La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3

Part 3

Chapter 33,804 wordsPublic domain

Al examinar el plano de Pekín se cree estar viendo un dibujo geométrico. Abajo, en el Sur, hay un rectángulo más ancho que alto, que es la ciudad china. Encima un cuadrado perfecto, la ciudad tártara, y en el centro de ella un segundo cuadrado, la ciudad imperial. La ciudad china, reservada en otros siglos al populacho, ocupa el lugar del vestíbulo en un plano arquitectónico; después viene, como si fuese el cuerpo principal del edificio, la ciudad tártara, y en su corazón, bien guardado por todas sus caras, está el santuario, la ciudad imperial, donde residía el Hijo del Cielo.

Marco Polo cuenta que el nieto de Gengis-Kan, al establecer su capital en Pekín, tuvo en cuenta las predicciones de algunos adivinos que le acompañaban en sus conquistas. Como éstos le aseguraron que su descendencia perecería por una sublevación de dicha ciudad, el Gran Kan levantó al lado de la antigua Cambaluc, ó sea la ciudad china, la actual ciudad tártara, repartiendo los solares entre sus feudatarios más adictos. De tal modo, sus herederos vivirían rodeados siempre por los nietos de los antiguos conquistadores, sirviéndoles éstos de guardia y defensa. Para que los enemigos del Hijo del Cielo pudiesen llegar hasta él, tenían que asaltar primeramente la ciudad china, que por sí sola representaba todo un sistema de fortificación. Luego, salvando el canal que separa dicha ciudad de la tártara, debían hacerse dueños de los baluartes de ésta última, todavía más altos y robustos, y finalmente, al verse poseedores de la ciudad tártara, tropezaban con las murallas de la «ciudad roja», nombre que se da igualmente por el color de sus muros á la ciudad imperial ó prohibida.

Durante varios siglos de paz se fué quebrantando la división de razas que separaba á los conquistados, habitantes de la ciudad china, de los vecinos de la ciudad tártara, descendientes de los conquistadores. Esta última, por contener en su recinto los palacios imperiales, vivía bajo un régimen militar, cerrándose sus puertas á la puesta del sol y quedando sometidos sus habitantes á todas las molestias de una plaza fuerte. Como precisamente los nietos de los tártaros eran los más ricos y dados á los placeres, se fueron trasladando á la ciudad china, para vivir con mayor libertad. Hace ya muchos años que estas denominaciones no son más que recuerdos históricos. Las familias chinas y tártaras se han mezclado por enlaces matrimoniales y viven indistintamente en una ó en otra ciudad.

La arquitectura de Pekín recuerda el origen nómada del pueblo chino en los tiempos remotos de su historia. También fueron de vida errante las dos invasiones de jinetes tártaros y manchures. A causa de esta influencia, muchos que han estudiado su arquitectura reconocen en todas sus construcciones--palacios, templos, torres ó casas particulares--una imitación de la tienda de campaña habitada por sus ascendientes.

En China sólo se construyeron durante los pasados siglos edificios de un piso único. Cuando se quería darles cierta altura para que adquiriesen proporciones majestuosas, eran levantados sobre mesetas de piedra. En los barrios comerciales, la necesidad de vivir sin quitar espacio al propio almacén obligó á muchos á construir sobre su establecimiento una especie de buhardilla, que sirve de habitación. Pero es creencia tradicional que el vivir en piso alto atrae las enfermedades, y manteniéndose en contacto á todas horas con la tierra se reciben efluvios misteriosos que vigorizan la salud.

El parecido entre el edificio chinesco y la tienda de campaña resulta exacto. Las techumbres, negras ó de tejas barnizadas, son externamente cóncavas, como la cubierta de lona de la tienda, que forma bajo el soplo del viento una curva entrante. Las columnas, siempre de madera, carecen de capiteles y basamentos, aunque el edificio se halle revestido con pomposa riqueza. Están cubiertas de laca y oro, pero son iguales de arriba á abajo, sin ningún adorno saliente, como los postes que forman el andamiaje interior de los campamentos. Los ángulos de las techumbres se encorvan hacia arriba, lo mismo que los extremos de la tienda, sostenidos por lanzas.

