La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3
Part 2
Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra; hermosa á su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo con la inmutabilidad de los dogmas religiosos.
No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar en todas las latitudes falsas catedrales góticas ó imitaciones del Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que esclavizaron durante siglos al constructor; con sus torres gigantescas que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo.
Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York, pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La torre Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos» norteamericanos. Pero esta torre es un andamiaje metálico, algo que parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios neoyorkinos.
La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos, disciplinas y convenciones que encadenan á sus contemporáneos.
Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían de pena si los obligasen á viajar á pie, como en otros tiempos; los que ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna, nombran á Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias. Y el rebaño panurguesco de los _snobs_, para simular delicadezas estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia material.
Esta ciudad que parece construída para otra raza más grande que la humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron ser y como indudablemente no fueron nunca.
Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, á cuyo fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus edificaciones laterales, que obliga á elevar los ojos, echando atrás la cabeza con una violencia precursora del vértigo.
La imaginación se resiste en el primer instante á concebir tales construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior á la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también á ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos más obscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos ó en ciudades-cuevas.
Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca, que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fué sujetado y domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para siempre á las necesidades del hombre.
Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en esta metrópoli que muchos creen inaccesible á toda sensación de belleza. Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que parece lanzar un reto á las exigencias de la realidad y á la tranquila sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando á las estrellas ó les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que, sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima de los astros; toda una fauna y una flora de _Las mil y una noches_, nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas á la muchedumbre circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos de luz.
Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande del mundo. Ahora la ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante siglos fué trasladándose de una á otra nación, siempre dentro de Europa, ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica.
Asombra el movimiento de este centro humano, su riqueza, su actividad. La Aduana de Nueva York percibe mayores tributos que muchos gobiernos europeos de importancia. El director de su puerto, simple funcionario municipal, tiene una actuación más amplia y poderosa que la de muchos ministros de Marina.
Hablando con un individuo del Municipio de Nueva York, noté la sonrisa de conmiseración con que comentaba los trabajos enormes realizados por el gobierno americano en el canal de Panamá. El Ayuntamiento de Nueva York acomete empresas más difíciles y más costosas que el famoso canal, sin darse importancia, sin ruido de publicidad, como si emprendiese una vulgar operación de policía urbana. El lecho del Hudson, en cuyas profundas aguas anclan los buques más grandes del mundo, lo ha perforado repetidas veces para líneas férreas y tubos de «metropolitano» que ponen en comunicación á Nueva York, por debajo de este obstáculo que parecía invencible, con la orilla fronteriza, perteneciente al inmediato Estado de Nueva Jersey.
Como Nueva York ocupa una isla, tiene al otro lado un brazo de mar que la separa de Brooklyn, simple barrio, más grande que muchas capitales célebres de Europa. Para unir ambas orillas se construyó hace años el famoso puente de Brooklyn, maravilla de la industria humana, que hizo hablar al mundo entero en el momento de su inauguración.
La primera vez que estuve en Nueva York me apresuré á visitar el puente del que tanto oí hablar en mi niñez. Noté que todos lo mencionaban con indiferencia, como algo que ha sido célebre y ve luego arrebatada su fama por otras novedades.
Al pasar por él me expliqué tal frialdad. El puente de Brooklyn ya no es una maravilla única. Casi resulta una vejez en este país donde todo cambia en el curso de diez años. Vi desde su larguísima y múltiple plataforma otros puentes más audaces y más hermosos, tendiéndose como brazos férreos de una orilla á otra y dejando entrever por los filamentos de sus redes colgantes un deslizamiento continuo de trenes, tranvías, automóviles y filas de peatones, iguales por la distancia á una leve hilera de puntos.
Los llamados «rascacielos» ofrecen desde su meseta superior un espectáculo inolvidable. Los dos cursos acuáticos que se deslizan por ambos lados de la ciudad, estrechándola como un triángulo para confundirse pasado su vértice en la bahía enorme, están arados sin descanso por las quillas de innúmeras embarcaciones que se entrecruzan y se alejan. Tienen la densidad pululante de los insectos primaverales que se mueven tejiendo una tela invisible sobre la superficie de las charcas olvidadas. Los dos brazos líquidos, á causa del incesante movimiento de sus buques, ofrecen el aspecto de esas grandes avenidas en las que van y vienen sin reposo centenares de automóviles.
Varios puentes de más de un kilómetro de longitud se lanzan sobre el agua de azul grisáceo, como barras de tinta china pendientes de filamentos sutiles, para que resbale sobre su cara superior, de ribera á ribera, todo un mundo microscópico. En la bahía, limitada por costas gibosas como lomos de cachalote, la isla que sirve de zócalo á la estatua de la Libertad parece un juguete, un pisapapeles, flotando sobre las aguas.
