento Tiende sus turbios cendales Por todas esas memorias De las pasadas edades, Y del Cambrón y Visagra Los caminos desiguales, Camino a los toledanos Hacia las murallas abren. Los labradores se acercan Al fuego de sus hogares, Cargados con sus aperos, Cansados de sus afanes. Los ricos y sedentarios Se tornan con paso grave, Calado el ancho sombrero, Abrochados los gabanes; Y los clérigos y monjes Y los prelados y abades Sacudiendo el leve polvo De capelos y sayales. Quédase solo un mancebo De impetuosos ademanes, Que se pasea ocultando Entre la capa el semblante. Los que pasan le contemplan Con decisión de evitarle, Y él contempla a los que pasan Como si a alguien aguardase. Los tímidos aceleran Los pasos al divisarle, Cual temiendo de seguro Que les proponga un combate; Y los valientes le miran Cual si sintieran dejarle Sin que libres sus estoques En riña sonora dancen. Una mujer también sola Se viene el llano adelante, La luz del rostro escondida En tocas y tafetanes. Mas en lo leve del paso, Y en lo flexible del talle, Puede a través de los velos Una hermosa adivinarse. Vase derecha al que aguarda, Y él al encuentro la sale Diciendo... cuanto se dicen En las citas los amantes. Mas ella, galanterías Dejando severa aparte, Así al mancebo interrumpe En voz decisiva y grave:

--Abreviemos de razones, Diego Martínez; mi padre, Que un hombre ha entrado en su ausencia Dentro mi aposento sabe: Y así quien mancha mi honra Con la suya me la lave; O dadme mano de esposo, O libre de vos dejadme.-- Mirola Diego Martínez Atentamente un instante, Y echando a un lado el embozo, Repuso palabras tales: --Dentro de un mes, Inés mía, Parto a la guerra de Flandes; Al año estaré de vuelta Y contigo en los altares. Honra que yo te desluzca, Con honra mía se lave; Que por honra vuelven honra Hidalgos que en honra nacen. --Júralo --exclamó la niña. --Más que mi palabra vale No te valdrá un juramento. --Diego, la palabra es aire. --¡Vive Dios que estás tenaz! Dalo por jurado y baste. --No me basta; que olvidar Puedes la palabra en Flandes. --¡Voto a Dios! ¿qué más pretendes? --Que a los pies de aquella imagen Lo jures como cristiano Del santo Cristo delante.-- Vaciló un punto Martínez, Mas porfiando que jurase, Llevole Inés hacia el templo Que en medio la vega yace. Enclavado en un madero, En duro y postrero trance, Ceñida la sien de espinas, Descolorido el semblante, Víase allí un crucifijo Teñido de negra sangre, A quien Toledo devota Acude hoy en sus azares. Ante sus plantas divinas Llegaron ambos amantes, Y haciendo Inés que Martínez Los sagrados pies tocase, Preguntole: --Diego, ¿juras A tu vuelta desposarme? Contestó al mozo: --¡Sí juro! Y ambos del templo se salen.

