La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3

Part 9

Chapter 93,783 wordsPublic domain

La música hawaiana se halla extendida igualmente por el mundo, pero hay que oirla en el archipiélago, donde conserva su antigua melancolía amorosa y no ha sido desfigurada por las exigencias del baile en los modernos _dancings_. Todo canaco de alguna cultura es poeta y músico. Algunas de sus reinas fueron grandes improvisadoras de romanzas, así como las damas de su corte.

Cuando Kamehamea II, saliendo de la tutela de su austera madre, subió al trono, quiso conocer el mundo de los blancos, tan admirado por su padre, y adoptó la audaz resolución de hacer un viaje á Londres. Esto fué en 1824, y un viaje en buque de vela de Hawai á las islas Británicas por el cabo de Hornos representaba un año de navegación.

El vecindario de Honolulu fué bajando al puerto, asombrado y lloroso, por la aventura que emprendían sus monarcas. Casi no los reconoció. El hijo de Kamehamea iba vestido de húsar inglés, y su esposa llevaba un traje rojo de terciopelo, de cola larguísima, con sombrero enorme de igual género, indumentaria de otros climas, que la hacía sudar copiosamente.

Como todos lloraban, la reina, al subir al buque, reclamó silencio, y empezó á cantar una romanza compuesta por ella, expresando el dolor de su partida y la confianza en su regreso. Ninguno de los dos volvió á sus poéticas islas. Meses después de su llegada á Londres, murieron de melancolía bajo un cielo brumoso. Se extinguieron poco á poco, con el dulce y humilde asombro de un par de pájaros tropicales trasladados bruscamente á un país de nieve.

Me imagino cómo recordarían ambos desterrados los paisajes de sus islas nativas, que tan profundamente se fijan en la memoria del viajero.

Estoy en la proa del _Franconia_ viendo cómo sube y se dilata, llenando todo el horizonte, una muralla que tiene por remates cimas y pitones de rocas volcánicas. Es la isla de Hawai que ha dado su nombre al antiguo archipiélago de Sándwich.

El mar tiene un azul luminoso en esta mañana del Trópico. Todos vamos otra vez vestidos de blanco. Se ven fragmentos del paisaje insular teñidos de un verde claro de tierra cultivada, pero más de la mitad de la isla, no obstante el esplendor matinal, permanece envuelta en nubes de plata sombría. Son los vapores del Mauna Kea, el volcán más grande y más alto, heridos por los rayos del sol.

Según nos aproximamos, las montañas, que tenían de lejos un color gris de lava, se van haciendo verdes. El Mauna Kea queda á un lado con su brumoso sudario, y vemos al fin la verdadera fisonomía de la isla.

Las vertientes son antiguas cascadas de lava petrificada, pero en las arrugas tortuosas de sus barrancos crece una compacta arboleda. Entre estos cordones de verde obscuro se extienden grandes declives de verde esmeralda: las plantaciones de caña de azúcar. Algunas de ellas, por estar la caña en flor, aparecen moteadas de un blanco sonrosado.

Navega el _Franconia_ cerca de la costa, todo lo que es prudente en un archipiélago volcánico donde surgen de pronto arrecifes y pequeños islotes y vuelven á desaparecer poco después, sin dar tiempo á que los marquen en las cartas de navegar. Unas veces la costa es vertical hasta una altura de centenares de metros; otras avanza en pequeños cabos de lomo redondo ó agudo. Las nieves de las montañas del interior descienden hasta la costa al liquidarse, y caen en el Océano como cables blancos y espumosos de incesante volteo. Vistos de cerca, estos torrentes deben ser de una energía enorme, que se pierde sin provecho para nadie. Es tan escasa la gente en las islas, que á pesar de que pertenecen ahora á los Estados Unidos--primera potencia industrial del mundo--, nadie piensa en aprovechar tales fuerzas.

