La Vuelta de Martín Fierro

Part 2

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473 En las sagradas alturas esta el Maistro principal que enseña a cada animal a procurarse el sustento, y le brinda el alimento a todo ser racional.

474 Y aves y bichos y pejes se mantienen de mil modos: pero el hombre en su acomodo es curioso de oservar: es el que sabe llorar y es el que los come a todos.

IV

475 Antes de aclarar el día empieza el indio a aturdir la pampa con su rugir, y en alguna madrugada, sin que sintiéramos nada, se largaban a invadir.

476 Primero entierran las prendas en cuevas como peludos; y aquellos indios cerdudos, siempre llenos de recelos, en los caballos en pelos se vienen medio desnudos.

477 Para pegar el malón el mejor flete procuran; y como es su arma segura vienen con la lanza sola, y varios pares de bolas atados a la cintura.

478 De ese modo anda liviano no fatiga al mancarrón; es su espuela en el malón, después de bien afilao, un cuernito de venao que se amarra en el garrón.

479 El indio que tiene un pingo que se llega a distinguir, lo cuida hasta pa dormir; de ese cudao es esclavo. Se lo alquila a otro indio bravo cuando vienen a invadir.

480 Por vigilarlo no come y ni aun el sueño concilia: sólo en eso no hay desidia; de noche les asiguro, para tenerlo siguro le hace cerco la familia.

481 Por eso habrán visto ustedes, si en el caso se han hallao, y si no lo han observao, tenganló dende hoy presente, que todo pampa valiente anda siempre bien montao.

482 Marcha el indio a trote largo, paso que rinde y que dura; viene en dirección sigura y jamas a su capricho; no se les escapa bicho en la noche mas escura.

483 Caminan entre nieblas con un cerco bien formao; lo estrechan con gran cuidao y agarran, al aclarar, nanduces, gamas, venaos, cuanto a podido dentrar.

484 Su señal es un humito que se eleva muy arriba, y no hay quien no lo aperciba con esa vista que tienen; de todas partes se vienen a engrosar la comitiva.

485 Ansina se van juntando, hasta hacer esas riuniones que cain en las invasiones en número tan crecido; para formarla han salido de los últimos rincones.

486 Es guerra cruel la del indio porque viene como fiera; atropella donde quiera y de asolar no se cansa; de su pingo y de su lanza toda salvacion espera.

487 Debe atarse bien la faja quien a aguardarlo se atreva; siempre mala intención lleva, y, como tiene alma grande, no hay plegaria que lo ablande ni dolor que lo conmueva.

488 Odia de muerte al cristiano, hace guerra sin cuartel; para matar es sin yel, es fiero de condición; no golpia la compasión en el pecho del infiel.

489 Tiene la vista del águila, del leon la temeridá; en el desierto no habrá animal que él no lo entienda, ni fiera de que no aprienda un instinto de crueldá.

490 Es tenaz en su barbarie: no esperen verlo cambiar; el deseo de mejorar en su rudeza no cabe; el bárbaro solo sabe emborracharse y peliar.

491 El indio nunca ríe, y el pretenderlo es en vano, ni cuando festeja ufano el triunfo en sus correrías; la risa en sus alegrías le pertenece al cristiano.

492 Se cruzan en el desierto como un animal feroz; dan cada alarido atroz que hace erizar los cabellos; parece que a todos ellos los ha maldecido Dios.

493 Todo el peso del trabajo lo dejan a las mujeres: el indio es indio y no quiere apiar de su condición ha nacido indio ladrón y como indio ladrón muere.

494 El que envenenan sus armas les mandan sus hechiceras; y como ni a Dios veneran, nada a los pampa contiene: hasta los nombres que tienen son de animales y fieras.

495 Y son, ¡por Cristo bendito!, Los más desasiaos del mundo: esos indios vagabundos, con repunancia me acuerdo, viven lo mesmo que el cerdo en esos toldos inmundos.

496 Naides puede imaginar una miseria mayor; su pobreza causa horror; no sabe aquel indio bruto que la tiera no da fruto si no la riega el sudor.

V

497 Aquel desierto se agita cuando la invasion regresa; llevan miles de cabezas de vacuno y yeguarizo; pa no afligirse es preciso tener bastante firmeza.