Los chinos han ratificado con sus ideas supersticiosas esta forma curva de los ángulos de sus tejados. Son muchos los que aún creen en la actualidad que sus ascendientes dieron figura de cuerno á los remates de los aleros para dejar más espacio á los espíritus del Agua y del Aire, señores de nuestra existencia. Así no se rasgan las alas ni se enredan en ángulos agudos, como los que fabrican los «demonios blancos» en sus construcciones.

Éste es el país de los geomantes. Antes de construir un edificio se pide consejo á la ciencia geomántica y no se abren los cimientos ni se coloca una piedra sin que el adivino, enterado del revoloteo de los espíritus y las direcciones amadas por ellos, estudie el solar y diga al arquitecto qué orientación debe seguir en sus planos. Son también los geomantes quienes señalan los terrenos más favorables para enterrar á los muertos y que los espíritus sean clementes con ellos. Con frecuencia, el adivino designa como lugar favorable para la futura tumba el campo de algún amigo suyo, y los herederos se ven obligados á adquirirlo á un precio fabuloso. Lo más extraordinario es que estos hechiceros que legislan sobre las buenas ó malas condiciones del suelo únicamente reconocen á la tierra que los hace vivir una personalidad secundaria y pasiva. Los dioses, según ellos, sólo habitan la atmósfera. Son _Feng_ (el Viento) y _Shui_ (el Agua).

Más de una vez, el europeo ó el norteamericano, después de haber construído una fábrica, una estación de ferrocarril ó una chimenea de ladrillos, ve llegar en masa á la chinería de las inmediaciones, que protesta con desesperación, enumerando las calamidades caídas recientemente sobre la comarca. Esto se debe á que _Feng_ y _Shui_ están irritados por las obras groseras que obstruyen una atmósfera en la que se movían antes con desembarazo. Es el geomante más célebre del distrito quien ha hecho tal descubrimiento, gracias á su ciencia. Y los civilizadores del país no tienen otro recurso que buscar al sabio popular para conseguir con donativos secretos que cambie repentinamente de opinión. En ciertas ocasiones el geomante es un nacionalista hasta la xenofobia, que no admite regalos y cree de buena fe en sus revelaciones, aferrándose á ellas para que los extranjeros se alejen del país. El populacho insiste en sus protestas, y los mandarines encargados de la justicia ordenan, para restablecer la paz, la demolición de los edificios industriales, aunque el gobierno tenga que pagar una fuerte indemnización á sus dueños.

La tienda de campaña, origen y modelo de la arquitectura china, se repite siempre en extensión ó en altura. Una torre de pagoda no es más que una sucesión de tiendas con los aleros cornudos, colocadas una sobre otra en armónica disminución. Los pequeños y ligeros edificios superpuestos deben ser forzosamente en número impar: cinco ó siete por regla general. Los chinos aborrecen el número par y lo evitan en todas sus obras.

Templos y palacios están formados por aglomeraciones de edificios, siempre en figura de tienda, y teniendo por únicos materiales la madera y el azulejo. El mármol y el granito se reservan para los basamentos de las construcciones, para las escalinatas con barandillas admirablemente cinceladas, para los puentes de atrevida joroba, para los pavimentos de los patios, encerrados entre cuatro hileras de edificios y por cuyo centro se desliza un curso de agua.

Las tres antiguas ciudades que forman la capital china han visto crearse otra más pequeña junto á la muralla de la ciudad tártara, en el lugar donde se alza la Puerta de Enfrente, dando paso á la avenida que atraviesa todo Pekín hasta el Palacio Imperial. Esta cuarta ciudad es el llamado barrio de las Legaciones, por vivir en él los representantes diplomáticos y todos los blancos residentes en Pekín. Es como un Estado independiente dentro del corazón de la China. Hasta tiene un ejército internacional para su defensa, y en el interior de sus fronteras no rigen las leyes ni las autoridades del resto del país.

