La vuelta al mundo de un novelista; vol. 2/3

Part 13

Chapter 133,849 wordsPublic domain

Navegó el buque varias horas con un timoneo loco por los canales del estuario. Muchos juncos pacíficos de cabotaje se vieron próximos á ser pasados por ojo, librándose de la catástrofe en el último momento gracias á una virada oportuna. Aun así, el vapor, que marchaba como un ebrio, arrancó á muchos veleros, con sus bruscos roces, todo lo que sobresalía de sus cascos. Al fin los piratas lo encallaron, pasada media noche, en una costa desierta, á varias leguas de Hong-Kong, desapareciendo tierra adentro, y unos pescadores llevaron á la ciudad la noticia del suceso para que un buque de guerra viniese á recoger las víctimas.

En el presente caso los piratas se contentaron con el botín, sin llevarse á los viajeros para exigir un rescate. Otras veces, montando juncos armados, toman por asalto á los vapores y raptan á sus pasajeros. Escriben después á las familias de éstos exigiendo fuertes cantidades, y si el dinero tarda en llegar envían como advertencia una oreja cortada ó un dedo, anunciando la continuación metódica de tales amputaciones.

--Pero todos los días no hay asalto de piratas--digo después de oir tales historias.

Efectivamente, estos atentados sólo ocurren cada seis meses, poco más ó menos. Las autoridades británicas, después de una piratería, adoptan las medidas más severas. Buques armados surcan incesantemente los canales del estuario, la policía bate las islas, el tribunal de Hong-Kong muestra una severidad inusitada y condena á ser ahorcados á todos los chinos que han cometido un crimen, aunque éste no tenga carácter pirático.

Transcurre el tiempo sin que los bandidos de los canales den motivo para que hablen de ellos; la autoridad se muestra menos vigilante, creyendo terminado dicho mal, y cuando la gente se embarca con mayor confianza para ir á Macao, ciudad de vida agradable y juego libre, donde los chinos ricos arriesgan su dinero al «Fan-tan» y los viajeros blancos pueden admirar los antiguos edificios de aire señorial, una nueva banda de piratas da otro golpe, con capitana ó sin ella.

A pesar de tales relatos me embarco al día siguiente para la colonia portuguesa. Otros pueden seguir con tranquilidad su viaje sin sentir la atracción de Macao. Yo he nacido en la Península Ibérica y además soy escritor.

Sería vergonzoso haber estado á cuatro ó cinco horas de distancia y no visitar la vieja ciudad donde Camoens, desterrado y pobre, compuso su poema inmortal, pensando en las glorias de la patria lejana.

XIII

VIAJE Á MACAO

Registro de chinos antes de su entrada en el vapor.--Cubiertas transformadas en jaulas y puente convertido en fortaleza.--Recuerdos del asalto de los piratas.--«¡Necesito matar á un chino!»--La interesante «Ciudad del Santo Nombre de Dios en China».--Los juncos con cañones, anclados en su antiguo puerto.--El nuevo puerto de Macao.--Gran porvenir de la ciudad.--Excelente administración del gobernador Rodrigues.--La gruta de Camoens.--El juego del «Fan-tan» y otras particularidades interesantes del viejo Macao.--La calle de la Felicidad y sus altares.--Regreso á media noche por el estuario de los piratas.--Las fosforescencias del mar chino.--Espectáculo inolvidable.

En las primeras horas de la mañana nos embarcamos para Macao. Vemos ante el buque numerosos grupos de chinos. Un retén de policía regula su avance, uno por uno, sobre la pasarela que junta al casco con el muelle. Todos son registrados de cabeza á pies, y sólo pueden seguir adelante cuando el agente indostánico queda convencido de que no llevan el más pequeño cortaplumas. Como estos hombres amarillos se parecen todos por su traje azul y sus rostros casi uniformes, es difícil establecer distinciones entre un coolí pacífico que va por sus negocios á Macao y un pirata que prepara con sus compañeros el ataque del buque en mitad del viaje.

