Las cien mejores poesías (líricas) de la lengua castellana
Part 11
Mas ¡oh! si cual no cede El tuyo, fértil zona, a suelo alguno, Y como de natura esmero ha sido, De tu indolente habitador lo fuera. ¡Oh! Si al falaz ruïdo La dicha al fin supiese verdadera Anteponer, que del umbral le llama Del labrador sencillo, Lejos del necio y vano Fausto, el mentido brillo, El ocio pestilente ciudadano. ¿Por qué ilusión funesta Aquellos que fortuna hizo señores De tan dichosa tierra y pingüe y varia, Al cuidado abandonan Y a la fe mercenaria Las patrias heredades, Y en el ciego tumulto se aprisionan De míseras ciudades, Do la ambición proterva Sopla la llama de civiles bandos, O al patriotismo la desidia enerva; Do el lujo las costumbres atosiga, Y combaten los vicios La incauta edad en poderosa liga? No allí con varoniles ejercicios Se endurece el mancebo a la fatiga; Mas la salud estraga en el abrazo De pérfida hermosura, Que pone en almoneda los favores; Mas pasatiempo estima Prender aleve en casto seno el fuego De ilícitos amores; O embebecido le hallará la aurora En mesa infame de ruinoso juego. En tanto a la lisonja seductora Del asiduo amador fácil oído Da la consorte: crece En la materna escuela De la disipación y el galanteo La tierna virgen, y al delito espuela Es antes el ejemplo que el deseo. ¿Y será que se formen de este modo Los ánimos heroicos denodados Que fundan y sustentan los Estados? ¿De la algazara del festín beodo, O de los coros de liviana danza, La dura juventud saldrá, modesta, Orgullo de la patria y esperanza? ¿Sabrá con firme pulso De la severa ley regir el freno, Brillar en torno aceros homicidas En la dudosa lid verá sereno, O animoso hará frente al genio altivo Del engreído mando en la tribuna, Aquel que ya en la cuna Durmió al arrullo del cantar lascivo, Que riza el pelo, y se unge y se atavía Con femenil esmero, Y en indolente ociosidad el día, O en criminal lujuria pasa entero? No así trató la triunfadora Roma Las artes de la paz y de la guerra; Antes fio las riendas del Estado A la mano robusta Que tostó el sol y encalleció el arado: Y bajo el techo humoso campesino Los hijos educó, que el conjurado Mundo allanaron al valor latino.
¡Oh! ¡Los que afortunados poseedores Habéis nacido de la tierra hermosa En que reseña hacer de sus favores, Como para ganaros y atraeros, Quiso naturaleza bondadosa, Romped el duro encanto Que os tiene entre murallas prisioneros! El vulgo de las artes laborioso, El mercader que, necesario al lujo, Al lujo necesita, Los que anhelando van tras el señuelo Del alto cargo y del honor ruidoso, La grey de aduladores parasita, Gustosos pueblen ese infecto caos; El campo es vuestra herencia: en él gozaos. ¿Amáis la libertad? El campo habita: No allá donde el magnate Entre armados satélites se mueve, Y de la moda, universal señora, Va la razón al triunfal carro atada, Y a la fortuna la insensata plebe, Y el noble al aura popular adora. ¿O la virtud amáis? ¡Ah! ¡Que el retiro, La solitaria calma En que, juez de sí misma, pasa el alma A las acciones muestra, Es de la vida la mejor maestra! ¿Buscáis durables goces, Felicidad, cuanta es al hombre dada Y a su terreno asiento, en que vecina Está la risa al llanto, y siempre ¡ah! siempre, Donde halaga la flor, punza la espina? Id a gozar la suerte campesina; La regalada paz, que ni rencores, Al labrador, ni envidias acibaran; La cama que mullida le preparan El contento, el trabajo, el aire puro; Y el sabor de los fáciles manjares, Que dispendiosa gula no le aceda; Y el asilo seguro De sus patrios hogares Que a la salud y al regocijo hospeda. El aura respirad de la montaña, Que vuelve al cuerpo laso El perdido vigor, que a la enojosa Vejez retarda el paso, Y el rostro a la beldad tiñe de rosa. ¿Es allí menos blanda por ventura De amor la llama, que templó el recato? ¿O menos aficiona la hermosura Que de extranjero ornato Y afeites impostores no se cura? ¿O el corazón escucha indiferente El lenguaje inocente Que los afectos sin disfraz expresa Y a la intención ajusta la promesa? No del espejo al importuno ensayo La risa se compone, el paso, el gesto; No falta allí carmín al rostro honesto Que la modestia y la salud colora, Ni la mirada que lanzó al soslayo Tímido amor, la senda al alma ignora. ¿Esperaréis que forme Más venturosos lazos himeneo, Do el interés barata, Tirano del deseo, Ajena mano y fe por nombre o plata, Que do conforme gusto, edad conforme, Y elección libre, y mutuo ardor los ata?