III

Pasó un día y otro día, Un mes y otro mes pasó, Y un año pasado había, Mas de Flandes no volvía Diego, que a Flandes partió. Lloraba la bella Inés Su vuelta aguardando en vano, Oraba un mes y otro mes Del crucifijo a los pies Do puso el galán su mano. Todas las tardes venía Después de traspuesto el sol, Y a Dios llorando pedía La vuelta del español, Y el español no volvía. Y siempre al anochecer, Sin dueña y sin escudero, En un manto una mujer El campo salía a ver Al alto del _Miradero_. ¡Ay del triste que consume Su existencia en esperar! ¡Ay del triste que presume Que el duelo con que él se abrume Al ausente ha de pesar! La esperanza es de los cielos Precioso y funesto don, Pues los amantes desvelos Cambian la esperanza en celos, Que abrasan el corazón. Si es cierto lo que se espera, Es un consuelo en verdad; Pero siendo una quimera, En tan frágil realidad Quien espera desespera. Así Inés desesperaba Sin acabar de esperar, Y su tez se marchitaba, Y su llanto se secaba Para volver a brotar. En vano a su confesor Pidió remedio o consejo Para aliviar su dolor; Que mal se cura el amor Con las palabras de un viejo. En vano a Iván acudía, Llorosa y desconsolada; El padre no respondía; Que la lengua le tenía Su propia deshonra atada. Y ambos maldicen su estrella, Callando el padre severo Y suspirando la bella, Porque nació mujer ella, Y el viejo nació altanero. Dos años al fin pasaron En esperar y gemir, Y las guerras acabaron, Y los de Flandes tornaron A sus tierras a vivir. Pasó un día y otro día, Un mes y otro mes pasó, Y el tercer año corría; Diego a Flandes se partió, Mas de Flandes no volvía. Era una tarde serena, Doraba el sol de occidente Del Tajo la vega amena, Y apoyada en una almena Miraba Inés la corriente. Iban las tranquilas olas Las riberas azotando Bajo las murallas solas, Musgo, espigas y amapolas Ligeramente doblando. Algún olmo que escondido Creció entre la yerba blanda, Sobre las aguas tendido Se reflejaba perdido En su cristalina banda. Y algún ruiseñor colgado Entre su fresca espesura Daba al aire embalsamado Su cántico regalado Desde la enramada oscura. Y algún pez con cien colores, Tornasolada la escama, Saltaba a besar las flores, Que exhalan gratos olores A las puntas de una rama. Y allá en el trémulo fondo El torreón se dibuja Como el contorno redondo Del hueco sombrío y hondo Que habita nocturna bruja. Así la niña lloraba El rigor de su fortuna, Y así la tarde pasaba Y al horizonte trepaba La consoladora luna. A lo lejos por el llano En confuso remolino Vio de hombres tropel lejano Que en pardo polvo liviano Dejan envuelto el camino. Bajó Inés del torreón, Y llegando recelosa A las puertas del Cambrón, Sintió latir zozobrosa Más inquieto el corazón. Tan galán como altanero Dejó ver la escasa luz Por bajo el arco primero Un hidalgo caballero En un caballo andaluz. Jubón negro acuchillado, Banda azul, lazo en la hombrera, Y sin pluma al diestro lado El sombrero derribado Tocando con la gorguera. Bombacho gris guarnecido, Bota de ante, espuela de oro, Hierro al cinto suspendido, Y a una cadena prendido Agudo cuchillo moro. Vienen tras este jinete Sobre potros jerezanos De lanceros hasta siete, Y en adarga y coselete Diez peones castellanos. Asiose a su estribo Inés Gritando: --¡Diego, eres tú!-- Y él viéndola de través Dijo: --¡Voto a Belcebú, Que no me acuerdo quién es!-- Dio la triste un alarido Tal respuesta al escuchar, Y a poco perdió el sentido, Sin que más voz ni gemido Volviera en tierra a exhalar. Frunciendo ambas a dos cejas Encomendola a su gente, Diciendo: --¡Malditas viejas Que a las mozas malamente Enloquecen con consejas!-- Y aplicando el capitán A su potro las espuelas El rostro a Toledo dan, Y a trote cruzando van Las oscuras callejuelas.

IV

Así por sus altos fines Dispone y permite el cielo Que puedan mudar al hombre Fortuna, poder y tiempo. A Flandes partió Martínez De soldado aventurero, Y por su suerte y hazañas Allí capitán le hicieron. Según alzaba en honores Alzábase en pensamientos, Y tanto ayudó en la guerra Con su valor y altos hechos, Que el mismo rey a su vuelta Le armó en Madrid caballero, Tomándole a su servicio Por capitán de Lanceros. Y otro no fue que Martínez Quien ha poco entró en Toledo, Tan orgulloso y ufano Cual salió humilde y pequeño. Ni es otro a quien se dirige, Cobrado el conocimiento, La amorosa Inés de Vargas, Que vive por él muriendo. Mas él, que olvidando todo Olvidó su nombre mesmo, Puesto que Diego Martínez Es el capitán Don Diego, Ni se ablanda a sus caricias, Ni cura de sus lamentos; Diciendo que son locuras De gentes de poco seso; Que ni él prometió casarse Ni pensó jamás en ello. ¡Tanto mudan a los hombres Fortuna, poder y tiempo! En vano porfiaba Inés Con amenazas y ruegos; Cuanto más ella importuna Está Martínez severo. Abrazada a sus rodillas Enmarañado el cabello, La hermosa niña lloraba Prosternada por el suelo. Mas todo empeño es inútil, Porque el capitán Don Diego No ha de ser Diego Martínez Como lo era en otro tiempo. Y así llamando a su gente, De amor y piedad ajeno, Mandoles que a Inés llevaran De grado o de valimiento. Mas ella antes que la asieran, Cesando un punto en su duelo, Así habló, el rostro lloroso Hacia Martínez volviendo: --Contigo se fue mi honra, Conmigo tu juramento; Pues buenas prendas son ambas, En buen fiel las pesaremos.-- Y la faz descolorida En la mantilla envolviendo A pasos desatentados Saliose del aposento.