Este vapor-correo es igual á todos los que navegan en el estuario y los ríos cercanos, pero después del asalto que presenció mi compatriota, se han hecho en él grandes reformas defensivas. Verjas de gruesos barrotes, semejantes á las de las cárceles, lo dividen en varias secciones. Un gendarme indostánico, con uniforme azul, gorra blanca, carabina y revólver, guarda la puerta abierta de cada una de dichas barreras mientras dura el embarque. Cuando el buque empieza á navegar todas las entradas de los jaulones se cierran interiormente y los centinelas quedan detrás, apoyando sus carabinas sobre la cruz de los barrotes.

La cubierta superior también está interrumpida por fuertes enrejados que cortan la comunicación entre las diversas clases del pasaje, y para evitar que los asaltantes puedan deslizarse al otro lado de ellos, sacando el cuerpo fuera de la borda, se han prolongado las verjas sobre el mar con semicírculos exteriores de puntas agudas como lanzas. El puente donde va el capitán está defendido con placas de acero cromatizado, iguales á las mamparas que cubren á los artilleros en las piezas modernas. De este modo los tiros de los piratas no pueden alcanzar á los que dirigen el buque. Pero los que presenciaron el último asalto no muestran gran fe en tales precauciones y creen que los chinos inventarán algo inesperado para salvar estos obstáculos defensivos.

Antes del embarque nos hemos despojado de los relojes y joyas de uso diario. Vienen conmigo dos señoras, acompañadas de sus doncellas. Una de las mencionadas damas, muy hermosa y elegante, nació en Bombay, pero es hija de español. Está casada con Mr. Stephan, director del Banco de Hong-Kong y Shanghai, institución financiera la más importante de todo el Extremo Oriente. Su director figura por derecho propio en el Consejo de gobierno de Hong-Kong, siendo á modo de su ministro de Hacienda.

La señora de Stephan lleva muchos años deseando ir á Macao y nunca se decidió á realizar tal viaje por miedo á los piratas. Prudencia justificadísima. En realidad, no podrían imaginar los bandidos del estuario un golpe más fructuoso que secuestrar á la esposa del director del Banco de Hong-Kong y Shanghai. ¡Qué rescate de miles y miles de libras esterlinas!... Mas al enterarse dicha señora de que yo voy á Macao, se decide con repentina energía á realizar el mismo viaje, como si mi presencia pudiera proporcionarle una seguridad extraordinaria.

Somos ocho, las dos señoras con sus doncellas, dos españoles residentes en Hong-Kong, un amigo holandés que habla un sinnúmero de lenguas, y yo. Va retrocediendo por la popa de nuestro buque la isla de Hong-Kong envuelta en nieblas matinales rasguñeadas á trechos por el sol. Sobre la cima del Pico, este turbante de brumas pierde por momentos su opacidad gris, y empieza á brillar como un tejido de filamentos de oro.

Fuera de la bahía el mar del estuario muestra una tersura de lago, y su color azul tiene la claridad láctea de la porcelana. Los juncos son numerosísimos. Ya dije que en las costas de China la navegación forma enjambres, pero aquí, cerca de la embocadura del río Perla, aún resulta más densa, y nuestro buque tiene que rugir incesantemente para evitar colisiones.

Estos juncos de construcción medioeval, á pesar de la tranquilidad de las aguas navegan en una posición inestable para nuestros ojos, con la proa casi hundida y la popa muy en alto, cual si fueran á sumergirse definitivamente en cada uno de sus cabeceos. Los canales se ensanchan, formando brazos de mar relucientes y tranquilos, como láminas de espejo. Flotando en sus aguas adormecidas hay pequeños islotes de basura, caída de los barcos ó arrancada de las riberas.

No disminuye la afluencia de embarcaciones según nos alejamos de Hong-Kong; por el contrario, ésta parece aún mayor al meternos entre las islas. Sobre las bordas de los juncos vemos marineras achaparradas y fornidas: con bíceps de hombre, pechos colgantes y adornos verdes en la cerdosa cabellera.

