La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3
Part 15
Todos revelan en su conversación una gran cultura, un continuo estudio, un ansia insaciable de saber. Esto último es lo que caracteriza á los filipinos modernos. Maestros y discípulos desean siempre saber más; sienten una verdadera hambre de conocimientos y prestan una atención concentrada á toda novedad intelectual que les sorprende.
Las escuelas son muy grandes. El miedo á los temblores de tierra no permite elevar los edificios, pero éstos compensan la escasez de pisos superiores con la ocupación de vastos terrenos. A pesar de su amplitud casi resultan estrechas, tanta es la población escolar que viene á ocuparlas todas las mañanas. Los niños acuden gozosos á estos edificios, como si fuesen lugares de placer infantil, tan atractiva y dulce resulta en ellos la enseñanza. Llama inmediatamente la atención el gesto reflexivo con que escuchan á sus maestros, la ansiedad que muestran por no perder una palabra de sus explicaciones.
También es admirable la agilidad de sus manos al realizar en horas de descanso algunas labores de tejido artístico. Esta ligereza manual es una condición asiática. Ningún niño de los Estados Unidos ni de Europa podría fabricar los cestos festoneados, las cajas redondas de colores que tejen con el mayor desembarazo niños y niñas de ocho á diez años en las escuelas de Manila.
Una visita á dichas escuelas sirve para adquirir la convicción de que éste es un pueblo de gran inteligencia nativa y no menos facilidad para aprender cuanto se le enseñe. Gracias á sus condiciones naturales no perderá nunca su personalidad propia, resistiéndose á cuantas influencias extrañas intenten arrebatársela.
Sería injusto olvidar que el ensanchamiento de la escuela en Filipinas y la esplendidez con que se atiende á las necesidades de su enseñanza es un resultado de la influencia de los Estados Unidos. Todos los gobernadores americanos se han preocupado especialmente de la instrucción pública. Con ello satisfacen el anhelo más ferviente del pueblo filipino, deseoso de aprender, siguen al mismo tiempo la tradición de los Estados Unidos, que siempre consideraron la enseñanza como la primera función pública, y realizan un trabajo lento de conquista espiritual, del que hablaré más adelante, y al que confían el éxito definitivo de su dominación.
Igualmente sería enorme injusticia negar ú olvidar que España, durante su época colonial, ilustró á este país como podía hacerse entonces. Tres siglos de civilización española han quedado para siempre en la historia de Filipinas, con las torpezas y errores propios de otros tiempos, pero igualmente con todos sus adelantos espirituales. El cristianismo de los filipinos es obra de los sacerdotes españoles. Ellos enseñaron á leer á las masas indígenas. Las autoridades enviadas por la metrópoli lejana fueron estableciendo aquí todos los progresos del resto del mundo, teniendo que luchar para ello con las distancias, considerablemente más grandes en aquella época de navegación á vela, cuando aún existía intacta la muralla arenosa del istmo de Suez.
Sin la colonización española el filipino habría llegado á los tiempos modernos en un estado de cultura embrionaria y paralizada, semejante al de las tribus que todavía existen en muchos archipiélagos vecinos ó como el de los pueblos mahometanos que tantas veces constituyeron un peligro para Manila con sus piraterías.
A España le correspondió aquí el mismo trabajo que en las repúblicas americanas que hablan su lengua. Echó los cimientos del edificio, lo más pesado y menos agradecido, lo que exige mayores esfuerzos y queda oculto á las miradas superficiales. Ella tuvo que luchar con la primitiva barbarie, estableciendo las bases fundamentales de la civilización. Luego llegan los pueblos modernos, los últimos que triunfaron, y al encontrarse con la sólida y ruda obra sin terminar, se encargan de los adornos de su fachada, columnas, capiteles, cornisas, todo lo que supone refinamiento y atrae la admiración frívola del curioso; pero las paredes maestras, los fundamentos ocultos bajo el suelo, son obra del albañil, que sudó y se esforzó más que nadie, para ver finalmente su trabajo olvidado ó menospreciado.
Por suerte, este olvido no puede durar siempre. Un edificio, para remontarse, necesita reforzar sus cimientos; y á causa de esto todos los pueblos civilizados en otros siglos por España, si quieren hacerse más grandes, tendrán que ahondar en su base, y al hacerlo encontrarán las virtudes del primer constructor: la paciencia y la fe de España.
