La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3
Part 22
Es un deporte peligroso, y por eso se entregan á él con una alegría gallarda. El que mueve el mazo procura, con perversa astucia, pillar debajo de éste la mano de alguno de los amasadores, haciéndola añicos. La vanidad de los otros estriba en menudear el palmoteo, escapando con ligereza su diestra del mazazo brutal. Como esta ceremonia del amasijo del Año Nuevo hace sudar copiosamente, exige mucha bebida. Los joviales amasadores huelen á _saké_, y enardecidos por el alcohol de arroz y sus propios cánticos, se alternan en el manejo del mazo, con el santo deseo de ser más hábiles que los otros y poder aplastar la mano de un amigo.
Estando en la estación de Nara vemos llegar trenes cuyas techumbres blanquean bajo una gruesa capa de nieve. Vienen de la parte del Japón adonde vamos nosotros. En Nara no nieva aún, pero sopla un viento glacial. Esto no impide que muchos campesinos, casi desnudos, pasen tranquilamente junto á los vagones, que dejan caer pedazos de agua congelada. También pasan los eternos niños de las escuelas, con un kimono ligero á redondeles blancos por toda vestidura, gorra de colegial y las piernas al aire, mostrando su carne enrojecida y coriácea por el frío.
En los andenes veo japoneses con un aspecto de súbditos del Mikado antes de que éste ordenase la nueva vida á estilo de Occidente. Algunos viejos llevan barbillas de pelos lacios y la cabellera larga atada sobre el cogote, con una melena á modo de plumero caída sobre la nuca, igual á la de los antiguos samurais. Al mismo tiempo, en las ventanillas de los vagones se muestran japoneses vestidos como los trabajadores occidentales, soldados con uniforme europeo, mujeres de aire independiente que saben ganar su arroz y se han emancipado de la antigua esclavitud femenina.
Hay dos Japones: uno que ha entrado á todo vapor en la evolución universal del progreso, y otro que, por razones políticas interiores y por inercia, quiere permanecer unido á la primitiva tradición. Este espectáculo contradictorio y paradojal no puede durar. Ha persistido algunos años como los platillos de una balanza, no obstante sus pesos distintos, permanecen durante una milésima de segundo igualados en el mismo nivel. Los cincuenta años de civilización moderna japonesa transcurridos hasta el presente significan un breve instante de su historia.
Repito que esta situación anómala no puede mantenerse indefinidamente. El Japón tendrá que volver atrás, si quiere conservar su organización tradicional. Si desea seguir progresando, deberá avanzar, confiándose á lo desconocido, pues representa una candidez infantil querer aprovecharse de las ventajas del progreso y no resignarse á correr sus riesgos y sufrir sus inconvenientes.
El Japón de las ciudades tradicionales, de los bosques sagrados, de las pagodas y las leyendas religiosas, es todavía una realidad; pero no lo es menos el Japón de los grandes centros industriales, de las masas obreras que copian las organizaciones y reivindicaciones de los trabajadores de otros países. El socialismo tiene cada vez más adeptos en los centros industriales del Japón. Hay que imaginarse lo que pueden ser en el porvenir los jornaleros japoneses si dedican á las doctrinas revolucionarias el entusiasmo tenaz, el desprecio á la vida y la escasez de necesidades con que sus ascendientes sirvieron al Mikado.
La organización tradicional todavía es muy fuerte y con hondas raíces, pero resulta indudable que sus directores han perdido la confianza y la tranquilidad de otros tiempos. El gobierno japonés y sus funcionarios dan frecuentemente la prueba de esta inseguridad que les impulsa á emplear procedimientos indignos de un país salido de la barbarie. La policía ha matado á varios japoneses propagandistas del socialismo y á otros individuos, simplemente por pertenecer á las familias de aquéllos.
Un socialista famoso del Japón fué asesinado, estando en la cárcel, por un capitán de gendarmería, y tan escandaloso resultó el crimen, que los tribunales condenaron á varios años de presidio á su autor, aunque excusaron en parte su delito y la lenidad de su propia sentencia declarando que había matado «por desorientación moral, creyendo hacer un bien á su país».