También las tierras insulares se muestran cada vez más numerosas. Por la derecha nos deslizamos junto á la isla de Lantao, cuya longitud alcanza á veinte millas. A babor, la ribera está cortada por incontables canales y estrechos, que forman pequeños archipiélagos. En el horizonte empieza á elevarse un grupo de cumbres, titulado por los descubridores portugueses _Nove Illas_, las Nueve Islas. Antes de ser dueños de Macao, los marinos de Portugal se establecieron en otra isla de este estuario llamada Sancian, donde murió San Francisco Javier cuando se proponía entrar en China como primer apóstol del cristianismo.

Mi compatriota Caballero me va mostrando los diversos lugares del buque donde presenció el ataque de los piratas. Ésta es la mesa en que se hallaba comiendo al sonar los primeros disparos. Aquí le robaron la cartera, zarandeándole un poco. Más allá daba gritos de mando la muchacha de los dos revólveres. Luego me lleva á visitar al capitán, que es el mismo que mandaba el buque en aquella triste ocasión.

Los guardianes cobrizos no nos dejan entrar en el recinto acorazado del puente y el capitán se decide á salir de su fortaleza. Es un inglés que tiene paralizada la parte izquierda de su cuerpo á consecuencia de las heridas que recibió en dicho asalto. Desde entonces se muestra taciturno y repite el mismo deseo, como obsesionado por una idea tenaz. Sonríe un poco al reconocer á mi compatriota, y cuando éste hace memoria de los terribles episodios de aquella tarde, frunce el ceño, mira su brazo inútil y murmura:

--Esto no puede quedar así. Es preciso que yo mate á un chino... Necesito matar á un chino.

Se ve claro que no descansará hasta conseguir dicha compensación. Tal vez se negó á aceptar el retiro á que tiene derecho y continúa mandando el buque porque «necesita matar á un chino», y así tiene más probabilidades de proporcionarse el citado gusto. Lo matará, estoy seguro de ello; tal vez lo ha matado á estas horas. ¡Hay tantos chinos para escoger!... Después de mi regreso á Europa, he leído todos los meses noticias de nuevos asaltos de piratas en el estuario de Hong-Kong, con secuestros de viajeros, combates y numerosos muertos y heridos. El capitán debe haber matado á su chino, si es que los chinos no han acabado definitivamente con él.

Todos los de nuestro grupo almorzamos en un salón de la cubierta más alta, para evitarnos el roce con las familias que ocupan el comedor de primera clase. Son gentes bien educadas, pero el olor especial de los chinos resulta intolerable para muchos olfatos europeos. Ellos, por su parte, declaran que nosotros expelemos un hedor de carne cruda, digna de nuestra condición de bárbaros. Tal vez el hacernos comer aparte es también para que no veamos los manjares favoritos de estos pasajeros.

Algunos son personajes importantes, vecinos de Hong-Kong, que van á pasar unos días en sus casas de Macao. Visten ricas túnicas de seda azul y ostentan botones de piedras preciosas. Uno de estos chinos opulentos ha sido ennoblecido por el rey de la Gran Bretaña y goza el título de baronet. La importancia financiera de todos ellos y su trato con los blancos hacen que el populacho los considere traidores á su raza, y como en Hong-Kong las asociaciones chinas son temibles por sus venganzas, estos personajes viven encerrados en sus palacios, y cuando desean unos días de esparcimiento se trasladan á Macao, donde el orden es más firme y las autoridades portuguesas pueden ofrecerles mayores seguridades.

Dejamos de navegar entre islas, saliendo á dilatados espacios de mar libre, y vemos en el horizonte un promontorio con un castillo y un faro sobre su lomo. Mucho tiempo después, al dar vuelta á dicho promontorio, aparece lentamente la vieja é interesante ciudad de Macao.