Nuestro país, que tantos errores cometió de carácter rudamente paternal al extender su civilización sobre la mayor parte del planeta, dió muestra al mismo tiempo de una virtud que no abunda en los dominadores coloniales. Allá donde fué el español se unió con la mujer de la tierra, constituyendo una familia. Entiéndase bien esto. Muchos colonizadores de otras razas se unen también con la mujer del país, pero es tomándola por concubina, y huyen luego, dejándola el presente abrumador de varios bastardos. El español, por influencia cristiana ó por una predisposición á igualarse con los indígenas, se casó en las colonias; mezcló su sangre con la de los naturales, creó una familia legal, y en todas partes son sus nobles y legítimos descendientes los mestizos que ostentan sus apellidos.
Los hombres no viven únicamente de pan. Una metrópoli poderosa se engaña si cree que dando á sus colonias los adelantos materiales se lo ha dado todo. El hombre necesita el alimento moral de la consideración; y los españoles, que en el terreno político fueron siempre poco propensos á la igualdad, la practicaron como nadie en la vida moral y en la familia, emparentando con los del país sin mantenerse en orgulloso aislamiento, como lo hacen otros pueblos dominadores.
Durante mi visita á Manila encuentro á los filipinos en una gran efervescencia política. Debo hablar de ella, pues el motivo de dicha agitación es hondo y permanente. Tengo la certeza de que va á repetirse durante años y años de un modo pacífico, y sólo tendrá término cuando se realicen los deseos de todos. El pueblo filipino quiere ser independiente. Antes de seguir adelante necesito hacer una aclaración. Siento desde hace muchos años honda simpatía por los Estados Unidos de América. Para mí, el régimen menos imperfecto, dentro de la imperfección humana, es la República federal, tal como ellos la establecieron. Además considero al pueblo norteamericano como la más ordenada y consciente de todas las democracias que han existido en la Historia. Al mismo tiempo me inspira un afecto fraternal el pueblo filipino. Después de mi paso por Manila, admiro su fe y su tenacidad para conseguir una existencia independiente, y deseo que obtenga todo lo que pueda favorecer su bienestar y su progreso.
Encontrándome entre estos dos afectos que en ciertos puntos resultan contradictorios, voy á mencionar con fría imparcialidad lo que dicen unos y otros.
Se sublevó el pueblo filipino contra la dominación española considerando, como todas las repúblicas hoy florecientes de América, que era ya bastante crecido para marchar por sí solo. Procedió como los hijos que por ley natural abandonan la casa paterna. Cuando los acorazados de los Estados Unidos desembarcaron sus tropas en Cavite existían una República filipina y un ejército filipino. Los Estados Unidos les ayudaron en su guerra contra la monarquía española, y... todavía no han abandonado el país.
La gran República americana no es un Imperio de rapiña, una nación sin más ley que la fuerza, de esas que proceden en el curso de la Historia lo mismo que un bandido actúa en una carretera, apoderándose de la hacienda de los débiles porque son débiles. Muy al contrario, la historia de esta gran democracia abunda en esfuerzos y hazañas á favor de la libertad de los pueblos y la independencia de los humildes. Dicha historia habrá tenido eclipses, como la de todas las naciones; pero es indiscutible que los Estados Unidos arrostraron el peligro de morir despedazados y sostuvieron la más terrible de las guerras por suprimir la esclavitud de los negros, y hace pocos años vinieron desinteresadamente á batirse en Europa, llamando á su cruzada generosa «la guerra por la libertad del mundo».
El gobierno de Wáshington envió sus tropas á Filipinas para ayudar á los naturales en su guerra contra la metrópoli y para proteger su constitución futura de pueblo libre. A nadie se le puede ocurrir que la generosa democracia americana hiciese tal intervención para apoderarse simplemente de Filipinas y quedarse con el archipiélago, basándose en el bandidesco principio de que el más fuerte puede apoderarse sin escrúpulos de lo que pertenece á otros, aunque ellos no quieran. Esta política cínica fué la del Imperio alemán, y levantó contra ella la opinión de todo el mundo. Para seguir tan inmorales principios de derecho no valía la pena destronar á Guillermo II.
Apresurémonos á decir que los Estados Unidos jamás han manifestado de un modo preciso su voluntad de quedarse «para siempre» con Filipinas. Por el contrario, muchos de sus gobernantes y sus directores de opinión han reconocido á los filipinos la legitimidad de sus deseos en pro de la independencia. Lo único que discuten es la oportunidad de tal independencia, las condiciones actuales del archipiélago filipino para disfrutarla, creyendo que aún no ha llegado el momento de que este país, que tiene gran parte de su territorio en los albores de la civilización, pueda llevar la existencia de un pueblo libre y sin tutela.
