La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3
Part 3
La ropa sucia pasa á través de un sinnúmero de máquinas, tan ingeniosas como terribles. Sale de ellas blanca, deslumbrante, pero adornada muchas veces por una sucesión de rasgaduras simétricas, que tienen la regularidad de los desperfectos causados mecánicamente, y además con los botones hechos añicos. Pero vamos á pasar dos veces en nuestro viaje la línea ecuatorial, vamos á vivir semanas y semanas en mares y tierras del Trópico, donde hay que usar trajes tan sutiles que parecen fabricados con telarañas blancas, y el sudor obliga á cambiar esta ropa dos ó tres veces al día. Por eso debemos aceptar con agradecimiento el auxilio de unos aparatos que trabajan con más velocidad que el brazo humano, y sufrir pacientemente sus «ropicidios».
Vivo en un camarote amplio, situado en el centro del _Franconia_. Los hay á docenas más lujosos que el mío en este paquebote donde van tantas gentes ricas. Muchos ostentan sus paredes tapizadas de seda y muebles excesivamente mullidos: una decoración dulzona y tierna de bombonera. Los tabiques de mi celda son simplemente barnizados de blanco, pero tiene unas dimensiones superiores á las normales en las viviendas marítimas, y puedo pasearme por ella en momentos de meditación.
Además, en esta parte del buque gozo de un silencio y una paz conventuales. Dos ventanos redondos y de extraordinaria abertura dan entrada á un doble chorro de luz azul y rojiza, que en alta mar irisa la blancura del camarote, como si fuese el interior de una concha-perla. Cuando el buque queda inmóvil en los puertos, los dos ventanos proyectan en el techo un par de redondeles temblorosos que reflejan el palpitar de las aguas invisibles. A ciertas horas, lo mismo que si fuesen sombras chinescas, atraviesan estos círculos de linterna mágica barquitas negras movidas por remeros liliputienses, reducción óptica de los indígenas que mueven abajo sus lanchas, junto al muro férreo de la nave, y cuyo vocerío de tumulto llega hasta mí.
Entre las dos aberturas tengo una mesa que resulta enorme para un buque, y procede de una oficina de la última cubierta. Una butaca lujosa, arrebatada de un salón, me sirve de asiento de trabajo. En la pared de acero hay una cavidad rectangular que, gracias á unas tablas, se ha convertido en biblioteca.
Me ocupo en instalarme durante los primeros días con la minuciosidad del que ha cambiado de domicilio y no piensa repetir en mucho tiempo tan molesta operación. La celda grande y blanca va á ser mi casa por algunos meses, los más preciosos de mi vida, los más rellenos de acontecimientos, sorpresas é interesantes episodios. Estas paredes tal vez presencien el nacimiento y la formación de un nuevo hombre que reemplazará al que acaba de instalarse entre ellas.
En el curso del viaje abandonaré varias veces el buque, en el Japón, en la China, en las islas oceánicas, en la India, en Egipto, y adivino que al regresar á este camarote sentiré la alegría del que retorna á su verdadera casa después de una vida errante de aventuras y riesgos. Volveré á encontrar en él mis libros, mis papeles, todo lo que traigo conmigo de Europa y me recuerda mi existencia anterior. También saldrán á mi encuentro los ensueños, las quimeras con que habré ido poblando, en los largos y monótonos días de navegación, los rincones de estas cuatro paredes blancas.
Procuro arreglar mi ropa metódicamente, lo que no es empresa fácil. Vamos á ir rebotando de un clima á otro; saltaremos bruscamente de los fríos del Norte al calor de las zonas tropicales, volviendo días después á países de llanuras nevadas. Necesito tener á mano vestidos de todas las estaciones, colocados en buen orden, como los trajes de un actor que ha de cambiar de vestimenta en cada entreacto. Y cuelgo por series, para ser usados dentro del mismo mes, trajes de invierno, de primavera y de verano. Dos gabanes de pieles quedan vecinos á media docena de trajecitos blancos, de tejido tan sutil, que no son mas que un convencionalismo indumentario para no ir con las carnes al aire, como un salvaje.
Un oficial administrativo del buque, Mr. Green, inglés sonriente, grueso de cuerpo, amable de maneras y de carácter regocijado, me enseña un documento interesante. Es el jefe inmediato de los _maître d’hotel_ que dirigen los dos comedores, de todos los criados que sirven las mesas y cuidan los camarotes, del ejército de cocineros y marmitones que preparan la extraordinaria y múltiple nutrición de este pueblo flotante, y además guarda y administra los depósitos de víveres.
En el _Franconia_ comemos seis veces al día. Tres comidas fuertes: el _breakfast_, desayuno con varios platos, de las ocho á las diez de la mañana; el _lunch_, almuerzo, á la una de la tarde, y el _dinner_, la comida solemne, á las siete, en traje de etiqueta. Además tres refrigerios, compuestos de diversas especies comestibles y líquidas: el caldo de las diez de la mañana, con su escolta de cosas sólidas; el té de las cinco de la tarde, con variadas tentaciones de pastelería y confitería, y la cena fiambre de las once de la noche, para los que se quedan á bailar en los salones de la última cubierta.
