La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3

Part 19

Chapter 193,859 wordsPublic domain

Mis compañeros regresan al hotel y yo marcho solo por los caminos verdes y rumorosos. El sol dora sus cimas, mientras abajo persiste la luz vagorosa y suave, de profundidad acuática. Siguiendo las inquietas siluetas de dos venados juguetones salidos de la espesura, que trotan sin miedo cerca de mí, acostumbrados al respeto de los transeuntes, desemboco de pronto en una explanada silenciosa.

Debe ser uno de los lugares menos frecuentados de la selva. Estoy, sin embargo, cerca de la gran avenida que conduce al mausoleo de Yeyasu. Sobre las copas de los árboles veo asomar la flecha terminal de una torre que un rico samurai elevó en honor del gran Shogun. Más bien que torre, es una superposición de cinco pagodas de laca roja, montadas una sobre otra y cada vez más pequeñas. Sus aleros salientes, encorvados en las puntas, forman una escalinata aérea.

En esta explanada de poco tránsito veo un templo enorme de madera, mal cuidado, que me atrae con la seducción de las cosas viejas, cuya decrepitud revela un pasado glorioso. Aquí los oros y las lacas ya no brillan. En algunas columnas la costra coloreada y luminosa se ha desprendido, viéndose la rugosidad obscura de su madera interior.

Junto al templo hay una barraca que sirve de boncería. Unos sacerdotes jóvenes, con perfil agudo de fanático, se meten en la casa, sorprendidos y molestados por la inesperada presencia de un occidental.

Adivino que estoy ante un verdadero templo de la Sagrada Montaña, al margen de la gran corriente de viajeros que la visita. Estos bonzos tienen un aspecto menos cortés y sonriente que los otros instalados en los santuarios del doble mausoleo de los Shogunes. Parecen muy pobres y ásperamente altivos. Deben odiar al extranjero, y no tenderán la mano, como los sacerdotes de arriba, para mostrar su pagoda.

Se abren las hojas de papel de una ventana y veo un rostro femenino: una mujer carillena, con grietas concéntricas en torno á los ojos y la boca. Pero estos ojos, grandes, expresivos, casi horizontales, no parecen de japonesa. Su rostro me hace pensar en una manzana inverniza, gorda, obscurecida por el tiempo y de piel arrugada. Como es hembra sonríe, hasta para expresar sorpresa ó molestia. Lleva los dientes cubiertos de oro, pero sin duda masca betel, y éste ha obscurecido el metal, dándole la opacidad del cobre.

Me paseo en la explanada, fingiendo interés por los árboles que la bordean. Subo la escalinata del templo, pero no me atrevo á pisar su último peldaño, en el que se apoyan los troncos-columnas sostenedores de la techumbre. Todo su interior queda visible. Sólo hay en él algunos biombos blancos con inscripciones niponas y una mesa dorada en el centro, que guarda ciertos objetos dedicados indudablemente al culto.

Vuelvo á descender y continúo mis lentos paseos. Me avisa un instinto obscuro que debo permanecer aquí, en espera de algo extraordinario. Adivino entre las hojas entornadas de las ventanas de papel ojos que me espían con la esperanza de verme lejos. Transcurre el tiempo, y al fin aparece en el interior del santuario una especie de insecto enorme, blanco de cuerpo, las alas verdes y la cabeza negra. Es un bonzo, que acaba de llegar por una galería cubierta que une la casa de los sacerdotes con el templo.

Va de un lado á otro, como un sacristán que prepara lo necesario para una ceremonia litúrgica. Luego resuena un golpe metálico de _gong_. Es la campana anunciando los oficios á una concurrencia de fieles que no ha de llegar nunca; pero el llamamiento se repite todos los días por exigencia ritual, excitando el canto de los pájaros en la arboleda inmediata, atrayendo la inocente curiosidad de los ciervos de la selva.