Allí también deberes Hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas Heridas de la guerra: el fértil suelo, Áspero ahora y bravo, Al desacostumbrado yugo torne Del arte humana y le tribute esclavo. Del obstruido estanque y del molino Recuerden ya las aguas el camino: El intrincado bosque el hacha rompa, Consuma el fuego: abrid en luengas calles La obscuridad de su infructuosa pompa. Abrigo den los valles A la sedienta caña; La manzana y la pera En la fresca montaña El cielo olviden de su madre España; Adorne la ladera El cafetal; ampare A la tierna teobroma en la ribera La sombra maternal de su bucare: Aquí el vergel, allá la huerta ría... ¿Es ciego error de ilusa fantasía? Ya dócil a tu voz, agricultura, Nodriza de las gentes, la caterva Servil armada va de corvas hoces; Mírola ya que invade la espesura De la floresta opaca; oigo las voces; Siento el rumor confuso, el hierro suena; Los golpes el lejano Eco redobla; gime el ceibo anciano, Que a numerosa tropa Largo tiempo fatiga: Batido de cien hachas se estremece, Estalla al fin, y rinde el ancha copa. Huyó la fiera; deja el caro nido, Deja la prole implume El ave, y otro bosque no sabido De los humanos, va a buscar doliente... ¿Qué miro? Alto torrente De sonorosa llama Corre, y sobre las áridas ruinas De la postrada selva se derrama. El raudo incendio a gran distancia brama, Y el humo en negro remolino sube, Aglomerando nube sobre nube. Ya de lo que antes era Verdor hermoso y fresca lozanía, Solo difuntos troncos, Solo cenizas quedan, monumento De la dicha mortal, burla del viento. Mas al vulgo bravío De las tupidas plantas montaraces Sucede ya el fructífero plantío En muestra ufana de ordenados haces. Ya ramo a ramo alcanza Y a los rollizos tallos hurta el día: Ya la primera flor desvuelve el seno, Bello a la vista, alegre a la esperanza: A la esperanza, que riendo enjuga Del fatigado agricultor la frente, Y allá a lo lejos el opimo fruto Y la cosecha apañadora pinta, Que lleva de los campos el tributo, Colmado el cesto, y con la falda en cinta: Y bajo el peso de los largos bienes Con que al colono acude, Hace crujir los vastos almacenes.
