La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3

Part 7

Chapter 73,848 wordsPublic domain

Poco á poco dejaron de traer especias de la colonia oceánica, pues los portugueses y holandeses se las procuraban á Europa por la ruta de Oriente. Era la China la que abastecía con sus riquezas el mercado de Manila. Más de 20.000 chinos vivían en dicha ciudad como mercaderes, orfebres y tejedores de seda. La famosa «Nao», al llegar procedente de Acapulco, se abarrotaba de telas de la India, muselinas pintadas, mantones bordados, obras de plata, y especialmente de medias de seda. En cada viaje llevaba cuando menos 50.000 pares. La media de seda era en las ricas ciudades de la América española el mayor de los lujos. Las damas de Méjico y de Lima, que se tapaban la cara con la mantilla para aumentar el misterio de sus ojos, llevando al mismo tiempo su hueca falda tan corta como la de una bailadora, solían cambiar de medias tres veces al día.

Al navegar de Manila á Acapulco, resultaba tan enorme el cargamento de la «Nao», que gran parte de sus cañones quedaban desmontados y guardados en la bodega para dejar más amplio espacio en los entrepuentes. Su tripulación de soldados y artilleros era menos numerosa en esta travesía. Además, los piratas no podían sentirse tentados por el abordaje de un navío que sólo llevaba riquezas comerciales, fáciles de robar en cualquier puerto asiático, y muy voluminosas.

El famoso galeón excitaba la codicia de los ladrones del mar en su viaje de vuelta, de Acapulco á Manila. En esta travesía apenas llevaba cargamento; pero todos los cañones iban montados, la tripulación estaba completa, y además el gobierno aprovechaba el viaje para enviar soldados á la guarnición de Manila. La «Nao de Acapulco» llevaba entonces 600 combatientes y á veces más. Sus pasajeros eran contados mercaderes en relación con los comerciantes de Manila, que emprendían tan enorme viaje para hacer nuevos tratos con ellos.

La vida á bordo del galeón era la de un buque de guerra. Al llegar á los archipiélagos oceánicos había vigías en las islas de Guan y de Batan, que le avisaban por medio de llamaradas si el mar estaba libre ó si algún pirata inglés navegaba desde meses antes por estos pasos, en espera de la famosa «Nao». En tal caso, el capitán, que tenía título de general, anclaba en cualquier bahía segura del archipiélago filipino, echaba su cargamento á tierra, así como una parte de sus cañones y soldados, y en esta posición terrestre y defensiva aguardaba la noticia de que el camino estaba libre.

El cargamento de regreso, que apenas ocupaba una parte de la cala, era el más necesitado de defensa. Consistía en dos ó tres millones de duros que enviaban los comerciantes de América á los de Filipinas como precio de sus artículos: cajones llenos de piezas de plata, brillantes y recién acuñadas en las Casas de Moneda de Méjico. Hubo piratas que pasaron dos años vagando en el Pacífico con la esperanza de sorprender á la «Nao de Acapulco», y alguno de ellos lo consiguió, enriqueciéndose en pocas horas.

Hasta el siglo XVIII se mantuvo esta navegación. La «Nao» salía de Manila en el mes de Julio y llegaba á Acapulco en Diciembre ó Enero. Esta era la travesía más larga. Luego, en Marzo, emprendía la vuelta á Manila, llegando á mediados de Junio. Un año aproximadamente invertía en su viaje redondo de ida y vuelta.

Este comercio con Filipinas, á través de las posesiones españolas de América, enriqueció durante tres siglos los palacios de Méjico y Lima, dejando en ellos gran cantidad de sederías, obras de orfebrería y porcelanas.

Muchos capitanes españoles al regresar de Filipinas se quedaron en Méjico y el Perú, ó sea en mitad de su camino, como si les faltase fuerzas para abandonar del todo un mundo nuevo, volviendo á la sociedad reglamentada, ceremoniosa y rutinaria de la península natal. En la ciudad de Puebla (Méjico) vive la religiosa memoria de la llamada «China poblana», una princesita china que vino de Manila en la «Nao de Acapulco», y convertida al catolicismo acabó por morir en olor de santidad.

