La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3

Part 21

Chapter 213,808 wordsPublic domain

Deseo visitar cierta pagoda de esta ciudad que conozco de nombre hace muchos años, casi desde mi niñez, y nunca creí en aquellos tiempos que llegaría á verla directamente con mis ojos. Es el templo de los _Treinta y tres mil trescientos treinta y tres dioses_.

Exteriormente consiste en un largo edificio rojizo, que ocupa todo un lado de una plaza de la vieja Kioto. Varios grupos de bambúes enormes sombrean esta plaza, y al amparo de ellos colocan sus mesitas los vendedores de tarjetas postales, oraciones impresas en papel de arroz y pequeños objetos de culto. Como el templo es de madera y lleva varios siglos de existencia, tiene el mismo aspecto de barco viejo y carcomido que ofrecen casi todas las pagodas.

Sobre la meseta de la escalinata salen á recibirnos algunos bonzos con la redonda cabeza recién afeitada y un manto de color de azafrán, en el que se envuelven á estilo romano. Estos sacerdotes budistas son pedigüeños y explotan sistemáticamente la fama de la pagoda á que están agregados. Uno de ellos, con redondas gafas de concha, aguarda en la cancela detrás de una mesa y cobra á los visitantes por dejarles pasar, lo mismo que un portero de teatro. En el interior, otros bonzos azafranados nos acosan ofreciéndonos estampas, oraciones y pequeños objetos, á los que atribuyen influencias milagrosas.

Al entrar, se tropieza inmediatamente con una imagen gigantesca de metal, que ocupa lo que puede llamarse altar mayor, presidiendo esta asamblea numerosa de divinidades. A los dos lados del altar se extienden vastas escalinatas llenando las dos alas del templo, y en sus peldaños, lo mismo que si fuesen objetos de exposición, forman en luengas y superpuestas filas dos mil imágenes de bronce de tamaño natural representando á la diosa de la Misericordia. Estas dos mil mujeres tienen doce mil brazos, pues cada una de ellas ostenta tres á cada lado de su tronco.

En diversas naves de la pagoda se alinean formando hileras múltiples los otros dioses hasta el número de 33.333. Los hay de todos los tamaños, á partir de la talla humana hasta el exiguo volumen de un insecto. Son de oro, de bronce, de marfil, de madera, de piedras diversas, desde el precioso jade venido de la China y el lapislázuli de las minas de Siberia, al simple pedernal. Unos tienen formas regulares y una sonrisa de bondad celeste; otros llevan en su rostro gestos aterradores y son feos con una fealdad iracunda y amenazante, que parece secreto hereditario de los imagineros japoneses. Algunos, más cerca de la animalidad que de la perfección divina, se muestran erizados de múltiples piernas y brazos, como cangrejos monstruosos.

Guarda siempre este templo, con rigurosa exactitud, el número de los dioses que deben habitarlo: 33.333. En el curso de varios siglos las guerras y los incendios quebrantaron el edificio muchas veces ó lo arruinaron por completo, suprimiendo una parte de su población divina; pero ésta no tardó en verse reconstituída por los bonzos, que son sus guardianes y servidores.

Junto al templo existe un taller, donde son recompuestos dioses y diosas todos los días. Trabajan en él unos imagineros, que recuerdan por su aspecto y sus gestos á los antiguos alquimistas. Algunos son extremadamente ancianos, y cuelgan de sus mandíbulas los filamentos blancos, esparcidos y lacios de una barba á la japonesa. El cráneo lo llevan oculto bajo un gorro muy ajustado y abotonado debajo de la barba, lo mismo que el becoquín del Doctor Fausto. Con grandes antiparras caladas ante sus ojos pegan á las pequeñas diosas un brazo de marfil que se ha desprendido entre los seis ú ocho que cubren su pecho, ó liman las piernas de los dioses para que no se conozcan los remiendos recién hechos en el bronce ó la madera.

