La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3

Part 6

Chapter 63,820 wordsPublic domain

Cuando los emperadores manchures, hace dos siglos y medio, destronaron á la dinastía de los Ming, apoderándose de Pekín, el último de los Ming no quiso sobrevivir á tal vergüenza y se ahorcó de una rama de dicho árbol. A los nuevos emperadores les convenía mantener intacto el prestigio de su investidura, la inviolabilidad religiosa de sus personas, y ordenaron el procesamiento del árbol por haber prestado sus ramas para esta acción sacrílega, condenándolo á prisión perpetua como reo de lesa majestad. El árbol hace muchos años que está seco, pero aún se mantiene erguido, negro y leñoso, en medio de una vegetación que goza de plena libertad, teniendo enroscadas á su tronco y sus brazos numerosas cadenas manchadas de herrumbre.

Sobre los canales con riberas de piedra que llevan el agua de un «mar» á otro, se lanzan las curvas de los puentes de mármol. En otros sitios ponen en comunicación el jardín con las islas. El arqueamiento exagerado de estos puentes resulta penoso para los pies occidentales. Uno de ellos, á pesar de su magnificencia, recibe el apodo de «El Jorobado» por la altura de su curva. El tiempo y el abandono han desgastado además los pequeños escalones de su doble pendiente, haciendo aún más difícil su tránsito. Pero los personajes chinos iban calzados con ligeras zapatillas de fieltro, que les permitían ajustar sus plantas á las sinuosidades del suelo, ascendiendo por ellas mejor que nosotros. Ya dije también cómo el monarca, con sus ligeras sandalias de pergamino, subía ritualmente las escalinatas por el «sendero imperial», que no siempre era camino fácil.

Actualmente los jardines de la Ciudad Prohibida no tienen otros guardianes que hombres del ejército. Al licenciar la República el personal enorme mantenido por los emperadores en sus palacios, lo suplió con soldados de línea. Como el ejército es muy numeroso en este país extraordinariamente poblado y gusta más de vivir tranquilo que de ejercicios y maniobras, una gran parte de la guarnición de Pekín se halla dedicada á la vigilancia de los edificios públicos.

En todos los kioscos se encuentran soldados y fusiles. Sobre las riberas marmóreas de los lagos circulan patrullas con el arma al hombro. Junto á los puentes de atrevida curva hay militares que se apresuran a ofrecer una mano á los viajeros, ayudándolos á pasar sobre el lomo resbaladizo de mármol, en espera de una propina ó un simple cigarrillo. Si no reciben nada, no por ello dejan de sonreir y hacer cortesías. Estos mocetones, procedentes de las provincias del Norte, campesinos de buen humor que la República ha convertido en soldados, parecen más grandes de lo que son en realidad á causa de sus trajes de invierno, acolchados interiormente. Los forros de algodón en rama los hacen extremadamente obesos. Hay nieve en los rincones sombríos de la arboleda, flotan sobre los lagos anchas placas de helado cristal, pero como luce el sol, estos guerreros han dejado sueltas las orejeras de piel de sus gorras. Cuando pasa un destacamento se ve sobre las cabezas de sus hombres y por debajo de las hileras de bayonetas cómo se balancean al compás de la marcha los pares de orejas erguidas.

Por encima de las murallas de la Ciudad Roja espejean las techumbres de los palacios imperiales, todas con tejas de laca amarilla, color que únicamente podía usar el Hijo del Cielo. Una sucesión de nueve patios enormes (siempre el número simbólico), en torno á los cuales corre una cuádruple fila de edificios, forma el núcleo de la Ciudad Prohibida. Estos patios se comunican á través de portadas, sobre mesetas de mármol que tienen por ambos lados amplios graderíos. Las portadas también son de mármol y constan de tres puertas, estando reservada la del centro para el emperador y las otras para los mandarines, según su categoría. Sobre cada una de aquéllas existe un pabellón de madera laqueada y dorada, con techo amarillo, cuyos aleros se encorvan en los ángulos.