Con la afición característica de los mestizos á creer en brujerías, milagros y relatos mágicos, el populacho mejicano siempre que inventaba algo inverosímil escogía como lugar de acción la remota ciudad de Manila, de donde aportaban los galeones de Acapulco tantas cosas maravillosas, tejidas y labradas.

Allá por los últimos años del siglo XVII, los vecinos de la ciudad de Méjico, al ir á la catedral para oir misa en las primeras horas de la mañana, vieron á un soldado que se paseaba con el fusil al hombro por la plaza Mayor, como si estuviese de centinela. Por ser esto una novedad inexplicable, las autoridades hicieron llamar al soldado, y éste miró con asombro en torno de él, cual si despertase, no conociendo lo que le rodeaba. Luego dijo tranquilamente que era de la guarnición de Manila, y la noche anterior lo había colocado su sargento de centinela en la muralla de dicha ciudad, siéndole imposible comprender cómo se veía horas después en Méjico. La mitad de una noche había bastado á brujas y demonios para llevarle en volandas de un lado á otro del Pacífico, sobre la curva de una mitad de la tierra.

El populacho que deseaba ver al centinela de Manila, creyendo á ojos cerrados en tal viaje, no consiguió su objeto. La Inquisición se había incautado del impostor, y tal vez lo embarcó de veras á Filipinas en el primer envío de soldados, para que hiciese centinela otra vez en los muros de Manila y repitiese su asombroso vuelo.

Perdemos de vista las montañas de Acapulco, y al día siguiente, frente al puerto de Manzanillo, la tierra se aleja de nosotros y queda abierta la boca del profundo golfo de California, que en los primeros años de su descubrimiento por los pilotos al servicio de Hernán Cortés, fué llamado unas veces mar Bermejo y otras mar de Cortés. Es tan enorme la boca del golfo, que tardaremos cerca de un día en pasarla, llegando al otro extremo, ó sea al vértice de la península llamada Baja California.

Navegamos sin vestigio alguno de tierra, como si estuviésemos en alta mar, y durante las primeras horas de la noche se anima el _Franconia_ con las luces extraordinarias, la música, el vocerío y los trajes multicolores de un baile de máscaras, precedido de un desfile por las diversas cubiertas. Es la víspera de una de las fiestas más tradicionales del pueblo norteamericano, el famoso _Thanksgiving Day_ (el Día del Agradecimiento).

En la mañana siguiente vemos el litoral de la Baja California, pero navegamos lejos de él por ser costa sucia, como dicen los marinos, á causa de sus bajos y arrecifes. Bahías, cabos é islotes conservan aún los nombres que les fué dando el piloto Sebastián Vizcaíno, gran explorador de la costa de California y fundador de Monterrey, cerca de San Francisco. Los más son nombres de santos. Eran entonces tan frecuentes los descubrimientos, que los navegantes españoles necesitaban valerse del calendario para rotular las nuevas tierras, escogiendo el nombre del santo del día. Otras veces inventaban el título con arreglo á los adornos naturales del país, á su fauna ó al propio estado de su ánimo. En el fondo del horizonte veo esfumados por la distancia dos grupos de montañas, á las que dió Vizcaíno los títulos que aún conservan: isla de Cedros é isla Bonita.

Por la noche es la verdadera fiesta del _Thanksgiving Day_, la comida de gala, con gran profusión de banderas, luces y cánticos patrióticos. Luego, en los salones de arriba, estos norteamericanos entusiastas creen que es su deber seguir cantando á coro, y resucitan canciones antiguas ligadas á los episodios de su historia, desde Wáshington á Lincoln.