Hay otra pagoda célebre en Kioto, que ocupa una colina dentro de la ciudad, y desde cuya cumbre puede abarcarse el hermoso espectáculo de sus barriadas, jardines y canales. A esta pagoda vienen en determinadas épocas numerosas peregrinas. Existe al pie de ella una fuente milagrosa, y toda mujer casada que bebe sus aguas es madre antes de un año. Algunas veces--¡caso estupendo!--el mismo prodigio se realiza en las musmés que beben su líquido, aunque vayan con peinado de soltera.

Como no hay peregrinaciones durante el invierno, encontramos solitarias las calles en declive que conducen á la cumbre donde está la pagoda. Son calles relativamente anchas, como si las hubiesen abierto en previsión de las multitudes que las llenan en ciertas fechas del año. Todas las casas están ocupadas por comercios de objetos piadosos, abundando las figurillas de porcelana vulgar.

Un mundo de personajes abigarrados, de las más diversas cataduras, se alinea en los escaparates y anaqueles de estos vendedores de imágenes. Figurones grotescos y un poco obscenos se codean con imágenes divinas y pequeñas estatuitas ecuestres del penúltimo emperador. En estas tiendas del Extremo Oriente no se sabe nunca dónde termina lo religioso y empieza lo caricaturesco, quién es dios y quién simple monigote para hacer reir á las gentes.

Subimos con lentitud por la calle orlada de tiendas. Tenemos nuestras miradas fijas en la alta y gallarda pagoda que llena la perspectiva abierta entre dos filas ascendentes de edificios. Encima de los tejados, pero más abajo del templo, vemos bosquecillos de bambúes y senderos agrestes, por donde corren riendo, con una jovialidad de niñas, varias filas de mujeres. Deben ser de las que vienen en busca de la milagrosa fuente, oculta á nuestros ojos por los grupos de vegetación.

El deseo de toda mujer japonesa perteneciente á la clase popular es pasearse con la dulce mochila de un pequeñuelo que duerme, come, ríe ó llora, sujeto á su espalda, y muchas veces hace cosas peores, aguantando la madre con cierto deleite el tibio chorrillo filial que se desliza por sus riñones. La japonesa infecunda se considera en una situación peligrosa; el marido puede repudiarla en este país de fácil divorcio, y ansía intervenciones humanas ó celestes para conocer la maternidad.

Mientras camino pensando en esto, con la vista fija en la pagoda, cada vez más próxima, empiezo á percibir un hedor intolerable. Los que vienen conmigo experimentan idéntica molestia. Miramos las tiendecitas próximas como si surgiese de ellas el nauseabundo olor. Pero nuestro olfato se va orientando, y acabamos por husmear lo que nos rodea más de cerca.

Delante de nosotros marchan varios niños y mujeres, atraídos por la curiosidad que provoca siempre en las calles del Japón provincial la presencia de un grupo de blancos. Se ha adherido también á nuestra marcha, saludándonos mudamente con una sonrisa que le hace mostrar sus dientes agudos, un mocetón casi en cueros, sin otro traje que un harapo pasado entre las musculosas piernas. Lleva en un hombro un grueso bambú y penden de él dos cubos, que se bambolean al compás de sus pasos, agitando su contenido líquido.

¡Ah, miserable!... De este caldo amarillento, en el que flotan pequeños cilindros de igual color, surge la pestilencia que va infestando la calle, sin que ningún vecino parezca sentir molestia en su olfato. Es un hortelano que acaba de vaciar una letrina todavía fresca, y lleva la hedionda materia á su huerta cercana. El abono humano es aquí más apreciado que el animal. Los chinos, maestros de los japoneses en tantas cosas, aprecian con mayor entusiasmo, si es posible, esta materia fecundante.

Hacemos alto para que el compañero nos abandone. Todavía insiste en acompañarnos, y se detiene con sus dos inmundos cubos; pero tales gritos y ademanes empleamos en nuestra protesta, que al fin se marcha, siempre sonriendo. Quedamos en la duda de si sonríe ahora de lástima, despreciándonos por nuestras absurdas preocupaciones.