Estos patios, orientados con arreglo á los puntos cardinales, tienen al Sur y al Norte las portadas de acceso, á ambos lados de ellas los salones más importantes, y al Este y al Oeste galerías, detrás de las cuales existen almacenes, dormitorios y cuadras. En torno al primer patio vivían los funcionarios palaciegos más modestos y los jefes de la Guardia imperial. Hay que advertir que la Ciudad Prohibida contaba siempre con una guarnición de 15.000 infantes y 5.000 jinetes.

Todos los nueve patios tienen pavimento de mármol, y por su centro corre un río atravesado por tres ó cinco puentes. Su extensión es tan enorme que el hombre parece perdido en ella, achicándose con una modestia lamentable cuando se aleja á uno de sus extremos. Para cortar la monotonía de estas llanuras rectangulares, embaldosadas de blanco y cerradas por ostentosos edificios, se alzan en ellas grandes pedestales sustentando leones chinescos, de ojos saltones como bolas, dentadura de cocodrilo y melena de perro. Otras veces sostienen cigüeñas de bronce ó vasos que parecen campanas olvidadas.

El segundo patio, el más enorme de todos, guarda en su fondo la sala imperial. Dentro de ella recibía el Hijo del Cielo á los embajadores y los príncipes feudatarios. En las galerías del Este y del Oeste estaban los almacenes de las cosas preciosas de su pertenencia particular, vastos salones que muchas veces no podían contener los tesoros del celeste emperador, dueño absoluto de un país más grande que Europa.

Uno de los edificios guardaba los vasos de bronce y diversas obras de metal hechas por los artífices de Pekín ó regaladas por los gobernadores de las provincias. Otro contenía las peleterías preciosas enviadas por los cazadores de las provincias limítrofes con Siberia. El enorme Imperio chino abarcaba todos los climas y poseía todas las faunas, desde el oso de las llanuras de hielo á la pantera y el tigre de los arrozales cercanos á los mares del Sur.

En un tercer depósito se almacenaban las vestiduras de honor que el Hijo del Cielo regalaba como si fuesen condecoraciones á los funcionarios dignos de tal recompensa: gabanes de seda, con forros de zorro azul, de cibelina, de armiño. Otra sala contenía las piedras sin montar del tesoro imperial, diamantes, amatistas, esmeraldas, mármoles raros, jade de un verde tierno que parece vivir ó veteado de oro, perlas finas pescadas por los súbditos de las provincias meridionales. El ropero imperial ocupaba un edificio de dos pisos, con armarios y cofres repletos de maravillosas vestimentas, ligeras y coloreadas como flores. En un sexto depósito estaban las armas, ricas y célebres, tomadas al enemigo, y otras ofrecidas por los embajadores de los monarcas tributarios.

Creo oportuno recordar cómo fué en otras épocas el poder de los emperadores chinos. Nos hemos habituado tanto en los últimos tiempos á ver subyugado este país á las exigencias abusivas y crueles de las naciones europeas y de los japoneses, que apenas si nos damos cuenta de que el Hijo del Cielo vivió durante siglos y siglos, dentro del mundo asiático, más poderoso y obedecido que ningún monarca lo fué en Occidente. No había pueblo del viejo mundo que no reconociese su autoridad y temiera sus ejércitos innumerables. El Japón fué el único que se libró de tal vasallaje, por su posición insular y por los caprichos oceánicos que destruyeron todas las flotas chinas llegadas á sus costas. El cruel Timur, ó sea el famoso Tamerlán, terror y azote de tantos pueblos, se declaró feudatario del Gran Kan residente en Pekín.