El lector recordará indudablemente la sublevación de los boxers en 1900 y la horrible situación en que se vieron los habitantes del barrio de las Legaciones. Estos boxers, patriotas hasta la ferocidad, se sublevaron contra los «demonios blancos», exterminando á todos los individuos de nuestra raza que pudieron encontrar. El personal de las Legaciones, los exiguos contingentes militares que éstas tenían á su disposición y los europeos civiles que pudieron armarse sostuvieron una lucha desesperada durante varias semanas, hasta que llegaron los refuerzos enviados por las grandes potencias. Tuvieron que batirse uno contra mil día y noche, sufriendo el hambre, la sed, el insomnio, la infección de la atmósfera producida por los cadáveres abandonados en las calles al pie de las barricadas. Como estaban seguros de perecer sometidos á horribles tormentos si caían en poder de los boxers, se batieron con el heroísmo del que ha decidido morir, pero sin soltar las armas.

Además, el chino es poco propenso á las ofensivas á cuerpo descubierto, y prefirió atacar las Legaciones oculto en los edificios cercanos, con la esperanza de rendir á sus enemigos por el hambre y la sed.

Después de esta cruel experiencia, las naciones poderosas que desean influir sobre los destinos de la China mantienen en el barrio de las Legaciones unos contingentes militares dignos de respeto. Se ven en las calles de esta pequeña ciudad, edificada á estilo europeo, soldados ingleses, franceses, italianos, y especialmente norteamericanos.

La Embajada de los Estados Unidos es enorme. Sus varios edificios están situados junto á una sección interior de la muralla que defiende á la ciudad tártara. Algunos de ellos son pabellones militares, idénticos á los de los cuarteles. Desde lo alto de la muralla se ven sus patios y en ellos grupos de soldados con chambergos puntiagudos que hacen el ejercicio de fusil y practican el manejo de las ametralladoras. Además, dentro de la Embajada están las dos enormes antenas de telegrafía inalámbrica que mantienen en comunicación segura á las Legaciones con el resto de la tierra.

Hoy no es probable un ataque de los patriotas exaltados contra este barrio. Las fuerzas militares de que disponen los embajadores en Pekín y en las concesiones diplomáticas del puerto de Tient-Sin ascienden, según parece, á unos ocho mil hombres, lo que representa, por la calidad de los soldados y por su material de combate, un ejército importantísimo, teniendo en cuenta la desorganización ruidosa y la propensión á huir, después de un ataque rechazado, que muestran las muchedumbres chinas.

No hacen los embajadores ostentación de dichas tropas. Únicamente se ven en las calles, con alguna frecuencia, soldados norteamericanos; lo que no resulta extraordinario, por ser el gobierno de los Estados Unidos el que ejerce mayor influencia sobre la República china. Soldados nipones apenas se encuentran, aparte de los centinelas que guardan la entrada de su Legación; pero en Pekín ascienden á varios miles los tenderos japoneses, vigorosos, jóvenes, de sonrisa astuta. Según me dicen algunos diplomáticos, todo japonés tiene oculto en su tienda el uniforme y el fusil, y basta que su embajador lance una palabra, para que media hora después formen en sus patios dos regimientos tan bien organizados como los de la guarnición de Tokio, sin que nadie pueda adivinar de dónde surgieron.

Este barrio de las Legaciones es interesante y ameno á causa de las rivalidades ocultas, las ceremonias y las etiquetas exteriores, que forman el tejido de su vida diaria. Recuerda el mundo diplomático de Constantinopla antes de que fuese destronado el último sultán absoluto, cuando aún existían los privilegios internacionales de las Capitulaciones. Las esposas de los diplomáticos reproducen en Pekín las elegancias y placeres de la vida occidental. Son frecuentes las fiestas de sociedad, los banquetes conmemorativos, las recepciones oficiales.

