Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana
Part 12
Sostenido por sus pajes Desciende de su litera El conde de Benavente Del alcázar a la puerta. Era un viejo respetable, Cuerpo enjuto, cara seca, Con dos ojos como chispas, Cargados de largas cejas, Y con semblante muy noble, Mas de gravedad tan seria Que veneración de lejos Y miedo causa de cerca. Eran su traje unas calzas De púrpura de Valencia, Y de recamado ante Un coleto a la leonesa: De fino lienzo gallego Los puños y la gorguera, Unos y otra guarnecidos Con randas barcelonesas: Un birretón de velludo Con su cintillo de perlas, Y el gabán de paño verde Con alamares de seda. Tan solo de Calatrava La insignia española lleva; Que el Toisón ha despreciado Por ser orden extranjera.
Con paso tardo, aunque firme, Sube por las escaleras, Y al verle, las alabardas Un golpe dan en la tierra. Golpe de honor, y de aviso De que en el alcázar entra Un Grande, a quien se le debe Todo honor y reverencia. Al llegar a la antesala, Los pajes que están en ella Con respeto le saludan Abriendo las anchas puertas. Con grave paso entra el conde Sin que otro aviso preceda, Salones atravesando Hasta la cámara regia.
Pensativo está el Monarca, Discurriendo como pueda Componer aquel disturbio Sin hacer a nadie ofensa. Mucho al de Borbón le debe, Aun mucho más de él espera, Y al de Benavente mucho Considerar le interesa. Dilación no admite el caso, No hay quien dar consejo pueda Y Villalar y Pavía A un tiempo se le recuerdan. En el sillón asentado Y el codo sobre la mesa, Al personaje recibe, Que comedido se acerca. Grave el conde le saluda Con una rodilla en tierra, Mas como Grande del reino Sin descubrir la cabeza. El Emperador benigno Que alce del suelo le ordena, Y la plática difícil Con sagacidad empieza. Y entre severo y afable Al cabo le manifiesta Que es el que a Borbón aloje Voluntad suya resuelta. Con respeto muy profundo, Pero con la voz entera, Respóndele Benavente, Destocando la cabeza: «Soy, señor, vuestro vasallo, Vos sois mi rey en la tierra, A vos ordenar os cumple De mi vida y de mi hacienda. »Vuestro soy, vuestra mi casa, De mí disponed y de ella, Pero no toquéis mi honra Y respetad mi conciencia. »Mi casa Borbón ocupe Puesto que es voluntad vuestra, Contamine sus paredes, Sus blasones envilezca; »Que a mí me sobra en Toledo Donde vivir, sin que tenga Que rozarme con traidores, Cuyo solo aliento infesta. »Y en cuanto él deje mi casa, Antes de tornar yo a ella, Purificaré con fuego Sus paredes y sus puertas.» Dijo el conde, la real mano Besó, cubrió su cabeza, Y retirose bajando A do estaba su litera. Y a casa de un su pariente Mandó que le condujeran, Abandonando la suya Con cuanto dentro se encierra. Quedó absorto Carlos Quinto De ver tan noble firmeza, Estimando la de España Más que la imperial diadema.
ROMANCE CUARTO
Muy pocos días el duque Hizo mansión en Toledo, Del noble conde ocupando Los honrados aposentos. Y la noche en que el palacio Dejó vacío, partiendo, Con su séquito y sus pajes, Orgulloso y satisfecho, Turbó la apacible luna Un vapor blanco y espeso Que de las altas techumbres Se iba elevando y creciendo: A poco rato tornose En humo confuso y denso Que en nubarrones oscuros Ofuscaba el claro cielo; Después en ardientes chispas, Y en un resplandor horrendo Que iluminaba los valles Dando en el Tajo reflejos, Y al fin su furor mostrando En embravecido incendio Que devoraba altas torres Y derrumbaba altos techos. Resonaron las campanas, Conmoviose todo el pueblo, De Benavente el palacio Presa de las llamas viendo. El Emperador confuso Corre a procurar remedio, En atajar tanto daño Mostrando tenaz empeño. En vano todo: tragose Tantas riquezas el fuego, A la lealtad castellana Levantando un monumento. Aun hoy unos viejos muros Del humo y las llamas negros Recuerdan acción tan grande En la famosa Toledo.