Hay que añadir lealmente que el régimen dulce y tolerante seguido aquí por los Estados Unidos no se parece á la actitud que observan otras naciones en los territorios que dominan. Después de la ocupación militar, el gobierno de Wáshington dió al archipiélago un régimen puramente civil, y en tiempo del presidente Wilson, este régimen, cada vez más suave y transigente con los filipinos, se convirtió en una verdadera autonomía. Hoy Filipinas tiene una Asamblea legislativa, compuesta de un Senado y una Cámara de representantes, con ministros hijos del país que trabajan á las órdenes del gobernador general, quien es depositario absoluto del Poder ejecutivo. Pero con frecuencia surgen conflictos entre estos dos poderes, y los legisladores se colocan en actitud de protesta ante el gobernador enviado de Wáshington.
Un filipino ilustre, el gran orador Manuel Quezón, presidente actual del Senado, expresó el verdadero sentimiento de su pueblo al decir en uno de sus discursos: «No importa que sea suave el yugo de un poder extranjero; no importa que pese ligeramente sobre los hombros; si no está impuesto por la voz de su propia nación, el hombre no quiere, no puede ni cree ser feliz bajo tal peso.»
Todo el pueblo filipino piensa del mismo modo con rara unanimidad. Reconoce los beneficios de la dominación americana, agradece los esfuerzos hechos por ella para difundir la enseñanza, las obras públicas que lleva realizadas, la conducta benévola de las autoridades extranjeras en muchos asuntos... pero quiere la independencia.
Algunos filipinos conservadores intentaron crear partidos transigentes, poniéndose de acuerdo con las autoridades americanas; pero fracasaron por completo, faltos de apoyo popular. La Asamblea filipina, aunque compuesta de diversos grupos políticos, es en absoluto partidaria de la independencia, pues todos sus individuos comulgan en el mismo ideal. Cuando se realizan nuevas elecciones, únicamente triunfan los candidatos nacionalistas, que son los sostenedores de la independencia del archipiélago.
A los filipinos eminentes que trabajaron y murieron por la liberación de su país han sucedido otros muy jóvenes, que luchan con no menos entusiasmo, dentro de una política pacífica.
Pueden contarse á docenas los hombres notables de este movimiento. Sergio Osmeña, talento organizador, sabe razonar con una lógica avasalladora; Manuel Quezón, orador brillante, es el gran propagandista del nacionalismo. Para servir mejor á su patria aprendió el inglés, de tal modo, que puede pronunciar discursos en dicha lengua, y varias veces ha hablado en Wáshington ante los representantes del gobierno y en otras ciudades de los Estados Unidos, defendiendo la independencia filipina.
Es asombroso el espíritu liberal de la Constitución del pueblo americano, respetuosa para el pensamiento y su emisión como la de ningún otro país. Al amparo de ella los filipinos pueden abogar por su independencia y arbitrar toda clase de medios y recursos para conseguirla. Durante el gran banquete dado en mi honor por el Casino Español estuvieron sentados cerca de mí, en la mesa presidencial, varios almirantes y generales de los Estados Unidos que ejercen autoridad en Manila. Estos militares de la más verdadera de las Repúblicas escucharon con calma y respeto los razonados discursos de varios oradores filipinos proclamando la necesidad de independencia que siente su patria y su voluntad firmísima de trabajar por ella.
También son ardientes propagandistas el incansable Teodoro Kalaw, presidente del Comité «Por la Independencia»; el enérgico senador Alegre, que hizo sus estudios en España, y tantos otros que desisto de nombrar, pues su mención resultaría larguísima.
El general Wood, actual gobernador de Filipinas y hombre de sólida inteligencia, tiene un espíritu civil á pesar de su profesión de soldado. Habla el español con facilidad, pues lo aprendió en su juventud, y luego ha viajado mucho por la América de nuestra lengua y por España. Le conozco desde que fué candidato en 1920 á la presidencia de los Estados Unidos, y, como ya dije antes, me obsequió con un almuerzo en su palacio, cuyos salones conservan aún los retratos de los antiguos capitanes generales españoles. Sobre la puerta del palacio de Malacañang queda también un gran escudo de España. Los gobernadores americanos se han limitado á ensanchar el palacio, sin tocar un cuadro ni un mueble de la antigua casa del gobierno español.
Hablo con Wood y otros personajes americanos residentes en el archipiélago. Noto en todos ellos una simpatía sincera por los filipinos. El gobernador no formula la menor queja contra los partidarios de la independencia, á pesar de que en la actualidad, por la pugna entre el Poder ejecutivo y el legislativo, algunos de aquéllos le han atacado. Pero aquí los ataques no rebasan los límites de la política y jamás resultan personalmente ofensivos, lo que prueba una vez más la cultura de las costumbres.
