La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3
Part 21
Además, nos encontramos por primera vez con algo que nos acompañará por toda la India. Los encantadores de reptiles colocan sus cestos redondos de junco rojizo sobre la misma pradera, lanzan los sones plañideros de una pequeña gaita, é inmediatamente se alzan las tapas de los cestos y empiezan á remontarse varias serpientes, balanceándose al compás de la triste música.
Son completamente distintas á las que se ven en África y América, de cabeza triangular y cuello delgado. Aquí es la terrible cobra, cuyo veneno mata en unos segundos, la «naja» de pescuezo hinchado, que parece llevar una gorguera y encorva cuello y cabeza, considerablemente dilatados, como si fuesen la hoja de un platanero. En mitad de sus ejercicios algunas de ellas, seducidas por la frescura del césped, se deslizan hacia un lado del extenso corro de señoras y caballeros que presencian el espectáculo. Chillidos femeninos, espectadores que abandonan los asientos y hacen unos pasos atrás; pero el encantador agarra á las fugitivas por la cola y tira de ellas, haciéndolas volver para que sigan danzando... ¡Mas tantas veces he de hablar de este espectáculo! ¡Lo encontraré con tanta frecuencia durante mi viaje por la India!...
Siento miedo al pensar en el suplicio de vestir un _smoking_ negro para el baile de la noche. En Singapore significa algo así como enfundarse en una armadura antigua de hierro. Me aconsejan que busque á uno cualquiera de los sastres chinos que trabajan en los edificios anexos al hotel. Adopto tal indicación sin ninguna esperanza de éxito. Son las cinco de la tarde y el baile empezará á las nueve de la noche, después de la comida. ¡Qué puede hacer un sastre en tan pocas horas!...
Entro en la tienda. Una docena de chinitos sentados en el suelo cosen y cosen con pequeñas máquinas. Al mismo tiempo cantan, ríen ó conversan lanzando una serie de chillidos iguales á los de una banda de gorriones descarados.
El dueño, obeso, carilleno, jovial, acoge mi demanda con una sonrisa protectora y parpadea sus ojitos apenas abiertos. Sabe perfectamente lo que es la prisa de un europeo llegado á estos países de calor sin la indumentaria conveniente. Él está aquí para remediar tales olvidos.
--¿Cuántos trajes desea?--acaba por decirme.
Me extraña su pregunta. Con uno tengo de sobra, pero debe fijarse antes de aceptar mi encargo. Lo necesito para esta misma noche, para dentro de unas horas, y reconozco que el plazo es muy corto.
--¿Le parece bien que haga cuatro?--sigue diciendo--. Lo difícil es el primero. Después, lo mismo me cuesta hacer uno que media docena. En estos países se suda mucho y nunca se tiene bastante ropa.
Lo que yo deseo saber es el tiempo que necesitará para proporcionarme un traje blanco, uno nada más, y él contesta:
--Si me da un traje suyo como modelo le haré los cuatro en una hora; si es por medida, pido dos horas.
Dejo que tome mis medidas este maestro jactancioso y jocundo. Mientras apunta los resultados dice palabras ininteligibles á su personal y toda la chinería ríe igualmente. Deben estar burlándose de mí.
Me voy un poco amoscado, seguro además de que todo lo prometido resultará mentira. Ni cuatro trajes, ni uno siquiera. De recibirlos, lo más pronto será mañana.
Vuelvo dos ó tres veces al azar de mis paseos ante la tienda del sastre. El maestro, detrás de su mostrador, corta y corta en una pieza enorme de tela blanca; los chinitos, acurrucados en el suelo, cosen y cosen, entre una algarabía de jaula revuelta. Me reconocen al pasar, ríen, me hacen señas incomprensibles. Sin duda siguen burlándose del cliente extranjero.
Transcurren dos horas. A las siete, poco antes de la comida, vuelvo lentamente hacia la tienda del chino. Reflexiono sobre la conveniencia de dar un bastonazo oportuno para suprimir este regocijo chinesco que se permiten á costa de mi persona... Encuentro cerrada la puerta. Lo que yo temía. Volveré mañana, para ver si el «maestro» piensa seguir fisgándose de mí.