498 Aquello es un hervidero de pampas -un celemín-. Cuando riunen el botín juntando toda la hacienda, es cantidá tan tremenda que no alcanza a verse el fin.

499 Vuelven las chinas cargadas con las prendas en montón; aflige esa destrucción: acomodaos en cargueros llevan negocios enteros que han saquiao en la invasión.

500 Su pretensión es robar, no quedar en el pantano; viene a tierra de cristianos como juria del infierno; no se llevan al Gobierno poerque no lo hallan a mano.

501 Vuelven locos de contento cuando han venido a la fija; antes que ninguno elija empiezan con todo empeño, como dijo un santiagueño, a hacerse la repartija.

502 Se reparten el botín con igualdad, sin malicia; no muestra el indio codicia, ninguna falta comete: solo en eso se somete a una regla de justicia.

503 Y cada cual con lo suyo a sus toldos enderieza; luego la matanza empieza tan sin razon ni motivo, que no queda animal vivo de esos miles de cabezas.

504 Y satisfecho el salvaje de que su oficio ha cumplido, lo pasa por ahi tendido volviendo a su haraganiar, y entra la china a cueriar con un afán desmedido.

505 A veces a tierra adentro algunas puntas se llevan; pero hay pocos que se atrevan a hacer esas incursiones, porque otros indios ladrones les suelen pelar la breva.

506 Pero pienso que los pampas deben de ser los mas rudos; aunque andan medio desnudos ni su conveniencia entienden: por una vaca que venden quinientas matan al ñudo.

507 Estas cosas y otras piores las he visto muchos años; pero si yo no me engaño concluyó ese vandalaje, y esos bárbaros salvajes no podran hacer mas daño.

508 Las tribus están deshechas; los caciques más altivos estan muertos o cautivos, privaos de toda esperanza, y de la chusma y de la lanza, ya muy pocos quedan vivos.

509 Son salvajes por completo hasta pa su diversión, pues hacen una junción que naides se la imagina; recien le toca a la china el hacer su papelón.

510 Cuando el hombre es mas salvaje trata pior a la mujer: yo no sé que pueda haber sin ella dicha ni goce. ¡Feliz el que la conoce y logra hacerse querer!

511 Todo el que entiende la vida busca a su lao los placeres; justo es que las considere el hombre de corazón; sólo los cobardes son valientes con sus mujeres.

512 Pa servir a un desgraciao pronta la mujer está; cuando en su camino va no hay peligro que le asuste; ni hay una a quien no le guste una obra de caridá.

513 No se allará una mujer a la que esto no le cuadre; yo alabo al Eterno Padre, no porque las hizo bellas, sino porque a todas ellas les dió corazón de madre.

514 Es piadosa y diligente y sufrida en los trabajos; tal vez su valor rebajo aunque la estimo bastante; mas los indios inorantes la trata al estropajo.

515 Echan la alma trabajando bajo el mas duro rigor; el marido es su señor, como tirano la manda, porque el indio no se ablanda ni siquiera en el amor.

516 No tiene cariño a naides ni sabe lo que es amar. ¿Ni que se puede esperar de aquellos pechos de bronce? Yo los conocí al llegar y los calé dende entonces.

517 Mientras tiene qué comer permanece sosegao; yo que en sus toldos he estao y sus costumbres oservo, digo que es como aquel cuervo que no volvio del mandao.

518 Es para él como un juguete escupir un crucifijo; pienso que Dios los maldijo y ansina al ñudo desato: el indio, el cerdo y el gato redaman sangre del hijo.

519 Mas ya con cuentos de pampas no ocuparé su atención; debo pedirles perdón, pues sin querer me distraje; por hablar de esos salvajees me olvidé de la junción.

520 Hacen un cerco de lanzas, los indios quedan ajuera; dentra la china ligera como yeguada en la trilla, y empieza allí la cuadrilla a dar güeltas en la era.

521 A un lao están los caciques, capitanejos y el trompa tocando con toda pompa como un toque de fajina; adentro muere la china, sin que aquel circulo rompa.

522 Muchas veces se les oyen a las pobres los quejidos; mas son lamentos perdidos: al rededor del cercao, en el suelo están mamaos los indios dando alaridos.

523 Su canto es una palabra y de ahi no salen jamás; llevan todas el compás "Ioká-ioká" repitiendo; me parece estarlas viendo mas fieras que Satanás.

