Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana

Part 10

Chapter 103,645 wordsPublic domain

¿Qué era, decidme, la nación que un día Reina del mundo proclamó el destino, La que a todas las zonas extendía Su cetro de oro y su blasón divino? Volábase a occidente, Y el vasto mar Atlántico sembrado Se hallaba de su gloria y su fortuna. Do quiera España: en el preciado seno De América, en el Asia, en los confines Del África, allí España. El soberano Vuelo de la atrevida fantasía Para abarcarla se cansaba en vano; La tierra sus mineros le rendía, Sus perlas y coral el Oceáno. Y donde quier que revolver sus olas Él intentase, a quebrantar su furia Siempre encontraba costas españolas. Ora en el cieno del oprobio hundida, Abandonada a la insolencia ajena, Como esclava en mercado, ya aguardaba La ruda argolla y la servil cadena. ¡Qué de plagas, oh Dios! Su aliento impuro La pestilente fiebre respirando, Infestó el aire, emponzoñó la vida; La hambre enflaquecida Tendió sus brazos lívidos, ahogando Cuanto el contagio perdonó; tres veces De Jano el templo abrimos, Y a la trompa de Marte aliento dimos; Tres veces ¡ay! Los dioses tutelares Su escudo nos negaron, y nos vimos Rotos en tierra y rotos en los mares. ¿Qué en tanto tiempo viste Por tus inmensos términos, oh Iberia? ¿Qué viste ya sino funesto luto, Honda tristeza, sin igual miseria, De tu vil servidumbre acerbo fruto? Así, rota la vela, abierto el lado, Pobre bajel a naufragar camina, De tormenta en tormenta despeñado, Por los yermos del mar; ya ni en su popa Las guirnaldas se ven que antes le ornaban, Ni en señal de esperanza y de contento La flámula riendo al aire ondea. Cesó en su dulce canto el pasajero, Ahogó su vocerío El ronco marinero, Terror de muerte en torno le rodea, Terror de muerte silencioso y frío; Y él va a estrellarse al áspero bajío. Llega el momento, en fin; tiende su mano El tirano del mundo al occidente, Y fiero exclama: «El occidente es mío.» Bárbaro gozo en su ceñuda frente Resplandeció, como en el seno oscuro De nube tormentosa en el estío Relámpago fugaz brilla un momento Que añade horror con su fulgor sombrío. Sus guerreros feroces Con gritos de soberbia el viento llenan; Gimen los yunques, los martillos suenan, Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso Pensáis que espadas son para el combate Las que mueven sus manos codiciosas? No en tanto os estiméis: grillos, esposas, Cadenas son que en vergonzosos lazos Por siempre amarren tan inertes brazos. Estremeciose España Del indigno rumor que cerca oía, Y al grande impulso de su justa saña Rompió el volcán que en su interior hervía. Sus déspotas antiguos Consternados y pálidos se esconden; Resuena el eco de venganza en torno, Y del Tajo las márgenes responden: «¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río, Los colosos de oprobio y de vergüenza Que nuestro bien en su insolencia ahogaban? Su gloria fue, nuestro esplendor comienza; Y tú, orgulloso y fiero, Viendo que aun hay Castilla y castellanos, Precipitas al mar tus rubias ondas, Diciendo: «Ya acabaron los tiranos.» ¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento! ¿Con que puede ya dar el labio mío El nombre augusto de la patria al viento? Yo le daré; mas no en el arpa de oro Que mi cantar sonoro Acompañó hasta aquí; no aprisionado En estrecho recinto, en que se apoca El numen en el pecho Y el aliento fatídico en la boca. Desenterrad la lira de Tirteo, Y al aire abierto, a la radiante lumbre Del sol, en la alta cumbre Del riscoso y pinífero Fuenfría, Allí volaré yo, y allí cantando Con voz que atruene en derredor la sierra, Lanzaré por los campos castellanos Los ecos de la gloria y de la guerra. ¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime, Único asilo y sacrosanto escudo Al ímpetu sañudo Del fiero Atila que a occidente oprime! ¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis Ved del Tercer Fernando alzarse airada La augusta sombra; su divina frente Mostrar Gonzalo en la imperial Granada; Blandir el Cid su centellante espada, Y allá sobre los altos Pirineos, Del hijo de Jimena Animarse los miembros giganteos. En torvo ceño y desdeñosa pena Ved cómo cruzan por los aires vanos; Y el valor exhalando que se encierra Dentro del hueco de sus tumbas frías, En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra! ¡Pues qué! ¿Con faz serena Vierais los campos devastar opimos, Eterno objeto de ambición ajena, Herencia inmensa que afanando os dimos? Despertad, raza de héroes: el momento Llegó ya de arrojarse a la victoria; Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre, Que vuestra gloria humille nuestra gloria. No ha sido en el gran día El altar de la patria alzado en vano Por vuestra mano fuerte. Juradlo, ella os lo manda: _¡Antes la muerte_ _Que consentir jamás ningún tirano!_» Sí, yo lo juro, venerables sombras; Yo lo juro también, y en este instante Ya me siento mayor. Dadme una lanza, Ceñidme el casco fiero y refulgente; Volemos al combate, a la venganza; Y el que niegue su pecho a la esperanza, Hunda en el polvo la cobarde frente. Tal vez el gran torrente De la devastación en su carrera Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura No se muere una vez? ¿No iré, expirando, A encontrar nuestros ínclitos mayores? «¡Salud, oh padres de la patria mía, Yo les diré, salud! La heroica España De entre el estrago universal y horrores Levanta la cabeza ensangrentada, Y vencedora de su mal destino, Vuelve a dar a la tierra amedrentada Su cetro de oro y su blasón divino.»

