La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3
Part 14
Entramos en una de las casas dedicadas á este vicio nacional. Hay tantas de ellas que resulta difícil escoger. Todas tienen en sus fachadas anuncios luminosos y rótulos chinescos en grandes bandas de tela colgante. También se ven en las mismas calles fumaderos de opio con sus lamparillas de luz fúnebre y sus duros lechos de asceta; pero ¿á quién puede interesarle un fumadero de opio en esta ciudad que es el principal depósito de dicho artículo?...
Los portugueses de Macao no merecen las censuras hipócritas que les dedican otras colonias europeas de Asia. Nunca ha impuesto Portugal á cañonazos el consumo de la citada droga, como Inglaterra, que hizo en 1842 la llamada «guerra del opio». Los mercaderes de Macao la venden á los buques que vienen á buscarla, y esta operación comercial proporciona un ingreso al Tesoro público. Lo mismo la pueden encontrar los chinos en otras colonias gobernadas por europeos, pero de un modo oculto, y lo que entregan por hacer tal negocio lo guardan en su bolsillo particular las autoridades.
Resulta el juego del «Fan-tan» lento y de prolongada emoción, como al chino le place que sean todas sus diversiones. La rapidez pugna con los gustos de su vida. La enorme mesa de juego está en el piso bajo, y en torno á ella se agrupan los «puntos» de clase ínfima, coolíes, marineros y trabajadores del puerto.
Subimos por una escalera bien iluminada al piso superior. El suelo está perforado por una gran abertura oval, que da exactamente sobre la mesa colocada en el piso bajo. En torno á su barandilla se sientan en banquetas de hule los jugadores de más distinción. Ciertas casas tienen una segunda y una tercera galería en sus pisos superiores, lo que triplica ó cuadruplica el número de las personas que intervienen en el juego. Asomados á cada baranda, unos empleados reciben el dinero de los jugadores de su piso y lo bajan hasta la mesa en pequeños cestos pendientes de cordeles, indicando con unas vocecitas que suenan como chillidos de gato el número y la cantidad de las apuestas.
Este público del primer piso resulta para mí de gran novedad. En ninguna de las ciudades chinas había visto tales personajes. Me siento entre algunos viejos con aire de mandarín venido á menos. Son letrados de exquisitos modales que han perdido tal vez una carrera brillante por las villanías propias del juego. A pesar de sus ojitos que no son más que dos líneas negras entre párpados que parecen cosidos, de su faz amarilla y arrugada y de sus bigotes colgantes, me recuerdan á muchos _gentlemen_ arruinados que conocí en Monte-Carlo.
También puedo examinar aquí de cerca á las mujeres chinas en plena libertad. Van vestidas con pantalones y blusas de rica seda azul; llevan un flequillo de pelo sobre la abultada frente; en su pecho y sus muñecas centellea la pedrería de abundantes joyas; fuman sin parar cigarrillos con perfume de opio, sosteniendo entre dos dedos una larguísima boquilla de carey; ponen una pierna sobre otra, saliéndoles del ancho pantalón unas pantorrillas delgadas que no se armonizan con la anchura de su rostro; ríen con cierta insolencia, murmurando palabras ininteligibles, mientras examinan fijamente á las señoras europeas que acaban de entrar. Todas juegan sumas considerables, manejando el dinero con una inconsciencia oriental. Las más de ellas son cocotas nacionales, residentes en Hong-Kong y Cantón, y han venido á Macao para jugar al «Fan-tan» con permiso de los opulentos comerciantes que las mantienen.
La mesa está presidida por una especie de mandarín de barbas lacias y blancas, que desarrolla con una lentitud majestuosa la marcha del juego. Tiene á su lado un gran montón de _sapeques_, piezas metálicas con un agujero en el centro. Agarra sin mirar un puñado de tales monedas y las coloca bajo una maceta de hojalata vuelta boca abajo. El juego consiste en levantar dicho receptáculo cuando todos, en los diversos pisos, han hecho ya sus puestas, y con una varilla muy larga, para que no haya sospecha de trampa, va separando los _sapeques_ por grupos de á cuatro, hasta que al final quedan unas piezas sueltas, que pueden ser cuatro, tres, dos ó una, números á los que arriesgan su dinero los jugadores.