V

Era entonces de Toledo Por el rey gobernador El justiciero y valiente Don Pedro Ruiz de Alarcón. Muchos años por su patria El buen viejo peleó; Cercenado tiene un brazo, Mas entero el corazón. La mesa tiene delante, Los jueces en derredor, Los corchetes a la puerta Y en la derecha el bastón. Está, como presidente Del tribunal superior, Entre un dosel y una alfombra Reclinado en un sillón Escuchando con paciencia La casi asmática voz Con que un tétrico escribano Solfea una apelación. Los asistentes bostezan Al murmullo arrullador, Los jueces medio dormidos Hacen pliegues al ropón, Los escribanos repasan Sus pergaminos al sol, Los corchetes a una moza Guiñan en un corredor, Y abajo en Zocodover Gritan en discorde son Los que en el mercado venden Lo vendido y el valor. Una mujer en tal punto, En faz de grande aflicción, Rojos de llorar los ojos, Ronca de gemir la voz, Suelto el cabello y el manto, Tomó plaza en el salón Diciendo a gritos: --¡Justicia, Jueces, justicia, señor!-- Y a los pies se arroja humilde De Don Pedro de Alarcón, En tanto que los curiosos Se agitan al rededor. Alzola cortés Don Pedro Calmando la confusión Y el tumultuoso murmullo Que esta escena ocasionó, Diciendo: --Mujer, ¿qué quieres? --Quiero justicia, señor. --¿De qué? --De una prenda hurtada. --¿Qué prenda? --Mi corazón. --¿Tú le diste? --Le presté. --¿Y no te le han vuelto? --No. --¿Tienes testigos? --Ninguno. --¿Y promesa? --¡Sí, por Dios! Que al partirse de Toledo Un juramento empeñó. --¿Quién es él? --Diego Martínez. --¿Noble? --Y capitán, señor. --Presentadme al capitán, Que cumplirá si juró.-- Quedó en silencio la sala, Y a poco en el corredor Se oyó de botas y espuelas El acompasado son. Un portero, levantando El tapiz, en alta voz Dijo: --El capitán Don Diego.-- Y entró luego en el salón Diego Martínez, los ojos Llenos de orgullo y furor. --¿Sois el capitán Don Diego, Díjole Don Pedro, vos?-- Contestó altivo y sereno Diego Martínez: --Yo soy. --¿Conocéis a esta muchacha? --Ha tres años, salvo error. --¿Hicísteisla juramento De ser su marido? --No. --¿Juráis no haberlo jurado? --Sí juro. --Pues id con Dios. --¡Miente! --clamó Inés llorando De despecho y de rubor. --Mujer, ¡piensa lo que dices!... --Digo que miente, juró. --¿Tienes testigos? --Ninguno. --Capitán, idos con Dios, Y dispensad que acusado Dudara de vuestro honor.-- Tornó Martínez la espalda Con brusca satisfacción, E Inés, que le vio partirse, Resuelta y firme gritó: --Llamadle, tengo un testigo. Llamadle otra vez, señor.-- Volvió el capitán Don Diego, Sentose Ruiz de Alarcón, La multitud aquietose Y la de Vargas siguió: --Tengo un testigo a quien nunca Faltó verdad ni razón. --¿Quién? --Un hombre que de lejos Nuestras palabras oyó, Mirándonos desde arriba. --¿Estaba en algún balcón? --No, que estaba en un suplicio Donde ha tiempo que expiró. --¿Luego es muerto? --No, que vive. --Estáis loca, ¡vive Dios! ¿Quién fue? --El CRISTO de la Vega, A cuya faz perjuró.-- Pusiéronse en pie los jueces Al nombre del Redentor, Escuchando con asombro Tan excelsa apelación. Reinó un profundo silencio De sorpresa y de pavor, Y Diego bajó los ojos De vergüenza y confusión. Un instante con los jueces Don Pedro en secreto habló, Y levantose diciendo Con respetuosa voz: --La ley es ley para todos, Tu testigo es el mejor, Mas para tales testigos No hay más tribunal que Dios. Haremos... lo que sepamos; Escribano, al caer el sol Al CRISTO que está en la Vega Tomaréis declaración.--

VI