Al pie del acantilado, muchos peñascos están perforados por las olas, en forma de cuevas ó de pórticos. Apenas puede verse el color negruzco de la piedra, lo mismo á orillas del mar que en las cumbres. El Trópico cubre la áspera lava con una vegetación eternamente primaveral. De lejos parece sutil pelusa verde, levísimo musgo, y sólo cuando vemos moverse en estas praderas insectos diminutos que son vehículos ó caballos, nos damos cuenta de las proporciones del falso césped.

Se abre á ras del mar la barrera montañosa en valles triangulares. Se ven en ellos casas de madera entre grupos de palmeras; pero los edificios, cuando no los miramos con anteojos, parecen guijarros, y los árboles simples matas. Un ferrocarril sigue la costa, salvando las cortaduras de valles y desaguaderos sobre largos viaductos, unos sólidos, otros colgantes. En las playas ruedan incesantemente dos líneas de olas gigantescas. Hay ante ellas unas estacadas de pilotes de piedra; pero no son obra del hombre, sino fragmentos verticales de murallas de coral rotas por el tenaz ariete de las aguas. La doble hilera de rompientes se hincha, avanza, transparentando la luz como un muro de esmeralda, y se desploma entre los retorcimientos de su cabellera de espumas.

Sigue avanzando el _Franconia_ con dirección al invisible puerto de Hilo, capital de la isla. Un gran remolcador ha venido á su encuentro, y le precede después para señalar el rumbo seguro en este mar abundante en peligros y emboscadas, menos frecuentado que el de Honolulu.

Empezamos á ver pueblos en la costa. Son en realidad bosques por las gallardas arboledas que se alzan entre los edificios. Estas casas, vistas de lejos, ofrecen un aspecto japonés, á causa de la forma de sus techos.

La isla expele humo por todas partes. Arriba, los conos de sus volcanes están envueltos en una nube siempre renovada. Al nivel del mar, los acantilados lanzan una respiración blanca. Todos los ángulos entrantes, roídos por las olas, tienen una grieta volcánica de continua exhalación. Es un humo tenue, casi transparente, que parece embellecer el paisaje con un adorno inesperado. Pero esta corona de chorros de humo que se prolonga en torno de la isla entera resulta inquietante y amenazadora. Contrasta con el esplendoroso terciopelo verde, moteado de oro, que invade sus tierras en declive y sólo deja de cubrir las alturas de los cráteres, donde la lava permanece desnuda.

Al atardecer doblamos un cabo y se abre ante nosotros una bahía en cuyo fondo hay poblaciones diseminadas, grupos de techos sombreados por cocoteros y palmeras.

Un vaporcito viene hacia nosotros tripulado por hombres vestidos de blanco. Esta embarcación deja detrás de ella una melodía de voces é instrumentos. Atenuada por las inmensidades del Océano y del cielo, tiene la fragilidad sonora, cristalina é inocente de las viejas cajas de música. Es Hawai, el antiguo Hawai de los collares de flores, de los cantos de amor, de las danzas voluptuosas y las poesías improvisadas, que sale á nuestro encuentro.

Echan una escala desde el buque y trepan por ella, ágiles pero con voluntaria lentitud, los músicos de pantalón blanco y collar en el pecho. Tienen la mesurada gravedad de los que van á cumplir una función patriótica. Tras de ellos suben varios periodistas del país, que desean verme.

Forma grupo la orquesta en una de las cubiertas. Se compone de violines, de guitarras, que tocan los hawaianos acostándolas en una rodilla para pellizcarlas á estilo de salterio, y de un guitarrito que puede guardarse en un bolsillo y es el verdadero instrumento nacional. Algunos pasajeros, conocedores del archipiélago por anteriores viajes, esperan con avidez esta música.

Van á tocar el _Aloha_ (pronunciar _Aloja_), título que quiere decir indistintamente «Adiós» y «Bien venido». Los conferencistas del _Franconia_ nos han explicado en noches anteriores que el idioma de Hawai sólo consta de treinta y dos palabras, y una misma palabra significa cosas diversas, según su colocación en la frase. Las letras las pronuncian todas, y esta pronunciación, según los citados conferencistas, se parece á la española más que á ninguna otra lengua. Tal pobreza aparente de palabras no ha impedido á los hawaianos ser poetas en los momentos importantes de su vida. Ahora _Aloha_ significa «Bien venido».