Además, ya existen japoneses que disparan contra el Mikado. El penúltimo emperador, verdadero padre de la patria actual, fué objeto de una tentativa de asesinato político, á pesar de su gloriosa historia.
Estando yo en Nara leo la noticia de que un obrero acaba de disparar un pistoletazo contra el príncipe regente, que es en realidad el emperador.
Hay que haber vivido en este país para darse cuenta con exactitud de lo que significan tales atentados. El emperador es el nieto de los dioses y habla con ellos frecuentemente.
Hasta hace pocos años no se mostraba nunca en público. Seguía la tradición de sus antecesores, que iban escoltados por guerreros de dos sables y si un japonés osaba acercarse al emperador para conocerlo sentía inmediatamente su cabeza desprenderse de los hombros. Aun en la época actual, el representante del Mikado sólo se deja ver en público muy de tarde en tarde... Y cuando esto ocurre, siempre hay algún japonés que tira contra él.
Es como si el Papa se decidiese á salir de su retiro del Vaticano para hacer un viaje por la Vendée ó las Provincias Vascongadas, y el hijo de un antiguo devoto lo saludase con varios tiros de revólver, apuntando á la cabeza.
XXIV
LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE
Osaka y su población industrial.--El famoso Mar Interior.--La isla de Myajima, donde nadie nace y nadie muere.--Ni perros, ni automóviles, ni telégrafo, ni luz eléctrica.--El dulce rincón de la paz y la vanidad patriótica.--El príncipe heredero de Corea, su esposa y su séquito.--Embarque bajo la nieve.--Adiós al Japón insular.--La terrible ironía del Pacífico.
Osaka es la ciudad más populosa del Japón, después de Tokío. En sus barrios céntricos, muchos edificios de pisos numerosos tienen en sus puertas chapas metálicas con rótulos de sociedades industriales. Por todas partes grandes almacenes y oficinas. Los transeuntes van vestidos á la europea, y solamente cuando pasa una mujer que conserva el traje japonés ó al encontrar alguna casita baja de madera que aún subsiste entre edificios enormes, á imitación de los de Nueva York, se recuerda que estamos en el Japón.
Una espesa red se tiende sobre las cruces de los postes y andamiajes férreos de las techumbres: teléfonos, telégrafos, cables conductores de luz y de fuerza. Centenares de chimeneas esparcen borrones de humo sobre un cielo donde hace medio siglo colocaban los artistas del país sus vuelos de blancas cigüeñas.
En algunos talleres las chimeneas de vapor son cuadradas y ostentan en una de sus caras el rótulo del establecimiento, según la escritura japonesa, letra sobre letra. Tienen el aspecto de enormes barras de lacre rojizo clavadas en el suelo y con una misteriosa marca de fábrica. Aquí están las grandes manufacturas de la sedería japonesa y todos los centros de la industria moderna del país.
Canales anchísimos parten las principales avenidas. En todos ellos y en el río se ven sampanes de construcción arcaica y remolcadores flamantes llevando las mercancías hacia Kobé, que es en realidad el puerto de Osaka.
Se nota en esta urbe japonesa la influencia de la clase obrera. Al anochecer hay una muchedumbre trabajadora en las calles, compuesta especialmente de mujeres que salen de las hilanderías de seda. Entre estas japonesas y la _musmé_ de hace pocos años existe una diferencia de siglos. Son jornaleras como las de Europa y las imitan en el adorno de su persona. Los hombres están organizados para la resistencia pasiva y la huelga.