DON JUAN NICASIO GALLEGO

_69. Elegía a la muerte de la Duquesa de Frías_

Al sonante bramido Del piélago feroz que el viento ensaña Lanzando atrás del Turia la corriente; En medio al denegrido Cerco de nubes que de Sirio empaña Cual velo funeral la roja frente; Cuando el cárabo oscuro Ayes despide entre la breña inculta, Y a tardo paso soñoliento Arturo En el mar de occidente se sepulta; A los mustios reflejos Con que en las ondas alteradas tiembla De moribunda luna el rayo frío, Daré del mundo y de los hombres lejos Libre rienda al dolor del pecho mío. Sí, que al mortal a quien del hado el ceño A infortunios sin término condena, Sobre su cuello mísero cargando De uno en otro eslabón larga cadena, No en jardín halagüeño, Ni al puro ambiente de apacible aurora Soltar conviene el lastimero canto Con que al cielo importuna. Solitario arenal, sangrienta luna Y embravecidas olas acompañen Sus lamentos fatídicos ¡Oh lira Que escenas solo de aflicción recuerdas; Lira que ven mis ojos con espanto Y a recorrer tus cuerdas Mi ya trémula mano se resiste! Ven, lira del dolor. ¡Piedad no existe! ¡No existe, y vivo yo! ¡No existe aquella Gentil, discreta, incomparable amiga, Cuya presencia sola El tropel de mis penas disipaba! ¿Cuándo en tal hermosura alma tan bella De la corte española Más digno fue y espléndido ornamento? ¡Y aquel mágico acento Enmudeció por siempre, que llenaba De inefable dulzura el alma mía! Y ¡qué! fortuna impía, ¿Ni su postrer adiós oír me dejas? ¿Ni de su esposo amado Templar el llanto y las amargas quejas? ¿Ni el estéril consuelo De acompañar hasta el sepulcro helado Sus pálidos despojos? ¡Ay! Derramen sin duelo Sangre mi corazón, llanto mis ojos. ¿Por qué, por qué a la tumba, Insaciable de víctimas, tu amigo Antes que tú no descendió, Señora? ¿Por qué al menos contigo La memoria fatal no te llevaste Que es un tormento irresistible ahora? ¿Qué mármol hay que pueda En tan acerba angustia los aciagos Recuerdos resistir del bien perdido? Aún resuena en mi oído El espantoso obús lanzando estragos, Cuando mis ojos ávidos te vieron Por la primera vez. Cien bombas fueron A tu arribo marcial salva triunfante. Con inmóvil semblante Escucho amedrentado el son horrendo De los globos mortíferos, en torno Del leño frágil a tus pies cayendo, Y el agua que a su empuje se encumbraba Y hasta las altas grímpolas saltaba. El dulce soplo de Favonio en tanto Las velas hinche del bajel ligero, Sin que salude con festivo canto La suspirada costa el marinero. Ardiendo de la patria en fuego santo, Insensible al horror del bronce fiero, Fijar te miro impávida y serena La planta breve en la menuda arena. ¡Salve, oh Deidad! --del gaditano muro Grita la muchedumbre alborozada; ¡Salve, oh Deidad! --de gozo enajenada La ruidosa marina Que a ti se agolpa y el batel rodea; Y al cielo sube el aclamar sonoro Como al aplauso del celeste coro Salió del mar la hermosa Citerea. Absortas contemplaron El fuego de tus ojos Las bellas ninfas de la bella Gades; Absortas te envidiaron El pie donoso y la mejilla pura, El vivo esmalte de tus labios rojos, El albo seno y la gentil cintura. Yo te miraba atónito: no empero Sentí en el alma el pasador agudo De bastarda pasión; que a dicha pudo Del honor