Al entrar en el Hotel Raffles me llama el conserje y veo á un muchacho con dos ligeros paquetes; uno de los mismos chinitos que cosía en el suelo con las piernas cruzadas. El empleado del hotel me traduce el mensaje del sastre:
--Aquí tiene los cuatro trajes. Hace media hora que está el _boy_ esperando para entregárselos, ¡pero como no sabía el nombre de su cliente!... No se los pague al chico. Ya se los pagará usted al sastre cuando le parezca.
Y á las nueve de la noche me visto uno de los _smokings_ blancos, sin defecto alguno, igual á todos los que usan los elegantes de Singapore.
XX
LA CIUDAD DE LOS ELEFANTES
La muerte del más gordo de los «stewards».--Una mosca javanesa.--Cadáver al agua.--El río de Rangoon.--La famosa pagoda de Shway Dagon.--Todos bonzos.--La superioridad de la mujer birmana.--Sus enormes cigarros.--Los serpenteros de Rangoon y sus pupilas.--Abundancia de elefantes.--Su inteligencia y sus trabajos.--Hombres con pendientes y peinado de mujer.--La policía pega.
Seguimos el extenso callejón marítimo del estrecho de Malaca--el más largo de nuestro planeta--, y al final entramos en el mar de las Indias y su prolongación el golfo de Bengala.
Vamos á Birmania, en la ribera Este de dicho golfo, y el _Franconia_ costea durante tres días la dilatadísima península malaya, pasando junto á los archipiélagos tendidos ante ella.
Dos días después de nuestra salida de Singapore me dicen en secreto que alguien ha muerto en el buque y á las diez de la mañana arrojarán su cadáver. Nos faltan veinticuatro horas para llegar á Rangoon, pero el desembarco en dicho puerto no es fácil. Los grandes vapores quedan anclados en el río á gran distancia de la ciudad. Además, por exigencias sanitarias, conviene desembarazarse cuanto antes de dicho cadáver.
El que murió es un criado de comedor, un _steward_ que llamaba la atención por ser el más gordo del buque; inglés rubicundo, alto y cuadrado, con un peso de 110 kilos. Al bajar en Batavia le picó una mosca, sin que en el primer momento diese importancia alguna á este incidente. En el trayecto de Java á Singapore la simple picadura se enconó como si fuese de un reptil venenoso y anoche ha muerto completamente desfigurado, con las facciones tumefactas y ennegrecidas. Esto no es extraordinario. En los países tropicales, insectos en apariencia inofensivos transmiten infecciones de muerte.
Este pobre _steward_ es el segundo que cae en nuestro viaje. El joven americano que vino moribundo de Pekín á Shanghai ha conseguido salvarse en la enfermería del buque. Aún está convaleciente y no baja á tierra. Tal vez termine su viaje alrededor del mundo sin ver otra cosa que puertos de ciudades lejanas y extensiones desiertas de Océano, pero habrá conservado su vida. Este atleta rubicundo y alegre, que durante la última guerra sirvió en varios buques que fueron torpedeados, salvándose de la explosión mortal y de las llamas del incendio, ha caído finalmente por obra de una mosca de Java y está abajo, negro como si su cadáver fuese de carbón, putrefacto en breves horas, siendo una amenaza para la existencia de los demás, un foco de contagios exóticos é inexplicables.
No quiere el comandante que se divulgue la noticia de tal defunción. La vida ordinaria del paquebote debe continuar como todos los días. Los pocos viajeros conocedores del suceso seguimos á las gentes del buque que disimuladamente se dirigen hacia la popa por los corredores destinados al servicio.
Hay en el _Franconia_ toda una parte que ignoran los pasajeros: galerías por donde puede correr la marinería de popa á proa, sin necesidad de atravesar los salones y escalinatas de lujo. Con estas galerías se comunican los departamentos de máquinas, los depósitos de víveres, las cocinas y otras dependencias. Son como los pasadizos y escaleras de servicio que existen en los grandes hoteles.