Adivino la indignación que provoca mi persona. Me han visto llegar en el momento preciso de su ceremonia. Tal vez la han retrasado para librarse de mi odiosa presencia. Convencidos de mi tenacidad toman la resolución de ignorarme, y á partir de tal momento me reconozco inferior á ellos. No existo. Estos sacerdotes repiten sus palabras y ademanes de todos los días convencidos de que solamente tienen á sus espaldas la arboleda, con sus enjambres de pájaros y sus cuadrúpedos dulces.

Se repite el golpe de _gong_. Dos bonzos entran en la pagoda, abierta por ambos frentes, y á través de cuyas columnas pasa la brisa de la selva esparciendo rumores de actividad alada y perfumes vegetales.

Llevan una vestidura blanca, semejante al alba de los sacerdotes católicos; encima una dalmática verde de mangas cuadradas, y en la cabeza un gorrito negro de dos puntas, en forma de tejadillo, con una borla en su frente, igual al antiguo gorro de cuartel de los militares. Se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, á un lado de la mesa que hace veces de altar.

Aprovechando el ambiente de indiferencia que me envuelve, empiezo á subir con paso lento y manso la sagrada escalinata, pero de pronto experimento una gran sorpresa. La mujer que me miró por la ventana entra en el templo, vestida de un modo extraordinario, como sacerdotisa que va á tomar parte en la ceremonia. Lleva una sotana roja, idéntica á la de los monaguillos en nuestras catedrales, y encima un roquete blanco y rizado, que también recuerda el de los pequeños servidores del culto católico. Lo exótico de su indumentaria está en la cabeza. Sobre su brillante peinado japonés, esta cincuentona sacerdotal ostenta un lazo enorme, como el que usan las alsacianas, pero enteramente blanco. Además lleva al hombro un bastón del que penden numerosas tiras de papel: algo semejante á los espantamoscas de fabricación casera.

La ingrata no me mira, no sonríe, me ignora completamente, como los hostiles sacerdotes. Se sienta en el suelo frente á la mesa, de espaldas á mí, que me he inmovilizado en el penúltimo escalón. Al borde del siguiente empieza la esterilla fina del templo, que sólo puede pisarse con los pies descalzos, como los llevan los dos oficiantes y la mujer de la sotana roja.

El más viejo de los bonzos usa anteojos enormes, es de nariz aguileña, y tiene cierta semejanza con muchos sacerdotes europeos. Posee la misma expresión de fe religiosa, áspera é intransigente, idéntica delgadez ascética, de mejillas hundidas y afilada nariz, que se observan en los retratos de algunos monjes célebres. Sostiene con su diestra una paleta de madera algo encorvada, que por su forma y su tamaño parece un calzador para hombres de triple tamaño natural. Debe ser la insignia litúrgica del primer oficiante. El segundo sacerdote, mucho más joven, romo y con pómulos salientes, recita una oración larguísima.

De pronto la interrumpe para incorporarse sobre las plantas de sus pies. Luego marcha en cuclillas, casi arrastrando sus posaderas por el suelo, y desaparece detrás de un biombo. Inmediatamente torna á presentarse llevando una especie de frutero dorado, que coloca en la mesa. Vuelve á su recitación y á marchar del mismo modo, rasando el suelo, y trae un segundo plato en forma de copa, para dejarlo sobre el altar. Por tres veces realiza dicho viaje, depositando sus ofrendas en honor de los Antepasados.

Me doy cuenta de que estoy presenciando una ceremonia del culto sintoísta en toda su pureza, como no puede verse en ninguna ciudad, sin público alguno, dirigiéndose los sacerdotes á las sombras augustas de los dos Shogunes en honor de los cuales se elevó este templo hace siglos. Los tres platos-copas deben contener arroz, _saké_ y tal vez perfumes.

Cuando termina el ofertorio, el sacerdote principal guarda su paleta en la faja y saca de ésta una especie de abanico de madera, que es en realidad una sucesión de tabletas unidas por hilos, como una pequeña persiana. Las láminas de sándalo están escritas, y el sacerdote empieza á leer en voz alta el libro sagrado. Al terminar su lectura se abre un larguísimo silencio, en el que suenan más fuertes los chillidos de los pájaros. Se persiguen por el interior del templo ó revolotean bajo sus aleros, familiarizados con una ceremonia que se repite todos los días.