y el deber la ley severa Ser a mi pecho impenetrable escudo. Mas ¿quién el homenaje De afecto noble, de amistad sincera Cual yo te tributó, cuando el tesoro De tu divino ingenio descubría, Que en cuerpo tan gallardo relucía Como rico brillante en joya de oro? ¡Cuántas, ay, qué apacibles Horas en dulces pláticas pasadas Betis me viera de tu voz pendiente! ¡Cuántas en las calladas Florestas de Aranjuez el eco blando Detuvo el paso a la tranquila fuente! Ya el primor ensalzando Que al fragante clavel las hojas riza Y la ancha cola del pavón matiza; Ya la varia fortuna Del cetro godo y del laurel romano; O el poder sobrehumano Que de un soplo derroca Del alto solio al triunfador de Jena Y con duras amarras le encadena, Como al antiguo Encélado, a una roca. Pero otro don magnífico, sublime, Más alto que el ingenio y la hermosura, Debiste al Criador, vivaz destello De su lumbre inmortal, alma ternura. ¿Cuándo, cuándo al gemido Negó del infeliz oro tu mano, Ayes tu corazón? El escondido Volcán que decoroso Tu noble aspecto revelaba apenas, Un infortunio, un rasgo generoso, Un sacrificio heroico hervir hacía. Entonces agitado Tu rostro angelical resplandecía De más purpúreo rosicler cubierto: Del seno relevado La extraña conmoción, el entreabierto Labio, las refulgentes Ráfagas de tus ojos Que entre los anchos párpados brillaban, Las lágrimas ardientes Que a tus negras pestañas asomaban, El gesto, el ademán, los mal seguros Acentos, la expresión... ¡Ah! Nunca, nunca Tan insigne modelo De estro feliz, de inspiración divina Mostró Casandra en los dardanios muros Ni en las lides olímpicas Corina. Y solo al santo fuego De un pecho tan magnánimo pudiera Deber tu amigo el aire que respira. Solo a tu blando ruego La Amistad se vistiera Máscara y formas del Amor su hermano. ¿Quién sino tú, señora, Dejando inquieta la mullida pluma Antes que el frío tálamo la Aurora, Entrar osara en la mansión del crimen? ¿Quién sino tú del duro carcelero, Menos al son del oro empedernido Que al eco de los míseros que gimen, Quisiera el ceño soportar? Perdona, Cara Piedad, que mi indiscreta musa Publique al mundo tan heroico ejemplo, Y que mi gratitud cuelgue en el templo De la santa Amistad digna corona. En el mezquino lecho De cárcel solitaria Fiebre lenta y voraz me consumía, Cuando sordo a mis quejas Rayaba apenas en las altas rejas El perezoso albor del nuevo día. De planta cautelosa Insólito rumor hiere mi oído; Los vacilantes ojos Clavo en la ruda puerta estremecido Del súbito crujir de sus cerrojos, Y el repugnante gesto Del fiero alcaide mi atención excita, Que hacia mí sin cesar su mano agita Con labio mudo y sonreír funesto. Salto del lecho, y sígole azorado, Cruzando los revueltos corredores De aquella triste y lóbrega caverna Hasta un breve recinto iluminado De moribunda y fúnebre linterna. Y a par que por oculto Tránsito desparece Como visión fantástica el cerbero, De nuevo extraño bulto, Sombra confusa, que se acerca y crece, La angustia dobla de mi horror primero. Mas ¡cuál mi asombro fue cuando improvisa A la pálida luz mi vista errante Los bellos rasgos de Piedad divisa Entre los pliegues del cendal flotante! «¿Por qué, por qué benigna,» Clamé bañado en llanto de alborozo, «Osas