Empieza la música y empieza igualmente el encanto adormecedor, suave, «poético»--no puede emplearse otra palabra más exacta--, que nos va á acompañar todo el tiempo que permaneceremos en el archipiélago, siguiéndonos de una isla á otra.

En este momento, mientras escribo las presentes líneas, siento la influencia, la obsesión de la música hawaiana que empieza á sonar en mi memoria. El que ha oído el _Aloha_ y otra romanza titulada _El collar de las islas_, las canturrea siempre en los momentos que ensueña despierto, y se considera infeliz cuando no puede recordarlas.

No es música enérgica y violenta, como la de muchos pueblos primitivos; tampoco es el lamento temblón y monótono de las razas orientales. Tiene un sentimentalismo delicado, que pudiéramos llamar literario; es la romanza lánguida y añorante de una gente de musicalidad superior. No entran en ella muchas notas, y sin embargo se repite sin fatiga, deseando llegar á su final por el placer de cantarla de nuevo.

De todos los músicos del mundo civilizado, el único que viene á la memoria al escuchar estos _Lieder_ amorosos del antiguo Hawai es Schúbert.

XI

EL LAGO DE FUEGO

Las mujeres de Hawai, superiores á los hombres.--El cinematógrafo en el archipiélago.--El baile de las «hulas» y los actuales tapujos impuestos por la autoridad.--El paganismo de la reina Lilinu-Kalami.--Las selvas de helechos.--El cráter-lago del Kilauea.--El guarda del volcán.--Nocturno rojo.--Una calefacción nunca vista.

Como llegamos en la tarde de un domingo, todo el vecindario de Hilo está en los muelles. Además, la presencia de un buque del tonelaje del _Franconia_ representa un suceso para la isla de Hawai. Los grandes paquebotes del Pacífico pasan de largo y no se detienen hasta Honolulu, que está á doce horas para ellos, pero á dos ó tres días de distancia para los habitantes de la antigua Hawai, obligados á valerse de pequeños vapores que hacen escala en varias islas del archipiélago antes de llegar á su capital.

En el puerto de Hilo sólo vemos anclados algunos veleros de gran cabida y cinco ó seis palos, como únicamente pueden encontrarse en los desiertos del Atlántico y el Pacífico ó en sus bahías insulares. Vienen á cargar maderas olorosas. El sándalo ya no es abundante, pero en tiempos de Kamehamea I y sus inmediatos sucesores fué la principal riqueza del país y su único artículo de exportación. Cada vez que el belicoso emperador necesitaba dinero para sus guerras hacía una corta de sándalo, y acudían inmediatamente flotillas de juncos chinos, de arquitectura y velamen medioeval, para llevarse la preciosa madera.

Los muelles y los terrenos inmediatos al puerto están ennegrecidos por el rebullir de la muchedumbre que espera y por numerosos automóviles. En muchas tierras oceánicas fué extraordinaria la facilidad con que el indígena adoptó las comodidades más elementales del progreso. Los antiguos habitantes de Hawai, aunque celebraban sacrificios humanos, nunca fueron antropófagos; pero en otras islas puede decirse que los naturales han saltado de la pierna de misionero asada al manejo del Ford y la pluma estilográfica. En Hilo, todo comerciante, empleado ó modesto tendero tiene su automóvil. Además, son numerosos los chófers con vehículo propio que se dedican al servicio público.

Al llegar á esta primera escala después de América, nos salen al encuentro la Oceanía con sus razas de origen malayo y el Asia con toda la variedad de sus pueblos emigrantes. La vestimenta es uniforme; todos van á la moda norteamericana, con telas ligeras y colores claros, pero los rostros ofrecen una enorme variedad, á causa de los diversos orígenes de los habitantes, canacos, chinos, japoneses, americanos y de varias procedencias europeas.

La policía empuja al gentío para que deje un espacio libre ante el _Franconia_, y éste se adosa poco á poco al más extenso de los muelles, cubriéndolo todo con su alto muro de acero perforado de ventanos.