DON JOSÉ DE ESPRONCEDA
_76. Himno de la Inmortalidad_
¡Salve, llama creadora del mundo, Lengua ardiente de eterno saber, Puro germen, principio fecundo Que encadenas la muerte a tus pies! Tú la inerte materia espoleas, Tú la ordenas juntarse y vivir, Tú su lodo modelas, y creas Miles seres de formas sin fin. Desbarata tus obras en vano Vencedora la muerte tal vez; De sus restos levanta tu mano Nuevas obras triunfante otra vez. Tú la hoguera del sol alimentas, Tú revistes los cielos de azul, Tú la luna en las sombras argentas, Tú coronas la aurora de luz. Gratos ecos al bosque sombrío, Verde pompa a los árboles das, Melancólica música al río, Ronco grito a las olas del mar. Tú el aroma en las flores exhalas, En los valles suspiras de amor, Tú murmuras del aura en las alas, En el Bóreas retumba tu voz. Tú derramas el oro en la tierra En arroyos de hirviente metal; Tú abrillantas la perla que encierra En su abismo profundo la mar. Tú las cárdenas nubes extiendes, Negro manto que agita Aquilón; Con tu aliento los aires enciendes, Tus rugidos infunden pavor. Tú eres pura simiente de vida, Manantial sempiterno del bien; Luz del mismo Hacedor desprendida, Juventud y hermosura es tu ser. Tú eres fuerza secreta que el mundo En sus ejes impulsa a rodar, Sentimiento armonioso y profundo De los orbes que anima tu faz. De tus obras los siglos que vuelan Incansables artífices son, Del espíritu ardiente cincelan Y embellecen la estrecha prisión. Tú en violento, veloz torbellino Los empujas enérgica, y van; Y adelante en tu raudo camino A otros siglos ordenas llegar. Y otros siglos ansiosos se lanzan, Desparecen y llegan sin fin, Y en su eterno trabajo se alcanzan, Y se arrancan sin tregua el buril. Y afanosos sus fuerzas emplean En tu inmenso taller sin cesar, Y en la tosca materia golpean, Y redobla el trabajo su afán. De la vida en el hondo Oceáno Flota el hombre en perpetuo vaivén, Y derrama abundante tu mano La creadora semilla en su ser. Hombre débil, levanta la frente, Pon tu labio en su eterno raudal; Tú serás como el sol en Oriente, Tú serás como el mundo, inmortal.
_77. Canción del Pirata_
Con diez cañones por banda, Viento en popa a toda vela, No corta el mar, sino vuela Un velero bergantín: Bajel pirata que llaman, Por su bravura, el _Temido_, En todo mar conocido Del uno al otro confín. La luna en el mar riela, En la lona gime el viento, Y alza en blando movimiento Olas de plata y azul; Y ve el capitán pirata, Cantando alegre en la popa, Asia a un lado, al otro Europa, Y allá a su frente Estambul, «Navega, velero mío, Sin temor; Que ni enemigo navío, Ni tormenta, ni bonanza Tu rumbo a torcer alcanza, Ni a sujetar tu valor. »Veinte presas Hemos hecho A despecho Del inglés, Y han rendido Sus pendones Cien naciones A mis pies.» _Que es mi barco mi tesoro,_ _Que es mi Dios la libertad,_ _Mi ley la fuerza y el viento,_ _Mi única patria la mar._
«Allá muevan feroz guerra Ciegos reyes Por un palmo más de tierra: Que yo tengo aquí por mío Cuanto abarca el mar bravío, A quien nadie impuso leyes. »Y no hay playa, Sea cualquiera, Ni bandera De esplendor, Que no sienta Mi derecho, Y dé pecho A mi valor.» _Que es mi barco mi tesoro..._
«A la voz de “¡barco viene!” Es de ver Cómo vira y se previene A todo trapo escapar; Que yo soy el rey del mar, Y mi furia es de temer. »En las presas Yo divido Lo cogido Por igual: Solo quiero Por riqueza La belleza Sin rival.» _Que es mi barco mi tesoro..._
«¡Sentenciado estoy a muerte! Yo me río: No me abandone la suerte Y al mismo que me condena, Colgaré de alguna entena, Quizá en su propio navío. »Y si caigo, ¿Qué es la vida? Por perdida Ya la di, Cuando el yugo Del esclavo, Como un bravo, Sacudí.» _Que es mi barco mi tesoro..._
«Son mi música mejor Aquilones: El estrépito y temblor De los cables sacudidos, Del negro mar los bramidos Y el rugir de mis cañones »Y del trueno Al son violento Y del viento Al rebramar, Yo me duermo Sosegado, Arrullado Por el mar.» _Que es mi barco mi tesoro,_ _Que es mi Dios la libertad,_ _Mi ley la fuerza y el viento,_ _Mi única patria, la mar._
_78. Canto a Teresa_
_Descansa en paz_
Bueno es el mundo, ¡bueno! ¡bueno! ¡bueno! Como de Dios al fin obra maestra, Por todas partes de delicias lleno, De que Dios ama al hombre hermosa muestra. Salga la voz alegre de mi seno A celebrar esta vivienda nuestra; ¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas! ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!