pisar, Señora, »Esta morada indigna »Que tu respeto y tu virtud desdora? »¡Ah! si a la fuerza del inmenso gozo, »Del placer celestial que el alma oprime, »Hoy a tus plantas expirar consigo, »Mi fiebre, mi prisión, mi fin bendigo. »A este oscuro aposento »No a que de pena o de placer expires »La voz de la amistad mis pasos guía, »Sino a esforzar tu desmayado aliento »Contra los golpes de la suerte impía. »Su cuello al susto y la congoja doble »El que del crimen en su pecho sienta »El punzante aguijón; que al alma noble »Do la inocencia plácida se anida, »Ni el peso de los grillos la atormenta, »Ni el son de los cerrojos la intimida. »Recobra, amigo caro, »La esperanza marchita »Y el digno esfuerzo del varón constante. »Pronto será que el astro rutilante, »Que jamás estas bóvedas visita, »De la calumnia vil triunfar te vea: »Mi fausto anuncio tu consuelo sea. »Seralo, sí; lo juro; »Y aunque ese llanto que tu rostro inunda »Vaticinio tan próspero desmiente, »No me hará de fortuna el torvo ceño »Fruncir las cejas ni arrugar la frente; »Que el dichoso mortal a quien risueño »Mira el destino...» ¡No acabé! A deshora La aciaga voz del carcelero escucho, Diciendo: «es tarde; baste ya, Señora.» «¡Adiós! ¡adiós! Del vulgo malicioso »Que al despuntar del sol sacude el sueño »Temo el labio mordaz. ¡Adiós te queda!» «Aguarda»... «¡Adiós!»... Y en soledad sumido Oigo ¡ay de mí! del caracol torcido Barrer las gradas la crujiente seda. ¡Oh digno, oh generoso Dechado de amistad! ¡Oh alegre día! ¿Y en dónde estás, en dónde, Ángel consolador, Duquesa amada, Que no te mueve ya la angustia mía? ¡Gran Dios, y ni responde De su esposo infeliz al caro acento, Aunque en la tumba helada Lágrimas de dolor vierte a raudales! ¡Ni de su triste huérfana el lamento, Con ambos brazos al sepulcro asida, Ablanda sus entrañas maternales! ¡Oh dulces prendas de su amor! Al mármol En vano importunáis. Hará el rocío Del venidero Abril que al campo vuelva La verde pompa que abrasó el estío; Mas no esperéis que el túmulo sombrío La devorada víctima devuelva, Ni a sus profundos huecos Otra respuesta oír que sordos ecos. En él de bronce y oro, Ínclito vate[2], entallarán cinceles Vuestro heroico blasón, entretejiendo Con sus antiguas palmas tus laureles... ¡Inútil afanar! La sien ceñida De adelfa y mirto, pulsará tu mano La dolorosa cítara, moviendo El orbe todo a compasión... ¡En vano! Resonarán con ellas Mis gemidos simpáticos, y el coro De cuantos cisnes tu infortunio inspira Alzar podrá a su gloria Noble trofeo en canto peregrino. Mas ¡ay! ¿podrá su lira Forzar las puertas del Edén divino Y el diente ensangrentado Del áspid arrancar en ti clavado? A más alto poder, mísero amigo, Los ojos torna y el clamor dirige Que entre sollozos lúgubres exhalas. Al Ser inmenso que los orbes rige, En las rápidas alas De ferviente oración remonta el vuelo. Yo elevaré contigo Mis tiernos votos, y al gemir de aquella, Que en mis brazos creció, cándida niña, Trasunto vivo de tu esposa bella, Dará benigno el cielo Paz a su madre, a tu aflicción consuelo. Sí; que hasta el solio del Eterno llega El ardiente suspiro De quien con puro corazón le ruega, Como en su templo santo el humo sube Del balsámico incienso en vaga nube.