Tuerzo un momento la cabeza, adivinando una presencia extraordinaria abajo, en la explanada. Son los dos ciervos, que han vuelto, y aprovechando la quietud de este terreno despejado, se persiguen juguetones, y alzándose sobre las patas traseras, restriegan sus cornudas frentes.

La sacerdotisa se ha mantenido inmóvil durante el largo ofertorio. Me hace recordar á Parsifal, el héroe de Wágner, cuando permanece más de medio acto de espaldas al público, presenciando la lenta ceremonia del Santo Graal. Calla el sacerdote orante, se guarda en la faja el libro-persiana, y suena á continuación un sordo y lejanísimo trueno.

Ha empezado el otro bonzo á golpear con ambas manos un timbal que yo no había visto. Presiento que va á desarrollarse lo mejor de la ceremonia. La sacerdotisa de la sotana roja se levanta del suelo, lentamente, con un movimiento ondulatorio, lo mismo que las cobras surgen del enrollamiento de su cuerpo, balanceando la cabeza al compás de la flauta del encantador. Ya está de pie y empieza á dar vueltas por la pagoda, siguiendo el ritmo del monótono tamborileo.

Horas antes he visto arriba, en uno de los templos del Shogun, las danzarinas sagradas, que esperan la ofrenda del viajero para bailar de un modo automático. Ésta no pide nada, no espera nada. Ni siquiera tiene un público, pues yo soy el único que la contempla y ella no quiere verme. Ha sacado de entre los pliegues de su roquete blanco un abanico de igual color, y lo mueve cadenciosamente mientras marcha á un lado y á otro, con el rostro grave, los ojos en éxtasis, y estremecidos sus pies de ligereza infantil.

Esta danza en honor de los Antepasados debe guardar una significación simbólica que yo no comprendo. Luego creo adivinarla al oir cómo acelera sus redobles el timbal, imitando el trote de un caballo, la marcha ordenada de una hueste, algo que significa camino y viaje. Al mismo tiempo, la boncesa se pone en un hombro el palo de las cintas blancas, como si fuese un bastón de viajero, y mueve el brazo izquierdo, acompañando sus pasos largos, lo mismo que si emprendiese un avance de horas, de años, de siglos. Esta danza debe expresar «El camino de los Dioses», base de la religión sintoísta, el sendero más allá de la tumba que sigue todo japonés para encontrar á su término una vida nueva de personaje divino.

Acelera sus ritmos el timbal de un modo vertiginoso, y la danzarina ya no marcha cadenciosamente: corre, da saltos, se enardece con su propio movimiento. El vértigo va apoderándose de ella, hasta que al fin se desploma como un insecto rojo, abriendo sobre el suelo las alas blancas de sus brazos. Tendida de bruces, se nota el jadear de su costillaje dorsal, se adivina la respiración de su rostro invisible. El sacerdote se levanta, ella hace lo mismo, repentinamente serenada, y los tres salen en fila del templo, por el pasillo que conduce á la boncería.

Quedo solo y avergonzado por esta indiferencia hostil. Ni la más leve mirada de los seis ojos oblicuos antes de alejarse. Hasta los dos venados han huído de la plazoleta. Creo llegado el momento de desaparecer á mi vez, y me alejo del carcomido templo sin saber adónde voy, siguiendo al azar todo camino que se abre ante mis pasos.

Al poco tiempo me doy cuenta de que me he extraviado en la Selva Sagrada, y no podré salir de ella sin ayuda.

Encuentro pequeños santuarios, cerrados y silenciosos, que no había visto antes. Todos los caminos parecen iguales. Sólo se diferencian por la estabilidad de su suelo. Las avenidas anchas, á cuyo fondo desciende el sol, son de una tierra ligeramente húmeda, en la que se puede marchar fácilmente. Los senderos estrechos están empapados aún por la lluvia de la noche anterior, y la tierra pegajosa forma en torno de los pies bolas enormes de barro, patas grises de elefante.