524 Al trote dentro del cerco, sudando, hambrientas, juriosas, desgreñadas y rotosas, de sol a sol se lo llevan: bailan aunque truene o llueva, cantando la mesma cosa.

VI

525 el tiempo sigue su giro y nosotros, solitarios; de los indios sanguinarios no teníamos qué esperar; el que nos salvó al llegar era el más hospitalario.

526 Mostró noble corazón, cristiano anhelaba ser; la justicia es un deber, y sus méritos no callo: nos regaló unos caballos y a veces nos vino a ver.

527 A la voluntad de Dios ni con la intención resisto: el nos salvó...¡Ah, Cristo!, Muchas veces he deseado no nos hubiera salvado ni jamás haberlo visto.

528 Quien recibe beneficios jamás los debe olvidar; y al que tiene que rodar en su vida trabajosa, le pasan a veces cosas que son duras de pelar.

529 Voy dentrando poco a poco en lo triste del pasaje; cuando es amargo el brebaje el corazón no se alegra; dentró una virgüela negra que los diezmó.

530 Al sentir tal mortandá los indios, desesperaos, gritaban alborotados: "¡Cristiano echando gualicho!" No quedó en los toldos bicho que no salió redotao.

531 Sus remedios son secretos, los tienen las adivinan; no los conocen las chinas sino alguna ya muy vieja, y es la que lo aconseja con mil embustes, la indina.

532 Alli soporta el paciente las terribles curaciones, pues a golpes y estrujones son los remedios aquellos: los agarran de los cabellos y le arrancan los mechones.

533 Les hacen mil herejías que el presenciarlas da horror; brama el indio de dolor por los tormentos que pasa, y untandolo todo de grasa lo ponen a hervir al sol.

534 Y puesto allí boca arriba, alrededor le hacen fuego; una china biene luego y al oido le da de gritos; hay algunos tan malditos que sanan con este juego.

535 A otros les cuecen la boca aunque de dolores cruja; lo agarran allí y lo estrujan, labios le queman y diente con un güevo bien caliente de alguna gallina bruja.

536 Conoce el indio el peligro y pierde toda esperanza; si a escapárseles alcanza dispara como la liebre; le da delirios la fiebre, y ya le cain con la lanza.

537 Esas fiebres son terribles, y aunque de esto no disputo ni de saber me reputo, "Será", decíamos nosotros, "De tanta carne de potro como comen esos brutos".

538 Había un gringuito cautivo que siempre hablaba del barco, y lo augaron en un charco por causante de la peste; tenía los ojos celestes como potrillo zarco.

539 Que le dieran esa muerte dispuso una china vieja, y aunque se aflije y se queja, es inútil que resista: ponia el infeliz la vista como la pone la oveja.

540 Nosotros nos alejamos para no ver tanto estrago; Cruz sentia los amagos de la peste que reinaba, y la idea nos acosaba de volver a nuestros pagos.

541 Pero contra el plan mejor el destino se rebela. ¡La sangre se me congela! El que nos había salvado cayó tambien atacado de la fiebre y la virgüela.

542 No podiamos dudar, al verlo en tal padecer, el fin que habia de tener, y Cruz que era tan humano: "Vamos", me dijo, "Paisano a cumplir con un deber".

543 Fuimos a estar a su lado para ayudarlo a curar; lo vinieron a buscar y hacerle como a los otros; lo defendimos nosotros, no lo dejamos lanciar.

544 Iba creciendo la plaga y la mortandá seguía. A su lado nos tenía cuiandolo con pacencia, pero acabó su esistencia al fin de unos pocos días.

545 El recuerdo me atormenta; se renueva mi pesar; me dan ganas de llorar; nada a mis penas igualo; Cruz también cayó muy malo ya para no levantar.

546 Todos pueden figurarse cuánto tuve que sufrir; yo no haciá sino gemir, y aumentaba mi aflición no saber una oración pa ayudarlo a bien morir.

547 Se le pasmó la virgüela, y el pobre estaba en un grito; me recomendó un hijito que en su pago había dejado: "Ha quedado abandonado". Me dijo, "Aquel pobrecito".

548 "Si vuelve, búsquemeló", me repetía a media voz; "En el mundo eramos dos, pues él ya no tiene madre; que sepa el fin de su padre y encomiende mi alma a Dios".