Todos cantan bien, y cada uno toma, instintivamente, el tono que mejor corresponde á su voz en este conjunto coral. Se nota que han pasado por las escuelas de su país, donde se canta mucho. Los más pertenecen á la religión protestante, que exige el cántico á todos sus fieles. Por algo Lutero fué hábil flautista y muchos apóstoles de la reforma religiosa expertos músicos. También por la misma causa los himnos nacionales de todos los países protestantes tienen la lentitud majestuosa de los salmos.

Hemos salido ya de la zona tropical. Volvemos á buscar los trajes de invierno que llevábamos en Nueva York y empezamos á repeler en Cuba, olvidándolos completamente al llegar á Panamá, como algo quimérico que jamás volveríamos á usar.

El Océano toma un color azul plomizo; el horizonte es denso y gris. En mitad del día consigue el sol perforar las nubes y corta la atmósfera brumosa con un largo triángulo de luz que parece artificial. Las olas rompen contra las murallas del buque, levantando nubes de polvo líquido que durante las breves apariciones solares reflejan en sus facetas las tintas del arco iris.

A pesar de su majestuosa estabilidad, el _Franconia_ danza como un tapón de corcho sobre las aguas lívidas. Vemos lejos á otros buques, que se ocultan de pronto cual si los hubiesen tragado las olas, y vuelven á reaparecer más allá, con saltos de animal asustado, que sacan del mar toda su proa ó muestran el color rojizo de su vientre.

Afrontamos un temporal, poco temible á bordo de un buque como el _Franconia_, pero molesto para las funciones normales de la vida. Este oleaje tempestuoso es ante un golfo en cuyo remate está la famosa ciudad de Los Ángeles, punto de reunión durante el invierno de las gentes ricas y desocupadas de los Estados Unidos.

Yo que conozco Los Ángeles contemplo el horizonte gris, como si pudiese ver á través de sus brumas la costa californiana, con sus huertos de naranjos y sus enormes hoteles; la isla de Santa Catalina, de inagotable pesca, cuyas barcas tienen un fondo de cristal para sorprender los misterios de los bosques submarinos; las avenidas de la ciudad, compuestas de palacios modernos; los túneles de porcelana brillante que prolongan estas calles á través de las colinas.

Hoy es el primer día de Diciembre. Los Ángeles debe tener ya toda su animación invernal, y nosotros estamos frente á ella--á 100 millas de distancia mar adentro--, reflejando con nuestras vacilaciones de muñeco desarticulado los rudos vaivenes que la tormenta hace sufrir al buque. Es como si atravesásemos una tempestad mediterránea á la altura del Casino de Monte-Carlo ó del Paseo de los Ingleses de Niza.

Al salir del golfo de Los Ángeles se va serenando el mar. Un cabo surge en el horizonte llevando sobre su lomo un pequeño pueblo. Es Punta Argüello, primer pedazo de los Estados Unidos que vemos en el Pacífico, y que ostenta un nombre español.

Una antena enorme de telegrafía sin hilos, un andamiaje piramidal á estilo de la Torre Eiffel, se alza sobre el dorso del cabo, y en torno de ella se agrupan varios edificios. Éstos son distintos á los que pudimos ver de tarde en tarde, en ocho días de navegación, frente á las costas centroamericanas y mejicanas: casas de un solo piso, largas y bajas, horizontales, como si se hubiesen tendido en el suelo.

Aquí los edificios son de una verticalidad audaz; todos de varios pisos, con el tejado rojo que parece flamear, y las paredes blancas; el atrevimiento norteamericano unido á la gracia fresca y juvenil de la California.

Empezamos á costear otra civilización, otra manera de apreciar la vida.

IX

EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL

San Francisco y sus bellezas.--El Barrio Chino.--Sus antiguos laberintos subterráneos.--Su aspecto actual.--Influencia de este barrio en la proclamación de la República china.--La propaganda en las calles.--Las farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.--El «Franconia» adquiere nueva vida.--Los duendes de mi camarote.--La ola que no va á ninguna parte.--Una isla roja que sólo se deja ver unos minutos.--La esfinge azul y el secreto de sus estremecimientos.--La Atlántida del Pacífico.