Y sin embargo, este pueblo ama las flores como ninguno, y aunque es de espíritu estrechamente positivista, sorprende de pronto con las más poéticas invenciones.

Encuentro en todos los hoteles numerosos carteles impresos con caracteres del país, los cuales contienen, según me dicen, máximas morales, consejos prácticos y sanos para la vida. En algunos de dichos establecimientos me atrajo por su dibujo primaveral uno de los tales anuncios representando un árbol con las ramas cargadas de flores y revoloteando en torno enjambres de pájaros. Aquí vuelvo á encontrar este paisaje misterioso, pero con una explicación al pie.

El Gran Hotel de Kioto tiene sus pisos bajos ocupados por tiendas que exhiben los mejores productos de las ricas industrias de la ciudad: kimonos de maravillosos colores, telas bordadas con faunas y floras fantásticas, obras de orfebrería y de esmalte. Los directores del establecimiento son los únicos que van vestidos á la europea. Todo el personal lleva trajes japoneses. En los salones hay grupos de hombres con kimono negro de seda, que parecen sacerdotes, y se abalanzan sobre todo el que entra para ofrecerle sus tarjetas. Son los corredores y enviados de las grandes tiendas de Kioto, que ascienden á centenares.

En uno de estos salones encuentro el cartel primaveral con su inscripción japonesa, pero el director del hotel ha agregado la traducción en inglés...

Son versos, un fragmento de poema. Y este cartel de flores y pájaros, que figura en todos los hoteles importantes del Japón, dice así, según la versión inglesa, que yo transcribo á mi modo:

Un hotel es un ciruelo cargado de ricos frutos; ruiseñores son los huéspedes cobijados en sus ramas. (_Balada de la hotelería japonesa_)

Parece que los grandes hoteleros del Japón, al celebrar una de sus reuniones en Tokío, acordaron, entre otros medios de propaganda, encargar á un gran poeta nacional una balada sobre las excelencias de los hoteles en el Imperio del Sol Naciente. Esto es algo extraordinario: hay que reconocerlo. A ningún hotelero de Europa ni de América se le ha ocurrido jamás nada semejante.

Debo advertir que la industria de la hotelería á estilo moderno sólo existe aquí desde hace pocos años. Todavía, en las provincias muy interiores del Japón, los dueños de las hospederías reciben al viajero como los hidalgos de otros tiempos daban albergue al peregrino, por seguir las tradiciones. No hay precio fijo, y el posadero se indignaría si le hablasen de retribución.

Cuando el pasajero se marcha, entrega de un modo disimulado á la esposa ó la doméstica más respetable la cantidad que le parece oportuna, añadiendo, después de este regalo discreto, que guardará eterna gratitud por tan benévola acogida.

Los hoteleros japoneses á la moderna, que se educaron en el extranjero y copian las costumbres de los occidentales, han querido dar á sus «Palaces» de varios pisos una originalidad tradicional y patriótica, y para ello nada les pareció mejor que buscar la colaboración de un poeta.

Además, estos nipones vestidos de levita que dirigen en su país la vida de los modernos «ciruelos» son tal vez más psicólogos que los gerentes de los «Palaces» de Europa y América, los cuales tratan á sus clientes con la altivez y el alejamiento de un monarca.

¿Quién puede discutir y regatear su cuenta después que lo han comparado con un ruiseñor?...

XXIII

LOS «KOKOS» DE NARA

Las plantaciones de té.--El dios que viajaba montado en un ciervo.--Los venados del Parque Sagrado.--Las linternas seculares de Nara.--El caballito blanco de ojos azules y rojos.--Los peces del lago santo.--El pan de Año Nuevo y su peligroso amasijo.--Trenes nevados y hombres semidesnudos.--Los dos Japones.--Ya tiran contra el nieto de los dioses.