Hay que imaginarse el aspecto de este segundo patio en días de gran recepción. Se abre en su parte Norte lo que puede llamarse sala del trono y que los chinos titulan _Tacho-Tien_ (Sala de la Gran Reunión). En el centro de ella colocaban el asiento del emperador, quedando las cuatro patas de dicho mueble á ambos lados del eje que divide por mitad á Pekín. Si abrían la puerta central del pabellón Sur, y sucesivamente las portadas de la Ciudad Roja, de la Amarilla y de la Tártara--todas colocadas exactamente en la misma línea--, el Hijo del Cielo, sin moverse de su asiento, podía extender sus miradas hasta el extremo Sur de Pekín, á través de toda la Ciudad China, en una extensión longitudinal de muchos kilómetros, viendo como un hormiguero la remota actividad de las muchedumbres circulando por la calle de Enfrente.

A la meseta de mármol que sustenta la Sala de la Gran Reunión se sube por cinco escalinatas que dan á otras tantas terrazas con balaustradas de maravillosa labor. El mármol ha sido trabajado como algo dúctil que adquiriese rápida forma bajo los dedos. Cigüeñas y dragones parecen correr entre los encajes marmóreos. Los siglos han dado á la preciosa piedra un color amarillo de miel.

Las puertas de esta sala imperial son de laca roja y de oro, con menudos dragones deslizándose entre ramajes complicados. También son de rojo y de oro las grandes columnas, y estos dos colores imperiales se repiten en el adorno de los muros, dando á todo el salón una visualidad que hace recordar las tintas de la bandera española agitada por el viento.

Sobre pedestales quebrados por los golpes más que por los siglos, se ven unos vasos maravillosos de bronce verde, con adornos de oro pálido profundamente rayado. Fueron soldados japoneses los que en 1900 rascaron con sus cuchillos-bayonetas esta capa de oro, para llevarse el precioso polvo. Tal rapiña no resultó un acto extraordinario. Las tropas europeas llegadas á Pekín en la misma expedición contra los boxers mostraron igual conducta. Lo admirable de estas vasijas gigantescas, desfiguradas por la rapacidad de los invasores, es su timbre sonoro. Basta dar en ellas con los nudillos para que salga de sus entrañas una vibración misteriosa y ultraterrena, un eco que hace recordar las melodías planetarias imaginadas por los pitagóricos.

Todo el salón es de madera, paredes y columnas, pero con numerosas capas de laca roja, dorada ó de bronce verdoso, que imitan los tonos de los metales y las piedras preciosas, dando además á dichos colores la frescura eterna de su barniz, en cuyo brillo no logran morder los años.

El canal que atraviesa este segundo patio es profundo como un río. Cinco puentes de mármol lo atraviesan, para que en otros tiempos pudiesen pasar á la vez los imponentes cortejos del Hijo del Cielo. Sobre las cinco mesetas de mármol que se escalonan hasta la Sala de la Gran Reunión se mantenían derechos miles de mandarines durante el curso de la ceremonia imperial.

En este patio, donde podrían desplegarse cómodamente varios batallones europeos, formaban los destacamentos de las Ocho Banderas en que estaba dividido el ejército chino, con sus corazas multicolores, sus yelmos metálicos en forma de sombrilla, sus lanzas rematadas por anchos alfanjes, sus mosquetes que tenían por culatas cabezas de dragón, sus vestimentas de tinte anaranjado ó azul. Sobre el bosque brillante de las armas ondeaban las Ocho Banderas, emblemas de las antiguas tribus manchures, amarilla, blanca, roja, azul ó con diversas combinaciones de estos cuatro colores. En el fondo, ocupando un lugar secundario y modesto, formaban las tropas de la Bandera Verde, las más numerosas y plebeyas, que mantenían el orden en las provincias del Imperio, haciendo oficio de gendarmería.

Hoy, todas las explanadas de mármol de la Ciudad Imperial, majestuosas y enormes, como no las tiene ningún palacio de la tierra, están solitarias. De tarde en tarde, cual si fuesen hormigas, se deslizan por sus llanuras cuadrangulares y blancas algunos pequeños grupos de soldados ó de curiosos. Sus verdaderos habitantes de ahora vuelan y viven en los aleros.