Tiene un aspecto, multicolor y ligero, de población del Extremo Oriente, y al mismo tiempo una estabilidad sólida que revela el origen de sus fundadores. Los edificios son obra de albañilería en su mayor parte, y no de madera, como en las otras ciudades chinas. Los más tienen un piso superior, con arcadas ó galerías cubiertas, y por encima de sus techumbres se remontan los campanarios de las iglesias católicas.

Macao, que fué llamada primitivamente «Ciudad del Santo Nombre de Dios en China» y luego vió sustituído dicho título por el de _Macau_, de origen indígena, resultaría altamente exótica si se la pudiera trasladar de pronto á las cercanías de Lisboa. Vista aquí, después de haber visitado las principales ciudades del litoral chino, nos recuerda al antiguo Portugal y parece venir de ella una respiración lejanísima de nuestro mundo.

El puerto viejo es más chino que la ciudad. Puedo añadir que en ninguno de los puertos del Extremo Oriente se consigue ver la marina mercante que ancla en las aguas de Macao.

Nuestro vapor va pasando ante una fila de grandes juncos, galeones panzudos que parecen imaginados por un artista en delirio más que por hombres dedicados a la navegación. Tienen en su proa dragones enroscados y dorados, amenazando con sus fauces ignívomas el azul del cielo y del mar. El velamen de sus arboladuras se compone de esteras de bambú, en forma de alas de murciélago. Las popas se remontan como alcázares, y á lo largo de sus bordas avanzan los cuellos de una docena de cañones. Son cortos y de un calibre enorme; piezas antiguas de hierro que se cargan por la boca y deben enviar sus balas á poca distancia, pero con un estrépito infernal, lo que suple para sus artilleros la mediocridad del alcance.

La marinería tiene igualmente un aspecto arcaico y poco tranquilizador: atletas amarillos y medio desnudos, guardando muchos de ellos en el occipucio una trenza que parte su espalda sudorosa. De los castillos de algunos galeones surgen columnitas de humo perfumado, revelando la existencia de un altar en honor á la Diosa de las Aguas, ante cuyo ídolo arden varillas de sándalo. Todas las proas tienen en ambas caras unos agujeros redondos y pintados que imitan ojos. Los marineros chinos sólo se embarcan confiadamente en un buque que tenga ojos. Saben que así, mientras ellos duermen ó durante las lobregueces de la tormenta, el junco, que á fuerza de existir adquiere una vida misteriosa como todos los objetos, podrá ver arrecifes y escollos, desviándose de tales peligros cual una bestia prudente.

Siento inquietud y repulsión al imaginar la posibilidad de que una aventura de mi viaje me hiciese navegar en estos buques extraordinarios, pocas veces vistos en Shanghai y Hong-Kong. Los que conocen el país me explican las especialidades de esta marina mercante armada de cañones que navega por los recovecos del gran estuario y remonta los ríos cientos de leguas hasta las ciudades del interior. Conservan estos barcos su vieja artillería con pretexto de hacer frente á los piratas, pero en realidad son contrabandistas y vienen á cargar el opio que les proporcionan los mercaderes chinos de Macao. Algunas veces se oye desde la ciudad el cañoneo que sostienen con otros juncos del gobierno encargados de perseguir á los traficantes de la citada droga. El belicoso estruendo, agrandado por la sonoridad de los canales, no causa ninguna emoción en los vecinos de este puerto libre. La mercancía ya ha sido vendida y cobrada. ¡Que los chinos peleen á su gusto!...

Macao es una península semejante á Gibraltar, aunque su montaña tiene menos altura. Un istmo la une al territorio del antiguo Imperio, y su puerto era el mejor de todo el estuario antes de que los ingleses fundasen á Hong-Kong, hace tres cuartos de siglo. En esta península se ha ido extendiendo una ciudad de 80.000 habitantes, cifra extraordinaria si se tiene en cuenta el espacio reducido de la colonia. El comercio ha realizado tal milagro.