Convencido de que cada vez me extraviaré más si continúo andando, espero junto á un Buda de piedra roída, nimbo ojival y zócalo de musgo, el tránsito de algún japonés que se apiade de mí. En lo alto de las murallas verdes, los rayos del sol indican que ya ha pasado el mediodía. Pienso con envidia en mis amigos, que estarán almorzando á esta hora.

Se presenta el hombre providencial: un japonés vestido á la antigua, con kimono obscuro á redondeles blancos y zuecos en forma de banquitos.

--¿Kanaya Hotel?--pregunto con telegráfica concisión para que me entienda.

Él sonríe, y con una mímica precisa me va indicando la marcha que debo seguir: primeramente un sendero á mi izquierda, luego otro á la derecha, hasta que llegue al río.

Siento necesidad de expresarle mi agradecimiento en una forma extraordinaria, la mejor que pueda encontrar. El desprecio con que me trataron los bonzos me ha hecho humilde, con un encogimiento cortés de asiático. Apoyo las manos en mis rodillas, luego me inclino como si fuera á echarme de cabeza en el suelo, y digo por dos veces:

--_¡Arigató! ¡arigató!_...

Es una de las palabritas que aprendí en el buque: «¡Muchas gracias!», en japonés.

Mi salvador, sorprendido y agradablemente impresionado al oirme hablar en su idioma, lanza una risotada que en Europa resultaría ofensiva. Pero el japonés ríe siempre; considera el gesto triste, cuando se dirige á un extranjero, como algo incompatible con la buena crianza. La risa acompaña sus más diversas y contradictorias manifestaciones. Es igual al silbido del norteamericano, que le sirve indistintamente para expresar su entusiasmo ó su protesta. Yo he visto japoneses reir mientras me explicaban los horrores del terremoto en Yokohama y Tokío. Pero su risa era una cortesía, y á través de ella se dejaba adivinar la emoción profunda del narrador.

Ríe este transeunte de satisfacción, halagado en su vanidad patriótica, porque cree encontrar un occidental que conoce su lengua. Empieza á hablarme, mientras hace profundas reverencias, con la certeza de que puedo entender su facundia creciente. Yo no hago otra cosa que repetir mis doblegamientos á la japonesa y mi única palabra de gratitud. Calla al fin, convencido de mi ignorancia, mas no por esto cesan sus cortesías.

Uno de los dos se cansa antes que el otro de encorvar su espinazo... Al fin, me veo siguiendo la dirección indicada por él. Vuelvo mis ojos para contemplar por última vez á este hombre de risa franca y alegría infantil que me ha socorrido cortésmente, cuyo nombre ignoro, y al que no volveré á ver nunca en mi existencia.

Está inmóvil en medio del sendero, y al notar que le miro, se inclina otra vez, reanudando sus ceremoniosos saludos. Yo hago lo mismo... Y todavía cruzamos una media docena de reverencias, queriendo cada cual ser el último.

No se me ocurre sonreir, ni aun en el momento presente, al recordar tal escena. Las cosas de nuestra vida son grotescas ó no lo son, según su ambiente.

Todas estas manifestaciones, de una buena crianza refinada hasta el exceso, se desarrollaron en el corazón de la gran isla japonesa, en la famosa Montaña Sagrada, en Niko la de las maravillas, teniendo por únicos testigos árboles de trescientos años, oyendo cantar las mil voces del agua sobre una tierra cubierta de pagodas y de musgos.

XXI

KIOTO LA SANTA

El camino de los criptomerios.--Una maravilla que va á desaparecer.--Historia heroica de los cuarenta y siete samurais.--Zapatillas gratuitas en el tren.--Las pagodas de Kioto.--Cuatro cables de pelos de mujer.--Las ceremonias del culto budista y su rara semejanza con las del culto católico.--El tradicionalismo de Kioto.--Un perro xenófobo.--Las calles del alegre Yosywara.--Los teatros.--Actrices-hombres.--Mi encuentro ante un cinematógrafo.