La invención y perfeccionamiento de la cámara frigorífica han revolucionado la vida del mar. Hoy, los emigrantes amontonados en la proa de un buque gozan de comodidades que no conocieron, hace unas docenas de años, los monarcas más poderosos de la tierra, cuando viajaban en sus yates ó en los acorazados de sus flotas. La conservación de alimentos animales y vegetales, así como la de plantas y flores, es casi perfecta, merced á las diversas y apropiadas gradaciones de temperatura en los depósitos frigoríficos.
Leo la lista que me enseña Mr. Green. Es un resumen de las cantidades de víveres que hemos embarcado en Nueva York.
No puedo examinarla toda, pues resulta interminable; pero me fijo en algunas de dichas cantidades, y creo estar leyendo una página de la famosa novela de Rabelais, una descripción de las gigantescas hazañas gastronómicas de Gargantúa ó Pantagruel.
Llevamos á bordo 50 toneladas de carne de buey, 20 toneladas de cordero y otras tantas de cerdo, 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10 toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas, 65.000 naranjas, 22.000 _grape-fruits_, especie de toronja dulceamarga, sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54 toneladas de azúcar, 7 toneladas de café, 4 toneladas de te, 6 toneladas de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos, duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y flores, iguales á los que compra el público, envueltos en un papel, en los teatros de Nueva York. Además, una máquina especial fabrica para nosotros diariamente una tonelada de hielo, con agua previamente esterilizada.
Me es imposible seguir leyendo. Adivino las magnificencias de las cantidades restantes. En esta casa movible que vagabundea por las soledades marítimas del planeta vivimos y comemos como en los grandes hoteles de Londres y Nueva York. La única diferencia es que aquí comemos más y la mesa ofrece mayor abundancia que en los «Palaces» terrestres.
La primera noche que me pongo el _smoking_--uniforme indispensable en las comidas--y me siento á una mesa para tres personas (las tres únicas que son de lengua española en todo el pasaje del _Franconia_), sufro una sorpresa, que en el primer momento casi me parece ofensiva.
Uno de los numerosos platos marcados en la minuta es pollo guisado á no sé qué estilo. Los camareros cumplen su servicio con una rapidez ceremoniosa, y cuando llega el momento de servir el plato indicado se presenta uno de ellos con una gran cazuela de plata, hace una reverencia y levanta la tapadera. Para tres personas... ¡tres pollos enteros! Yo protesto con cierta indignación. ¡Por quién nos han tomado!... Bueno es que sirvan con largueza, pero tanta generosidad casi resulta insultante.
La enorme lista de víveres que me muestra el _steward_ en jefe no es definitiva: sólo representa el mantenimiento de una parte del viaje. En todos los grandes puertos será renovada con especialidades alimenticias del país y víveres iguales, pero frescos.
Recuerdo á Magallanes y sus compañeros en el primer viaje alrededor del mundo.
Explorando las costas de la América del Sur sufrieron grandes tormentas, pero les fué posible renovar sus provisiones comprando á las tribus ribereñas del Brasil pan de cazabe, cerdos pecarís, gallinetas americanas, batatas y plátanos. Pero luego de haber descubierto el famoso estrecho, al desembocar en el Mar Grande que llamaron Pacífico, empezó para ellos la parte más difícil de su viaje. Tres meses y veinte días navegaron por el inmenso Océano sin ver tierra ni probar ningún alimento fresco.
El italiano Pigafetta, cronista de esta expedición, rematada gloriosamente por el vasco Del Cano, dice así:
«La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda la substancia, y que tenía un hedor insoportable por estar empapada en orines de rata. El agua que nos veíamos obligados á beber era igualmente pútrida y hedionda.
»Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos del cuero con que se había recubierto el palo mayor para impedir que la madera rozase las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y á los vientos, estaba tan duro que había que remojarle en el mar durante cuatro ó cinco días para ablandarle un poco, y en seguida lo cocíamos y lo comíamos.
»Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación á serrín de madera como única comida, pues hasta las ratas llegaron á ser un manjar tan caro que se pagaba cada una á medio ducado...»
Siento necesidad de volver á leer la lista del encargado de los víveres en el _Franconia_.
IV
LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN
El Estado Mayor del viaje.--Más mujeres que hombres.--Cordial familiaridad norteamericana.--La española que conoció tres Papas.--El cocinero escultor.--Las Frinés de la piscina y la tranquilidad de sus compañeros de natación.--En el canal de Bahama.--La hermosa costa de la Florida.
La «American Express», sociedad de Nueva York que dirije este viaje, ha montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones.