Los adornos salientes de los edificios tienen un color blancuzco, á causa de la capa de fenta depositada por los palomos. Éstos deshonran igualmente con sus residuos las terrazas de mármol y las imágenes de leones, tortugas y cigüeñas de verdoso bronce erguidas sobre pedestales. Unos cuervos pequeños y de graciosos movimientos revolotean en los patios ó se posan en los filos de las techumbres, alterando con sus voces el silencio de la gran ruina. Gritan como niños asustados; otras veces parecen burlarse de los que entran y salen en este palacio de inusitadas proporciones, que ellos poseen ahora absolutamente. En realidad, los personajes soberbios de la Historia, al construir monumentos que se imaginan inmortales, trabajan para el cuervo, la araña, el lagarto y la hiedra, sus herederos forzosos.

En los edificios de otros patios ha improvisado la República china un museo con lo que se pudo salvar de la rapacidad de las tropas civilizadas cuando vinieron en 1900 á socorrer á los sitiados del barrio de las Legaciones y á dispersar á los boxers. Dichas salas ofrecen un aspecto poco ordenado, pero su magnificencia deslumbra y llega á fatigar los ojos. Mejor que museo debía titularse lo que se guarda en ellas «Colección de riquezas nacionales que no pudieron robar los representantes de la civilización occidental».

Sus porcelanas son de valor inestimable, piezas antiquísimas que parecen fabricadas por manos superiores á las del hombre. Se ven en las vitrinas lujosos muebles con todos los caprichos de la curva escamosa del dragón, tallados en ricas maderas; tronos de oro; corazas con incrustaciones de pedrería; árboles cuyas hojas y troncos están hechos con valvas de madreperla; armas cinceladas como joyas; trajes de ceremonia con bestias heráldicas de grueso realce; cetros de oro y cristal de roca; esmaltes de tan enormes proporciones que resulta inexplicable su producción; cascos y sombreros cubiertos enteramente de perlas, cual si hubiese caído sobre ellos un rocío celeste.

Muchos de estos objetos los ocultaron chinos fieles á la dinastía, cuando llegó la expedición de los países civilizadores, devolviéndolos luego al gobierno. Otros fueron robados por las tropas invasoras, y las comisiones encargadas de remediar tales delitos consiguieron rescatarlos. ¡Pero desaparecieron tantas riquezas!... ¡Fueron tan numerosos los robos!...

Cada vez que nos muestran un objeto precioso estúpidamente destrozado, los guardianes del museo se limitan á decir:

--Esto lo hicieron las tropas de las naciones civilizadas.

Y sonríen con una amabilidad irónica.

El pueblo chino ha cometido crueldades, como todos los pueblos de la tierra, pero muchas menos que las imaginadas por la ignorancia occidental. La culpa remota de este error la tienen los sacerdotes budistas, que tanto aquí como en el Japón han hecho circular durante varios siglos estampas horripilantes representando cuantos tormentos sufren en la otra vida los que mueren en pecado. Son casi iguales á las estampas del infierno y de sus suplicios que existen en los países católicos.

Muchos viajeros, al ver estas escenas del infierno budista, las creyeron una fiel representación de tormentos complicados y monstruosos que aplicaban antiguamente chinos y japoneses. Nada más falso. En China han existido la muerte á palos y la decapitación, como en casi todos los países de la tierra. Durante las revueltas populares y las guerras civiles abundaron refinadas ejecuciones y matanzas, aunque tal vez menos que en ciertos países de Europa y América. Sus piratas y sus bandidos de tierra firme no fueron peores que los de otras partes.

En cambio, la expedición civilizadora contra los boxers abundó en episodios inauditos. Un soldado procedente de uno de los países más cultos de Europa, al pasar con varios camaradas por una de las calles de Pekín, vió en la puerta de su tienda á un mercader extremadamente gordo, con esa obesidad monstruosa producto de una vida sedentaria, lenta y pacífica.

--Me interesa saber--dijo--lo que ese chino tiene en el vientre.

Y de un bayonetazo le rajó el abdomen, echando afuera sus tripas.

Estos chinos que parecen cansados y hasta apolillados, después de cincuenta siglos de civilización á su modo, hablan con ironía del estado que ocupan en el mundo moderno.