Esta separación de cuatro en cuatro la va haciendo con una lentitud desesperante, pues así le gusta al público. El chino no conoce el valor de las horas. Además, no hay miedo de que se cierre el establecimiento. Las casas del «Fan-tan» carecen de puertas y las partidas se suceden día y noche, renovándose el personal de la mesa. Hay «puntos» que se hacen traer la comida de un figón inmediato, duermen sobre la banqueta de hule cuando les rinde el sueño y no salen de la timba en varias semanas, mientras les queda un peso mejicano.
Algunos de estos jugadores dan pruebas de una visualidad maravillosa. Apenas el venerable personaje levanta el vaso y empieza á contar las piezas, adivinan desde el piso superior con una mirada de águila cuántas quedan en el confuso y enorme montón, anunciando por anticipado el número ganancioso.
Mientras las señoras vuelven al palacio del gobernador, donde nos espera un gran banquete, corro yo con uno de sus ayudantes, el teniente de navío Sebastián Da Costa, notable escritor portugués, á conocer otra de las singularidades del viejo Macao, la llamada «rua da Felicidade». Esta calle de la Felicidad resulta semejante por su tráfico á las que existen en todos los puertos de mar, pero aquí ofrece el interés de ser únicamente chinos los que la frecuentan, empujados por el acuciamiento de la lascivia.
Se compone de casas estrechas, cuyo piso bajo ocupa enteramente la puerta. A través de su abertura se ve una especie de zaguán con el arranque de la escalera que conduce á las habitaciones superiores, y algunos asientos chinescos, ocupados por las dueñas y sus amigas. Son mujeronas de cabeza voluminosa, miembros delgados y grueso tronco, con una nariz tan aplastada que apenas si resulta visible cuando sitúan de perfil su ancho rostro, amarillo como la cera. Estas hembras maduras, retiradas de las peleas sexuales, fuman gruesos cigarros mientras conversan lentamente. Otras se peinan entre ellas á la luz de una lámpara colocada ante sus ídolos predilectos.
Las pensionistas de dichas casas juegan en medio de la calle, como un colegio en asueto. Verdaderamente es la función que les corresponde, á juzgar por sus pocos años. Todas ellas son chinitas apenas entradas en la pubertad. Se persiguen como gatas traviesas, dando maullidos de regocijo. Algunas se acercan á nosotros después de colocarse ante el menudo rostro una careta de gesto monstruoso, una máscara espantable de dragón ó de genio, como únicamente saben imaginarlas los artistas chinos, y las pobrecitas rugen para infundirnos pavor, riendo á continuación de su travesura.
Nos fijamos en los diversos altares de las casas. Todos ellos guardan bajo marco imágenes de papel doradas y multicolores: dioses ó diosas de las Aguas, del Viento, de la Felicidad, etc. En algunas de dichas viviendas las huéspedas no tienen dinero para adquirir divinidades protectoras, mas no por eso carecen de altar. Han colocado en la pared, bajo doseles de colores, un anuncio de la Compañía Trasatlántica Japonesa, con un vapor de cuatro chimeneas y un mar de grandes olas, y le encienden todas las noches su lámpara, lo mismo que en las casas vecinas. Tales improvisaciones no asombran á ningún chino.
Volvemos á atravesar la gran calle de Macao, que tiene en las primeras horas de la noche un aspecto de capital de provincia. Pasean por sus aceras numerosos sacerdotes y oficiales vestidos de paisano; jóvenes de una elegancia marcial, con gran fieltro á lo mosquetero y chaleco blanco.
Nos obsequia el gobernador Rodrigues con una magnífica comida en su palacio. Admiro los salones de esta residencia, que no es vieja pero empieza á adquirir el encanto de lo antiguo. Muchos de sus muebles proceden de Cantón y tienen más de un siglo. En los rincones hay grandes ánforas de porcelana multicolor, como las fabricaban los chinos en otros tiempos.