Entre Kioto y Nara vemos los primeros campos de té. Este arbusto, de un metro escasamente de altura, lo plantan en filas y tiene la copa redonda como un naranjo enano. En primavera los agricultores colocan toldos sobre las plantas, para defenderlas de los vendavales que soplan sobre el archipiélago. Además, todas las plantaciones tienen orlas de bambúes, que las abrigan de las inclemencias atmosféricas.

Pasamos ante el pueblo de Uji, que es el principal mercado de té en el Japón. Aquí se hacen las grandes compras de esta hierba que produce la bebida nacional. El té japonés, consumido enteramente en el país, es más fuerte que el chino, de un sabor áspero y silvestre. El de Uji ejerce tal influencia sobre el sistema nervioso, que, según cuentan, quien toma dos tazas de él no puede dormir en toda la noche.

Los pueblos que vemos desde el tren ofrecen un aspecto alegre con motivo del año nuevo, cuyas fiestas duran varios días. Todas las poblaciones tienen banderolas y faroles de papel en sus bocacalles. Las fajas de tela están adornadas con rótulos japoneses que no podemos entender. Pero los caracteres del alfabeto nipón con sus misteriosas y complicadas formas, representan un valioso elemento decorativo. Hay letras que parecen monigotes gesticulantes, otras semejan paisajes ó bestias monstruosas. Los _muskos_, libres de la escuela en estos días, pueblan la atmósfera con una fauna de cometas en forma de dragones, que ondean sobre el azul celeste sus rabos de papel.

Nara es la ciudad más antigua del Japón, la primera que habitaron los Mikados en una época casi fabulosa, cuando mantenían trato frecuente con sus abuelos los dioses y la historia del país era un relato mitológico en el que se mezclaban héroes y divinidades.

Uno de los personajes de la mitología japonesa vino á Nara montado en un gran ciervo, y desde entonces la ciudad mira con simpatía á los animales de esta especie. El Parque Sagrado de Nara tiene siempre una población de venados, que se renueva hace más de mil años, sin cambiar de sitio. En la actualidad son unos setecientos los que trotan por sus senderos confiadamente, saliendo al encuentro de los transeuntes, para toparles con un testuz suave, si no les ofrecen algo de comer.

Como todas las ciudades que viven de la afluencia de peregrinos, Nara es una aglomeración de posadas, figones y pequeños comercios de objetos piadosos y «recuerdos» del país. Atravesamos en _koruma_ la calle principal, compuesta por entero de tiendas de esta especie, y vamos directamente al famoso parque.

Sus árboles centenarios no son más grandes que los de Niko. Tampoco tiene los abundantes arroyos que canturrean junto á los mausoleos de los dos Shogunes. Pero las colinas de Nara son muy húmedas, en las oquedades que existen entre ellas se abren las copas azules de varios lagos pequeños y el musgo esparce su verde capa sobre la piedra, lo mismo que en la Montaña Sagrada. Los matorrales son más espesos y altos que en Niko, y los venados que pueblan la selva de Nara saltan de pronto en medio del camino, con gran estrépito de ramaje que se doblega ó se quiebra.

A estos venados que recuerdan la cabalgadura del dios viajero les dan en el país el nombre de _kokos_. Tal vez esta palabra fué empleada por su eufonía, que atrae á los animales, haciéndolos acudir indefectiblemente á tal llamamiento.

Apenas entramos en el parque, empiezan á correr junto á las _korumas_ varias _musmés_ graciosas, con kimonos á rayas amarillas y negras, y una faja de lazo enorme sobre los riñones. Todas llevan una cestita con galletas de salvado y melaza, agujereadas en su centro y unidas á docenas por un hilo que atraviesa los orificios. Es el manjar predilecto de los ciervos.

Los jayanes de mangas largas y piernas al aire que tiran de nuestros carruajitos están previamente de acuerdo con las vendedoras, y nos explican la costumbre tradicional de dedicar un obsequio á los descendientes de la cabalgadura del dios. Apenas quedan hechas las primeras compras, _korumayas_ y _musmés_ gritan con voz suave y acariciante:

--¡Koko!... ¡Koko!...