Son docenas, son á veces más de cien, los buques de diversos calados y arboladuras que llegan de todos los puntos cardinales de la tierra ó abren el abanico de sus rumbos hacia horizontes misteriosos, detrás de cuyo telón de brumas se ocultan nuevas costas y nuevos puertos. Parece que no quede en el planeta otra tierra que ésta y el resto de la humanidad viva sobre buques, necesitando venir á descansar sus pies sobre el único fragmento de corteza sólida.
Desde tal altura los ojos abarcan kilómetros y kilómetros de superficie terrestre sin encontrar un campo, algo que recuerde la vida rústica, que es la de la mayoría de los humanos. Se ven arboledas enormes, pero son de parques, de barrios-jardines, y estas islas de verdura se hallan encerradas por el oleaje de tejados que se pierde en el horizonte y del que emergen como picos submarinos las masas cuadrangulares de los «rascacielos».
Cada uno de dichos edificios es un mundo, más grande y complicado que los mayores paquebotes. Para completar su semejanza con uno de estos cosmos flotantes, todos ellos tienen una enorme máquina de vapor destinada á las necesidades comunes de calefacción, alumbrado, etcétera, añadiendo su chimenea torrentes de humo blanco á las inmediatas nubes. Aun en días serenos, cuando el cielo es límpido y la bahía toma un color azul de Mediterráneo, existe sobre la ciudad una ligera neblina dorada por el sol: el vapor que lanzan los «rascacielos» por sus tubos de trasatlántico.
Cuando cierra la noche, los propietarios de estos edificios inmensos iluminan su terraza final ó los templetes que les sirven de remate con focos invisibles de potente luz, azulados, verdes ó rojos. La masa del edificio sube y sube en la sombra, pues transcurridas las primeras horas de la noche quedan cerradas sus filas de ventanas. Pero allá en lo alto, cual islas quiméricas que flotasen sobre las tinieblas del sueño, ve el transeunte los remates luminosos de las torres. Como guardan ocultos sus focos eléctricos, parecen bañados por una manga luminosa, de trayectoria invisible, que viene de un sol oculto en la noche, más allá de nuestras pobres miradas.
Muge por última vez el _Franconia_, anunciando que va á partir. La orquesta es cada vez más incoherente y estrepitosa en sus ritmos danzantes. Cantan á gritos los músicos, pareciéndoles poco los instrumentos para su ruidosa función. La muchedumbre saluda con aclamaciones los movimientos preliminares de la partida del buque.
Ya han sido retiradas las pasarelas que lo unían á los tres pisos del embarcadero de la Cunard.
Sus primeros movimientos estiran y rompen la telaraña de cintas que ha ido tejiéndose en el espacio libre. Empiezan á flotar en el agua muerta grandes bolas de papeles de colores. Se agitan brazos, pañuelos y banderas. Cada vez es más ancha la faja líquida entre la pared inmóvil del edificio y la pared metálica del vapor, que al moverse despierta al agua, haciéndola huir por sus costados.
El _Franconia_ inicia su marcha retrocediendo. Resbala lentamente por la popa, fuera del corral acuático. Quiere salir al Hudson, donde virará, poniendo su proa hacia mares más azules, hacia cielos limpios de la neblina que esfuma en estos momentos las altas torres de Nueva York, dándolas un aspecto de recortes de papel gris sobre un fondo de otro gris más pálido.
Corre la muchedumbre hacia los balconajes terminales del embarcadero que avanzan sobre las aguas libres. Allí son los últimos saludos, los mayores alaridos de despedida, las agitaciones más epilépticas de brazos, sombreros y lienzos de colores. Saludan la popa del navío que se desliza junto á ellos; después la estructura central de este pueblo flotante; últimamente, la proa que se aleja, se detiene poco después, como si reflexionase, y acaba por ladearse, recobrando su verdadero funcionamiento, que es el de avanzar partiendo las aguas.
«¡Adiós los que vais á dar la vuelta á la tierra!», parece gritar con su confuso vocerío la muchedumbre que llena los balconajes inmóviles. Dentro del buque todas las barandas de las cubiertas están orladas de gente. Hasta los tripulantes y la numerosa servidumbre se asoma á las barandillas para presenciar esta despedida.
La música continúa sonando, con una cadencia que incita á mover los pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?...
Porque es indudable que alguno de nosotros va á quedar en el camino. No se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de fiebre y la inadaptación á tan diversas temperaturas, sin que alguien caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima.
La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los Bancos, las oficinas célebres.
Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una casita rústica, al pie de los palacios-montañas.
¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más allá de las ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico sucede al egoísmo brutal, así como la triunfante verdad reemplaza al testarudo error!
¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad luminosa!
¡Adiós, Nueva York, que venciste á la noche!
III
MI CASA ERRANTE
Un vapor sin polvo de carbón.--Desde la quilla á la última cubierta.--La piscina del «Franconia».--Las mujeres de la tripulación.--Mi celda blanca.--Preparándome, como un actor, á cambiar de traje.--Lo que comieron Magallanes y sus compañeros, y lo que comemos nosotros.
Dedico mis primeros días de navegación á conocer, hasta en sus últimos recovecos, la casa errante que debo habitar durante algunos meses.
La mueven dos turbinas que dan noventa revoluciones por minuto. Su marcha es cuando menos de 18 millas. Su casco, que representa 20.000 toneladas de desplazamiento, se hunde en el mar nueve metros y se eleva sobre la superficie acuática trece: la altura de una casa de varios pisos.
A pesar de su importancia náutica y de su gran velocidad, sólo tiene una chimenea, y ésta permanece con la enorme boca limpia de vapores la mayor parte de la jornada. Las máquinas del _Franconia_ no conocen el carbón. El combustible de este buque nuevo es el petróleo bruto, llamado _mazout_. Su marcha sólo va seguida excepcionalmente por un denso penacho de humo. Durante horas y horas avanza por el espacio eternamente virginal de los océanos, sin ensuciar el azul cristalino del cielo y el azul compacto de las aguas. Un leve tul rojizo se escapa ligeramente por un borde de su chimenea, una voluta de humo químico, transparente como una blonda, que se disuelve en el espacio á los pocos metros.
Tiene la marcha regular y continua de los organismos alimentados mecánicamente. No hay altibajos ni vacilaciones en su avance; no depende de fogoneros que, encorvados ante sus rojas entrañas, aflojen el paleo alimentador durante las tempestades ó los grandes calores. Las calderas se nutren por espita y no por brazo; el chorro líquido las mantiene, no el golpe de pala. Y este gran progreso de la mecánica naval ha tardado mucho en ser admitido, como todos los adelantos, y aún encuentra resistencias tradicionales. Ha sido preciso que lo adoptase la marina militar, por exigencias de la última guerra, para que los dueños de las flotas de comercio reconociesen las ventajas del petróleo como alimento de la máquina naval.
Este buque hace acopio de combustible con una simple manga, igual á las de riego, en el transcurso de pocas horas, en medio de un silencio absoluto, sin necesitar los rosarios de esclavos de los puertos, tiznados y gritones, que juran al ir y venir entre la ribera y el vapor con la espuerta de carbón al hombro, ensucian el buque, obligan en los países cálidos á tener cerrados los ventanos para que no entre el polvo de la hulla, y turban el sueño ó la tranquilidad de los pasajeros.
Seis veces vamos á llenar los depósitos de petróleo durante nuestra vuelta á la tierra: en San Francisco, Honolulu, Hong-Kong, Colombo, Bombay y Gibraltar. Estos depósitos contienen 3.000 toneladas de petróleo, ¡Qué hoguera inmensa en la soledad oceánica! ¡Qué llamarada de volcán, si llegara á inflamarse el lago diabólico, negro y dormido, que llevamos debajo de nuestros pies!...
Gracias á este combustible, las máquinas se mantienen en una limpieza escrupulosa, igual á la de los salones del buque. El metal brilla en ellas con la blanca transparencia de la plata, sin el menor rastro de hollín. Durante el viaje desciendo varias veces á lo más hondo de la maquinaria, desde la cubierta superior á la quilla, unos veintidós metros, por escaleras de acero. Voy vestido de blanco, con el ligero traje que imponen las altas temperaturas del Trópico, y salgo sin una mancha de estas cavernas de la mecánica, que en otros buques chorrean grasa y por más que se extreme en ellas la limpieza tienen siempre un pegajoso empañamiento de polvo de carbón.
Aquí basta un muchacho con un alambre rematado por una estopa ardiente, para poner en actividad calderas enormes. Introduce por un agujero este aparato rudimentario, igual al que se emplea para encender los faroles de gas, da vuelta á una espita, é inmediatamente arde el chorro petrolífero, provocando con rapidez la presión tubular.
La velocidad regulada, continua, siempre igual, motiva grandes equivocaciones en el curso del viaje. Pero tales errores resultan agradables, pues son por exceso, no por defecto. Siempre llegamos á los puertos varias horas antes de la hora anunciada. En las travesías largas ganamos un día y hasta dos sobre la fecha fijada de antemano.
Como el _Franconia_ no fué construído con una finalidad comercial y sus ingenieros sólo tuvieron que preocuparse de las comodidades necesarias en un viaje alrededor del mundo, carece de las enormes y obscuras bodegas que absorben la mayor parte de los cascos flotantes. Hay salones, dormitorios y numerosas dependencias para el bienestar general más abajo de la línea de flotación, en los mismos lugares que permanecen abarrotados por las cosas y son inaccesibles á las personas en otros buques. Por esto el _Franconia_, con sus 20.000 toneladas, parece más grande que muchos vapores de superior desplazamiento.
Yo he llegado pocos días antes á Nueva York en el _Mauritania_, uno de los tranvías gigantescos del mar que trasladan á las gentes continuamente de una acera á otra, en la gran calle del Atlántico. Su tonelaje casi es doble que el del _Franconia_ y el número de sus pasajeros enormemente superior. Y sin embargo, las gentes se encontraban en él con más facilidad. En este buque que va á dar la vuelta al mundo, los trescientos excursionistas nos buscamos á veces horas enteras sin tropezarnos.
Desde la quilla á la última cubierta todo ha sido aprovechado para el viajero. Exceptuando el espacio que ocupan las máquinas y los almacenes de víveres, el resto del vaso flotante es para las personas.
En lo más profundo de la nave, é iluminado noche y día por lámparas encerradas en tazones de alabastro, están el gimnasio, con sus aparatos complicados y sus corceles y camellos de madera que trotan al impulso de fuerzas eléctricas; los salones de paredes blancas, que parecen de porcelana, donde señoritas y caballeros juegan á la pelota ó se entregan á otros deportes modernos, y la famosa piscina, una piscina pompeyana de varios metros de profundidad, en la que pueden bracear los nadadores como en un lago.
Sus orillas son de mármol; robustas y acanaladas columnas, rojas y blancas, de estilo greco-romano, sostienen su techumbre; los esbeltos lampadarios de metal y alabastro recuerdan las «villas» de los patricios de Roma; grandes relieves de bronce verdoso incrustados en las paredes representan atletas y amazonas ejecutando las suertes de los Juegos Olímpicos.
En días de tranquila navegación hay que hacer un esfuerzo mental para convencerse de que esta piscina tiene debajo de su concavidad los abismos del Océano. Solamente cuando su agua se desplaza de un lado á otro con tumultuoso oleaje, salpicando á los que están en sus marmóreas riberas, es cuando recordamos, no obstante su aspecto inconmovible y sus duras materias de apariencia terrestre, que va montada en algo frágil, á merced del empellón gigantesco de elementos inquietos é invisibles.
Varios ascensores ponen en comunicación esta profundidad, siempre iluminada por una luz de veladuras lácteas, con los pisos superiores en pleno aire, donde están los salones de conversación, de danza, de escritura y lectura, de conferencias y de proyecciones cinematográficas, así como los dedicados al juego y al consumo de bebidas.
Dos comedores iguales á los de un hotel tienen en su centro una cúpula, que triplica la capacidad del ambiente respirable, y en esta cúpula hay balconajes donde se instala la orquesta, dividida en dos secciones, á las horas de la nutrición.
Cerca de quinientos hombres tripulan el buque, la mayor parte de ellos domésticos, destinados á servir nuestras mesas y asear nuestros dormitorios. Como dentro de él la mecánica sustituye al brazo en todo lo posible, no necesita de muchos marineros ni maquinistas. Cincuenta y tres hombres bastan para el funcionamiento y limpieza de sus potentes mecanismos. La tropa de fogoneros, que es siempre la más numerosa en los vapores, está sustituída aquí por unos cuantos muchachos que abren ó cierran las espitas del petróleo.
Treinta y seis mujeres con gorrito y delantal blancos--inglesas románticas muchas de ellas, que se engancharon porque sentían deseos de dar la vuelta al mundo--acuden á la llamada del timbre con un aire de actrices disfrazadas de domésticas, porque así lo exige su papel, y las horas libres de trabajo las dedican á una lectura incesante de novelas. Algunas de estas _misses_, cuando hay fiesta á bordo bajan durante el banquete al balcón de la música en ambos comedores, y acompañadas por la orquesta cantan antiguas canciones inglesas ó americanas, si es noche de conmemoración patriótica, y otras veces romanzas sentimentales.
Hay otras mujeres á bordo, obreras despeinadas y sin uniforme, que trabajan en el lavado y planchado, y únicamente pueden ser vistas cuando el pasajero curioso se aventura en la parte del buque ocupada por las cocinas, los talleres y los camarotes del personal.
En los grandes trasatlánticos que van de Europa á América sólo se atiende á la manutención y al sueño del pasajero. La travesía dura menos de una semana. La ropa sucia se guarda para las lavanderas terrestres. Son ómnibus marítimos organizados para acarrear la mayor cantidad de gente en el menos tiempo posible. Se encuentra en ellos un asiento en una mesa, una cama, y nada más. A la semana siguiente, otro viajero ocupará el mismo sitio.
Aquí la travesía durará varios meses. La vida de tierra, con sus exigencias higiénicas, va á prolongarse sobre los desiertos azules del Océano, y un taller enorme de lavado y planchado que funciona en la popa del buque completa nuestra limpieza corporal, entretenida todas las mañanas por cincuenta cuartos de baño.