Nos deslizamos por una puertecita generalmente inadvertida y caemos en pleno movimiento de las gentes que sirven las múltiples necesidades de este palacio flotante. Los _stewards_ marchan todos hacia la popa rápidamente, deseosos de que no se percaten de su ausencia los señores que están arriba. Llegamos á un amplio espacio descubierto por tres de sus caras y con techo, situado sobre el timón, en la parte más saliente de la popa. Cerca están los talleres de lavado, y las mujeres que trabajan en ellos suspenden sus operaciones para unirse á la fúnebre despedida.
Muchos pasajeros han comprado pájaros en los puertos del Extremo Oriente, entregándolos á hombres de la tripulación para que los cuiden fuera del ambiente de sus camarotes, y es en este lugar donde permanecen guardados dentro de jaulas pendientes del techo. Surge de ellas un continuo trino de canarios y calandrias que la paciencia china convirtió en incansables cantores.
Se van agrupando en dicha parte del _Franconia_ unos trescientos hombres. Todos llevan su uniforme azul de gala, con botones dorados, ropa que les hace sudar en esta mañana cálida. El capitán llega seguido del estado mayor del buque y se sitúa junto al féretro. Es un cajón de madera blanca construído horas antes. Una bandera lo cubre por entero con sus rayas de colores. Lo han depositado sobre una tabla colocada en el mismo borde de un portalón abierto en la barandilla. No hay más que hacer un movimiento de palanca, y el féretro, arrastrado por la pesadez de los hierros encerrados en él, se irá á fondo inmediatamente.
Uno de los oficiales, encargado de las lecturas religiosas todos los domingos, recita las oraciones propias del acto. Varios grumetes van distribuyendo libros entre el compacto gentío: volúmenes de salmos, encuadernados en chagrín negro.
Suena una música dulce y quejumbrosa. La orquesta del buque permanece invisible en esta aglomeración de hombres que escuchan con la frente baja. Todos abren su libro y se inicia un canto religioso, un coral de numerosas estrofas, que se prolonga media hora. Ya dije que esta gente canta bien, y la melancolía de sus voces, el lamento de los violines, el féretro embanderado que cada vez se inclina más sobre el abismo, la extensión azul y dorada del mar desierto, un cielo por cuyo horizonte resbalan lentamente montañas de vedijas blancas, todo da un interés emocionante al triste episodio de nuestro viaje.
Las aves que penden del techo, enardecidas por este coro de centenares de voces se unen á él lanzando trinos ruidosos. Cantan con una energía que eriza sus plumas é hincha sus gargantas como si fuesen á desgarrarse.
De pronto un chapuzón en el mar, una pequeña columna de espuma que asciende recta como un surtidor. Obedeciendo á un leve signo del comandante, los marineros han dejado caer el féretro cuando menos lo esperábamos. Nadie se mueve; continúa el cántico. El _Franconia_, que había aminorado su marcha, vuelve á agitar las hélices á toda velocidad. Ya debe estar el muerto muy lejos de nosotros, pero siguen los lamentos musicales por su eterno reposo.
Cesa al fin el salmo fúnebre. Las trompetas lanzan un toque marcial indicando que la energía y el trabajo diarios para vencer al peligro van á reanudarse. Los grumetes recogen en cestos los libros de plegarias. El capitán y sus oficiales saludan y se retiran. Todos van á despojarse apresuradamente de sus uniformes azules para recobrar las prendas blancas de diario. A los pocos minutos me veo solo en este lugar donde se aglomeraban tantos hombres.
Vuelven á funcionar las máquinas del taller inmediato, exhalando un olor de ropa mojada y lejía batida. Las mujeres de brazos arremangados mueven otra vez sus planchas. Y los pájaros, dentro de sus cárceles balanceantes, siguen cantando furiosamente, excitados aún por la música humana que vino á interrumpir sus conciertos solitarios.