Hay un grupo de muchachas, en mitad de este vacío, vestidas de blanco, de rosa, de azul, que llevan en sus brazos cientos de collares, encarnados y amarillos. Son hawaianas que guardan las costumbres del país y vienen á dar la bienvenida á los viajeros, colocándole á cada uno su correspondiente collar, con arreglo á la tradición. Todas ellas saben los bailes de las antiguas _hulas_, y han organizado para esta noche un festival hawaiano, que nos hará conocer los cantos y las danzas de los tiempos idílicos, anteriores á la austera viuda de Kamehamea.

Son jóvenes esbeltas, ligeras, de sueltos y graciosos movimientos. Se adivina en su paso y en las posiciones que toman al quedar inmóviles la agilidad saludable de sus cuerpos. Unas son bronceadas, como las antiguas canacas; otras, pálidas y casi rubias por el cruzamiento de los blancos con sus madres y abuelas.

Cuando digo bronceadas hablando de las hawaianas--como más adelante, al describir las mujeres de Java--, entiéndase que aludo al bronce dorado y luminoso, al bronce claro y limpio que tiene casi la misma tonalidad del oro; no al bronce sucio, obscuro y de tonos verdosos. La tez de algunas de estas jóvenes parece brillar como los objetos metálicos recién pulidos por una violenta frotación. Sus cuerpos de gallardía gimnástica se revelan á través de sus ligeras vestimentas, como los de las griegas que tomaban parte en los Juegos Olímpicos.

Todas ellas circulan por el muelle coqueteando con los hombres, y son las primeras que entran en el buque, mirándolo todo con graciosa audacia. Luego empiezan á meter sus collares por las cabezas de los viajeros, tratando á señoras y señores como si fuesen amigos, conocidos por ellas toda su vida.

En Hawai la mujer se ha considerado siempre superior al hombre, tal vez porque, en los pasados tiempos de comunismo amoroso y voluptuosidad libre, se vió muy solicitada y pudo escoger y mandar. Ya hemos dicho cómo el heroico Kamehamea pasó su vida engañado y dominado por su esposa. Todos los súbditos debieron vivir en igual dependencia que su emperador.

Hoy las mujeres de Hawai son de costumbres regulares y virtuosas, ni más ni menos que en los otros países, pero conservan por tradición cierta superioridad directiva sobre el hombre. Además, esa educación fomentadora de la energía, que adquiere el sexo femenino en todo país donde implantan los Estados Unidos sus escuelas, contribuye á aumentar dicha independencia.

Tres de las jóvenes, siguiendo las indicaciones de los periodistas que salieron al encuentro del buque, vienen á mí para colocarme tres collares sobre los hombros, saludando en inglés con palabras de exagerado elogio al autor de _Los cuatro jinetes del Apocalipsis_. Otras de sus compañeras no osan acercarse y me sonríen desde lejos.

--¿Pero es que todas estas señoritas--pregunto á uno de los periodistas--han leído mi novela?...

Sonríe el interpelado con incredulidad. Tal vez unas cuantas de ellas conocen mi libro, que está en todas las bibliotecas públicas de la isla. Abundan en Hawai las librerías populares. Las dos preocupaciones del norteamericano son la higiene y la educación, y cuando se posesiona de un país, lo primero que hace es combatir las enfermedades contagiosas y abrir escuelas y bibliotecas.

--Lo que puedo afirmar--continúa el periodista--es que todas las muchachas de la isla han admirado el _film_ sacado de su novela.

El cinematógrafo es en Hawai una diversión permanente. Sólo de tarde en tarde llega alguna compañía dramática de los Estados Unidos ó de actores del Japón, para los numerosos compatriotas suyos que existen en el archipiélago. El llamado «teatro mudo» funciona todas las noches, repitiendo sobre unas tierras perdidas en la inmensidad del Pacífico lo mismo que ocurre en muchas ciudades provinciales de los continentes europeo y americano. Las muchachas copian gestos y trajes de las heroínas cinematográficas, y los jóvenes hacen idénticas imitaciones. Al llegar yo al archipiélago comentaban los periódicos burlonamente la afición creciente de la juventud hawaiana á usar sombreros á la española y patillas cortas, como Rodolfo Valentino, el famoso protagonista del «film» _Sangre y arena_, hecho en los Estados Unidos.