Con el deseo de que viésemos Macao detenidamente, no ha querido el doctor Rodrigues dejarnos partir á media tarde en el vapor de Hong-Kong. Por miedo á los asaltos de los piratas, este vapor emprende su regreso poco después de su llegada, para que no le sorprenda la noche en el camino. Las aguas portuguesas son las más seguras. El vigía del castillo de Macao sigue durante dos horas la marcha de los buques por el enorme espacio de mar abierto ante la ciudad, y puede dar aviso á los cañoneros portugueses si nota algo extraordinario. Lo peligroso es el dédalo de canales é islas inmediato á Hong-Kong, y el vapor-correo procura pasarlo antes que se oculte el sol.
Nosotros saldremos de aquí después del banquete. Un remolcador del puerto se encargará de llevarnos á Hong-Kong. Hasta las once de la noche estamos en la grata compañía del gobernador, su esposa é hijas y las familias de sus ayudantes. Nos vemos tratados con la proverbial cortesía de los hidalgos portugueses. Algunas damas cantan _fados_ y romanzas sentimentales de la patria lejana. Cuando cesa la música hablamos de lo que fueron los navegantes portugueses y españoles dentro de la historia del progreso humano.
Salimos para Hong-Kong en el pequeño vapor. Va tripulado por media docena de marineros que son chinos de Macao. Su patrón parece ser el único portugués, pero acabo por creerle también mestizo, nacido en la colonia. Todos ellos se entienden en lengua china para sus maniobras.
El barco tiene en la proa un cañoncito de tiro rápido cuidadosamente enfundado, á causa de la humedad atmosférica. Creo además que los tripulantes llevan algunas carabinas... pero ¡vamos encontrando en nuestro camino tantos juncos! Pasamos al lado de buques que resultan enormes si se les compara con nuestra pequeñez, y de su interior puede desplomarse repentinamente sobre esta cubierta una cascada de diablos amarillos y medio desnudos, que se apoderarían del barquito antes de que nadie pudiese desenfundar el cañón ni tocar una carabina.
Pienso que si los tripulantes de algunos de los juncos de comercio supiesen quién viene en este pequeño buque se sentirían inclinados á intentar una aventura capaz de enriquecerlos. Por suerte, para todos los navíos de forma arcaica y su marinería vagabunda que sólo se muestra honesta cuando ve próximos los golpes, nuestra embarcación no es más que un cañonero de Macao que se dirige á Hong-Kong en plena noche por un asunto del servicio.
Sospechas ó inquietudes van desapareciendo según avanza nuestra navegación sobre las aguas del estuario. El misterio de la noche nos penetra y nos avasalla. Queremos gozar la belleza de la hora presente, que tal vez no volveremos á conocer nunca en lo que nos resta de vivir.
Si me preguntan cuál es la sensación más honda y duradera de mi viaje alrededor del mundo, tal vez afirme que el viaje de Macao á Hong-Kong, sobre un mar dormido como una laguna, bajo la cúpula de una noche esplendorosa, con el incentivo de marchar en el misterio, costeando peligros y casi al ras de las aguas. El mar es muy distinto cuando se navega por él pudiendo tocarlo con la mano á como se ve desde la última cubierta de un trasatlántico, alta como la plataforma de una torre.
Ha surgido la luna sobre el lomo obscuro de una de tantas islas. Es simplemente un cuarto creciente, pero la vagorosa luz traza un ancho camino de lácteo resplandor sobre la llanura lóbrega moteada de rojo por las lucecitas de los juncos. Las estrellas son tantas en este cielo tibio, que al levantar la cabeza para verlas, parpadean los ojos cual si lloviese sobre ellos polvo de luz. Detrás de la popa huye el camino lunar, ondeado por el cabrilleo de las aguas. Este camino forma un triángulo. Se estrecha hasta unir sus dos bordes en el límite del horizonte y sobre este vértice asoma á intervalos un diamante rojo que lanza contados centelleos, siempre los mismos, y vuelve á ocultarse en momentáneo eclipse: el faro de Macao.