_María_, por D. Miguel de los Santos Álvarez.
¿Por qué volvéis a la memoria mía, Tristes recuerdos del placer perdido, A aumentar la ansiedad y la agonía De este desierto corazón herido? ¡Ay! que de aquellas horas de alegría Le quedó al corazón solo un gemido, Y el llanto que al dolor los ojos niegan Lágrimas son de hiel que el alma anegan.
¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas De juventud, de amor y de ventura, Regaladas de músicas sonoras, Adornadas de luz y de hermosura? Imágenes de oro bullidoras. Sus alas de carmín y nieve pura, Al sol de mi esperanza desplegando, Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.
Gorjeaban los dulces ruiseñores, El sol iluminaba mi alegría, El aura susurraba entre las flores, El bosque mansamente respondía, Las fuentes murmuraban sus amores... ¡Ilusiones que llora el alma mía! ¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído El bullicio del mundo y su ruïdo!
Mi vida entonces, cual guerrera nave Que el puerto deja por la vez primera, Y al soplo de los céfiros suave Orgullosa desplega su bandera, Y al mar dejando que a sus pies alabe Su triunfo en roncos cantos, va velera, Una ola tras otra bramadora Hollando y dividiendo vencedora.
¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente De amor volaba; el sol de la mañana Llevaba yo sobre mi tersa frente, Y el alma pura de su dicha ufana: Dentro de ella el amor, cual rica fuente Que entre frescuras y arboledas mana, Brotaba entonces abundante río De ilusiones y dulce desvarío.
Yo amaba todo: un noble sentimiento Exaltaba mi ánimo, y sentía En mi pecho un secreto movimiento, De grandes hechos generoso guía: La libertad con su inmortal aliento, Santa diosa, mi espíritu encendía, Contino imaginando en mi fe pura Sueños de gloria al mundo y de ventura.
El puñal de Catón, la adusta frente Del noble Bruto, la constancia fiera Y el arrojo de Scévola valiente, La doctrina de Sócrates severa, La voz atronadora y elocuente Del orador de Atenas, la bandera Contra el tirano Macedonio alzando, Y al espantado pueblo arrebatando:
El valor y la fe del caballero, Del trovador el arpa y los cantares, Del gótico castillo el altanero Antiguo torreón, do sus pesares Cantó tal vez con eco lastimero, ¡Ay! arrancada de sus patrios lares, Joven cautiva, al rayo de la luna, Lamentando su ausencia y su fortuna:
El dulce anhelo del amor que aguarda, Tal vez inquieto y con mortal recelo; La forma bella que cruzó gallarda, Allá en la noche, entre medroso velo; La ansiada cita que en llegar se tarda Al impaciente y amoroso anhelo, La mujer y la voz de su dulzura, Que inspira al alma celestial ternura:
A un tiempo mismo en rápida tormenta Mi alma alborotaban de contino, Cual las olas que azota con violenta Cólera impetuoso torbellino: Soñaba al héroe ya, la plebe atenta En mi voz escuchaba su destino; Ya al caballero, al trovador soñaba, Y de gloria y de amores suspiraba.
Hay una voz secreta, un dulce canto, Que el alma solo recogida entiende, Un sentimiento misterioso y santo, Que del barro al espíritu desprende; Agreste, vago y solitario encanto Que en inefable amor el alma enciende, Volando tras la imagen peregrina El corazón de su ilusión divina.
Yo, desterrado en extranjera playa, Con los ojos estático seguía La nave audaz que en argentada raya Volaba al puerto de la patria mía: Yo, cuando en Occidente el sol desmaya, Solo y perdido en la arboleda umbría, Oír pensaba el armonioso acento De una mujer, al suspirar del viento.
¡Una mujer! En el templado rayo De la mágica luna se colora, Del sol poniente al lánguido desmayo Lejos entre las nubes se evapora; Sobre las cumbres que florece Mayo Brilla fugaz al despuntar la aurora, Cruza tal vez por entre el bosque umbrío, Juega en las aguas del sereno río.
¡Una mujer! Deslízase en el cielo Allá en la noche desprendida estrella. Si aroma el aire recogió en el suelo, Es el aroma que le presta ella. Blanca es la nube que en callado vuelo Cruza la esfera, y que su planta huella. Y en la tarde la mar olas le ofrece De plata y de zafir, donde se mece.