Todos los americanos que trato en Manila muestran igual opinión. Nadie niega rotundamente el derecho de los filipinos á su independencia. Sólo discuten la oportunidad de esta independencia. No creen llegado el momento de reconocerla.
--Si abandonamos Filipinas--dicen muchos de ellos--el pueblo no podrá mantenerse independiente. Necesita un ejército, una gran marina, para guardar sus tres mil islas. A las puertas vive el Japón, ansioso de nuevas tierras para expansionarse. ¡Lo que tardaría á encontrar un pretexto, á inventar un conflicto para dejarse caer sobre este archipiélago!... Y si nosotros nos fuésemos, resultaría muy difícil que pudiéramos repetir la visita. En los Estados Unidos todo lo dirige la opinión, y es casi seguro que luego de habernos marchado, esta opinión nos impediría volver, no queriendo arrostrar los peligros y gastos de una guerra por un país abandonado antes.
Debo mencionar también lo que dicen los filipinos ansiosos de independencia. Los más instruidos encogen los hombros cuando les hablan de que una gran parte de su país está todavía á medio civilizar. Lo mismo decían los ingleses cuando se declararon independientes las colonias de América, teniendo á sus espaldas tres cuartas partes del actual territorio de los Estados Unidos ocupadas por tribus enteramente salvajes. El fantasma de la invasión japonesa no les impresiona gran cosa. Con una arrogancia caballeresca, que revela su antigua educación española, contestan simplemente:
--De ocurrir eso nos defenderíamos todos desesperadamente hasta morir.
Además, juzgan que no sería incompatible una completa independencia filipina con el estacionamiento militar de los Estados Unidos en este archipiélago, para tener una base fuerte cerca del Japón.
El argumento de que no están preparados para la independencia les hace sonreir. ¿Dónde está el reloj que marca la hora justa para tal reforma?... ¿Quién tiene el instrumento capaz de medir si un pueblo debe ser independiente ó no merece serlo todavía?...
Esto lo considero cierto. Nadie puede probar que es nadador ó no lo es mientras no se meta en el agua. Y para que un pueblo demuestre que merece la independencia, lo primero es dársela.
Tengo mi opinión propia, formada después de oir á unos y á otros.
No niegan los Estados Unidos el derecho de Filipinas á su independencia, ni lo negarán nunca de un modo terminante. Se oponen á ello sus nobles tradiciones civiles. Existen dentro de la gran República imperialistas que se muestran á veces cínicos y brutales en sus deseos, mas la inmensa mayoría del pueblo americano es enemiga de guerras y dominaciones por la fuerza, y cree generosamente que todo país debe gozar su libertad.
Pero no es menos cierto que el gobierno de Wáshington, teniendo en cuenta los informes de las autoridades de Filipinas, aprecia cada vez más el valor económico de este archipiélago y su situación estratégica, deseando conservarlo á todo trance.
Para algunos americanos, nunca llegará el momento oportuno de dar á los filipinos su independencia. Aunque todos los naturales del archipiélago fuesen un portento de educación cívica, encontrarían siempre motivos para decir que no era llegada la hora. ¡Es tan fácil inventar pretextos, teniendo en cuenta la imperfección humana!... Confían en el tiempo y en la escuela para que se adormezca poco á poco este sentimiento de independencia, y acabe Filipinas por entrar mansamente en la Confederación americana como un simple territorio.
La escuela de primera enseñanza emplea la lengua inglesa. Los profesores filipinos dan sus lecciones en inglés, con arreglo á los métodos oficiales. El español únicamente se estudia en la segunda enseñanza y en la Universidad como una lengua extranjera.
El idioma moldea el alma; por eso la dominación americana ha creado aquí escuelas verdaderamente maravillosas, y al dar al filipino más pobre una educación brillante, procura hacer de él un futuro súbdito de los Estados Unidos.
Los partidarios de la independencia velan á la parte de fuera de la escuela. Jamás se ha hablado tanto en Filipinas la lengua española. En tiempos de nuestra dominación, el pueblo, como señal de protesta, hablaba el tagalo. Sólo los de una cultura superior conocían aquélla.
Ahora, como una afirmación de nacionalismo, los niños que hablan inglés en la escuela aprenden el español en su casa, y esta es la lengua espontánea muchas veces de sus juegos callejeros.