549 Lo apretaba contra el pecho, dominao por el dolor; era su pena mayor el morir allá entre infieles sufriendo dolores crueles entrego su alma al Criador.

550 De rodillas a su lado yo lo encomendé a Jesús. Faltó a mis ojos la luz, tuve un terrible desmayo; cai como herido del rayo cuando lo vi muerto a Cruz.

VII

551 aquel bravo compañero en mis brazos espiró; hombre que tanto sirvio, varon que fue tan prudente, por humano y por valiente en el desierto murió.

552 Y yo, con mis propias manos, yo mesmo lo sepulté; a Dios por su alma rogué de dolor el pecho lleno, y humedeció aquel terreno el llanto que redamé.

553 Cumplí con mi obligación; no hay falta de que me acuse, ni deber de que se escuse, aunque de dolor sucumba: allá señala su tumba una cruz que yo le puse.

554 Andaba de toldo en toldo y todo me fastidiaba; el pesar me dominaba, y entregao al sentimiento se me hacía cada momento oir a Cruz que me llamaba.

555 Cual más, cual menos, los criollos saben lo que es amargura; en mi triste desventura no encontraba otro consuelo que ir a tirarme en el suelo, al lao de su sepultura.

556 Allí pasaba las horas sin haber naides conmigo teniendo a Dios por testigo, y mis pensamientos fijos en mi mujer y mis hijos, en mi pago y en mi amigo.

557 Privado de tantos bienes y perdido en tierra ajena, parece que se encadena el tiempo y que no pasara, como si el sol se parara a contemplar tanta pena.

558 Sin saber qué hacer de mí y entregao a mi aflición, estando allí una ocasión, del lao que venía el viento oi unos tristes lamentos que llamaron mi atención.

559 No son raros los quejidos en los toldos del salvaje, pues aquél es vandalaje donde no se arregla nada sino a lanza y puñalada, a bolazos y coraje.

560 No preciso juramento, deben creerle a Martín Fierro; he visto en este destierro a un salvaje que se irrita, degollar a una chinita y tirarsela a los perros.

561 He presenciado martirios, he visto muchas crueldades, crímenes y atrocidades que el cristiano no imagina, pues ni el indio ni la china sabe lo que son piedades.

562 Quise curiosiar los llantos que llegaban hasta mí; al punto me dirigí al lugar de ande venían: ¡Me horroriza todavía el cuadro que descubrí!

563 Era una infeliz mujer que estaba de sangre llena, y como una madalena lloraba con toda gana; conocí que era cristiana y esto me dió mayor pena.

564 Cauteloso me acerqué a un indio que estaba al lao, porque el pampa es desconfiao siempre de todo cristiano, y vi que tenía en la mano el rebenque ensangrentao.

VIII

565 Mas tarde supe por ella, de manera positiva, que dentró una comitiva de pampas a su partido, mataron a su marido y la llevaron cautiva.

566 En tan dura servidumbre hacían dos años que estaba; un hijito que llevaba a su lado lo tenía. La china la aborrecía tratandola como esclava.

567 Deseaba para escaparse hacer una tentativa, pues a la infeliz cautiva naides la va a redimir, y allí tiene que sufrir el tormento mientras viva.

568 Aquella china perversa, dende el punto que llegó, crueldá y orgullo mostró porque el indio era valiente: usaba un collar de dientes de cristianos que él mató.

569 La mandaba a trabajar, poniendo cerca a su hijito tiritando y dando gritos, por la mañana temprano, atado de pies y manos lo mesmo que un corderito.

570 Ansí le imponía tarea de juntar leña y sembrar viendo a su hijito llorar, y hasta que no terminaba, la china no la dejaba que le diera de mamar.

571 Cuando no tenían trabajo la emprestaban a otra china, "Naides", decía, "se imagina, ni es capaz de presumir cuanto tiene que sufrir la infeliz que esta cautiva".

572 Si ven crecido a su hijito, como de piedá no entienden y a suplicas nunca atienden, cuando no es éste es el otro, se lo quitan y lo venden o lo cambian por un potro.

573 En la crianza de los suyos son bárbaros por demás. No lo habia visto jamás: en una tabla los atan, los crian así, y les achatan la cabeza por detrás.