Mujer que amor en su ilusión figura, Mujer que nada dice a los sentidos, Ensueño de suavísima ternura, Eco que regaló nuestros oídos; De amor la llama generosa y pura, Los goces dulces del amor cumplidos, Que engalana la rica fantasía, Goces que avaro el corazón ansía:
¡Ay! aquella mujer, tan solo aquella, Tanto delirio a realizar alcanza, Y esa mujer tan cándida y tan bella Es mentida ilusión de la esperanza: Es el alma que vívida destella Su luz al mundo cuando en él se lanza, Y el mundo con su magia y galanura Es espejo no más de su hermosura:
Es el amor que al mismo amor adora, El que creó las Sílfides y Ondinas, La sacra ninfa que bordando mora Debajo de las aguas cristalinas: Es el amor que recordando llora Las arboledas del Edén divinas: Amor de allí arrancado, allí nacido, Que busca en vano aquí su bien perdido.
¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo! ¡Sentimiento purísimo! ¡memoria Acaso triste de un perdido cielo, Quizá esperanza de futura gloria! ¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo! ¡Oh qué mujer, qué imagen ilusoria Tan pura, tan feliz, tan placentera, Brindó el amor a mi ilusión primera!...
¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías, ¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares? ¿Por qué, por qué como en mejores días, No consoláis vosotras mis pesares? ¡Oh! los que no sabéis las agonías De un corazón que penas a millares ¡Ay! desgarraron y que ya no llora, ¡Piedad tened de mi tormento ahora!
¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura De mí, que entre suspiros angustiosos Ahogar me siento en infernal tortura. ¡Retuércese entre nudos dolorosos Mi corazón, gimiendo de amargura! También tu corazón, hecho pavesa, ¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!
¿Quién pensara jamás, Teresa mía, Que fuera eterno manantial de llanto, Tanto inocente amor, tanta alegría, Tantas delicias y delirio tanto? ¿Quién pensara jamás llegase un día En que perdido el celestial encanto Y caída la venda de los ojos, Cuanto diera placer causara enojos?
Aun parece, Teresa, que te veo Aérea como dorada mariposa, Ensueño delicioso del deseo, Sobre tallo gentil temprana rosa, Del amor venturoso devaneo, Angélica, purísima y dichosa, Y oigo tu voz dulcísima, y respiro Tu aliento perfumado en tu suspiro.
Y aun miro aquellos ojos que robaron A los cielos su azul, y las rosadas Tintas sobre la nieve, que envidiaron Las de Mayo serenas alboradas: Y aquellas horas dulces que pasaron Tan breves, ¡ay! como después lloradas, Horas de confianza y de delicias, De abandono y de amor y de caricias.
Que así las horas rápidas pasaban, Y pasaba a la par nuestra ventura; Y nunca nuestras ansias las contaban, Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura. Las horas ¡ay! huyendo nos miraban, Llanto tal vez vertiendo de ternura; Que nuestro amor y juventud veían, Y temblaban las horas que vendrían.
Y llegaron en fin: ¡oh! ¿quién impío ¡Ay! agostó la flor de tu pureza? Tú fuiste un tiempo cristalino río, Manantial de purísima limpieza; Después torrente de color sombrío, Rompiendo entre peñascos y maleza, Y estanque, en fin, de aguas corrompidas, Entre fétido fango detenidas.
¿Cómo caíste despeñado al suelo, Astro de la mañana luminoso? Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo A este valle de lágrimas odioso? Aun cercaba tu frente el blanco velo Del serafín, y en ondas fulguroso Rayos al mundo tu esplendor vertía, Y otro cielo el amor te prometía.
Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído, O mujer nada más y lodo inmundo, Hermoso ser para llorar nacido, O vivir como autómata en el mundo. Sí, que el demonio en el Edén perdido, Abrasara con fuego del profundo La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego La herencia ha sido de sus hijos luego.
Brota en el cielo del amor la fuente, Que a fecundar el universo mana, Y en la tierra su límpida corriente Sus márgenes con flores engalana; Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente Que el agua clara por beber se afana, Lágrimas verterá de duelo eterno, Que su raudal lo envenenó el infierno.
Huid, si no queréis que llegue un día En que enredado en retorcidos lazos El corazón, con bárbara porfía Luchéis por arrancároslo a pedazos: En que al cielo en histérica agonía Frenéticos alcéis entrambos brazos, Para en vuestra impotencia maldecirle, Y escupiros, tal vez, al escupirle.