En el siglo XVI dió el gobierno chino á los portugueses este territorio de unos pocos kilómetros como recompensa por haber auxiliado con sus buques á las autoridades de Cantón en lucha contra unos piratas que pretendían apoderarse de dicha capital. Los holandeses intentaron hacerse dueños de la nueva colonia, pero fueron menos afortunados que en Ceylán, en Java y otras posesiones del Extremo Oriente arrebatadas por ellos á los portugueses. El vecindario repelió sus asaltos, derrotando finalmente á la flota holandesa.

Llevó después Macao una existencia decadente, y en el siglo XIX su guarnición sostuvo empeñados combates con los chinos, que pretendían recobrar la península. Ahora adquiere cada año mayor importancia, y dentro de poco rivalizará con Hong-Kong, gracias á su nuevo puerto.

El gobernador actual, doctor Rodrigo Rodrigues, es un médico que gozaba de justo renombre en su patria antes de entrar en la vida política; un republicano de los que combatieron desinteresadamente á la monarquía de su país, y luego, al verse triunfantes, tuvieron que abandonar su antigua profesión para servir á la joven República portuguesa.

Durante las horas pasadas en Macao pude apreciar lo que mi amigo Rodrigues lleva hecho en varios años de gobierno. Una recaudación de los impuestos, bien administrada, ha dado lo suficiente para la construcción de un puerto grandioso, en el que podrán fondear trasatlánticos de gran tonelaje. Macao pasará rápidamente del tranquilo canal en que anclan ahora escuadrillas de juncos dedicados al cabotaje y al contrabando, á la vida tumultuosa de un puerto moderno, con toda clase de facilidades para la descarga y el transporte; y este puerto atraerá á todos los buques que no sean ingleses, por estar más cerca de Cantón que el de Hong-Kong.

Guiados por los ayudantes del gobernador, jóvenes de gran cultura intelectual, vamos conociendo la ciudad, pintoresca mescolanza de edificios chinos y caserones portugueses del siglo XVII. Una fachada de piedra es lo único que resta de la antigua catedral de San Pablo y del convento anexo, fundado por los jesuítas para descanso y preparación de sus misioneros antes de que se lanzasen en el interior de la China. Este templo se incendió en 1835, pero su enorme fachada se mantiene en pie, con la piedra enrojecida por el sol más que por las llamas, y á través de sus ventanales se ve el muro azul del cielo, que parece servirle de apoyo.

El castillo guarda recuerdos del ataque de los holandeses en el siglo XVII. Vemos en su capilla una losa sin nombre que cubre los restos de los defensores de Macao. Como dice el doctor Rodrigues, el culto al soldado desconocido creado por la última guerra lo inventaron los defensores de Macao hace más de doscientos años...

En una explanada del castillo nos obsequian con un té abundante en alfajores y otras pastelerías portuguesas, que recuerdan las de Andalucía. ¡Panorama inolvidable!...

Frente á nosotros, por la parte del istmo, se levanta una cordillera que ocupa gran parte del horizonte: las montañas de Catay. Rodrigues y yo recordamos á Marco Polo. El nombre de Catay lo aplicó el célebre viajero á la China entera, y durante siglos el mundo cristiano dió el título de unas montañas del Sur á todo el vasto Imperio gobernado por el Gran Kan.

A nuestros pies extiende la ciudad la masa apretada de sus tejados, obscuros como los de Europa. A trechos surgen de ellos techumbres chinescas y remates de pagodas budistas. Muchas fachadas están pintadas de rosa ó azul, colores tiernos que infunden una alegre juventud á las construcciones vetustas.

Más allá de la ciudad, islas y canales se repiten hasta el infinito, como si la tierra entera fuese una sucesión de brazos acuáticos abarcando cumbres emergidas. En estos canales de riberas altas, que tienen una mitad longitudinal de su faja líquida negra como el ébano y la otra mitad dorada por el sol, cabecean bajo la brisa de la tarde docenas y docenas de juncos de velamen ganchudo, como el techo de las pagodas. Todos ellos vienen hacia Macao ó regresan á puertos cuyos nombres enrevesados sólo sus tripulantes pueden pronunciar. Tropieza la vista con el lomo obscuro de una montaña, creyendo que es el límite del horizonte. Más allá de su línea oblicua hay algo que brilla como un charco de metal en fusión. Es un nuevo canal del estuario, un estrecho navegable por el que pasan otros juncos y sampanes empequeñecidos por la distancia. Más allá una nueva montaña, que es otra isla; luego un fragmento de canal, en tercer ó cuarto término; y nuevas tierras insulares, hasta que todo este mundo sumergido y emergente se esfuma por obra de la distancia, confundiéndose el azul de las montañas lejanas con el azul de las aguas y del cielo.