574 Aunque esto parezca extraño, ninguno lo ponga en duda: entre aquella gente ruda, en su bárbara tropeza, es gala que la cabeza se les forme puntiaguda.

575 Aquella china malvada, que tanto la aborrecía, empezó a decir un día, porque falleció una hermana, que sin duda la cristiana le había echado brujería.

576 El indio la sacó al campo y la empezó a amenazar que le había de confesar si la brujería era cierta; o que la iba a castigar hasta que quedara muerta.

577 Llora la pobre afligida, pero el indio, en su rigor, le arrebató con juror al hijo de entre sus brazos, y del primer rebencazo la hizo crujir de dolor.

578 Que aquel salvaje tan cruel azotándola seguía; más y más se enfurecía cuanto mas la castigaba y la infeliz se atajaba los golpes como podía.

579 Que le gritó muy furioso "Confechando no querés;" la dió vuelta de un revés y, por colmar su amargura, a su tierna criatura se la desgolló a los pies.

580 "Es increible" me decía, "Que tanta fiereza esista; no habrá madre que resista; aquel salvaje inclemente cometió tranquilamente aquel crimen a mi vista."

581 Esos horrores tremendos no los inventa el cristiano: "Es bárbaro inhumano" -sollozando me lo dijo- "Me amarró luego las manos con las tripitas de mi hijo."

IX

582 de ella fueron los lamentos que en mi soledá escuché: en cuanto al punto llegué, quedé enterado de todo: al mirarla de aquel modo ni un instante tutubié.

583 Toda cubierta de sangre aquella infeliz cautiva, tenia dende abajo arriba las marcas de los lazazos: sus trapos echos pedazos mostraban la carne viva.

584 Alzó los ojos al cielo en sus lágrimas bañada; tenía las manos atadas; su tormento estaba claro; y me clavó una mirada como pidiéndome amparo.

585 Yo no sé lo que pasó en mi pecho en ese instante; estaba el indio arrognte con una cara feroz: para entendernos los dos la mirada fué bastante.

586 Pegó un brinco como gato y me ganó la distancia, aprovechó esa distancia como fiera cazadora: desató las boliadoras y aguardó con vigilancia.

587 Aunque yo iba de curioso y no por buscar contienda, al pingo le até la rienda, eché mano dende luego a éste que no yerra juego, y ya se armó la tremenda.

588 El peligro en que me hallaba al momento conocí; nos mantuvimos ansí, me miraba y lo miraba: yo al indio le desconfiaba, y él me descofiaba a mí.

589 Se debe ser precavido cuando el indio se agazape: en esa postura el tape vale por cuatro o por cinco; como el tigre es para el brinco y fácil que a uno lo atrape.

590 Peligro era atropellar y era peligro el juir, y más peligro seguir esperando de ese modo, pues otros podían venir y carniarme allí entre todos.

591 A juerza de precaución muchas veces he salvado, pues es un trance apurado es mortal cualquier descuido; si Cruz hubiera vivido no habría tenido cuidado.

592 Un hombre junto con otro en valor y en juerza crece; el temor desaparece; escapa de cualquier trampa; entre dos, no digo a un pampa, a la tribu, si se ofrece.

593 En tamaña incertidumbre, en trance tan apurado, no podía por de contado escarparme de otra suerte, sino dando al indio muerte o quedando alli estirado.

594 Y como el tiempo pasaba y aquel asunto me urgía, viendo que él no se movía me juí medio de soslayo como a agarrarle el caballo, a ver si se me venía.

595 Ansí jué, no aguardó más y me atropelló el salvaje; es preciso que se ataje quien con el indio pelee; el miedo de verse a pie aumentaba su coraje.

596 En la dentrada no más me largó un par de bolazos; uno me tocó en un brazo; si me da bien, me lo quiebra, pues las bolas son de piedra y vienen como balazo.

597 A la primer puñalada el pampa se hizo un ovillo; era el salvaje mas pillo que he visto en mis correrías, y, a más de las picardías, arisco para el cuchillo.

598 Las bolas las manejaba aquel bruto con destreza; las recogía con presteza y me las volvía a largar, haciéndomelas silbar arriba de la cabeza.

599 Aquel indio, como todos, era cauteloso... ¡Ahijuna! Ahí me valió la fortuna de que peliando se apotra me amenazaba con una y me largaba con otra.