Después de extinguirse los apasionamientos propios de toda revolución, los filipinos amantes de la independencia reconocen la parte de beneficios que tuvo para ellos la civilización española, y adoptan nuestra lengua como un arma de largo alcance. En todo el archipiélago, según me afirman los conocedores, existen más de veinte lenguas vernáculas, y el tagalo usado en Manila no es mas que una de ellas. En cambio, el español tiene grupos parlantes en todas las islas. Además, es la lengua de veinte naciones del Nuevo Mundo y de cien millones de seres. Valiéndose de ella, los filipinos no quedan aislados en un extremo del Pacífico y se ponen en comunicación espiritual con la mayor parte de las naciones que acompañan á los Estados Unidos en el disfrute del continente americano.
Yo veo la historia futura de Filipinas á modo de una carrera de jinetes. La escuela oficial, magnífica y opulenta, fabrica americanos para el porvenir. El nacionalismo filipino espera en la calle á las nuevas generaciones y les inspira el amor á la independencia. El fuego sagrado de la patria se va renovando así de pecho en pecho.
Es una obra de paciencia y de tenacidad. Esta lucha pacífica va á durar muchos años; pero vencerán finalmente los filipinos si el entusiasmo que muestran ahora no es una ráfaga estrepitosa y pasajera; si desafían al cansancio, si no se desalientan ante lo largo del camino, y acaban por convencer al pueblo americano de que son dignos de obtener su independencia, provocando uno de esos arrolladores y generosos movimientos de opinión tan frecuentes en la vida de los Estados Unidos.
Como dicen los cabalgadores de las llanuras sudamericanas: «Es asunto de ver á quién de los dos se le cansará antes el caballo.»
XV
EN EL MAR DE LA INSULANDIA
Un guerrero del aire.--El paso de la Línea.--Desfile de oasis montañosos sobre el desierto azul.--La historia del mundo reproduciéndose en cada isla.--Epopeya de los descubridores portugueses.--Lo que vieron un día en las Molucas.--Encuentro de los dos pueblos ibéricos al otro lado del planeta.--Los últimos héroes españoles del ciclo de los descubrimientos.--Mendaña y el oro del rey Salomón.--Una flota mandada por una mujer.--La almiranta doña Isabel.--El místico Quirós.--Llegada de la reina de Saba á Manila.--Los elefantes don Pedro y don Fernando.--Los descubridores de «Australia Ignota».--«Austrialia del Espíritu Santo».--El piloto Torres, primer explorador de las costas australianas.
Desde la barandilla de una cubierta saludo á los grupos de filipinos y españoles que han venido á despedirnos. El muelle está repleto de gentío. Los vendedores tagalos ofrecen pesados machetes, lanzas y espadas flamígeras de los moros de Joló, primorosos encajes manileños, cajitas fabricadas con fibras del país, y mis compañeros de viaje adquieren estos recuerdos de su paso por la isla de Luzón.
Estrecho una vez más la mano de Potous, cónsul de España, que empezó su carrera como magistrado, del conde de Paracamps, español de espíritu progresivo y el más notable organizador que existe en Filipinas, del ilustre periodista Romero Salas y otros amigos.
Unas señoritas vestidas de labradoras valencianas me entregan cestos de flores. La colonia española, como recuerdo de mis dos conferencias, me sorprende con un magnífico regalo. Recibo el saludo de varias damas filipinas que llevan el traje nacional. Unas son directoras de colegio, otras desempeñan cargos en la administración de justicia, lo que demuestra la cultura de la mujer en este archipiélago.
Parte el _Franconia_ entre aclamaciones. Al mismo tiempo la atmósfera se conmueve con un estrépito mecánico que parece ahogar los gritos de la blanca muchedumbre agrupada en los muelles. Media docena de aeroplanos militares evolucionan sobre nuestro buque, acompañándolo durante su navegación por la bahía.
Viene con nosotros hasta Calcuta el general Mitchel, jefe de la aviación americana, que en el último período de la guerra europea mandó las fuerzas aéreas de todos los aliados. Es un hombre todavía joven y habla correctamente el español por haber vivido en distintas repúblicas de América. Luego de pasar varias semanas en Manila, continúa su viaje alrededor del mundo, estudiando la aviación de las naciones y colonias de Asia.
Este guerrero de la atmósfera me expone con voz dulce de poeta una serie de «anticipaciones» capaces de asombrar á la imaginación mejor preparada. Así me entero de cómo el avión ha cambiado completamente la guerra, cómo acabará por hacerla imposible, cómo podrá igualar tal vez un día su velocidad con la del curso del sol, dando las escuadrillas voladoras la vuelta á nuestro planeta sin dejarse alcanzar por la noche.
Seis días va á durar nuestra navegación entre Manila y las costas de Java. En esta travesía cortaremos la línea ecuatorial, y como son muchos los viajeros que no han pasado dicha línea, los organizadores de fiestas del _Franconia_ preparan su bautizo.