Y los _kokos_ empiezan á surgir de todas partes, con la abundancia de una invasión de hormigas.

Son animales de aspecto dulce, pelo blanco y rojo, ojos húmedos y patas ligeras, de elegante trote. Sólo los más jóvenes conservan sus cuernos. Los de algunos años llevan la cabeza completamente mocha con dos muñones duros que revelan á flor de piel el lugar ocupado por las antiguas astas.

Todos los años, en la fiesta del dios viajero, los guardianes del parque atraen engañosamente á los venados de buena astamenta y se la cortan, para fabricar con su materia objetos piadosos, que los bonzos de Nara envían á las ricas familias de las principales ciudades del Japón.

Ninguno de los _kokos_ muestra timidez. Se aproximan con una confianza que data de siglos, seguros de que el hombre que llega no les hará daño y trae para sus mandíbulas ansiosas el más grato de los alimentos. Si un perro se desliza en este lugar vedado, hombres y mujeres lo persiguen, para que no asuste á las dulces bestias, verdaderas dueñas del parque.

Marchan contoneándose al lado de las ruedas de las _korumas_. Cuando el visitante continúa su paseo á pie, lo escoltan estirando el cuello y pasan sobre su pecho el babeante hocico. Huelen el paquete que lleva en las manos, pero no osan morderlo. Esperan, con una cortesía que puede llamarse japonesa, á que les ofrezcan una galleta suelta, y la toman gravemente, haciendo reverencias con el testuz. Los más viejos, al alejarse en busca de la generosidad de otros visitantes, muestran dos almohadillas blancas, de pelo rizado y fino, en torno al arranque de su cola.

Después del almuerzo en el Gran Hotel de Nara, hermoso edificio moderno, á orillas de un lago, presenciamos la reunión de todos los venados del parque. Es un acto que se reserva para días de gran concurrencia de viajeros ó cuando, siendo pocos, pueden éstos pagar á los empleados forestales por su trabajo extraordinario.

Un japonés de chaqueta azul, con un crisantemo blanco en la espalda, hace sonar su trompeta en las desiertas avenidas. Oímos su diana marcial alejándose por las tortuosidades y recovecos de la arboleda. Otros hombres gritan con modulaciones especiales para atraer á los _kokos_. Todos los que hemos costeado el espectáculo nos sentamos en un gran claro del parque.

Se va aproximando la trompeta, y vemos cómo surgen á la vez en un frente de medio kilómetro numerosos «chorros» de venados. Hay que emplear esta palabra, porque la invasión animal tiene el mismo ímpetu múltiple y diverso de las aguas de una inundación colándose en desorden por todos los vacíos que encuentran. Setecientos venados llegan casi á la vez á esta plaza de la selva, precediendo ó siguiendo al hombre de la trompeta y sus acólitos.

El suelo se cubre de un oleaje incesante de pelos rojos y blancos, sobre el cual se alzan centenares de cabezas, unas cornudas, otras con pétreas excrecencias. Suena un ruido suave como de agua corriente. Son los miles de patitas que, al moverse, hacen chirriar la arenilla del escampado.

Las _musmés_ venden enteras sus cestas de galletas y van en busca de otras. Muchos espectadores de esta asamblea animal descienden á la extensa plaza ocupada por los venados, y avanzan en el mar de hocicos suplicantes, de bocas abiertas, deslizando un dulce redondel en cada una de ellas como si echasen cartas á un buzón. Los más audaces, mientras rumian el regalo, marchan detrás del generoso dispensador de tales golosinas y le topan continuamente en la espalda para que se vuelva y repita el obsequio.

Otro atractivo célebre de Nara, después de los ciervos sagrados, son las linternas ó _toros_. En las diversas colinas del parque, rematadas por pagodas budistas y sintoístas, los caminos están orlados con dobles ó triples hileras de linternas de granito sobre torreones de la misma piedra.