Esta muchedumbre sometida á la industria da á Osaka una abundancia extraordinaria de espectáculos públicos y lugares de diversión. Todos los comediantes japoneses pasan por esta ciudad. Hay calles enteras de teatros y cinematógrafos, con carnavalescos adornos de linternas, lienzos escritos y enormes banderas. Como el japonés es sobrio en sus necesidades nutritivas, reserva gran parte del jornal para los recreos nocturnos. El deseo de todas las obreras es ir al cinematógrafo y vestir como las mujeres de Europa. En Osaka se vive ya muy lejos del antiguo Japón, visto en los libros y las estampas.
Salimos de esta ciudad para ir hacia Simonoseki, donde nos despediremos del Japón insular, pasando á la orilla firme de Asia, á la antigua Corea, que es hoy un Japón continental. Pero antes de abandonar la mayor de las islas niponas, todavía volvemos á encontrar el primitivo pueblo japonés, retardatario y enamorado de sus tradiciones.
Marchamos en ferrocarril un día entero, siguiendo las costas del Mar Interior. Aquí están los paisajes y las marinas que copiaron en el transcurso de dos siglos y medio los grandes maestros del arte japonés.
Es un mar que nunca ofrece la desnuda monotonía de los horizontes oceánicos. Siempre tiene en su fondo un promontorio, una cúspide de montaña que emerge solitaria, ó un grupo de islas. El agua, al introducirse en la tierra nipona, ha roído las costas con una sucesión innumerable de cabos, pequeños golfos, bahías casi cerradas y desfiladeros marítimos. Estos últimos son más angostos que muchos ríos, pero de considerable profundidad, que permite el acceso á buques de gran calado y hasta á los paquebotes del Océano.
Pasamos ante golfos de un agua verde y dormida, en la que permanecen inmóviles los sampanes de cabotaje, con velas de persiana y popa de carabela. Más allá vemos deslizarse sobre la superficie acuática, como si marchasen en sentido inverso, grupos de islitas negras, compuestas de picachos volcánicos, que tienen agudas aristas. En otras ensenadas, el Mar Interior está agitado por una desviación caprichosa del viento, y varias filas de olas verdes y blancas se suceden casi tan juntas como los pliegues de un vestido. Es el mar de las estampas japonesas, que parece amanerado y antinatural por invención de los artistas, siendo sin embargo una copia exacta de la realidad.
Muchos pueblecitos de pescadores se extienden entre la playa y la vía férrea. Vemos barcas puntiagudas puestas al seco en plazas, paseos y jardines. Grupos de muskos corretean ante las casitas con techo negro y cóncavo y paredes de madera sin pintar. Todos agitan los brazos y dan gritos viendo el paso del tren, con la exuberancia algo insolente de los muchachos japoneses. Éstos sólo adquieren la amabilidad risueña, concentrada y un poco inquietante del nipón cuando son hombres y las necesidades de la vida los obligan á tal cambio. Por algo las autoridades y las asociaciones cívicas, cuando instituyen premios públicos, los destinan á «las viudas virtuosas» y á «los niños respetuosos».
Al alejarnos por corto tiempo del Mar Interior pasamos ante el castillo de Himaja y otras viviendas fortificadas de los antiguos daimios. Estas residencias feudales tienen cóncavos tejados negros sobre sus murallas, así como en las torres y en el alcázar central. Las almenas al aire libre de los castillos de Europa no existieron en la Edad Media japonesa. Los samurais disparaban sus ballestas bajo techo y arrojaban igualmente piedras y líquidos sobre los asaltantes á cubierto de la lluvia y del sol.
Otra vez viajamos frente al Mar Interior, viendo canales salados que se deslizan como ríos entre la costa firme y las islas inmediatas. Vapores de gran tonelaje avanzan lentamente por estos corredores marítimos. En mitad de los pasos surgen islotes é isleoncillos, que aún los hacen más angostos.
Una rica fauna marina se multiplica en el laberinto de los canales verdes. Las barcas pescadoras son innumerables. Las orillas están ocupadas en un espacio de varios kilómetros por redes y otros artefactos modernos de pesca. Se ve que las poblaciones ribereñas tienen por única industria la explotación de este mar, en el que se quiebra la luz con infinitas variedades, según el contorno de las tierras que lo rodean. En ciertos lugares cerrados por montañas es á la vez verde, rojo y azul, como si un trozo del arco iris flotase sobre sus aguas.