El mar es al día siguiente de un verde amarillento; horas después se hace rojizo, y al final toma un color terroso tan denso, que nuestro buque parece deslizarse por una llanura. Hemos entrado en el Irrawady, río de Rangoon, y debemos remontarlo muchas millas hasta llegar al sitio donde fondean los trasatlánticos de importancia, no pudiendo ir más adelante. El canal navegable está marcado por dos filas de boyas y los buques trazan grandes revueltas al seguirlo.
Las riberas son amarillas y bajas, con estrechas zonas de fresco verdor. A largos trechos hay grupos de árboles que indican la existencia de casas invisibles. Pasan cerca de nosotros barcas pintadas á cuadros blancos y negros, y sus tripulantes, medio desnudos, mueven unos canaletes terminados por paletas completamente redondas. Algunas veces el grupo de árboles deja ver las techumbres de paja de un pueblo y sobre ellas una pirámide en forma de campanilla, que es el adorno central de todas las pagodas birmanas. En las ciudades esta misma pirámide se halla cubierta de oro. Aquí es blanca, con una costra de cal cuidadosamente mantenida.
Con el desplazamiento de su volumen dentro de esta agua canalizada, levanta nuestro vapor grandes olas entre su casco y la orilla. Veleros de arboladura mixta, medio asiática y medio europea, que se deslizan en dirección opuesta, cabecean con violencia, cual si hiciesen frente á una tempestad. Las olas cortas y continuas no les dan tiempo para levantarse y volver á caer rítmicamente, como en el mar. Pero la marinería malaya no presta atención á tales sacudidas, que hunden el extremo de su proa, y acodándose en las bordas contempla inmóvil el paso de nuestro trasatlántico.
Anclamos en el fondeadero de Hastings, lejos de Rangoon. Sus edificios modernos y las cúpulas de oro de sus pagodas se ven algo esfumados por encima de las arboledas de los jardines. Unos vaporcitos nos llevan á la ciudad, navegando á través de numerosos paquebotes y veleros que han podido avanzar más en el río, anclando según su calado.
Al saltar á tierra nos damos cuenta de que acabamos de entrar en un mundo distinto á los que conocimos en anteriores escalas. Estamos en la India; pero una India más colorinesca y alegre que la famosa y tradicional que veremos semanas después.
Birmania es la última adquisición de los ingleses en el Oriente índico. Hace unas decenas de años nada más aún existía un reino de Birmania. Al anexionarse Inglaterra á este país, su capital, Mandalay, situada en el interior, á veinticuatro horas de ferrocarril, ha perdido su antigua importancia. Rangoon, puerto principal de todo el Este del golfo de Bengala, absorbe la vida de los países inmediatos.
No se nota aquí el cosmopolitismo de Singapore. Los habitantes son puramente birmanos. Pero la importancia religiosa de la ciudad, á causa de la célebre pagoda llamada Shway Dagon, atrae numerosos peregrinos de todos los países budistas, hasta de las provincias más interiores de la China.
El budismo es una religión en decadencia. Posee aún centenares de millones de adeptos porque la China y el Japón abrazaron las doctrinas del innovador Gautama. Pero este sacro personaje, nacido en la India, después de ver aceptados sus dogmas en su propia patria quedó vencido por el brahmanismo, que se rehizo de su primera derrota, reconquistando finalmente la mayor parte del país.
Hoy sólo quedan dos centros del budismo en toda la India: Ceilán y Birmania. En Ceilán está la ciudad de Kandi con su pagoda, que guarda un diente de Buda. En Birmania los peregrinos van á Rangoon para visitar la Shway Dagon, edificada sobre tres cabellos del sacro personaje.
A pesar de que son muchísimos los peregrinos que llegan de la China, del Tibet y otros países lejanos, apenas se nota su presencia, por quedar como sumergidos en la gran masa birmana.