Yo he contado en una de mis novelas, _La reina Calafia_, cómo la gran bahía de San Francisco, después de mantenerse oculta dos siglos para los marinos, se presentó inesperadamente ante los ojos de don Gaspar de Portolá, coronel español de caballería, que la descubrió por la parte de tierra.

La ciudad de San Francisco, nacida en las orillas de esta bahía, que es un pequeño mar interior con varias islas, puede llamarse la capital americana del Pacífico. El canal de Panamá le ha causado algún daño; pero todavía, para los puertos de Asia, es San Francisco el mayor centro de navegación en la orilla de enfrente.

Los que desembarcan en sus muelles sin conocer las audacias de la construcción norteamericana admiran su esplendor. Los que llegan por el Este, habiendo visitado antes otras ciudades de los Estados Unidos, ven en San Francisco una imitación de Nueva York. Pero á pesar de la uniformidad de todas las urbes de la gran República, ésta conserva una fisonomía especial que revela sus orígenes de antigua tierra española y de país de oro al que acudieron hace medio siglo todos los aventureros del mundo.

Sus alrededores ofrecen parques y paseos de una vegetación esplendorosa que parece montada sobre el límite divisorio de la zona tropical y la fría, participando de ambas floras. El llamado «Presidio», que guarda aún su nombre castellano por ser el lugar donde estaba el antiguo fuerte, presidiado por soldados españoles, es un parque frondoso, con árboles casi seculares. Desde sus praderas puede verse en días serenos, á través de las columnatas de troncos, el admirable panorama de la bahía, bordeada de ciudades nuevas, y la Puerta de Oro (_Golden Gate_), desfiladero marítimo que le sirve de entrada.

Se prolongan los paseos por la costa, frente al mar libre. Sobre los escollos se ven enormes orugas rojizas que son en realidad lobos marinos, viejos, monstruosos, de pesada obesidad. Hasta aquí llegan estos habitantes de los mares fríos en sus excursiones hacia las aguas del Sur.

Como una cuña verde metida entre el Océano y la gran ciudad, se extiende el parque de Golden Gate, uno de los paseos más admirables de América. Numerosos monumentos pueblan con un mundo de figuras metálicas ó marmóreas sus avenidas de verde eterno.

En su parte más céntrica, un fraile de bronce se alza sobre su pedestal con una cruz en la mano. Es el religioso mallorquín Junípero Serra, primer colonizador de la Alta California, que dió á la ciudad el nombre de San Francisco, patrón de su orden.

Frente á él, dos hombres, espada en mano, se arrodillan ante un busto gigantesco que lleva gorguera rizada y barba puntiaguda. Son don Quijote y Sancho haciendo acatamiento al novelista que los creó. Dos vecinos de San Francisco de origen español, antiguos oficiales de Ingenieros que emigraron á California en 1870, don Juan Cebrián y don Ensebio Molera, iniciaron la erección de dicho monumento á la gloria de Cervantes y del primer idioma europeo que se habló en esta tierra, y los californianos que no quieren olvidar el origen de su patria les secundaron en tal empresa.

Lo más original en San Francisco para el viajero que no conoce Asia es visitar su famoso Barrio Chino. Antes del terremoto de 1906, que lo arruinó completamente, el _China Town_ de San Francisco era un lugar misterioso sobre el que se fantaseaba mucho, haciéndolo escenario de dramas y novelas terroríficas. El terremoto dejó descubierto un segundo barrio subterráneo, de habitaciones superpuestas y corredores intrincados: un hormiguero para desorientar al policía más astuto. En realidad, el profundo laberinto servía para ocultar fumaderos de opio y casas de juego, las dos pasiones de los chinos á la antigua.

Hoy, dicho barrio ha sido reconstruído, sin dejar en él nada misterioso. Guarda de su origen la arquitectura graciosa de sus fachadas y la riqueza asiática de sus tiendas. Algunos de sus bazares son tan abundantes y ricos como los de Pekín.