Ofrece la proa un espectáculo más extraordinario al deslizarse por sus dos flancos el agua partida en espumas.
¡Las fosforescencias del mar chino!... En noches anteriores, al pasar la bahía de Hong-Kong sobre los vaporcitos que van y vienen entre la ciudad y la península de enfrente, llamó mi atención un resplandor verde de las aguas próximas. Creí al principio en un reflejo de la luz de posición, situada en el puente, y que corresponde al lado de estribor. Pero al ver que en el costado opuesto no existía ninguna luz roja y las aguas seguían brillando con la misma luminosidad verde, me di cuenta de que era un reflejo fosforescente como no lo había visto nunca en otros mares.
Ahora, al regresar de Macao, considero casi insignificante la luminosidad extraordinaria de la bahía de Hong-Kong. Aquí, en pleno estuario, donde el agua tranquila de los canales es una mezcla de la salinidad de las mareas oceánicas y los aportes dulces del río Perla, cargados de vida animal, la fosforescencia resulta algo inaudito, algo que nunca pude concebir que existiese.
Brillan junto al buque, durante largos espacios de tiempo, las aguas que nos rodean, con una luminosidad igual á la de Hong-Kong. Es el mismo espejismo de ojos felinos que he visto tantas noches en mis travesías á América... De pronto ocurren mudas explosiones de luz á flor de agua, como si la proa, al avanzar, fuese rompiendo focos eléctricos. Parece que en el seno del estuario se alumbren de pronto innumerables tubos de mercurio, que revienten grandes bolsas luminosas, esparciendo un resplandor verde semejante al de los teatros y los _cabarets_ de última moda; y el buque entero queda envuelto por unos segundos en una aurora inverosímil que parece de otro planeta.
Sentados en la proa unos junto á otros, viajamos á través de la obscuridad sin poder vernos, y de repente nos contemplamos de cabeza á pies, con un color de exhalación eléctrica que en el primer momento nos hace inconocibles.
Menospreciamos el abrigo del único camarote del barco para no perder este espectáculo ultraterreno, y seguimos en la cubierta, con las ropas chorreando humedad, temblorosos de frío, mientras vamos pasando entre islas de una temperatura tropical. Esperamos un nuevo reventón de resplandores mágicos en el seno de las aguas.
Queremos ver una vez más, bajo esta luz de misteriosa apoteosis, el deslizamiento de los peces despertados por nuestra proa, negros y elípticos como manchas prolongadas de tinta china.
XIV
EL PUEBLO FILIPINO
La bahía de Manila.--Obsequios de filipinos y españoles.--Limpieza y elegancia de la ciudad.--El traje gracioso y señorial de las mujeres.--Los jardines.--Las escuelas y su profesorado filipino.--Generosidad del gobierno americano para el sostenimiento de la enseñanza.--Ansia del filipino por instruirse.--La colonización española.--Su trabajo fundamental, penoso y mal conocido.--Filipinas desea ser independiente.--Suavidad del régimen americano.--Autonomía dada por Wilson.--Palabras de un tribuno filipino.--El gobernador Wood.--Lo que dicen unos y otros.--Mi opinión particular.
Dos días después, á la salida del sol, cruza el _Franconia_ un estrecho entre la tierra firme y la llamada isla del Corregidor.
Se extiende ante nuestra proa un mar tranquilo, luminoso, como los lagos cantados en odas y romanzas. Parece no tener límites, lo mismo que el Océano, á causa de la neblina sutil que cubre el horizonte con sus telones de gasas doradas. Es la famosa bahía de Manila.
Navegamos por ella mucho tiempo, viendo las blancuras de Cavite á nuestra derecha. Enfrente van asomando, poco á poco, sobre la llanura azul, los nuevos muelles de Manila, las techumbres de sus almacenes, las arboledas de sus jardines y el caserío albo, amarillo y rosa, sobre cuyos tejados se remontan las torres de las iglesias.