Visitamos al fin lo más interesante para nosotros, lo que nos trajo á Macao con el atractivo de la devoción literaria. El gobernador nos muestra el jardín donde está la gruta en cuyo interior meditaba y escribía Camoens durante las horas calurosas de este país casi tropical. Dicho jardín tiene un atractivo comparable al de los muebles que empiezan á envejecer. En sus arriates y arboledas se mezclan la melancolía de los antiguos huertos chinos y la majestad de los jardines portugueses de Cintra. Vemos estatuas de mandarines que tienen la cabeza y las manos de loza. El resto de su cuerpo está formado con plantas á las que dieron forma humana los jardineros con sus tijeras.

El retiro predilecto del poeta ha sido desfigurado y vulgarizado por una admiración excesiva. La gruta no es más que un corredor entre grandes piedras, ocupado ahora por el busto de Camoens. Todas las rocas próximas desaparecen bajo lápidas que ostentan grabados fragmentos del autor de _Os Lusiadas_ ó versos de autores célebres que le glorifican. Tantas placas de mármol dan á este lugar, que con razón puede llamarse poético, un aspecto antipático de cementerio.

Algunos vecinos de Macao, especialmente parejas jóvenes, vienen á merendar en el histórico jardín, y al son de un gramófono ó un organillo bailan ante el busto coronado de laureles. No importa; es fácil suprimir con la imaginación estas fealdades de la realidad y ver el antiguo huerto tal como fué, con sus arboledas pendientes, su breve gruta limpia de adornos, y meditando bajo la fresca arcada el hidalgo portugués tuerto en la guerra, soldado heroico como el manco Cervantes, y desterrado de Goa á uno de los lugares más lejanos de la monarquía lusitana, dueña entonces de colonias en las dos costas de África, en el mar de las Indias y en los archipiélagos situados más allá del estrecho de Malaca.

Al cerrar la noche abandonamos la calle principal de Macao, abundante en bazares chinos, para correr las callejuelas adyacentes, que ofrecen á dicha hora un aspecto interesante.

Macao no goza fama de ser un lugar de virtudes, mas no por eso debe considerársele peor que los otros puertos del Extremo Oriente. Se diferencia de ellos en que los defectos de la vida china están aquí reglamentados, y por ello más á la vista que en las demás ciudades. Esta reglamentación sirve para que el viajero pueda verlos más directamente y con mayor seguridad al hallarse todos ellos bajo la vigilancia de la policía.

La pequeña península de Macao, sin más tierra que la de sus paseos ni otra industria que su puerto, sólo ha podido vivir imponiendo contribuciones públicas á los vicios de la población china. Estos vicios son inevitables. En Shanghai, en Hong-Kong, en todas las ciudades del Extremo Oriente, existen en mayores proporciones y sus explotadores pagan en secreto á las autoridades por su tolerancia, lo que sirve únicamente para el aumento de la fortuna personal de éstas. En Macao satisfacen un impuesto público, severamente administrado, y sus productos no sirven para enriquecer á ningún funcionario, empleándose por entero en grandes obras públicas, como la construcción del nuevo puerto, que cambiará completamente la vida de la colonia.

El gran vicio chino es el juego, y en Macao es libre. Algunos llaman á este pequeño país el «Monte-Carlo del Extremo Oriente», y lo sería en realidad si tuviese más próximas las grandes ciudades de Cantón y Hong-Kong. El juego favorito de los chinos se llama el «Fan-tan».