Empieza á nevar, sin que por ello se oculte el sol. Los campos de arroz brillan lo mismo que espejos dentro de un marco blanco; la nieve ha cubierto sus ribazos. Aumenta el frío á medida que nos vamos alejando de la orilla japonesa que mira á las soledades del Pacífico. Nos aproximamos á Corea, península que al despegarse del continente Asiático recibe en su dorso el frío soplo de los vientos de Siberia.
Abandonamos el tren para visitar la famosa isla de Myajima, la Arcadia japonesa, un pedazo de tierra «donde nadie nace y nadie muere».
El viajero que llegando por Occidente ha desembarcado en Nagasaki y aún no ha visto nada del país, se siente profundamente impresionado por la paz campestre de esta isla. Los que vienen del interior del Japón después de haber visitado la selva de Niko y el parque sagrado de Nara, no pueden sentir del mismo modo las impresiones avasallantes de la novedad.
Myajima, separada de la tierra firme por un canal del Mar Interior, con sus bosques de criptomerios, pinos y árboles frutales que sólo dan flores, es toda ella un templo vegetal dedicado á los dioses. Por sus senderos trotan los venados, lo mismo que en Nara, con la confianza del que no ha conocido nunca el miedo. Nadie puede molestar á estos dulces animales, señores de la isla.
Los antiguos japoneses quisieron hacer de este pedazo de tierra un modelo de lo que sería la vida humana si no existiesen el dolor, la muerte y la necesidad de trabajar para comer.
Una paz absoluta y profunda sale al encuentro del viajero al poner sus pies en la isla. Los venados se acercan á lamerle la mano, en espera de alguna golosina. En las revueltas de los senderos se tropieza con _musmés_ de sonrisa franca que le miran sin los remilgos de la honestidad, como si perteneciesen á un mundo de primitiva inocencia, sin noción alguna de lo que es pecado. En las frondosidades de la selva sagrada va descubriendo capillitas con Budas de piedra, roída por los siglos, y linternas de granito que en ciertas noches esparcen su luz vagorosa para recuerdo de los Antepasados.
Todo lo que representa la vida moderna, con sus ruidos incómodos y sus hediondeces, está prohibido aquí. Ningún perro puede entrar en Myajima, para que los venados no sufran alarmas ni miedos. Además, no se toleran en la isla automóviles, carruajes de caballos, ni simples _korumas_. Todos deben marchar por sus pies, como en los primeros tiempos de la creación. La gasolina es contrabando. Tampoco son permitidos el telégrafo, el teléfono y la luz eléctrica.
Hasta hace cincuenta años estaba prohibido igualmente nacer ó morir dentro de la isla. Las mujeres embarazadas y los enfermos eran embarcados para la orilla de enfrente. La dulzura de una paz inalterable rodeaba á los habitantes de este paraíso. Todos sonreían. Jamás sonaba una mala palabra, ni las voces coléricas de una contienda.
Ahora la isla feliz conserva sus ciervos familiares y dulces, su arboleda sagrada y rumorosa, pero los habitantes humanos han cambiado. Se nace y se muere sobre su suelo, como en las demás tierras. Hay enfermos, y además hay hoteleros rapaces, que se han establecido en ella atraídos por la gran afluencia de visitantes.
El monumento religioso más frecuentado es una pagoda á orillas del mar, con la plataforma montada sobre pilotes. Aguas adentro, un _tori_ enorme hunde sus dos columnas de madera en la superficie tranquila, que refleja su imagen. Es tal vez el pórtico más hermoso del Japón por su emplazamiento marítimo. En cambio, el templo inmediato, cuando baja la marea y queda en seco sobre sus hileras de postes, tiene el aspecto de un balneario.