Cuando cierra la noche vamos á la ciudad de Hilo, que está algo distante del puerto, para asistir al festival hawaiano. Éste se celebra en un teatro japonés, casi igual á los demás teatros, con la única particularidad de tener más de ancho que de profundo. Las filas de asientos son poco numerosas y en cambio larguísimas; el escenario tiene una gran latitud y poco fondo.

Empieza á caer una lluvia fina y tibia, el refrescamiento diario de los países tropicales, que gozan de una vegetación exuberante. Los caminos de asfalto brillan como espejos negros, reproduciendo invertidas en su fondo las columnas del alumbrado público con sus globos de luz láctea y los cocoteros en apretada alineación á ambos lados de la ruta. La tierra exhala el olor punzante y fecundo del guano. Es el rudo perfume de un suelo de rápida putrefacción vegetal, en el que se mezclan y descomponen incesantemente el humus, la lluvia, el sol y la lava desmenuzada, para engendrar sin descanso nuevas vidas y nuevas muertes.

La representación dura tres horas. Todos hemos llegado dispuestos á aguantar cortésmente un espectáculo monótono, y salimos de ella interesados y complacidos.

Ya no pueden presentarse en público las actuales bailarinas hawaianas como las _hulas_ de otros tiempos. Éstas llevaban por todo traje un faldellín de fibras que se esparcía y volaba en torno á sus piernas y su vientre, un collar de flores sobre el desnudo pecho, una corona en la cabeza... y nada más. Las autoridades del país, en nombre de la moral cristiana, han exigido ahora que debajo del traje de _hula_ usado por las bailarinas modernas se pongan éstas una camisa de seda, que las tapa del cuello á las rodillas. Aun con tal aditamento pudoroso y antiestético, la danza resulta interesante.

La hawaiana agita sus caderas y todo el resto de su cuerpo con una voluptuosidad que pudiéramos llamar distinguida y natural. No es la contorsión de la falsa odalisca, la llamada «danza del vientre», movimiento lascivo de las carnes propio de un lugar cerrado, de un ambiente de alcoba. La _hula_ contonea sus caderas como agitan sus colas las aves del Trópico al pasar de rama en rama; su faldellín de fibras se extiende con la rotación de un abanico de plumas, y cuando salta, tronzando sus menudos pasos, recuerda los movimientos de un pavito real. Hay incitación voluptuosa en la gracia con que se balancea sobre la punta de sus pies, en la pasión con que mueve la parte media de su cuerpo; pero es una voluptuosidad de aire libre que hace pensar en los profundos misterios de las selvas, en la animación rumorosa de toda una naturaleza, personas, animales y plantas, entregándose á la santa obra de la fecundidad.

Desfilan por el escenario varias orquestas de músicos expertos, pero se ve que todos ellos han viajado por muchos países, amenizando las noches de _dancings_ y restoranes de lujo. Creyendo agradarnos más, intercalan entre las danzas hawaianas _fox-trots_ y otros bailes de moda. Son músicos gordos, lustrosos, bien trajeados, que han bebido indudablemente mucho champaña en sus correrías por el mundo.

Yo prefiero la orquesta que vino al encuentro de nuestro buque y no ha subido al escenario, permaneciendo abajo, en el lugar que ocupan habitualmente los músicos en los teatros. Se compone de jóvenes melancólicos, enfermizos y modestos, que parecen cumplir su función sin salir de un ensueño. Cuando no hay nadie en la escena tocan y tocan, volviendo finalmente á su romanza favorita _El collar de las islas_. El público aplaude, y ellos permanecen inmóviles, como si fuesen sordos; no vuelven siquiera la cabeza para dar gracias.