¡Buen Dios! no en vano sude, Mas a merced y compasión te mueva La gente agricultora Del Ecuador, que del desmayo triste Con renovado aliento vuelve ahora, Y tras tanta zozobra, ansia, tumulto, Tantos años de fiera Devastación y militar insulto, Aun más que tu clemencia antigua implora. Su rústica piedad, pero sincera, Halle a tus ojos gracia: no el risueño Porvenir que las penas le aligera, Cual de dorado sueño Visión falaz, desvanecido llore: Intempestiva lluvia no maltrate El delicado embrión: el diente impío Del insecto roedor no lo devore: Sañudo vendaval no lo arrebate, Ni agote al árbol el materno jugo La calorosa sed de largo estío. Y pues al fin te plugo, Árbitro de la suerte soberano, Que suelto el cuello de extranjero yugo Erguiese al cielo el hombre americano, Bendecida de ti se arraigue y medre Su libertad; en el más hondo encierra De los abismos la malvada guerra, Y el miedo de la espada asoladora Al suspicaz cultivador no arredre Del arte bienhechora, Que las familias nutre y los Estados: La azorada inquietud deje las almas, Deje la triste herrumbre los arados. Asaz de nuestros padres malhadados Expiamos la bárbara conquista. ¿Cuántas doquier la vista No asombran erizadas soledades, Do cultos campos fueron, do ciudades? De muertes, proscripciones, Suplicios, orfandades, ¿Quién contará la pavorosa suma? Saciadas duermen ya de sangre ibera Las sombras de Atahualpa y Moctezuma. ¡Ah! Desde el alto asiento En que escabel te son alados coros Que velan en pasmado acatamiento La faz ante la lumbre de tu frente (Si merece por dicha una mirada Tuya la sin ventura humana gente), El ángel nos envía, El ángel de la paz, que al crudo ibero Haga olvidar la antigua tiranía, Y acatar reverente el que a los hombres Sagrado diste, imprescriptible fuero; Que alargar le haga al injuriado hermano (¡Ensangrentola asaz!) la diestra inerme; Y si la innata mansedumbre duerme, La despierte en el pecho americano. El corazón lozano Que una feliz obscuridad desdeña, Que en el azar sangriento del combate Alborozado late, Y codicioso de poder o fama, Nobles peligros ama; Baldón estime solo y vituperio El prez que de la patria no reciba, La libertad más dulce que el imperio, Y más hermosa que el laurel la oliva. Ciudadano el soldado, Deponga de la guerra la librea: El ramo de victoria Colgado al ara de la patria sea, Y sola adorne al mérito la gloria. De su trïunfo entonces patria mía, Verá la paz el suspirado día; La paz, a cuya vista el mundo llena Alma, serenidad y regocijo, Vuelve alentado el hombre a la faena, Alza el ancla la nave, a las amigas Auras encomendándose animosa, Enjámbrase el taller, hierve el cortijo, Y no basta la hoz a las espigas.
¡Oh jóvenes naciones, que ceñida Alzáis sobre el atónito Occidente De tempranos laureles la cabeza! Honrad al campo, honrad la simple vida Del labrador y su frugal llaneza. Así tendrán en vos perpetuamente La libertad morada, Y freno la ambición, y la ley templo. Las gentes a la senda De la inmortalidad, ardua y fragosa, Se animarán, citando vuestro ejemplo. Lo emulará celosa Vuestra posteridad, y nuevos nombres Añadiendo la fama A los que ahora aclama, «Hijos son estos, hijos (Pregonará a los hombres) De los que vencedores superaron De los Andes la cima: De los que en Boyacá, los que en la arena De Maipo y en Junín, y en la campaña Gloriosa de Apurima, Postrar supieron al león de España.»