En el interior de este edificio dedicado á la paz se tropieza inmediatamente con recuerdos de guerra y peligrosas vanidades del patriotismo. Muchos soldados de la contienda ruso-japonesa dejaron aquí sus cucharas como un homenaje á la divinidad. En las paredes hay pinturas, algo primitivas, representando las principales batallas navales de la citada guerra, y el ingenuo artista se complació en detallar el efecto mortal de los tremendos cañonazos.
¿Será la paz un eterno ensueño de los humanos?... Estos hombres amarillos quisieron crear hace siglos un rincón en el que nadie conociese los dolores del nacimiento y de la muerte, un retiro de paz donde hombres y animales ignorasen las emociones del miedo, y el patriotismo viene ahora en peregrinación á depositar sus recuerdos de guerra y cubre las paredes con imágenes de enormes matanzas.
Cuando tomamos el tren para continuar nuestra marcha hacia Simonoseki, nos encontramos con un compañero inesperado de viaje, cuya persona atrae una afluencia oficial en todas las estaciones importantes. Es el príncipe heredero de Corea, que va á pasar una temporada en la capital del país regido en otro tiempo por sus ascendientes. Esto de príncipe heredero no es mas que un título. Nada puede ya heredar, pues el reino de Corea se lo anexionó definitivamente el Japón en 1910.
Vemos en los andenes grupos de militares que vienen por obligación á saludar ceremoniosamente á este príncipe olvidado, sin que les inspire una verdadera curiosidad. Los guerreros japoneses son los únicos que saben llevar bien su vestimenta de origen europeo. Los gobernadores civiles de las provincias se van presentando puestos de frac, con un lado del pecho cubierto de condecoraciones, lo mismo que un profesor de ocultismo y prestidigitación de los que actúan en los teatros.
La gente popular no se preocupa de este recibimiento monótono y aparatoso. En todos los andenes, por modesta que sea la estación, hay lavabos al aire libre, hechos de azulejos blancos y con espejos ovales. Todos ellos tienen agua caliente en abundancia, y los japoneses que afrontan el frío ligeros de ropa aprovechan la ocasión para lavarse el cuerpo en público, sin recato alguno, con este líquido que humea.
Sigue nevando, cada vez más copiosamente, y cuando llegamos á Simonoseki, á las diez de la noche, á pesar de que el tren se detiene á unos cien metros del embarcadero, resulta penoso el corto trayecto. Nos hundimos en la nieve hasta cerca de la rodilla, y así vamos llegando al buque estrecho y largo, que llena una gran parte del malecón con su pared blanca perforada por redondeles de luz interior.
Desde la última cubierta veo una procesión de linternas igual á las que figuran en las antiguas estampas japonesas. Es el príncipe que viene á embarcarse con todo su cortejo.
A este heredero sin corona, instalado en Tokío, cerca del gobierno, lo casaron con una japonesa de gran familia, para tenerlo de tal modo en la más absoluta sumisión. Gran número de policías, con uniforme ó en traje civil, avanzan sobre la nieve, llevando cada uno de ellos un farol redondo de papel. Entre las dos filas de resplandores rojos y amarillos que danzan sobre el suelo blanco veo venir al príncipe, un personaje asiático, de aspecto decadente, vestido de general japonés y mirando á un lado y á otro mientras sonríe tímido é inquieto.
Delante de él marcha su esposa con una petulancia militar, balanceando marcialmente un brazo, irguiéndose para que la crean más alta, dentro de su gabán de viaje rematado por un sombrero á la moda de Europa. Un oficial va pegado á ella para defenderla de la nieve con un paraguas abierto de brillante cartón. Todas las atenciones son para la japonesa. El marido la sigue como uno de tantos individuos del séquito.
Antes de media hora vamos á alejarnos del Japón insular. Volveremos á encontrarlo en la tierra de Corea, pero ésta sólo es japonesa por las imposiciones de la fuerza y han de pasar muchos años de tranquilidad para que llegue á fundirse verdaderamente con su dominador.