Cuando cesan de tocar ponen un codo en una rodilla, apoyan la cara en una mano y quedan meditabundos é indiferentes á lo que les rodea. Parecen la representación del antiguo Hawai, que insiste en adormecerse con su música melancólica. Protestan con su silencio de los extranjeros que modificaron la vida del país, quitándole su independencia. Como la mayor parte de sus decadentes compatriotas, estos jóvenes esbeltos y finos parecen amenazados por la tisis.

Los artistas hawaianos han compuesto dos pequeñas óperas, valiéndose de antiguas canciones. En una de ellas, Kamehamea joven, representado por un tenor de voz dulcísima, ve pasar las nueve islas del archipiélago: nueve bailarinas que ejecutan las diversas danzas canacas y le cubren de flores. El emperador, lanza en mano, va vestido como en su estatua de Honolulu, con una especie de gorro frigio ó casco griego, hecho de pequeñas plumas rojas y amarillas, y un amplio manto del mismo género é idénticos colores.

La segunda ópera se titula _Una tarde en el jardín de la reina Lilinu-Kalami_. Esta reina fué la última de Hawai, y vivió destronada muchos años, casi hasta nuestra época. ¡Pobre Lilinu-Kalami!...

Al morir sin herederos, en 1874, el último descendiente de Kamehamea, las islas de Hawai eligieron rey á David Kalakaua, uno de los personajes más nobles del archipiélago. El nuevo rey hizo un viaje á los Estados Unidos para estrechar las relaciones con esta República. Luego pasó á Europa con el propósito de estudiar sus adelantos y trasladarlos á su tierra. Pero murió al poco tiempo, y su hermana Lilinu-Kalami fué elegida reina.

Con la intrepidez de las mujeres hawaianas, se rebeló al verse en el trono contra la influencia dominadora de las gentes extranjeras avecindadas en las islas. Los misioneros evangélicos eran los que dirigían verdaderamente al país, y ella, por seguir sus propios gustos y por fortalecer el espíritu nacional, fomentó la resurrección de las tradiciones y fiestas del antiguo archipiélago gobernado por Kamehamea.

Lilinu-Kalami escribía versos y componía romanzas. Su corte la formaban mujeres aficionadas á la poesía y al baile. Una tropa de _hulas_ hermosísimas iba con ella á todas partes. Sus tardes en el jardín de Honolulu eran de continuas danzas, que servían de pretexto al mismo tiempo para intrigas amorosas.

Los misioneros gritaron contra esta resurrección del paganismo hawaiano, y como eran los verdaderos dueños del país, destronaron fácilmente á la dulce Lilinu-Kalami, que no quiso intentar ninguna resistencia. Aún vivió largos años en un palacio de Honolulu, propiedad suya, que hoy ocupa el gobernador, nombrado por el presidente de los Estados Unidos. Los viajeros de alguna importancia, al pasar por Honolulu, visitaban á la ex reina, viéndola rodeada por una corte fiel de bailarinas y músicos poetas, que la acompañaron en su desgracia hasta el último momento.

Como Hilo es la ciudad del archipiélago que mantiene más tenazmente la memoria de la antigua independencia, dedica una especie de culto á la última soberana del país. Todos cantan una romanza melancólica que compuso Lilinu-Kalami después de su destronamiento. Los músicos jóvenes y tristes la tocan repetidas veces durante la representación. Cuando ésta termina se ponen de pie todos á la vez y rompen á tocar con sus instrumentos el antiguo himno de Hawai. El público, compuesto de norteamericanos, se levanta espontáneamente para escuchar con respeto este himno de una nación que ya no existe y cuyo territorio han ocupado ellos para siempre.

Los músicos, mientras tocan, volviendo sus espaldas á los espectadores, parecen decir:

--Somos débiles y cada vez seremos menos. Nuestra raza está condenada á desaparecer; pero mientras exista, queremos que no se olvide lo que fuimos.

Y los norteamericanos los miran con simpatía é interés. Algunos más conocedores de la historia del país, luego de escuchar el himno justifican la ocupación de las islas de Hawai.