«Nosotros los salvajes», dicen con burlona modestia. Y añaden poco después: «Los blancos, que nos hacen el favor de querer civilizarnos...»

Hemos mencionado ligeramente algo de lo ocurrido durante la última entrada en Pekín de las tropas civilizadoras. En otra expedición militar emprendida en tiempos de Napoleón III por un ejército de ingleses y franceses, el robo de los palacios imperiales resultó inaudito. Casi todas las riquezas de arte chino existentes en Europa datan de aquella invasión de bandidos civilizados.

Además, la artillería de las citadas tropas se instaló en el primitivo Palacio de Verano, cerca de Pekín, y la explosión intencionada ó casual de su depósito de pólvora hizo desaparecer instantáneamente este monumento célebre del arte chino.

Otra intervención anterior de Inglaterra, en la primera mitad del siglo XIX, que la permitió adueñarse de Hong-Kong, aún fué más vergonzosa. Los gobernantes chinos, para librar á su pueblo del envilecimiento del opio, prohibieron el consumo de dicha droga. Los ingleses siguieron entrándola de contrabando, porque así convenía á su comercio, y como el virrey de Cantón embargase varios cargamentos, echándolos al agua, la piadosa y liberal Inglaterra envió sus batallones y sus navíos contra el gobierno del Hijo del Cielo para defender una vez más la civilización... y la venta del opio.

--Nosotros los salvajes--repiten sonriendo los chinos.

Saben que su enorme y viejo país, rutinario y fatigado como todos los pueblos extremadamente antiguos, dió al mundo la brújula, la imprenta, la pólvora, la porcelana y los principios fundamentales de la agricultura científica.

VII

EL PALACIO DE VERANO

La retratista de la emperatriz.--La mentalidad de una soberana china.--Los hermosos camellos de Pekín.--Las murallas de la capital y su antigua artillería.--Maravillas del Palacio de Verano.--El «lago-mar».--El famoso Navío de Mármol.--Un puerto de comercio improvisado, para que el Hijo del Cielo se disfrazase de vagabundo.--Robo de dos azulejos.--El feliz «triángulo» imperial.--El joven ex emperador y el presidente de la República.

Miss Catalina Carl es una pintora notable de los Estados Unidos y la única dama de raza blanca que vivió en los palacios imperiales de la China.

En 1905, estando en Shanghai, fué llamada á Pekín por la Legación norteamericana. La emperatriz regente, que vivía como ciertas reinas famosas de otras épocas, gobernando á su modo el vastísimo Imperio y haciendo frente á las ambiciones de las potencias occidentales, sentía repentinamente deseos de imitar la existencia de los remotos soberanos de Europa. Pero tales deseos no eran más que movimientos de curiosidad, retrogradando en seguida á sus antiguas costumbres. Esta emperatriz, que fué verdaderamente el último soberano chino--la República se proclamó tres años después de su muerte--, quiso que la retratase un artista blanco, y al saber que una pintora célebre viajaba por sus Estados, aprovechó la ocasión, prefiriendo servir de modelo á una mujer.

La citada artista ha escrito un libro interesante sobre su vida palaciega y además me relató nuevas anécdotas durante mi permanencia en Pekín. Era la emperatriz una manchur de carácter enérgico, que ejercía con verdadera vocación sus funciones de gobernante. Teniendo que dirigir los destinos de un territorio enorme como un continente, con una población de cuatrocientos á quinientos millones de seres, se equivocó muchas veces; pero un hombre de talento, obligado á desempeñar una autoridad tan variada y extensa, tal vez habría cometido los mismos errores.

En su tiempo ocurrió la revolución de los boxers. Mirada del lado europeo, esta revolución resulta un alzamiento horripilante por sus crueldades. Examinada desde el punto de vista chino, fué una protesta nacionalista, una explosión de odio contra los extranjeros, dominadores del país. Por esto la figura de la última soberana resulta confusa y contradictoria. Algunos la creen una emperatriz mesalinesca, con los defectos de Catalina de Rusia. Otros la admiran como una gran patriota. Miss Carl sólo guarda de ella excelentes recuerdos y se enternece al relatar sus bondades.