Ha quedado en mi memoria la capital de Filipinas como algo que vive aparte de todas las sensaciones aglomeradas durante mi viaje. Sólo permanecí en ella un par de días no completos y una noche, pero estas docenas de horas valen como si fuesen meses; tantos fueron los nuevos amigos que adquirí en dicho espacio de tiempo, las ideas que recibí de ellos, las manifestaciones afectuosas de que me vi objeto.
Únicamente pude ver Manila, y aunque es ciudad hermosa, merecedora de gran interés, su conocimiento no autoriza para poder hablar del archipiélago filipino. Éste es casi un mundo; tiene más de doce millones de habitantes y consta de 3.000 islas entre grandes y pequeñas, según me afirman los que lo han explorado con detención.
Deseo volver sin prisa á este país, donde se mezclan en el momento presente tres siglos de civilización española, el aporte continuo de los Estados Unidos, nación la más progresiva de nuestros tiempos, y las influencias que envían diversos pueblos de la tierra por encima del Océano, como esos polen de larga fecundación capaces de reproducir vegetaciones exóticas á distancias enormes. Siento interés por estudiar y describir detenidamente la vida de esta antigua colonia española, que es hoy un Estado autónomo y aspira con fe inquebrantable á convertirse en una República independiente. Mas por ahora tendré que limitarme á contar lo que vi, expresándolo con un juicio sereno, libre de sugestiones.
Enumeraré con brevedad los honores que filipinos, españoles y norteamericanos residentes en el archipiélago me dispensaron durante mi breve permanencia en Manila. En los salones del Casino Español fuí obsequiado con un banquete de más de trescientos cubiertos, al que asistieron las primeras autoridades americanas y todos los individuos de la Asamblea filipina, senadores y representantes. En la misma noche di una conferencia en el teatro, y al día siguiente, otra de carácter literario en la Escuela Normal. El Senado de Filipinas me recibió en sesión solemne, con asistencia además de los diputados que forman la Cámara de representantes, concediéndome el alto honor de ocupar un asiento al lado de su presidente, y éste me saludó con las más satisfactorias expresiones que puede recibir un escritor amigo de la libertad. Finalmente, el general Wood, gobernador de Filipinas, me dió un almuerzo en su palacio de Malacañang, antigua residencia de los capitanes generales españoles.
Al anclar el _Franconia_, vi cerca de él á un vapor de la Trasatlántica Española, el _Isla de Panay_, completamente empavesado, con aspecto de gala. Creí que era este adorno por alguna festividad nacional. Luego experimenté una de las mayores emociones de mi vida al saber que las banderas y los gritos de la tripulación asomada á las bordas eran para saludar mi llegada. Antes de dirigirme á la ciudad subí al _Isla de Panay_, deseoso de responder á este saludo espontáneo. Bebí una copa de champaña con el capitán y los oficiales, recibiendo los abrazos de la marinería, que mostraba un gozo sincero al encontrarse con un español conocido de todos ellos tan lejos de la madre patria.
Uno de los más afectuosos en sus manifestaciones fué el capellán del _Isla de Panay_. Durante mi permanencia en Manila se mostraron igualmente efusivos conmigo numerosos frailes españoles que asistieron á mis dos conferencias; unos, profesores de la Universidad Católica de Manila; otros, aficionados a las lecturas literarias. Estando á tres mil leguas de la patria parecen empequeñecerse nuestras particulares apreciaciones sobre los misterios que rodean la vida, y nos atrae con repentino sentimiento de fraternidad la condición común de españoles.
Mi primera impresión al visitar Manila fué igual á la del que entra en una casa pulcra y clara, después de haber atravesado varias calles rebullentes de muchedumbre, luminosas, pero sucias. Creo que todos los que lleguen á Filipinas, después de viajar por la China y otros países del Extremo Oriente, experimentarán la misma impresión.