El chino de San Francisco va vestido lo mismo que un norteamericano. La nueva República china, al permitir que sus ciudadanos puedan desprenderse del adorno tradicional de la trenza, facilitó dicha transformación. Las mujeres del _China Town_ aún guardan el antiguo traje con pantalones, porque facilita sin duda sus trabajos domésticos, pero sólo las más ancianas conservan los pies desfigurados y diminutos que he visto luego en el ex Imperio Celeste. En días de fiesta, cuando salen á paseo con su _gentleman_ amarillo y de ojos oblicuos, todas llevan sombrero y abrigo de pieles, y hasta usan grandes anteojos con montura de concha, sin duda porque esto les da cierta semejanza con las profesoras norteamericanas, mandarinas de las letras.

De este barrio salieron muchos jóvenes que hoy son generales y personajes políticos en la República china. Aquí se familiarizaron con las instituciones democráticas de los Estados Unidos, atravesando luego el Pacífico para implantarlas en su país. Sin el _China Town_ de San Francisco no hubiera sido posible que el Imperio más tradicionalista y absoluto de la tierra pasase de un salto á ser República.

Una juventud de chinos inquietos, vestidos á la moda americana, con un estilógrafo en el bolsillo superior de la chaqueta, una insignia en la solapa y el pelo largo y charolado, á estilo de bailarín de _dancing_, se dedica por la noche, después de las horas de trabajo, á instruir al populacho amarillo.

En mi primera visita á San Francisco vi uno de estos mítines de propaganda china en medio de la calle. Tres chinitos barrigudos y graciosos, con ese encanto de los amarillos y los negros cuando están aún en la infancia, sostenían tres banderas: la de los Estados Unidos, la del Estado de California y la de la República china. Un _gentleman_ bien trajeado y de ojos oblicuos, subido en una tribuna portátil, hablaba á un centenar de compatriotas, obreros del puerto y de las fábricas, sucios de carbón, vestidos como los mecánicos, pero que indudablemente se habían cortado la trenza poco tiempo antes.

Cuando me cansé de la gesticulación ardorosa y las palabras ininteligibles del orador, hice preguntar á uno de los oyentes cuál era el objeto del discurso.

--Habla--me contestó--para demostrar que los chinos somos superiores á los japoneses. El Japón es un Imperio donde el hombre no es libre, y en China tenemos ahora la República.

A pesar de las tendencias modernas y revolucionarias del _China Town_, las tiendas que venden á sus habitantes los artículos de primera necesidad guardan un aspecto raro y repulsivo para los blancos, que nos hace recordar muchas originalidades de este pueblo leídas en los libros. En los despachos de comestibles hay aves secas y ahumadas como el jamón, y otros alimentos acartonados cubiertos de polvo y de moscas. Los olores y el aspecto de las cosas revelan una manera completamente distinta de apreciar la alimentación y un olfato lamentablemente invertido con relación al nuestro.

Las farmacias abundan mucho en el barrio. Son el lugar de reunión de los vecinos. Todas ellas ofrecen asiento á los tertulianos, que charlan y fuman mientras el boticario, con unas antiparras enormes ante los ojitos oblicuos, lee ó medita, como un alquimista antiguo en su laboratorio. Estas farmacias se dan á conocer por unas celosías de madera tallada y dorada que adornan en forma de arco el fondo de la tienda, muestras perfectas del arte chino, en cuyos ramajes se enroscan dragones quiméricos y crecen flores misteriosas. En sus escaparates hay culebras secas. Según parece, este reptil, rallado y pulverizado, entra en muchas de las combinaciones de la farmacopea china.

Mientras conversan los tertulianos, fumando sus pipas largas y de pequeñísimo hogar, los mancebos de la botica abren y cierran varias cuchillas fijas en caballetes de madera, cortando incesantemente una especie de achicorias verdes y blancas. Deben ser de gran consumo, pues en todas las farmacias al llegar la noche los dependientes se entregan á dicho trabajo, para tener pronto el remedio al día siguiente. Estos vegetales cuestan caros, por ser traídos de la misma China. Únicamente allá pueden encontrarse sobre los montículos de tierra de las tumbas, y como crecen junto á los féretros con el zumo de los antepasados, poseen un poder milagroso para curar la tisis.