El primer hotel europeo de Pekín lo estableció, en pleno barrio de las Legaciones, la Compañía europea de los Wagons-Lits y lleva este mismo título. Es un hotel de tipo francés, que algunos consideran algo anticuado. Recientemente, la influencia norteamericana creó el Gran Hotel de Pekín, edificio enorme, á semejanza de los de Nueva York, con vastas salas de baile y una feria de bulliciosas tiendas en su piso bajo. La tranquilidad actual de la China ha permitido la audacia de construir este albergue lujoso fuera del barrio de las Legaciones. En torno á él se están edificando casas á la europea para las familias occidentales, cada vez más numerosas. De ocurrir una revolución nacionalista, las fuerzas que guarnecen las Legaciones podrían defender con facilidad este nuevo barrio anexo.

Los que conocemos á Pekín desde hace muchísimos años por nuestras lecturas, preferimos el tranquilo y señorial Hotel de los Wagons-Lits. Lo vimos mencionado siempre en los relatos de la lejana ciudad como única residencia de los europeos de entonces, y nos parece que instalados en él estamos más de veras en China.

Tengo un amigo y compañero de letras que ha residido en esta capital dos largas temporadas, y me conduce á muchos lugares cuyo conocimiento requiere una larga observación. Es el marqués de Dosfuentes, ministro plenipotenciario de España; diplomático que vive como un prócer de otra época, escritor que en su libro _El alma nacional_ supo condensar como nadie lo mejor y lo más sano de nuestra raza. La Legación de España, edificio gracioso, de elegante sencillez, ha aumentado sus atractivos para la sociedad internacional de Pekín con las fiestas que da frecuentemente nuestro ministro. Gracias á él pude conocer en poco tiempo todas las personalidades interesantes de este barrio célebre que asisten fielmente á sus comidas y recepciones.

En los primeros días causa extrañeza ver con qué naturalidad se desarrolla la vida europea dentro de esta urbe asiática tenida hasta hace poco por misteriosa. Parece imposible que á una distancia de dos docenas de años nada más, fuesen martirizados y hechos pedazos todos los blancos que pudo pillar la muchedumbre amarilla en sus calles. Las señoras van solas en plena noche á través del gentío chino, sin recibir el menor insulto; tal vez con más seguridad que en algunas ciudades europeas.

Al pasear por Pekín se nota inmediatamente la abundancia de policía y el método con que cumple ésta sus funciones. A cortas distancias hay agentes que con sus movimientos de brazos regulan la circulación. Sólo los pobres marchan á pie. Muchos chinos van en automóvil, y el resto de los transeúntes se vale del carruajito de ruedas ligeras, tirado por un solo hombre, que aquí se llama _ricsha_. En la gran avenida que parte longitudinalmente á Pekín, las _ricshas_ forman filas de seis y de ocho, circulando por la derecha ó la izquierda, según su dirección. Ninguno de los caballos humanos deja de obedecer los manoteos ordenadores de la policía. Además, cada cien metros hay una pareja de gendarmes con el fusil al hombro, más correctamente uniformados y de mejor cara que nuestros guardianes del ferrocarril.

Se adivina en toda la ciudad un orden firme y severo, una vigilancia continua é inexorable. Robos y homicidios abundan menos que en la mayoría de las capitales de Europa. El chino del Norte, grande de estatura, sobrio en palabras, honesto en sus tratos, se parece muy poco al chino del Sur, pequeñito, bullanguero, astuto, propenso á la mentira, que es el más conocido en el mundo, porque junto con tan malas cualidades posee otras muy excelentes, que hacen de él un elemento valioso de emigración.