En este centro hay un Banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico le trae todas las mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos financieros se le quieran confiar.
Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000 dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de gobierno en Europa. Tiene á sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro funcionarios, retribuídos también con largueza. Unos son antiguos profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos é instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías á los pequeños grupos de viajeros que abandonando el buque se lancen á través de las naciones asiáticas.
Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el _Franconia_ es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes ó simple curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana, intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una completa independencia.
Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas. Los maridos ó los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de sus negocios comerciales ó de sus profesiones científicas. Los compañeros de viaje son generalmente ingenieros ó banqueros en ciudades del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando la vuelta á la tierra.
Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido, mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad perdida en los vastísimos Estados del centro de la gran República. Luego, en el curso de nuestro periplo, leyendo los periódicos que mencionan á todas las personas notables de la expedición, me entero de que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos unidades y á veces tres.
Nunca en mi vida anterior he vivido entre personas tan joviales, tan sencillas, tan ecuánimes en sus gustos y afectos. Creo que durante el resto de mi existencia me acordaré siempre de su agradable compañía.
En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona existencia en las soledades del Océano acaba por despertar y excitar lo peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta á la vela, era recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas durante la navegación, así como los desafíos concertados, se consideraban sin valor alguno al saltar á tierra. En el _Franconia_ han transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como niños grandes.
Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas son una distinguida dama de la América del Sur y su doncella, que hace años la sigue á todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos. Casilda--así se llama la española--ha visto mucho en Europa, y al contar sus impresiones del viejo mundo, las resume en las tres visitas que hizo al Vaticano acompañando á su señora, chilena.
--Yo he conocido tres Papas--dice con orgullo.
Ahora va á conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el Océano, ha sido simplemente para dar la vuelta entera á nuestro planeta, y continúa tal viaje sin mostrar grandes asombros.
A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas conocen la misteriosa existencia del mar.
Otro español va á bordo del _Franconia_, un joven cocinero, llamado Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas á la imprenta del buque, para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con tanta abundancia produce la máquina especial del _Franconia_. Esculpe cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de albos torreones, grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo su frescura inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos ó atravesamos la línea ecuatorial.
Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas, como los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía sentimental. Las diversiones comunes del buque--bailes, cinematógrafo y conferencias--facilitan la aproximación.
Nadie se levanta tarde en el _Franconia_. Los más de sus ocupantes son aficionados á los deportes y recibieron en la escuela una educación activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe y balbucea como un niño. El cielo y el Océano tienen la pueril alegría de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar la agilidad corporal; de las abluciones y nataciones que mantienen la limpieza higiénica de la piel.
A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos.
Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño y bajan á la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde elegante de sus habilidades natatorias.
Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas, largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda vestimenta un traje de baño cortísimo--lo necesario nada más para cubrir la parte media de su cuerpo--y una especie de tirantes que se unen sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo piensan, se lo callan.
A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera extraordinaria unas desnudeces á cuya vista están acostumbrados. Me acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones.
Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco, quedando sin otro tapujo que la mancha azul ó negra de punto de seda que cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones, llamamientos y risas sube desde el fondo del buque á las últimas cubiertas.
Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes en la popa, para dejar libre todo el resto del casco á los grandes aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el Trópico.
Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol, que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse, como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco á poco y acaba por extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y roja... Luego, nada. Estando en la capital de Méjico presencié muchas veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en pleno cielo, sin descender á la línea del horizonte, sin ocultarse detrás del mar ó las montañas.
Cambia el tiempo; el mar empieza á agitarse durante la noche, y al día siguiente el horizonte es gris y las olas obscuras. Se nota la proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas.
Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables, llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su blancura con los colores del iris.
Cuando languidece la tarde, el _Franconia_, á pesar de su triple quilla y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los embates del mar, se mueve de un modo extraordinario.
Otra vez se ha cubierto el cielo de obscuros nubarrones, pero el sol antes de huir los perfora, lanzando á través de ellos un chorro de oro color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un aparato cinematográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira lo mismo que si el Océano lo sometiese á una enorme succión. Ya no es redondo, se prolonga por abajo y parece un aeróstato de seda escarlata. Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo fulminante, como si estallase, cubriendo el mundo con una explosión de sombras.
Todos los pasajeros están acostumbrados á los viajes por mar, y la agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque. Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile. Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América á Europa, más rudas y tempestuosas.
Los profesores contratados por la «American Express» dan sus conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas, describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos á visitar: la Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos, dándolas una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia. De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los regueros que esta aspersión del Océano hace correr sobre el suelo.
A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo que puede llamarse paradisíaco. Marcha el buque á gran velocidad, alcanzando y dejando atrás á otros vapores menos rápidos, y sin embargo parece inmóvil.
Una costa se extiende paralelamente al _Franconia_. Vemos una línea amarilla de arena y detrás otra línea verde obscura, formada de bosques. Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía.