La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3
Part 20
Cuando despierto, cerca de Kioto, veo la llanura dividida en campos de arroz, pequeños y bien trabajados. El agua encharcada parece reir bajo el sol con sus estremecimientos luminosos. Más allá, los campos son de hortalizas, pero siempre en reducidas parcelas, alineadas y cuidadas como un jardín. Es una agricultura meticulosa que puede llamarse de miniatura. Se abren en el horizonte las copas azules de varios lagos entre colinas cubiertas de bosquecillos. Todo es pequeño, gracioso, frágil, y sin embargo, revela una observación de siglos, una voluntad tenaz, para conseguir que el suelo dé los mayores rendimientos.
Visitamos las grandes pagodas en nuestras primeras correrías por Kioto.
Esta ciudad es la capital del budismo en el Japón, y tal vez ninguna del Extremo Oriente siente como ella la influencia de dicho culto religioso. Debo añadir que las doctrinas del dulce Gautama fueron modificadas por los bonzos, desfigurándose hasta el punto de no guardar mas que un ligero recuerdo de sus principios originales.
Dentro de Kioto existen muchísimas sectas del budismo, pero esto no impide que los intérpretes y comentadores más importantes de la teología budista vivan aquí. Hubo una época en que llegó á tener 3.893 templos y santuarios dedicados al citado culto. El número actual tal vez sea inferior en muy poco. A esto hay que añadir 2.500 templos y santuarios del culto sintoísta. Con razón los japoneses han llamado siempre á esta ciudad Kioto la Santa.
Visitamos en las primeras horas de la mañana la más grande de las pagodas, que es como una catedral del budismo. Cuando San Francisco Javier visitó Kioto ya existía este templo. En realidad, es una agrupación de diversas pagodas dentro de una cerca común, pero separadas por vastísimos patios enlosados de granito.
Los edificios, todos de madera, tienen piezas gigantescas de carpintería como las que se empleaban para la construcción de los antiguos navíos. Las techumbres presentan también la robustez y las dimensiones de grandes barcos puestos con la quilla en alto, cuya parte interior ha sido dorada y trabajada por pacientes artistas durante siglos. Troncos de árboles enormes sirven de columnas para sostener estas techumbres, altísimas y monumentales si se las compara con la ligereza y la pequeñez graciosa de otras construcciones del país.
Todo fué cubierto de lacas y de oro, pero la pátina de los edificios religiosos encerrados en una ciudad y que se ven visitados diariamente por muchedumbres ha obscurecido el esplendor de dichas pagodas. Guardan todas ellas un aire de majestuosa vejez. Detrás del estuco se presiente la madera carcomida. Algunas pilastras redondas tienen herido su revoque y muestran por las desconchaduras el armazón hueco de su interior, formado con duelas y aros, como un tonel.
En una galería cubierta que une á dos de las pagodas me muestran cuatro cables enrollados y negros, mucho más grandes que los que se ven en los puertos. Son como boas de los tiempos prehistóricos, más allá de las proporciones de los reptiles actuales. Luego, un bonzo me explica con cierta vanidad la naturaleza y origen de estos cuatro cilindros. Sirvieron para subir á lo alto de la techumbre de la gran pagoda los maderos más pesados, y están tejidos los cuatro con pelos de mujer.
Examino los rollos enormes y reconozco que únicamente el pelo de las japonesas, duro, áspero y muy grueso, puede haber producido estas maromas irrompibles, cayo diámetro casi es igual al de una pierna de atleta. Cada uno de los cables tiene cien metros de longitud, lo que desorienta y asombra al calcular cuántos miles y miles de mujeres devotas necesitaron cortarse la cabellera para contribuir á esta obra.
Penetramos en el más importante de los santuarios de la gran pagoda. He leído muchos estudios sobre las semejanzas entre las ceremonias del budismo y las del culto católico, pero cuando las cosas se conocen de cerca, con una visión directa, dan la impresión de lo inesperado y de lo nuevo, por más que antes nos lo hayan hecho conocer los libros.
Creo estar asistiendo á una misa cantada en un templo católico de España ó de Italia, en las primeras horas matinales, cuando una parte de la asistencia está compuesta de mujeres que vuelven del mercado. Veo numerosas japonesas sentadas en el suelo y guardando cerca de ellas el cesto de comestibles repleto de compras recientes. Rezan todas ellas en voz baja, y para mí sus palabras ininteligibles suenan siempre lo mismo: «_la-la... la-la_».
Al otro lado de una verja, rodeando el altar mayor, en el que está Buda con un lirio en la mano, veo dos filas de bonzos que cantan sus oficios. Están colocados de un modo ritual, que me recuerda las grandes misas del domingo presenciadas en mi niñez. Estos cánticos budistas tienen un ritmo y unas modulaciones que no causan extrañeza al oído. Son música conocida. Recuerdan los que hemos escuchado en Occidente, como los plagios musicales resucitan la existencia de la obra original, aunque la tengamos olvidada.
A un lado del altar están los oficiantes, tres bonzos vestidos de blanco, llevando sobre los hombros un pedazo de tela dorada con rosas multicolores, igual, absolutamente igual en su tejido á las capas litúrgicas de los sacerdotes católicos. La única diferencia es de confección. En Occidente, estas telas son cortadas y cosidas para formar con ellas vestiduras de un tipo ritual, mientras que los bonzos las colocan sobre sus hombros sin modificarlas, tal como las adquieren, recién salidas de los famosos telares de Kioto.
Vuelvo á notar, como en Niko, una semejanza física entre algunos de estos bonzos y muchos sacerdotes europeos. Los hay de pura raza japonesa, con una fealdad asiática, y son los más. Pero otros de nariz aguileña, grandes anteojos y cierta gordura fresca, pálida y lustrosa, de varón que lleva una vida sedentaria y se mantiene á cubierto de la intemperie, recuerdan á muchos clérigos españoles, franceses é italianos. Debo añadir que esta misma semejanza la he encontrado entre los bracmanes de la India, como si la identidad de las funciones crease con el curso de los siglos un tipo sacerdotal común á toda la tierra.
Mientras cantan los bonzos sus oficios, contemplo los adornos de esta pagoda majestuosa. En las cornisas hay figuras humanas multicolores, de hermosas y sonrosadas carnes, tañendo diversos instrumentos de música. Son los «tomines», ángeles del budismo, también de rara semejanza con los ángeles de la religión católica, llevando las mismas alas é iguales rostros afeminados; pero los del budismo son menos ambiguos y tienen francamente formas de mujer.
Algo se mueve en lo alto, entre las tallas é imágenes. Mi vista se acostumbra á la semiobscuridad de las naves, y distingo numerosos ojos que brillan como pequeños diamantes. Luego unas envolturas de pelo obscuro avanzan con ligero trotecillo por los salientes arquitectónicos. Legiones de ratas habitan estos navíos sagrados, y salen de sus escondrijos atraídas sin duda por el olor de los comestibles que llevan en sus cestos las devotas comadres y por los cánticos de los bonzos que están en el coro.
Veo que el oficiante principal se halla ahora derecho ante el altar, de espaldas á los fieles, con las dos manos al nivel de su cabeza, gesto idéntico á otro que he presenciado muchas veces. Luego se vuelve de frente á los devotos y agita las manos como si los bendijese, mientras susurra palabras ininteligibles.
Me marcho. No quiero ver más un espectáculo que carece para mí del atractivo de la novedad. ¡Las sorpresas del Asia!... Indudablemente estos bonzos han copiado de los misioneros sus gestos litúrgicos. Luego pienso que su religión es seis siglos más antigua que el cristianismo, y cuando llegó aquí San Francisco Javier ya tenían cerca de dos mil años las ceremonias que acabo de presenciar.
En los patios del templo vuelan grandes bandas de palomas. A veces cubren espacios enormes con una capa movediza de plumas y arrullos. Luego, al elevarse asustadas por una presencia extraordinaria, blanquean todo un alero, obscuro y carcomido, de estas pagodas vetustas.
Kioto es una de las poblaciones más grandes del Japón, pero se mantiene al margen de la reforma occidental, iniciada hace medio siglo. En ella los inventos modernos no hacen mas que deslizarse. Los hijos del país los emplean si les son útiles, pero siguen fieles á la tradición.
Esta ciudad, que es la más japonesa de todas, sirve de refugio á las viejas artes. Aquí viven en pequeños talleres de familia los pintores, bordadores, tejedores y orfebres más célebres. Cuando las otras poblaciones necesitan un objeto precioso que simbolize el arte del país, lo encargan á Kioto.
Algunas calles están atravesadas por canales, en los que navegan barcazas de comercio, y sobre cuya superficie se elevan puentes desmesuradamente arqueados. En los almacenes, los vendedores van todos con kimono negro. Una cortesía para el comprador, como si los tenderos de Occidente fuesen todos vestidos de frac.
En sus vías, mejor empedradas que las de otras ciudades japonesas, apenas se ven extranjeros. Todos los transeuntes van vestidos con arreglo á la tradición. El europeo se siente abandonado al circular por Kioto, como si estuviese á una distancia infinita de su mundo. Al mismo tiempo se da cuenta de su inferioridad con relación á los que pasan junto á él. Todos le sonríen por cortesía, pero indudablemente se creen superiores.
Un animal nos hace ver de pronto la magnitud de nuestro aislamiento y la extrañeza que despierta nuestra presencia, marchando á pie por unas calles frecuentadas sólo por japoneses. No abundan los perros en la ciudad, pero cerca de un puente nos cruzamos con uno de pelo rojo y grandes colmillos. Voy en compañía de una señora, y ninguno de los dos nos hemos fijado en este animal. Él, al vernos, atraviesa la calle, enfurecido por una rabia agresiva, y pretende mordernos. Algunos transeuntes se interponen cortésmente y lo alejan. Luego sonríen, explicando su cólera. No está acostumbrado á los occidentales, y su presencia le inspira una xenofobia acometedora. En Kioto la Santa, los extranjeros van siempre en automóviles ó en _korumas_. Muy pocos marchan á pie.
Cae la noche y nos extraviamos en unas calles que empiezan á cubrirse de guirnaldas de luces, y sobre cuyos edificios, dorados y esculpidos, aletean enormes banderas.
Todos ellos están destinados al público. Son teatros, cinematógrafos, casas de té ó de danzas. En algunos vemos sobre la fachada una fila de grandes fotografías de muchachas. Nos hemos metido sin saberlo en el Yosywara de Kioto.
A cada momento va engrosando la concurrencia en las calles. Todos, al abandonar su trabajo, vienen á este barrio de diversión, donde permanecerán hasta media noche. Sólo vemos japoneses. Nos miran con curiosidad hostil ó con extrañeza.
Esta extrañeza no es por el carácter especial del barrio. Se encuentran en él muchas familias respetables que van á los teatros. Ya dije lo que es el Yosywara para los japoneses. La extrañeza la muestran por el hecho de vernos á pie confundidos con las gentes del país. El extranjero es en Kioto un transeunte que sólo se muestra en lo alto de un vehículo y únicamente pone sus pies en tierra ante los monumentos interesantes.
Oímos guitarreos y dulces quejidos que salen de las casas de las _geishas_. Las fachadas de los teatros ostentan cuadros enormes, iguales á los que figuran en los cinematógrafos, y en estos lienzos veo pintadas las escenas más interesantes del drama que se está representando dentro. Casi siempre es una sucesión de hazañas realizadas por un mancebo japonés vestido á la moderna, como un _cow-boy_, pero con más valor y astucia que los cuarenta y siete samurais juntos. Se le ve batiéndose, puñal en mano, con dos docenas de asesinos y poniendo en fuga á los que no mata; deteniendo un caballo desbocado con solo una mano; asaltando un tren; destapando un volcán dormido.
A esta hora del anochecer, cada uno de dichos dramas debe estar ya en el acto treinta ó cuarenta, pues su representación empezó poco después de la salida del sol. Pero esto no impide que entren nuevos espectadores y busquen asiento junto á los que han almorzado y comido sin moverse, y se disponen ahora á cenar, siguiendo con incansable atención las aventuras del héroe.
Sobre cada teatro hay banderas, más grandes á veces que la fachada del edificio, con rótulos en caracteres japoneses que extasían á muchos transeuntes. Aquí, cada actor célebre tiene banderas propias con su nombre y sus armas, colocándolas á la puerta del teatro para que sus admiradores no sufran equivocación. Y como cada uno cree ser el primero, procura que su bandera guarde relación con su importancia, llegando á dimensiones inverosímiles estas telas multicolores, que en días de viento representan un peligro para la solidez de los frontones que las sostienen.
Las actrices inspiran más entusiasmo aún que los actores. Pero el lector sabe que en el Japón los papeles femeninos son desempeñados por jovenzuelos. Éstos, al hacerse célebres, persisten en su trabajo, sin tener en cuenta el paso de los años; y más de una vez, la dama que conmueve con sus desventuras á los hombres, hace derramar lágrimas á las mujeres y cosquilleo á los muchachos con los primeros deseos de amor, es, en realidad, un viejo afeminado y vergonzosamente pintarrajeado. (No hay que escandalizarse por esto, pues algo semejante pasaba en Inglaterra en los tiempos de Shakespeare.) Una de estas actrices-hombres es actualmente el personaje teatral más célebre del Japón y gana 10.000 dólares todos los meses.
Empujados y mal mirados por un gentío que huele muchas veces á _saké_ y al aglomerarse en las estrechas calles se ve obligado á marchar con paso lento, empezamos á sentir cierta inquietud. Hemos abandonado imprudentemente á nuestro guía, nadie nos conoce, ignoramos la lengua del país; ¿á quién acudir si nos ocurriese algo malo?... Nos sentimos inmensamente solos entre esta muchedumbre de miles y miles de seres, sobre cuyo río de cabezas pasan músicas y se mueven banderas y faroles.
El cinematógrafo de origen americano bate al teatro japonés en el Yosywara de Kioto, como ocurre en tantos otros lugares de la tierra. Hay más salas cinematográficas que escenarios, y la gente de kimono penetra en ellas á borbotones.
En uno de dichos establecimientos atrae mi atención un cartel monumental de muchos metros cuadrados que cubre gran parte del cielo sobre el remate de la fachada. Veo pintados en él unos hombres-libélulas, de cintura sutil. Saltan como insectos, con un trapo en la mano, perseguidos por una bestia cornuda que parece lanzar fuego por sus narices. Tal vez es una escena de la prehistoria. Luego me hace recordar vagamente las corridas de toros.
Mis ojos tropiezan más abajo con un gran rótulo en japonés, y al lado, entre paréntesis, la traducción inglesa: (_Blood and Sand_). Es el _film_ de mi novela _Sangre y arena_ hecho en los Estados Unidos. Luego voy descubriendo, á los dos lados de la puerta, anuncios multicolores con escenas de la obra y retratos de los artistas.
Todos estos carteles de procedencia norteamericana han sido reformados á la japonesa, tal vez para armonizarlos con la corrida de toros fantástica que se exhibe en lo alto. A Rodolfo Valentino, protagonista de la obra, que las mujeres de los Estados Unidos llaman «el hombre más hermoso del mundo», le han acortado la nariz y subido las cejas con un pincel irreverente, para disimular su fealdad de blanco y que se aproxime á la belleza de un buen mozo japonés. Los demás artistas también han sufrido iguales transformaciones. Hasta encuentro una fotografía mía, que sólo llego á reconocer por ciertos detalles del traje, y me veo en ella con la nariz recta y corta, las cejas oblicuas y un aire feroz, semejante al de los hércules japoneses que viven de luchar en público.
No importa. Este descubrimiento me tranquiliza, y ¿por qué no decirlo? me halaga, proporcionándome una de las satisfacciones mayores de mi vida.
¡Bendito cinematógrafo! Algo representa haber nacido en una ciudad de provincia, al otro extremo del mundo, y al venir á Kioto la Santa encontrar mi retrato y mi nombre en las calles bulliciosas del Yosywara.
Además, si necesito protección, puedo buscar á un policía, aunque no me entienda. Me bastará llevarlo hasta la puerta del cinematógrafo y decirle por señas ante mi retrato de luchador japonés: «Ese soy yo».
XXII
EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES
Los palacios de Kioto.--La ceremonia de la coronación imperial.--Mezcolanzas de antiguo y moderno.--El templo de los «Treinta y tres mil trescientos treinta y tres dioses».--El taller de remiendos divinos.--La pagoda de la cumbre y su fuente milagrosa.--Lo que les ocurre á las japonesas que beben sus aguas.--El hombre de los dos cubos.--La balada de la hotelería japonesa.
Además de sus pagodas innumerables, guarda Kioto la Santa los antiguos palacios de sus emperadores. Ya hemos dicho cómo el Mikado vivió siete siglos en esta ciudad, sin mezclarse para nada en el gobierno del país, enteramente confiado á los Shogunes, é interviniendo sólo en los asuntos religiosos.
Hoy no ocupan estos palacios un espacio de quince leguas, como en otros tiempos. El ensanche de la ciudad y de los jardines públicos ha invadido una parte del antiguo dominio imperial. Pero todavía las actuales residencias del Mikado llenan un área considerable.
Son palacios faltos de muebles, que viven con un aspecto de abandono bajo la guarda de viejos empleados, y sólo ven abrirse sus salones cuando se presenta un grupo de viajeros.
Estos edificios, que inspiran al japonés un respeto histórico, únicamente recobran su antigua animación cuando muere un emperador y es coronado su heredero. La entronización se celebra siempre en Kioto, y la corte abandona momentáneamente para tal ceremonia el palacio imperial de Tokío.
Yo he visto este último desde fuera y me pareció no menos silencioso y desierto que el de Kioto, dentro de sus tres recintos. Unas avenidas anchísimas, que más bien parecen plazas enormemente prolongadas, establecen un primer aislamiento alrededor del palacio imperial, á pesar de hallarse situado éste en el centro de la vasta Tokío. La segunda zona de defensa consiste en un foso profundo lleno de agua verde, dormida en apariencia y que un canal renueva todos los días. Sobre esta cintura acuática se levanta la tercera defensa, consistente en una muralla de seis metros, hecha de grandes bloques, como un malecón fluvial ó un muelle marítimo. Al ras de esta muralla se extienden los céspedes del parque con grupos de tortuosos pinos. Sobre la arboleda asoman los remates de diversas construcciones, que tienen exteriormente un aspecto de palacios rústicos, todas con paredes blancas y altísimos techos negros de pendiente cóncava y grandes aleros. En el centro de esta ciudad imperial, siempre silenciosa é infranqueable dentro del corazón de Tokío, está el templo de Jimmuteno, primer ascendiente de la dinastía.
Al visitar el palacio viejo de Kioto se nota que los emperadores se acordaron de él cuando dirigían la construcción del palacio nuevo de Tokío. Ambos edificios tienen igual aspecto exterior; sólo se diferencian en sus medios defensivos. Los emperadores de Kioto vivían al margen de los accidentes políticos, como dioses respetados y algo olvidados, sin presentir la posibilidad de que alguien los atacase. Su antigua residencia conserva una muralla exterior de tapia y postes de madera, rematada por tejados cóncavos, y alrededor de esta muralla se desliza un canal. Pero es un canal decorativo, que se puede pasar con agua á la rodilla, y los muros únicamente son de piedra hasta medio metro de altura. Se adivina que esta débil fortificación la construyeron para advertir una vez más que la persona del emperador debe mantenerse aislada de los simples mortales. De nada podía servir en caso de ataque y de sitio.
Visito el Gran Palacio donde se celebran las coronaciones, situado en el centro de Kioto, y el Palacio de Verano, no menos grande, que se extiende en las afueras. Todos ellos tienen en torno vastos jardines públicos y numerosas pagodas, que han invadido gran parte de su antiguo solar. Estos palacios son de un solo piso y los componen varios grupos de edificios. Unos se mantienen aislados, otros están unidos por avenidas orladas de linternas y de monstruos. En estas avenidas hay varios _toris_, que equivalen á nuestros arcos triunfales.
El interior de sus salones ofrece un aspecto desolado, como si acabasen de sufrir todos ellos un saqueo. Carecen de muebles. En algunos las paredes están ricamente pintadas y doradas; pero sobre las esterillas del suelo no se ve un taburete, un cojín, un pequeño vaso de porcelana que sostenga una flor.
Y sin embargo, hay que quitarse los zapatos para visitar estos palacios abandonados. La cortesía japonesa aún tiene otra exigencia en lo que se refiere al emperador y á los altos personajes oficiales. No basta descalzarse para entrar en sus viviendas, ni dejar el sombrero en la antesala, como se hace en Occidente. Hay que desprenderse también del gabán y entrar á cuerpo en unos salones que nunca fueron calentados y por cuyos muros delgadísimos penetra fácilmente el frío. Conservar puesto el gabán cuando se pisa el umbral de un palacio japonés es irreverencia tan enorme como mantenerse con el sombrero calado.
Sólo con un esfuerzo de imaginación pueden encontrarse interesantes estos monumentos imperiales de Kioto. En realidad, parecen por su forma exterior unas lujosas y enormes caballerizas de Inglaterra. Encuentro en uno de los salones varios dibujos multicolores, hechos sobre papel de arroz, que representan la ceremonia de la coronación en nuestros tiempos.
Debe ser un espectáculo raro, por los uniformes tradicionales de los cortesanos y esas mezcolanzas de antiguo y moderno que surgen con tanta frecuencia en la vida del Japón actual. Los generales y los príncipes, que usan diariamente uniformes á la alemana, abandonan para estas fiestas palatinas su aspecto de guerreros europeos y se visten como sus ascendientes. Todos llevan corazas y cascos dorados, con cuernos y antenas, dos sables en la cintura, un carcaj en la espalda lleno de flechas y un gran arco.
Las damas de la corte van vestidas de chinas más que de japonesas. Sus trajes de ceremonia son anteriores al kimono y á los peinados de las niponas actuales. Llevan pantalones rojos, dalmáticas negras bordadas, y en la cabeza unos tocados semejantes á los gorros de cuartel... Y por en medio de esta aglomeración de cortesanos acorazados como hace cinco siglos y con armas anteriores á la invención de la pólvora, avanza el nuevo emperador llevando uniforme de general, lo mismo que un rey europeo, y sentado en una carroza dorada, adquirida en Londres, con lacayos de peluca blanca y tricornio. Tales anacronismos que tan interesante hacen el acto de la coronación son una prueba más de la mezcolanza contradictoria é incoherente que sirve de base a la actual vida japonesa.
Necesito hacer un esfuerzo para abandonar los jardines de estos palacios silenciosos y de una simplicidad majestuosa. Casi todos sus árboles son cedros retorcidos que tienen varios siglos de existencia. Al pie de ellos hay redondeles de musgo, escrupulosamente cuidado, de un diámetro igual al de sus copas.
Un grupo de mujeres pobres barre los senderos del parque y las aceras de granito en torno á los edificios de madera. Estas hembras de kimono obscuro, que reciben del intendente imperial una retribución modesta, nos enseñan, al sonreir, sus dientes cargados de oro. Ya dije que para la japonesa es motivo de vanidad poder llevar chapada de rico metal su dentadura, y hace cuanto puede por conseguirlo aunque sea á costa de sacrificios, lo mismo que una europea cuando ansía un traje ó un sombrero elegantes.