La muchedumbre de Rangoon agrupada en las calles es habladora, comunicativa, y siente curiosidad por todo. Ama los colores vistosos y los emplea con preferencia en sus trajes. Fanáticamente budista, considera el estado sacerdotal como el más perfecto, y procediendo lógicamente, todos los rangoneses procuran ser bonzos, aunque sólo sea durante un corto período de su juventud. Los hombres antes de casarse se agregan á cualquiera boncería, llevando una existencia semejante á la de los novicios en un convento católico. Lo que les importa es poder afeitarse la cabeza por entero, al modo sacerdotal, y llevar como vestidura una tela de varios metros arrollada al cuerpo, lo mismo que la antigua toga romana. Como este hábito tiene un tinte de azafrán fuerte y vistoso, la enorme cantidad de bonzos perpetuos ó circunstanciales refuerza el aspecto multicolor de las muchedumbres.
Los hijos de familia acomodada son pequeños bonzos de exterior pulcro, con anteojos de concha los más de ellos y manto de azafrán muy amarillo, que tiene de lejos el color del oro. Los bonzos mendicantes, extremadamente delgados, ofrecen un aspecto grotesco por el abultamiento de su vientre. Cuando pasan ante una tienda desenvuelven su manto descolorido y revelan el misterio de su incomprensible obesidad sacando á luz una olla de metal en la que van recogiendo las limosnas de los devotos; su única comida.
Una particularidad del pueblo birmano, que no se repite en ningún otro de Asia, es la supremacía que gozan las mujeres sobre los hombres. Esta superioridad ha servido para que la birmana sea de inteligencia despierta, con una gracia algo maligna y gran habilidad para el manejo de los negocios.
Muchas de las tiendas de Rangoon están dirigidas por mujeres. En las calles hablan á los hombres con voz fuerte y una expresión autoritaria. La esposa marcha siempre delante, seguida del marido. Además, según me dicen, son ellas muchas veces las únicas que ganan dinero para el sostenimiento de la familia. Esto resulta extraordinario en Asia luego de haber visto la japonesa y la china, criaturas supeditadas completamente al hombre. En el resto de la India la mujer es tan esclava del marido, que hace menos de un siglo todavía se quemaba sobre la pira sepulcral de éste, por considerarse incapaz de continuar viviendo sin su apoyo. Hoy seguiría quemándose lo mismo, si lo permitieran las autoridades inglesas, pues la viudez representa para la indostánica el más horrible y absoluto de los olvidos.
La mujer birmana es de ojos negros, algo oblicuos, pero más grandes y saltones que los de otras asiáticas. Como puede expresarse libremente, esto comunica á sus palabras y actitudes cierto atrevimiento incitante. Todas ellas resultan un poco cabezonas, pero tal vez sea á consecuencia de su tocado, que consiste en un gorrito redondo de terciopelo, con una gran rosa blanca de perlas que cuelga por el lado derecho, y la cabellera en bandós muy ahuecados. Además, todas son de pequeña estatura, y sus miembros algo gráciles no armonizan bien con la amplitud de su busto.
Su boca es más atractiva que las de muchas asiáticas--especialmente las javanesas--, porque no masca el betel, que hincha los labios, ennegrece los dientes y escoria las encías. En cambio, las birmanas se entregan á otro vicio que hace apestante su aliento. Todas ellas son fumadoras, terriblemente fumadoras, como no lo es ningún hombre.
Ignoran el cigarrillo y desconocen también el cigarro de forma elíptica que usan los occidentales. Lo que ellas fuman á todas horas es un cilindro de hojas de tabaco muy apretadas, igual por sus dos extremos, largo más de un palmo y con el grueso de un barrote de silla. Tan enorme es el diámetro de estos cigarros, que toda birmana, por grande que tenga la boca, debe abrir mucho las mandíbulas y poner los labios en círculo para abarcar con ellos su final, lo que da un aspecto cómico á las chupadas de la fumadora. Y como son un poco enanas, según ya he dicho, parece que vayan adheridas á sus enormes cigarros y que éstos tiren de ellas.
Unas llevan arrolladas á sus piernas piezas de seda con flores pintadas; otras usan pantalones anchos como las chinas. Su busto lo cubren con una camiseta corta que deja visible por arriba el arranque de los pechos y muestra por abajo, entre las dos prendas, un reborde de la carne del talle. Su tocado consiste unas veces en el gorrito obscuro, con la rosa de falsas perlas pendiente á la derecha, y otras en un rodete de adornos blancos sobre el peinado, que huele á jazmín.