DON JOSÉ MARÍA HEREDIA
_73. Niágara_
Dadme mi lira, dádmela: que siento En mi alma estremecida y agitada Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo En tinieblas pasó, sin que mi frente Brillase con su luz!... Niágara undoso, Sola tu faz sublime ya podría Tornarme el don divino, que ensañada Me robó del dolor la mano impía. Torrente prodigioso, calma, acalla Tu trueno aterrador: disipa un tanto Las tinieblas que en torno te circundan, Y déjame mirar tu faz serena, Y de entusiasmo ardiente mi alma llena. Yo digno soy de contemplarte: siempre, Lo común y mezquino desdeñando, Ansié por lo terrífico y sublime. Al despeñarse el huracán furioso, Al retumbar sobre mi frente el rayo, Palpitando gocé: vi al Océano Azotado del austro proceloso Combatir mi bajel, y ante mis plantas Sus abismos abrir, y amé el peligro, Y sus iras amé: mas su fiereza En mi alma no dejara La profunda impresión que tu grandeza. Corres sereno y majestuoso, y luego En ásperos peñascos quebrantado, Te abalanzas violento, arrebatado, Como el destino irresistible y ciego. ¿Qué voz humana describir podría De la sirte rugiente La aterradora faz? El alma mía En vagos pensamientos se confunde, Al contemplar la férvida corriente, Que en vano quiere la turbada vista En su vuelo seguir al borde oscuro Del precipicio altísimo: mil olas, Cual pensamiento rápidas pasando, Chocan y se enfurecen, Y otras mil y otras mil ya las alcanzan, Y entre espuma y fragor desaparecen. Mas llegan... saltan... el abismo horrendo Devora los torrentes despeñados; Crúzanse en él mil iris, y asordados Vuelven los bosques el fragor tremendo. Al golpe violentísimo en las peñas Rómpese el agua, y salta, y una nube De revueltos vapores Cubre el abismo en remolinos, sube, Gira en torno, y al cielo Cual pirámide inmensa se levanta, Y por sobre los bosques que le cercan Al solitario cazador espanta. Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista Con inquieto afanar? ¿Por qué no miro Alrededor de tu caverna inmensa Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas, Que en las llanuras de mi ardiente patria Nacen del sol a la sonrisa, y crecen, Y al soplo de la brisa del Océano Bajo un cielo purísimo se mecen? Este recuerdo a mi pesar me viene... Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino, Ni otra corona que el agreste pino A tu terrible majestad conviene. La palma y mirto, y delicada rosa, Muelle placer inspiren y ocio blando En frívolo jardín: a ti la suerte Guarda más digno objeto y más sublime. El alma libre, generosa y fuerte, Viene, te ve, se asombra, Menosprecia los frívolos deleites Y aun se siente elevar cuando te nombra. ¡Dios, Dios de la verdad! en otros climas Vi monstruos execrables Blasfemando tu nombre sacrosanto, Sembrar error y fanatismo impío, Los campos inundar con sangre y llanto, De hermanos atizar la infanda guerra Y desolar frenéticos la tierra. Vilos, y el pecho se inflamó a su vista En grave indignación. Por otra parte Vi mentidos filósofos que osaban Escrutar tus misterios, ultrajarte, Y de impiedad al lamentable abismo A los míseros hombres arrastraban: Por eso siempre te buscó mi mente En la sublime soledad: ahora Entera se abre a ti; tu mano siente En esta inmensidad que me circunda, Y tu profunda voz baja a mi seno De este raudal en el eterno trueno. ¡Asombroso torrente! ¡Cómo tu vista mi ánimo enajena Y de terror y admiración me llena! ¿Do tu origen está? ¿Quién fertiliza Por tantos siglos tu inexhausta fuente? ¿Qué poderosa mano Hace que al recibirte No rebose en la tierra el Oceáno? Abrió el Señor su mano omnipotente, Cubrió tu faz de nubes agitadas, Dio su voz a tus aguas despeñadas Y ornó con su arco tu terrible frente. Miro tus aguas que incansables corren, Como el largo torrente de los siglos Rueda en la eternidad: así del hombre Pasan volando los floridos días Y despierta el dolor... ¡Ay! ya agotada Siento mi juventud, mi faz marchita, Y la profunda pena que me agita Ruga mi frente de dolor nublada. Nunca tanto sentí como este día Mi mísero aislamiento, mi abandono, Mi lamentable desamor... ¿Podría Una alma apasionada y borrascosa Sin amor ser feliz?... ¡Oh! ¡Si una hermosa Digna de mí me amase Y de este abismo al borde turbulento Mi vago pensamiento Y mi andar solitario acompañase! ¡Cual gozara al mirar su faz cubrirse De leve palidez, y ser más bella En su dulce terror, y sonreírse Al sostenerla en mis amantes brazos!... ¡Delirios de virtud!... ¡Ay! desterrado, Sin patria, sin amores, Solo miro ante mí llanto y dolores. ¡Niágara poderoso! Oye mi última voz: en pocos años Ya devorado habrá la tumba fría A tu débil cantor. ¡Duren mis versos Cual tu gloria inmortal! Pueda piadoso, Al contemplar tu faz algún viajero, Dar un suspiro a la memoria mía. Y yo al hundirse el sol en Occidente, Vuele gozoso do el Criador me llama, Y al escuchar los ecos de mi fama Alce en las nubes la radiosa frente.