Salimos de Niko por el camino de los criptomerios, yendo á tomar el tren en una estación situada á diez kilómetros. No queremos marcharnos de este país sagrado sin recorrer la cuarta parte de un camino que no tiene semejante en el resto de la tierra.

Para prolongar el espectáculo prescindimos del automóvil que nos ofrecen en el hotel y vamos en _koruma_. Los conductores están descansados y se han puesto ligeros de ropa para tirar mejor, conservando únicamente la chaqueta azul de mangas perdidas y el vendaje entre las piernas, desnudas y musculosas.

Corremos por un camino hondo, entre dos filas de obscuros obeliscos vegetales, que casi se tocan. Un tránsito de tres siglos ha ido profundizándolo, y por encima de nuestras cabezas vemos las tortuosas raíces de los cedros gigantescos. El verdadero tronco empieza más arriba. A pesar de sus proporciones extraordinarias, estos árboles venerables tiemblan con el más leve estremecimiento atmosférico. Tienen la inseguridad de los dientes viejos en torno á cuyas raíces se ha ido descarnando la encía.

Muchos cayeron, y hay en la doble hilera grandes claros, viéndose á través de tales ventanas la campiña dorada por el sol de la tarde. Otros están aún de cuerpo presente, y hay que pasar por debajo de ellos, á causa de hallarse tendidos como una pasarela entre los dos ribazos. Nos dicen que los derribó hace poco uno de los tifones ó tornados que devastan todos los años el archipiélago japonés.

De tarde en tarde se interrumpe el desfile de colosos vegetales, y salimos de la penumbra vespertina que reina entre ellos. En estos espacios libres hay aldeas con acequias surcadas por escuadrillas de patos, vetustos santuarios de piedra rematados por tejadillos que tienen sus angulosidades en forma de cuerno, cementerios cuyas estelas copian la forma de los hongos.

Una sensación de inseguridad y peligro nos acompaña mientras avanzamos entre los cedros tricentenarios y sus raíces casi descuajadas. Es una inquietud igual á la del visitante de un viejo palacio con muros rajados, cuyos pisos tiemblan y se encorvan bajo los pasos. No obstante tal molestia, el espectáculo majestuoso que ofrece esta arboleda secular de cuarenta kilómetros, escalando las colinas y descendiendo á los valles hasta perderse en el infinito, es algo extraordinario que puede llamarse «único».

Se entristece el viajero al pensar que todo esto desaparecerá dentro de algunos años. Los cedros caen, sin que nadie los reemplace. La enorme línea de criptomerios ya está desportillada, con numerosos vacíos, como una dentadura vieja. Viendo los grupos de niños japoneses que se muestran en lo alto de los ribazos y agitan una banderita de su nación, gritándonos «¡_Banzai_!», pienso que cuando lleguen á mi edad ya no existirá esta doble muralla vegetal, que es una de las maravillas de la tierra. Yo no lo veré más, pero he llegado á tiempo para admirarla con mis ojos. Los que vivan en la mitad del siglo actual sólo la conocerán de oídas, por los recuerdos de los ancianos de entonces.

Paso un día en Tokío antes de seguir mi viaje á las ciudades del Este del Japón. Quiero visitar, por curiosidad literaria, una vieja pagoda de sus alrededores, donde se suicidaron heroicamente los cuarenta y siete samurais.

Algunos lectores tal vez no conozcan esta historia de honor y de heroísmo, que es para los japoneses algo así como el Romancero del Cid para los españoles.

En la primera mitad del siglo XVII, el cortesano Kotsuké, amigo del emperador, después de haber insultado al príncipe Akao, negándose á darle una satisfacción por las armas, consiguió, gracias á su situación influyente de palaciego, que el Mikado condenase á muerte á este príncipe bueno, atribuyéndole un delito del que era inocente. Cuarenta y siete samurais, compañeros y vasallos fieles del ejecutado, juraron vengarle á costa de la vida si era necesario, y abandonando sus casas, sus esposas é hijos, se dedicaron á preparar y realizar tal designio con una tenacidad inaudita, guardando su secreto durante veinte años.