600 Me sucedió una desgracia en aquel percance amargo; en momento que lo cargo y que él reculando va, me enredé en el chiripá y caí tirao largo a largo.

601 Ni pa enconmendarme a Dios tiempo el salvaje me dió; cuanto en el suelo me vió me saltó con ligereza: juntito de la cabeza el bolazo retumbó.

602 Ni por respeto al cuchillo dejó el indio de apretarme; allí pretende ultimarme sin dejarme levantar, y no me daba lugar ni siquiera a enderezarme.

603 De balde quiero moverme: aquel indio no me suelta. Como persona resuelta toda mi juerza ejecuto, pero abajo de aquel bruto no podía ni darme güelta.

* * * * *

604 ¡Bendito, Dios poderoso, quien te puede comprender! Cuando a una débil mujer le diste en esa ocación la juerza que en un varón tal vez no pudiera haber.

605 Esa infeliz tan llorosa, viendo el peligro se anima; como una flecha se arrima y olvidando su aflición, le pegó al indio un tirón que me lo sacó de encima.

606 Ausilio tan generoso me libertó del apuro; si no es ella, de siguro que el indio me sacrifica; y mi valor se duplica con un ejemplo tan puro.

607 En cuanto me enderecé nos volvimos a topar, no se podía descansar y me chorriaba el sudor: en un apuro mayor jamás me he vuelto a encontrar.

608 Tampoco yo le daba alce como deben suponer; se había aumentao mi quehacer para impedir que el brutazo le pegar algún bolazo de rabia a aquella mujer.

609 La bola en manos del indio es terrible y muy ligera; hace de ella lo que quiera saltando como una cabra. Mudos, sin decir palabra, peliábamos comos fieras.

610 Aquel duelo en el desierto nunca jamás se me olvida; iba jugando la vida con tan terrible enemigo, teniendo allí de testigo a una mujer afligida.

611 Cuanto él más se enfurecía yo más me empiezo a calmar; mientras no logra matar el indio no se desfoga; al fin le corté una soga y lo empecé a aventajar.

612 Me hizo sonar las costillas de un bolazo aquel maldito; y al tiempo que le di un grito y le dentro como bala, pisa el indio, y se refala en el cuerpo del chiquito.

613 Para explicar el misterio es muy escasa mi cencia: lo castigó, en mi conciencia, Su Divina Majestá; donde no hay casualidá suele estar la Providencia.

614 En cuanto trastabilló más de firme lo cargué, y aunque de nuevo hizo pie lo perdió aquella pisada; pues en esa atropellada en dos partes lo corté.

615 Al sentirse lastimao se puso medio afligido, pero era indio decidido, su valor no se aquebranta; le salían de la garganta como una especie de aullidos.

616 Lastimao en la cabeza, la sangre lo enceguecía; de otra herida le salía haciendo un charco ande estaba, con los pies chapaliaba sin aflojar todavía.

617 Tres figuras imponentes formábamos aquel terno: ella en su dolor materno, yo con la lengua dejuera, y el salvaje como fiera disparada del infierno.

618 Iba conociendo el indio que tocaban a degüello: se le erizaba el cabello y los ojos revolvía; los labios se le perdían cuando iba a tomar resuello.

619 En una nueva dentrada le pegué un golpe sentido, y al verse ya malherido, aquel indio furibundo lanzó un terrible alrido que retumbó como un ruido si se sacudiera el mundo.

620 Al fin de tanto lidiar, en el cuchillo lo alcé, en peso lo levanté aquel hijo del desierto; ensartado lo llevé, y allá recién lo largué cuando ya lo sentí muerto.

621 Me persiné dando gracias de haber salvado la vida; aquella pobre afligida, de rodillas en el suelo, alzó sus ojos al cielo sollozando dolorida.

622 Me hinqué también a su lado a dar gracias a mi Santo; en su dolor y quebranto ella, a la Madre de Dios, le pide en su triste llanto que nos ampare a los dos.

623 Se alzó con pausa de leona cuando acabó de implorar, y, sin dejar de llorar, envolvió en uno trapitos los pedazos de su hijito, que yo le ayudé a juntar.

X

624 Dende ese punto era juerza abandonar el desierto, pues me hubieran descubierto, y aunque lo maté en pelea, de fijo que me lancean por vengar al indio muerto.