La libertad de que gozan va acompañada, según dicen, de excesos y abusos. Como vieron desde pequeñas dentro del hogar la superioridad autoritaria y algo despectiva de la madre sobre el padre, continúan menospreciando al hombre, por creerlo inferior, y lo reemplazan con demasiada frecuencia. Todas aman la música, la danza, los cantos, y la ilusión de muchas de ellas es poder ingresar en las compañías de baile y de juglares que circulan por el país.
Apenas damos unos cuantos pasos en un jardín vecino al desembarcadero, salen á nuestro encuentro las especialidades animales de la India. Oímos la estridencia de diversas gaitas surgiendo de los grupos de naturales situados en las aceras inmediatas. Los domadores de serpientes, acurrucados sobre el asfalto, hacen sonar sus plañideros instrumentos, mientras del semicírculo de cestos que tienen ante ellos van surgiendo reptiles de cuello hinchado.
Aquí los serpenteros son más numerosos que en Singapore. Los hay de todas las edades. Unos adolescentes, gritones y confianzudos, agarran la terrible cobra con sus dos manos y vienen hacia nosotros para que la contemplemos de cerca. Estos novicios deben haber heredado de sus padres la colección de reptiles que les proporciona el arroz.
Hay cobras que se agitan medio adormecidas, con el aire del que cumple maquinalmente una obligación diaria. Otras parecen furiosas, y sus dueños las tratan con visibles precauciones, rehuyendo los golpes que les tiran á las manos con su boca silbante. Todos creen que estos hombres arrancan á sus reptiles los colmillos venenosos y emplean además con ellos otros procedimientos para dominarlos. Así será, pero los tales medios no deben ser perfectos, ya que todas las semanas hablan los periódicos de la muerte casi fulminante de alguno de estos encantadores á consecuencia de un mordisco de sus pupilas.
Empleamos algún tiempo en presenciar tales danzas. El calor es sofocante en las calles; las moscas pululan sobre las aceras, se suben por la piel rugosa de las serpientes, picoteando sus escamas verdes, blancas y rojizas, se pasean por la gorguera inflamada de su cuello hinchado y luego vienen hacia nosotros. ¡No!... ¡Vámonos!
En el centro del jardín suenan gritos de regocijo y acude corriendo la gente. Vemos sobre las cabezas de la muchedumbre el lomo gris y redondo, el cráneo prehistórico, con rudas oquedades y aristas, de varios elefantes.
Rangoon es la ciudad de los elefantes, y para nuestra diversión han sido enviados al jardín los más célebres por su inteligencia.
Horas después, al visitar los alrededores, vemos los grandes depósitos de madera, principal industria de la población. Es madera pesadísima, troncos cortados en el interior de Birmania que tienen la dureza del hierro. Los elefantes se encargan de acarrear estas piezas y colocarlas en ordenados montones. No podrían realizar los hombres dicho trabajo con la rapidez y la facilidad que lo ejecutan ellos. Todos llevan una especie de cincha de la que pende una cadena rematada por un gancho. Así toman los enormes maderos de la orilla del río y los arrastran hasta el aserradero. Cuando deben colocarlos en pilas los levantan con su trompa, y realizan tal labor sin vacilación alguna.
Se ha exagerado algo la inteligencia de este animal al querer igualarla con la del hombre. Sin embargo la creo muy superior á la del resto de los animales. Es un poco tarda, un poco espesa en su curso, pero se desenvuelve indudablemente siguiendo un encadenamiento de raciocinios lógicos.
Las dos parejas de elefantes que salen á nuestro encuentro en el jardín del desembarcadero son cuatro celebridades, que muestran una superioridad de artista sobre los cientos de camaradas empleados en los depósitos de maderas. Cada uno de ellos sostiene sobre su lomo á un indio que le habla cariñosamente y lleva las manos libres, sin emplear el bastón de que se valen otros conductores para hacerse entender.