El traidor Kotsuké, sospechando los planes de estos hidalgos que permanecían invisibles, pasó muchísimo tiempo inquieto y en perpetua defensiva, rodeado de un pequeño ejército de guerreros á sueldo y habitando siempre palacios fortificados. Pero al transcurrir veinte años sus desconfianzas se adormecieron, dejó de creer en la existencia de los vengadores, y una noche de invierno, cuando dormía en su palacio, ya mal guardado, vió aparecer á los cuarenta y siete samurais en torno de su lecho, con sus dos sables atravesados en la cintura, con sus yelmos y corazas que imitaban hocicos de fiera y coseletes de insecto.

Sin olvidar las reglas de la cortesía japonesa y con las ceremonias propias del caso, recordaron al traidor sus crímenes y le cortaron luego la cabeza, llevándola á la tumba de Akao, situada en la pagoda que yo visito. Antes se cuidaron de lavarla en una pequeña fuente inmediata á dicho templo. Los cuarenta y siete fueron después en busca de sus jueces y éstos los condenaron á muerte, de acuerdo con la ley; pero admirando al mismo tiempo su fidelidad, les concedieron que se matasen ellos mismos abriéndose el vientre.

Después de haberse dado el beso de despedida, tomaron asiento en las gradas de la pagoda, cerca de la tumba de su señor, y fueron haciéndose tranquilamente el _Hara-Kiri_. Otros samurais, compañeros de armas, les dieron en el pescuezo el sablazo decapitante, al mismo tiempo que cada uno de ellos se rajaba el vientre con su puñal, echando afuera las entrañas... Y cuarenta y siete cuerpos rodaron por las gradas con los estertores de la agonía, esparciendo una cascada de sangre.

Hoy sólo resta de dicha tragedia las tumbas de sus protagonistas junto á una pagoda de madera obscura y carcomida. Cerca de su escalinata se ve la fuente musgosa, donde lavaron los vengadores la cabeza del traidor. Ningún japonés introducirá en esta agua sus brazos ni sus piernas. Los cuarenta y siete fueron declarados por el Mikado, años después, santos y mártires, y desde entonces su historia es escuchada por todos los niños del Japón. Muchas familias van en romería á las tumbas de estos héroes de poema, que supieron morir en masa, con el suicidio horrible de las antiguas gentes de honor.

Paso una noche en el tren entre Tokío y Kioto. Recorro los diversos vagones para ver cómo viajan los japoneses.

Hombres y mujeres se despojan á las pocas horas de sus disfraces occidentales y visten el kimono, librándose igualmente del calzado. Les fatiga sentarse como nosotros. Deben sentir un cansancio semejante al que sufren los blancos cuando las circunstancias los obligan á colocarse en el suelo con los muslos cruzados. Todos los japoneses suben finalmente sus piernas sobre la banqueta y se instalan como lo exige su comodidad, ó sea poniéndolas en cruz y apoyando las posaderas en sus talones. Así los asientos parecen estantes de vitrina con figuras de porcelana, que mueven las cabezas siguiendo los vaivenes del tren.

Todos los vagones tienen en su pasillo central unos embudos que dan sobre la vía. Esto facilita el barrido que los empleados deben repetir con frecuencia. Al mantener los viajeros sus pies sobre las banquetas, poco les importa la suciedad del suelo, y éste se va cubriendo de mondaduras de frutas y de papeles impregnados de grasa, que han servido de envoltura á los _bentos_.

En el vagón-dormitorio, apenas cierra la noche, el empleado se preocupa de nuestros pies. Como este es un país de gran higiene «pedestre», donde se marcha sin zapatos en todo lugar cubierto, sea templo ó simple vivienda particular, las gentes no gustan de permanecer muchas horas con sus extremidades calzadas. El servidor del vagón me ofrece unas zapatillas de lana blanca, escrupulosamente limpias. Luego hace igual regalo á los otros ocupantes del coche. La compañía del ferrocarril, al mismo tiempo que vende una cama al viajero, le proporciona las zapatillas.