Estas pagoditas de luz tienen á veces tres y cuatro siglos de existencia. Las familias ricas del Japón hacían construir en otro tiempo un _toro_ en el Parque de Nara para honrar á sus Ascendientes, y venían á verlo el día de la fiesta de las linternas. Una vez por año los 3.000 ó 4.000 _toros_ que existen bajo las arboledas de Nara se iluminan durante una noche, y hasta de las poblaciones más lejanas vienen gentes para presenciar este espectáculo tradicional.

Los miles de capillitas de piedra tienen en la citada noche alumbrado su interior por una lámpara ó un cirio. Son luces suaves, vagorosas, luces «del otro mundo», como las de los cuentos fantásticos, y los resplandores vacilantes dentro de su jaula de granito dan una vida sobrenatural á la selva obscura y dormida. Admiramos el musgo que cubre la piedra vieja de muchos de los _toros_. En Nara crece tan abundante y vigoroso este paño vegetal, que cuelga en forma de borlas verdes de los aleros de las linternas.

Presenciamos en una de las pagodas la danza de las bailarinas sagradas del sintoísmo, dos jovencitas que ejercen su profesión con menos gravedad que la sacerdotisa cincuentona de Niko, y ríen mientras bailan, mirando á los visitantes blancos. Su vestimenta y adornos son también menos austeros. Sobre la frente llevan una visera en forma de tejadillo. Pendientes de ella hay varios tubitos de metal, que se entrechocan sonoramente con los movimientos de la danza. Encima han colocado un manojo de claveles. El resto de su traje, aunque es blanco y rojo, como el de la boncesa de Niko, revela en sus adornos una coquetería profana, un deseo de recordar á los fieles que la oficiante es una mujer.

En un pequeño establo cerca de una pagoda vemos un caballito blanco, absolutamente blanco, con las pupilas azules y las córneas rojas. Es una bestia sagrada, mantenida por los bonzos. El dios del templo inmediato llegó á Nara montado en un caballo blanco, y los sacerdotes procuran tener un animal de la misma especie siempre preparado, por si se le ocurre de pronto á su divino señor volverse á las tierras de donde vino hace siglos.

El Parque Sagrado tiene una variada fauna de carácter religioso. Además de sus centenares de _kokos_ descendientes del gran siervo tradicional y del caballito blanco, al que obsequian los visitantes con galletas y terrones de azúcar, existe un lago abundante en peces rojos y dorados, que son igualmente bestias sagradas. Después de tantos años de respeto y generosa nutrición, estos peces han crecido hasta obtener dimensiones monstruosas.

Junto á dicho lago, los habitantes de Nara establecen un mercado de flores y árboles, donde se puede apreciar la habilidad de los japoneses como jardineros de exportación. Yo he visto vender en él naranjos enormes cubiertos de frutos, con las raíces tan hábilmente empaquetadas, que no había mas que subirlos á un carro ó un vagón para replantarlos á muchas leguas de distancia, sin ningún riesgo para su salud vegetal.

Bajo de mi _koruma_ en las afueras de Nara, para visitar la forja de un fabricante de sables y puñales á estilo antiguo. Mientras regateo una daga con funda de bambú, cuyo filo es tan sutil que puede cortar los blanduchos papeles de arroz, me fijo en la casa inmediata, dentro de la cual varios hombres gritan y se mueven como si estuviesen realizando un esfuerzo penoso.

Al verlos de más cerca, oigo las risotadas con que alegran su pesado trabajo. Todos ellos sudan y gesticulan, dando furiosas palmadas sobre una masa blanca. Están fabricando el pan de Año Nuevo, ceremonia tradicional que se repite durante varios días del primer mes.

Van ligeros de ropa, para trabajar con más soltura, pero llevan ceñido á las sienes un estrecho pañuelo rojo, con dos puntas colgantes, parecido al tocado de los aragoneses. Cinco de ellos dan palmadas á la pasta, entonando una melopea ruidosa, y el sexto levanta con ambas manos un mazo de madera pesadísimo y lo deja caer sobre el amasijo.