DON JUAN MARÍA MAURY

_70. La timidez_

A las márgenes alegres Que el Guadalquivir fecunda, Y adonde ostenta pomposo El orgullo de su cuna, Vino Rosalba, sirena De los mares que tributan A España, entre perlas y oro, Peregrinas hermosuras. Más festiva que las auras, Más ligera que la espuma, Hermosa como los cielos, Gallarda como ninguna, Con el hechicero adorno De tantas bellezas juntas, No hay corazón que no robe, Ni quietud que no destruya. Así Rosalba se goza, Mas la que tanto procura Avasallar libertades, Al cabo empeña la suya. Lisardo, joven amable, Sobresale entre la turba De esclavos que por Rosalba Sufren de amor la coyunda. Tal vez sus floridos años No bien de la edad adulta Acaban de ver cumplida La primavera segunda. Aventajado en ingenio, Rico en bienes de fortuna, Dichoso, en fin, si supiera Que audacias amor indulta, Idólatra más que amante, Con adoración profunda, A Rosalba reverencia, Y deidad se la figura. Un día alcanza otro día Sin que su amor le descubra; El respeto le encadena Y ella su respeto culpa. Bien a Lisardo sus ojos Dijeran que más presuma; Pero él, comedido amante, O los huye o no los busca. Perdido y desconsolado, Una noche en que natura A meditación convida Con su pompa taciturna, Mientras el disco mudable, En que ceñirse acostumbra, Entre celajes de nácar Esconde tímida luna; Al margen del sacro río La inocente suerte acusa, Y así fatiga los aires Con endechas importunas: «Baja tu vuelo Amor altivo, Mira que al cielo Osado va; Buscas en vano Correspondencia; Amor insano, Déjame ya. »Déjame el alma Que otra vez libre Plácida calma Vuelva a tener: ¡Qué digo, necio! El cielo sabe Si más aprecio Mi padecer. »Gima y padezca. Una esperanza Sin que merezca A mi deidad; Sin que le pida Jamás el premio De mi perdida Felicidad. »Tímida boca, Nunca le digas La pasión loca Del corazón, Adonde oculto Está su templo, Y ofrenda y culto Lágrimas son.» Más dijera, pero el llanto, En que sus ojos abundan, Le interrumpe, y las palabras En la garganta se anudan. Cuando junto a la ribera, En un valle donde muchas Del árbol grato a Minerva Opimas ramas se cruzan, Süave cuanto sonora, Lisardo otra voz escucha, Que, enamorando los ecos Tales acentos modula: «Prepara el ensayo De más atractivos La rosa en los vivos Albores de Mayo: »Si al férvido rayo Su cáliz expone, Que el sol la corone En premio ha logrado, Y es reina del prado Y amor de Dïone. »¡Oh fuente! En eterno Olvido quedaras Si no te lanzaras Del seno materno; »Tal vez el invierno Tu curso demora, Mas tú, vencedora, Burlando las nieves, A tu ímpetu debes Los besos de Flora. »Y tú, que en dolores Consumes los años, Autor de tus daños Por vanos temores, »En pago de amores No temas enojos, Enjuga los ojos; Que el dios que te hiere Más culto no quiere Que audacias y arrojos.» Rayo son estas palabras Que al ciego joven alumbran, Quien su engaño reconoce Y la voz que las pronuncia. Y al valle se arroja, adonde Testigos de su ventura Fueron las amigas sombras De la noche y selva muda; Mas muda la selva en vano Y en vano la sombra oscura; No sufre orgullosa Venus Que sus victorias se encubran. Lo que celaron los ramos Las cortezas lo divulgan, Que en ellas dulces memorias Con emblemas perpetúan. Las Náyades en los troncos La fe y amor que se juran Leyeron, y ruborosas Se volvieron a sus urnas.