Después de comer en la Legación de España veo que una de las invitadas, señora joven y elegante, se vuelve sola á su casa á las once de la noche. Al extrañarme de ello, como de una audacia inconcebible, me dice con naturalidad que todas las noches hace lo mismo. Toma una _ricsha_, cuyo conductor no conoce las más de las veces, y se hace llevar por él á su domicilio, fuera del barrio de las Legaciones, á través de calles puramente chinas.

Nunca la ocurrió el menor percance. Jamás ha sentido la inquietud del miedo. En las vías solitarias encuentra siempre á un policía, con su gorra redonda galoneada de blanco y el revólver sobre una cadera. Otras veces es una pareja de gendarmes con fusiles al hombro y cargados.

No todos pueden decir lo mismo en la mayoría de las ciudades de Occidente, más peligrosas y desiertas después de media noche que los senderos de una selva.

IV

SINGULARIDADES DE LA VIDA CHINA

La ciudad más grande del mundo.--Las antiguas calles y sus muchedumbres.--Casas, muebles y gorros.--Los casamientos.--Los pies de las chinas.--Vanidad con que las mujeres á estilo antiguo aprecian su deformación.--Las damas manchures.--La cocina china y sus horripilantes picadillos.--Vinos de animales.--Los cocineros chinos esparcidos por el mundo.--Sus caprichos de artista.--Lo que vió una dama al bajar á su cocina, y la respuesta del cocinero para que todos quedasen contentos.

A mediados del siglo XIX era Pekín la ciudad más grande del mundo. Londres encerraba escasamente millón y medio de habitantes; Nueva York y París, muchos menos. Pekín tenía el mismo vecindario que ahora: dos millones y medio de seres.

Su área era también superior á la de todas las grandes urbes de Occidente, por apreciarse las categorías de los personajes chinos con arreglo á la extensión de terreno que ocupan sus viviendas. Por eso en todas las construcciones de algún valor procuran los arquitectos engañar al visitante con perspectivas hábilmente dispuestas, que agrandan las proporciones de los edificios y especialmente la amplitud de los jardines.

La población de Pekín ha parecido siempre dos ó tres veces más numerosa que lo es en realidad, por las ceremonias de la etiqueta china y las costumbres especiales del país. En tiempo del Imperio ningún personaje salía á la calle sin ir en un palanquín llevado á hombros y con largo séquito de domésticos. Los mandarines allegados al emperador debían ir seguidos cuando menos de cien acompañantes. Los jueces, al dirigirse á los sitios donde administraban justicia, llevaban detrás de ellos todo su tribunal formado en procesión: secretarios, procuradores, alguaciles y litigantes. Los mandarines militares, á partir de un grado equivalente al nuestro de capitán, iban con una escolta de jinetes. Esta escolta, según la importancia del jefe, llegaba á convertirse en nutrido escuadrón. Todos galopaban sin orden determinado, pero procurando mantener al personaje en el centro del grupo.

Además llenaban las calles, de sol á sol, los pequeños cortejos de los particulares. Éstos se consideraban desprestigiados si no hacían sus visitas en un palanquín con numerosos servidores. Unos se relevaban para el sostenimiento de la pequeña casa portátil, otros llevaban los objetos usuales de su dueño: el quitasol, el abanico, la pipa, etc.

Otro motivo de gran afluencia en las calles del Pekín imperial era la costumbre de trabajar á domicilio, observada por los menestrales desde tiempos remotos. El carpintero, el herrero, el sastre, circulaban por la ciudad con sus oficiales y aprendices, llevando las materias y herramientas para su trabajo. Hasta los impresores iban á las casas de los letrados con su prensa, sus resmas de papel y sus tarros de tinta para imprimir libros. Los autores guardaban en su domicilio las planchas de madera grabadas, cada una de las cuales era una página, y no tenían más que sacarlas á la puerta para que el impresor fabricase en unas cuantas horas centenares de volúmenes, tirados en un papel sutil, de dobles planas, plegadas y sin cortar, forma que todavía subsiste.