DUQUE DE RIVAS
_74. El faro de Malta_
Envuelve al mundo extenso triste noche, Ronco huracán y borrascosas nubes Confunden y tinieblas impalpables El cielo, el mar, la tierra: Y tú invisible te alzas, en tu frente Ostentando de fuego una corona, Cual rey del caos, que refleja y arde Con luz de paz y vida. En vano ronco el mar alza sus montes Y revienta a tus pies, do rebramante Creciendo en blanca espuma, esconde y borra El abrigo del puerto: Tú, con lengua de fuego, aquí está dices, Sin voz hablando al tímido piloto, Que como a numen bienhechor te adora, Y en ti los ojos clava. Tiende apacible noche el manto rico, Que céfiro amoroso desenrolla, Recamado de estrellas y luceros, Por él rueda la luna; Y entonces tú, de niebla vaporosa Vestido, dejas ver en formas vagas Tu cuerpo colosal, y tu diadema Arde al par de los astros. Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde Rocas aleves, áridos escollos; Falso señuelo son, lejanas cumbres Engañan a las naves. Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca, Tú, cuya inmoble posición indica El trono de un monarca, eres su norte, Les adviertes su engaño. Así de la razón arde la antorcha, En medio del furor de las pasiones O de aleves halagos de fortuna, A los ojos del alma. Desque refugio de la airada suerte En esta escasa tierra que presides, Y grato albergue el cielo bondadoso Me concedió propicio; Ni una vez solo a mis pesares busco Dulce olvido del sueño entre los brazos Sin saludarte, y sin tornar los ojos A tu espléndida frente. ¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares Al par los tornarán!... tras larga ausencia Unos, que vuelven a su patria amada, A sus hijos y esposa. Otros prófugos, pobres, perseguidos, Que asilo buscan, cual busqué, lejano, Y a quienes que lo hallaron tu luz dice, Hospitalaria estrella. Arde, y sirve de norte a los bajeles, Que de mi patria, aunque de tarde en tarde, Me traen nuevas amargas, y renglones Con lágrimas escritos. Cuando la vez primera deslumbraste Mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho, Destrozado y hundido en amargura Palpitó venturoso! Del Lacio moribundo las riberas Huyendo inhospitables, contrastado Del viento y mar entre ásperos bajíos Vi tu lumbre divina: Viéronla como yo los marineros, Y, olvidando los votos y plegarias Que en las sordas tinieblas se perdían, ¡¡Malta!! ¡¡Malta!!, gritaron; Y fuiste a nuestros ojos la aureola Que orna la frente de la santa imagen En quien busca afanoso peregrino La salud y el consuelo. Jamás te olvidaré, jamás... Tan solo Trocara tu esplendor, sin olvidarlo, Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre La benéfica llama, Por la llama y los fúlgidos destellos Que lanza, reflejando al sol naciente, El arcángel dorado que corona De Córdoba la torre.