Tiene Manila un aire de estabilidad, de solidez y señorío, que contrasta con el aspecto ligero y provisional de las ciudades del Extremo Oriente, hechas de madera y tejidos de bambú. Los edificios, aunque de poca elevación, son fuertes; los templos y los baluartes de la gran muralla, estilo Vauban, construída por los españoles, dan á Manila una respetable antigüedad. Hasta las cabañas, hechas sobre pilotes y con tejidos vegetales, que sirven de vivienda al pueblo en los suburbios, están alineadas con un método que parece revelar la cohesión de este país. Digámoslo de una vez. Filipinas tiene un pasado histórico--el de su infancia--, y quiere llegar á la completa virilidad sin perder su fisonomía propia.
La limpieza de Manila se refleja en sus habitantes. De todas las capitales de Asia, incluyendo las mejores colonias de origen europeo, es Manila la ciudad más pulcra y elegante. Las mujeres van vestidas con el traje nacional, que sorprende por su gracia y su distinción á las viajeras de gustos más refinados. Todas llevan una falda de cola larga, como si fuesen á entrar en un baile solemne, y se la recogen con gracia señorial. Sobre esta falda de seda, que es de diverso color, según el gusto de quien la usa, llevan todas ellas un corpiño hecho de encajes filipinos, célebres por su artística sutilidad. La gorguera del escote y unas puntas sobre los hombros parecen de lejos los extremos de unas alas plegadas, dando á las filipinas cierto aspecto de mariposas, como si fuesen á abrir de pronto unos brazos voladores, elevándose sobre el suelo.
Los hombres son igualmente de una elegancia que puede llamarse tropical. Nunca he visto muchedumbres tan blancas é inmaculadas. El calor hace sudar copiosamente, pero los filipinos cambian varias veces de traje durante el día, y es imposible sorprender en ellos la más leve mancha.
Mientras daba mi conferencia en la Escuela Normal, no pude menos de admirar el hermoso golpe de vista que ofrecía un público de dos mil hombres, todos vestidos de blanco, con corbata negra. Dentro de él se destacaban lo mismo que arriates floridos los colores violeta, rosa ó azul celeste de los grupos de damas llevando el traje nacional.
Al aspecto limpio de esta ciudad y á la elegancia de sus habitantes hay que añadir la hermosura de su flora. En los jardines se ven árboles de extrañas formas para los ojos europeos, cuyos nombres no tengo tiempo de conocer. En los alrededores de Manila corre el automóvil á través de campos sobre los que yerguen su aéreo surtidor de verdes plumajes innumerables especies de palmeras. Atravesamos un jardín con unos arbustos grandes como árboles y flores enormes de un rojo mágico, que recuerdan el jardín encantado de Klingser en la leyenda wagneriana de Parsifal. Algunos pasos más allá empiezo á ver tumbas entre esta vegetación maravillosa, y me entero de que marchamos por un cementerio. Creo que en ninguna parte de la tierra la fealdad de la muerte ha logrado ocultarse bajo una envoltura tan seductora.
En la mesa, á la hora de los postres, es cuando se aprecia mejor la dulce fecundidad de este suelo paradisíaco, saboreando frutos que existen indudablemente en otros países tropicales, pero en ninguno de ellos llegan á adquirir la sabrosa madurez que en Filipinas.
De todo cuanto me muestran en Manila lo más extraordinario son las escuelas. Yo he viajado por la mayor parte de los Estados Unidos y conozco el enorme desarrollo de su enseñanza pública. Por eso puedo afirmar que las escuelas de filipinas son superiores á las de muchos Estados de la gran República. Hay que añadir que su profesorado, tanto masculino como femenino, está compuesto de hijos del archipiélago. Pude conversar en varias escuelas con maestros y maestras. Ellos son unos _gentlemen_ pulcramente vestidos con el traje de ceremonia del país, _smoking_ blanco y corbata negra. Ellas llevan la falda de seda y el corpiño de gasa, pues por nacionalismo consideran oportuno dar sus lecciones vistiendo á la filipina.