El tercer motivo de aglomeración en las vías públicas era que en Pekín todo se hacía á brazo, y el transporte de maderos y ladrillos para las obras del gobierno y los edificios particulares exigía largos rosarios de atletas doblados bajo pesos abrumadores.

Hoy la vida antigua de la ciudad está modificada. Han desaparecido casi por completo los palanquines, como ocurrió en las ciudades japonesas. La _ricsha_, más ligera y que sólo exige un hombre para su manejo, ha democratizado la circulación.

Son los blancos quienes implantaron este nuevo medio de transporte en el Extremo Oriente. Algunos misioneros norteamericanos, viejos y achacosos, al establecerse en el Japón en 1860, se hicieron llevar por naturales del país en carruajitos de tal especie. Los japoneses se apropiaron la innovación, creando la _koruma_, y del Imperio del Sol Naciente han copiado el uso de su _ricsha_ los chinos y otros pueblos asiáticos. Antes sólo podían ir en palanquín los mandarines y los comerciantes ricos; ahora todos los chinos que gozan de un pequeño bienestar usan la _ricsha_. Esto ha aumentado la afluencia en las calles, pero con un tono uniforme y obscuro, sin la brillantez colorinesca de los antiguos cortejos.

Algunos próceres chinos apegados á la tradición se niegan á aceptar el automóvil, como muchos de sus compatriotas que viajaron por los países occidentales. Tampoco se atreven á resucitar el antiguo palanquín, y dan sus paseos en unas berlinas azules, de ruedas doradas, con el interior forrado de seda gris perla. En estos carruajes vistosos, tapizados como un tocador de dama, no hacen mala figura los personajes de la antigua corte, chinos de aventajada estatura, algo gruesos, con ricas vestimentas de seda azul. Dos caballitos mogoles, de exigua talla con relación al vehículo, tiran de éste, y á veces se muerden entre ellos, obligando á echar pie á tierra á uno de los lacayos, para ponerlos en paz.

Al ser de un solo piso, las casas están compuestas de numerosos pabellones separados por patios y jardines. Los chinos son los únicos en el Extremo Oriente semejantes á nosotros por su mueblaje. Se sientan en sillas y no en el suelo, comen sobre una mesa, duermen en camas. En sus salones, el gran lujo son los biombos. Sus diversas hojas contienen paisajes y escenas de la vida ordinaria, pintados con minuciosa observación. En todas las viviendas de alguna comodidad, los pisos tienen debajo de ellos tubos de piedra que transmiten el calor de una hoguera encendida en el subterráneo.

Una contradicción artística de este pueblo. Ama las líneas simples en su arquitectura; algunos de sus edificios célebres parecen diseños geométricos, y en cambio muestra horror por la línea recta cuando fabrica muebles y objetos de lujo. Talla la madera y los metales con ondulaciones reptilescas. Los contornos de sillas y mesas parecen estar formados con una interminable curva vermicular. El eterno modelo es un dragón, con sus enroscamientos escamosos.

Este pueblo que durante siglos vistió de un modo uniforme, obedeciendo las leyes suntuarias decretadas por el Hijo del Cielo, conserva por tradición el mismo corte de traje en los diversos grados sociales. La importancia de las personas se aprecia únicamente por la riqueza de las telas que usan.

La elegancia y el rango de cada uno se concentra en el gorro ó solideo que cubre su cabeza. En él se exhiben los signos honoríficos, iguales á las condecoraciones que los mandarines civiles de Europa se colocan sobre el pecho en forma de cruces y los mandarines militares sobre los hombros en forma de charreteras. Cada tocado indica la categoría de su portador por medio del botón que lo termina. Unas veces el botón es de seda, otras de oro ó de piedras preciosas, abarcando su simbolismo todas las dignidades, hasta las puramente literarias. Además, los mandarines letrados, para demostrar su alejamiento de los trabajos materiales, se dejaron crecer hasta hace poco las uñas de sus manos. Sólo las exhibían en días de ceremonia, guardándolas el tiempo restante metidas en fundas de bambú.