Esta reina, poseedora de más súbditos y territorios que ningún soberano de Europa, recibió á la artista californiana con una afabilidad burguesa, sin aparato alguno. Al saber que era huérfana, le dijo:

--Yo seré tu madre. No te preocupes de tu porvenir. Corre á mi cargo hacerte feliz.

Y la instaló en uno de sus palacios, con un mayordomo que capitaneaba á trescientos domésticos. En el Extremo Oriente la importancia de los personajes se mide por el número de criados, y nadie sabe hasta dónde puede llegar la cantidad de éstos, teniendo en cuenta las divisiones del servicio. Uno está encargado solamente de los platos, otro de las copas, cada lecho de la casa tiene un sirviente especial, etc.

Después que la pintora tomó posesión de su palacio y pasó revista á su batallón de servidores, aún tuvo que esperar varios meses para dar principio á su obra. Hacer un retrato de la emperatriz de la China era negocio de Estado, digno de largos estudios y lentas discusiones. Primeramente una comisión de astrólogos levantó el horóscopo de miss Carl para saber si su espíritu era compatible con el de la sagrada emperatriz, ó iba á causarle graves daños al ponerse en contacto con ella. Cuando al fin reconocieron los sabios que podía aproximarse á la soberana sin peligro alguno, los geomantes del palacio entraron en funciones para decidir qué edificio sería el más á propósito para el trabajo de la artista. Y después de encontrado el sitio, hubo que hacer nuevos estudios, fijando el día y la hora favorables para dar la primera pincelada.

Tan satisfecha quedó la emperatriz de miss Carl, que años después le pidió que hiciese un segundo retrato de ella. Estas dos obras adornan los salones más grandes del Palacio de Verano. La soberana aparece en ambos lienzos ocupando un trono, con el traje femenino de la dinastía manchur. Va cubierta de joyas lo mismo que un ídolo; tiene los pies pequeños naturalmente, sin la deformación tradicional de las antiguas chinas; su tocado se levanta y se abre sobre la frente como una canastilla de flores.

Mientras era pintada por su retratista, iba haciéndola preguntas, con una curiosidad de niña, sobre el modo de vivir las mujeres en los países de raza blanca.

La etiqueta china no le había permitido ver nunca las calles de Pekín. Gobernaba su vastísimo Imperio sin haber visitado ninguna de sus ciudades. Todo lo sabía de oídas, según se lo habían contado sus mandarines. Cuando atravesaba la capital una vez al año para ir al Templo del Cielo con el joven emperador, ó al trasladarse desde su residencia de invierno en Pekín al Palacio de Verano, no le era posible ver á su pueblo. Calles y caminos quedaban desiertos desde un día antes. Los chinos sabían que era delito, pagado con la cabeza, todo intento de conocer á sus soberanos. La emperatriz, seguida de su brillante séquito, pasaba como un fantasma por estas calles muertas, y para que su tránsito resultase aún más irreal, servidores palaciegos ocultos en tejados y árboles dejaban caer una lluvia de pétalos rojos y amarillos, colores emblemáticos de la dinastía, como un homenaje celeste.

Para esta dueña absoluta de quinientos millones de seres humanos, la mayor diversión era asomarse con disimulo á una ventana, en las horas matinales, viendo á los pobres servidores de sus cocinas que traían á cuestas sacos ó cestos de comestibles. Así podía conocer otras gentes que los personajes de su corte. Poco después, la tradición y el orgullo dinástico renacían en su interior, haciéndole incomprensible la vida ordinaria de las soberanas europeas.

Mostraba una simpatía instintiva y una admiración «de clase» por la reina Victoria de la Gran Bretaña. Se había enterado por sus ministros y por los diplomáticos de la existencia de esta emperatriz, semejante á ella, que gobernaba la otra vertiente del mundo.