DON JOSÉ JOAQUÍN DE MORA

_71. El Estío_

Hermosa fuente que al vecino río Sonora envías tu cristal undoso, Y tú, blanda cual sueño venturoso, Yerba empapada en matinal rocío: Augusta soledad del bosque umbrío Que da y protege el álamo frondoso, Amparad de verano riguroso Al inocente y fiel rebaño mío. Que ya el suelo feraz de la campiña Selló Julio con planta abrasadora Y su verdura a marchitar empieza; Y alegre ve la pampanosa viña En sus yemas la savia bienhechora Nuncio feliz de la otoñal riqueza.

DON ANDRÉS BELLO

_72. La agricultura de la zona tórrida_

¡Salve, fecunda zona, Que al sol enamorado circunscribes El vago curso, y cuanto ser se anima En cada vario clima, Acariciada de su luz, concibes! Tú tejes al verano su guirnalda De granadas espigas; tú la uva Das a la hirviente cuba: No de purpúrea flor, o roja, o gualda A tus florestas bellas Falta matiz alguno; y bebe en ellas Aromas mil el viento; Y greyes van sin cuento Paciendo tu verdura, desde el llano Que tiene por lindero el horizonte, Hasta el erguido monte, De inaccesible nieve siempre cano. Tú das la caña hermosa, De do la miel se acendra, Por quien desdeña el mundo los panales: Tú en urnas de coral cuajas la almendra Que en la espumante jícara rebosa: Bulle carmín viviente en tus nopales, Que afrenta fuera al múrice de Tiro; Y de tu añil la tinta generosa Émula es de la lumbre del zafiro; El vino es tuyo, que la herida agave Para los hijos vierte Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya Que cuando de süave Humo en espiras vagorosas huya, Solazará el fastidio al ocio inerte. Tú vistes de jazmines El arbusto sabeo, Y el perfume le das que en los festines La fiebre insana templará a Lieo. Para tus hijos la procera palma Su vario feudo cría, Y el ananás sazona su ambrosía: Su blanco pan la yuca, Sus rubias pomas la patata educa, Y el algodón despliega al aura leve Las rosas de oro y el vellón de nieve. Tendida para ti la fresca parcha En enramadas de verdor lozano, Cuelga de sus sarmientos trepadores Nectáreos globos y franjadas flores; Y para ti el maíz, jefe altanero De la espigada tribu, hinche su grano; Y para ti el banano Desmaya al peso de su dulce carga; El banano, primero De cuantos concedió bellos presentes Providencia a las gentes Del Ecuador feliz con mano larga. No ya de humanas artes obligado El premio rinde opimo: No es a la podadera, no al arado Deudor de su racimo; Escasa industria bástale, cual puede Hurtar a sus fatigas mano esclava: Crece veloz, y cuando exhausto acaba, Adulta prole en torno le sucede.