Me limito á enterarme de estas curiosidades farmacéuticas, pero no oso reirme de ellas. Sé que hace tres siglos nada más era admitido en Europa que un ratón asado puesto sobre las heridas de arcabuz y de cañón las curaba inmediatamente, y cierta piedra extraída de la cabeza de las grandes serpientes, llamada «piedra bezoar», tenía un poder tan milagroso contra toda clase de enfermedades y venenos, que el emperador Carlos V se hizo traer una de América.

Todavía en las naciones europeas existen hoy brujas y curanderos que emplean clandestinamente una farmacopea más repugnante. Dejemos en paz á los boticarios chinos. Sus recetas estrafalarias sólo significan que su ciencia se detuvo en el mismo lugar donde estábamos nosotros hace unos pocos cientos de años.

Llegan al _Franconia_ los últimos pasajeros para el viaje alrededor del mundo. Unos son de San Francisco ó de Los Ángeles. Otros, necesitando quince días más para sus negocios, renunciaron á visitar Cuba y Panamá y llegan directamente de Nueva York, atravesando en ferrocarril toda la anchura de los Estados Unidos.

Terminan los banquetes y recepciones con que los propagandistas de la metrópoli californiana han querido obsequiar á los viajeros del _Franconia_, y otra vez vuelve á partir éste las aguas del Pacífico.

Ahora ya no seguimos una costa; vamos á cruzar el más grande de los Océanos, de una ribera á otra, navegando por su desierto azul durante medio mes, sin otra escala que el archipiélago solitario de Hawai.

En la primera noche de esta navegación el buque empieza á moverse con una inquietud que no había mostrado hasta ahora. Ha adquirido una vida nueva y ruidosa. Se retuerce como un animal bajo el empellón continuo del oleaje; suspira, lanza quejidos, silba. El viento muge entre cordajes y mástiles; luego brama, con ecos metálicos en los embudos de los ventiladores y el abismo de la chimenea. Las cosas inanimadas parecen haber poblado su interior con espíritus inquietos. Mi camarote, mudo hasta ahora, cobija en cada rincón blanco un duende que se divierte haciendo chacolotear maderas y hierros, con una estridencia que me enerva y corta mi sueño.

Al día siguiente, este buque que nos parecía grandioso, sólido y estable como una catedral, sigue balanceándose, aporreado por el mar, con una fuerza sorda, disimulada, sin aparato terrorífico. La ola larga hasta perderse de vista y con suaves pendientes pilla al barco por un costado, lo asalta durante su marcha, lo levanta, pasa por debajo de él, abriendo un abismo azul que deja descubierta la curva de su vientre, y se escapa por el lado opuesto.

Es la ola del Pacífico, moviéndose en la inmensidad sin un fin apreciable; la ola que no va á ninguna parte y corre todo el planeta, de un polo á otro, sin levantar espuma, sin hacer ruido, sin chocar con obstáculos, pues las islas oceánicas, olvidadas en sus soledades, son como granos de polvo caídos en un torbellino, como estrellas diseminadas en el firmamento.

Estas olas tienen la energía ciega, el silencio feroz, la inconsciencia sorda de las fuerzas naturales. Pasan junto á nosotros ignorándonos. No conocen al hombre. Son diferentes á la ondulación intensamente salada del Mediterráneo ó á las corrientes acuáticas del Nilo y el Ganges, que arrullaron la cuna de las primeras civilizaciones y las dieron á beber con sus pechos maternales. Es la ola de los primeros tiempos del planeta, cuando aún no había nacido el hombre. Y ahora, en los tiempos modernos, sólo ha visto pequeños grupos humanos, pueblos rudimentarios, acampados en islas que son picachos de volcanes y que aún se hallan en los primeros crecimientos de la infancia.