Al alejarnos de las costas del antiguo Imperio del Sol Naciente reflexiono para concentrar y fijar mi opinión definitiva sobre él.
Esta opinión no es firme y homogénea. Resulta doble y contradictoria, como el espíritu del Japón actual. Admiro el enorme esfuerzo realizado por un pueblo que hace medio siglo vivía en su Edad Media y se asimiló en tan corto espacio de tiempo todos los progresos materiales realizados por el resto de la humanidad. Admiro su buena educación y me asombra igualmente su disciplina, que le permitió cambiar de un modo casi instantáneo sus pensamientos, sus costumbres y sus trajes, para obedecer las órdenes innovadoras del Mikado.
Algunos sólo han visto en todo esto una facilidad enorme de imitación, un trabajo simiesco extraordinario. Es cierto que hasta ahora los japoneses no han hecho mas que copiar, sin producir algo verdaderamente original. Pero medio siglo es un plazo muy corto, y no puede exigirse á un pueblo, después de haber realizado en tan pocos años la absorción de varias civilizaciones ajenas, que produzca además obras propias y originales. Queda por ver en lo futuro si el japonés es un simple imitador ó si al dar por terminado el ciclo de su asimilación podrá contribuir al progreso universal con un aporte puramente suyo.
El porvenir del Japón resulta más enigmático que el de otros pueblos. No se sabe si continuará adelante, aceptando el progreso con todas sus consecuencias disolventes para el mundo antiguo, ó sentirá miedo al ver que la masa de su obrerismo, cada vez mayor, apadrina las reivindicaciones sociales de los blancos, y en tal caso se aislará de las demás naciones, cerrando sus puertos como en tiempo de los dos Shogunes.
Lo único que sé con certeza es que este pueblo ha sido elogiado con exceso, adulado en demasía.
Muchos que por ignorancia se imaginaban á los japoneses como unos «monos amarillos» antes de su guerra con Rusia, al verlos luego vencedores los han considerado unos superhombres, admirándolos ciegamente hasta en sus mayores defectos.
Repito que es asombroso el progreso material de este pueblo y las fuerzas defensiva y ofensiva que supo improvisar y organizar en cincuenta años. Pero la suerte le ayudó también de un modo extraordinario, una suerte que ahora parece haberse vuelto de espaldas, dejando caer sobre las islas niponas los cataclismos más destructores.
Para engrandecerse tuvo que batallar con la China, desorganizada y poco propensa á la guerra. Su único enemigo importante fué la Rusia de los zares, podrida hasta la médula por la inmoralidad administrativa, debilitada por el odio popular, y teniendo que mantener sus ejércitos casi en el lado opuesto del planeta, sin otro medio de comunicación que el Transiberiano, ferrocarril incompleto, de vía única.
Las grandes potencias tratan con dureza á este pueblo, que continúa acariciando silenciosamente su ensueño de dominación sobre la mayor parte del Asia. Inglaterra, su antigua maestra y aliada, lo ha dejado de su mano. Los Estados Unidos, instalados en Hawai y en Filipinas, dispensan á la China amenazada una protección que se expresa con regalos más que con palabras.
El Japón siente una cólera sorda, cada vez más grande, al ver que no puede avanzar sin que la mano de alguna de las potencias blancas se apoye en su pecho.
¡Quién sabe si Magallanes, al dar el nombre de Pacífico al mayor de los Océanos, inventó, sin saberlo, la más cruel y sangrienta de las ironías de la Historia!...
XXV
EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA
Una mala noche sobre las aguas que presenciaron la gran batalla naval de Tsushima.--El frío de Corea.--El traje grotesco de los coreanos.--Sus dos sombreros.--Cómo el Japón se apoderó del reino de la Mañana Tranquila.--Asesinato de la reina por los japoneses.--Horizontes dilatados.--Procesiones de fantasmas.--Cuervos y tumbas.--En Seul.--Las generosas ilusiones de un patriota.
Un barco nevado inspira una tristeza fúnebre.