_75. Un castellano leal_
ROMANCE PRIMERO
«Hola, hidalgos y escuderos De mi alcurnia y mi blasón, Mirad como bien nacidos De mi sangre y casa en pro. »Esas puertas se defiendan; Que no ha de entrar, vive Dios, Por ellas, quien no estuviere Más limpio que lo está el sol. »No profane mi palacio Un fementido traidor Que contra su Rey combate Y que a su patria vendió. »Pues si él es de Reyes primo, Primo de Reyes soy yo; Y conde de Benavente Si él es duque de Borbón. »Llevándole de ventaja Que nunca jamás manchó La traición mi noble sangre, Y haber nacido español.»
Así atronaba la calle Una ya cascada voz, Que de un palacio salía Cuya puerta se cerró; Y a la que estaba a caballo Sobre un negro pisador, Siendo en su escudo las lises Más bien que timbre baldón, Y de pajes y escuderos Llevando un tropel en pos Cubiertos de ricas galas, El gran duque de Borbón: El que lidiando en Pavía, Más que valiente, feroz, Gozose en ver prisionero A su natural señor; Y que a Toledo ha venido, Ufano de su traición, Para recibir mercedes Y ver al Emperador.
ROMANCE SEGUNDO
En una anchurosa cuadra Del alcázar de Toledo, Cuyas paredes adornan Ricos tapices flamencos, Al lado de una gran mesa, Que cubre de terciopelo Napolitano tapete Con borlones de oro y flecos; Ante un sillón de respaldo Que entre bordado arabesco Los timbres de España ostentan Y el águila del imperio, De pie estaba Carlos Quinto, Que en España era primero, Con gallardo y noble talle, Con noble y tranquilo aspecto.
De brocado de oro y blanco Viste tabardo tudesco, De rubias martas orlado, Y desabrochado y suelto, Dejando ver un justillo De raso jalde, cubierto Con primorosos bordados Y costosos sobrepuestos, Y la excelsa y noble insignia Del Toisón de oro, pendiendo De una preciosa cadena En la mitad de su pecho. Un birrete de velludo Con un blanco airón, sujeto Por un joyel de diamantes Y un antiguo camafeo, Descubre por ambos lados, Tanta majestad cubriendo, Rubio, cual barba y bigote, Bien atusado el cabello. Apoyada en la cadera La potente diestra ha puesto, Que aprieta dos guantes de ámbar Y un primoroso mosquero, Y con la siniestra halaga De un mastín muy corpulento, Blanco y las orejas rubias, El ancho y carnoso cuello.
Con el Condestable insigne, Apaciguador del reino, De los pasados disturbios Acaso está discurriendo; O del trato que dispone Con el Rey de Francia preso, O de asuntos de Alemania Agitada por Lutero; Cuando un tropel de caballos Oye venir a lo lejos Y ante el alcázar pararse, Quedando todo en silencio. En la antecámara suena Rumor impensado luego, Ábrese al fin la mampara Y entra el de Borbón soberbio, Con el semblante de azufre Y con los ojos de fuego, Bramando de ira y de rabia Que enfrena mal el respeto; Y con balbuciente lengua, Y con mal borrado ceño, Acusa al de Benavente, Un desagravio pidiendo.
Del español Condestable Latió con orgullo el pecho, Ufano de la entereza De su esclarecido deudo. Y aunque advertido procura Disimular cual discreto, A su noble rostro asoman La aprobación y el contento. El Emperador un punto Quedó indeciso y suspenso, Sin saber qué responderle Al francés, de enojo ciego. Y aunque en su interior se goza Con el proceder violento Del conde de Benavente, De altas esperanzas lleno Por tener tales vasallos, De noble lealtad modelos, Y con los que el ancho mundo Será a sus glorias estrecho. Mucho al de Borbón le debe Y es fuerza satisfacerlo: Le ofrece para calmarlo Un desagravio completo. Y, llamando a un gentil-hombre, Con el semblante severo Manda que el de Benavente Venga a su presencia presto.
ROMANCE TERCERO