Los años ¡ay! de la ilusión pasaron, Las dulces esperanzas que trajeron Con sus blancos ensueños se llevaron, Y el porvenir de oscuridad vistieron: Las rosas del amor se marchitaron, Las flores en abrojos convirtieron, Y de afán tanto y tan soñada gloria Solo quedó una tumba, una memoria.
¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento Un pesar tan intenso! Embarga impío Mi quebrantada voz mi sentimiento, Y suspira tu nombre el labio mío: Para allí su carrera el pensamiento, Hiela mi corazón punzante frío, Ante mis ojos la funesta losa, Donde vil polvo tu beldad reposa.
Y tú feliz, que hallastes en la muerte Sombra a que descansar en tu camino, Cuando llegabas, mísera, a perderte Y era llorar tu único destino: Cuando en tu frente la implacable suerte Grababa de los réprobos el sino. Feliz, la muerte te arrancó del suelo, Y otra vez ángel, te volviste al cielo.
Roída de recuerdos de amargura, Árido el corazón, sin ilusiones, La delicada flor de tu hermosura Ajaron del dolor los aquilones: Sola, y envilecida, y sin ventura, Tu corazón secaron las pasiones: Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran, Y hasta el nombre de madre te negaran.
Los ojos escaldados de tu llanto, Tu rostro cadavérico y hundido; Único desahogo en tu quebranto, El histérico ¡ay! de tu gemido: ¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto Envolver tu desdicha en el olvido, Disipar tu dolor y recogerte En su seno de paz? ¡Solo la muerte!
¡Y tan joven, y ya tan desgraciada! Espíritu indomable, alma violenta, En ti, mezquina sociedad, lanzada A romper tus barreras turbulenta. Nave contra las rocas quebrantada, Allá vaga, a merced de la tormenta, En las olas tal vez náufraga tabla, Que solo ya de sus grandezas habla.
Un recuerdo de amor que nunca muere Y está en mi corazón; un lastimero Tierno quejido que en el alma hiere, Eco suave de su amor primero: ¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere, Quedará un rayo en mí, blanco lucero, Que iluminaste con tu luz querida La dorada mañana de mi vida.
Que yo, como una flor que en la mañana Abre su cáliz al naciente día, ¡Ay! al amor abrí tu alma temprana, Y exalté tu inocente fantasía, Yo inocente también ¡oh! cuán ufana Al porvenir mi mente sonreía, Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo Pensé contigo remontarme al cielo!
Y alegre, audaz, ansioso, enamorado, En tus brazos en lánguido abandono, De glorias y deleites rodeado Levantar para ti soñé yo un trono: Y allí, tú venturosa y yo a tu lado, Vencer del mundo el implacable encono, Y en un tiempo, sin horas ni medida, Ver como un sueño resbalar la vida.
¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos Áridos ni una lágrima brotaban; Cuando ya su color tus labios rojos En cárdenos matices se cambiaban; Cuando de tu dolor tristes despojos La vida y su ilusión te abandonaban, Y consumía lenta calentura Tu corazón al par de tu amargura;
Si en tu penosa y última agonía Volviste a lo pasado el pensamiento; Si comparaste a tu existencia un día Tu triste soledad y tu aislamiento; Si arrojó a tu dolor tu fantasía Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento A otra mujer tal vez acariciando, Madre tal vez a otra mujer llamando;
Si el cuadro de tus breves glorias viste Pasar como fantástica quimera, Y si la voz de tu conciencia oíste Dentro de ti gritándote severa; Sí, en fin, entonces tú llorar quisiste Y no brotó una lágrima siquiera Tu seco corazón, y a Dios llamaste, Y no te escuchó Dios, y blasfemaste.
¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo! ¡Espantosa expiación de tu pecado! Sobre un lecho de espinas, maldiciendo, Morir, ¡el corazón desesperado! Tus mismas manos de dolor mordiendo, Presente a tu conciencia lo pasado, Buscando en vano, con los ojos fijos, Y extendiendo tus brazos a tus hijos.
¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel!... ¡Ay! yo entre tanto Dentro del pecho mi dolor oculto, Enjugo de mis párpados el llanto Y doy al mundo el exigido culto: Yo escondo con vergüenza mi quebranto, Mi propia pena con mi risa insulto, Y me divierto en arrancar del pecho Mi mismo corazón pedazos hecho.
Gocemos, sí; la cristalina esfera Gira bañada en luz: ¡bella es la vida! ¿Quién a parar alcanza la carrera Del mundo hermoso que al placer convida? Brilla radiante el sol, la primavera Los campos pinta en la estación florida: Truéquese en risa mi dolor profundo... Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?
DON JOSÉ ZORRILLA
_79. Introducción a los «Cantos del Trovador»_